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| DÍA 16 DE SEPTIEMBRE
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* * * Santos Abundio y compañeros mártires. Fueron martirizados en el monte Soracte, junto a la Vía Flaminia, en el Lacio (Italia), hacia el año 304, en tiempo del emperador Diocleciano. Santa Edith. Nació hacia el año 961 y era hija natural de Edgard, rey de los Anglos. Siendo muy pequeña la llevaron al monasterio benedictino de Wilton (Inglaterra) para que las monjas la criaran y educaran. Llegada a la adolescencia, permaneció por propia voluntad en el monasterio e hizo la profesión como monja. Quisieron hacerla abadesa, pero ella lo rehusó porque prefería servir a sus hermanas en humildad a semejanza de santa Marta. Murió el 16 de septiembre de 984. Santa Eufemia. Era una virgen cristiana fervorosa que fue torturada para que apostatara, y finalmente martirizada en Calcedonia de Bitinia (Turquía) el año 303 ó 304, durante la persecución del emperador Diocleciano. Sobre su tumba se levantó una basílica en la que se celebró el año 451 el famoso Concilio de Calcedonia, que condenó la herejía monofisita. Santa Ludmila. Nació en Mielnik (Polonia) hacia el año 860. Hija del duque de Milsko, a los 14 años contrajo matrimonio con Borivoj, duque de Bohemia, del que tuvo seis hijos. El año 874 Borivoj se convirtió al cristianismo y fue bautizado por san Cirilo. También Ludmila abrazó la fe cristiana y desde entonces procuró difundirla en el pueblo aún pagano. Cuando murió su esposo, distribuyó a los pobres la mayor parte de sus bienes y se dedicó a una vida retirada y piadosa. Pero cuando en el 916 murió su hijo, los nobles de Bohemia le confiaron la educación de su nieto, san Wenceslao, a quien infundió el amor a Cristo. Murió en el castillo de Tetin (Praga) el 16 de septiembre del 921, estrangulada en la conjura tramada por su nuera Drahomira. Enseguida se la tuvo por mártir. San Martín de Finojosa (conocido también como san Sacerdote). Nació en Almazán, provincia de Soria en España, hacia 1139, de familia noble. Su juventud trascurrió a la sombra del monasterio cisterciense de Cántabos, en el que ingresó en 1158. Cuatro años después, en 1162, se trasladó al monasterio de Santa María de Huerta, del que no tardó en ser elegido abad. En 1185 fue elegido obispo de Sigüenza, donde puso de manifiesto sus virtudes, desarrolló una gran labor pastoral y procuró la reforma del clero. Fue consejero de Alfonso VIII de Castilla y contribuyó a la fundación del monasterio de Las Huelgas. En 1192 volvió a Santa María de la Huerta (Soria) y allí murió el 16 de septiembre de 1213. San Niniano. Británico de nacimiento, recibió una educación esencialmente romana, y después de su ordenación episcopal como obispo itinerante, probablemente en Roma, fue enviado a Escocia como su primer misionero. El año 397 llegó a Galloway, en el sureste escocés, y desde allí extendió el mensaje evangélico por gran parte del país; la misión de san Niniano es considerada como el inicio del cristianismo en Escocia. Construyó una iglesia de piedra, cosa no común entre los británicos de entonces, a la que llamó Candida Casa. Murió en Whithorn (Escocia) el año 432. San Prisco. Obispo y mártir de Nocera (Campania, Italia) en el siglo IV. San Paulino de Nola le dedicó unos versos laudatorios. Santos Rogelio y Servideo. Rogelio era un monje ya anciano, que había nacido en Parapanda (Granada, España). Servideo era un monje joven que había venido de Oriente en peregrinación hacía años. Ambos tomaron la decisión de ir a una mezquita de Córdoba (España) y allí hacer profesión pública de la fe cristiana como la auténtica, frente a Mahoma y el Islam. Condenados a la pena capital, les amputaron piernas y manos, y finalmente los decapitaron. Era el año 852. Santos Víctor, Félix, Alejandro y Papías. Sufrieron el martirio en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana, y fueron sepultados en Roma, en la Via Nomentana. San Vital de Savigny. Nació en torno al año 1063. Se ordenó de sacerdote y fue capellán del conde de Mortain y canónigo en esta ciudad. Deseoso de una vida retirada y contemplativa, marcho a Dampierre. Pronto se le unieron compañeros y con ellos fundó la abadía de Savigny (Normandía, Francia), bajo la Regla de San Benito observada con rigor. Fue su primer abad y atendió a sus monjes, pero al mismo tiempo predicaba por los pueblos de Francia e Inglaterra. Construyó asilos para los huérfanos y refugios para los peregrinos. Murió en Dampierre el 16 de septiembre de 1122, y su cuerpo fue trasladado a Savigny. Beatos Domingo Shobioye, Miguel Timonoya y Pablo Timonoya. Son tres cristianos seglares japoneses que, por su fe, fueron decapitados en la «Colina de los Mártires» de Nagasaki el 16 de septiembre de 1628. Los tres eran miembros de la Orden Tercera Seglar de Santo Domingo, y colaboraban con los misioneros dominicos. Pablo era hijo de Miguel. Beato Ignacio Casanovas Perramón. Nació en Igualada (Barcelona) el año 1893. Ingresó en el noviciado de los Escolapios en 1909. Cursados sus estudios, recibió la ordenación sacerdotal en 1916, y ejerció su apostolado escolapio en varios colegios. Era muy diestro en los trabajos manuales y en la interpretación de la música. Cuando estalló en España la persecución religiosa, estaba en Ódena (Barcelona) con su madre, de la que no quiso apartarse ni dejar su apostolado con los enfermos y necesitados. Lo detuvieron el 16 de septiembre de 1936 y burlonamente le pidieron que rezara. Se arrodilló y empezó a rezar el Padrenuestro. No pudo pasar de las primeras palabras, porque las balas de las pistolas acribillaron su cuerpo. Beato Luis d'Alemán. Nació en el Piamonte italiano o en el Delfinado francés en 1382. Estudió derecho y emprendió la carrera eclesiástica, en la que hizo grandes progresos al servicio de los papas. Martín V lo nombró obispo de Maguelone y luego lo trasladó a la sede de Arlés. Tuvo un papel destacado en el Concilio de Basilea de 1431 y en los problemas que allí se debatieron. Después siguió viviendo con piedad, austeridad y dedicación a los pobres. Murió en Salon de Provenza (Francia) el 16 de septiembre de 1450. Beato Víctor III, papa del 24 de mayo de 1086 al 16 de septiembre de 1087. Nació en Benevento de familia noble hacia el año 1027. Ingresó en el monasterio de Montecasino, del que lo eligieron abad; lo gobernó sabiamente durante treinta años y lo enriqueció con magnificencia. Sucedió en el papado a san Gregorio VII. Gobernó la Iglesia en un periodo muy difícil, en abierta lucha con el emperador Enrique IV y con el antipapa Clemente III. Roma no era su ambiente, pues era un hombre apacible, con tendencia al misticismo y no se encontraba cómodo administrando un poder terrenal. Regresó a Montecasino donde murió el 16 de septiembre de 1087.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: De la Carta de san Pablo a los Romanos: «Hermanos, ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos» (Rom 14,7-9). Pensamiento franciscano: Alabanzas del Dios altísimo que compuso san Francisco después de su estigmatización: «Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas... Tú eres belleza, mansedumbre; tú eres protector, custodio y defensor nuestro; tú eres fortaleza, refrigerio. Tú eres esperanza nuestra, fe nuestra, caridad nuestra, toda dulzura nuestra, vida eterna nuestra: Grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador» (AlD 5-6). Orar con la Iglesia: Bendigamos a Jesús, nuestro Salvador, que por su muerte y resurrección nos ha abierto el camino de la salvación. -Señor de misericordia, que en el bautismo nos diste una vida nueva, haznos cada día más conformes a ti. -Enséñanos, Señor, a ser alegría para los que sufren, y haz que sepamos servirte en cada uno de ellos. -Ayúdanos, Señor, a hacer frutos dignos de penitencia y a buscar tu rostro con sinceridad de corazón. -Perdona las faltas que hemos cometido contra la armonía y unidad de tu familia, y haz que tengamos un solo corazón y un solo espíritu. Oración: Purifica y protege, Señor, a tu Iglesia, dirígela y sostenla siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * SAN CIPRIANO Nacido en Cartago en el seno de una rica familia pagana, después de una juventud disipada, Cipriano se convierte al cristianismo a la edad de 35 años. Él mismo narra su itinerario espiritual: «Cuando me encontraba aún en una noche oscura -escribe algunos meses después de su bautismo-, me parecía sumamente difícil y arduo realizar lo que la misericordia de Dios me proponía... Estaban tan arraigados en mí los muchos errores de mi vida pasada, que no creía que podía liberarme de ellos; me arrastraban los vicios, tenía malos deseos... Pero luego, con la ayuda del agua regeneradora, quedó lavada la miseria de mi vida anterior; una luz de lo alto se difundió en mi corazón; un segundo nacimiento me restauró en un ser totalmente nuevo. De un modo maravilloso comenzó entonces a disiparse toda duda... Comprendí claramente que era terreno lo que antes vivía en mí, en la esclavitud de los vicios de la carne, y que, en cambio, era divino y celestial lo que el Espíritu Santo ya había generado en mí». Inmediatamente después de la conversión, Cipriano fue elegido para el oficio sacerdotal y para la dignidad episcopal. En circunstancias realmente difíciles, mostró notables dotes de gobierno. San Cipriano compuso numerosos tratados y cartas, siempre relacionados con su ministerio pastoral. Poco inclinado a la especulación teológica, escribía sobre todo para la edificación de la comunidad y para el buen comportamiento de los fieles. De hecho, la Iglesia es con mucho el tema que más trató. Distingue entre Iglesia visible, jerárquica, e Iglesia invisible, mística, pero afirma con fuerza que la Iglesia es una sola, fundada sobre Pedro. No se cansa de repetir que «quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está fundada la Iglesia, se engaña si cree que se mantiene en la Iglesia». San Cipriano sabe bien, y lo formuló con palabras fuertes, que «fuera de la Iglesia no hay salvación» y que «no puede tener a Dios como padre quien no tiene a la Iglesia como madre». Una característica esencial de la Iglesia es la unidad, simbolizada por la túnica de Cristo sin costuras: unidad de la que dice que tiene su fundamento en Pedro y su perfecta realización en la Eucaristía. «Hay un solo Dios y un solo Cristo -afirma san Cipriano-; una sola es su Iglesia, una sola fe, un solo pueblo cristiano, que se mantiene fuertemente unido con el cemento de la concordia; y no se puede separar lo que es uno por naturaleza». Hemos hablado de su pensamiento sobre la Iglesia, pero no podemos dejar de referirnos a la enseñanza de san Cipriano sobre la oración. A mí me gusta especialmente su libro sobre el «Padre nuestro», que me ha ayudado mucho a comprender mejor y a rezar mejor la «oración del Señor». San Cipriano enseña que en el «Padre nuestro» se da al cristiano precisamente el modo correcto de orar, y subraya que esa oración está en plural, «para que quien reza no ore únicamente por sí mismo. Nuestra oración -escribe- es pública y comunitaria; y, cuando rezamos, no oramos por uno solo, sino por todo el pueblo, porque junto con todo el pueblo somos uno». De esta forma, oración personal y litúrgica se presentan estrechamente unidas entre sí. Su unidad proviene del hecho de que responden a la misma palabra de Dios. El cristiano no dice «Padre mío», sino «Padre nuestro», incluso en lo más secreto de su recámara cerrada, porque sabe que en todo lugar, en toda circunstancia, es miembro de un mismo cuerpo. «Oremos, pues, hermanos amadísimos -escribe el Obispo de Cartago-, como Dios, el Maestro, nos ha enseñado. Es oración confidencial e íntima orar a Dios con lo que es suyo, elevar hasta sus oídos la oración de Cristo. Que el Padre reconozca las palabras de su Hijo, cuando rezamos una oración: el que habita en lo más íntimo del alma debe estar presente también en la voz... Además, cuando se reza, hay que tener un modo de hablar y orar que, con disciplina, mantenga la calma y la reserva. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos ser gratos a los ojos divinos tanto con la postura del cuerpo como con el tono de la voz... Y cuando nos reunimos con los hermanos y celebramos los sacrificios divinos con el sacerdote de Dios, debemos recordar el temor reverencial y la disciplina, sin lanzar al viento nuestras oraciones con voz descompuesta, ni hacer con mucha palabrería una petición que más bien debemos elevar a Dios con moderación, porque Dios no escucha la voz sino el corazón». Se trata de palabras que siguen siendo válidas hoy y nos ayudan a celebrar bien la sagrada liturgia. * * * DIOS NO PERDONÓ A SU
PROPIO HIJO, Honrando como honramos por tan diversos motivos a nuestro común Señor, ¿no debemos, sobre todo, honrarlo, glorificarlo y admirarlo por la cruz, por aquella muerte tan ignominiosa? ¿O es que Pablo no aduce una y otra vez la muerte de Cristo como prueba de su amor por nosotros? Y morir, ¿por quiénes? Silenciando todo lo que Cristo ha hecho para nuestra utilidad y solaz, vuelve casi obsesivamente al tema de la cruz, diciendo: La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros. De este hecho, san Pablo intenta elevarnos a las más halagüeñas esperanzas, diciendo: Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! El mismo Pablo tiene esto por motivo de gozo y de orgullo, y salta de alegría escribiendo a los Gálatas: Dios me libre de gloriarme si no en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Y ¿por qué te admiras de que esto haga saltar, brincar y alegrarse a Pablo? El mismo que padeció tales sufrimientos llama al suplicio su gloria: Padre -dice-, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo. Y el discípulo que escribió estas cosas, decía: Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado, llamando gloria a la cruz. Y cuando quiso poner en evidencia la caridad de Cristo, ¿de qué echó mano Juan? ¿De sus milagros?, ¿de las maravillas que realizó?, ¿de los prodigios que obró? Nada de eso: saca a colación la cruz, diciendo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Y nuevamente Pablo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? Y cuando desea incitarnos a la humildad, de ahí toma pie su exhortación y se expresa así: Tened entre vosotros los sentimientos de una vida en Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. En otra ocasión, dando consejos acerca de la caridad, vuelve sobre el mismo tema, diciendo: Vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor. Y, finalmente, el mismo Cristo, para demostrar cómo la cruz era su principal preocupación y cómo su pasión primaba en él, escucha qué es lo que le dijo al príncipe de los apóstoles, al fundamento de la Iglesia, al corifeo del coro de los apóstoles, cuando, desde su ignorancia, le decía: ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte: Quítate -le dijo- de mi vista, Satanás, que me haces tropezar. Con lo exagerado del reproche y de la reprimenda, quiso dejar bien sentado la gran importancia que a sus ojos tenía la cruz. ¿Por qué te maravillas, pues, de que en esta vida sea la cruz tan célebre como para que Cristo la llame su «gloria» y Pablo en ella se gloríe? * * * LA LECCIÓN DEL MONTE
ALVERNA (y II) 27. Santa María. La ermita que san Francisco hizo construir en el Alverna a su llegada -en la cuaresma que el santo pasó en el Santo Monte-, quiso que se dedicara a Santa María de los Ángeles. María Santísima está siempre presente en su vida espiritual. Para san Francisco, con Cristo y en Cristo tenía que estar siempre la Madre de Cristo. La devoción a su Señora, a su Reina, a la Madre de su Señor, era muy profunda, delicada y sentida, con los acentos caballerescos del medievo. Desconocemos más detalles acerca de su devoción mariana en el Alverna en 1224; pero el mero hecho de haber dedicado la ermita a Santa María de los Angeles demuestra que el Pobrecillo se entretendría no pocas veces con su Reina. El Concilio nos ha invitado encarecidamente a perfeccionar nuestra piedad mariana, purificándola de exageraciones y desviaciones. No es una invitación a eliminar la devoción, ni a actuar indiscriminadamente contra la religiosidad popular de veneración y confianza en la Madre de Dios. El Concilio propugna un análisis en profundidad, una renovación, un progreso en las manifestaciones de devoción, en fe, confianza, amor e imitación. Se había producido una inflexión sensible en la piedad mariana y ha sonado la hora de la restauración. Siguiendo el ejemplo de san Francisco, pongamos a Santa María en nuestro Alverna. Cuanto más auténtica y conforme a la fe sea nuestra espiritualidad mariana, será más intensa y ferviente. Como la de nuestro Padre. 28. Vida de oración. El monte Alverna es una demostración patente de que san Francisco, aun al final de sus días, sentía la necesidad apremiante de lo que hoy llamamos «tiempos fuertes» de oración y de «experiencia del desierto». Su absorción en Dios era tan fuerte y profunda, que de hecho todo era oración: el trabajo, el contacto con los hermanos, su peregrinar apostólico, su convivencia y encuentro con todas las criaturas. Sentía, no obstante, «el polvo del camino que se adhiere a los pies de los apóstoles»; sentía la necesidad de reavivar su vida de oración con estas «cuaresmas» de vida retirada, con más rigor de penitencia y mayor radicalidad de recogimiento; con mayor plenitud de oración. Se subraya acertadamente que oración y vida, oración y trabajo, oración y convivencia humana, oración y apostolado, oración y experiencia del cosmos, deben constituir una unidad indestructible y no una mera yuxtaposición y, menos todavía, un mutuo obstáculo. Pero fácilmente olvidamos que el «debe ser así» es una meta muy alta, y que en la vida presente esta convergencia e identificación no suelen ser un hecho cotidiano: son una meta lejana que difícilmente se logra. Nada más pernicioso para la vida de oración que pensar que se ha alcanzado la meta cuando todavía no se ha llegado a ella. 29. Oración que se convierte en vida del alma. Si es verdad, como lo es, que necesitamos «tiempos fuertes» de oración y «tiempos de desierto», no lo es menos que, durante los entretiempos, la oración no debe disminuir; debe ser realmente la vida del alma, la realidad ininterrumpida y perseverante de nuestra existencia. Sólo en la oración encontramos en Dios a los hermanos, la creación, el apostolado, el trabajo; hallamos nuestra realización y promoción completas: pues sólo en la oración realizamos subjetivamente la participación en la divina naturaleza, nuestro estar «en Cristo». Nuestro Padre san Francisco hizo tales progresos en este camino que, por ello, se convirtió en signo y mensaje elocuente de cómo se realiza aun «lo humano» por estas altas sendas de la vida espiritual. La vida del espíritu no progresa por «alienación», sino por integración: es el mensaje del Alverna. Hay que tener en cuenta, no obstante, nuestra debilidad y flaqueza, y no pretender quemar etapas. En la medida en que la oración se hace vida de nuestra alma de una manera total, en esa misma medida habremos logrado progresar en la integración de todo en Dios: todo será oración. [Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/selfran11/koser.html]
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