DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

22 de septiembre

Beatos Alfonso López y Compañeros,
Mártires de Granollers († 1936)

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El 11 de marzo del año 2001, el papa Juan Pablo II beatificó a 233 mártires de la persecución religiosa en España (1936-39), y estableció que su fiesta se celebre el 22 de septiembre. Son el Beato José Aparicio y 232 compañeros. Entre ellos hay 49 miembros de la Familia Franciscana: 4 Franciscanos (Bto. Pascual Fortuño y Comps.); 6 Conventuales (Bto. Alfonso López y Comps.); 12 Capuchinos y 5 Clarisas-Capuchinas (Bto. Aurelio de Vinalesa y Comps.); 19 Terciarios Capuchinos y 3 Terciarias Capuchinas (Bto. Vicente Cabanes y Comps.); además, están los Terciarios, miembros de la Orden Franciscana Seglar, laicos o sacerdotes seculares. En esta página prestamos particular atención a los Conventuales (O.F.M.Conv.), mientras remitimos a las correspondientes páginas para los demás miembros de la Familia Franciscana.

Estos son los seis franciscanos conventuales a los que dedicamos este espacio:

Alfonso López López, que encabeza el grupo, era sacerdote. Nació en Secorún (Huesca) en 1878 y fue fusilado, junto con el Beato Miguel, en Samalús (Barcelona) el 3 de agosto de 1936. Hizo los estudios eclesiásticos en Italia y, tras su ordenación sacerdotal, estuvo tres años de confesor en el Santuario de Loreto (1912-1915). Pasó el resto de su vida en Granollers (Barcelona) como docente y director espiritual.

Miguel Remón Salvador, hermano profeso, nació en Caudé (Teruel) en 1907 y fue fusilado, junto con el Beato Alfonso, en Samalús (Barcelona) el 3 de agosto de 1936. Ingresó en la Orden en Granollers, pero luego marchó a Italia e hizo la profesión solemne en Loreto donde permaneció un par de años prestando diversos servicios en la Basílica. Regresó a Granollers en 1935 para ejercer los oficios que se le confiaron, en los que siempre se mostró laborioso, afable y pacífico.

Modesto Vegas Vegas, sacerdote, nació en La Serna (Palencia) en 1912 y fue fusilado en Lliçà d'Amunt (Barcelona) el 27 de julio de 1936. Ingresó en Granollers muy joven e hizo los estudios eclesiásticos en Italia, donde recibió la ordenación sacerdotal en 1934. Su breve actividad apostólica se desarroló en Granollers sobre todo en el ejercicio del ministerio de la predicación y del confesonario.

Dionisio Vicente Ramos, sacerdote, nació en Caudé (Teruel) en 1871 y fue fusilado en Granollers el 31 de julio de 1936 junto con Beato Francisco. Ingresó en la Orden en Italia y allí realizó los estudios eclesiásticos. Ejerció diferentes ministerios tales como penitenciario en la basílica de Loreto, profesor en seminarios diocesanos y de la Orden, formador de los candidatos a la Orden, tanto en Italia como en España. Una enfermedad de los ojos limitó en la ancianidad sus actividades.

Francisco Remón Játiva, hermano profeso, nació en Caudé (Teruel) en 1890 y fue fusilado en Granollers el 31 de julio de 1936 junto con el Beato Dionisio. Pasó la mayor parte de su vida religiosa en Asís, ejerciendo el oficio de sacristán de la Basílica de San Francisco; era un reconocido belenista. En 1935 fue destinado al convento de Granollers donde se encargó de la sacristía y la portería.

Pedro Rivera Rivera, sacerdote, nació en Villacreces (Valladolid) en 1912 y fue martirizado en Barcelona a finales de agosto o principios de septiembre de 1936. Ingresó en Granollers el año 1912 y terminó la carrera en Roma. Fue ordenado sacerdote en 1935. Regresó a España como superior del convento de Granollers. Destacó por su inteligencia y buen hacer en plena juventud.

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La II República española, proclamada el 14 de abril de 1931, llegó impregnada de fuerte anticlericalismo. Apenas un mes más tarde se produjeron incendios de templos en Madrid, Valencia, Málaga y otras ciudades, sin que el Gobierno hiciera nada para impedirlos y sin buscar a los responsables para juzgarles según la ley. Los daños fueron inmensos, pero el Gobierno no los reparó ni material ni moralmente, por lo que fue acusado de connivencia. La Iglesia había acatado a la República no sólo con respeto, sino también con espíritu de colaboración por el bien de España. Estas fueron las instrucciones que el Papa Pío XI y los obispos dieron a los católicos. Pero las leyes sectarias crecieron día a día. En este contexto fue suprimida la Compañía de Jesús y expulsados los jesuitas.

Durante la revolución comunista de Asturias (octubre de 1934), derramaron su sangre muchos sacerdotes y religiosos, entre ellos los diez Mártires de Turón, 9 Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Pasionista, canonizados el 21 de noviembre de 1999.

Durante el primer semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular, formado por socialistas, comunistas y otros grupos radicales, se produjeron atentados más graves, con nuevos incendios de templos, derribos de cruces, expulsiones de párrocos, prohibición de entierros y procesiones, etc., y amenazas de mayores violencias.

Éstas se desataron, con verdadero furor, después del 18 de julio de 1936. España volvió a ser tierra de mártires desde esa fecha hasta el 1 de abril de 1939, pues en la zona republicana se desencadenó la mayor persecución religiosa conocida en la historia desde los tiempos del Imperio Romano, superior incluso a la de la Revolución Francesa.

Fue un trienio trágico y glorioso a la vez, el de 1936 a 1939, que se debe recordar fielmente para que no se pierda la memoria histórica.

Al finalizar la persecución, el número de mártires ascendía a casi diez mil: 13 obispos; 4.184 sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2.365 religiosos, 283 religiosas y varios miles de seglares, de uno y otro sexo, militantes de Acción Católica y de otras asociaciones apostólicas, cuyo número definitivo todavía no es posible precisar.

El testimonio más elocuente de esta persecución lo dio Manuel de Irujo, ministro del Gobierno republicano, que en una reunión del mismo celebrada en Valencia -entonces capital de la República-, a principios de 1937, presentó el siguiente Memorándum:

«La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aún han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde».

A los sacerdotes, religiosos y seglares que entregaron su vida por Dios el pueblo comenzó a llamarles mártires porque no tuvieron ninguna implicación política ni hicieron la guerra contra nadie. Por ello, no se les puede considerar caídos en acciones bélicas, ni víctimas de la represión ideológica, que se dio en las dos zonas, sino mártires de la fe. Sí, hoy los veneramos en los altares como mártires de la fe cristiana, porque la Iglesia ha reconocido oficialmente que entregaron sus vidas por Dios durante la persecución religiosa de 1936.

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El papa Juan Pablo II decía en la homilía de la misa de beatificación el 11 de marzo del 2001:

«Podemos preguntarnos: ¿Cómo son los hombres y mujeres "transfigurados"? La respuesta es muy hermosa: Son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio; los que -en pocas palabras- viven amando y mueren perdonando.

»Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado. Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos. (...)

»¡Cuántos ejemplos de serenidad y esperanza cristiana! Todos estos nuevos Beatos y muchos otros mártires anónimos pagaron con su sangre el odio a la fe y a la Iglesia desatado con la persecución religiosa y el estallido de la guerra civil, esa gran tragedia vivida en España durante el siglo XX. En aquellos años terribles muchos sacerdotes, religiosos y laicos fueron asesinados sencillamente por ser miembros activos de la Iglesia. Los nuevos beatos que hoy suben a los altares no estuvieron implicados en luchas políticas o ideológicas, ni quisieron entrar en ellas. Bien lo sabéis muchos de vosotros que sois familiares suyos y hoy participáis con gran alegría en esta beatificación. Ellos murieron únicamente por motivos religiosos. Ahora, con esta solemne proclamación de martirio, la Iglesia quiere reconocer en aquellos hombres y mujeres un ejemplo de valentía y constancia en la fe, auxiliados por la gracia de Dios. Son para nosotros modelo de coherencia con la verdad profesada, a la vez que honran al noble pueblo español y a la Iglesia. (...)

»¡Que su recuerdo bendito aleje para siempre del suelo español cualquier forma de violencia, odio y resentimiento! Que todos, y especialmente los jóvenes, puedan experimentar la bendición de la paz en libertad: ¡Paz siempre, paz con todos y para todos!

»Queridos hermanos, en diversas ocasiones he recordado la necesidad de custodiar la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio».

En su meditación mariana de la hora del Ángeles, al final de la misa de beatificación el 11 de marzo del 2001, Juan Pablo II decía entre otras cosas:

«Estos nuevos beatos confiaron en ella, la Virgen fiel, en los momentos dramáticos de la persecución. Cuando se les impidió profesar libremente la fe o, después, durante su permanencia en la cárcel, para afrontar el momento supremo, encontraron un apoyo constante en el santo rosario, rezado a solas o en pequeños grupos. ¡Cuán eficaz resulta esta tradicional oración mariana en su sencillez y profundidad! El rosario constituye en todas las épocas una valiosa ayuda para innumerables creyentes».

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Los seis mártires a los que dedicamos esta página eran miembros de la comunidad religiosa de Granollers (Barcelona), la única que la Orden de Hermanos Menores Conventuales había erigido en España, a principios del siglo XX, después de la supresión llevada a cabo por el rey Felipe II en 1567. En esa comunidad se inició, en 1906, el Seminario de la futura Provincia de España, y en ella se encontraban el postulantado y el noviciado. A partir de 1931 no se pudo acoger a nuevos jóvenes, pero en 1935 de nuevo se promovió la animación vocacional llegando a tener, durante el curso 1935-36, un grupo de diecisiete jóvenes. Acabado el curso escolar, las cosas se fueron deteriorando. La violenta persecución que se levantó en el verano de 1936 sorprendió a los religiosos en sus puestos de trabajo, dispuestos a confesar su fidelidad a Cristo.

El domingo 19 de julio de 1936 aún se celebran las misas según el horario habitual, pero a lo largo del día va creciendo el clima revolucionario. La comunidad religiosa cena hacia las ocho de la tarde, aunque con el desasosiego natural que nace de las noticias que llegan del ámbito nacional y las que diversas personas les comunican sobre la preocupante situación que se ha creado en Granollers. Terminada la cena, los postulantes son distribuidos entre las familias con las que se había conectado precedentemente, y el resto de la fraternidad se dispersa para pasar la noche fuera del convento; sólo se queda en él Fr. Buenaventura Remón. En la tarde del 20 de julio, los milicianos de la FAI quemaron la iglesia y el convento, mientras que los religiosos se dispersaron y buscaron refugio junto a amigos y bienhechores. Sin embargo, muy pronto fueron descubiertos y, en fechas distintas, del 27 de julio a los primeros días de septiembre, fueron arrestados, encarcelados, juzgados sumariamente, cuando lo fueron, y, en fin, asesinados por el simple hecho de ser religiosos y sacerdotes franciscanos.

A continuación ofrecemos una reseña biográfica de los Beatos basada principalmente en las actas del Proceso de beatificación según refiere el P. Valentín Redondo en Vida Nueva n. 2294 (13-I-2001).

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Beato Alfonso López López (1878-1936)

El P. Alfonso nació en Secorún, provincia de Huesca y diócesis de Jaca, el 16 de noviembre de 1878. En el bautismo le pusieron el nombre de Federico. Cursó humanidades y desempeñó diversos oficios civiles, entre ellos el de secretario de ayuntamiento. Queriendo responder a su vocación religiosa, pensó ingresar entre los benedictinos en una abadía de Australia. Desconocemos los motivos que le obligaron a desandar tan largo viaje. Lo cierto es que a la edad de 27 años ingresó como postulante en el convento de Granollers, el 25 de julio de 1906. En octubre del mismo año Federico fue enviado a Italia en compañía de Francisco Remón. En abril del año siguiente inicia el noviciado en Ósimo, y al hacer la profesión temporal cambia el nombre de pila por el de Alfonso. Cursa el trienio de Teología y emite la profesión solemne allí mismo y es ordenado sacerdote el 24 de diciembre de 1911.

Tras una breve estancia en España, es destinado a la Penitenciaría de la santa Casa de Loreto, donde permanece durante el trienio 1912-15. De nuevo en Granollers, ejerce diversos servicios: la dirección de las Escuelas Antonianas -colegio externo-, en las que trabaja como maestro de tercera elemental, siendo además experto en latín y otras ciencias. Durante muchos años fue rector de postulantes y maestro de novicios. Alumnos suyos y también novicios fueron los beatos Modesto Vegas, Pedro Rivera y Miguel Remón. También fue por breve tiempo guardián del convento de Granollers. El ministerio de la reconciliación y el acompañamiento espiritual fueron campos de su apostolado predilecto. Tanto los seminaristas de Granollers como el pueblo fiel encontraban en él un apóstol del confesonario como lugar en el que el sacramento de la penitencia expresa y celebra el perdón de los pecados y la conversión. Casi toda su vida discurre en Granollers, pero siempre estaba dispuesto a dejarlo cuando le proponían otros objetivos, como fundar en Barcelona o en Santo Toribio de Liébana (Santander).

Según el testimonio de quienes lo conocieron bien, la figura del P. Alfonso es la de un fraile íntegro, un franciscano que quiere vivir su carisma, su profesión religiosa y su ministerio sacerdotal con una entrega total. El padre Ángel Salvador nos ha transmitido un interesante retrato de su personalidad: «El P. Alfonso es joven que promete con su seriedad y cultura, unida a un espíritu religioso observante y, no obstante que haya entrado en la Orden en edad avanzada, la ama -tiene 36 años-, pero tiene una enfermedad incipiente de pecho y no se le pueden dar trabajos gravosos, según el parecer del médico, para que pueda ser paralizada; ahora parece que se ha recuperado y lleva adelante la casa». Además, era una persona querida tanto por los párrocos y los feligreses que frecuentan la iglesia conventual de Granollers como por las familias que enviaban sus hijos a estudiar a las Escuelas Antonianas; los mismos jóvenes encontraban en él una persona acogedora.

También hay que subrayar que contribuyó enormemente a la formación espiritual de los jóvenes aspirantes a la vida franciscana. Maestro de los novicios, era hombre de mucha oración, serio y observante. A los formandos les inculcaba la devoción a la Eucaristía y a la Virgen María, bajo la forma llamada de «esclavitud mariana», según la espiritualidad de San Luis Griñón de Montfort. Sentía y manifestaba un gran cariño y aprecio hacia los candidatos a la vida religiosa, y esa misma ternura y estima la tenía para con los alumnos de las Escuelas Antonianas.

Fue inmolado junto con Fr. Miguel, como veremos más adelante.

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Beato Miguel Remón Salvador (1907-1936)

Fray Miguel nació en Caudé (Teruel) el 17 de septiembre de 1907, y en el bautismo se le puso el nombre de Eugenio, que cambió por el de Miguel al emitir los votos temporales. Entró en Granollers en septiembre de 1925. Por esa misma fecha llegaban otros tres chicos de Castilla, entre ellos Pedro Rivera, compañero de Beatificación. Terminado el noviciado, hizo la profesión de votos temporales el 11 de noviembre de 1928.

En Granollers pasó cuatro años viviendo la fraternidad y la minoridad como regalo y don a los demás hermanos en el ejercicio de diversos servicios humildes, pero que son fundamentales para la buena marcha de la vida en familia: fue cocinero, portero y, en tiempo libre, limosnero para el seminario. En marzo de 1933 marchó a Italia, a la Penitenciaría de Loreto. En la «Santa Casa» emitió los votos perpetuos el 14 de julio de 1933. Permaneció allí hasta 1934, fecha en la que se cierra la presencia franciscana conventual en la Penitenciaría lauretana, y luego regresó a España.

Fray Miguel era de «carácter afable, pacífico, muy idóneo para el desempeño de todas las tareas de hermano religioso». Entre sus hermanos de fraternidad y la gente que lo conocía, tanto de la ciudad de Granollers como de los alrededores, era considerado «un santo varón dotado de una fe extraordinaria».

Martirio de los Beatos Alfonso y Miguel

El domingo 19 de julio de 1936, Alfonso y Miguel pasaron la noche en casa de la familia Comas Mas, el carnicero del convento. A la mañana siguiente volvieron al convento para celebrar la santa misa; les acompañaba fray Buenaventura Remón. Al despedirse de la familia que les había hospedado, reconociendo el borrascoso momento que se cernía sobre la Iglesia y, en particular, sobre los sacerdotes, frailes y monjas, Alfonso dijo: «¡Que se cumpla la voluntad del Señor! ¡Estoy dispuesto a morir por Dios!» Y Miguel se despidió del señor Comas con estas palabras: «¡Haré lo que Dios quiera de mí! ¡Estoy dispuesto a morir por Cristo!»

Hacia las diez de la mañana de aquel 20 de julio, irrumpió en el convento un grupo de milicianos con el fin de registrar la casa, pensando que encontrarían armas. A Buenaventura lo dejaron en la planta baja custodiado. Acompañados por Alfonso y Miguel, registraron toda la casa. Al no encontrar lo que buscaban, les amenazaron con incendiar el convento -lo que hicieron por la tarde- y matarlos, si los encontraban allí en su próxima visita.

Con el susto metido hasta los tuétanos, y la muerte como presagio anunciado, cada uno de los religiosos salió con la intención de buscar una casa que los acogiese. Por caminos distintos los tres frailes se volvieron a encontrar, sin previo acuerdo, en la masía Can Diego, en Llerona. La familia era bienhechora del convento y tenía un sobrino estudiando en las Escuelas Antonianas. Yendo las cosas de mal en peor, Alfonso escribe a su hermano Saturnino, residente en Barcelona, suplicándole que le procurase un pasaporte. Al mismo tiempo que intentan huir de la muerte, se preparan para ella. Cuenta la señora Antonia Nualart Palau, dueña de Can Diego, que con frecuencia les oía decir que ofrecían «su vida por la salvación de España y de la Iglesia. Constantemente rezaban el santo rosario».

El 3 de agosto, en torno a las cinco de la tarde, un grupo de milicianos de la FAI, entre los que se encuentran algunos que habían sido alumnos del P. Alfonso en las Escuelas Antonianas, registra la casa. Allí son descubiertos los tres religiosos. Los milicianos les invitan a abjurar de la fe, pero no respondieron nada. Los esposan y les dan patadas. Incitan a Miguel a blasfemar, pero él responde con energía: «¡Perdónales, Señor!» A las blasfemias e insultos que lanzan contra ellos, responde Alfonso con el perdón: «¡Señor, perdonadles, porque no saben lo que hacen!»

Arrestados, se les ordena subir a un furgón, y son conducidos al lugar denominado Dels Puatells, término municipal de Samalús del Vallés. Inician así su camino al Calvario. Mientras los conducen al sacrificio les dicen que son «los últimos que mataban, que los demás ya habían muerto», y divulgaban la fortaleza y el espíritu de fe del P. Dionisio, pronunciando uno de los milicianos estas palabras: «Así mueren los hombres». Durante el trayecto, el P. Alfonso «exhortó a los hermanos Buenaventura y Miguel a que hiciesen un acto de contrición y les daría la absolución». Uno de los esbirros se dio cuenta del gesto de la absolución y mandó parar el coche «de la muerte». La comitiva se detuvo. Dirigiéndose a sus camaradas, les dice «¡que había que fusilar inmediatamente a esta calaña de gente!» Pasado el momento de cólera, el coche reanudó su marcha, hasta llegar al bosquecillo Dels Puatells, distante un kilómetro y medio de Samalús. Aquí se les invita de nuevo a apostatar, pero ellos permanecen firmes en su fe.

En las últimas horas de la tarde de aquel 3 de agosto, unos disparos de fusil acaban con la vida de Alfonso y de Miguel. Buenaventura es dado por muerto al caer envuelto en su propia sangre, al lado de sus compañeros de martirio. Los verdugos regresan al Comité en busca de otras víctimas y, al marchar, convencidos de que están muertos, no les dan el tiro de gracia, les dan un puntapié, mientras que el jefe del pelotón exclama: «¡Vámonos, ya han caducado!» Fray Buenaventura Remón intenta cerrar su hemorragia y huye del lugar. Él es quien narrará, de primerísima mano, los hechos vividos en propia carne, cuyas cicatrices atestiguaban su veracidad. Cuando los de la FAI, al cabo de una hora, regresan con tres ataúdes para recoger los cuerpos de los fusilados, quedan sorprendidos al ver que sólo hay dos. Los cuerpos de Alfonso y de Miguel fueron recogidos y enterrados tres días después en el cementerio de La Garriga del Vallés, a unos cinco kilómetros de Granollers, en una fosa común, en la que posteriormente fueron inhumados muchos más.

Según testimonio fehaciente, uno de los sicarios manifestó, entre otras cosas, que el P. Alfonso, antes de morir, les dijo: «¡Vosotros me matáis; yo os perdono y espero que Dios os perdone también!» Por su parte, el señor Mariano Gudayol, que conocía al P. Alfonso, testifica: «Sólo quiero añadir que uno de los asesinos del P. Alfonso... me dijo que el Siervo de Dios les había perdonado y que rogaría por ellos desde el cielo para su conversión».

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Beato Modesto Vegas Vegas (1912-1936)

El P. Modesto nació el 24 de febrero de 1912 en La Serna (Palencia). Hizo los estudios primarios en la escuela de su pueblo, e ingresó en el Seminario de Granollers en 1924. Aquí estudió humanidades, teniendo como profesores, entre otros, a los beatos Alfonso López y Dionisio Vicente. Hace allí mismo el noviciado con el P. Alfonso como maestro, y emite la profesión temporal el 27 de octubre de 1929. Comienza la filosofía en Granollers, pero completa los estudios eclesiásticos en Ósimo (Italia). Allí hace la profesión solemne, y es ordenado sacerdote el 29 de junio de 1934.

Regresa a España el 9 de octubre de aquel mismo año. En Granollers ejerce los ministerios de la predicación y de la reconciliación, apostolados que también desempeña en la comarca del Vallés Oriental. El ministerio de la reconciliación le permite ser portador y regalador de la misericordia de Dios Padre a los muchos penitentes que se acercaban a la iglesia conventual de Nuestra Señora de Montserrat y San Antonio de Padua. Su enfermedad y el dolor que le causaba, tanto físico como moral, le permitía ser generoso y acogedor con quienes se acercaban al confesonario y buscaban el perdón de Dios.

El 19 de julio de 1936, el P. Modesto dejó el convento y se refugió en casa de la terciaria franciscana Dolores Artigas Font, casada con José Anglada Artigas, en cuya casa prestaba servicios domésticos Carmen, hermana del religioso. Allí permaneció hasta el 27 de julio. Algunos vecinos debieron de alertar a la señora Dolores sobre los planes que los milicianos tenían de registrar su casa. El P. Modesto, enfermo como se encontraba, hacia las tres de la tarde abandonó dicha casa acompañado por su hermana Carmen, y se dirigió al Hospital-Asilo de Granollers, donde equivocadamente se creía que estaría más seguro. A mitad del camino, en el paso a nivel del tren en la antigua carretera de Cardedeu y a corta distancia del hospital, a pesar de que iba vestido de seglar, un grupo de niños lo reconoció y comenzaron a gritar y a llamarle por su nombre: «¡Padre Modesto! ¡Padre Modesto!» Esto alertó a un grupo de milicianos de la FAI, que se hallaban desparramados por todas las esquinas de Granollers, y lo detuvieron.

Inmediatamente lo condujeron al Comité Revolucionario de Granollers, delante del cual confesó su condición de religioso franciscano y sacerdote. Por este motivo fue víctima de todo género de injurias y vituperios: sólo por ser fraile y sacerdote fue inmediatamente detenido, para horas más tarde ser conducido a la muerte. Le pidieron la documentación, a lo que respondió que no la tenía consigo, pero que se encontraba en casa de su hermana. Cuenta su hermana Carmen, que siempre permaneció al lado de Modesto, que durante el interrogatorio «los del Comité preguntaron a mi hermano si era religioso, lo que no negó ni afirmó. Fui yo la que negué esta condición de mi hermano, con el fin de salvarlo de una muerte que creía segura. Nos invitaron a sentarnos un momento para que nos recordáramos de esto. Durante este tiempo, mi hermano me rogó que no ocultase su condición de religioso, y yo me oponía a ello. Interrogado nuevamente, aun siendo consciente del peligro mortal que implicaba semejante confesión, mi hermano afirmó ser religioso: "Soy un religioso y sacerdote franciscano!" A la confesión de mi hermano, los rojos prorrumpieron en horrendas blasfemias, y en acusaciones contra los curas y los frailes». «Entonces mi hermano, con calma y serenidad, replicó: "¡No es cierto! ¡Los curas y los frailes no hacemos mal a nadie! ¡Por el contrario, hacemos todo cuanto está a nuestro alcance en beneficio de los demás!" Entonces un ex-seminarista, lleno de ira y de rabia, contestó: "¡No seas embustero! ¡Yo he estudiado con curas y frailes y os conozco bien! ¡Todos debéis ser quemados vivos!"»

Acabado el interrogatorio dejaron en libertad a Carmen y no así Modesto, a quien inmediatamente hicieron subir a un camión, con la excusa de llevarlo a la cárcel. El camino no era el de la prisión, sino el del martirio. Lo condujeron al bosque de Can Montcada, término municipal de Lliçà d'Amunt, a unos cuatro kilómetros de Granollers, donde fue fusilado hacia las cinco de la tarde de aquel 27 de julio de 1936. En su vía dolorosa había continuado el diálogo entre el condenado a muerte y los verdugos, por cuanto refiere Dolores Anglada, que dice haberlo oído contar a uno de los asesinos del P. Modesto. Éste les dijo: «¿Me lleváis a la muerte?» «¡No!», le respondieron ellos. Pero el P. Modesto, que estaba seguro que pretendían su muerte, les dijo: «¿No tenéis compasión con un pobre enfermo?» Le respondieron: «¡Si realmente estás enfermo, ya no tienes nada que hacer en esta vida! ¡Nosotros te vamos a llevar a un lugar donde, según tus creencias, estarás mucho mejor!»

Su cuerpo estuvo abandonado tres días, hasta la tarde del 30 de julio. Fue enterrado en el cementerio de Lliçà d'Amunt en una fosa común. El acta de defunción lo describe como «sujeto desconocido, de unos veinticinco a treinta años».

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Beato Dionisio Vicente Ramos (1871-1936)

El P. Dionisio vio la luz el 9 de octubre de 1871 en Caudé (Teruel). En 1886 dejó la familia y su tierra natal, y con el P. Miguel Salvador, restaurador de la Orden Franciscana Conventual en España, marchó a Italia e ingresó en la Orden en Montalto (Las Marcas), pues entonces los Conventuales no tenían casa alguna en España. Hizo el noviciado en San Miniato (Pisa, Toscana), y el 1 de noviembre de 1888 emitió los votos temporales. Realizó los estudios de filosofía en Bagnoregio, donde hizo la profesión solemne en 1891, y los de teología en Roma, en la Universidad de Propaganda Fide, obteniendo el grado de doctorado. Fue ordenado sacerdote en Roma el 26 de julio de 1894.

Acabados los estudios, enseñó filosofía en el Seminario de Bagnoregio de 1894 a 1899. De 1899 a 1902 fue vicario de la parroquia de la Inmaculada de Civitavecchia, y profesor de filosofía en el Seminario diocesano. Durante el trienio 1902-1905 estuvo de vicario en la parroquia de Anzio. En 1905 lo nombraron penitenciario de Loreto, donde estuvo hasta 1912 en que volvió a España. En Granollers ejerció, en diversas etapas, los ministerios de rector de postulantes, maestro de novicios, director espiritual del Seminario, guardián del convento y profesor del Seminario, de las Escuelas Antonianas y de un colegio público. En 1930 volvió a Italia, a Brescia, donde permaneció hasta el 1932 como profesor del Seminario. En este tiempo fue también maestro de novicios.

El P. Dionisio era de carácter fuerte, hombre de oración, muy devoto, acérrimo defensor de la libertad y de la justicia, enemigo del ocio, muy culto. Fruto de su dedicación al estudio fue la traducción, y publicación, de un libro del francés al italiano y de otros del italiano al español, en el campo de la historia y de la espiritualidad. Al quedarse casi ciego, por razón de las cataratas, el tiempo libre que le dejaba el ministerio del confesonario lo dedicaba a hacer rosarios, encuadernar libros, remendar y coser la ropa. Los testigos describen los rasgos de su personalidad como los de un religioso con un gran amor a la Orden, muy trabajador, de profundo espíritu religioso y de conducta moral y religiosa intachable, de gran virtud y lleno del espíritu de Dios.

Sufrió el martirio junto con Fr. Francisco Remón, como veremos más adelante.

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Beato Francisco Remón Játiva (1890-1936)

Fray Francisco nació en Caudé (Teruel) el 22 de septiembre de 1890. Entró como postulante en Granollers el 22 de febrero de 1906, y en octubre de aquel mismo año marchó a Italia en compañía del P. Alfonso López. Su destino era Asís, el Sacro Convento. De 1909 a 1911 se halla en Costacciaro, convento de la Provincia Umbra, pero en 1911 vuelve a Asís, donde hace el año de noviciado, emite la profesión temporal en 1912 y la solemne en 1916. En el Sacro Convento permaneció hasta 1935, ejerciendo por espacio de casi veinte años el oficio de sacristán de la Basílica de San Francisco.

Ya desde 1914 Fr. Francisco colaboraba de manera delicada y artística en la realización del Belén en la Basílica de San Francisco. Aprendió tan bien este primoroso arte que, a la muerte del P. Alfonso Piccini, infatigable artista de "belenes", «se pudo continuar -dice la revista Miscellanea Francescana- la noble y tan franciscana tradición de los belenes, organizado por el sacristán de la Basílica, el joven español Fray Francisco Remón Játiva, alumno aventajado del llorado P. Piccini». En Asís se le recuerda como persona de «ánimo exquisitamente dulce». A finales de 1935 vuelve a España poco antes de Navidad. El guardián del convento de Granollers le encarga las tareas de sacristán de la iglesia y portero del convento, y, en algún momento, limosnero, encargos que cumple con gran diligencia, siendo ejemplo de virtud para cuantos lo tratan.

Martirio de los Beatos Dionisio y Francisco

Fray Francisco salió del convento el 19 de julio de 1936 y pasó la noche en un molino de piensos, en la carretera de Caldas, propiedad del señor Gasó, a quien mataron pocos días más tarde en su propio domicilio. Al día siguiente, lunes 20 de julio, volvió al convento donde se encontró con su hermano fray Buenaventura Remón. Éste le aconsejó que se marchara y buscara una familia donde refugiarse. Se encaminó a la casa de la familia Palau, y María, una de las hijas de la familia, le invitó a quedarse en su domicilio, junto a la estación del Norte de Granollers; allí permaneció una noche y un día. El lugar no era demasiado seguro, pues la familia Palau era conocida como católica practicante. En efecto, el registro llegó pronto.

María Palau dice que fray Francisco, «durante el tiempo que estuvo en mi casa, estaba silencioso y rezaba el santo Rosario. Estaba muy resignado con la voluntad de Dios. En cierto momento dijo delante de los demás miembros de mi familia: "¡Ojalá el Señor me conceda la gracia de morir mártir! ¡No soy digno! ¡No tendré tal suerte!" Cuando en las últimas horas de la tarde del 20 de julio le comuniqué que la iglesia y el convento eran pasto de las llamas, me dijo: "Quizás sufra el martirio, pero no me considero digno de semejante gracia"». Abandonó la casa Palau y, en la búsqueda de un refugio más seguro, fue detenido y conducido a la cárcel de Granollers.

En la cárcel se confesó con el párroco de Palou. Por otra parte, allí fue maltratado sólo por ser fraile, y los golpes le acarrearon una hemorragia interna. El carcelero intervino para que le trasladasen al hospital de Granollers y recibiese asistencia médica. En el hospital se encontró con el P. Dionisio, a quien el 19 de julio por la noche, debido a su ceguera y a su avanzada edad, el guardián, P. Pedro Rivera, le aconsejó que se acercara al Hospital de Granollers, donde supuestamente estaría más seguro, ya que era regentado por las Hermanas Carmelitas de la Caridad de la Madre Vedruna. Los días que pasó en el centro hospitalario los dedicó a la oración y la meditación, de manera especial al rezo del santo Rosario y la Corona franciscana.

Fr. Francisco y el P. Dionisio fueron hechos prisioneros el 31 de julio de 1936, en las primeras horas de la tarde. Entre insultos y golpes los obligaron a subir al camión "fantasma" o de la "muerte". Una religiosa se atrevió a decir a los del Comité refiriéndose al P. Dionisio: «¿No veis que es anciano y está ciego?» A lo que le respondieron: «Ya le haremos nosotros una operación dentro de unos instantes que le curará inmediatamente la vista». Ya en el camión, los llevaron al término de Els Tres Pins, en la carretera que conduce de Granollers a Cardedeu. Llegados allí, todo decidido, fueron sacrificados inmediatamente mediante disparos de arma de fuego. Fray Buenaventura Remón da testimonio de la fe ardiente que llameaba en el interior de estos mártires en momentos tan difíciles, cuando atestigua que él mismo, mientras era conducido a la muerte, oyó decir a los asesinos de su hermano Francisco y del Padre Dionisio: «¡Así se muere, ésos son héroes!», admirados por su valentía e intrepidez ante la muerte. El martirio fue lento y desgarrador. El propietario de una masía cercana a Els Tres Pins testificó que el Padre Dionisio tuvo una agonía larga, de unas tres horas. En medio de gritos de dolor y revolcándose, pedía auxilio, pero nadie se atrevió a acercarse. El pánico cundía en la comarca por casos semejantes y la muerte pendía, como una espada de Damocles, sobre quien atendiese a estos condenados. Sus cuerpos permanecieron insepultos durante tres días. Después fueron inhumados en una fosa común en el cementerio de La Roca del Vallés, municipio al que pertenecía el lugar de Els Tres Pins, sin que hayan podido ser identificados.

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Beato Pedro Rivera Rivera (1912-1936)

El P. Pedro Rivera nació en Villacreces (Valladolid) el 3 de septiembre de 1912, y en el bautismo le pusieron el nombre de Cándido que, al iniciar el noviciado, cambió por el de Pedro, el de Alcántara. Ingresó en Granollers el 11 de septiembre de 1925. Tomó el hábito y comenzó el noviciado en este mismo convento de Granollers, bajo la dirección del padre Ángel Salvador, guardián y maestro de novicios. Cursó la filosofía en Granollers (1928-30) y continuó los estudios eclesiásticos en Ósimo (Italia) (1930-33). En 1933 se trasladó a Roma, al Colegio Internacional de los Conventuales, donde estudió cuarto de Teología, y obtuvo la licencia en 1935. También en Roma hizo la profesión solemne, y fue ordenado sacerdote el 21 de abril de 1935.

Terminada la licencia en Teología, vuelve a España el 29 de julio de 1935. El 8 de diciembre de aquel mismo año es nombrado guardián del convento de Granollers, reconociéndosele, a pesar de su juventud, su talento, piedad y prudencia. En este ministerio permanece hasta iniciada la persecución religiosa que le llevaría al martirio. En carta al Ministro general de los franciscanos conventuales escribe sobre su guardianato: «Aunque sinceramente me reconozca incapaz de poder ser guía de esta comunidad que me confía con mis ejemplos y palabras, humildemente aceptaré sus disposiciones, confiando en que siendo éstas para mí la voluntad de Dios, su gracia no me abandonará jamás, y siendo ésta la voluntad de vuestra paternidad reverendísima no me faltará tampoco su bendición, la ayuda de sus fervientes oraciones y, sobre todo, sus santos y sabios consejos, advertencias y correcciones, para que primeramente pueda ser un bueno y santo religioso franciscano y, luego, pueda hacer el bien a los demás».

La personalidad humana y espiritual del P. Rivera se deduce del saludo de despedida del Rector del Colegio Internacional de Roma: «Hoy deja nuestro Colegio, para regresar a su patria, el P. Pedro Rivera, joven de conducta ejemplarísima en todo y por todo». El P. Antonio Blasucci, compañero de estudios en el Colegio Internacional, dice de él: «La impresión más acentuada que guardo se refiere a su madurez humano-espiritual y la seriedad en el cumplimiento de los deberes colegiales. Era muy servicial y amable. Tenía dotes artísticas, especialmente para la pintura». Otros compañeros de curso del Colegio Romano le recuerdan como joven «siempre sereno, sonriente y ejemplar en todo». Aunque pequeño de estatura, el más pequeño del colegio -dice otro-, sin embargo, su oficio de «viceprefecto del Colegio» lo realizaba con desenvoltura y serenidad, siendo la admiración de los compañeros.

El 19 de julio de 1936 pasa la noche en casa de la familia Corbera-Palau, muy cerca del convento. Al día siguiente por la mañana regresó al convento; celebró la misa, pero se vio obligado a huir, hospedándose en casa de la familia Sacamás. Aquí estuvo unos tres días. Durante el día se escondía entre las viñas, mientras que por la noche se ponía a resguardo, siempre con el miedo en el cuerpo, porque se buscaba con insistencia y minuciosidad no sólo a sacerdotes y frailes sino también a laicos católicos, de tal manera que la primera víctima de estos días en Granollers fue el señor Puntas, un católico practicante.

Fue hecho prisionero el 25 de julio de 1936, en las primeras horas de la tarde; le ordenan salir de la casa y lo detienen fuera. Arrestado, lo conducen a la cárcel de Granollers. Allí se encuentra con los escolapios Jaime Castelltort Cuadreny y Ramón, el coadjutor de Llinars del Vallés, mosén Martí Puntas, y el de Granollers, mosén Juliá, y los franciscanos conventuales Pedro Melero y Lorenzo Castro. A los compañeros de prisión les decía: «Yo ya sé lo que tengo que hacer. Si tengo que morir, moriré gritando: ¡Viva Cristo Rey!»

Gracias a la amistad que unía a mosén Juliá con el jefe del Comité de Granollers, señor Roca, salvaron la vida todos los sacerdotes y religiosos que había en la cárcel, recibiendo un pase para salir de ella. Durante los tres días que duró la prisión, no recibieron ningún alimento de parte del encargado de la vigilancia, un señor muy liberal, pero siempre respetuoso con los sacerdotes y religiosos encarcelados. La comida les llegaba de mano de algún bienhechor, como la señora Carbó, o los familiares de los otros sacerdotes.

El P. Pedro, el 27 de julio por la mañana, con el salvoconducto en la mano y ya en la calle, se dirige a casa de Juan Llistuella, constructor de obras que trabajaba en el convento. Allí permaneció algunas semanas, sufriendo «por la muerte de sus hermanos». En la segunda mitad de agosto se traslada a Barcelona, a casa de una familia pariente del P. Castro y de su mismo pueblo. Le acompaña el Sr. Llistuella. Desde Barcelona escribe su última carta, el 19 de agosto de 1936, al P. Esteban Marcos, penitenciario en la Basílica de San Pedro del Vaticano, en la que le notifica «la muerte de Dionisio, Francisco, Vegas, y quizá también de Buenaventura, López, Cisneros, pues nada hemos podido saber de ellos».

El 22 de agosto de 1936, denunciado, cayó en manos de uno de los muchos comités de Barcelona, tal vez el de la «Telefónica». Cuando el Comité llega a la casa y pregunta expresamente por un religioso que allí tienen escondido, el P. Rivera, que oye la conversación, se presenta espontáneamente diciendo: «¡Soy yo, a vuestra disposición estoy!» Antes de abandonar la casa se dirigió a la propietaria del piso diciéndole: «Adiós, señora Gregoria, muchas gracias por todo, perdone por las molestias». Testigo del arresto fue Eulogio García, postulante en el seminario de Granollers y sobrino de la señora de la casa, Gregoria del Río. Cuando los del Comité entran en casa, refiere Eulogio, el P. Rivera se entrega voluntariamente. No le dijeron nada, ni le maltrataron. Cuando van a salir con el prisionero, uno del grupo se dirige a él con estas palabras: «Chaval, tus trece años te libran de correr la misma suerte que tu camarada». Por su parte, la Sra. Gregaria dice: «Tal como pude apreciar, el arresto del P. Rivera no daba señales de que fuese por motivos de venganza, "porque ni se conocían", sino porque era religioso"». Con fecha del 24 de agosto de 1936, en un «pro memoria» del Procurador general de la Orden, se daba como ciertamente vivo al P. Pedro Rivera. Murió asesinado a finales de agosto o principios de septiembre de aquel año.

No se conoce con certeza la forma de martirio que sufrió. Según afirman algunos, fue conducido a Montcada Bifurcación y/o lo tiraron vivo a un pozo, como hicieron con muchos, o lo fusilaron y enterraron en el cementerio de la misma localidad. Otros sostienen que lo mataron en la Arrabassada de Barcelona. Mientras que unos terceros aseguran que su cuerpo, no saben si vivo o muerto, fue entregado como pasto y comida a una piara de cerdos que la FAI había instalado en el convento de San Elías, donde se encontraba la famosa «checa». No se ha podido saber nada más sobre la muerte de Pedro Rivera, ni se ha encontrado o identificado su cadáver. Es cierto, y ésta ha sido siempre la voz de la Provincia religiosa y de la gente que le conocía en Granollers y Barcelona, que fue asesinado por ser sacerdote y religioso. El Martirologio de la Diócesis de Barcelona dice sucintamente: «Fusilado en la Rabasada (Barcelona), el seis de septiembre de dicho año (1936)».

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