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| DÍA 14 DE SEPTIEMBRE
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* * * San Gabriel Taurino Dufresse. Nació en Lezoux (Francia) el año 1750. Ingresó el año 1775 en la Sociedad de Misiones Extranjeras de París y aquel mismo año, una vez ordenado de sacerdote, marchó a China. Estuvo trabajando intensamente hasta que en 1784, comenzada la persecución imperial contra los cristianos, fue arrestado y expulsado. Volvió a China en 1789 y dos años después fue nombrado obispo. En 1805 se desató una nueva persecución, y aún pudo ejercer su ministerio diez años más en la clandestinidad. Lo arrestaron, y fue decapitado el 14 de septiembre de 1815 en Tcheng-Tou, provincia de Sichuan (China). San Materno. Se le considera como el primer obispo de Colonia (Alemania). Convirtió a la fe de Cristo a gentes de Tongres, Colonia y Tréveris. Murió antes del año 343. Santa Notburga. Nació en Rattenberg (Tirol) el año 1264 en el seno de una familia campesina. A los 18 años entró a trabajar como criada de servicio en la cocina de la casa del conde Enrique de Rattenberg. Distribuía a los pobres los alimentos que sobraban y también les daba de su propia comida. Trabajaba toda la semana y dedicaba al culto y a la oración los domingos. Por sus virtudes fue para los campesinos un modelo de santidad al alcance de todos. Murió en Eben (Tirol) el 14 de septiembre de 1313. San Pedro de Tarantasia. Nació en Saint-Maurice-de-l'Exil (Delfinado, Francia) el año 1102. A la edad de veinte años entró en la abadía cisterciense de Bonnevaux y en 1132 fue nombrado primer abad de la nueva abadía de Tamié (Saboya). El año 1140 fue elegido obispo de Tarantasia. La rigió con fervorosa diligencia, visitó todas sus parroquias, promovió la vida claustral y monástica, fomentó la concordia entre pueblos enfrentados, adaptó el palacio episcopal para un mejor servicio de pobres e indigentes, a los que servía personalmente. Los papas le confiaron misiones delicadas. Murió en el monasterio de Bellvaux, territorio de Besançon, el 14 de septiembre de 1174. Beato Anastasio Pedro Burch. Nació en Gerona el año 1869. Profesó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1887. Tuvo varios destinos, siendo el último la escuela de San Rafael, en Madrid. Se distinguió por su interés por los pobres y los problemas sociales. Durante la persecución religiosa se refugió fuera del convento. Se interesó por la suerte de los demás hermanos y los ayudaba. El 14 de septiembre de 1936, envió dinero a uno de ellos por medio de un joven. Los milicianos de la FAI detuvieron al joven, que tuvo que decirles el origen del dinero. De inmediato detuvieron al Hno. Anastasio y lo asesinaron en la carretera de Francia. Beatificado el 13-X-2013. Beato Claudio Laplace. Nació en Bourbon-Lancy (Borgoña, Francia) el año 1725. Ordenado de sacerdote, se centró en el ministerio parroquial. Ya en la República Francesa, en 1791 se negó a prestar el juramento constitucional que se pedía a los sacerdotes, por lo que tuvo que dejar la parroquia. Lo detuvieron, lo condenaron a la deportación y, a pesar de su edad, lo embarcaron en la nave-prisión Les Deux Associés, anclada frente a Rochefort, en la que falleció a consecuencia de un contagio mortal el 14 de septiembre de 1794. Cumplió bien sus deberes de párroco y gozó de gran crédito como director de almas. Beatos Joaquín Ochoa Salazar, Sabino Ayastury Errasti y Florencio Arnáiz Cejudo. Se trata de tres religiosos Marianistas jóvenes, a quienes la guerra civil española sorprendió en Madrid. Buscaron refugio en casas particulares, pero los detuvieron, los llevaron a la checa de las Salesas, en la calle de San Bernardo, y el 14 de septiembre de 1936, después de haberlos torturado, los fusilaron en la carretera de El Pardo, Madrid. Fueron beatificados el año 2007. Joaquín nació en Villanueva de Valdegovia (Álava) el año 1910, hizo la profesión en 1928, completó su formación y en 1931 empezó su actividad docente en la enseñanza primaria; mientras se preparaba para la Licenciatura en Historia. Era bondadoso y sencillo, amable y muy caritativo con los pobres. Sabino nació en Arechavaleta (Guipúzcoa) el año 1911, profesó en 1928, continuó sus estudios y luego se dedicó a la enseñanza mientras se preparaba para la Licenciatura en Historia. También, fue admitido para prepararse al sacerdocio. Florencio nació en Espinosa de Cerrato (Palencia) el año 1909. Hizo la profesión en 1926, y se encontró con problemas de salud y dificultades en los estudios. En 1932 obtuvo el diploma de Magisterio y se dedicó a la enseñanza en el Colegio del Pilar de Madrid. Era abnegado y se preocupaba de la clase y los alumnos. Beatos Manuel Álvarez Álvarez y Teófilo Montes Calvo. Los dos eran Dominicos y, cuando estalló en España la guerra civil, tuvieron que dejar el convento de Madrid, del que eran miembros, y refugiarse en casas particulares. Pero los detuvieron, los llevaron a la checa de San Bernardo y el 14 de septiembre de 1936 los martirizaron en la carretera de El Pardo, Madrid. Fueron beatificados el año 2007. Manuel nació en Llanuces (Asturias) el año 1871, hizo la profesión religiosa en 1891 y se ordenó de sacerdote en 1899. Lo destinaron a Venezuela y ejerció el ministerio sacerdotal en Caracas durante siete años, propagando el culto al Sagrado Corazón. Por su delicada salud regresó a España en 1910 y estuvo destinado en Ávila y en Madrid. Teófilo nació en Gumiel del Mercado (Burgos) el año 1912. Leyendo la vida de santo Domingo sintió una inclinación irresistible hacia la vida religiosa dominicana. Ingresó en el noviciado como clérigo en 1929, pero una enfermedad lo obligó a volver a su familia. Recuperada la salud, trabajó en una granja. Por fin profesó como hermano cooperador en 1933, y lo destinaron a los conventos de Ávila y Madrid como portero.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: De la primera carta de san Pablo a los Corintios: «Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,22-24). Pensamiento franciscano: Oración de San Francisco: «Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo» (Test 5). Orar con la Iglesia: Roguemos a Cristo, muerto en la cruz y resucitado, nuestro único Mediador, que interceda ante el Padre por la Iglesia orante. -Para que el Padre, por el poder de la cruz de Cristo, conceda a su Iglesia la firmeza en la fe, el valor de la esperanza y la entrega en el amor. -Para que, por la eficacia salvífica de la cruz de Cristo, conceda la paz y la reconciliación entre todos los hombres de buena voluntad. -Para que, por la cruz salvadora, el Padre sostenga a los enfermos, dé fortaleza y aliento a los oprimidos, conforte a cuantos comparten la pasión de Cristo. -Para que el Padre otorgue, a cuantos hemos sido marcados con la cruz de Cristo, el Espíritu de fortaleza y de paciencia, de paz y de amor. -Para que la cruz redentora de Cristo robustezca a los que predican el Evangelio en tierras de misión o en sectores alejados de la Iglesia. Oración: Dios y Padre nuestro, escucha la oración de quienes creemos en tu Hijo y queremos seguir su camino de entrega y de sacrificio por amor a ti y a nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Seño. Amén. * * * PALABRAS DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI Queridos hermanos y hermanas Esta noche hemos acompañado en la fe a Jesús en el recorrido del último trecho de su camino terrenal, el más doloroso, el del Calvario. Hemos escuchado el clamor de la muchedumbre, las palabras de condena, las burlas de los soldados, el llanto de la Virgen María y de las mujeres. Ahora estamos sumidos en el silencio de esta noche, en el silencio de la cruz, en el silencio de la muerte. Es un silencio que lleva consigo el peso del dolor del hombre rechazado, oprimido y aplastado; el peso del pecado que le desfigura el rostro, el peso del mal. Esta noche hemos revivido, en el profundo de nuestro corazón, el drama de Jesús, cargado del dolor, del mal y del pecado del hombre. ¿Qué queda ahora ante nuestros ojos? Queda un Crucifijo, una Cruz elevada sobre el Gólgota, una Cruz que parece señalar la derrota definitiva de Aquel que había traído la luz a quien estaba sumido en la oscuridad, de Aquel que había hablado de la fuerza del perdón y de la misericordia, que había invitado a creer en el amor infinito de Dios por cada persona humana. Despreciado y rechazado por los hombres, está ante nosotros el «hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, despreciado y evitado de los hombres, ante el cual se ocultaban los rostros» (Is 53,3). Pero miremos bien a este hombre crucificado entre la tierra y el cielo, contemplémosle con una mirada más profunda, y descubriremos que la Cruz no es el signo de la victoria de la muerte, del pecado y del mal, sino el signo luminoso del amor, más aún, de la inmensidad del amor de Dios, de aquello que jamás habríamos podido pedir, imaginar o esperar: Dios se ha inclinado sobre nosotros, se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos la mano y alzarnos hacia él, para llevarnos hasta él. La Cruz nos habla de la fe en el poder de este amor, a creer que en cada situación de nuestra vida, de la historia, del mundo, Dios es capaz de vencer la muerte, el pecado, el mal, y darnos una vida nueva, resucitada. En la muerte en cruz del Hijo de Dios, está el germen de una nueva esperanza de vida, como el grano que muere dentro de la tierra. En esta noche cargada de silencio, cargada de esperanza, resuena la invitación que Dios nos dirige a través de las palabras de san Agustín: «Tened fe. Vosotros vendréis a mí y gustareis los bienes de mi mesa, así como yo no he rechazado saborear los males de la vuestra Os he prometido la vida Como anticipo os he dado mi muerte, como si os dijera: "Mirad, yo os invito a participar en mi vida Una vida donde nadie muere, una vida verdaderamente feliz, donde el alimento no perece, repara las fuerzas y nunca se agota. Ved a qué os invito A la amistad con el Padre y el Espíritu Santo, a la cena eterna, a ser hermanos míos..., a participar en mi vida"» (cf. Sermón 231, 5). Fijemos nuestra mirada en Jesús crucificado y pidamos en la oración: Ilumina, Señor, nuestro corazón, para que podamos seguirte por el camino de la Cruz; haz morir en nosotros el «hombre viejo», atado al egoísmo, al mal, al pecado, y haznos «hombres nuevos», hombres y mujeres santos, transformados y animados por tu amor. * * * LA CRUZ ES LA GLORIA Y
EXALTACIÓN DE CRISTO Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz y, junto con el Crucificado, nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. Y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original. Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos. Por esto, la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo. La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él, y pronto lo glorificará. Y también: Padre, glorifícame con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz. También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo. * * * EL ALVERNA SEGÚN YO
LO VI El Señor me concedió una inmensa gracia: la de hacer el curso anual de ejercicios espirituales aquí en el Alverna, en el Santo Monte Franciscano, donde tanto rezó nuestro san Francisco a Nuestro Señor, y donde tanto sufrió por Él, que llevó impresa en su cuerpo la señal de amor. El monte del Alverna es un monte rocoso, calcáreo, sobre el que las hayas y los abetos han crecido formando una maravillosa corona. Aquí y allá se muestran desnudas rocas, enormes peñas, columnas colosales; una parte del monte se precipita al fondo del valle y las rocas que permanecen erguidas tienen un aspecto salvaje. Algunas peñas se han desprendido en parte y se mantienen gracias a un milagroso equilibrio; sobre otras se han asentado las hayas y sus raíces abrazan a las rocas en contorsiones extrañas. Las rocas, en parte desnudas, en parte cubiertas de vegetación, presentan un aspecto fiero y salvaje; entre ellas san Francisco escogía sus lugares preferidos para la oración; he aquí el "Sasso Spico": una enorme piedra que permanece como sostenida en el aire y bajo la cual se refugiaba el Santo para rezar; más allá, en una caverna, está el lecho de san Francisco, es decir, otra piedra sobre la que se arrodillaba para rezar y sobre la que se recostaba para descansar. Sobre una de estas enormes rocas es precisamente donde hoy se levanta a pique la pequeña iglesia de los Estigmas y donde más frecuentemente se retiraba el Santo en la última visita al Alverna, en 1224. Una roca separada del resto del monte; para llegar a ella fray León y fray Maseo tendían maderos sobre el precipicio; por estos pasaba el Santo, que se retiraba completamente solo a una choza de barro y ramas construida a la sombra de una gran haya. Aquí la noche del 14 de septiembre de 1224 ocurrió el milagro de la estigmatización. Para recordarlo, los religiosos van todas las noches en procesión a ese lugar sagrado. Parten de la iglesia grande después del Oficio: precede un novicio que lleva una gran cruz; a su lado otros dos novicios con dos grandes linternas; lo siguen de dos en dos los religiosos salmodiantes. Sigo la procesión con los religiosos; la noche está ya entrada; son casi las dos, pero no siento ningún cansancio; el canto sale espontáneo y lento de los pechos. Los frailes caminan todos con la cabeza inclinada, meditando sus problemas. Por aquí pasaba san Francisco por la noche; hasta aquí lo acompañaba fray León, ovejuela de Dios. Una pequeña ventana me deja adivinar los lugares donde san Francisco pasaba las noches en vela; se filtra un tenue rayo de la luna que surge de entre las nubes; y las rocas y los árboles se aclaran bajo esa lluvia de luz. Estamos ya en la pequeña iglesia. La cerámica de Della Robbia, iluminada por la luz de la linterna, vuelca en la iglesia la fascinación de su sugestiva belleza. Jesús está en lo alto, sobre la cruz; ha reclinado su cabeza; el cuerpo descansa después del sobresalto de la muerte. Todo está consumado. Al pie de la Cruz, María, en cuyo rostro se refleja lo irremediable, tiene la vista fija en el vacío; también ella ha ofrecido todo lo que podía dar. San Juan, del otro lado, contempla al Maestro. Parece sereno, recuerda tal vez las últimas palabras, espera la Resurrección. Y he aquí, a un lado, san Francisco que abre los brazos y presenta el costado a la estigmatización que renueva en él el dolor de la crucifixión. Más allá, san Jerónimo que se golpea el pecho con una piedra. La luna y el sol asisten llorando desde lo alto, y, desde más alto todavía, el Padre y el Espíritu Santo bendiciendo, dominan la visión; todo alrededor, los ángeles adoran con actos de dolor, quienes con las manos juntas, quienes cubriéndose el rostro. Es el cuadro de la Pasión tal como nosotros, franciscanos, gustamos figurárnoslo desde el Giotto hasta hoy, como nos lo ha enseñado Francisco; el cuadro de la Pasión que nos ha hecho Misioneros de ese Divino Amor que todo pudo, hasta la muerte, "y una muerte de cruz". Soy todo ojos. Los novicios que llevan la cruz y las linternas, las depositan; luego, de dos en dos, se arrojan al suelo para besar la roca sobre la cual estuvo san Francisco en aquella memorable noche. Y se reinicia el canto; he aquí la antífona: «Aquí sellaste, Señor, a tu siervo con el sello de nuestra redención». En cierto momento no queda sino arrojarse al suelo y rezar. Lo exige la ceremonia, y yo lo hago con ardor: «Concédeme, Señor, un verdadero espíritu franciscano; el mundo debe ser conquistado para ti; no te ama. Para conducirlo a ti se necesitan buenos obreros, siervos fieles, almas abrasadas de amor. Concédeme todo esto; que descienda de este monte habiendo comprendido mi deber y poseyendo las fuerzas necesarias de renunciamiento para cumplirlo. Señor, ten piedad de mí, que siento repugnancia por el sacrificio; concédeme la fuerza para servirte hasta el fin». Me levanto sereno. El canto es ahora alegre y festivo. Son las letanías de la Virgen. La invocamos porque ella es la consoladora de los afligidos y porque es el refugio de los pecadores. [Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/santuarios/gemelli1.htm]
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