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| DÍA 21 DE SEPTIEMBRE
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* * * San Alejandro de Roma. Sufrió el martirio en la localidad de Baccanas, en la Vía Claudia, en el vigésimo miliario de la ciudad de Roma, en una fecha desconocida de los primeros siglos cristianos. San Dámaso trasladó sus reliquias a una iglesia romana. San Cadoc. Nació a finales del siglo V, hijo del santo rey del sur de Gales. Se le tiene por el fundador del monasterio de Nant Carfan o Llancarfan, del que ciertamente fue monje y abad. Visitó Cornualles y Escocia, donde fundó monasterios; su influencia se extendió también a Irlanda. Murió en su monasterio el año 580. San Castor. Obispo de Apt en Provenza (Francia). Murió el año 420. Para explicar la vida de los monjes a los hermanos de una fundación nueva, pidió a san Juan Casiano que escribiera las célebres Colaciones de los ascetas de Egipto. Santos Eusebio, Néstabo y Zenón. Eran hermanos carnales y sufrieron el martirio en Gaza (Palestina), durante el imperio de Juliano el Apóstata, el año 362. Una turba de paganos los asaltó y los hizo pedazos. Con ellos sufrió el martirio también san Néstor que a consecuencia de las heridas recibidas murió poco después. Santos Francisco Jaccard y Tomás Tran Van Thiên. El 21 de septiembre de 1838, durante la persecución del emperador Minh Mang contra los cristianos, en la ciudadela Quang-Tri (Vietnam), después de sufrir cárcel y torturas, fueron estrangulados estos dos mártires. Francisco nació en Onion (Francia) el año 1799. Comenzó los estudios en los seminarios de Melan y Chanbery, y luego pasó al seminario del Instituto de Misiones Extranjeras de París. Ordenado de sacerdote, lo enviaron a la misión de Vietnam. Pronto comenzaron el acoso y malos tratos contra él. Le pidieron que renegara del cristianismo, él se negó y lo metieron en la cárcel, donde se encontró con el seminarista vietnamita Tomás, nacido en 1820, y a partir de entonces compartieron el itinerario martirial. San Gerulfo. Siendo todavía un adolescente, sufrió el martirio en Tronchiennes, Flandes (hoy Bélgica), el año 750. San Jonás. La Iglesia conmemora hoy a Jonás, hijo de Amitay, uno de los profetas menores del Antiguo Testamento; uno de los libros del AT lleva su nombre. Fue enviado por Dios a predicar la conversión y la penitencia a la ciudad pagana de Nínive. Su estancia en el vientre de un cetáceo y su salida del mismo es presentada en el propio Evangelio como signo de la Resurrección del Señor: «De la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches» (Mt 12,40). San Landelino. Era oriundo de Irlanda y fue monje en el monasterio de Ettenheim, en la región de Baden (Alemania), en el siglo VII. Santos Lorenzo Imbert, Pedro Maubant y Santiago Chastan. Los tres eran franceses, el primero obispo, los otros dos sacerdotes, y los tres pertenecían al Instituto de Misiones Extranjeras de París. Para proteger la vida de sus cristianos, se ofrecieron espontáneamente a las autoridades. El 21 de septiembre de 1839, después de sufrir toda clase de torturas a causa de su fidelidad a Cristo, fueron matados a golpes de espada en Sai-Nam-The (Corea). Lorenzo nació en Aix-en-Provence el año 1794 en el seno de una familia muy pobre, y necesitó que lo ayudaran económicamente para poder seguir la carrera sacerdotal. En 1820 embarcó para China, de donde pasó más tarde, ya como obispo, a Corea. Pedro nació en Vassy el año 1803. Después de ingresar en el Instituto Misionero, marchó a China y luego a Corea. Santiago nació en Marcoux el año 1803. También marchó primero a China y después pasó a Corea. Santa Maura. Fue una virgen consagrada al Señor que vivió en Troyes, a orillas del Sena, en la región de Champaña-Ardenas (Francia), y que se dedicó a obras de piedad y caridad. Murió el año 850. San Pánfilo. Fue martirizado en Roma, en la Vía Salaria Antigua, en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana. San Cuadrato. Fue discípulo de los Apóstoles. Según la tradición, durante la persecución del emperador Adriano, logró con su fe y habilidad congregar a la Iglesia dispersa por el terror. Además, dirigió al mismo emperador un libro en defensa de la religión cristiana. Murió en Grecia en una fecha desconocida del siglo II. Beato Diego Hompanera París. Nació en Muñeca, provincia de Palencia en España, en 1915. Profesó en los Agustinos el 4 de agosto de 1935, y lo destinaron a Málaga. Al tener que abandonar el convento en julio de 1936, buscó refugio en una casa particular. Cuando lo detuvieron a finales de agosto, confesó abiertamente que era religioso agustino, y por eso lo fusilaron en el cementerio de San Rafael (Málaga) el 21 de septiembre de 1936. Beatificado en 2007. Beatos Eugenio García Pampliega y Vicente Pastor Garrido. Sacerdotes Cisterciense de la Estricta Observancia y de San Bernardo (trapenses). Después de estallar la guerra civil española, los revolucionarios detuvieron a la mayoría de los monjes del monasterio de Viaceli (Cóbreces, Cantabria), y los llevaron a Santander, pero retuvieron en el monasterio a estos dos para que les facilitaran hacerse con el dinero del monasterio, que no había. Los maltrataron y el 21 de septiembre de 1936 los mataron a tiros en el término de Rumoroso (Cantabria). Eugenio nació en Villagonzalo Pedernales (Burgos) en 1902. Hizo la profesión solemne en 1926 y fue ordenado sacerdote en 1927. Fue secretario del monasterio, administrador de la fábrica de quesos y maestro de novicios. Era de buen carácter, servicial y eficiente. Vicente nació en Valencia en 1905. Desde joven se sintió llamado a la vida contemplativa, pero su padre, temiendo que fuera una sugestión producida por el ejemplo de su hermano Antonio, franciscano, le permitió que de momento fuera seminarista. En 1923 llegó al monasterio de Viaceli, hizo la profesión solemne en 1928 y recibió la ordenación sacerdotal en 1929. En el monasterio ejerció el cargo de vicemaestro y trabajó en la secretaría a las órdenes del P. Eugenio García. Beatificados el 3-X-2015. Beatos Jacinto Martínez Ayuela y Nicolás de Mier Francisco. Eran sacerdotes de la Orden de San Agustín. Los detuvieron cuando viajaban de Uclés a Cuenca (España) y los fusilaron junto a las tapias del cementerio de esta ciudad el 21 de septiembre de 1936. Fueron beatificados en el 2007. Jacinto nació en Celadilla del Río (Palencia) el año 1882. Hizo su profesión religiosa en 1898 y se ordenó de sacerdote en 1913. Enseñó y ocupó cargos de dirección en varios colegios de su Orden. Lo enviaron a Brasil en 1933 y, a su regreso a España en julio de 1936, fue a pasar unos días a Uclés. Nicolás nació en Redondo (Palencia) el año 1903, profesó en los Agustinos en 1920 y recibió la ordenación sacerdotal en 1927. Estuvo en su Colegio de Ceuta y después en el Colegio Seminario de Uclés como profesor y formador de las aspirantes al noviciado. Beato José Vila Barri. Nació en Camprodón (Gerona) en 1910. Profesó en la congregación Hijos de la Sagrada Familia en 1928. Recibió la ordenación sacerdotal el 7 de marzo de 1936. En julio de aquel mismo año estaba al cuidado de unos religiosos jóvenes en la casa de verano de Mosqueroles. No descansó hasta que los puso a todos a resguardo de la persecución religiosa. Después se refugió en Vich, en casa de su hermana. Allí lo detuvieron y encarcelaron, y al día siguiente, 21 de septiembre de 1936, lo asesinaron en el término municipal de Granollers de la Plana (Barcelona). Beatificado el 13-X-2013. Beato Marcos Scalabrini de Mútina (la actual Módena). Nació en Módena (Italia), de la noble familia de los Scalabrini, en la primera mitad del siglo XVI. Ingresó en los Dominicos de su ciudad natal y, ordenado de sacerdote, se consagró al ministerio de la predicación. Recorrió gran parte de Italia y atrajo a muchos al buen camino. Murió en Pésaro el año 1498.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Cuando Jesús se hospedó en casa de Zaqueo, jefe de publicanos y rico, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,6-10). Pensamiento franciscano: Dice san Francisco en su Carta a toda la Orden: «Considerad vuestra dignidad, hermanos sacerdotes, y sed santos, porque Él es santo. Y así como el Señor Dios os ha honrado a vosotros sobre todos por causa de este ministerio, así también vosotros, sobre todos, amadlo, reverenciadlo y honradlo. Gran miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan presente a Él en persona, os preocupéis de cualquier otra cosa del mundo». (CtaO 23-25). Orar con la Iglesia: Oremos a Dios nuestro Padre, que espera y acoge a los hijos que, después de haberse extraviado, vuelven al hogar. -Por la Iglesia, que ha recibido de Cristo la misión de reconciliar: para que, aun en situaciones de odio o desamor, sea fermento de unidad y de paz. -Por nuestro mundo, dividido en ricos y pobres, dominadores y dominados, vencedores y vencidos...: para que sea posible la paz, fruto de la justicia y del amor. -Por los que se indignan contra los que perdonan y los que son perdonados: para que depongan su actitud intransigente y aprendan la misericordia de Dios Padre. -Por todos los que confiamos en la misericordia y el perdón de Dios: para que apreciemos el sacramento de la penitencia y la reconciliación eclesial con Cristo. Oración: Dios Padre nuestro, que hiciste expiar nuestros pecados a tu Hijo Jesús, escucha nuestras súplicas y alégranos con el gozo de su salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * EL EVANGELIO SEGÚN
SAN MATEO Queridos hermanos y hermanas: En la liturgia de hoy el evangelista san Mateo, que nos acompañará durante todo este año litúrgico, presenta el inicio de la misión pública de Cristo. Consiste esencialmente en el anuncio del reino de Dios y en la curación de los enfermos, para demostrar que este reino ya está cerca, más aún, ya ha venido a nosotros. Jesús comienza a predicar en Galilea, la región en la que creció, un territorio de «periferia» con respecto al centro de la nación judía, que es Judea, y en ella, Jerusalén. Pero el profeta Isaías había anunciado que esa tierra, asignada a las tribus de Zabulón y Neftalí, conocería un futuro glorioso: el pueblo que caminaba en tinieblas vería una gran luz (cf. Is 8,23-9,1), la luz de Cristo y de su Evangelio (cf. Mt 4,12-16). El término «evangelio», en tiempos de Jesús, lo usaban los emperadores romanos para sus proclamas. Independientemente de su contenido, se definían «buenas nuevas», es decir, anuncios de salvación, porque el emperador era considerado el señor del mundo, y sus edictos, buenos presagios. Por eso, aplicar esta palabra a la predicación de Jesús asumió un sentido fuertemente crítico, como para decir: Dios, no el emperador, es el Señor del mundo, y el verdadero Evangelio es el de Jesucristo. La «buena nueva» que Jesús proclama se resume en estas palabras: «El reino de Dios -o reino de los cielos- está cerca» (Mt 4,17; Mc 1,15). ¿Qué significa esta expresión? Ciertamente, no indica un reino terreno, delimitado en el espacio y en el tiempo; anuncia que Dios es quien reina, que Dios es el Señor, y que su señorío está presente, es actual, se está realizando. Por tanto, la novedad del mensaje de Cristo es que en él Dios se ha hecho cercano, que ya reina en medio de nosotros, como lo demuestran los milagros y las curaciones que realiza. Dios reina en el mundo mediante su Hijo hecho hombre y con la fuerza del Espíritu Santo, al que se le llama «dedo de Dios» (cf. Lc 11,20). El Espíritu creador infunde vida donde llega Jesús, y los hombres quedan curados de las enfermedades del cuerpo y del espíritu. El señorío de Dios se manifiesta entonces en la curación integral del hombre. De este modo Jesús quiere revelar el rostro del verdadero Dios, el Dios cercano, lleno de misericordia hacia todo ser humano; el Dios que nos da la vida en abundancia, su misma vida. En consecuencia, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte, la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira. Pidamos a María santísima que obtenga siempre para la Iglesia la misma pasión por el reino de Dios que animó la misión de Jesucristo: pasión por Dios, por su señorío de amor y de vida; pasión por el hombre, encontrándolo de verdad con el deseo de darle el tesoro más valioso: el amor de Dios, su Creador y Padre. [Después del Ángelus] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española. Os invito a que, teniendo presente la llamada a la conversión que Jesús nos dirige hoy en el Evangelio, pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros ante su Hijo para que, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, podamos responder también nosotros con generosidad a nuestra vocación cristiana y dar frutos abundantes de santidad. * * * LA MISERICORDIA DE DIOS Y
LA VOCACIÓN DE MATEO Queridos hermanos y hermanas: Mateo está siempre presente en las listas de los Doce elegidos por Jesús. El primer Evangelio canónico, que lleva su nombre, nos lo presenta en la lista de los Doce con un apelativo muy preciso: «el publicano» (Mt 10,3). Basándonos en las sencillas constataciones que encontramos en el Evangelio, podemos hacer un par de reflexiones. La primera es que Jesús acoge en el grupo de sus íntimos a un hombre que, según la concepción de Israel en aquel tiempo, era considerado un pecador público. En efecto, Mateo no sólo manejaba dinero considerado impuro por provenir de gente ajena al pueblo de Dios, sino que además colaboraba con una autoridad extranjera, odiosamente ávida, cuyos tributos podían ser establecidos arbitrariamente. Por estos motivos, todos los Evangelios hablan en más de una ocasión de «publicanos y pecadores», de «publicanos y prostitutas». Además, ven en los publicanos un ejemplo de avaricia y mencionan a uno de ellos, Zaqueo, como «jefe de publicanos, y rico», mientras que la opinión popular los tenía por «hombres ladrones, injustos, adúlteros» (Lc 18,11). Ante estas referencias, salta a la vista un dato: Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, precisamente mientras se encuentra sentado a la mesa en la casa de Mateo-Leví, respondiendo a los que se escandalizaban porque frecuentaba compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración: «No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2,17). La buena nueva del Evangelio consiste precisamente en que Dios ofrece su gracia al pecador. En otro pasaje, con la famosa parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar, Jesús llega a poner a un publicano anónimo como ejemplo de humilde confianza en la misericordia divina: mientras el fariseo hacía alarde de su perfección moral, «el publicano (...) no se atrevía ni a elevar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!"». Y Jesús comenta: «Os digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18,13-14). Por tanto, con la figura de Mateo, los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia. A este respecto, san Juan Crisóstomo hace un comentario significativo: observa que sólo en la narración de algunas llamadas se menciona el trabajo que estaban realizando esas personas. Pedro, Andrés, Santiago y Juan fueron llamados mientras estaban pescando; y Mateo precisamente mientras recaudaba impuestos. Se trata de oficios de poca importancia -comenta el Crisóstomo-, «pues no hay nada más detestable que el recaudador y nada más común que la pesca». Así pues, la llamada de Jesús llega también a personas de bajo nivel social, mientras realizan su trabajo ordinario. Hay otra reflexión que surge de la narración evangélica: Mateo responde inmediatamente a la llamada de Jesús: «Él se levantó y lo siguió». La concisión de la frase subraya claramente la prontitud de Mateo en la respuesta a la llamada. Esto implicaba para él abandonarlo todo, en especial una fuente de ingresos segura, aunque a menudo injusta y deshonrosa. Evidentemente Mateo comprendió que la familiaridad con Jesús no le permitía seguir realizando actividades desaprobadas por Dios. Se puede intuir fácilmente su aplicación también al presente: tampoco hoy se puede admitir el apego a lo que es incompatible con el seguimiento de Jesús, como son las riquezas deshonestas. En cierta ocasión dijo tajantemente: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19,21). Esto es precisamente lo que hizo Mateo: se levantó y lo siguió. En este «levantarse» se puede ver el desapego de una situación de pecado y, al mismo tiempo, la adhesión consciente a una existencia nueva, recta, en comunión con Jesús. * * * «LOS SIERVOS DE
DIOS 1. Existe, incluso entre los cristianos de la Iglesia romana, el peligro de prestar más atención a la persona que al ministerio del sacerdote. Hay quienes se fijan más en las cualidades humanas del ministro que en lo que Cristo dice y hace por medio de él. Si el sacerdote es una persona buena, prudente, amable, cortés, de trato agradable, se le honra y respeta; si no lo es, si carece de esta o aquella cualidad, es menospreciado e incluso despreciado. Más todavía, a veces parece como si los cristianos de hoy tuvieran una mirada especialmente aguda para captar las debilidades humanas, negaciones y pecados de los sacerdotes, por lo que resulta mucho más fácil caer en el peligro de juzgarlos y condenarlos. Se olvida lo que Francisco nos acaba de proponer: una visión de fe. Justamente por eso debemos sus seguidores esforzarnos en cultivar la veneración, la confianza y el amor a los sacerdotes, por su ministerio, en definitiva por Cristo que en ellos nos sale al encuentro. 2. Esta mirada de fe, que en toda ocasión se esfuerza por cultivar la veneración, la confianza y el amor a los sacerdotes, es una buena ayuda para superar una seria crisis existente hoy día tanto en nuestra vida comunitaria como en la vida de convivencia de la Iglesia: la crisis de autoridad. Tal vez hasta no hace mucho se acentuara demasiado unilateralmente la autoridad. Tal vez se haya recargado en exceso este concepto con contenidos provenientes de otros ámbitos, especialmente del político e incluso del militar, haciendo caer en el descrédito no sólo el término «autoridad», sino hasta su mismo contenido. En última instancia, la palabra autoridad remite siempre a Dios Padre. Dios Padre se sirve de personas concretas para hacer visible su paternidad a los hombres. Así, por su paternidad, en la familia el padre tiene una autoridad directa. Así también, por su esencia, la Iglesia tiene una autoridad directa; pero la desempeña a través de hombres a quienes confía misiones concretas. Mediante su misión, participan de la autoridad de la Iglesia; y su autoridad se basa sobre dicha misión. A este ministerio, por tanto, le debemos estima, respeto y amor. Lo ideal sería, es lógico, que aquel a quien se le ha confiado un ministerio viviera de acuerdo con el mismo: ¡Piénsese, por ejemplo, en el papa Juan XXIII! ¡Pero eso sería exigir demasiado a los hombres! El hecho de recibir el encargo de un ministerio en la Iglesia no significa que quien lo recibe experimente el milagro de una nueva creación humana. Con frecuencia, mejor dicho, casi siempre se hace patente, tanto a quien ha recibido el ministerio como a aquellos que le han sido confiados, la dolorosa y angustiosa comprobación de que la autoridad de Dios se manifiesta en vasos de arcilla. Como decía san Pablo, «llevamos este tesoro en vasos de barro» (2 Cor 4,7). Por tanto se trata, siguiendo a Francisco, de no despreciar el ministerio por la carencia de cualidades humanas en la persona del ministro y de no confundir el ministerio con las cualidades humanas o viceversa. Francisco nos indica, además, que debemos comportarnos con los ministros tal como corresponde al ministerio que les ha sido confiado; de ese modo se mantiene el orden interno de la comunidad, que en la Iglesia ha de ser siempre jerárquico. El que ha recibido un ministerio tendrá siempre la tarea de eliminar con su trabajo serio y responsable cualquier tensión o división. 3. Seamos comprensivos con los sacerdotes que no logran armonizar su ministerio sacerdotal y una vida personal coherente con el mismo. No se les ayuda criticándolos y juzgándolos, ni con la maledicencia o el desprecio. Sólo la oración y el sacrificio sirven de ayuda para que superen tal situación. Francisco nos muestra una vez más el camino. Cuenta de él san Buenaventura que lloraba con tan intenso amor y compasión por los pecadores, «que bien podía decirse que, como una madre, los engendraba diariamente en Cristo» (LM 8,1b). ¡No dejemos solos a quienes se les ha confiado un ministerio en la Iglesia! ¡Pongámonos a su lado y ayudémosles! ¡Seamos comprensivos con ellos y no les exijamos demasiado con una crítica carente de amor! 4. Tal vez lo más difícil que aquí nos pide Francisco consista en mantener, a pesar de todo, la confianza, la fe. Tomás de Celano relata que los primeros seguidores de Francisco «con frecuencia confesaban sus pecados a un sacerdote de muy mala fama, y bien ganada», y que, «habiendo llegado a conocer su maldad por el testimonio de muchos, no quisieron dar crédito a lo que oían, ni dejar por ello de confesarle sus pecados como solían, ni de prestarle la debida reverencia» (1 Cel 46b). Esta actitud construye, induce a la reflexión y a la conversión, sirve al Reino de Dios. Por eso es dichoso el siervo de Dios que así actúa. [Cf. Texto completo en http://www.franciscanos.org/iglesia/esserk2.html]
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