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| DÍA 5 DE SEPTIEMBRE
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* * * Santos Aconto, Nono, Herculano y Taurino. Sufrieron el martirio en Porto Romano, cerca del actual Fiumicino (Roma, Italia), en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana. San Alberto (o Alperto). Fundador y primer abad del monasterio de Butrio, en la diócesis de Tortona (Liguria, Italia). Murió el año 1073. San Bertino (o Bertín). Nació en Constanza (Alemania) y entró en el monasterio de Luxeuil hacia el año 642. Junto con otros monjes marchó a la diócesis de Thérouanne (Francia) para fundar el monasterio de Sithieu, del que fue el segundo abad, después de san Mummolino. Gobernó su monasterio con sabiduría y gran santidad, lo que atrajo muchas vocaciones. Murió el 5 de septiembre del año 698 y fue sepultado, junto con san Mummolino, en el monasterio que habían fundado. Santos Pedro Nguyen Van Tu y José Hoàng Luong Canh. Son dos santos vietnamitas, de la familia dominicana, que fueron decapitados por su fe. Pedro nació el año 1796, se ordenó de sacerdote a los treinta años y poco después, en 1827, profesó en la Orden de Santo Domingo. Ejerció un fecundo apostolado en varias parroquias, y en la persecución religiosa continuó ejerciendo su ministerio clandestinamente. Lo detuvieron y en el juicio confesó sin ambages su fe cristiana. Le exigieron que apostatara y que, como signo de ello, pisara la cruz, pero él prefirió la muerte. Lo decapitaron en Ninh-Tay (Vietnam) el 5 de septiembre de 1838. Pedro nació en 1763. Era médico de profesión, muy estimado por su competencia y su bondad, y a la vez catequista, y bautizaba a los niños moribundos. Pertenecía a la Tercera Orden de Santo Domingo. A causa de su fe lo arrestaron en la persecución de 1838. Compartió la cárcel con el P. Pedro y también lo torturaron y le exigieron en vano que apostatara y pisara la cruz. Recibió la palma del martirio junto con otros prisioneros. San Quintín. Sufrió el martirio en Capua (Campania, Italia), en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana. Santos Urbano, Teodoro, Menedemo y compañeros. Este grupo de mártires, compuesto de clérigos y laicos, el año 370, en tiempo del emperador Valente, a causa de su fe fueron introducidos en una barca y quemados vivos en la mar, en Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía). Beato Florencio Dumontet de Cardaillac. Nació en Saint-Méard (Lemosín, Francia) el año 1749. Terminó los estudios en el seminario parisino de San Sulpicio y se ordenó de sacerdote. Ejerció cargos diocesanos en Chartres. En 1792, ante el rumbo que iba tomando la persecución religiosa, se retiró a vivir con su familia. A principios de 1793 lo arrestaron, se negó a prestar el juramento constitucional y lo encerraron en el pontón Les Deux Associés, anclado frente a Rochefort, donde siguió siendo el sacerdote piadoso, cortés y amable de siempre. Además, hizo de enfermero de sus hermanos encerrados, a los que consolaba y confortaba. Murió víctima de una enfermedad no atendida el 5 de septiembre de 1794. Beato Guillermo Browne. Nació en el condado de Northampton (Inglaterra) y prestaba servicio en casa del noble Tomás Darcy. Era un ferviente católico, seglar, que ponía gran empeño en llevar a sus vecinos protestantes a la fe católica. Lo arrestaron y en el juicio confesó su fe católica, rechazó toda invitación a apostatar y se negó a responder a las preguntas capciosas. Lo condenaron a muerte y lo ahorcaron, destriparon y descuartizaron en Ripon el 5 de septiembre de 1605, en tiempo del rey Jacobo I. Beato Juan Bono de Siponto. Era hijo del conde Adán de Siponto (Italia) y discípulo de san Juan de Matera. Fue abad y fundador del monasterio de San Miguel en la isla de Mljet (en la actual Croacia), a lo largo de la costa dálmata, frente al monte Gargano. En este monasterio, siguiendo la línea de san Juan de Matera, se observaba la vida común, pero con mucho espacio para la vida eremítica. Su vida se sitúa en el siglo XII.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: En la Última Cena con sus discípulos, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17,20-23). Pensamiento franciscano: «Padre nuestro... que estás en el cielo: en los ángeles y en los santos; iluminándolos para el conocimiento, porque tú, Señor, eres luz; inflamándolos para el amor, porque tú, Señor, eres amor; habitando en ellos y colmándolos para la bienaventuranza, porque tú, Señor, eres sumo bien, eterno bien, de quien viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien» (ParPN 1-2). Orar con la Iglesia: Oremos a Dios Padre por las necesidades de la Iglesia con el deseo sincero de dejar que la palabra de Dios nos convierta y nos una. -Por todos los que en la Iglesia creen, sufren y esperan: para que el Espíritu Santo los conforte y les haga ver la cercanía de los demás. -Por todos los pueblos de la tierra: para que la acción misteriosa del Espíritu suscite apóstoles que lleven el Evangelio a todas las lenguas y culturas. -Por los que viven en el error o la indiferencia: para que experimenten su propio «camino de Damasco» y se conviertan a su Señor. -Por los que comemos del mismo pan y bebemos del mismo cáliz en la mesa del Señor: para que formemos un solo cuerpo y tengamos un solo espíritu. -Por todos los cristianos: para que seamos artífices de la unión que Cristo ha pedido al Padre, como señal por la que reconocerán los hombres a sus discípulos. Oración: Escucha, Padre, las plegarias y anhelos de tus hijos, que queremos vivir en la unidad que nos pidió tu Hijo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. * * * LA ÚLTIMA CENA. LA
UNIDAD DE LOS CRISTIANOS Queridos hermanos y hermanas: Gracias a Lucas y, sobre todo, a Juan sabemos que Jesús en su oración durante la Última Cena dirigió también peticiones al Padre, súplicas que contienen al mismo tiempo un llamamiento a sus discípulos de entonces y de todos los tiempos. Quisiera en este momento referirme sólo una súplica que, según Juan, Jesús repitió cuatro veces en su oración sacerdotal. ¡Cuánta angustia debió sentir en su interior! Esta oración sigue siendo de continuo su oración al Padre por nosotros: es la plegaria por la unidad. Jesús dice explícitamente que esta súplica vale no sólo para los discípulos que estaban entonces presentes, sino que apunta a todos los que creerán en él. Pide que todos sean uno «como tú, Padre, en mí, y yo en ti, para que el mundo crea» (Jn 17,20-21). La unidad de los cristianos sólo se da si los cristianos están íntimamente unidos a él, a Jesús. Fe y amor por Jesús, fe en su ser uno con el Padre y apertura a la unidad con él son esenciales. Esta unidad no es algo solamente interior, místico. Se ha de hacer visible, tan visible que constituya para el mundo la prueba de la misión de Jesús por parte del Padre. Por eso, esa súplica tiene un sentido eucarístico escondido, que Pablo ha resaltado con claridad en la Primera carta a los Corintios: «El pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan» (1 Cor 10,16s). La Iglesia nace con la Eucaristía. Todos nosotros comemos del mismo pan, recibimos el mismo cuerpo del Señor y eso significa: Él nos abre a cada uno más allá de sí mismo. Él nos hace uno entre todos nosotros. La Eucaristía es el misterio de la íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Y, al mismo tiempo, es la unión visible entre todos. La Eucaristía es sacramento de la unidad. Llega hasta el misterio trinitario, y crea así a la vez la unidad visible. Digámoslo de nuevo: ella es el encuentro personalísimo con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción individual. La celebramos necesariamente juntos. En cada comunidad está el Señor en su totalidad. Pero es el mismo en todas las comunidades. Por eso, forman parte necesariamente de la Oración eucarística de la Iglesia las palabras: «y con el Papa N. y con nuestro Obispo N.». Esto no es un añadido exterior a lo que sucede interiormente, sino expresión necesaria de la realidad eucarística misma. Y nombramos al Papa y al Obispo por su nombre: la unidad es totalmente concreta, tiene nombres. Así, se hace visible la unidad, se convierte en signo para el mundo y establece para nosotros mismos un criterio concreto. * * * LA BEATA MADRE TERESA DE
CALCUTA, Queridos amigos: Me alegra estar hoy con vosotros y dirijo mi cordial saludo a la reverenda madre general de las Misioneras de la Caridad, a los sacerdotes, a las religiosas, a los hermanos contemplativos y a todos vosotros aquí presentes para vivir juntos este momento fraterno. La luz del Nacimiento del Señor llena nuestro corazón de la alegría y de la paz que anunciaron los ángeles a los pastores de Belén: «Gloria a Dios en el cielo y paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2,14). El Niño que vemos en la cueva es Dios mismo que se ha hecho hombre para mostrarnos cuánto nos quiere, cuánto nos ama: Dios se ha hecho uno de nosotros, para acercarse a cada uno, para vencer el mal, para liberarnos del pecado, para darnos esperanza, para decirnos que nunca estamos solos. Siempre podemos acudir a él, sin miedo, llamándolo Padre, con la seguridad de que en todo momento, en toda situación de la vida, incluso en las más difíciles, él no nos olvida. Debemos decirnos con mayor frecuencia: Sí, Dios cuida de mí, me ama, Jesús ha nacido también para mí; siempre debo tener confianza en él. Queridos hermanos y hermanas, dejemos que la luz del Niño Jesús, del Hijo de Dios hecho hombre ilumine nuestra vida para transformarla en luz, como vemos de modo especial en la vida de los santos. Pienso en el testimonio de la beata Teresa de Calcuta, un reflejo de la luz del amor de Dios. Celebrar el centenario de su nacimiento es motivo de gratitud y de reflexión para un renovado y gozoso compromiso al servicio del Señor y de los hermanos, especialmente de los más necesitados. El Señor mismo, como sabemos, quiso pasar necesidad. Queridas hermanas, queridos sacerdotes y hermanos, queridos amigos del personal, la caridad es la fuerza que cambia el mundo, porque Dios es amor (cf. 1 Jn 4,7-9). La beata Teresa de Calcuta vivió la caridad con todos sin distinción, pero con preferencia por los más pobres y abandonados: un signo luminoso de la paternidad y de la bondad de Dios. Supo reconocer en cada uno el rostro de Cristo, al que amaba con todo su ser: al Cristo que adoraba y recibía en la Eucaristía seguía encontrándolo por los caminos y las calles de la ciudad, convirtiéndose en «imagen» viva de Jesús que derrama sobre las heridas del hombre la gracia del amor misericordioso. La respuesta a quien se pregunta por qué la madre Teresa se hizo tan famosa es sencilla: porque vivió de modo humilde y oculto, por amor y en el amor de Dios. Ella misma afirmaba que su premio más grande era amar a Jesús y servirlo en los pobres. Su figura pequeña, con las manos juntas o mientras acariciaba a un enfermo, un leproso, un moribundo, un niño, es el signo visible de una vida transformada por Dios. En la noche del dolor humano hizo brillar la luz del Amor divino y ayudó a muchos corazones a encontrar la paz que sólo Dios puede dar. Demos gracias al Señor porque en la beata Teresa de Calcuta todos hemos visto cómo puede cambiar nuestra vida cuando se encuentra con Jesús; puede llegar a ser para los demás reflejo de la luz de Dios. A muchos hombres y mujeres, en situaciones de miseria y sufrimiento, ella les dio el consuelo y la certeza de que Dios no abandona nunca a nadie. Su misión sigue a través de aquellos que, aquí como en otras partes del mundo, viven su carisma de Misioneros y Misioneras de la Caridad. Es grande nuestra gratitud, queridas hermanas, queridos hermanos, por vuestra presencia humilde, discreta, oculta a los ojos de los hombres, pero extraordinaria y preciosa para el corazón de Dios. Al hombre, que a menudo busca felicidades ilusorias, vuestro testimonio de vida le muestra dónde se encuentra la verdadera alegría: en compartir, en dar, en amar con la misma gratuidad de Dios que rompe la lógica del egoísmo humano. Queridos amigos, sabed que el Papa os ama, os lleva en su corazón, os estrecha en un abrazo paterno y reza por vosotros. ¡Muchas felicidades! Gracias por haber querido compartir la alegría de estos días de fiesta. Invoco la protección materna de la Sagrada Familia de Nazaret, que hoy celebramos -Jesús, María y José-, y os bendigo a todos vosotros y a vuestros seres queridos. * * * DIOS PADRE EN LA
EXPERIENCIA CRISTIANA La vida evangélica de Francisco de Asís lo sitúa ante Dios como Padre. Esta experiencia espiritual, que marca su conversión, determinará su forma de estar en el mundo como «hermano» e influirá en el pensamiento franciscano de sus discípulos. Francisco antes de su conversión A pesar de las negras tintas con que Tomás de Celano pinta en la Vida primera la juventud de Francisco de Asís, es muy probable que Francesco Bernardone fuera un joven cristiano comparable a todos los de su época, ni peor ni mejor... Viviendo en una sociedad explícitamente cristiana, que atribuía mucha importancia a la adhesión a la Iglesia, Francisco debió de cumplir sus prácticas religiosas, celebrar puntualmente las fiestas litúrgicas, profesar el Credo de la Iglesia y aceptar, en líneas generales, sus exigencias morales y sociales, como lo hacían los jóvenes de su tiempo. Así, Francisco llamaba Padre a Dios, como lo hacen todos los cristianos en su oración y en su lenguaje habitual..., sin sentirse por ello especialmente vinculado a Dios y contentándose con una relación colectiva con un Dios lejano unas veces y cercano otras, pero que no parecía exigirle una respuesta o un compromiso personales. Dios es nuestro Padre porque nos ha creado, porque ama a todos los hombres, porque gobierna el mundo con su Providencia y porque puede atribuírsele la responsabilidad última de todo cuanto nos sucede. Cuando nos parece que los acontecimientos de la vida favorecen nuestro crecimiento, nuestro pleno desarrollo y nuestro bienestar, respondiendo así a nuestra sed de felicidad, nos gusta llamar a Dios Padre nuestro y pensar que gobierna el mundo con acierto. Cuando somos contrariados en nuestros proyectos o, peor aún, cuando todo parece oponerse a nuestros deseos de encontrar una felicidad a la propia medida, nos sentimos inclinados a pedir cuentas y a plantearnos preguntas sobre la realidad del amor que ese Padre nos tiene. Esto, desde luego, no pone en tela de juicio la fe que todos tienen en Dios como Padre común..., pero tampoco nos impulsa de manera especial a desear vivir en intimidad con Él. Tal era, verosímilmente, el sentimiento de Francisco de Asís antes de su conversión. Descubrimiento de la paternidad de Dios Reconocer a Dios como Padre propio, con quien se entabla una relación de amor filial, sólo puede ocurrir tras una purificación interior, una verdadera conversión, tal y como la vivió Francisco. Para aquel joven, apasionadamente ansioso de la gloria militar y ávido de riquezas y felicidad, se trataba de reconocer su total dependencia de Dios, en cuyas manos depositaría toda su vida y todo su futuro, con una confianza absoluta y una disponibilidad definitiva. Francisco tomó conciencia de esa realidad en la oración, la soledad y la meditación del Evangelio. Mientras se había convertido en colaborador y émulo de su propio padre, Pietro Bernardone, en la gestión del comercio familiar y se iban distendiendo los lazos de dependencia entre ambos, como ocurre cuando un hijo se hace adulto, Francisco se entregará libremente en las manos de su Padre del cielo. En este proceso, la citación para comparecer ante el obispo Guido de Asís aparece como la ocasión providencial para que Francisco opte por su propia adhesión y confiese el señorío de Dios sobre su propia vida: «Hasta ahora he llamado padre mío a Pietro Bernardone...; quiero desde ahora decir: "Padre nuestro, que estás en los cielos" y no padre Pietro Bernardone» (TC 20a). Este descubrimiento fundamental de Dios como Padre suyo propio hará que Francisco experimente la libertad de los hijos de Dios. Ya no tiene que preocuparle su adaptación a las exigencias del mundo. Se desembaraza de las inquietudes por adquirir riquezas, por atesorar dinero o por las consideraciones anejas a su condición social. Libre, se deja guiar por el Espíritu Santo que lo encauza por nuevos caminos. Tras dejar su familia y su ciudad, tras abandonarse en manos del Padre, recorre libre la llanura de Asís, contempla el mundo con una mirada purificada, se sacia con el espectáculo de la creación a la que canta y cuya belleza y generosidad descubre. Se remonta desde la obra a su Autor y mira a Dios como Padre munífico que ha querido y creado todo para el bien de sus hijos. Francisco se considera a sí mismo como un hijo del Rey que, sin ser personalmente dueño de nada, puede gozar de todos los dones de su Padre. La grandeza, la munificencia, la liberalidad del Padre brillan en sus criaturas. Francisco contempla en lo sucesivo al Padre como el «sumo bien, eterno bien, del cual viene todo bien, sin el cual no hay ningún bien» (ParPN 2). [En Selecciones de Franciscanismo, vol. XVIII, núm. 52 (1989) 55-60]
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