DIRECTORIO FRANCISCANO

Espiritualidad franciscana


LAS ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO
Meditaciones

por Kajetan Esser, OFM

 


EL RELIGIOSO BUENO Y EL RELIGIOSO VANO
Meditación sobre la Admonición 20.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die zwanzigste Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst abril-junio (1971) 38-42]

La edición crítica de los escritos de S. Francisco preparada por el P. Kajetan Esser y publicada por el Colegio de S. Buenaventura de Grottaferrata en 1976, asigna a esta Admonición el número 20, mientras que otras ediciones anteriores le asignaban el número 21.

«Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa!» (Adm 20).

La Admonición 20 de nuestro padre san Francisco lleva ya en los más antiguos manuscritos como título: «El religioso bueno y el religioso vano». El contenido de esta exhortación puede resultarnos, a primera vista, incomprensible o al menos raro. Esto se debe fundamentalmente a que nosotros tenemos con frecuencia y por superficialidad un concepto de la vida religiosa del todo distinto del que ciertamente tuvo nuestro seráfico Padre. Para nosotros, ¿quién es un buen religioso, una auténtica religiosa? Un hombre que vive en el convento, que reza mucho, que observa fielmente sus votos, que se esfuerza por alcanzar la perfección, que procura cumplir escrupulosamente las obligaciones de su vocación, que se adapta bien a la vida común y la hace agradable, etc. De quien hace todo esto, nosotros diríamos: «Bienaventurado el religioso...».

En la Admonición de san Francisco, sin embargo, no se habla de nada de esto. Se trata ciertamente de un «bienaventurado» y de un «¡ay!», pero ¡suenan tan profundamente distintos! Y no es que san Francisco menospreciase cuanto antes hemos enumerado. Muchas de sus expresiones laudatorias nos demuestran que sí sabía justipreciarlo con exactitud. No obstante, debemos remarcar clara y sencillamente que a Francisco, en este caso, lo que le interesa es distinguir al religioso auténtico del que solamente lo es en apariencia, y para ello utiliza un criterio diverso, un principio de distinción diferente del nuestro, y por esto es por lo que nos resulta extraña su exhortación. Tendremos, pues, que esforzarnos para comprender con exactitud el sentido de sus palabras.

LA VIDA RELIGIOSA, TESTIMONIO DE ALEGRÍA

Desde el primer momento observamos que en este texto no se dice: «Bienaventurado el siervo», palabras con que empiezan la mayoría de las Admoniciones a partir de la 17ª, sino que se dice expresamente: «Bienaventurado aquel religioso», y «¡Ay de aquel religioso!». El cambio de palabras puede ser casual. No lo sabemos. Creemos sin embargo, y con suficiente fundamento, que el cambio es intencionado y que Francisco quiere significar con ello que se trata de algo de vital importancia para la vida religiosa como tal.

«Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor».

Para Francisco, por tanto, es un auténtico religioso y como tal digno de que se le proclame bienaventurado, el hombre que vive totalmente orientado hacia Cristo, el Señor, y que está en actitud de recibir y asimilar la palabra y la vida de Cristo, a las que es muy sensible. Ser religioso significa para Francisco todavía más: ser enteramente un Cristo. El religioso, como un Cristo íntegro, debe asimilar y encarnar en su vida en la medida más cumplida posible todo cuanto Cristo, el Señor, ha dicho y hecho. Ser por entero un Cristo significa vivir a Cristo.

El don sobrenatural de la vida de Cristo que se nos da en los sacramentos, debe desarrollarse y perfeccionarse siempre de forma progresiva en nuestra vida. Esta es una tarea que incumbe ciertamente a todos los cristianos, pero que atañe de manera particular a los religiosos, llamados a esta vida de Cristo y con Cristo. Pensamos aquí precisamente en las palabras del capítulo cuarto de la Regla para los religiosos de la Tercera Orden, núm. 12: «Deben seguir e imitar al seráfico Padre de tal modo que puedan exclamar con san Pablo: "Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gál 2,19-20)». En la vida religiosa se trata siempre, por tanto, de lo primero y esencial: «¡No yo, sino Cristo!». Como Juan el Bautista decía de sí y de Cristo: «Preciso es que Él crezca y que yo mengüe» (Jn 3,30). Francisco expresaba esta misma verdad cuando urgía y animaba tan frecuente e insistentemente a sus hermanos y hermanas a «seguir en todo las huellas de Cristo» (1 R 1,1; 1 R 22,2; 2CtaF 13; CtaL 3). Esto es lo principal que hace que todo cristiano y todo religioso conviva y se transforme en Cristo, que viva y reviva, mediante la gracia santificante, la vida de Cristo, como dice el apóstol Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21). Esto nos resulta difícil porque va radicalmente contra nuestro propio «yo».

Necesitamos, por consiguiente, adentrarnos siempre más y más en el Evangelio con un corazón ardiente y generoso, y desde allí revivir en nosotros, con toda alegría, lo que Cristo ha dicho y hecho. Cuanto más penetremos, mediante la lectura y meditación de la Escritura, en las santísimas palabras y obras del Señor, tanto más crecerá en nosotros la alegría. Y cuanto más crezca nuestra alegría en estas santísimas palabras y obras, tanto más nos transformarán ellas en «otro Cristo», en cristianos y religiosos enteros.

¡Tan sólo se ama lo que a uno le produce alegría! Y siempre se desea parecerse más y más a aquello que se ama con alegría. Consiguientemente, quien ama a Cristo con corazón alegre, querrá siempre conformarse más y más a Él. Francisco tiene toda la razón: «Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor».

Tal vez alguno de nosotros se sienta molesto por las contundentes y duras palabras inexorablemente exclusivas: «no», «sino». Tal vez querríamos preguntar si para ser buen cristiano y religioso no se pueda ya hallar alegría en ninguna otra cosa. Pero ya en el mismo planteamiento de la pregunta hay algo que falla. Recordemos una vez más la frase concisa de Francisco en su undécima Admonición: «Nada debe disgustar al siervo de Dios fuera del pecado», es decir, todo lo demás debe agradarle, en todo lo demás debe alegrarse. Francisco efectivamente contempla el mundo y toda la realidad como religioso y hombre cristiano. De ahí que para él el mundo y la realidad, en su totalidad y unidad, son palabra de Dios y obras de Dios. Para Francisco, ser esto es la más íntima realidad de todo y de cada ser. Pensemos en su Cántico del Hermano Sol.

El cristiano-religioso debe vivir ante todo consciente de esta íntima realidad del mundo y de las situaciones y relaciones. Y también aquí, con total alegría. La frase en apariencia simple de S. Francisco, por tanto, comprendida en su pleno significado, es un programa completo para nuestra vida religiosa, especialmente en nuestro tiempo en que todo se ha desquiciado y destrozado funestamente: lo natural y lo sobrenatural, lo religioso y lo profano; y que por eso en su así llamado cristianismo es peor que más de un paganismo que, a pesar de todo, es creyente en sus más profundos fundamentos.

«... y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría».

¡Nunca se es cristiano para sí sólo! ¡El cristiano siempre es responsable de los demás! Se es cristiano en tanto en cuanto se ayuda a los demás a serlo. Y porque todos nosotros debemos ser Cristos, esta verdad vale para nosotros de manera particular. No somos religiosos exclusivamente para nosotros, para nuestro propio perfeccionamiento, para nuestra santificación personal. Francisco no quiso «vivir para sí sólo, sino ser de provecho a los demás». Por eso debemos también sentirnos siempre responsables de los demás. Somos cristianos y religiosos en tanto en cuanto ayudamos a los demás a ser cristianos.

En la segunda parte de su escrito nos indica Francisco cómo podemos ayudar a los otros a ser cristianos: «... y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría». Debemos comenzar por enseñarles en nosotros la vivencia de Cristo, vivir a Cristo por ellos. Los hombres no necesitan sólo nuestra oración y sacrificios; necesitan ante todo el ejemplo personal de una vida auténticamente cristiana. Más aún: los hombres de hoy necesitan perentoriamente la alegría de una vida cristiana, que nosotros debernos ofrecerles con autenticidad y convencimiento. «Los santos tristes son tristes santos» (S. Francisco de Sales). Hoy precisamente los hombres buscan alegría y felicidad. Y nosotros debemos demostrarles con nuestra vida que Cristo, que sus palabras y sus obras son fuente de nuestra alegría y felicidad. Si ellos comprueban esto en nosotros, también ellos buscarán y amarán a Cristo. Así los llevaremos, en nuestra alegría y gozo, al amor de Dios que se les entrega en la vida de Cristo.

Tal vez el significado de esta Admonición nos responsabiliza aún más a un apostolado de vital necesidad; tal vez el sentido de esta exhortación, tan importante para el apostolado franciscano, se nos descubrirá mucho más si acertamos a dar a las «santísimas palabras y obras de Dios» una expresión moderna y comprendemos desde ella la historia concreta de la salvación: todo lo que Dios hizo y reveló desde el principio, lo que Él dice y obra ahora y hasta la consumación del mundo. En esta realidad salvífica, y por tanto letificante y gozosa, debe enraizarse nuestra vida religiosa, de ella debe vivir. Si vivimos en esta historia concreta de salvación, principalmente en la liturgia de la Iglesia, si somos felices y alegres en esto, nos convertiremos en testigos de ello para los otros y los podremos convencer. Si todos nuestros esfuerzos apostólicos tuvieran aquí su raíz, podríamos verdaderamente prestar en Cristo un servicio a los hombres de hoy. En resumen: no deberíamos olvidar nunca que sólo podremos extender a los otros algo vivo y vital si es vivo y vital en nosotros. ¡Nadie nos acepta hoy palabras vacías!

«¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas...!».

Ahora describe Francisco con trazos igualmente seguros e incisivos el caso contrario: el religioso que olvidando su tarea propia se goza en aquello que no tiene relación alguna con Dios o que directamente es contrario a Dios: ocioso y vano. Podría extrañarnos que Francisco use aquí los términos «ociosas y vanas», y no, como hubiéramos esperado, la palabra «malas». En el mismo título, si traducimos literalmente, no se trata del religioso «malo», sino del «vano», es decir, del religioso frívolo, vacío, inútil. Detrás de esta expresión de Francisco está el pensamiento y el modo de expresarse bíblicos: «vano», «vacío», «inútil», «baldío», «insípido», son expresiones que indican algo que no es lo que debería ser. Al hombre que no es lo que debería ser, la Sagrada Escritura lo llama vano, inútil, vacío, y expresa lo mismo también con los términos «impío», «ateo», sin-Dios.

El religioso que no halla alegría y gozo en la palabra de Dios, sino que se entrega a palabrerías vacías y distantes de Dios, es un religioso inútil. No es «religioso», es decir, no es un hombre unido, relacionado y vinculado, aliado con Dios. Está ligado a las «vanidades», a las cosas profanas, a lo sin-Dios. ¿Pero acaso no sabemos por experiencia que tales «vanidades» hacen brecha en nuestra vida y pueden enseñorearse de ella? Por esto nos dice Francisco aquí con profundo sentido práctico: Quien no sabe callar y escuchar sólo a Dios para percibir y comprender con profunda alegría las palabras y obras del Señor, se pierde fácilmente en la lejanía de Dios. Cuando al hombre no le satisfacen las cosas divinas, sufre la invasión de las profanas, de las cosas ajenas o contrarias a Dios, que acaban por adueñarse de él. Entonces se olvida y pierde lo verdaderamente decisivo y fundamental en la vida del cristiano-religioso. Y su vida es absurda, vacía, inútil. Es precisamente lo que dice Francisco: «¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas!».

«... y con ellas conduce a los hombres a la risa!».

Cuando el cristiano-religioso deja de tener su alegría en Dios y, consiguientemente, ya no es feliz; cuando la alegría de una vida cristiana no le llena ni satisface ya, entonces deja de prestar a sus semejantes aquel servicio que en primer lugar estaba obligado a prestarles. Ya no puede orientar ni conducir a los hombres, «con gozo y alegría, al amor de Dios», porque los hombres ya no le creen en absoluto. Se ríen de él; tal vez ríen incluso con él; lo consideran una persona agradable, un hombre ameno; pero, en cuanto religioso o religiosa, no lo toman en serio. Por ello, esos tales religiosos «vanos» ya no pueden cumplir su misión esencial para con el mundo y los hombres. En definitiva, cuando uno no es lo que debería ser ante Dios y para los hombres, se convierte en un muñeco ridículo. Su vida es inútil, vacía, absurda, un contrasentido.

EL VERDADERO SERVICIO APOSTÓLICO

La presente Admonición tiene la más íntima relación con el núcleo central de nuestra vida religiosa franciscana: «Vivir el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo». Tal vez el «bienaventurado» y el «ay» de esta exhortación tomen de aquí todo su carácter particular. Deberíamos familiarizarnos constantemente con la esencia auténtica de nuestra vida franciscana mediante el estudio diligente de estas palabras de nuestro Padre. Para ello tal vez nos sea útil plantearnos las siguientes cuestiones:

1. ¿Hallamos verdaderamente todo nuestro gozo y alegría «en las santísimas palabras y obras de Dios»? ¿Nos sentimos nosotros y nuestras vidas, siempre y en todas las circunstancias, injertados en la historia de la salvación? Tal vez leamos mucho, libros, revistas, periódicos... ¿Leemos la Sagrada Escritura con gozo y fervor de corazón? ¿La leemos para conocer a fondo las palabras y obras del Señor y estimarlas más cordialmente? ¿Leemos de vez en cuando algún libro que nos ayude a profundizar nuestra comprensión de la S. Escritura, o nos resulta ello demasiado aburrido, o no lo suficientemente interesante? ¿Cómo pretendemos vivir incardinados en la obra salvífica de Dios y ser portadores de 1a misma si ella no informa nuestra vida? Si la informase, nuestra vida se convertiría en una potencia creativa; pero ¿cómo será esto posible si apenas conocemos nada de tal obra?

2. ¿De qué asuntos solemos hablar con los hermanos y hermanas en la fraternidad, con los hombres que trabajan con nosotros o con los que nos encontramos en cualquier parte? ¿Domina también entre nosotros, en nuestros círculos, en nuestras conversaciones, aquel «boicot del silencio ante los temas religiosos», contra el que un católico de nuestro tiempo nos ha puesto insistente y dramáticamente en guardia? Con ello no queremos decir que en toda ocasión, conveniente o inconveniente, hayamos de tener en la punta de la lengua palabras devotas.

También aquí valen cumplidamente las palabras del Señor: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). De Dios, de sus palabras y obras, de su actividad salvadora, sólo puede hablar justamente quien ha meditado profunda y asiduamente en ello, hasta el punto de que se le ha convertido en algo muy íntimo y personal que le llena hasta rebosar el corazón de gozo y alegría. A éste el Espíritu de Dios le sugerirá la palabra adecuada en el momento preciso.

3. Hoy la palabra «apostolado» juega un papel muy importante. ¡Todo debe ser apostólico! El valor apostólico de un trabajo lo decide todo. Pero hay algo muy nuestro que no acaba de encajar en este montaje; muchos de los nuestros no siempre se encuentran a su aire en tales planteamientos. Una cosa es cierta, y la repetimos de nuevo: el cristiano que pretende bastarse a sí mismo, que se segrega para sí, y que por consiguiente no está abierto misional y apostólicamente, se extingue, muere.

Al ser cristiano le pertenece esencialmente el «servicio» apostólico, la responsabilidad de la «salvación» de los otros hombres. Pero no todo el actuar y agitarse con ruido y estrépito, no todo lo que de manera altisonante se autodenomina apostólico, es verdadero «servicio» misional, de «salvación». Por delante de todo quehacer apostólico ha de ir la vida auténticamente cristiana. Esto es precisamente lo que S. Francisco nos indica con claridad en esta Admonición. ¡No devaluemos «lo único necesario»! Nunca reflexionaremos bastante sobre esta verdad: que siempre iremos siendo más auténticos cristianos y religiosos cuando sólo hallemos nuestra gozosa alegría en las santísimas palabras y obras del Señor, cuando más y más hondamente inmersos vivamos en el salvífico quehacer concreto y actual que Dios realiza en su Iglesia por medio de Jesucristo.

No olvidemos lo que con santa sencillez nos enseña el beato Gil: «La palabra de Dios no está en el que la predica o la escucha, sino en el que la vive» (Dicta, p. 56).

Cuanto más llena esté nuestra vida de la «palabra de Dios» y más enraizada en el obrar salvífico de Dios, tanto más natural y espontáneamente, tanto más vital y desinteresadamente conduciremos a los hombres a Dios en gozosa alegría.

Aquí podríamos formular algunas preguntas también a nuestras «comunidades»: ¿Nos ayudamos mutuamente para avanzar por este camino? ¿Nuestra fraternidad es un apoyo y ayuda para ello? Tal vez aquí nos encontramos ante una tarea básica y fundamental para todos nosotros. Quiera Dios que la realicemos plenamente en el espíritu de esta Admonición de nuestro seráfico Padre, para que nos transformemos en «comunidad» auténticamente apostólica y verdaderamente misionera.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. IV, núm. 10 (1975) 98-104]

Caravaggio: San Francisco

EL RELIGIOSO VANO Y LOCUAZ
Meditación sobre la Admonición 21.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die einundzwanzigste Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst 54 (1971) 114-117 y 139; «Del religioso vano e loquace», en Le Ammonizioni di san Francesco, Roma, Cedis Editrice, 1974, 289-298]

INTRODUCCIÓN

Las Admoniciones de nuestro padre san Francisco son, para todos los franciscanos, un auténtico «espejo de perfección», más genuino que los numerosos libros y leyendas que con ese título han llegado desde la Edad Media hasta nosotros. Estos dichos breves y substanciosos indican, hasta en los mínimos detalles, cómo deben ser, según san Francisco, los hombres y mujeres que le siguen. Por eso, quien tome en serio su propia vocación franciscana, nunca meditará bastante estas palabras tan profundas, nunca las contemplará lo suficiente; debería tenerlas siempre presentes, y, a la luz de estas «palabras de amonestación», examinar su conciencia y revisar su vida de cada día. Si queremos, de acuerdo con nuestra vocación, mantener vivo en la Iglesia el carisma, el don de gracia regalado por Dios a la Iglesia en Francisco, debemos preguntarnos en qué medida somos realmente personas impregnadas por el carisma, por el espíritu de nuestro Padre. Y cuanto más lo hagamos, tanto más reconoceremos dónde debemos centrar nuestra propia tarea.

Esta es la razón por la cual queremos confiar una vez más, y siempre, en la pauta competente y autorizada que nos marca nuestro Fundador. Él nos guiará con seguridad mediante sus consignas a vivir tal como nos lo pide la llamada de Dios y a ser auténticos franciscanos. Sus Admoniciones pueden convencernos -como, por otra parte, demuestran todos sus escritos- de que Francisco es uno de los más sublimes «guías de almas», un maestro de la vida espiritual.

Muchas de esas discusiones tan de moda hoy en día sobre qué es o no franciscano, resultarían superfluas si nos atuviéramos más a las actitudes evangélicas básicas de la vida cristiana, tal como las describe Francisco con sus palabras siempre jóvenes y lozanas. Cuanto más caso hagamos a Francisco y sus palabras, tanto más crecerá nuestra vida «según la forma del santo Evangelio» (Test 14), tanto más progresaremos en una vida según «el Espíritu del Señor» (2 R 10,9).

En su Admonición 21 san Francisco pone el dedo en una llaga muy real:

«Dichoso el siervo que, cuando habla, no manifiesta todas sus cosas con miras a la recompensa, y no es pronto para hablar (cf. Prov 29,20), sino que sabiamente prevé lo que debe hablar y responder.
»¡Ay de aquel religioso que no retiene en su corazón los bienes que el Señor le muestra (cf. Lc 2,19.51) y no los muestra a los otros por las obras, sino que, con miras a la recompensa, ansía más mostrarlos a los hombres con palabras! Él recibe su recompensa (cf. Mt 6,2.16) y los oyentes obtienen poco fruto» (Adm 21).

Con estas palabras Francisco nos previene contra un peligro que ha producido muchas veces funestos efectos, incluso en la vida de los cristianos. Quiere precavernos de un peligro que ha destruido la vida religiosa, la vida de unión con Dios en cristianos excelentes. Debemos, pues, meditar esta Admonición cuidadosamente y procurar entenderla con todo el corazón, esforzándonos en penetrar en su más profunda esencia.

I. POBREZA EN EL HABLAR

La primera parte de esta Admonición parece más una norma de cortesía y buen gusto que una «palabra de santa amonestación». Pero salta a la vista que Francisco quiere que la entendamos en sentido auténticamente cristiano, como lo indican los vocablos introductorios «Dichoso el siervo»:

«Dichoso el siervo que, cuando habla, no manifiesta todas sus cosas con miras a la recompensa, y no es pronto para hablar, sino que sabiamente prevé lo que debe hablar y responder».

La locuacidad, a la que no nos gusta llamar por su nombre y con frecuencia ocultamos bajo un manto de silencio, es un grave peligro para la vida cristiana. Quien no cesa de hablar, demuestra que vive todavía muy egoístamente y que disfruta colocándose en el primer plano. Francisco desenmascara esta actitud con claridad meridiana.

Hay quien habla mucho con miras a la recompensa, es decir, buscando el renombre y el elogio. Querría ser y estar siempre en el centro de la conversación; por eso, prácticamente habla sólo de sí mismo, de sus logros y éxitos, y de todo lo que puede y sabe: manifiesta todas sus cosas. El locuaz no puede callarse nada: es pronto para hablar. Cuando le viene algo a la mente, no se queda tranquilo hasta haberlo contado a otros. Procura por todos los medios hacerse el interesante. Refiere incluso cosas que sólo se imagina, sin preocuparle en demasía si dice dos palabras de más o de menos. Para él, lo importante es ser y estar en el centro. No soporta que hablen los otros. Por ello, les corta la palabra y rápidamente centra el tema en torno a él. Cuando hablan los demás, los escucha de mala gana. Desconoce el arte de escuchar, pues está siempre a la espera de poder intervenir: no prevé sabiamente lo que debe hablar y responder.

En resumen: se coloca y se empeña en permanecer siempre en el centro. Pero quien así actúa olvida que es siervo de Dios y que todo se lo debe a Dios; olvida que, por sí mismo, ni tiene, ni sabe, ni puede nada; que, por tanto, todo en su vida es don de Dios: un don inmerecido de la gracia y el amor de Dios.

En este texto aparece clara, una vez más, la visión de la pobreza franciscana, a la que deben aspirar todos los seguidores de san Francisco. Quien está hondamente imbuido de la verdad de que todo se lo debe a Dios, de que todo bien en su vida es propiedad de Dios, no manifiesta todas sus cosas con miras a la recompensa, y no es pronto para hablar.

El pobre auténtico no buscará su propio honor mediante la locuacidad y la verborrea, sino que procurará, con el silencio, dar gloria al único a quien le pertenece: a Dios. A fin de no violar los derechos soberanos del Señor, el derecho de propiedad de Dios, pensará sabiamente qué debe hablar y responder. Meditará atentamente si sus palabras son un elogio de sí mismo o alaban a Dios. Preferirá callar antes que violar con su locuacidad vana y huera el honor de Dios. Quien así actúa es un verdadero siervo de Dios, pues su vida está rectamente ordenada al Señor, y es, por tanto, dichoso. En todo cuanto dice se mantiene unido a Dios; y como permanece pobre en todo lo que dice, sabiéndose en todo deudor de Dios y manteniéndose en su servicio, es un auténtico franciscano.

«¡Ay de aquel religioso que no retiene en su corazón los bienes que el Señor le muestra y no los muestra a los otros por las obras, sino que, con miras a la recompensa, ansía más mostrarlos a los hombres con palabras! Él recibe su recompensa y los oyentes obtienen poco fruto».

En esta segunda parte Francisco repite las mismas ideas, pero con mayor énfasis y con un marcado acento admonitorio. Es malo y peligroso para nosotros no retener en nuestro corazón el bien que nos ha mostrado, es decir, que nos ha demostrado y regalado el Señor, como lo retuvo María, la Virgen humilde, quien conservó en su corazón todas las grandezas que Dios hizo en ella (cf. Lc 2,19.51). Y esto sólo puede hacerlo el hombre liberado del egoísmo de la jactancia y la vanidad, del afán de contradecir y de la altivez; quien ha aprendido a callar, a guardar silencio y ser discreto, a mantenerse en segundo plano. Una persona así no se atribuirá egoístamente lo que pertenece sólo a Dios.

No debemos mostrar los bienes de Dios con palabras, sino con obras, considerándolos como tarea y viviendo de acuerdo con ellos. Por eso desaprueba Francisco con toda energía que alguien, con miras a la recompensa, intente mostrar con palabras a los hombres los dones de Dios: Él recibe su recompensa y los oyentes obtienen poco fruto. En tal caso no actúa la gracia de Dios, pues todo gira en torno al «yo» humano; el hombre no permanece vinculado a Dios, no es un religioso, ni tampoco un seglar franciscano.

Por último, hay que hacer constar que en esta Admonición Francisco asume objetivos centrales del sermón de la montaña, traduciéndolos al lenguaje de su tiempo: «Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa... Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará... Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6, 2. 6. 17-18).

II. MOSTREMOS POR LAS OBRAS LOS DONES DE DIOS

Como en muchas de sus Admoniciones, también en ésta usa Francisco la expresión bíblica dichoso el siervo, con la que empiezan en el Nuevo Testamento bastantes comparaciones de las que el Señor se sirve para ilustrar la realidad del Reino de Dios. Así, pues, lo que Francisco dice sobre el comportamiento del siervo de Dios, nos muestra, según su concepto de la vida del hombre, cómo debemos contribuir a la consecución del Reino de Dios. Y como muestra la presente Admonición, el ser-siervo-de-Dios tiene en su raíz mucho que ver con la pobreza: con esa pobreza interior y exterior que reconoce siempre los derechos soberanos de Dios, sus derechos de propiedad, derechos que el auténtico pobre nunca quiere lesionar, ni en sí mismo ni en ningún otro ámbito. De esta manera, la pobreza del siervo de Dios se convierte, como dice san Francisco en otra ocasión, en «la porción que nos conduce a la tierra de los vivientes» (2 R 6,5), es decir, al Reino de Dios.

Ahora bien, en este sentido, el Reino de Dios no está amenazado tanto por una rebelión abierta y digamos heroica como por la rebelión del hombre vulgar, del cristiano aburguesado que continuamente procura reservarse en exclusiva pequeños dominios en los que ser dueño y señor. Y en ese caso ya no hay una autodonación total que abarque todos los ámbitos de la propia vida. El Reino de Dios, en cambio, exige la autodonación total, este «hacerse pobre» sin reserva alguna; pues el Reino de Dios tiene carácter exclusivo; frente a él, uno no puede reservarse ninguna parcela. «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6,24).

Para entender esta Admonición hemos de partir de estos puntos básicos; entonces no caeremos en la tentación de preguntar: ¿Tan importante es todo esto? ¿Es verdaderamente tan decisivo? Si tenemos presente lo anteriormente dicho, comprenderemos en seguida la primera consecuencia práctica:

1. En nuestra vida cristiana, en la que debemos ser siervos de Dios, siervas de Dios en el Reino de Dios, lo más importante, lo decisivo consiste en que Dios prevalezca y esté por encima de nuestro propio «yo». Quizá digamos rápida e inmediatamente que tal es nuestro caso. Pero aprovechemos la ocasión que nos brinda esta Admonición de san Francisco y hagamos un serio examen de conciencia. ¿Por qué hablamos tanto? ¿Por qué nos resulta muchas veces tan difícil callar? ¡Examinémonos! ¿No se debe en la mayoría de los casos a nuestro querido «yo», a nuestro idolatrado «yo», que quiere hacerse el interesante y ser el centro de atención; a nuestro «yo», deseoso de ostentación y ávido de honores, que quiere ser admirado? En ese caso, todavía no reina Dios en nosotros, sino que somos nosotros quienes queremos reinar. Yo procuro apropiarme para mí, para mi propia exaltación, lo que es propiedad de Dios y de lo que sólo Él puede disponer. Y esto es la ruina del Reino de Dios en nosotros.

2. La vida del cristiano exige, por tanto, educación y disciplina en el hablar. Antes de hablar y responder, hay que ponderar con prudencia lo que se habla y responde. Y esto sólo puede hacerlo quien ha aprendido a callar y reflexionar. Esta condición previa es indispensable. Para el franciscano se trata de poner en práctica la actitud básica de la pobreza en el ámbito relacionado con el hablar. Todos sabemos por experiencia que es más difícil llevar a la práctica la pobreza absoluta en el ámbito del hablar que en el de los bienes materiales. El prever sabiamente quiere decir, por tanto, que el siervo de Dios aprende a respetar los derechos soberanos de Dios también cuando habla; a defender los derechos de propiedad de Dios, dándole a Él todo el honor, reconociéndolo y glorificándolo como Señor. Por eso decíamos que la educación y la disciplina en el hablar es una forma de pobreza imprescindible para nuestro servicio al advenimiento del Reino.

3. En nuestro tiempo se habla mucho de diálogo. Se tiene por muy importante el hablar unos con otros. ¡Y con razón! Pero si es cierto que los hombres están convencidos de la necesidad del diálogo, no lo es menos que a la mayoría les resulta difícil mantener un diálogo auténtico. Los diálogos auténticos incluso han disminuido. El egoísmo, sobre el que Francisco nos previene en esta Admonición, imposibilita un diálogo auténtico y fraterno. Los hombres hablan o callan a la vez, en lugar de escucharse unos a otros con complacencia y ayudarse mutuamente con palabras apropiadas. Francisco nos muestra aquí un camino que nos permite construir comunidades vivas y auténticamente fraternas.

4. Debemos procurar mostrar por las obras los bienes de Dios. ¿Nos esforzamos diariamente en ello? Sólo así tomamos en serio a Dios, dador de todos los bienes. Francisco indica con toda claridad que lo decisivo en el Reino de Dios no consiste en hablar piadosamente, sino en hacer lo que debemos, respondiendo al don de Dios. Por tanto, no olvidemos nunca que para nosotros, siervos de Dios, nuestro actuar, nuestra vida, son más decisivos que las palabras bonitas. Y esto vale también para nuestras tareas apostólicas. Nuestro apostolado sirve al Reino de Dios sólo cuando se enraíza en nuestra vida franciscana de pobreza absoluta, en esa vida de siervos de Dios pobres y disponibles.

De este modo aparece, con toda claridad, que esta Admonición es mucho más que una norma de urbanidad. En ella se subraya un comportamiento imprescindible para que el hombre sirva, como siervo de Dios, al Reino de Dios. Con su estilo personal, san Antonio de Padua resume con las siguientes palabras el objetivo que san Francisco ha expuesto en esta Admonición: «Quien está llenó del Espíritu Santo, habla en diversas lenguas. Las distintas lenguas, a saber: la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, son el signo de que renunciamos a nosotros mismos por Cristo. Cuando los demás ven estas virtudes en nosotros, entonces les hablamos. Nuestra palabra es eficaz cuando habla nuestro obrar. ¡Os suplico, por tanto, que hagáis callar a vuestra boca y hablar a vuestras obras! Nuestra vida está demasiado llena de buenas palabras y vacía de buenas obras. Y entonces cae sobre nosotros la maldición del Señor (cf. Mt 21,19); él maldijo a la higuera, porque en ella sólo encontró hojas y ningún fruto» (Sermón de Pentecostés).

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XVIII, núm. 54 (1989) 449-455]

Zurbarán: San Francisco recibiendo las Llagas

LA CORRECCIÓN
Meditación sobre la Admonición 22.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die zweiundzwanziste Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst enero-marzo (1972) 2-5 y 22; «Della vera correzione», en Le Ammonizioni di san Francesco, Roma, Cedis Editrice, 1974, 299-309]

INTRODUCCIÓN

En nuestras anteriores meditaciones sobre las Admoniciones de nuestro padre san Francisco, ya hemos procurado repetidas veces explicar que, con el pecado, el hombre se aparta de Dios y se vuelve hacia sí mismo, como si fuera el centro de su propia vida. Con el pecado, el hombre se convierte, como dice gráfica y penetrantemente san Buenaventura, en una «natura in se recurvata», en «un ser retorcido sobre sí mismo». El pecador da la espalda a Dios, y sólo se busca y se ve a sí mismo. Así ocurrió en el paraíso, en el pecado original de nuestros primeros padres, que quisieron ser como Dios, ser sus propios señores y dueños, ya que se les antojó determinar por sí mismos el bien y el mal. Y así sucede, en su más profunda esencia, en todo pecado. El hombre que peca quiere de modo distinto de como Dios quiere. Quiere decidir por sí mismo y ser señor de sí mismo.

Ahora bien, cuando actúa de este modo, el hombre deja de ser imagen y semejanza de Dios, y se convierte en una caricatura, en «un ser retorcido sobre sí mismo». Ya no se mira a la luz de Dios, y se vuelve ciego respecto a él mismo. Andando el tiempo se enamora tanto de sí, que ya no se ve ni ve el mundo tal como son. Carece de la luz necesaria para el autoconocimiento, pues sólo nos conocemos tal cual somos cuando nos contemplamos desde Dios, cuando nos vemos a la luz de Dios. Para el hombre que se abandona al pecado, esto es muy difícil, si no totalmente imposible.

Este autoenamoramiento, esta autosatisfación, este autoengaño constituye una gran carencia en nuestra vida. Por supuesto, no es raro que veamos de color rosa todo cuanto somos, hacemos o dejamos de hacer. Pero, si queremos no salirnos del camino recto, hemos de suprimir esta gran indigencia en nuestra vida cristina. Y nos salimos del camino recto cuando sólo seguimos a nuestro propio «yo», cuando nos aferramos a la opinión que tenemos acerca de nosotros mismos.

En este contexto aparece con toda su transparencia la Admonición 22 de san Francisco:

«Dichoso el siervo que soporta la advertencia, la acusación y la reprensión que le viene de otro con la misma paciencia que si le viniera de él mismo.
»Dichoso el siervo que, al ser reprendido, acata benignamente, se somete con sonrojo, confiesa humildemente y expía de buen grado.
»Dichoso el siervo que no tiene prisa para excusarse y soporta humildemente el sonrojo y la reprensión por un pecado en el que no tiene culpa» (Adm 22).

 

Con estas «bienaventuranzas», un tanto ásperas al oído, Francisco quiere ponernos en claro que, en cuanto siervos de Dios, somos dichosos si otras personas nos indican el camino recto. Se trata de personas impulsadas por una sincera solicitud para con nosotros y que quieren ayudarnos; personas, pues, que nos corrigen, es decir, que nos reprenden, que nos sujetan con fuerza, que nos muestran el camino recto según la voluntad de Dios, el camino adecuado a nuestra vocación cristiana, a nuestra vocación franciscana. Todos necesitamos de alguien que nos ame y que, a la luz y en el amor de Dios, esté dispuesto a liberarnos del retorcimiento sobre nosotros mismos.

I. LA CORRECCIÓN FRATERNA
NOS INDICA EL CAMINO RECTO

La primera bienaventuranza de esta «palabra de amonestación» resulta algo chocante cuando la escuchamos por primera vez. Su misma formulación en el texto original es un tanto difícil y de traducción nada sencilla:

«Dichoso el siervo que soporta la advertencia, la acusación y la reprensión que le viene de otro con la misma paciencia que si le viniera de él mismo».

Pero si uno se fija bien, inmediatamente salta a la vista una profunda coherencia. Bien mirado, deberíamos ser nosotros mismos quienes nos advirtiéramos, acusáramos y reprendiéramos; es decir, deberíamos ser autocríticos. Entonces se nos abriría el camino que conduce a la dicha del Reino de Dios. Pero como no queremos o no podemos ser autocríticos, no nos queda más remedio que aceptar con paciencia el que otros nos critiquen.

¡Y ahí está el problema! En teoría, consideramos que las correcciones son necesarias; cuando afectan a otras personas, casi siempre nos parecen pertinentes y oportunas. Pero si van dirigidas a nosotros, no las aceptamos a gusto. ¡Qué fácilmente nos irritamos entonces! ¡Cuán rápidamente nos enojamos y ofendemos si alguien nos advierte, nos reprende o nos llama la atención por alguna falta, aunque lo haga con toda amabilidad! En el fondo, es incluso comprensible. Nuestro querido «yo» no puede soportar algo parecido. Nos irritamos en cuanto alguien rompe las ilusiones, las aspiraciones que nos hemos forjado sobre nosotros mismos, cuando alguien derrumba nuestros castillos en el aire. Y entonces nos enfurruñamos como esos niños a quienes les estallan sus hermosas pompas de jabón. Este enfurruñamiento muestra bien a las claras hasta qué punto seguimos girando en torno a nuestro propio «yo», hasta qué punto somos «seres retorcidos sobre nosotros mismos».

Ahora bien, quien sólo gira en torno a sí mismo y sólo se mira a sí mismo, no encontrará la auténtica vida cristiana; no encuentra el orden de Dios, sino que permanece en su propio desorden. Por tanto, no será dichoso, pues -como hemos repetido varias veces en estas meditaciones- ser dichoso significa tener paz con Dios, estar en el orden de Dios, vivir en el amor de Dios, pertenecer al Reino de Dios. Y todo esto sólo lo logramos si puede irrumpir y desarrollarse en nosotros la salvación que se nos ofrece gratuitamente en los sacramentos. Esto supone la eliminación de los obstáculos que impiden esta irrupción y desarrollo. Y una valiosa ayuda para ello consiste precisamente en soportar con paciencia las advertencias, acusaciones y reprensiones.

«... con la misma paciencia que si le viniera de él mismo». También ésta es una prueba muy práctica. Sabemos por experiencia que quienes peor soportan las advertencias, acusaciones y reprensiones son aquellos a quienes más les gusta advertir, acusar y reprender a los demás. Pero en seguida se ofenden, enojan e irritan si alguien les advierte, acusa o reprende. Para ellos tiene vigencia, pues, en especial esta palabra de santa exhortación, a fin de que también en ellos se cumpla la bienaventuranza: ¡Dichoso el siervo!

Si analizamos el presente problema a la luz del espíritu de san Francisco, hemos de estar agradecidos a todo aquel que nos corrige, indicándonos el camino recto, y que nos llama la atención sobre nuestras faltas; pues nos está ayudando a seguir el camino de Dios, a ser dichosos ya en esta tierra.

En cambio, los admiradores y aduladores, a quienes tan gustosamente presta oídos nuestro idolatrado «yo», no nos ayudan en esta tarea. Lo único que hacen es perjudicarnos, pues impiden el desarrollo de la gracia en nosotros, en vez de favorecerlo.

«Dichoso el siervo que, al ser reprendido, acata benignamente, se somete con sonrojo, confiesa humildemente y expía de buen grado».

La palabra latina «reprehensio», de «re-prehendere» o «re-prendere», a la que corresponde la castellana «reprensión», significa originariamente la acción de coger, agarrar, asir, detener, retener, conservar, parar; posteriormente se le añadió el sentido de «reprobación, reproche, censura». Quien, por tanto, reprende a alguien, debe hacerlo sólo con el propósito de preservarlo del mal, de impedir que se extravíe, de mantenerlo en el bien. Una reprensión semejante es verdaderamente una forma genuina de amor cristiano al prójimo. Pero quien, como responsable en una comunidad y por el bien de la misma, está obligado a reprender, sabe cuán ingrata es esta obligación. Por eso precisamente se omiten muchas reprensiones necesarias. Y eso produce un grave daño a los individuos y a la comunidad.

Si queremos evitar este grave daño, debemos no poner inútilmente dificultades a quien quiera ayudamos con una reprensión; al contrario, siguiendo la exhortación de san Francisco, debemos acatarla benignamente, es decir, sin encolerizarnos ni ofendernos. Si nos encolerizamos y ofendemos, nadie volverá a ayudamos con una reprensión, y permaneceremos en la ceguera respecto a nosotros mismos.

Más aún, debemos someternos con sonrojo a que nos reprendan algo; y estar dispuestos a confesar nuestras faltas y errores. Quien confiesa humildemente su falta, está demostrando con ello que se aparta de la misma, que desiste de su actitud equivocada. Esta confesión ya es una contribución importante para reparar el daño producido. Quien está dispuesto a ello, también está dispuesto a expiar de buen grado. Hará lo posible por cambiar y mejorarse. Caminará nuevamente por el camino recto y será dichoso como siervo de Dios, como hombre que obedece a Dios y hace cuanto Dios quiere de él.

«Dichoso el siervo que no tiene prisa para excusarse y soporta humildemente el sonrojo y la reprensión por un pecado en el que no tiene culpa».

En este dicho aparecen aunadas dos cosas distintas pero muy importantes. En primer lugar, se nos exhorta a no tener prisa en excusarnos. Quien piensa inmediatamente en excusas, no está en condiciones de prestar atención a lo que Dios quiere decirle por medio de sus instrumentos, las personas que le reprenden. Quien se excusa en seguida y a la ligera, está demostrando claramente que todavía se preocupa demasiado de sí mismo. Todavía no tiene la mirada libre, o no la tiene lo bastante libre para ver lo que Dios quiere indicarle. En cambio, sólo es dichoso el siervo que en todo sabe escuchar a Dios y dejar que le hable a través de sus instrumentos.

Lo segundo es tal vez más difícil aún de llevar a la práctica, pues a nuestro «yo» le repugna demasiado el soportar humildemente el sonrojo y la reprensión por un pecado en el que no tiene culpa. ¿No vulnera eso la justicia? ¿Puede exigírsele a alguien soportar algo semejante?

Desde un punto de vista meramente humano, esta Admonición hiere derechos fundamentales de la persona. Pero ¡no olvidemos que estamos hablando del Reino de Dios! La vida cristiana está sujeta a la palabra del Señor: «El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). Por eso, hemos de estar dispuestos a soportar con paciencia la injusticia. También esto forma parte del seguimiento de Jesús, en línea con su exigencia: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). El soportar la injusticia forma, por tanto, parte de la negación de uno mismo y de la mortificación que aquí exige el Señor. Dice san Francisco en otro lugar: «Prestemos atención todos los hermanos a lo que dice el Señor: "Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian", pues nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a quien lo traicionaba y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron. Son, pues, amigos nuestros todos los que injustamente nos causan tribulaciones y angustias, sonrojos e injurias, dolores y tormentos, martirio y muerte; y los debemos amar mucho, ya que por lo que nos hacen obtenemos la vida eterna» (1 R 22,1-4). Sin duda, esto nos resultará con frecuencia muy duro, pero dominaremos nuestro «yo». Y quedaremos libres para seguir el camino de Dios. Y se cumplirá de verdad en nosotros la palabra: ¡Dichoso el siervo de Dios!

II. ACEPTEMOS DE BUEN GRADO LA CORRECCIÓN

En tiempos no muy lejanos se hablaba de la obligación de la «corrección fraterna». Esta obligación se estudiaba en la teología moral y en la ética cristiana dentro del tratado sobre la virtud de la caridad, y se basaba en la palabra del Señor: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele a solas tú con él. Si te escucha habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15). No hay nadie que no esté convencido de la gran importancia de esta palabra del Señor para nuestra vida individual y comunitaria. Pero, ¿cómo se practica en las comunidades cristianas y en nuestras comunidades franciscanas?

1. Muchos ni siquiera se atreven a poner en práctica esta instrucción del Señor. Prefieren escudarse tras la pregunta de Caín: «¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» (Gén 4,9). ¿Por qué no se atreven? ¿Por qué los demás no osan ponerla en práctica respecto a nosotros?

Estas dos preguntas expresan la actualidad de las tres bienaventuranzas de la Admonición 22. Cuanto más las asumamos, tanto más podrá desarrollarse en nuestra vida y en la vida de nuestras comunidades la bendición de la palabra del Señor expresada en Mt 18,15, y tanto más posible será la vida cristiana en comunidad; pues en tal caso podremos ayudarnos eficazmente unos a otros con la dirección rectificada, corregida, en el camino hacia Dios, y liberados de cualquier retorcimiento sobre el propio «yo». Y también Dios podrá actuar más libremente y sin obstáculos en nuestra vida personal y comunitaria.

2. Quienes por su oficio, es decir, por encargo de la Iglesia en cuanto responsables de una comunidad, tienen la obligación de reprender y corregir, y también cualquiera que, en base al mandato de Cristo, haya de reprender a su hermano advirtiéndole de sus faltas, deberán hacerlo siempre por solicitud caritativa hacia el prójimo. Evitarán toda dureza y toda brusquedad. Procurarán no ser hirientes con sus palabras ni con su actitud. No tratarán a los demás desde arriba. La «corrección fraterna» quizá haya caído en descrédito por haber tomado formas que no eran expresión de un auténtico amor fraterno, que no estaban impregnadas del espíritu del Evangelio.

3. Con frecuencia puede resultar incómodo e incluso penoso el tener que cumplir con la obligación de la corrección fraterna. Por eso, no debe olvidarse la seria advertencia de san Francisco: «Por lo tanto, custodiad vuestras almas y las de vuestros hermanos, porque horrendo es caer en las manos del Dios vivo» (1 R 5,l). Dichoso el siervo que con su comportamiento, moldeado por las tres bienaventuranzas de esta Admonición, facilita a los demás el cumplimiento de la obligación de la corrección fraterna.

4. Si se nos corrige, si alguien nos hace caer en la cuenta de nuestras faltas o nos reprende, debemos, como creyentes, ver en ello un signo de Dios, una advertencia de Dios. Dios está actuando. Se preocupa de nosotros, para que no andemos por un camino equivocado. ¡Ay del orgulloso que no reconoce la acción de Dios! Permitamos, pues, de buen grado que nos indiquen el camino recto. Consideremos de verdad las correcciones, acusaciones y reprensiones como una gracia de Dios: así seremos siervos de Dios y, por tanto, dichosos.

Si meditamos bien todo esto, la Admonición 22 se revelará como muy importante para cuantos quieren seguir a san Francisco viviendo una vida «según la forma del santo Evangelio». ¡Hoy se habla mucho de seguir a san Francisco en esta vida evangélica! ¿Pero estamos dispuestos a recorrer el camino concreto que Francisco nos indica para alcanzar esta meta? En tal caso comprenderemos lo que dice el beato Gil, ese fiel seguidor de san Francisco: «Una gracia llama a otra gracia. Y una falta a otra. La gracia no quiere ninguna alabanza, y la falta no quiere ningún reproche. Es decir, el hombre de la gracia no va tras el reconocimiento, ni busca la alabanza de los demás; y el hombre de la falta no soporta ningún desprecio ni reproche alguno. Esto hace la soberbia. El espíritu llega, mediante la humildad, a la paz. Y su hija es la paciencia».

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XIX, núm. 57 (1990) 418-424]

Indice Capítulo siguiente

 


Volver