DIRECTORIO FRANCISCANO

Espiritualidad franciscana


LAS ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO
Meditaciones

por Kajetan Esser, OFM

 


LA (VERDADERA) HUMILDAD
Meditación sobre la Admonición 23.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die dreiundzwanzigste Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst 55 (1972) 38-41 y 72: «Della vera umiltà», en Le Ammonizioni di san Francesco, Roma, Cedis Editrice, 1974, 311-321]

INTRODUCCIÓN

La presente Admonición lleva, en los manuscritos más antiguos, el título: «De la humildad». (El título «De la verdadera humildad», que aparece también en algunos manuscritos, es más reciente). Sobre la humildad tratan, directa o indirectamente, muchas Admoniciones de san Francisco, quien habla sobre esta virtud con tanta frecuencia y con tanto énfasis como sobre el amor mutuo. Puede decirse que la humildad y el amor mutuo son dos temas sobre los que Francisco habla continuamente y con toda seriedad a sus hermanos, no sólo en sus «palabras de santa amonestación», sino también en sus restantes escritos. La razón es bien clara: la humildad y el amor mutuo constituyen los dos elementos esenciales de la vida franciscana, individual y comunitaria: «ser hermanos» y «ser menores». Y sólo se puede ser hermano, o hermana, del otro si uno lo ama de verdad, si uno se preocupa de él con todo el corazón, si uno se sabe responsable del otro con un amor auténtico. Por eso nos exhorta incesantemente Francisco a este amor fraterno verdaderamente cristiano. Para ser hermanos menores, para ser hermanas menores (como se llamaba en la Edad Media a las terciarias franciscanas), imitando a Francisco y siguiendo sus huellas, hay que «observar la pobreza y humildad... de nuestro Señor Jesucristo» (2 R 12,4; RCl 12,31), hay que asumir estas actitudes fundamentales del Señor y, siendo pobres interna y externamente, «someterse a toda humana criatura por Dios» (1 R 16,6; 2CtaF 47). De esta humildad en cuanto pobreza interior es de lo que nos habla Francisco en su Admonición 23:

«Dichoso el siervo que es hallado tan humilde entre sus súbditos como lo sería si se encontrase entre sus señores.
»Dichoso el siervo que siempre se mantiene bajo la vara de la corrección.
»Es siervo fiel y prudente (cf. Mt 24,45) el que en ninguna caída tarda en reprenderse interiormente por la contrición, y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra» (Adm 23).

Inmediatamente se advierte cómo con esta triple bienaventuranza Francisco describe la pobreza interior, la auténtica humildad, desde tres puntos de vista distintos pero, como veremos, íntimamente interrelacionados. También se advierte en seguida que esta manera de hablar sobre la humildad resulta anticuada para el hombre moderno y típica de la Edad Media; sin embargo, bajo estas expresiones de corte medieval palpita un fondo de imperecedera validez. De él tratamos en esta meditación.

I. LA HUMILDAD ES DISPONIBILIDAD PARA SERVIR

La primera de las tres bienaventuranzas induce a pensar inmediatamente en las relaciones conventuales, aun cuando las describe con palabras cuyo uso no suele gustar hoy en día, ni siquiera en los conventos:

«Dichoso el siervo que es hallado tan humilde entre sus súbditos como lo sería si se encontrase entre sus señores».

Aunque esta frase fue pronunciada originariamente pensando en las relaciones de unos religiosos con otros en su vida de comunidad, más concretamente en la vida de comunidad de los hermanos menores, no hay duda de que podemos verla en un conjunto más amplio y con validez general.

Desde el pecado original, el hombre lleva en cierto modo en su sangre el ansia de poder, el «querer dominar». El hombre quiso ser como Dios; y esto significaba que también quería ser señor de los demás. Piénsese simplemente en Caín y Abel (cf. Gén 4). En contraposición con este instinto primario del hombre, Cristo indica del siguiente modo cuál ha de ser la característica del hombre nuevo: «Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, sea esclavo vuestro» (Mt 20,25-27; cf. 1 R 5,12-15). Aquí se advierte nítidamente la oposición existente entre el reino terreno y el Reino de Dios: entre el reino en el que el hombre quiere ser la medida de todas las cosas, y el Reino de Dios en el que el hombre, siervo y esclavo de Dios, se apropia del ejemplo de Cristo y lo convierte en norma de toda su vida. Hay reino terreno cuando y allí donde el hombre quiere dominar a sus semejantes y disponer de ellos, cuando y donde el hombre quiere decidir según su propio arbitrio, cuando y donde hace que los demás sientan su fuerza y experimenten su superioridad. ¡En todos esos casos el hombre se vuelve enemigo del hombre! «Sus propios familiares serán los enemigos de cada cual» (Mt 10,36).

¡Todo lo contrario debe suceder en el Reino de Dios! En el Reino de Dios el hombre, puesto que es cristiano, tiene que estar dispuesto a servir. Pues el cristiano es discípulo y seguidor de aquel que dijo de sí mismo: «El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mt 20,28), y: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 27,27). La disponibilidad para servir, la humildad es, pues, una señal distintiva del discípulo, del auténtico seguidor de Cristo. Este servir es signo de que somos «imitadores de Dios, como hijos queridos» (Ef 5,1); pues Dios, el Señor de todo, nos sirve en todo momento mediante la creación y la conservación del mundo. Como expresa Francisco en su oración, Dios hace maravillas y, con todo, es la humildad: «Tú eres el santo, Señor Dios único, el que haces maravillas. Tú eres el fuerte, tú eres el grande, tú eres el altísimo, tú eres el rey omnipotente; tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra... Tú eres la humildad» (AlD 1-2.4).

Sin embargo, con frecuencia esta señal distintiva no aparece en los cristianos, incluidos los que siguen a san Francisco. Por eso nos exhorta el Pobrecillo, y ahora se comprende mejor la profundidad de su palabra de amonestación: Dichoso el siervo que es hallado tan humilde entre sus súbditos como lo sería si se encontrase entre sus señores. Mostrarse humildes y estar dispuestos a servir a los «superiores», a los «jefes», no tiene por qué ser necesariamente una virtud. ¡Puede ser simplemente una medida calculada e incluso astuta! También puede ser fruto de un sentimiento de subordinación, fomentado por un determinado ambiente social. Pero estar dispuestos a servir a quienes uno cree que son sus «súbditos», a los que uno considera inferiores, dependientes de uno, sobre quienes «tiene algo que decir», eso sí es difícil. Y esto justamente es seguimiento de Jesús humilde, esto es imitación de Dios, que es la humildad. Sólo así somos «imitadores de Dios, como hijos queridos» (Ef 5,1). Sólo entonces somos hermanos menores de todos. Y como entonces vivimos en el orden de Dios, nos convertimos, sirviéndonos mutuamente, en la comunidad de los hijos de Dios ante el Padre. Dichoso el siervo...

«Dichoso el siervo que siempre se mantiene bajo la vara de la corrección».

Podríamos preguntarnos con asombro qué es lo que tienen en común esta bienaventuranza y la que acabamos de ver. De hecho, la conexión entre ambos dichos revela que Francisco fue realmente un experimentado conocedor de almas. La valentía para servir a los demás en seguimiento de Cristo y como imitadores de Dios, exige una y otra vez y siempre el vencimiento de sí mismo. Una disponibilidad para el servicio fraterno como la que acabamos de ver, es algo que no brota espontáneamente en el ser humano, sobre quien pesa el pecado original. Piénsese simplemente en la reacción espontánea cuando se le exige a alguien semejante humildad: «¿Me toman por loco?», «¿quién hace algo por mi"?», «¡no pueden exigirme eso!», «¡donde las dan, las toman!»... Así, o de forma parecida, es como reacciona el hombre que piensa de manera «natural», y a quien la auténtica humildad, el «ser menor», la minoridad, le parece una insensatez, una locura.

En efecto -ahora se comprende mejor-, quien está dispuesto a servir a los demás, incluso a los súbditos, tiene que consagrarles tiempo y renunciar a sus propios deseos y caprichos; no tiene derecho a esperar que se lo agradezcan; en una palabra: tiene que estar desprendido de sí mismo. Y esto exige autovencimiento, ese «negarse a sí mismo» de que nos habla el evangelio (cf. Mt 16,24). Exige autocorrección y autodominio. Por eso tiene validez la palabra de Francisco: Dichoso el siervo que siempre se mantiene bajo la vara de la corrección. Siempre: es decir, en todo momento y en todo lugar, sin excepción alguna. Mediante esta autocorrección y autodominio aprende uno, especialmente en la convivencia con los demás, a superarse a sí mismo cada día, a tener en cuenta a los otros, a renunciar al propio querer. Así lo exige el orden del amor. Pero a quien vive siempre en este orden, y lo afirma y cumple fielmente como expresión de su seguimiento de Cristo, como servicio a la venida, aquí y ahora, del Reino de Dios, ya no le resulta tan difícil la disponibilidad para el servicio fraterno. Y puesto que su «yo», no obstante ser rebelde, dominante y obstinado como consecuencia del pecado original, se mantiene dominado por el orden del amor de Cristo, es también dichoso en calidad de siervo de Dios. En el servicio a los demás encuentra la felicidad, una felicidad imperecedera, pues el amor dura eternamente (cf. 1 Cor 13).

«Es siervo fiel y prudente (cf. Mt 24,45) el que en ninguna caída tarda en reprenderse interiormente por la contrición, y exteriormente por la confesión y la satisfacción de obra».

Las exigencias de las dos primeras bienaventuranzas de esta Admonición constituyen sin duda la esencia del espíritu del evangelio, pero ni siquiera al hombre redimido y dotado con la gracia sobrenatural le resultan fáciles de cumplir. También el cristiano experimenta no raras veces su fallo, su caída ante tales exigencias. Cuando así ocurre, tiene que hacer penitencia. Y ésta se hace, en primer lugar, en el interior del hombre: alejándose de lo equivocado y volviéndose de nuevo a lo que es recto ante Dios. Esta es la auténtica penitencia, la conversión necesaria, el verdadero arrepentimiento, que es un cambio del corazón. Y dado que siempre convivimos con otras personas, nuestra caída repercute negativamente en la vida de convivencia; por eso, como expone Francisco con claridad, la penitencia en su pleno sentido exige también manifestar externamente, por la confesión, nuestra conversión interior.

Esta confesión sincera puede hacerse ante el confesor, en su calidad de representante de la comunidad eclesial; pero también puede hacerse ante la comunidad misma. Y a esa confesión le seguirá luego, más fácilmente, la satisfacción de obra, la reparación. Así se compensará en parte el daño causado. De este modo el siervo fiel y prudente experimentará la bendición de la humildad, no sólo en su vida personal, sino también, y sobre todo, en la vida de convivencia con los demás. Y, a pesar de todos sus fallos humanos, sirve como menor, como servidor, como esclavo de Dios al crecimiento del Reino de Dios en la Iglesia y en el mundo. El Señor enaltece a los humildes; los humildes son los que recibirán la bendición de Dios (cf. Lc 1,52).

II. LA HUMILDAD PRESUPONE
AUTODOMINIO Y DISCIPLINA

Nuestras reflexiones han puesto de relieve que, aunque las tres bienaventuranzas de esta Admonición estén expresadas con una terminología medieval y suenen un tanto anticuadas, contienen un núcleo cuya validez es permanente. En efecto, en ellas palpitan verdades, realidades irrenunciables en la tarea de edificación del Reino de Dios. Éste no podrá convertirse en una realidad si no se construye sobre el fundamento de tales verdades, aun cuando éstas no sólo no encajen con la mentalidad del hombre moderno, sino que incluso se opongan a ella. ¡Cuando el hombre las pone en práctica es cuando actúa como siervo de Dios y es, por tanto, dichoso! Vale, pues, la pena que las meditemos un poco más.

1. Sin duda, no debemos referir la primera bienaventuranza exclusivamente a las relaciones conventuales, por el hecho de que en ella se hable de súbditos. En efecto, en ella no se contraponen súbditos y superiores, sino súbditos y señores. Por tanto, esta sentencia tiene muchas posibilidades de aplicación, y si las ponemos en práctica nos previenen del peligro de pensar que se refiere a los demás, a los superiores, pero no a nosotros. ¡De cuántas maneras nos sabemos o nos creemos superiores a los demás: por nuestra ciencia, por nuestras habilidades prácticas o nuestras dotes intelectuales, por nuestros conocimientos técnicos o nuestras especiales dotes personales! Desde este punto de vista, el otro puede ser mi súbdito; puede necesitarme, depender de mí. A la vez, también hay personas que están más capacitadas que yo en este o aquel otro ámbito; están sobre mí, son en cierto modo mis maestros, y me fijo en ellos y dependo de ellos. ¿Cómo me comporto con unos y con otros?

Esta pregunta revela en seguida cuán práctica es, aquí y ahora, esta «palabra de exhortación» de nuestro padre san Francisco. ¿Estoy dispuesto a servir a unos del mismo modo que a los otros? ¿Soy igual de humilde respecto a unos que respecto a otros? El que es pobre de verdad sabe que todos los dones y talentos son un don que hemos recibido de Dios y que, por tanto, todos somos responsables de los mismos ante Dios; por eso, no se coloca sobre los demás, sino que con humildad da gloria a Dios, y esto no solamente mediante la oración agradecida, sino también y sobre todo con el servicio fraterno a todos, sean como sean. Cuando existe esta pobreza humilde, Dios sigue siendo «el Señor». Y es glorificado. Sobre esta pobreza se derrama la bienaventuranza proclamada por Francisco.

2. Todo ello se apoya en la palabra del Apóstol: «Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3,9-10). Ahora bien, esto sólo es posible mediante el autodominio, mediante la autocorrección diaria. No en vano emplea aquí el texto original latino la palabra permanet: permanecer, perseverar, continuar, durar. ¡Cuántas veces esta autodisciplina a todas luces imprescindible nos parece una carga que nos aplasta y que coarta nuestra «libertad»! Y como son muchos los que, por amor a esta supuesta libertad, no quieren soportar ese peso, no quieren perseverar en la autodisciplina y no aceptan la humildad que ello supone, la vida en común se vuelve a veces muy difícil, insoportable. ¡Quizás sea también ésta la razón por la que con frecuencia se percibe tan poco el Reino de Dios en los cristianos y en la Iglesia! Tal vez comprendamos ahora mejor por qué, en una exhortación sobre la humildad, escribe Francisco: Dichoso el siervo que siempre se mantiene bajo la vara de la corrección.

3. El hombre viejo, autoritario y deseoso de ser su único señor, autosuficiente y orgulloso como es, no quiere admitir su propia culpa; tal como da a entender Francisco en la Admonición 22, siempre tiene la boca llena de excusas (tiene prisa para excusarse). Esta actitud no contiene ninguna voluntad de contrición, carece de la confesión liberadora y salvífica, y tampoco tiene voluntad alguna de satisfacer con las obras. Quien, en cambio, reconoce con humildad su caída, sin buscar excusas fáciles, refleja el hombre nuevo y edifica la comunidad de los hijos de Dios. Precisamente el tercer dicho de esta Admonición pone de manifiesto cómo también a partir de nuestras mismas caídas, de nuestras faltas, puede crecer el bien en nosotros y en nuestra vida en común. Cuando, actuando como siervos de Dios, somos siervos fieles y prudentes tal y como nos indica esta bienaventuranza, se edifica -¡incluso a través de toda nuestra pobreza!- el Reino de Dios en nosotros y en nuestras comunidades. ¡La confesión de nuestras caídas, de nuestras debilidades, de nuestros pecados, se convierte en confesión de la misericordia, de la humildad, del perdón de Dios!

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XX, núm. 58 (1991) 88-94]

Zurbarán: Meditación de San Francisco

EL AMOR VERDADERO
Meditación sobre las Admoniciones 24.ª y 25.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die vierundzwanzigste und fünfundzwanzigste Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst 55 (jul.-sept. 1972) 74-78; «Del vero amore», en Le Ammonizioni di san Francesco, Roma, Cedis Editrice, 1974, 323-334]

El P. Esser, en su edición crítica de los Escritos de san Francisco, presenta como dos Admoniciones distintas, la 24 y la 25, los dos breves textos del Santo sobre el amor, objeto de este comentario. Antes solían presentarlos como una sola Admonición, la 25, y así continúan haciéndolo diversos editores y traductores: Boccali, Fonti Francescane, Desbonnets-Vorreux, etc. En cualquier caso, los dos textos se ocupan del mismo tema, por lo que también el P. Esser los considera aquí juntos.

La Admonición 23 trataba de «la humildad», del «ser menores», que constituye uno de los elementos esenciales de la vida franciscana, individual o comunitaria. Las Admoniciones 24 y 25 tratan de otro elemento esencial de esa misma vida, el «del amor verdadero» o, como titulan con mayor precisión muchos manuscritos, «del verdadero amor fraterno».

La Regla no bulada dice: «Todos sin excepción llámense hermanos menores» (1 R 6,3). Ciertamente esta norma afecta en primer lugar a los religiosos seguidores de san Francisco. Pero, además, contiene el núcleo esencial de aquello a lo que son llamados por la gracia de Dios todos los hombres y mujeres que siguen al santo de Asís. Las palabras citadas describen cuál es la grandeza de la vocación de todos los franciscanos en el Reino de Dios y, a la vez, la bendición que esta vocación significa para la Iglesia; expresan lo que debemos ser y vivir como fraternidad franciscana o como Orden en la Iglesia; nos exponen de manera fácilmente comprensible en qué consiste nuestra más urgente tarea en la Iglesia: mantener viva en ella, como hermanos menores de todos, la pobreza y humildad salvíficas de Cristo.

Francisco ya nos ha indicado en otras Admoniciones suyas cómo debemos ser los «menores», viviendo en pobreza y verdadera humildad. Ahora nos habla sobre la fraternidad, de la que también ha hablado con frecuencia en sus «palabras de amonestación», y nos expone cómo debemos vivir el amor fraterno en la vida cotidiana:

«Dichoso el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo y no puede corresponderle como cuando está sano y puede corresponderle» (Adm 24).

«Dichoso el siervo que tanto ama y respeta a su hermano cuando está lejos de él como cuando está con él, y no dice detrás de él nada que no pueda decir con caridad delante de él» (Adm 25).

I. «DICHOSO EL SIERVO…»

Estas dos Admoniciones empiezan, como muchas otras, con la bienaventuranza: «Dichoso el siervo...». Es un detalle que no debemos dejar pasar desapercibido, si no queremos perder de vista que cuanto en ellas se dice se relaciona con el Reino de Dios. Porque es dichoso el hombre que cumple, como siervo de Dios, lo que Dios quiere. «Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así» (Mt 24,46), tal como se lo había encargado. Cuando el hombre no actúa conforme al mandato de Dios, se precipita en el desorden, en el caos, y entonces no es feliz, sino infeliz y desgraciado. Por el contrario, cuando hace lo que el Señor quiere, lo que el Señor espera de él, y cumple con el corazón bien dispuesto los mandatos de Dios, está acogiendo y haciendo presente el reinado de Dios, realiza el Reino de Dios. Y los hombres que acogen el Reino de Dios y lo sirven como siervos obedientes, son dichosos.

Cuanto más se reflexiona sobre este «Dichoso el siervo...», tantas veces repetido por Francisco, hombre que mantuvo una relación filial exquisita con Dios y que experimentó con tanta fe la paternidad de Dios, tanto más se siente, y con razón, la necesidad de preguntarse cuál es el sentido y el porqué de esta expresión. Sin duda, Francisco la tomó del evangelio, y comprendió que ella debía modelar la actitud del hombre hacia Dios. Si comparamos entre sí las Admoniciones que empiezan con esta bienaventuranza, inmediatamente salta a la vista que es siervo de Dios el hombre que obedece a Dios, el hombre que está dispuesto a servirlo. Cuanto más el hombre escucha y obedece a Dios en su vida personal y en su vida de convivencia y relación con los demás, tanto más es, como siervo de Dios, un hombre dichoso, un hombre perfecto y santo, redimido y santificado. La obediencia a Dios es el alma de la salvación y santificación del hombre, el alma de toda santidad.

Esto se nos hará tal vez más evidente si pensamos, como hace aquí Francisco, en el mandamiento primero y principal de la ley de Dios, que es también el más difícil para el hombre enredado y ensimismado en su propio yo, el mandamiento del amor mutuo: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34). Obedeciendo a este mandamiento, el hombre alcanza la perfección. Así es como llega a ser un hombre perfecto, un cristiano cabal. En esta obediencia al amor, en esta obediencia caritativa («Pues ésta es la obediencia caritativa, porque cumple con Dios y con el prójimo», Adm 3,6), alcanza también la plenitud y perfección la vida en común de los cristianos, como hijos del único Padre, unidos en el amor de Cristo.

Todos somos hermanos porque todos somos hijos del Padre que está en el cielo (cf. Mt 23,9), y nuestra unidad fraterna es el signo del nuevo pueblo de Dios, de los siervos de Dios en la nueva alianza: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,35). Así pues, el amor mutuo, que nosotros, como «hermanos menores» y siervos de Dios, debemos hacer realidad plenamente y sobre todo en la Iglesia, es el principal servicio que tenemos que prestar al Reino de Dios, a su realización aquí y ahora. Esto es justamente lo que Francisco pone en claro cuando exhorta a sus seguidores diciendo: «Dichoso el siervo...».

II. EL AMOR DEBE SER DESINTERESADO

El amor fraterno, sin el cual no puede existir el Reino de Dios, ha de ser auténtico y debe vivirse en los pequeños detalles de cada día. Debe vivirse y manifestarse con toda autenticidad en las relaciones de uno con los demás. Del amor en esos pequeños detalles, que muchas veces pasamos por alto, es de lo que habla Francisco en estas dos Admoniciones:

«Dichoso el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo y no puede corresponderle como cuando está sano y puede corresponderle» (Adm 24).

El texto original latino es un tanto oscuro. Ya en la Edad Media proporcionó muchos quebraderos de cabeza a los copistas, que trataron de limarlo y hacerlo comprensible. De todos modos, su sentido es bien evidente.

Francisco advierte que también el amor fraterno puede vivirse en propio provecho, buscando el beneficio de uno mismo. Si ese fuera el caso, estaríamos abusando egoístamente del amor. Por su naturaleza, el ser humano piensa ante todo y en todas las cosas en su propio beneficio. Por eso, en las acciones realizadas por amor al prójimo puede infiltrarse el interés egoísta. A veces, quien hace un bien a otra persona, piensa en cómo ésta puede corresponderle. Así ocurre siempre que hacemos algo bueno a los otros esperando que nos den las gracias o nos reconozcan lo que les hemos hecho, queriendo, por tanto, retener para nosotros mismos parte del bien que hemos realizado. Cuántas veces pensamos y decimos: ¿Por qué he de ser siempre yo quien empiece? ¿Y de mí, quién se preocupa? ¿Y esto a mí de qué me aprovecha? La actitud reflejada en estas preguntas imposibilita amar tal y como Cristo nos dijo: «Os doy un mandamiento... Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34). El amor del seguidor de Cristo es un amor que no retiene nada para sí mismo. El amor del hermano menor, que siempre y en todo debe vivir «sin nada propio» (cf. 1 R 1,1; 2 R 1,1), es un amor desinteresado, que no busca nada para él mismo.

Y este amor es el que explica nuestro padre san Francisco en la Admonición 24, presentando como ejemplo el caso del hermano enfermo o delicado que no está en condiciones de poder corresponder al bien que se le ha hecho. En la atención al enfermo puede desplegarse la plenitud del amor de Cristo que se nos brinda en los santos sacramentos con total desinterés, con auténtico servicio y plena fraternidad. En la atención al hermano enfermo, débil o desvalido puede nuestro amor dar muestras de ser un amor auténtico, prolongación del amor de Cristo. ¡Donde existe ese amor, allí está Dios! ¡Y donde está Dios, el hombre es dichoso!

«Dichoso el siervo que tanto ama y respeta a su hermano cuando está lejos de él como cuando está con él, y no dice detrás de él nada que no pueda decir con caridad delante de él» (Adm 25).

El genuino amor fraterno, si es verdaderamente cristiano, es un amor respetuoso. El respeto es la esencia, el secreto más profundo del amor cristiano. El amor cristiano crece y se apoya en el respeto a Cristo, que vive por la gracia en nuestros hermanos. El hombre tiene respeto a lo santo, a Dios. Por eso, debemos respetar todo lo que se relaciona con Dios. ¡Por desgracia, esto se olvida con frecuencia! Ésta es la razón por la cual nuestro amor mutuo debe ser siempre respetuoso: debe basarse sobre el respeto a Dios y no ser algo meramente externo. Y este amor respetuoso hay que practicarlo y cultivarlo no sólo cuando el hermano está presente, sino también, lo cual es generalmente mucho más difícil, en su ausencia.

Y es que, como nos deja entrever aquí Francisco, cuando no está presente el hermano se vulnera muchas veces este amor respetuoso con duras murmuraciones o con rigurosos juicios y condenas; los cristianos, las comunidades franciscanas, no somos una excepción en ese modo de actuar. ¡Tal vez por eso nos advierte aquí Francisco expresamente sobre este punto! En todo caso, y no obstante su sobriedad de expresión, esta palabra de amonestación es una maravillosa indicación del camino que conduce a un amor fraterno auténtico, hecho vida y realidad: «Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34). Y este mandamiento tiene vigencia de modo especial cuando hablamos de los demás, sobre todo en su ausencia. Así es como se abate y remueve uno de los principales obstáculos para amar a Cristo en nuestros hermanos. Así puede desplegarse en nuestras comunidades, con libertad y sin obstáculos, el amor de Cristo que habita en nosotros. Un amor cultivado y desarrollado de este modo, actualiza en medio de nosotros, de manera real y eficaz, un fragmento del Reino de Dios. Y éste existe sólo cuando hay una actitud correcta de unos hombres con otros. Más todavía: el Reino de Dios existe precisamente donde se da esa actitud en los encuentros y relaciones de cada día, y en los que muchas veces no caemos en la cuenta que son lugar de la actualización y presencia del Reino de Dios.

III. CONSECUENCIAS PRÁCTICAS

Estamos llamados a cosas sublimes: a la comunión de vida en el Reino de Dios. Y, para alcanzarla, Dios mismo nos ha pertrechado con la gracia santificante: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). El Espíritu Santo quiere construir y consolidar a través de nosotros el reino del amor, el nuevo Reino de Dios. Y, para ello, es imprescindible nuestra colaboración.

1. Todo depende, por tanto, de que, en una actitud de disponibilidad y de servicio desinteresados y con amor respetuoso, seamos instrumentos dóciles y adecuados del Espíritu de Dios. A ello alude con energía Francisco en estas dos Admoniciones. En ambas resplandece la fuerza liberadora y salvífica de la obediencia a Dios. Esta obediencia quita en el siervo de Dios los impedimentos que imposibilitan o dificultan la libre acción del Espíritu de Dios en nosotros y a través de nosotros. El siervo de Dios, que «no quiere retener nada para sí mismo» (cf. CtaO 29), es un instrumento adecuado, dócil y siempre disponible en las manos amorosas del Espíritu Santo, que quiere animarlo todo. En la renuncia a todo lo propio, se convierte en puro instrumento a través del cual el amor de Dios puede entregarse plenamente a los hombres. ¡Cuanto más actuamos así, tanto más dichosos somos como siervos de Dios!

2. «En una actitud de disponibilidad y de servicio desinteresados». Es lo primero que aquí se nos exige. Esta actitud ayuda a alcanzar la perfección de un amor que no pasa factura, que está libre de cualquier expectativa de remuneración o de reconocimiento, que no tiene ningún afán de alabanza ni de recompensa. Francisco nos propone, como criterio para conocer si nuestro amor es verdaderamente así, el hecho de comportarnos con los débiles y necesitados, con los pobres y enfermos, que no pueden recompensarnos, del mismo modo que nos comportamos con los sanos, los fuertes, los influyentes, que pueden mostrarnos su agradecimiento por lo que les hemos hecho. Y nuestro amor a los primeros debe manifestarse con disponibilidad y servicio desinteresados, como el amor del «menor», del más pequeño, que nunca quiere ser «mayor», superior, ni siquiera en la forma más sutil. El amor a las personas que padecen cualquier tipo de desvalimiento puede parecer un amor «altivo», un «rebajarse condescendiente» y ser, por tanto, hiriente para las personas a las que se ha hecho el favor. Pero si se conserva la «minoridad» y el «ser menor» en el amor, éste puede desplegarse libre y auténticamente. Por eso, la disponibilidad y el servicio desinteresados del «menor» son los que determinan, en última instancia, la autenticidad del amor y, por tanto, manifiestan si se trata de un amor servicial y desinteresado a Cristo, en definitiva, si es un auténtico amor cristiano. Y aquí surge naturalmente la pregunta decisiva sobre si todo esto se toma suficientemente en cuenta. Puede preguntarse, con razón, por qué la llamada caridad cristiana, que se practica con frecuencia en la actualidad con mucho ruido, es en el fondo tan poco eficaz. ¿No tienen en este punto los seguidores de san Francisco, los «menores», una tarea válida en todo momento y en cualquier lugar? ¿No la tienen precisamente aquí y ahora?

3. «Con amor respetuoso»: tal como se merece Cristo, que sale a nuestro encuentro en todo hombre, sobre todo en el «menor», en el pequeño, con quien debemos comportarnos como hermanos. En los más pequeños nos encontramos con el Señor, y Él quiere que le manifestemos y demostremos la autenticidad del amor con que le amamos a Él en el amor a los «menores», a los pequeños (cf. Mt 25,40.45). Francisco nos indica aquí muy claramente que este amor respetuoso debemos cultivarlo sobre todo en nuestro hablar sobre los demás. Y precisamente en la ausencia de los otros es cuando demostramos los cristianos que amamos de verdad al prójimo. El modo como hablamos del prójimo revela el amor y respeto que de verdad le profesamos. Sin ninguna duda, si cultiváramos en todo nuestro hablar y siempre que hablamos de los demás un amor respetuoso, se mostraría también cómo el Espíritu Santo puede edificar su reino de amor en nosotros y a través de nosotros.

Aun cuando las Admoniciones 24 y 25 parecen hablar sólo de pequeñas cosas de nuestra convivencia de cada día, nos muestran a su manera un camino directo para vivir el Reino de Dios. Precisamente esas pequeñas cosas, de las que habla aquí san Francisco, no hay que darlas por supuestas en la vida y convivencia humanas. Al contrario, merecen una especial atención. El rostro de nuestras comunidades cambiaría si las lleváramos a la práctica con seriedad. Entonces se haría visible y palpable aquí y ahora algo de la bienaventuranza de los siervos de Dios; en ellos el Espíritu del amor puede actuar sin trabas.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XX, núm. 60 (1991) 420-426]

D. Ghirlandaio: Confirmación de la Regla

LOS SIERVOS DE DIOS HONREN A LOS CLÉRIGOS
Meditación sobre la Admonición 26.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die sechsundzwanzigste Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst 55 (1972) 110-114; «I servi di Dio devono onorare i chierici», en Le Ammonizioni di san Francesco, Roma, Cedis Editrice, 1974, 335-346]

INTRODUCCIÓN

En la vida de nuestro padre san Francisco destaca fuertemente su voluntad de vivir siguiendo en todo la forma del santo evangelio. Francisco quiso vivir la forma de vida que con su palabra y su vida entera nos proclamó Cristo, el Hombre-Dios. Y lo que nos ha ido explicando Francisco en sus Admoniciones no es otra cosa que «la vida del evangelio de Jesucristo» (1 R Pról 2). En ellas nos ha indicado desde distintos puntos de vista cómo el espíritu del evangelio debe penetrar, modelar y perfeccionar nuestra vida de cada día. Lo ha hecho, además, con un carisma arrebatador.

Pero, a diferencia de muchos contemporáneos suyos que también sentían una honda preocupación religiosa, Francisco no quiso vivir esta forma de vida a su arbitrio, según su propio criterio. Dichos contemporáneos estaban, sin duda, animados por un ideal, pero la pasión y el aferramiento a sus propias ideas los puso en conflicto con la Iglesia, de la que terminaron separándose. Francisco era conocedor de tales conflictos. Sus escritos, incluido su Testamento, nos muestran nítidamente cómo previó la posibilidad de que este peligro se infiltrara entre sus frailes. Por eso procuró muchas veces, y con gran solicitud, prevenirles del mismo.

Impulsado por esta inquietud coloca, para su vida y la de sus hermanos, junto a la «forma del santo evangelio» que Dios le había revelado (Test 14), la «forma de la santa Iglesia romana». En respuesta a la llamada de Dios quiere «seguir las huellas de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 1,1); pero también quiere seguir «las huellas venerandas» de la santa madre Iglesia (2 Cel 24). Como los cátaros de su tiempo, quiere vivir una vida según la forma evangélica; pero, a diferencia de ellos, quiere vivirla en la Iglesia y de acuerdo con la misma. La Admonición 26 es una expresión muy elocuente de esta preocupación de Francisco.

«Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven verdaderamente según la forma de la Iglesia romana.
»Y ¡ay de aquellos que los desprecian!; pues, aun cuando sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí solo el juicio sobre ellos. Pues cuanto más grande es el ministerio que tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a otros, tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos que los que lo hacen contra los otros hombres de este mundo» (Adm 26).

EL AMOR A LA IGLESIA SE DEMUESTRA
EN EL AMOR A SUS MINISTROS

Antes que nada, indiquemos algo importante. Es evidente que Francisco no vivió después del concilio Vaticano II, sino en la baja Edad Media. Por eso, está firmemente persuadido de que la Iglesia es la madre que nos da la vida, la madre que nos instruye con la Palabra de Dios, la madre a la que debemos profesar una obediencia filial. Por eso, la madre Iglesia se le hace visible sobre todo en los acontecimientos sacramentales, en los sacerdotes, administradores de los misterios de Dios, en los «clérigos», como suele llamarlos en general. Su actitud hacia los «clérigos» preserva y pone en práctica su veneración y amor a la madre Iglesia. Su actitud hacia los «clérigos» confirma su obediencia y sumisión a la Iglesia. De ahí su obediencia al papa,[1] así como al cardenal protector, por ser el representante del papa, su «papa» como él lo llamaba;[2] de ahí su profundísima veneración a los obispos y sacerdotes.[3] En estrecha unión con todos ellos y, por tanto, con la Iglesia es como Francisco quiere «observar el santo evangelio de nuestro señor Jesucristo», «siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica» (2 R 12,4). De esta gran preocupación suya es de lo que trata en la presente Admonición.

La «Iglesia», por tanto, no es para él algo etéreo, inconcreto y genérico, no es algo intangible y, en definitiva, inasible. Para Francisco la Iglesia se hace carne viva en los intermediarios de la salvación establecidos por Dios: los «clérigos». Por eso afirma:

«Dichoso el siervo que mantiene la fe en los clérigos que viven verdaderamente según la forma de la Iglesia romana. Y ¡ay de aquellos que los desprecian!».

Quien quiere ser siervo de Dios, tiene que respetar y amar a la Iglesia, que el Señor ha instituido para su glorificación y para la salvación de los hombres. Y, en primer lugar, tiene que respetar y amar a los servidores de la Iglesia en quienes y a través de quienes cumple ésta sus grandes tareas de glorificación de Dios y de salvación de los hombres. ¿Y por qué debe respetar y amar a los «clérigos»? ¿Por sus dotes carismáticas? ¿Por su santidad personal? ¿Por sus grandes méritos? ¡A nada de esto alude Francisco! En su Testamento da gracias a Dios por haberle dado y seguir dándole «una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la forma de la Iglesia romana», y esto «por su ordenación» (Test 6). Por eso, el que los sacerdotes vivan según la norma de la santa Iglesia romana es un elemento decisivo de la fe que en ellos deben tener los siervos de Dios.

En el sacramento del orden, Cristo, cabeza de la Iglesia, une consigo de una manera especial a los sacerdotes. Éstos han recibido plenos poderes para actuar en su lugar, en su nombre o, como se decía en la Edad Media, «en su persona». Francisco manifiesta esta fe con expresiones muy personales: «Y a estos sacerdotes y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a señores míos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores» (Test 8-9). Actuando así, este creyente cristiano cumple la palabra del Señor: «El que os escucha a vosotros, a mí me escucha; y el que os rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). Por eso, ¡dichoso quien tiene en los enviados por el Señor a su Iglesia la misma fe que en Cristo, el Señor! Y, ¡ay de aquellos que los desprecian!, pues eso equivale a despreciar a Cristo, que viene en ellos a nuestro encuentro, y al Padre que lo ha enviado.

«Pues, aun cuando sean pecadores, nadie, sin embargo, debe juzgarlos, porque el Señor mismo se reserva para sí sólo el juicio sobre ellos».

La veneración, el respeto y la fe que se nos exige en la primera frase de esta Admonición, y que se nos exige además con toda firmeza (Dichoso... ¡ay de aquellos...!), resultan particularmente difíciles en el caso de «algunos pobrecillos sacerdotes de este mundo» (Test 7) que no actúan como debieran y viven en pecado: aun cuando sean pecadores.[4] Los sacerdotes son seres humanos como los demás; por tanto, son pecadores como todos nosotros. Una vez más podemos comprobar cómo Francisco no idealiza ni encubre nada. Toma la realidad de la vida tal como es. Él, que vivía con la mente bien despierta y conocía los problemas y carencias de su tiempo, sabe que el sacerdote, a pesar de su íntima unión con Cristo por el sacramento del orden, sigue siendo un ser humano, un hombre con faltas e imperfecciones, con pecados y negaciones. ¡Esto es algo que él experimentó en su tiempo, y que lo experimentó incluso en proporciones que hoy día nos resultan difíciles de imaginar!

Pero, según Francisco, todo ello no debe ensombrecer la dignidad interna que el sacerdote ha recibido de Cristo en la ordenación. Penetrando lo humano, contempla lo que procede de Dios: «Porque miro en ellos al Hijo de Dios» (Test 9). Esta mirada de fe le impide juzgarlos. Deja todo juicio en manos de Dios, el Señor, el único a quien compete juzgar. Como dice el apóstol Pablo: «A mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano... Mi juez es el Señor» (1 Cor 4,3-4). Francisco no quiere anticiparse al juicio de Dios.

Por otra parte, ¡aquí se refleja también claramente cuán grande es la responsabilidad del sacerdote en todos los ámbitos y aspectos de su vida, por su ordenación! El sacerdote, que debe hacer las veces de Cristo y puede actuar «en su persona», está obligado a vivir cada vez más a Cristo. «A quien mucho se le dio, se le reclamará mucho» (Lc 12,48). Las cuentas que le pedirá el Señor estarán en relación con la gracia que ha recibido.

«Pues cuanto más grande es el ministerio que tienen del santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, que ellos reciben y ellos solos administran a otros, tanto más pecado tienen los que pecan contra ellos que los que lo hacen contra todos los otros hombres de este mundo».

Una vez más, Francisco expresa su más profunda preocupación. Una vez más, advierte a sus seguidores que no deben juzgar a aquellos sobre quienes el Señor en persona se ha reservado todo juicio. Una vez más, queda bien claro que la sublimidad y dignidad del sacerdote se basa sobre su ministerio, especialmente sobre la potestad de celebrar la eucaristía y administrar a los hombres el cuerpo y la sangre de Cristo: «Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros» (Test 10). El ministerio eucarístico que el sacerdote debe desempeñar en la Iglesia es algo que lo eleva por encima de todo; gracias a él, el sacerdote puede hacer lo mismo que hizo Cristo; en este ministerio, el sacerdote está tan identificado con Cristo que su palabra se vuelve Palabra de Cristo y él mismo se hace uno con Él. Por eso mira Francisco en el sacerdote al Hijo de Dios.

Por esta dignidad recibida con miras a su ministerio, Francisco considera que cuando alguien se arroga el derecho de juzgar a los sacerdotes, cae en la máxima arrogancia: dado que los sacerdotes están tan íntimamente unidos a Cristo que hacen sus veces y pueden realizar su misión en la Iglesia, quienes pecan contra ellos cometen un pecado mayor que si lo cometieran contra todos los otros hombres de este mundo.

VENEREMOS A LOS SACERDOTES POR SU MINISTERIO

Es evidente que Francisco dirigió su Admonición 26 a los hombres de su tiempo. En aquella época había quienes sostenían que lo decisivo no es la ordenación sacerdotal, sino la vida virtuosa del individuo. Por tanto, si no había ningún sacerdote virtuoso, el ministerio sacerdotal podía ejercerlo un laico de vida santa. Según esta mentalidad, la sucesión apostólica no depende del sacramento del orden, sino de la vida apostólica de los individuos. Los sacramentos administrados por un sacerdote válidamente ordenado pero que vive en pecado, son inválidos. Frente a esta manera de pensar, Francisco dice claramente: «y ellos solos administran a otros» (Adm 26,3); «y solos ellos administran a otros» (Test 10); «y sólo ellos deben administrarlos y no otros» (2CtaF 35). La dignidad del sacerdote se basa sobre su ordenación y ministerio. Este contexto subraya la importancia que esta «palabra de amonestación» tiene también para nuestro tiempo.

1. También hoy día existe, incluso entre los cristianos de la Iglesia romana, el peligro de prestar más atención a la persona que a su ministerio. Hay quienes se fijan más en las cualidades humanas del ministro que en lo que Cristo dice y hace por medio de él. Si el sacerdote es una persona buena, prudente, amable, cortés, de trato agradable, se le honra y respeta; si no lo es, si carece de esta o aquella cualidad, es menospreciado e incluso despreciado. Más todavía, a veces parece como si los cristianos de hoy tuvieran una mirada especialmente aguda para captar las debilidades humanas, negaciones y pecados de los sacerdotes, por lo que resulta mucho más fácil caer en el peligro de juzgarlos y condenarlos. Se olvida lo que Francisco nos acaba de proponer: una visión de fe. Justamente por eso debemos sus seguidores esforzarnos en cultivar la veneración, la confianza y el amor a los sacerdotes, por su ministerio, en definitiva por Cristo que en ellos nos sale al encuentro.

2. Esta mirada de fe, que en toda ocasión se esfuerza por cultivar la veneración, la confianza y el amor a los sacerdotes, es una buena ayuda para superar una seria crisis existente hoy día tanto en nuestra vida comunitaria como en la vida de convivencia de la Iglesia: la crisis de autoridad.

Tal vez hasta no hace mucho se acentuara demasiado unilateralmente la autoridad. Tal vez se haya recargado en exceso este concepto con contenidos provenientes de otros ámbitos, especialmente del político e incluso del militar, haciendo caer en el descrédito no sólo el término «autoridad», sino hasta su mismo contenido.

En última instancia, la palabra autoridad (auctoritas) remite siempre a Dios Padre. Dios Padre se sirve de personas concretas para hacer visible su paternidad a los hombres. Así, por su paternidad, en la familia el padre tiene una autoridad directa. Así también, por su esencia, la Iglesia tiene una autoridad directa; pero la desempeña a través de hombres a quienes confía misiones concretas. Mediante su misión, participan de la autoridad de la Iglesia; y su autoridad se basa sobre dicha misión. A este ministerio, por tanto, le debemos estima, respeto y amor. Lo ideal sería, es lógico, que aquel a quien se le ha confiado un ministerio viviera de acuerdo con el mismo: ¡piénsese, por ejemplo, en el papa Juan XXIII!

¡Pero eso sería exigir demasiado a los hombres! El hecho de recibir el encargo de un ministerio en la Iglesia no significa que quien lo recibe experimente el milagro de una nueva creación humana. Con frecuencia, mejor dicho, casi siempre se hace patente, tanto a quien ha recibido el ministerio como a aquellos que le han sido confiados, la dolorosa y angustiosa comprobación de que la autoridad de Dios se manifiesta en vasos de arcilla. Como decía san Pablo, «llevamos este tesoro en vasos de barro» (2 Cor 4,7).

Por tanto se trata, siguiendo a Francisco, de no despreciar el ministerio por la carencia de cualidades humanas en la persona del ministro y de no confundir el ministerio con las cualidades humanas o viceversa. Francisco nos indica, además, que debemos comportarnos con los ministros tal como corresponde al ministerio que les ha sido confiado; de ese modo se mantiene el orden interno de la comunidad, que en la Iglesia ha de ser siempre jerárquico. El que ha recibido un ministerio tendrá siempre la tarea de eliminar con su trabajo serio y responsable cualquier tensión o división.

3. Seamos comprensivos con los sacerdotes que no logran armonizar su ministerio sacerdotal y una vida personal coherente con el mismo. No se les ayuda criticándolos y juzgándolos, ni con la maledicencia o el desprecio. Sólo la oración y el sacrificio sirven de ayuda para que superen tal situación. Francisco nos muestra una vez más el camino. Cuenta de él san Buenaventura que lloraba con tan intenso amor y compasión por los pecadores, «que bien podía decirse que, como una madre, los engendraba diariamente en Cristo» (LM 8,1b).

¡No dejemos solos a quienes se les ha confiado un ministerio en la Iglesia! ¡Pongámonos a su lado y ayudémosles! ¡Seamos comprensivos con ellos y no les exijamos demasiado con una crítica carente de amor!

4. Tal vez lo más difícil que aquí nos pide Francisco consista en mantener, a pesar de todo, la confianza, la fe. Tomás de Celano relata que los primeros seguidores de Francisco «con frecuencia confesaban sus pecados a un sacerdote de muy mala fama, y bien ganada», y que «habiendo llegado a conocer su maldad por el testimonio de muchos no quisieron dar crédito a lo que oían, ni dejar por ello de confesarle sus pecados como solían, ni de prestarle la debida reverencia» (1 Cel 46b).

Esta actitud construye, induce a la reflexión y a la conversión, sirve al Reino de Dios. Por eso es dichoso el siervo de Dios que así actúa.

J. Benlliure: Misa en la Basílica de San Francisco

N O T A S:

[1] «El hermano Francisco y todo aquel que sea cabeza de esta Religión, prometa obediencia y reverencia al señor papa Inocencio y a sus sucesores» (1 R Pról 3); «El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos» (2 R 1,2).

[2] Cf. Jordán de Giano, Crónica, 14.

[3] «Los hermanos no prediquen en la diócesis de un obispo cuando éste se lo haya prohibido» (2 R 9,1); «Después de esto, el Señor me dio, y me sigue dando, una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me viese perseguido, quiero recurrir a ellos. Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con algunos pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias en que habitan no quiero predicar al margen de su voluntad. Y a estos sacerdotes y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a señores míos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo, y colocados en lugares preciosos. Y los santísimos nombres y sus palabras escritas, donde los encuentre en lugares indebidos, quiero recogerlos, y ruego que se recojan y se coloquen en lugar decoroso. Y también a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas palabras divinas, debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran espíritu y vida (cf. Jn 6,64)» (Test 6-13); «Vivan siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia» (TestS 5).

[4] En la Carta a todos los fieles indica Francisco que «debemos... tener en veneración y reverencia a los clérigos, no tanto por lo que son, en el caso de que sean pecadores, sino por razón del oficio y de la administración del santísimo cuerpo y sangre de Cristo...» (2CtaF 33).

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XXI, n. 61 (1992) 102-108]

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