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| DÍA 15 DE SEPTIEMBRE
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* * * San Aicardo (o Aicadro, o Acardo). Fue abad del monasterio de Jumieges (Francia). Era discípulo san Filiberto, quien lo puso al frente del mencionado monasterio. Su vida se sitúa en el siglo VII. San Alpino de Lyon. Fue obispo de Lyon (Francia), sede en la que sucedió a san Justo. Su vida se sitúa en el siglo IV. San Apro. Obispo de Toul, cerca de Nancy (Francia). Su vida se sitúa en el siglo VI. Santa Catalina Fieschi. Nació en Génova (Italia) el año 1448 en el seno de una familia muy noble. A la edad de 16 años fue dada en matrimonio a un joven noble que distó mucho de ser un buen marido, y ella acabó llevando una vida superficial y disipada. Una experiencia mística cambió el rumbo de su vida, y se consagró, sobre todo al quedar viuda, a la contemplación y penitencia, y también a la acción, cuidando a los enfermos e indigentes, incluidos los leprosos. En 1497 fundó la «Compagnia del divino amore», que sirvió de modelo a otras posteriores. Murió en su ciudad natal el 15 de septiembre de 1510. Santos Émila y Jeremías. San Eulogio fue quien nos dejó testimonio de estos dos jóvenes mártires de Córdoba (España). Desde niños fueron alumnos de la basílica de San Cipriano en la que se estudiaban las ciencias sagradas. San Émila era ya diácono y san Jeremías era seglar, tal vez aspirante al sacerdocio. Un día dieron testimonio público de la fe cristiana, atacando a Mahoma y al Islam. Por ello, después de larga y dura prisión, fueron decapitados el 15 de septiembre del año 852 y sus cuerpos suspendidos en palos al otro lado del río Guadalquivir. Santos Estratón, Valerio, Macrobio y Gordiano. Fueron martirizados en Constanza (Rumanía), en el siglo IV, bajo el emperador romano Licinio. San Nicetas el Godo. A causa de su fe católica, fue quemado vivo a orillas del río Danubio, en torno al año 370, por orden del rey arriano Atanarico. San Nicomedes. Sufrió el martirio en Roma en uno de los primeros siglos cristianos. El papa Bonifacio V edificó una basílica sobre su tumba. San Valeriano. Fue martirizado en Tournus, departamento de Saona y Loira (Francia), hacia el año 178. Beato Antonio María Schwartz. Nació en Baden (Austria) el año 1852 en el seno de una familia modesta. Entró primero en los Escolapios, pero, forzado por las circunstancias, pasó luego al seminario diocesano de Viena, y se ordenó de sacerdote en 1875. Lo destinaron en Viena al cuidado espiritual de los enfermos de los hospitales de las Hermanas de la Caridad. Allí observó la necesidad que tenían los aprendices y los obreros jóvenes, en particular los que llegaban de los pueblos, de una ayuda pastoral y profesional. En su favor y para defender sus derechos fundó en 1889 la Congregación de los Obreros Cristianos de San José de Calasanz. Murió en Viena el 15 de septiembre de 1929. Beato Camilo Costanzo. Nació en Bovalino (Reggio Calabria, Italia) el año 1572. Entró en la Compañía de Jesús en 1592. Ordenado de sacerdote, marchó a Oriente y en 1605 desembarcó en Nagasaki (Japón). Aprendió la lengua y las costumbres del país y desarrolló un fructífero apostolado. Cuando en 1614 fueron expulsados lo misioneros, volvió a Macao. En 1621, ante la necesidad de pastores en las comunidades cristianas japonesas, regresó disfrazado a Japón y estuvo ejerciendo el sagrado ministerio en la clandestinidad hasta que lo detuvieron en el islote de Ucu. Ante las autoridades confesó que era sacerdote y misionero. Lo quemaron vivo, atado a un palo, en Hirado el 15 de septiembre de 1622. Beato Ladislao Miegon. Nació en Samborzec (Polonia) el año 1892. Estudió en el seminario de Sandomierz y se ordenó de sacerdote en 1915. Ejerció el ministerio parroquial y en 1919 se hizo capellán militar. Después de la guerra ejerció su apostolado entre los marinos. En la II Guerra Mundial estuvo atendiendo a los heridos en el hospital militar. A partir de 1940 pasó por varios campos de concentración y acabó en el de Dachau (Alemania), en el que, maltratado y enfermo, murió el 15 de septiembre de 1942. Fue un sacerdote celoso, entregado a su ministerio, y soportó con paciencia las miserias de los campos de concentración. Beato Mariano Alcalá. Nació en Andorra (Teruel) en 1867. Profesó en la Orden de la Merced en 1883. Estudió en la Universidad Gregoriana de Roma, donde fue ordenado sacerdote en 1889. A su regreso a España, dio clases a los mercedarios jóvenes. Desempeñó cargos de autoridad, incluidos los de provincial y maestro general de la Orden. Era un hombre sabio y prudente, asiduo confesor y experto director espiritual. En marzo de 1936, para recuperar la quebrantada salud, pasó a su pueblo natal y se hospedó en casa de familiares suyos. El 15 de septiembre de 1936, los milicianos lo detuvieron y lo mataron a tiros en el cementerio de Andorra. Beatificado el 13-X-2013. Beato Pablo Manna. Nació en Avellino (Italia) el año 1872. Cuando estudiaba en la Universidad Gregoriana de Roma, entró en el Seminario de Misiones Extranjeras de Milán. Ordenado de sacerdote en 1894, marchó como misionero a Birmania Oriental. En 1907, enfermo, tuvo que regresar a Italia. Se dedicó de lleno, de palabra y por escrito, a la difusión y promoción de los ideales misioneros, para lo que publicó obras y fundó revistas. En 1916 fundó la Unión Misional del Clero. Cuando en 1924 se unieron los institutos misioneros de Milán y Roma y se formó el Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras (PIME), fue elegido primer superior general. Murió en Nápoles el 15 de septiembre de 1952 y fue beatificado en el 2001. Beato Pascual Penadés Jornet. Nació en Montaverner, provincia de Valencia en España, en 1894. Estudió en el seminario de Valencia, se ordenó de sacerdote en 1921 y ejerció el ministerio parroquial en varios destinos sucesivos. Al iniciarse la persecución religiosa tuvo que refugiarse en casa de sus padres. Lo detuvieron los revolucionarios el 15 de septiembre de 1936 y, después de un simulacro de juicio en el que lo condenaron a muerte por ser sacerdote, lo mataron de dos tiros en la nuca en el término municipal de Llosa de Ranes (Valencia). Destacó por su humildad y austeridad. Era de trato sencillo y agradable, y fue muy generoso con los necesitados. Beatos Pedro Esteban y Antonio Lahoz. Los dos eran hermanos profesos de la Orden de la Merced, miembros de la comunidad del Olivar en Estercuel, cuando en julio de 1936 estalló la persecución religiosa en España. Ante el peligro inminente, el 3-VIII-1936 se encaminaron a su pueblo, Híjar, donde familiares de fray Pedro los acomodaron en su “Mas de los Sidricos”. Y allí los asesinaron los milicianos el 15 de septiembre de 1936. Pedro Esteban nació en Híjar (Teruel) en 1869. Poco dotado para los estudios, profesó como hermano en 1891 y siempre permaneció en el monasterio del Olivar, al frente de las tierras y viñas del convento. Hombre del pueblo y del campo y hombre de Dios, era sencillo y humilde, devoto y observante, y con frecuencia auxiliaba a los vecinos. Antonio Lahoz nació en Híjar el año 1858. A los 45 años ingresó en el monasterio del Olivar y profesó como hermano en 1904. Allí vivió hasta el final de sus días, sin ninguna notoriedad, dedicado con ánimo infatigable a las labores del campo, y pasando largas horas en oración, meditando o leyendo libros religiosos. Beatificados el 13-X-2013. Beato Rolando (u Orlando) de Médicis. Nació en torno al año 1330 en el seno de la familia de los Médicis de Milán. A los treinta años se retiró a los bosques de los Alpes para llevar vida eremítica. Durante 26 años vivió solo, guardó silencio, vistió pobremente, durmió al raso, comió frutos y hierbas crudas. Consagró su vida a la contemplación y la penitencia. No faltaron quienes lo tuvieron por loco y lo maltrataron. Murió en Busseto (Emilia-Romaña, Italia) el 15 de septiembre de 1386.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo". Luego, dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo suyo» (Jn 19,25-27). Pensamiento franciscano: De la carta de santa Clara a Ermentrudis de Brujas: «Oh carísima, mira al cielo que nos invita, y toma la cruz y sigue a Cristo, que nos precede; porque, tras diversas y numerosas tribulaciones, por él entraremos en su gloria. Ama con todas tus entrañas a Dios y a Jesús, su Hijo, crucificado por nosotros pecadores, y que su memoria no se aparte nunca de tu mente; procura meditar continuamente los misterios de la cruz y los dolores de la madre que está de pie junto a la cruz» (5CtaCla 9-12). Orar con la Iglesia: Invoquemos a Dios Padre, por intercesión de María, imagen de lo que el hombre puede llegar a ser cuando se abre a la palabra de Dios. -Para que el pueblo santo de Dios sea testigo de la fe ante el mundo como María, que cooperó de modo especial a la obra de la redención. -Para que nuestros pastores, imitando a la Virgen fiel, precedan y guíen al pueblo en la fidelidad a Cristo y lleven a los pobres el Evangelio. -Para que todos los que se entregan al servicio de los demás sean imagen de la solicitud de Cristo y de María por los hermanos. -Para que los padres de familia, a ejemplo de María que acompañó a Jesús hasta la cruz, sepan vivir en la realidad cotidiana la luz y la esperanza de la fe. -Para que todos los creyentes, que invocamos a María como vida, dulzura y esperanza nuestra, recibamos de ella la perseverancia hasta el encuentro definitivo con su Hijo. Oración: Señor Dios, que has hecho de la Virgen María la colaboradora generosa del Redentor, concédenos también a nosotros adherirnos a Cristo para colaborar a la salvación del mundo. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * MARÍA, AL PIE DE LA
CRUZ, María, al aceptar con plena disponibilidad las palabras del ángel Gabriel, que le anunciaba que sería la madre del Mesías, comenzó a tomar parte en el drama de la Redención. Su participación en el sacrificio de su Hijo, revelada por Simeón durante la presentación en el templo, prosigue no sólo en el episodio de Jesús perdido y hallado a la edad de doce años, sino también durante toda su vida pública. Sin embargo, la asociación de la Virgen a la misión de Cristo culmina en Jerusalén, en el momento de la pasión y muerte del Redentor. El Concilio subraya la dimensión profunda de la presencia de la Virgen en el Calvario, recordando que «mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» (LG 58), y afirma que esa unión «en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte» (LG 57). Con la mirada iluminada por el fulgor de la Resurrección, nos detenemos a considerar la adhesión de la Madre a la pasión redentora del Hijo, que se realiza mediante la participación en su dolor. Volvemos de nuevo al pie de la cruz, donde María «sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima» (LG 58). Con estas palabras, el Concilio nos recuerda la «compasión de María», en cuyo corazón repercute todo lo que Jesús padece en el alma y en el cuerpo, subrayando su voluntad de participar en el sacrificio redentor y unir su sufrimiento materno a la ofrenda sacerdotal de su Hijo. Además, el texto conciliar pone de relieve que el consentimiento que da a la inmolación de Jesús no constituye una aceptación pasiva, sino un auténtico acto de amor, con el que ofrece a su Hijo como «víctima» de expiación por los pecados de toda la humanidad. Por último, la Lumen gentium pone a la Virgen en relación con Cristo, protagonista del acontecimiento redentor, especificando que, al asociarse «a su sacrificio», permanece subordinada a su Hijo divino. San Juan narra que junto a la cruz de Jesús estaba su madre. Con el verbo «estar», que etimológicamente significa «estar de pie», «estar erguido», el evangelista tal vez quiere presentar la dignidad y la fortaleza que María y las demás mujeres manifiestan en su dolor. En particular, el hecho de «estar erguida» la Virgen junto a la cruz recuerda su inquebrantable firmeza y su extraordinaria valentía para afrontar los padecimientos. En el drama del Calvario, a María la sostiene la fe, que se robusteció durante los acontecimientos de su existencia y, sobre todo, durante la vida pública de Jesús. El Concilio recuerda que «la bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz» (LG 58). A los crueles insultos lanzados contra el Mesías crucificado, ella, que compartía sus íntimas disposiciones, responde con la indulgencia y el perdón, asociándose a su súplica al Padre: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen». Partícipe del sentimiento de abandono a la voluntad del Padre, que Jesús expresa en sus últimas palabras en la cruz: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu», ella da así, como observa el Concilio, un consentimiento de amor «a la inmolación de su Hijo como víctima». En este supremo «sí» de María resplandece la esperanza confiada en el misterioso futuro, iniciado con la muerte de su Hijo crucificado. Las palabras con que Jesús, a lo largo del camino hacia Jerusalén, enseñaba a sus discípulos «que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8,31), resuenan en su corazón en la hora dramática del Calvario, suscitando la espera y el anhelo de la Resurrección. La esperanza de María al pie de la cruz encierra una luz más fuerte que la oscuridad que reina en muchos corazones: ante el sacrificio redentor, nace en María la esperanza de la Iglesia y de la humanidad. * * * LA MADRE ESTABA JUNTO A LA
CRUZ El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste -dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús- está puesto como una bandera discutida; y a ti -añade, dirigiéndose a María- una espada te traspasará el alma. En verdad, Madre santa, una espada traspasó tu alma. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús -que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo- hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar. Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y, por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal. ¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas? No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores. Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?». Sí, y con toda certeza. ¿«Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?». Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?». Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Este murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante. * * * LA LECCIÓN DEL MONTE
ALVERNA (I) 24. «Si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14). En la vida del bienaventurado Francisco, la cima del Alverna nos sitúa frente al misterio de la cruz. Comprendemos el profundo contraste de las Llagas con el camino que la humanidad hodierna -como la de todos los tiempos- se empeña en seguir: fuga de la cruz de Cristo, en busca del sueño ilusorio de un paraíso terrenal, lo que contrasta con los designios de Dios. Contra esta ilusión peligrosa, que hoy se cifra en el consumismo desenfrenado e idolátrico, la estigmatización del Alverna constituye un signo y mensaje vigoroso. Los esfuerzos gigantescos y desmedidos que hoy se realizan en busca de ese paraíso son vanos, como lo fueron siempre: sólo son capaces de producir amarga desilusión. El camino hacia la meta del hombre es muy distinto: está señalizado con la cruz. Es urgente registrar de nuevo esta verdad en nuestra mente y realizarla en nuestra vida. Volveremos a encontrar el camino estrecho (cf. Mt 7,14): su derrotero es opuesto al que prefiere gran parte de los hombres; está codificado en las Bienaventuranzas, en el Sermón de la Montaña. Estamos quizá habituados al camino ancho y fácil de los falsos profetas. Es hora de pasarse a la senda estrecha de Cristo, al camino de la cruz. De nuevo encontraremos la sana austeridad, la disciplina, el rigor de nuestra vida franciscana, la pobreza -¡la Dama Pobreza!- que san Francisco amó sólo porque la amó Cristo. 25. Pascua de Resurrección. A pesar de todo, la cruz no es la meta, es camino. No hemos sido creados para la cruz, sino para la Pascua de Resurrección. En la mística de la cruz, en la mística del sufrimiento, de la austeridad, del martirio..., se olvida a menudo esta verdad. A primera vista pudiera parecer que san Francisco la olvidó también un poco. Basta, sin embargo, recordar la importancia que atribuyó siempre a la alegría, pensar en la alegría con que vivió y que no se cansó de proponer a sus hermanos, para comprender que también para él la cruz era camino y no la meta final. Basta rememorar el tránsito de san Francisco para descubrir cuán centrado estaba en la Pascua de Resurrección. Afortunadamente esta verdad, la referencia de la cruz a la Pascua, ha sido restituida a su primitiva luz y está siendo proclamada con entusiasmo en nuestros días. Es necesario que sea propagada con mayor energía todavía, que sea vivida con mayor fidelidad, sentida con mayor intensidad y practicada con mayor alegría. No sólo se trata de una resurrección futura, de una esperanza, sino de una realidad ya presente y operante, ya cumplida en nuestra vida por el bautismo. Vivimos ya misteriosamente la Pascua de Resurrección; a esta nuestra Pascua le falta la resurrección subjetiva en nuestra vida: vivimos ya, pero todavía no, la Pascua. Entre el ya y el todavía no, se sitúa el camino de la cruz. 26. Verdaderamente ha sido afortunada la disposición de la nueva liturgia de Semana Santa, que ha sabido unir la cruz al «misterio pascual». San Francisco hizo semejante integración de los misterios pascuales; no en los mismos términos ni con la misma modalidad, pero sí en su vida práctica y en su experiencia espiritual. El serafín alado que se le apareció en el Alverna -uno de los rasgos más vigorosos del signo y del mensaje-, se le presentó crucificado sí, pero con luminosidad de gloria. Lo inundó de alegría, de felicidad inmensa; sin embargo, como el siervo de Dios estaba todavía en camino, las Llagas le fueron dolorosas y aún sufrió esta crucifixión dos años. Durante estos dos años experimentó agonía y abandono, vivió la prueba de los sufrimientos corporales, y la terrible oscuridad de las noches místicas. Agonía y oscuridad que se trocaban en luz y gloria, en alegría profunda e indecible que jamás lo abandonaba. Repetidas veces lo recuerdan sus primeros biógrafos. Esta alegría provenía del sentirse asimilado a Cristo en el camino de la cruz, y de saber que de esta manera se aproximaba a la resurrección del Señor. La muerte fue para él un verdadero tránsito de esta vida a la perenne, en la esperanza de la resurrección del cuerpo. [Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/selfran11/koser.html]
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