DIRECTORIO FRANCISCANO

Espiritualidad franciscana


LAS ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO
Meditaciones

por Kajetan Esser, OFM

 


LA VIRTUD QUE AHUYENTA EL VICIO
Meditación sobre la Admonición 27.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

PRIMERA PARTE

[Título original: Die siebenundzwanzigste Ermahnung des hl. Franziskus (1. Teil), en Brüderlicher Dienst 56 (enero-marzo 1973) 2-6; «Delle virtù che mettono in fuga i vizi», Parte prima, en Le Ammonizioni di san Francesco, Roma, Cedis Editrice, 1974, 347-358]

Comparada con las demás Admoniciones, la Adm 27 tiene un carácter peculiar. Es uno de los opúsculos de san Francisco que pueden denominarse laudas, cánticos de alabanza. El más célebre de ellos lo constituye el Cántico del hermano sol; pero no debemos olvidar los restantes: el Saludo a la bienaventurada Virgen María, que nos permite formarnos una idea bastante exacta de la piedad mariana de san Francisco; el capítulo 21 de la Regla no bulada, que es un ejemplo típico de la predicación penitencial de los primeros franciscanos; el Saludo a las virtudes, tan parecido a la Adm 27.

No por azar todos estos escritos reciben en latín el nombre de «laudes», es decir, de cánticos de alabanza. Son cantos que Francisco y sus primeros hermanos cantaban y explicaban a la gente. En ellos se ha conservado hasta nuestros días una forma concreta de cómo los primeros franciscanos ejercían el apostolado.

Esta finalidad apostólica esclarece también el carácter peculiar de esta serie de cánticos. En ellos se formulan, breve y concisamente, ordenadas de manera que se puedan recordar con facilidad, ideas básicas de la vida cristiana. Resultan muy inteligibles y muy fáciles de retener en la memoria. Con razón, las traducciones más recientes han procurado que la misma impresión gráfica reflejara tales características.

«Donde hay caridad y sabiduría,
allí no hay temor ni ignorancia.

»Donde hay paciencia y humildad,
allí no hay ira ni perturbación.

»Donde hay pobreza con alegría,
allí no hay codicia ni avaricia.

»Donde hay quietud y meditación,
allí no hay preocupación ni vagancia.

»Donde hay temor del Señor para guardar el atrio (cf. Lc 11,21),
allí el enemigo no puede tener lugar para entrar.

»Donde hay misericordia y discreción,
allí no hay superfluidad ni endurecimiento» (Adm 27).

Ya en una primera lectura se advierte que estos breves apotegmas permiten formarse una idea bastante exacta de lo esencial de la enseñanza de san Francisco sobre las virtudes. Estos dichos son, en cierto modo, como el sumario de todo cuanto él ha ido vertiendo en el corazón de sus hermanos con las demás Admoniciones.

I. LAS VIRTUDES, CONDICIONES DEL REINO DE DIOS

A continuación vamos a aclarar cada una de las estrofas de este cántico de alabanza, pero es evidente que aquí no podemos explicar exhaustivamente todas y cada una de las virtudes en ellas mencionadas, tal y como Francisco las entiende. Remitimos para ello a las otras Admoniciones y sus respectivos comentarios. De lo que aquí se trata es de las relaciones de unas virtudes con otras y con los vicios que ellas ahuyentan. Eso justamente es lo que propone Francisco en este cántico de alabanza, como muy certeramente expresa el antiguo título de este opúsculo: «De la virtud que ahuyenta el vicio», o, como indica otro título antiguo, «Del poder de las virtudes».

«Donde hay caridad y sabiduría,
allí no hay temor ni ignorancia»
.

No por casualidad la Adm 27 coloca a la caridad en la cima de todas las virtudes que en ella se citan, pues todo converge y se reduce a la caridad. Ella es la primera y la mayor de todas las virtudes, su raíz y su culminación a un mismo tiempo.

Sin caridad, ninguna virtud es verdaderamente cristiana. Y, para Francisco, la caridad cristiana es, siempre y ante todo, respuesta al amor de Dios. «Tenemos que amar mucho -dice en otro lugar- el amor del que nos ha amado mucho» (2 Cel 196c). El amor proveniente de Dios se derrama sobre nosotros con una abundancia inconcebible y nos invita a darle una respuesta. El amor de Dios al hombre despierta el amor del hombre a Dios.

El amor es un diálogo entre Dios y el ser humano. Por eso, nuestro amor a Dios y nuestro amor a todo lo que Dios ama crece conforme crece nuestro conocimiento del amor de Dios, que hace cosas tan grandes, y siempre admirables, en nosotros. Este conocimiento, por tanto, no sólo es enriquecimiento intelectual, sino también un conocer en sentido bíblico: un conocimiento mutuo en la mutua entrega amorosa. Ese conocimiento conduce a la sabiduría. Por tanto, cuando en el ser humano existen a la vez este amor, esta caridad y esta sabiduría, a la persona no le queda ya espacio alguno posible para el temor ni la angustia ante Dios, y, al mismo tiempo, está libre de esa ignorancia que es la raíz de toda indiferencia hacia Dios.

Donde hay caridad y sabiduría, el ser humano está atento a Dios y a su santa operación. No permanece indiferente y remiso. No vive «al día» y encerrado en su propio mundo; al contrario, se mantiene atento a dar siempre y en todo la respuesta de amor que su sabiduría le indica: hemos de amar de corazón y de verdad el amor de Aquel que nos ha amado tanto.

¿Cuándo y cómo debe realizarse esto? Juan, el discípulo amado, nos lo dice con toda claridad: «Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4,11). Juan no había olvidado la palabra del Señor: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13,34). En este amor mutuo, en la caridad, experimentamos -en la práctica- la grandeza del amor de Dios. ¡Esta experiencia concreta, perceptible, es la verdadera sabiduría!

«Donde hay paciencia y humildad,
allí no hay ira ni perturbación»
.

Francisco habla sobre la paciencia y la humildad en muchas de sus Admoniciones. Ambas virtudes son, sin ninguna duda, dos elementos importantes de la vida franciscana, en cuanto vida de hermanos menores. Las dos son también, como dice nítidamente Francisco, una contribución importante que los hermanos y hermanas menores debemos aportar a la edificación del Reino de Dios: «Mis hermanos se llaman menores precisamente para que no aspiren a hacerse mayores. La vocación les enseña a estar en el llano y a seguir las huellas de la humildad de Cristo... Si queréis que den fruto en la Iglesia de Dios, tenedlos y conservadlos en el estado de su vocación» (2 Cel 148).

Cuando una persona no tiene paciencia ni humildad, incurre en la ira. Y cuando cae en la ira, se desmorona, cae él mismo. Cuando, por carecer de paciencia y de humildad, se incurre en la perturbación y en la irritación, deja uno de ser su propio dueño y pasa a estar bajo el dominio de su propio «yo». Y mientras sea el propio «yo» quien mande, todavía no ha llegado el Reino de Dios, pues «El Reino de Dios está ya en vosotros» (Lc 17,21).

Y no debe olvidarse que la paciencia y la humildad son la defensa más eficaz de la caridad y de la sabiduría, del mismo modo que nada impide tanto la caridad y la sabiduría como la ira y la perturbación; como dice el mismo Francisco, «la ira y la conturbación son impedimento en ellos (los ministros provinciales, a los que deben recurrir los hermanos que han pecado) y en los otros para la caridad» (2 R 7,3). Y como el Reino de Dios es el reino de la caridad, lo construimos cuando conservamos la paciencia y la humildad, cuando no incurrimos en la ira ni en la perturbación. Entonces damos realmente «fruto en la Iglesia de Dios» (2 Cel 148) como hermanos y hermanas que, como auténticos menores, están dispuestos a servir a todos. Para todos los seguidores de Francisco tiene validez lo que él dice en su Carta a todos los fieles: «Nunca debemos desear estar sobre otros, sino, más bien, debemos ser siervos y estar sujetos a toda humana criatura por Dios» (2CtaF 47). Si la paciencia, la humildad, la caridad y la sabiduría pueden desarrollarse en nosotros, entonces está en nosotros el Reino de Dios.

Por eso, si queremos contribuir a la edificación del Reino de Dios, si queremos que el Reino sea una realidad en nosotros y crezca a través de nosotros, hemos de procurar cultivar la paciencia y ayudarnos a llevar los unos las cargas de los otros, cumpliendo así el mandamiento de la caridad fraterna que Cristo nos mandó (cf. Gál 6,2). Y, siguiendo el ejemplo de Cristo, que está en medio de nosotros como el que sirve (Lc 22,27), hemos de esforzarnos también en ayudarnos y servirnos unos a otros. Cuando no esperamos que los demás nos sirvan, cuando no planteamos ninguna reclamación ni exigimos nada, sino que estamos dispuestos a servir con Cristo desinteresadamente y sin querer pasar factura, allí no hay ira ni perturbación, allí está y reina la paz de Cristo en el Reino de Cristo.

«Donde hay pobreza con alegría,
allí no hay codicia ni avaricia
».

Al igual que la ira y la perturbación, también la codicia, tanto respecto a lo que se posee como respecto a lo que se ambiciona, y la avaricia impiden la caridad. Por eso son un pecado capital que impide la realización del Reino de Dios: «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).

En sí misma y por sí sola, la pobreza no es ninguna garantía de que la persona esté libre de codicia y de avaricia. Quien sufre bajo el peso de su pobreza o la siente como si fuera una carga, está codiciando, ambiciona poseer esto o aquello. Difícilmente puede compartir o es incapaz de hacerlo. En semejante pobre todo sigue girando en torno a su propio y amado «yo». ¿Y cómo podrá el Reino de Dios hacerse presente en el pobre, si su corazón sigue pendiente de cosas materiales, de sus pretensiones y sus propios derechos?

Por eso, la pobreza debe ir acompañada de la alegría. La persona que sigue a Jesucristo, como lo hizo antes que nosotros y de manera ejemplar el Pobrecillo de Asís, ha de sentir alegría de ser pobre. Así nos lo dice Francisco con validez perenne en su instrucción sobre La verdadera y perfecta alegría. Por eso, el franciscano ha de estar alegre cuando experimenta la pobreza o cuando empieza a experimentarla: los hermanos «deben gozarse cuando conviven con gente de baja condición y despreciada, con los pobres y débiles, y con los enfermos y leprosos, y con los mendigos de los caminos» (1 R 9,2). La persona en cuya vida se den simultáneamente la pobreza y la alegría, estará gozosamente dispuesta a cualquier renuncia, llevará gozosamente el que hagan caso omiso de ella o el que la traten con menos miramientos que a los demás.

¿No es esto contrario a la naturaleza humana? ¿No es esto una exigencia que supera al ser humano? Desde un punto de vista meramente humano, hay que responder afirmativamente a estas preguntas. Pero el cristiano sabe que el Reino de Dios es de quienes son, de buen grado, pobres de espíritu (cf. Mt 5,3). En efecto, el sentido más profundo de la pobreza cristiana radica en que el hombre lo espere todo de solo Dios y no desee tener nada que no sea un don que el Señor le ofrece a través de los demás; con ello coincide la exigencia de Francisco: «Y no pretendas de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé» (CtaM 6).

Cuando el hombre vive su pobreza con esta alegría -sin codicia ni ansia de posesión, sin avaricia y sin querer retener nada para él mismo-, entonces es completamente libre, de manera que Dios puede actuar en su vida cuando quiera y sin traba alguna. ¿Por qué? Porque entonces la persona no presenta, con sus apetencias arbitrarias, ninguna interferencia a la acción de Dios; porque entonces -al contrario de lo que hicieron los «piadosos» fariseos contemporáneos de Jesús, dejando escapar la hora de la salvación y quedándose fuera del Reino de Dios-, el ser humano no quiere imponerle a Dios ninguna norma que le marque cómo debe actuar.

II. ELEMENTOS FUNDAMENTALES
PARA LA VIDA FRANCISCANA

Nuestras breves reflexiones sobre los primeros versículos de este cántico de alabanza nos muestran qué profunda sabiduría contiene la Adm 27, y cuán importantes son sus enseñanzas para nosotros y para toda nuestra vida, que debe estar informada del espíritu de san Francisco. Nos muestran que nunca pensaremos bastante en estos breves apotegmas, que nunca los meditaremos suficientemente. Como elementos básicos de nuestra vida franciscana, valdría la pena que los aprendiéramos de memoria. Así podrían ser objeto permanente de nuestro examen de conciencia, para que así llegaran a informar nuestra vida de cada día. Tal vez pueda ayudarnos a ello el planteamiento de algunas preguntas de tipo práctico.

1. Con frecuencia pensamos que amamos a Dios. Así lo proclamamos en las oraciones que recitamos, en los cantos que cantamos. ¿Pero nuestro amor a Dios es realmente fuerte y vivo? ¿Es un verdadero impulso de nuestro corazón? ¿Es, sobre todo, una respuesta viva, es decir, encarnada en la vida diaria, al inmenso y admirable amor de Dios?

Esto sólo puede suceder si el amor está acompañado de la sabiduría. Por eso debemos preguntarnos también: ¿Conocemos bastante el amor de Dios? ¿Nos esforzamos por experimentarlo con una profundidad cada vez mayor? Escuchamos la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. Leemos la Sagrada Escritura. ¿Pero no la escuchamos desde un ángulo excesivamente ético, moral? ¿No resaltamos excesivamente la pregunta sobre lo que tenemos que hacer? Esta manera de actuar no es incorrecta, pero es unilateral. Deberíamos escuchar y leer la Palabra de Dios meditándola, a fin de conocer y experimentar la grandeza del amor que Dios nos tiene, para alegrarnos de ese amor, para que crezca nuestra acción de gracias a ese amor. Como es lógico, esto vale sobre todo respecto a la contemplación de la vida, las palabras y las acciones de Cristo, que, en todo cuanto es, dice y hace, nos está revelando el amor del Padre. Cuanto más conocemos y reconocemos a Dios, cuanto más crecemos en la auténtica sabiduría, tanto más crece en nosotros la caridad, pues allí no hay ningún temor ni ignorancia.

En cuanto experiencia del amor de Dios, la sabiduría crece todavía más si, a nuestra vez, damos ese amor de Dios y lo experimentamos en el amor mutuo. En este ámbito está vigente con fuerza la palabra de san Pablo: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos queridos» (Ef 5,1). «La prueba del amor a Dios es el ejercicio del amor hacia el prójimo; por eso, en el verdadero discípulo de Cristo brille sobremanera el amor al prójimo... Para que el amor abunde en el obrar, es necesario que abunde antes en el corazón». Con estas palabras mostraba el papa Pío XI a los terciarios regulares cuál es el camino que conduce a un amor que crece desde la experiencia, desde la auténtica sabiduría, un amor que ahuyenta todo temor e ignorancia (Pío XI, Regla de la Tercera Orden Regular, núm 8, en Sel Fran n. 12, 1975, 345).

2. En cuanto imitación del amor de Dios, la caridad cristiana fraterna se manifiesta en la paciencia que hemos de tener unos con otros, con nuestras debilidades y miserias. Sin embargo, reconocemos que la vida de comunidad resulta hoy en día muy difícil. Las relaciones de la vida moderna vuelven a las personas nerviosas, supernerviosas incluso. Rápidamente se incurre en la ira, fácilmente se cae en la perturbación, faltando a la caridad y poniendo obstáculos a la vida en común. Por eso, el tener paciencia los unos con los otros es en la actualidad una forma muy importante de amor al prójimo. Dice un proverbio chino: «Perdonarle al otro que sea diferente de nosotros, es el principio de la sabiduría». Esta sabiduría sólo la logra quien es paciente, quien no permite que la ira o la perturbación impidan la caridad en él ni en los demás.

En cuanto imitación del amor de Dios, del amor de Cristo, la caridad cristiana fraterna alcanza su máxima expresión en la humildad, que nos hace servidores de todos, como lo fue Cristo. «La santa humildad confunde la soberbia y a todos los mundanos, y todo lo mundano» (SalVir 12). La humildad destruye todo tipo de egoísmo, que es una amenaza para la existencia de nuestra comunidad. El humilde no se busca a sí mismo, sino que busca el bien de los demás. ¿Somos, en este sentido, verdaderamente discípulos de Cristo humilde?

3. Todo esto supone implícitamente una condición previa que no debemos olvidar: la pobreza. «Ella, en efecto, es el fundamento y salvaguardia de todas las virtudes» (Sacrum Commercium 1). Sólo cuando el ser humano no retiene nada para él mismo, sólo cuando está dispuesto a dar con caridad y a recibir con acción de gracias, sólo cuando es pobre en el sentido amplio de la palabra, sólo entonces es también humilde y está en condiciones de practicar la paciencia. Quien se ha liberado de sí mismo mediante esta pobreza, está libre de toda codicia y avaricia, no incurre en la ira ni en la perturbación, está libre de temor y abierto a la sabiduría de Dios. Cuando la pobreza «prepara en el hombre un lugar para morada de Dios» (Sac Com 1), entonces puede desarrollarse en toda su plenitud «la caridad que es Dios» (1 R 17,5). Para quien conoce este sentido de la pobreza, ésta no es ningún peso que uno intenta rechazar o evitar en cuanto puede, sino un valor que se busca con alegría de corazón. Y sabe que la pobreza es «el camino que nos conduce al Rey de la gloria», porque es el camino a través del cual, siguiendo el plan de Dios, nos ha salvado Cristo (Sac Com 16). Por eso, donde hay pobreza con alegría, el Reino de Dios entre los hombres es una realidad.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XXI, n. 62 (1992) 296-302]

Cimabue: San Francisco

LA VIRTUD QUE AHUYENTA EL VICIO
Meditación sobre la Admonición 27.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

SEGUNDA PARTE

[Título original: Die siebenundzwanzigste Ermahnung des hl. Franziskus (II. Teil), en Brüderlicher Dienst 56 (abril-junio 1973) 38-42; «Delle virtù che mettono in fuga i vizi», Parte seconda, en Le Ammonizioni di san Francesco, Roma, Cedis Editrice, 1974, 359-368]

En la primera parte de nuestro comentario a la Adm 27 (cf. más arriba, y en Sel Fran n. 62, 1992, 296-302), meditamos sus tres primeros dichos y vimos cuán importante era su contenido para nuestra vida franciscana. Es posible que en nuestra reflexión quedara patente que no sólo se trata de conocer unas verdades, sino de vivirlas, de ponerlas en práctica. El presente es uno de esos casos en los que no basta con escuchar y en los que lo decisivo consiste en actuar. Oír (del latín «audire»), escuchar las palabras de san Francisco es muy importante, pero lo más importante es obedecerlas (del latín «obaudire»). Pues lo que nuestro Padre se propone con sus «palabras de amonestación» no es sino guiar a sus seguidores a una auténtica vida cristiana, a una vida moldeada por el espíritu del Evangelio, a una vida en el Reino de Dios. Y como con sus recomendaciones y advertencias sobre la vida espiritual, sobre la vida según el Espíritu del Señor, Francisco no se busca a sí mismo y sólo quiere servir desinteresadamente al Señor en los hombres, es un guía seguro en el que podemos confiar de verdad y al que debemos obedecer con prontitud.

LAS VIRTUDES GUÍAN AL AMOR DE DIOS

El cuarto apotegma de la Admonición 27 nos introduce en un tema completamente nuevo, pero de particular importancia para nuestro tiempo:

«Donde hay quietud y meditación,
allí no hay preocupación ni vagancia»
.

Una vez más, Francisco coloca ante nuestros ojos un enunciado gnómico que tiene mucha importancia para la vida espiritual, para la vida de los religiosos. La vida de las personas integradas en órdenes o institutos religiosos, la Iglesia la denomina «vida religiosa», es decir, una vida vinculada con Dios, una vida atada a Dios; una vida escondida con Cristo en Dios (cf. Col 3,3); una vida al servicio de la salvación del mundo y de la edificación de la Iglesia; una vida, por tanto, que debe mantener la quietud en todas sus actuaciones. Y esto esta vigente para todos los religiosos y en todas las épocas, tanto si viven comunitariamente en un convento como si procuran vivir la vida religiosa fuera del convento, a la manera, por poner un ejemplo, de los miembros de la orden franciscana seglar.

Quizá comprendamos más fácilmente el sentido de este enunciado si lo formulamos a la inversa: cuando en una vida unida a Dios no hay quietud, sino veleidad, charlatanería y curiosidad, es decir, cuando en ella se instala la preocupación y la vagancia, lo principal está seriamente amenazado; en tal caso el hombre de Dios no puede llegar a ser interior y feliz, no puede llegar a experimentar la intimidad de su vida con Cristo, pasa por alto la comunión de los santos en la Iglesia. Dios no es un Dios de desasosiego, sino un Dios de quietud; en Él «no hay cambios ni sombras de rotaciones» (Sant 1,17). Por ello, cuanto más se acerca el hombre a Dios, más quietud posee; como reza Francisco: «Tú eres la seguridad, tú eres la quietud» (AlD 4). Y, al contrario, cuanto más se aleja de Dios, tanto más inquieto está el hombre interna y externamente. Por eso, cuando el ser humano abandona a Dios y sólo se busca a sí mismo, cuando gira en torno a él mismo en lugar de vivir orientado hacia Dios, se adueñan de él la preocupación, la inquietud y la vagancia. El hombre cuyo centro es él mismo, está abierto a muchas fuentes de inquietud, puesto que carece del verdadero centro. En cambio, el hombre centrado en Dios se sabe seguro, como certeramente expresa un antiguo proverbio: «Dios, que es quietud, aquieta todo con su acción sosegadora».

Esto pone de relieve un serio problema del que debemos precavernos los hombres de hoy, que vivimos en una época dominada por la agitación y el activismo. Las noticias se suceden rápidamente, una sensación sustituye a otra, una opinión desplaza a otra. Vivimos en un ambiente donde hay mucha preocupación y vagancia. Y esta agitación de la vida actual, contra la que es difícil defenderse, se filtra de muchos modos en la vida de todos nosotros. ¿Quién puede precaverse de la pasión del activismo que domina al hombre moderno, necesitado de mantenerse en continua actividad? ¿No hay muchas personas que se vuelven inquietas cuando todo se aquieta en torno a ellas? ¡Son capaces de soportar muchas cosas... salvo el silencio! ¿No se contagia esta inquietud? ¿Cómo podemos conservar entonces la quietud?

Aquí adquiere su pleno sentido la meditación, la segunda palabra que san Francisco contrapone como remedio para vencer la preocupación y la vagancia. Dice él textualmente: Donde hay quietud y meditación, allí no hay preocupación ni vagancia. En la meditación es donde hemos de aquietarnos, donde hemos de encontrar la quietud.

¿Y qué quiere decir meditación? Si nos atenemos al sentido original de la palabra «meditatio», que es la que aquí emplea Francisco, meditación significa que quien medita está atento a algo, reflexiona sobre algo, se fija en algo, considera algo, centra su atención en algo. Se trata, pues, de una serie de actividades que sólo pueden efectuarse en la quietud. Quien las realiza no quiere que se le moleste, porque si se distrae no puede alcanzar su propósito, no puede meditar.

Aplicando esta descripción a nuestro tema, podemos decir que para el cristiano meditar significa estar atento a Dios, reflexionar sobre Dios y sus obras, fijarnos en la vida con Dios y en Dios, considerar la unión de nuestra vida con Dios, centrar nuestra atención en nuestra vida en presencia de Dios, ejercitarnos, por tanto, en nuestra vida de comunión e intimidad con Dios. La ejecución de todas estas actividades supone y requiere quietud -así lo sugiere su misma enumeración-. A la vez, nos aquietan, puesto que hallamos la felicidad en Dios, puesto que Él puede regalarnos su palabra, puesto que nos renovamos en nuestra obediencia a Él, puesto que aprendemos a olvidarnos a nosotros mismos a fin de estar cada vez más a su disposición. En la meditación Dios vuelve a ser el centro de mi vida, el punto en torno al cual gira todo.

Así pues, la meditación se convierte en la posibilidad que Dios me ofrece de encontrarle, de acercarme a Él. En la meditación se me brinda la quietud de Dios para el resto de la vida de cada día, de modo que ya nada puede inquietarme, pues lo he encontrado a Él y no quiero separarme de Él, que es mi Amado (cf. Cant 3,4). Y aquí es preciso reflexionar sobre un problema que es especialmente grave en nuestro tiempo. Muchas personas se entregan de buena gana a actividades caritativas o a tareas apostólicas. En ellas se siente el hombre realizado y útil, y encuentra la plenitud más rápida y satisfactoriamente que en la aparente inactividad de la meditación, en la oración que aquieta en Dios. En aras de la actividad externa, se descuida o incluso se abandona la oración. Se cultiva, camuflándola peligrosamente, una piedad horizontal consistente en el servicio del hombre al hombre, a expensas de la piedad vertical, que une a Dios y al hombre. Por ello tiene una renovada actualidad la palabra de san Francisco que estamos meditando: Donde hay quietud y meditación, allí no hay preocupación ni vagancia. Cuando el hombre deja de aquietarse en la oración, pierde la quietud interior, cae en la preocupación, se vuelve inestable. Y la actividad apostólica y la acción caritativa pierden su fecundidad interior. Pero el hombre se da cuenta de ello casi siempre tarde, demasiado tarde. Cuando uno queda atrapado por el activismo, difícilmente vuelve a la quietud. Se evita entonces la quietud de la oración, que no se puede soportar física ni psíquicamente.

Ésta es sin duda la peligrosa situación en que se encuentran hoy en día muchos cristianos, aun cuando muchos de ellos crean que están actuando correctamente. Con su palabra de amonestación Francisco puede señalarnos el camino de la curación: si amamos y cultivamos la quietud de la oración, permaneceremos en el amor de Dios que en ella experimentamos y que nos hace felices, nuestro apostolado seguirá teniendo la bendición de Dios y nuestro servicio caritativo estará animado por el Espíritu del Señor.

«Donde hay temor del Señor para guardar el atrio,
allí el enemigo no puede tener lugar para entrar»
.

Francisco, hombre plenamente evangélico, emplea aquí la expresión temor del Señor en el mismo sentido que se emplea en la Biblia. Quien posee el temor del Señor se coloca ante Dios en una actitud de veneración incondicional. Reconoce en obediencia el señorío de Dios sobre todo y sobre todos, empezando por la propia vida de uno. Teme a Dios, respeta y no conculca los derechos de Dios. Teme a Dios y lo acoge tal como es, como al Señor cuya posesión somos. Por eso, el temor de Dios implica pobreza y obediencia: pobreza, pues no se atribuye nada a sí mismo y usa todas las cosas en actitud de reverente acción de gracias a Dios; y obediencia, pues preserva respetuosamente la propiedad de Dios de cualquier abuso y usa las cosas según la voluntad de Dios.

Por eso el temor de Dios es camino y requisito del Reino de Dios: del «atrio de Dios», de la «propiedad de Dios» que somos cada uno de nosotros, tanto individualmente como en cuanto comunidad en la Iglesia, así como la misma Iglesia en su conjunto. Somos Iglesia también en lo pequeño y en lo mínimo, y el Reino de Dios permanece en nosotros si perseveramos en el temor del Señor, plenamente orientados hacia Él -ante todo a partir de la quietud que brota de la oración-, y estamos totalmente sometidos y sujetos a Él. Entonces somos siervos de Dios como hijos e hijas suyos amadísimos y, por tanto, obedientes.

Cuando el cristiano vive de este modo, el enemigo no puede tener lugar para entrar, pues Dios protege a quienes le temen, cuida de quienes le sirven, custodia a cuantos se adhieren a Él. «Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita» (Sal 111,1-2). «Primicia de la sabiduría es el temor del Señor, tienen buen juicio quienes lo practican; la alabanza del Señor dura por siempre» (Sal 110,10). «El malvado, al verlo, se irritará, rechinará los dientes hasta consumirse» (Sal 111,10). ¡Así es verdaderamente! Donde hay temor del Señor para guardar el atrio, allí el enemigo no puede tener lugar para entrar.

Aquí debemos referirnos una vez más al apotegma de san Francisco que hemos considerado antes. El respeto y la reverencia a Dios sólo se mantienen vivos en quien contempla incesantemente a Dios y su santa operación, sin apartarse del Señor. Quien así actúa, permanece en actitud de reverencia ante todo cuanto Dios hace. Tiene reverencia a la casa de Dios, al templo de Dios que somos cada uno de nosotros por la gracia. Si no encontramos continuamente a Dios en la oración, lo perdemos de vista. Y entonces nos perdemos en la lejanía de Dios. Sin la oración contemplativa desaparece el temor del Señor, que custodia el atrio. Y cuando esto ocurre no tiene nada de extraño el que penetren las potencias enemigas de Dios. ¡Hoy día debemos fijarnos con mucha atención y lucidez en estas relaciones de vida!

«Donde hay misericordia y discreción,
allí no hay superfluidad ni endurecimiento»
.

La Adm 27, que es un cántico de alabanza a las virtudes, empezaba hablando de la caridad y termina con una palabra que se refiere a una actitud llena de amor y en la que manifiestamente se relacionan la misericordia y el endurecimiento, por una parte, y la discreción y la superfluidad por otra. La misericordia y la discreción verdaderas, el verdadero don del discernimiento, forman parte del amor auténtico, de la caridad que es amor de Dios. Esta misericordia ha de estar abierta a todos y a todo, incluso a las faltas y culpas de los demás: «¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, como también yo me compadecí de ti?» (Mt 18,33). Así lo exige Dios, que es el rey en su reino. Por eso el comportarnos mutuamente con misericordia es una ley básica del Reino de Dios, aunque el prójimo sea realmente culpable: «Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma» (Ef 5,1-2). En relación con este amor misericordioso de Dios a nosotros, pecadores, Francisco no puede menos que exhortar:

«Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo: si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos sin haber obtenido misericordia, si es que la busca. Y, si no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales» (CtaM 9-11).

Así como Dios tiene misericordia con nosotros a lo largo de toda nuestra vida, así también debemos nosotros tratarnos mutuamente con misericordia.

Si un hombre es duro y se mantiene inaccesible a quien ha sido culpable, si en vez de estar dispuesto a perdonar se aferra a sus propios derechos, quiere decirse que está centrado sobre él mismo. Todavía sigue sometido a ese egoísmo que tiene por centro a su amado «yo». En un hombre así no puede desplegarse el amor que proviene de Dios y que nos ha sido dado para que llegue a los demás a través de nosotros. Los hombres endurecidos son «impedimento en ellos y en los otros para la caridad» (2 R 7,3). Y el hombre egoísta, que no tiene ninguna misericordia, está excluido del amor de Dios. Por tanto, ya no forma parte del Reino de Dios.

¡Fijémonos también en la discreción y la superfluidad, el segundo punto de esta máxima de san Francisco! A la virtud contraria al vicio de la superfluidad Francisco la denomina «discretio», discreción, que puede traducirse por «discernimiento», «moderación», «indulgencia». Con esta palabra designa Francisco la actitud que impulsa al hombre a mantenerse atento en todo a la voluntad de Dios y le permite tomar sus decisiones según la voluntad de Dios, teniendo en cuenta todas las circunstancias y no un simple punto de vista. Esta actitud, ajustada a la medida de Dios, no exagera unilateralmente ni en determinadas prácticas de piedad ni en una complacencia excesiva (que puede darse sobre todo respeto a uno mismo), ni de ningún otro modo. La discreción no se aparta de la medida de Dios. Cuando no existe esta justa medida, pueden actuar a rienda suelta el capricho y la terquedad del hombre. Y entonces el hombre se busca a sí mismo, no busca a Dios. Se entrega a su amor propio, en vez de entregarse a «la caridad que es Dios» (1CtaF II,19). En cierto modo gira en torno a sí mismo. Por eso la misericordia y la discreción forman parte del auténtico amor en el Reino de Dios, que es reflejo del amor de Dios. En cambio, cualquier inmoderación y todo endurecimiento impiden ese amor, impiden y ponen en peligro el Reino de Dios en nosotros.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XXI, n. 63 (1992) 323-328]

Murillo: El regreso del hijo pródigo

OCÚLTESE EL BIEN PARA QUE NO SE MALOGRE
Meditación sobre la Admonición 28.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die Achtundzwanzigste Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst 56 (julio-septiembre 1973) 74-78; «Del vantaggio di nascondere il bene per non perderlo», en Le Ammonizioni di san Francesco, Roma, Cedis Editrice, 1974, 369-380]

INTRODUCCIÓN

En sus Admoniciones Francisco procura siempre mostrar a sus hermanos cómo deben ser sus relaciones con Dios, de manera que respondan adecuadamente a la acción salvífica de Dios sobre el hombre. Su preocupación en estas «palabras de santa amonestación» es mostrar encarecidamente a cuantos le siguen cómo deben vivir, según su condición de siervos de Dios, en el Reino de Dios; dicho con otras palabras, cómo deben comportarse como hijos de la obediencia en la presencia de Dios Padre (cf. 1 Pe 1,17). No por casualidad emplea tantas veces Francisco en sus Admoniciones la expresión bíblica «siervo de Dios». Pues lo que quiere poner de manifiesto en todos estos apotegmas es que Dios, el Señor, es el centro inviolable, el núcleo de nuestra vida. Por eso no se cansa de manifestar a sus seguidores cómo deben servir en todo a Dios en pobreza y humildad, en obediencia y amor. Pues siempre que el hombre es pobre ante Dios, siempre que está dispuesto a servir a Dios y a los hombres por Dios, siempre que obedece a Dios y se entrega a Él en caridad agradecida, Dios es el centro de su vida. En una vida de estas características Dios puede ser el Señor, cuya voluntad se cumple en todo, ya que el hombre ha acogido el señorío de Dios. En una vida semejante ha llegado, por tanto, el Reino de Dios.

Todo esto exige que el hombre acepte enteramente la acción salvífica de Dios, la gracia de Dios. Para ello ha de estar abierto a Dios y a su santa operación. Esta acción de la gracia divina, estos dones con frecuencia ocultos del amor de Dios, Francisco los llama certeramente los «secretos del Señor», secreta Domini. ¡Son secretos de Dios, del Señor! ¡Secretos que realiza Dios, el Señor! Secretos que Dios, el Señor, su autor y dueño, quiere que se mantengan en secreto. Francisco piensa aquí sin duda en esas gracias que son fundamentales para la vida en el amor, la vida que une a Dios, el Señor, con el hombre, su siervo, esa vida que eleva al hombre y lo hace colaborador de Dios, partícipe del amor de Dios, aunque sea una vida que el hombre no merece ni tiene derecho alguno a exigir. Sin embargo, sabemos con cuánta facilidad olvida el hombre estos datos tan fundamentales, y se atribuye lo que le pertenece a Dios y es propiedad absoluta de Dios. Por eso leemos en la última Admonición de san Francisco:

«Bienaventurado el siervo que atesora en el cielo (cf. Mt 6,20) los bienes que el Señor le muestra, y no ansía, con la mira en la recompensa, manifestarlos a los hombres, porque el Altísimo en persona manifestará sus obras a quienes le agrade. Bienaventurado el siervo que guarda los secretos del Señor en su corazón (cf. Lc 2,19.51)» (Adm 28).

Con esta bienaventuranza Francisco señala un gran peligro para el Reino de Dios en nosotros. Este peligro es tanto mayor, por cuanto se esconde bajo apariencias de santidad. Muchas veces se enmascara tan sutilmente que es muy difícil de reconocer, por lo que caen en él incluso cristianos piadosos. Francisco quiere advertirnos y protegernos frente a este peligro en la última de sus Admoniciones. Y lo hace, una vez más, a su modo, proclamando una última bienaventuranza del pobre de espíritu: la bienaventuranza de «Dios, todo en todo» (cf. 1 Cor 15,28).

I. NUESTRA PIEDAD ES OBRA DE DIOS

Francisco indica con mucha frecuencia, no sólo en esta Admonición, que el hombre tiende, desde el pecado original, a apropiarse siempre de todo. El hombre querría adueñarse de todo, incluso de la piedad, incluso de aquello que Dios realiza en nosotros. Y cuando actúa así, se vuelve infeliz, puesto que se opone a Dios en vez de tributarle el honor que Dios merece. Esto explica por qué Francisco empieza la Adm 28 diciendo:

«Bienaventurado el siervo que atesora en el cielo los bienes que el Señor le muestra...».

Una vez más resuena la expresión «Bienaventurado el siervo de Dios», que hemos oído tantas veces. En el presente caso podemos resumirla del siguiente modo: bienaventurado y dichoso quien siempre y en todo devuelve a Dios lo que es de Dios y da a Dios lo que es de Dios; bienaventurado y dichoso el hombre que no atenta contra la propiedad de Dios como hicieron nuestros primeros padres en el paraíso, acarreando la desgracia sobre la humanidad entera, y como hace todo hombre cada vez que peca. Pero de la bienaventuranza y la dicha que aquí ensalza Francisco participará sólo el hombre que no quiera apropiarse de lo que es propiedad de Dios.

Francisco tiene el profundo convencimiento de que, en nuestra vida, todos los bienes le pertenecen a Dios. Todo bien es propiedad de Dios, que es quien habla y quien actúa en nosotros. Francisco no se cansa de repetirlo a sus seguidores. En esta Admonición añade un dato nuevo: debemos atesorar en el cielo el bien que Dios nos ha mostrado y nos muestra. No debe ser propiedad nuestra en este mundo: Dios quiere dárnoslo definitivamente cuando Él mismo, que es nuestro único premio y nuestro único bien, se nos entregue plenamente en su reino. Por consiguiente, no nos ha sido dado todavía como propiedad definitiva sino como prenda de los bienes futuros, en esperanza. Por tanto, no debemos querer retenerlo; al contrario, hemos de devolvérselo a Dios, a fin de que Él nos lo guarde para el día de la glorificación.

Esta enseñanza tan importante para la vida espiritual, y sobre todo para la vida de oración, Francisco no sólo la inculca a sus hermanos sino también a cuantos quieren vivir siguiendo su espiritualidad. Donde más claramente lo expone es en el siguiente ejemplo, que es tal vez la mejor explicación de la Adm 28:

«Cuando el siervo de Dios es visitado por el Señor en la oración con alguna nueva consolación, antes de terminarla debe levantar los ojos al cielo y, juntas las manos, decir al Señor: "Señor, a mí, pecador e indigno, me has enviado del cielo esta consolación y dulcedumbre; te las devuelvo a ti para que me las reserves, pues yo soy un ladrón de tu tesoro"». Y más: «Señor, arrebátame tu bien en este siglo y resérvamelo para el futuro». «Así debe ser -añadió-; que, cuando sale de la oración, se presente a los demás tan pobrecillo y pecador como si no hubiera obtenido una gracia nueva». «Por una recompensa pequeña -razonaba aún- se pierde algo que es inestimable y se provoca fácilmente al Dador a no dar más» (2 Cel 99).

Los ejemplos y apotegmas aquí recogidos muestran claramente la gran preocupación de Francisco por la enseñanza contenida en la última de sus Admoniciones, y cuánta importancia le concede. Esta enseñanza es un componente esencial de la pobreza franciscana, tal como él la entendía. Por eso sigue diciendo:

«... y no ansía, con la mira en la recompensa, manifestarlos a los hombres...».

Francisco se vuelve aquí muy práctico. Es consciente -así lo muestran nítidamente las palabras que acabamos de citar- de las amenazas que pesan sobre el bien de Dios en la vida del hombre. Es perfectamente conocedor de la facilidad y rapidez con que el hombre, incluido el cristiano y sobre todo el cristiano, cae en el riesgo de enorgullecerse apropiándose de algún bien en su vida, manifestándolo a los hombres con la mira puesta en la recompensa, haciendo públicas las gracias de Dios ante los demás, en espera de recibir su reconocimiento y su alabanza, como si fueran méritos propios, como si le perteneciesen a él: «Yo puedo orar y meditar»; «Yo puedo hacer esto o aquello»; «Esto no tiene ninguna dificultad para ». Manifestaciones como éstas u otras semejantes son, sin duda, las expresiones más ingenuas de esa ansia de reconocimiento y aplauso. Y no son nada raras. Con todo, el ansia de vanagloriarse y jactarse de la propia vida espiritual suele manifestarse con más disimulo y encubrimiento. Se contenta con insinuaciones, pero éstas son tan obvias que quien las escucha no puede menos que formarse una buena opinión de nosotros. El otro tiene que quedarse con una buena imagen nuestra. A esta manera de actuar, o a otras semejantes, Francisco las llama por su nombre: son un robo a Dios. Eso es ser ladrones del tesoro de Dios. Pues el hombre que así actúa pretende adueñarse de lo que es propiedad de Dios. Se adorna, como dice el adagio, con «plumas ajenas». Se enaltece a costa de Dios. Y eso se opone a la pobreza de espíritu, al espíritu de los «pobres» a los que les ha sido prometido el Reino de Dios (Mt 5,2). Mientras tenga semejante pretensión, el franciscano no ha abandonado todo ni se ha entregado por entero. Quiere reservarse para sí parte de su vida de piedad y quiere vivir la vida de piedad por su propia cuenta. A quien así vive no puede aplicársele la expresión Bienaventurado el siervo de Dios..., Bienaventurado el pobre de espíritu...

En esta Admonición de san Francisco resulta evidente que nos hallamos ante el mismo Viviente primordial. Orar, hacer el bien, la vida espiritual en su conjunto no son, para Francisco, una tarea o una prestación que el hombre realiza con una finalidad determinada o en momentos concretos, algo, por tanto, que puede en cierto modo ser objeto de «evaluación». Al contrario, todo ello es un «entrar en relación» personal y viva con Dios, que es quien tiene la iniciativa. Él es quien coloca el fundamento. Él es quien nos capacita para hacer algo, para decir algo. Reconocer en amor y respeto esta actuación de Dios, su obra por nuestra salvación, y responderle en amor y acción de gracias, eso es vivir vueltos a Él, eso es vivir en Él. Todo esto constituye la vida espiritual, que se desarrolla en la oración y culmina en el encuentro siempre vivo con Él.

«... porque el Altísimo en persona manifestará sus obras a quienes le agrade».

Hay personas que afirman manifestar los dones del Señor para mayor gloria de Dios, para alabarlo y mostrar sus obras tal como son. No queremos negarlo sin más. De hecho, la experiencia de san Francisco le impulsa a basar su bienaventuranza y exhortación sobre esta frase, a primera vista sorprendente: porque el Altísimo en persona manifestará sus obras a quienes le agrade. Salta a la vista que Francisco sabe cuán peligroso es ese querer mostrar las obras para gloria de Dios. Francisco, sin duda, no estaría de acuerdo con ciertas prácticas de la vida espiritual, con estadísticas y diarios espirituales. Está convencido de que si Dios quiere lograr con su acción algo en nuestra vida, no necesita de nuestra colaboración: Si Él lo quiere, Él encontrará los medios y caminos para manifestar sus obras a quienes le agrade. Él lo revelará y dará a conocer cuando y como quiera. Los franciscanos, profundamente convencidos de que somos indigentes y mendigos ante Dios, de cuyas manos recibimos agradecidos todo como limosna, lo único que tenemos que hacer es dejar, con humildad y obediencia, que la obra de Dios se lleve a cabo en nosotros y, con pobreza de espíritu, devolvérselo todo a Él en alabanza y acción de gracias. El resto depende de Él, está en sus manos.

«Bienaventurado el siervo que guarda los secretos del Señor en su corazón (cf. Lc 2,19.51)».

En esta palabra está todo resumido una vez más. Y muestra concluyentemente que nuestro comentario de la Adm 28, según el pensamiento de san Francisco, es correcta. Así es como él quiere que se entienda. El texto de esta última bienaventuranza alude a María, la humilde Esclava del Señor, que conserva todas las cosas en su corazón (Lc 2,19.51), y que en su Magníficat engrandece al Señor, sin atribuirse ni reservarse nada para ella misma (Lc 1,46-55). Al igual que María, también nosotros debemos, como siervos de Dios, guardar los secretos del Señor en nuestro corazón, en actitud de acción de gracias jubilosa y desbordante, pues son propiedad exclusiva de Dios. Si lo hacemos así, podrán crecer y desarrollarse en nosotros. Y colaboraremos, como María, la Esclava del Señor, en la realización del Reino de Dios. Así, en esta pobreza transida de gratitud y en esta respuesta llena de amor es como podemos participar en el Reino de Dios. Ésa es la pobreza que nos «ha constituido en herederos y reyes del reino de los cielos», la «porción que conduce a la tierra de los vivientes» (2 R 6,4-5). «La pobreza es la verdadera investidura del reino de los cielos, la seguridad de su posesión y como una santa pregustación de la futura bienaventuranza» (Sacrum Commercium 3). En ella tenemos la felicidad de los siervos de Dios, pobres y desprendidos.

II. GUARDEMOS LOS SECRETOS DE DIOS
EN NUESTRO CORAZÓN

No es equivocado pensar que el concepto de pobreza interior con que concluye Francisco sus Admoniciones, el «Cantar de los cantares» de la «pobreza de espíritu», no sea demasiado conocido, ni siquiera en la familia franciscana. Cuando se habla de la pobreza de san Francisco y según san Francisco, suele pensarse en la «pobreza material», en la «pobreza de bienes temporales». En tal caso, se considera la pobreza sólo en su vertiente económica. ¡Y qué fácilmente se convierte entonces en un motivo de orgullo, en ocasión para la arrogancia! Por eso le importa tanto a san Francisco la pobreza interior. Las breves indicaciones de tipo práctico que presentamos a continuación, pueden arrojar un rayo de luz clarificadora.

1. En nuestro modo de hablar es donde más fácilmente aparece hasta qué punto hemos asimilado y convertido la pobreza interior en una actitud de nuestra propia vida. ¿Hablamos mucho sobre nosotros mismos? ¿Nos colocamos -abierta o encubiertamente- en el centro de la conversación?

Podemos preguntarlo de otra manera: ¿Sabemos escuchar al prójimo en silencio, sin aludir a nuestras propias dificultades, vivencias, experiencias? ¿Cuántas veces aprovechamos la manifestación de una dificultad por parte del prójimo para hablar de nosotros mismos? La mira en la recompensa hace prácticamente imposible un diálogo auténtico y dispuesto a ayudar al otro. El que es siervo de su propio yo no puede ayudar fraternalmente a los demás como siervo de Dios. Por eso, si se tiene semejante actitud el Reino de Dios en nosotros corre un grave peligro.

2. Como se sabe, Francisco habla raras veces sobre la castidad. ¿Pero, no brota esta Admonición de una actitud delicada y casta? ¿No se refleja en ella esa castidad interior que «no se desnuda ante cualquiera», que no expone en público los secretos de Dios y menos todavía en las páginas impresas? En este ámbito hace falta tener un tacto muy fino para poder discernir qué es lo que, a la luz del servicio al Reino de Dios, conviene o no conviene manifestar. ¿Se retira Dios de nuestra vida cuando no puede confiarnos sus secretos? Francisco responde a esta pregunta con un sí bien claro.

3. ¿Guardamos, como María, los secretos de Dios en lo íntimo de nuestro corazón? Un escritor eclesiástico afirma que María llevaba todo en su corazón, no en su boca (conferens in corde non in ore suo...). Del mismo modo, lo que el siervo de Dios debe hacer no es hablar, sino vivir de lo que Dios hace en él, sin atribuirse nada a él mismo y restituyendo todo, con la palabra y el ejemplo, al altísimo Señor Dios, de quien es todo bien (cf. Adm 7,4).

III. NOTA CONCLUSIVA

Con este comentario a la Adm 28 concluimos nuestras meditaciones sobre las «palabras de amonestación» de nuestro padre san Francisco. Son, en su conjunto, auténticas «palabras de oro». Son apotegmas llenos de profunda sabiduría práctica, palabras de valor incalculable, que sólo pudieron brotar de la experiencia vital de un santo. ¡Las palabras del Santo de Asís son más valiosas que todas sus demás reliquias! Nos demuestran que Francisco es un maestro experimentado de la vida cristiana. Podemos confiarnos a él en los puntos más importantes de nuestra vida franciscana, en la piedad, en la ascesis, en la configuración y en el comportamiento de nuestra vida cristiana. Las «palabras de santa amonestación» de san Francisco son realmente el «espejo de perfección» del franciscano. Contemplémonos siempre en este espejo, para corregirnos y cambiar nuestra vida. Si así lo hacemos, el Santo que nos regaló este «espejo de perfección» será cada vez más lo que desea y debe ser para nosotros: nuestro Padre san Francisco.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XXII, n. 65 (1993) 295-301]

J. Benlliure: Francisco lleva a sus discípulos a la gloria

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