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| DÍA 20 DE SEPTIEMBRE
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* * * San Dorimedonte. Sufrió el martirio en Sínnada de Frigia (en la actual Turquía), en el siglo III. San Eustaquio. Sufrió el martirio en Roma, en una fecha desconocida de los primeros siglos cristianos, y su nombre es el título de una de las antiguas diaconías de la misma Roma. Santos Hipacio, Asiano y Andrés. Hipacio y Asiano eran obispos, Andrés era sacerdote. Por defender el culto a las sagradas imágenes frente a los iconoclastas, los tres fueron horriblemente martirizados y sus restos arrojados a los perros en Constantinopla hacia el año 740, en tiempo del emperador León el Isáurico. San Juan Carlos Cornay. Nació en Loudun (Francia) el año 1809. Ingresó en el seminario diocesano de Poitiers, del que luego pasó al seminario del Instituto de Misiones Extranjeras de París. En 1832 lo enviaron a China, pero se quedó en Hanoi (Vietnam) y allí recibió la ordenación sacerdotal en 1834. Su trabajo pastoral lo desarrolló en Bau-No, pero pronto lo arrestaron durante la persecución del emperador Minh Mang. Lo sometieron a interrogatorios y torturas, sin conseguir que apostatara. Condenado a muerte, lo mutilaron y por último lo decapitaron en Son-Tây el 20 de septiembre de 1837. Santos Lorenzo Han I-hyong y seis compañeros. Los siete eran cristianos seglares de Corea, y fueron ahorcados en diversas cárceles de Seúl por su condición de cristianos. Su memoria se celebra este día, junto a la de los otros mártires de Corea. Estos son sus nombres: Lorenzo era catequista; Pedro Nam Kyong-mun, catequista; Teresa Kim Im-i, virgen; Susana U Sur-im y Águeda Yi Kan-nan, viudas; Catalina Chong Ch'or-yom y José Im Ch'i-baeg, bautizado en la cárcel. Beato Adalpreto. Fue elegido obispo de Trento (Italia) el año 1157. Hombre ejemplar, padre de los pobres y de los huérfanos, defensor de la libertad de la Iglesia, predicador fiel del Evangelio, fue perseguido y asesinado por sus enemigos en Arco, provincia de Trento, entre 1172 y 1177. Beatos Cristóbal Iturriaga-Echevarría Irazola y Pedro Vega Ponce. Son dos religiosos Dominicos que, al estallar la persecución religiosa en julio de 1936, formaban parte de la comunidad de Corias (Asturias, España) y fueron detenidos con otros religiosos de la misma comunidad. Estos dos fueron martirizados la noche del 19 al 20 de septiembre de 1936 en «Pinar de Lada», Langreo (Asturias), y beatificados el año 2007. Cristóbal nació en Abadiano (Vizcaya) el año 1915. Ingresó en los Dominicos y, ante las dificultades para los estudios, profesó como hermano cooperador en 1934. Lo destinaron a Corias, donde se le confió la panadería y otros trabajos. Pedro nació en Mayorga de Campos (Valladolid) el año 1915 en el seno de una familia muy pobre, por lo que tuvo que trabajar y no pudo estudiar. Tomó el hábito el 31 de marzo de 1935. Fue aprobado por unanimidad para hacer la profesión religiosa, pero no la pudo realizar al sorprenderle la persecución. Beato Francisco de Posadas. Nació en Córdoba (España) en 1644. Ingresó en la Orden de Predicadores o Dominicos en 1672 y, hechos los estudios, se ordenó de sacerdote en 1678. Lo destinaron al convento cordobés de Scala Coeli, en plena sierra, y se dedicó al apostolado por tierras de Andalucía. Era penitente, humilde y caritativo, y fue un ardiente propagador del Rosario, incansable predicador del Evangelio muchos años, excelente director espiritual. Rehusó por humildad ser obispo de Algheró (Cerdeña) y Cádiz. Murió el 20 de septiembre de 1713. Beata Teresa Cejudo Redondo. Nació en Pozablanco (Córdoba, España) en 1890. Se educó en el colegio de las religiosas Concepcionistas, y contrajo matrimonio en 1925. Tuvo una hija. Desde muy joven formó parte de varias asociaciones y cofradías religiosas, además de ser cooperadora salesiana. El 22 de agosto de 1936 fue arrestada en su casa por su condición de mujer católica y comprometida. La condenaron a muerte junto con otras 17 personas católicas. Con el ejemplo y la palabra animó a sus compañeros de martirio, y murió en Pozoblanco el 20 de septiembre de 1936, perdonando a los verdugos. Fue beatificada el año 2007. Beato Tomás Johnson. Era sacerdote y monje de la Cartuja de Londres. Diez de los monjes de esa Cartuja se negaron a suscribir el Acta de Supremacía, que significaba reconocer al rey Enrique VIII como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra y romper la comunión con el Papa, por lo que fueron encarcelados. Tomás era uno de ellos. Lo encerraron en la prisión londinense de Newport y allí murió el 20 de septiembre de 1537, consumido por el hambre y la enfermedad.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Estando Jesús en casa de Mateo, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?». Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "Misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,10-13). Pensamiento franciscano: De la carta de san Francisco a todos los fieles: «Debemos visitar las iglesias frecuentemente y venerar y reverenciar a los clérigos, no tanto por ellos mismos si fueren pecadores, sino por el oficio y administración del santísimo cuerpo y sangre de Cristo, que sacrifican en el altar, y reciben, y administran a los otros. Y sepamos todos firmemente que nadie puede salvarse sino por las santas palabras y por la sangre de nuestro Señor Jesucristo, que los clérigos dicen, anuncian y administran. Y ellos solos deben administrar, y no otros» (2CtaF 33-35). Orar con la Iglesia: Roguemos a Dios Padre que nos ilumine para que lo reconozcamos en su Hijo, especialmente por el amor misericordioso que nos tiene. -Para que purifique a la Iglesia en la sangre de Cristo y le conceda el perdón y el don de la unidad. -Para que dé la paz, la justicia, la libertad y el amor fraterno a quienes, aunque pecadores, han sido iluminados por la luz de Jesucristo su Hijo. -Para que los ciegos que no reconocen al Padre en la persona de Cristo y en su mensaje, sean iluminados por la luz de la fe. -Para que los creyentes, llamados a dar testimonio de la luz de Cristo, clarifiquemos su noticia entre los hombres con el amor y la misericordia. Oración: Señor, Dios nuestro, que nos has enviado a Jesucristo, luz del mundo, para iluminar las tinieblas de nuestra mente y de nuestro corazón, escúchanos y cura nuestra ceguera. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * DIOS ES AMOR
MISERICORDIOSO Queridos hermanos y hermanas: Hoy la liturgia vuelve a proponer a nuestra meditación el capítulo XV del evangelio de san Lucas, una de las páginas más elevadas y conmovedoras de toda la sagrada Escritura. Es hermoso pensar que en todo el mundo, dondequiera que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la Eucaristía dominical, resuena hoy esta buena nueva de verdad y de salvación: Dios es amor misericordioso. El evangelista san Lucas recogió en este capítulo tres parábolas sobre la misericordia divina: las dos más breves, que tiene en común con san Mateo y san Marcos, son las de la oveja perdida y la moneda perdida; la tercera, larga, articulada y sólo recogida por él, es la célebre parábola del Padre misericordioso, llamada habitualmente del «hijo pródigo». En esta página evangélica nos parece escuchar la voz de Jesús, que nos revela el rostro del Padre suyo y Padre nuestro. En el fondo, vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa. Jesús narró las tres parábolas de la misericordia porque los fariseos y los escribas hablaban mal de él, al ver que permitía que los pecadores se le acercaran, e incluso comía con ellos (cf. Lc 15,1-3). Entonces explicó, con su lenguaje típico, que Dios no quiere que se pierda ni siquiera uno de sus hijos y que su corazón rebosa de alegría cuando un pecador se convierte. La verdadera religión consiste, por tanto, en entrar en sintonía con este Corazón «rico en misericordia», que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos, imitando al Padre celestial, que respeta la libertad de cada uno y atrae a todos hacia sí con la fuerza invencible de su fidelidad. El camino que Jesús muestra a los que quieren ser sus discípulos es este: «No juzguéis..., no condenéis...; perdonad y seréis perdonados...; dad y se os dará; sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6, 36-38). En estas palabras encontramos indicaciones muy concretas para nuestro comportamiento diario de creyentes. En nuestro tiempo, la humanidad necesita que se proclame y testimonie con vigor la misericordia de Dios. El amado Juan Pablo II, que fue un gran apóstol de la Misericordia divina, intuyó de modo profético esta urgencia pastoral. Dedicó al Padre misericordioso su segunda encíclica, y durante todo su pontificado se hizo misionero del amor de Dios a todos los pueblos. Después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, que oscurecieron el alba del tercer milenio, invitó a los cristianos y a los hombres de buena voluntad a creer que la misericordia de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que sólo en la cruz de Cristo se encuentra la salvación del mundo. La Virgen María, Madre de la Misericordia, a quien ayer [día 15] contemplamos como Virgen de los Dolores al pie de la cruz, nos obtenga el don de confiar siempre en el amor de Dios y nos ayude a ser misericordiosos como nuestro Padre que está en los cielos. [Después del Ángelus] Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Os invito a cultivar sentimientos de reconciliación y perdón, como nos indica el evangelio que hemos leído hoy, para fortalecer nuestra condición de hijos de Dios y la fraternidad entre los hombres. * * * DE POCO VALE LA FRAGANCIA
DE LA FLOR, La caridad, que nunca puede estar ociosa, se manifiesta siempre por las obras, como afirma san Gregorio: «La prueba del amor está en sus frutos». Y san Juan, el discípulo predilecto de Jesús, dice: Si alguno que posee bienes de la tierra ve a su hermano padecer necesidad y le cierra el corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve? La misma Verdad, el buen Jesús, se cuidó de expresar con claridad las obras de misericordia, que demuestran el amor al prójimo, y que servirán, al final de los tiempos, de salvación o de reprobación, al decir: Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y vinisteis a verme. Pues cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Éstas son las obras de misericordia, que tienen su raíz en la caridad. Es bueno, pues, pararse despacio a considerar cuál sea la dignidad de estas obras de caridad, que adquieren, en el juicio final, la categoría máxima de la salvación. Incluso de nada valdrá entonces la fragancia de la flor, es decir, la integridad de la virginidad, si a ésta le falta el aroma de las obras de caridad. Examine cada uno su conciencia y vea si tiene esta disposición de mente. Cuando te encuentras con un pobre, con un enfermo, con un forastero, y pasas delante de ellos sin que te muevas a compasión, ni ruegas por sus necesidades, ni te unes a sus lamentos, ¿crees que estás lleno de compasión? Si no eres capaz de compartir tus bienes con el necesitado, tampoco sabes lo que es padecer privaciones. Recuerda que Cristo está presente en el pobre porque es miembro suyo, y, cuando te pide socorro, ayúdale, porque es él mismo quien te lo suplica; además el pobre es tu hermano. No cierres tus sentimientos a la verdadera compasión, que por la amplitud de ésta conocerás cuál es la medida de tu amor a Dios. Mayor compasión merecen los que se apartaron de la fe o del recto proceder, o los que se sumergieron voluntaria o involuntariamente en el pecado; éstos precisan más del pan celestial de los ángeles, el dulce Jesús; dádselo con ardientes súplicas, con gemidos, con los ardores de vuestra caridad. Igualmente, quienes recibieron del Espíritu el don de la ciencia y de la sabiduría les deben dispensar el alimento de la palabra de Dios, que se contiene en los libros sagrados, para que, junto con su ferviente oración elevada al Señor, se digne abrirles los ojos del entendimiento, le conozcan y le saboreen, degustando la suavidad y dulzura del buen Dios, y se les abran de nuevo los ojos en la fracción del pan, es decir, al proporcionarles el recto conocimiento de esa palabra divina, que se desprende de la sabia interpretación de las sagradas Escrituras. * * * «LOS SIERVOS DE
DIOS Veneremos a los sacerdotes por su ministerio Pues cuanto más grande es el
ministerio Una vez más, Francisco expresa su más profunda preocupación. Una vez más advierte a sus seguidores que no deben juzgar a aquellos sobre quienes el Señor en persona se ha reservado todo juicio. Una vez más queda bien claro que la sublimidad y dignidad del sacerdote se basa sobre su ministerio, especialmente sobre la potestad de celebrar la eucaristía y administrar a los hombres el cuerpo y la sangre de Cristo: «Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a otros» (Test 10). El ministerio eucarístico que el sacerdote debe desempeñar en la Iglesia es algo que lo eleva por encima de todo; gracias a él, el sacerdote puede hacer lo mismo que hizo Cristo; en este ministerio, el sacerdote está tan identificado con Cristo que su palabra se vuelve palabra de Cristo y él mismo se hace uno con Él. Por eso mira Francisco en el sacerdote al Hijo de Dios. Por esta dignidad recibida con miras a su ministerio, Francisco considera que cuando alguien se arroga el derecho de juzgar a los sacerdotes, cae en la máxima arrogancia: dado que los sacerdotes están tan íntimamente unidos a Cristo que hacen sus veces y pueden realizar su misión en la Iglesia, quienes pecan contra ellos cometen un pecado mayor que si lo cometieran contra todos los otros hombres de este mundo. Es evidente que Francisco dirigió su Admonición 26 a los hombres de su tiempo. En aquella época había quienes sostenían que lo decisivo no es la ordenación sacerdotal, sino la vida virtuosa del individuo. Por tanto, si no había ningún sacerdote virtuoso, el ministerio sacerdotal podía ejercerlo un laico de vida santa. Según esta mentalidad, la sucesión apostólica no depende del sacramento del orden, sino de la vida apostólica de los individuos. Los sacramentos administrados por un sacerdote válidamente ordenado pero que vive en pecado, son inválidos. Frente a esta manera de pensar, Francisco dice claramente: «y ellos solos administran a otros» (Adm 26,3); «y solos ellos administran a otros» (Test 10); «y sólo ellos deben administrarlos y no otros» (2CtaF 35). La dignidad del sacerdote se basa sobre su ordenación y ministerio. Este contexto subraya la importancia que esta «palabra de amonestación» tiene también para nuestro tiempo. [Cf. Texto completo en http://www.franciscanos.org/iglesia/esserk2.html]
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