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| DÍA 6 DE SEPTIEMBRE
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* * * Santa Bega. Virgen consagrada a Dios que llevó primero vida eremítica y después fundó un monasterio en la región de Cumberland (Inglaterra), en una localidad que luego tomó su nombre: Saint Bees Head. Murió el año 660. San Cagnoaldo. Obispo de Laon en Francia. Fue monje en el monasterio de Luxeuil, discípulo y colaborador de san Columbano. Murió hacia el año 632. Santos Donaciano, Presidio, Mansueto, Germán y Fúsculo. Eran obispos de África, y Hunerico, rey de los Vándalos y furibundo arriano, los arrestó y azotó y luego los desterró por ser católicos. También estaba con ellos Leto, obispo de Nepte (en la actual Túnez), varón valiente y de gran cultura, quien, después de sufrir una larga prisión en una cárcel inmunda, fue quemado vivo. Su vida se sitúa en el siglo V. San Eleuterio. Abad de Espoleto en Umbría (Italia), en el siglo VI. El papa san Gregorio Magno, en sus Diálogos, alaba su simplicidad y compunción de corazón. San Magno. Abad del monasterio de Füssen (Alemania). Se le tiene mucha devoción en Baviera. Vivió en el siglo VIII. San Onesíforo. Fiel cristiano de Éfeso, discípulo de san Pablo, que sirvió muchas veces al Apóstol en Efeso y, sin sentir vergüenza por sus cadenas, llegado a Roma, se interesó solícitamente por su suerte. De él escribe Pablo a Timoteo: «Que el Señor conceda misericordia a la familia de Onesíforo, pues me alivió muchas veces y no se avergonzó de mis cadenas, sino que, en cuanto llegó a Roma, me buscó solícitamente y me encontró. Concédale el Señor encontrar misericordia ante el Señor aquel Día. Además, cuántos buenos servicios me prestó en Efeso, tú lo sabes mejor» (2 Tm 1,16-18). San Zacarías. Es uno de los profetas menores del Antiguo Testamento. Fue llamado al ministerio profético el año 520 antes de Cristo. San Agustín dice en sus Enarrationes que ejerció su ministerio profético primero en Babilonia, y que luego retornó con los repatriados a Palestina donde continuó su misión. Había profetizado que el pueblo desterrado volvería a la tierra de promisión, y le anunció un rey pacífico, lo que Cristo el Señor cumplió admirablemente en su entrada triunfal a la ciudad santa de Jerusalén. Beato Bertrán de Garriges. Nació en Garrigues, diócesis de Nimes (Francia) y fue uno de los primeros discípulos y seguidores de santo Domingo de Guzmán, confidente y testigo de su vida. En 1216 era prior del convento de San Román de Toulouse, la cuna de la Orden. Enviado por el santo fundador, fundó en 1217 el convento de Saint Jacques de París. En el capítulo de 1221 fue nombrado primer provincial de Toulouse. Con el ejemplo de su vida y su sabio proceder contribuyó a la consolidación y difusión de la Orden de Predicadores. Murió en el monasterio cisterciense de Le Bouchet (Provenza, Francia) el año 1230. Beato Diego Llorca Llopis. Nació en Oliva, provincia de Valencia en España, el año 1896. En 1913 ingresó en el Seminario diocesano de Valencia y, después de hacer el servicio militar, se ordenó de sacerdote en 1925. Ejerció su ministerio en varias parroquias. La persecución religiosa lo sorprendió en Benissa. Se refugió en casa de sus padres y pronto lo detuvieron los milicianos. En la madrugada del 6 de septiembre de 1936 lo fusilaron en la «Garganta», de Gata de Gorgos (Alicante). Antes perdonó a sus verdugos y murió gritando: «¡Viva Cristo Rey!». Era un sacerdote sencillo y entregado a su ministerio, bondadoso con todos. Beatas María del Carmen Moreno Benítez y María Amparo Carbonell Muñoz. Eran dos religiosas Hijas de María Auxiliadora y formaban parte de la comunidad de Sarriá-Barcelona. Iniciada la persecución religiosa en julio de 1936, las hermanas, arrojadas de su convento, marcharon a Italia, pero estas dos se quedaron en Barcelona para acompañar a sor Carmela Xammar, que estaba recién operada. El 1 de septiembre de 1936 fueron arrestadas las tres. A la enferma la dejaron libre y el 6 de septiembre aparecieron en el Hospital Clínico de Barcelona los cadáveres de las otras dos, que presentaban herida por arma de fuego. María del Carmen nació Villamartín (Cádiz) el año 1885. A los veinte años se hizo Hija de María Auxiliadora. Estuvo destinada en varias casas y a finales de 1935 la nombraron vicaria del Colegio de Sarriá-Barcelona. Era piadosa, afable, cariñosa y dulce con todos. María Amparo nació en Alboraya (Valencia) el año 1893. De joven trabajó en el campo y llevó una vida humilde y sacrificada. El año 1923 profesó en las Hijas de María Auxiliadora en la casa de Sarriá y allí pasó toda su vida. Se dedicó a su propia formación y al ejercicio de tareas domésticas. Era sacrificada y fiel trabajadora. Beato Miguel Czartoryski. Nació en Pelkinie (Polonia) el año 1897 en la familia de los Príncipes Czartoryski. Se graduó como ingeniero en el Politécnico de Lvov, a la edad de treinta años ingresó en la Orden de Predicadores y en 1931 se ordenó de sacerdote. Lo destinaron a la formación de los novicios dominicos. A raíz de la guerra se quedó como capellán militar en Powisle, barrio de Varsovia, y se hizo cargo de la pastoral en el hospital Alfa-Laval. Cuando después llegaron los nazis, lo detuvieron y el 6 de septiembre de 1944 lo fusilaron porque no quiso renegar de la fe cristiana. Beato Pascual Torres Lloret. Nació en Carcaixent (Valencia, España) el año 1885. En su niñez y juventud vivió en un ambiente de suma pobreza, de adulto fue constructor. Contrajo matrimonio en 1911 y tuvo cuatro hijos. Era hombre de oración y comunión diarias, de sincera caridad y servicio a los demás, colaborador del párroco en labores apostólicas y sociales, miembro de asociaciones religiosas, gran entusiasta de la obra de la leprosería de Fontilles. Iniciada la persecución religiosa, continuó su vida cristiana y su apostolado, y se encargó de llevar la comunión a personas enfermas o piadosas. El 6 de septiembre de 1936 lo detuvieron y por la noche lo fusilaron en el cementerio de Carcaixent. Beato Tomás Capdevila. Nació en Forés (Tarragona) en 1903. De pequeño ingresó en el seminario de Tarragona y en 1928 fue ordenado sacerdote. Ejerció el ministerio en varias parroquias, en las que manifestó mucho celo apostólico y una gran capacidad de trabajo. Era estudioso de la arqueología. Al estallar la persecución religiosa, marchó a su pueblo y se escondió en un bosque hasta que, enfermo, regresó a su casa. Allí lo detuvieron los milicianos que, camino del martirio, se enseñaron con él antes de rematarlo cerca del cementerio de Solivella (Tarragona). Era el 6 de septiembre de 1936. Beatificado el 13-X-2013. Beato Vidal Ruiz Vallejo. Nació en Carrión de los Condes (Palencia, España) el año 1892. Profesó en la Orden de San Agustín en 1909 y se ordenó de sacerdote en 1917. Trabajó en los colegios de Ribadeo (Asturias) y Ceuta, y en 1929 lo destinaron a Uclés como maestro de profesos. Desde 1935 formaba parte de la comunidad de Gijón (Asturias). El 18 de julio de 1936 los religiosos tuvieron que refugiarse entre las familias de confianza. Cuando quiso volver al convento a recoger sus libros y sermones, el P. Vidal fue detenido y martirizado. Era el 6 de septiembre de 1936. Fue beatificado el año 2007.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico : Jesús resucitado dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17). Pensamiento franciscano : «Nuestro Señor Jesucristo -escribe Francisco a todos los fieles- puso su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre, hágase tu voluntad; no como yo quiero, sino como quieras tú. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, que él nos dio y que nació por nosotros, se ofreciera a sí mismo por su propia sangre como sacrificio y hostia en el ara de la cruz; no por sí mismo, por quien fueron hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo, para que sigamos sus huellas» (2CtaF 10-13). Orar con la Iglesia : Acudamos a Cristo, Palabra del Padre, que al acampar entre nosotros nos abrió el camino de la salvación, y digámosle: Líbranos, Señor, de todo mal. -Por el misterio de tu encarnación, por tu nacimiento y tu infancia, por toda tu vida consagrada al servicio del Padre: Líbranos, Señor, de todo mal. -Por tu trabajo, por tu predicación y tus largas horas de camino, por tu trato con los pecadores: Líbranos, Señor, de todo mal. -Por tu agonía y tu pasión, por tu cruz y tu desolación, por tus angustias, por tu muerte y sepultura: Líbranos, Señor, de todo mal. -Por tu resurrección y ascensión a los cielos, por la donación del Espíritu Santo, por tu gloria eterna, libra, Señor, a nuestros hermanos difuntos y llévalos contigo. Y a nosotros líbranos, Señor, de todo mal. Oración: Dios todopoderoso, por el nacimiento de tu Hijo en nuestra carne, líbranos del yugo con que nos domina la servidumbre del pecado. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * LA ÚLTIMA CENA. LA
CONVERSIÓN DE PEDRO Queridos hermanos y hermanas: San Lucas nos ha conservado un elemento concreto de la oración de Jesús por la unidad: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31s). Hoy comprobamos de nuevo con dolor que a Satanás se le ha concedido cribar a los discípulos de manera visible delante de todo el mundo. Y sabemos que Jesús ora por la fe de Pedro y de sus sucesores. Sabemos que Pedro, que va al encuentro del Señor a través de las aguas agitadas de la historia y está en peligro de hundirse, está siempre sostenido por la mano del Señor y es guiado sobre las aguas. Pero después sigue un anuncio y un encargo: «Tú, cuando te hayas convertido ». Todos los seres humanos, excepto María, tienen necesidad de convertirse continuamente. Jesús predice la caída de Pedro y su conversión. ¿De qué ha tenido que convertirse Pedro? Al comienzo de su llamada, asustado por el poder divino del Señor y por su propia miseria, Pedro había dicho: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). En la presencia del Señor, él reconoce su insuficiencia. Así es llamado precisamente en la humildad de quien se sabe pecador y debe siempre, continuamente, encontrar esta humildad. En Cesarea de Filipo, Pedro no había querido aceptar que Jesús tuviera que sufrir y ser crucificado. Esto no era compatible con su imagen de Dios y del Mesías. En el Cenáculo no quiso aceptar que Jesús le lavase los pies: eso no se ajustaba a su imagen de la dignidad del Maestro. En el Huerto de los Olivos blandió la espada. Quería demostrar su valentía. Sin embargo, delante de la sierva afirmó que no conocía a Jesús. En aquel momento, eso le parecía una pequeña mentira para poder permanecer cerca de Jesús. Su heroísmo se derrumbó en un juego mezquino por un puesto en el centro de los acontecimientos. Todos debemos aprender siempre a aceptar a Dios y a Jesucristo como él es, y no como nos gustaría que fuese. También nosotros tenemos dificultad en aceptar que él se haya unido a las limitaciones de su Iglesia y de sus ministros. Tampoco nosotros queremos aceptar que él no tenga poder en el mundo. También nosotros nos parapetamos detrás de pretextos cuando nuestro pertenecer a él se hace muy costoso o muy peligroso. Todos tenemos necesidad de una conversión que acoja a Jesús en su ser-Dios y ser-Hombre. Tenemos necesidad de la humildad del discípulo que cumple la voluntad del Maestro. En este momento queremos pedirle que nos mire también a nosotros como miró a Pedro, en el momento oportuno, con sus ojos benévolos, y que nos convierta. Pedro, el convertido, fue llamado a confirmar a sus hermanos. No es un dato exterior que este cometido se le haya confiado en el Cenáculo. El servicio de la unidad tiene su lugar visible en la celebración de la santa Eucaristía. Queridos amigos, es un gran consuelo para el Papa saber que en cada celebración eucarística todos rezan por él; que nuestra oración se une a la oración del Señor por Pedro. Sólo gracias a la oración del Señor y de la Iglesia, el Papa puede corresponder a su misión de confirmar a los hermanos, de apacentar el rebaño de Jesús y de garantizar aquella unidad que se hace testimonio visible de la misión de Jesús de parte del Padre. «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros». Señor, tú tienes deseos de nosotros, de mí. Tú has deseado darte a nosotros en la santa Eucaristía, de unirte a nosotros. Señor, suscita también en nosotros el deseo de ti. Fortalécenos en la unidad contigo y entre nosotros. Da a tu Iglesia la unidad, para que el mundo crea. Amén. * * * SE LE CONFIERE A PEDRO EL
PRIMADO Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?". Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero" ... Esta perícopa del santo evangelio nos recomienda la virtud del amor perfecto. En realidad, el amor perfecto es aquel con que se nos manda amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todo nuestro ser, y al prójimo como a nosotros mismos. Ninguno de estos dos amores sin el otro alcanza la cota de la perfección, pues no es posible amar de verdad a Dios sin el prójimo, ni al prójimo sin Dios. Por eso, el Señor, después de preguntar repetidas veces a Pedro si le amaba, y habiendo él respondido que el Señor mismo era testigo de que de veras lo amaba, agregó como conclusión cada una de las veces: Apacienta mis ovejas o apacienta mis corderos. Que es como si abiertamente le dijera: la única y verdadera prueba del auténtico amor a Dios consiste en el ejercicio de una diligente y laboriosa solicitud para con los hermanos. Con calculada bondad pregunta el Señor por tres veces a Pedro si lo ama, para que con esta trina confesión rompa las cadenas que lo tenían aherrojado con su triple negación, y cuantas veces, bajo el terror de su pasión, había negado conocerlo, otras tantas, reconfortado por su resurrección, afirme que lo ama de todo corazón. Con calculada economía encomienda justamente por tres veces el cuidado de apacentar sus ovejas al que por tres veces le ha confesado su amor, pues era conveniente que cuantas veces había vacilado en la fidelidad al Pastor, otras tantas veces le fuera encomendado cuidar, con renovada fidelidad, incluso los miembros de su Pastor. Lo que ahora le dice: Apacienta mis ovejas, es exactamente lo que con mayor claridad se le había dicho antes de la pasión: Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos. Por tanto, apacentar las ovejas de Cristo consiste en confirmar a los creyentes en él para que no desfallezcan en la fe, y trabajar incesantemente para que más y más se afiancen en la fe. Si bien conviene tener muy presente que este apacentar el rebaño del Señor ha de llevarse a cabo con una solicitud no uniforme, sino diversificadora. Pues el superior debe procurar diligentemente que no falten a los súbditos incluso los subsidios materiales, y ha de ser solícito en ofrecerles, junto con la palabra de la predicación, ejemplos de virtud; y si descubriera que hay quienes bloquean los intereses espirituales o incluso los comunes, opóngase en la medida de lo posible a tales presiones. Y si sus mismos súbditos llegaren alguna vez a errar, según el consejo del salmista, que el justo me golpee, que el bueno me reprenda, guárdese muy mucho de halagar sus corazones con el ungüento de una condescendencia perjudicial, pues también esto cae dentro de las incumbencias del buen pastor. En efecto, quien descuidare corregir los errores de los súbditos y curar, en la medida de sus posibilidades, las heridas que les han inferido los pecados, ¿con qué cara pretenderá ser contado entre los pastores de las ovejas de Cristo? Otra cosa debe tener el pastor bien grabada en el corazón: ha de recordar que a quienes preside debe tratarlos no como si fueran propios, sino como a rebaño de su Señor, según lo que se le dijo a Pedro: si me amas, apacienta mis ovejas. Las mías -dice-, no las tuyas. Has de saber que se te han confiado mis ovejas, a las que has de pastorear como mías, si es que me amas correctamente; recuerda que en ellas has de buscar mi gloria, mi dominio, mis intereses y no los tuyos propios. Y lo que se dijo a Pedro: Pastorea mis ovejas, se dijo a todos. Lo que fue efectivamente Pedro, lo eran asimismo el resto de los apóstoles, pero a Pedro se le confiere el primado para salvaguardar la unidad de la Iglesia. * * * DIOS PADRE EN LA
EXPERIENCIA CRISTIANA Adoración y reverencia a Dios Dios tiene siempre un nombre: no es la divinidad abstracta, ni la trinidad anónima. Francisco nombra siempre a las personas divinas, Padre, Hijo, Espíritu Santo. La teología trinitaria que posteriormente desarrollará la escuela franciscana aborda la fe trinitaria a partir de las personas, con las que cada uno puede entrar en relación de intimidad. La oración de Francisco se dirige preferentemente al Padre santísimo, al Padre todo bondad. Pues Francisco está asombrado sobre todo por la grandeza y transcendencia de Dios: «Y ningún hombre es digno de hacer de ti mención» (Cánt 2). Ante Él, hay que callarse, guardar silencio o, al contrario, acumular nombres que sugieran su grandeza y perfecciones. De ahí la importancia y la frecuencia de las oraciones en forma litánica que enumeran las grandezas del Padre: «Tú eres santo, Señor
Dios único, que haces maravillas. A la vez que adora al Padre en su grandeza, en su misterio, en su gloria, Francisco canta su misericordia, su mansedumbre, su proximidad a los humildes y pequeños, su benevolencia con todas las criaturas: «Tú eres esperanza nuestra, Conocemos a Dios como Padre gracias a la revelación que nos ha hecho su propio Hijo Jesús, a quien Francisco llama con frecuencia «el Hijo amado del Padre», «Señor del universo», «Dios e Hijo de Dios», «altísimo Hijo de Dios», expresiones que asocian la gloria de Cristo a la de su Padre. Pero, sobre todo, Cristo nos revela al Padre de quien procede todo bien, es decir, de quien procede la creación y la Salvación, por ser la Palabra eterna del Padre, y Palabra encarnada. Por eso, la acción de gracias de la Regla no bulada (1 R 23) enumera las grandes etapas de la creación y de la historia de la Salvación. La escuela franciscana heredará esta visión unificada de la obra del Padre, origen eterno de la divinidad, origen absoluto de lo creado, iniciador de la Salvación. Las criaturas son contempladas en sus relaciones con el universo material; los seres espirituales, en su relación con el fin sobrenatural, que es la meta de toda la creación. Recordamos aquí los grandes momentos de la acción de gracias de Francisco: «Omnipotente, santísimo,
altísimo y sumo Dios, Y te damos gracias porque, Y te damos gracias porque ese mismo Hijo
tuyo [En Selecciones de Franciscanismo, vol. XVIII, núm. 52 (1989) 55-60]
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