DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 12 DE SEPTIEMBRE

 

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SANTÍSIMO NOMBRE DE MARÍA. El evangelista san Lucas, en la escena de la Anunciación, escribe: «Y el nombre de la Virgen era María». Benedicto XVI decía el 12 de septiembre de 2006: «Celebramos hoy la fiesta del "Nombre de María". A quienes llevan este nombre -mi madre y mi hermana lo llevaban- quisiera expresarles mi más cordial felicitación por su onomástico. María, la Madre del Señor, recibió del pueblo fiel el título de "Abogada", pues es nuestra abogada ante Dios. Desde las bodas de Caná la conocemos como la mujer benigna, llena de solicitud materna y de amor, la mujer que percibe las necesidades ajenas y, para ayudar, las lleva ante el Señor. Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo el Señor la entrega como Madre al discípulo predilecto y, en él, a todos nosotros. En todas las épocas los cristianos han acogido con gratitud este testamento de Jesús, y junto a la Madre han encontrado siempre la seguridad y la confiada esperanza que nos llenan de gozo en Dios y en nuestra fe en él. Acojamos también nosotros a María como la estrella de nuestra vida, que nos introduce en la gran familia de Dios. Sí, el que cree nunca está solo».- Oración: Te pedimos, Dios Todopoderoso, que a cuantos celebramos el nombre glorioso de santa María Virgen, ella nos consiga los beneficios de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

BEATOS APOLINAR FRANCO Y COMPAÑEROS. Son seis mártires de Japón, que fueron quemados vivos en Omura el 12 de septiembre de 1622. Tres eran franciscanos y tres dominicos. Apolinar Franco nació en Aguilar de Campoo (Palencia, España) hacia el año 1570, estudió leyes en la Universidad de Salamanca y luego vistió el hábito franciscano en la Provincia observante de Santiago. Religioso austero y contemplativo, recibió la ordenación sacerdotal y fue un predicador renombrado. En 1600 partió para Filipinas, y dos años después pasó a Japón, donde estuvo evangelizando e instituyendo obras de beneficencia hasta que, en 1614, los misioneros fueron expulsados. Pasó entonces a la clandestinidad para seguir atendiendo a los cristianos. Lo detuvieron en 1617 y, después de cinco años terribles de cárcel, vividos con gran paciencia y mansedumbre para ejemplo de propios y extraños, lo condenaron a muerte. Francisco de San Buenaventura era un japonés que se había educado con los franciscanos, y que se hizo compañero y catequista del beato Apolinar. Cuando a éste lo apresaron, él estaba ausente, y, al enterarse, acudió al gobernador a quien reprochó sus delitos y su apostasía de la fe cristiana; el gobernador, irritado, lo encerró con el P. Apolinar, quien, en la cárcel, lo admitió al noviciado y a la profesión en la Orden franciscana. También Pablo (o Pedro) de Santa Clara era japonés y catequista con el P. Apolinar, con quien lo encarcelaron y bajo cuya guía y autoridad, pues era el superior de los misioneros franciscanos, hizo en la cárcel el noviciado y profesó la Regla de san Francisco. Tomás de Zumárraga nació en Vitoria (España) el año 1577, ingresó en la Orden de Predicadores y, ordenado de sacerdote, partió para Filipinas en 1601, de donde pasó a Japón. Evangelizó en medio de muchos peligros y, después de cinco años de cruel prisión, recibió la corona del martirio. Domingo Magoshichi era japonés, colaborador del P. Tomás a quien, en la cárcel, pidió el hábito dominico, que le fue concedido. Mateo de Santo Tomás Chiwiato también era japonés y colaborador del P. Tomás, de quien recibió el hábito dominico en la cárcel.

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San Albeo. Primer obispo de Emly o Imlech, en la provincia de Munster (Irlanda). Fue el principal evangelizador de esta región, y con su ejemplo y su celo apostólico atrajo a muchas personas a la fe en Cristo. Murió el año 528.

San Autónomo. Obispo y mártir de Bitinia (en la actual Turquía) en el siglo III.

Santos Crónides, Leoncio y Serapión. Sufrieron el martirio en Alejandría de Egipto en el siglo III. Según la tradición, por haber confesado su fe en Cristo fueron arrojados y ahogados en el mar durante la persecución del emperador Maximino.

San Francisco Ch'oe Kyong-hwan. Nació en Corea el año 1805 en el seno de una familia cristiana. Contrajo matrimonio y tuvo cinco o seis hijos. Colaboró con los misioneros y fue nombrado catequista en 1839, año en que se desató la persecución contra los cristianos. El 31 de julio de aquel año lo arrestaron y encarcelaron. Confesó su fe ante el juez, y éste mandó torturarlo hasta que apostatara. No lo consiguieron, y siguió en la cárcel hasta su muerte. El 11 de septiembre de 1839, después de reafirmar su fe, le dieron una paliza de cincuenta golpes de cañas, de resultas de lo cual murió al día siguiente.

San Guido de Anderlecht. Nació en Anderlecht, cerca de Bruselas, (Bélgica) el año 950 en el seno de una familia de labradores cristianos. Primero fue sacristán en la iglesia de Nuestra Señora de Laken, llevaba vida de piedad y laboriosidad, y era muy generoso con los pobres. Luego estuvo siete años peregrinando a Roma, para venerar los sepulcros de san Pedro y san Pablo, y a Tierra Santa para visitar los lugares de la vida del Señor. Agotado, regresó a Anderlecht, donde lo acogió un sacerdote, y allí murió poco después en 1012.

Beatos Emérito José Plana Rebugent y Hugo Julián Delgado Díez. Los dos eran Hermanos de las Escuelas Cristianas y cuando, en la persecución religiosa de 1936 en España, tuvieron que dejar el convento se hospedaron en el hotel «Quima» de Gerona (España). Allí fueron a buscarlos los milicianos el 12 de septiembre de 1936, y aquel mismo día los asesinaron en un bosquecito de Ruidellots (Gerona). Fueron beatificados el año 2007. Emérito José nació en Sellera (Gerona) el año 1900, vistió el hábito religioso en 1916 y tuvo varios destinos en España; de 1925 a 1928 estuvo en Cuba. Hugo Julián nació en Villarrodrigo de la Vega (Palencia), tomó el hábito religioso en 1921 y hasta su muerte ejerció su apostolado en Gerona.

Beato Esteban de San José. Nació en Elorrio (Vizcaya) en 1880. Hizo su primera profesión en la Orden de los Trinitarios en 1906, como religioso laico. Su vida fue la de un humilde y laborioso hermano cooperador, dedicado a sus oraciones y a la cocina. Fue detenido y encarcelado el 21-VII-1936 con los otros cinco religiosos de la comunidad de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), a quienes mataron el 27-VII-1936. Él enfermó de gravedad, lo llevaron al asilo, le prometieron salvar su vida si renegaba de su fe y se unía a su causa, lo que rehusó. Recuperado, lo encarcelaron de nuevo, y el 12 de septiembre de 1936 lo asesinaron en Alcázar o tal vez en Herencia. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Francisco Maqueda López. Nació en Villacañas, provincia de Toledo en España, el año 1914. Ingresó en el seminario de Toledo el año 1925, fue haciendo los estudios eclesiásticos y el 5 de junio de 1936 recibió el subdiaconado. Desencadenada la persecución religiosa española, lo arrestaron los revolucionarios el 11 de septiembre de 1936 en Villacañas. En la cárcel animó y confortó a los compañeros de prisión y dirigió el rezo del santo Rosario y otras devociones. Por la noche lo trasportaron en un camión por la carretera nacional de Andalucía y, a la altura de Dosbarrios, pequeño pueblo de la provincia de Toledo, lo fusilaron junto con otras quince personas. Era el 12 de septiembre de 1936. Fue beatificado el año 2007.

Beata María Luisa Prosperi. Nació en Fogliano di Cascia (Umbría, Italia) el año 1799. En 1820 entró en el monasterio de Santa Lucía, en Trevi, y un año después vistió el hábito de las monjas benedictinas. Fue una contemplativa con muchas experiencias místicas que mantuvo en secreto hasta que su primer director espiritual la impulsó a romper su silencio. En 1837 fue elegida abadesa, cargo en el que permaneció hasta su muerte. El monasterio se encontraba en una situación difícil. Con su ejemplo, con bondad y firmeza, restableció la observancia plena de la Regla benedictina, la vida fraterna y de oración, e incluso la llegada de limosnas. Murió el 12-IX-1847. Beatificada el 10-XI-2012.

Beato Miguel de Jesús Puigferrer Mora. Nació en Manlleu (Barcelona) el año 1898. Tomó el hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en Bujedo el año 1914. Después de dos años de Escolasticado, inició su ministerio en el Colegio Condal, de Barcelona, donde lo sorprendió la persecución religiosa del 36. Marchó a casa de su madre, en Manlleu, y allí estaba cuando el 12 de septiembre de 1936 se presentaron cuatro milicianos del comité revolucionario del pueblo. Lo detuvieron y lo asesinaron la noche de aquel mismo día en la carretera de Roda-Olot (Gerona).

Beato Pedro Sulpicio Cristóbal Faverge. Nació en Orleans (Francia) el año 1745. Ingresó en el noviciado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1767 tomando el nombre de Roger. Era muy amable, entregado a su vocación docente, lleno de piedad y virtudes. Cuando en 1792 se le pidió, por ser maestro, que jurara la constitución civil del clero, el se negó por considerar que con ello se separaría de la comunión de la Iglesia. Lo encarcelaron en 1793, lo declararon apto para la deportación y lo encerraron en uno de los pontones anclados frente a Rochefort. Allí sirvió de ejemplo, aliento y consuelo a los demás prisioneros. Afectado por una epidemia, murió el 12 de septiembre de 1794.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (cf. Lc 1,26-31.38).

Pensamiento franciscano:

Del Saludo de san Francisco a la Virgen: «Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien. Salve, palacio suyo; salve, tabernáculo suyo; salve, casa suya. Salve, vestidura suya; salve, esclava suya; salve, Madre suya» (SalVM 1-5).

Orar con la Iglesia:

Proclamemos las grandezas de Dios Padre todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la Madre de su Hijo, y supliquémosle, diciendo: Que la llena de gracia interceda por nosotros.

-Tú que hiciste de María la madre de misericordia, protege a quienes viven en peligro o están turbados.

-Tú que encomendaste a María la misión de madre de familia en el hogar de Nazaret, haz que, por su intercesión, las madres fomenten en sus hogares el amor y la santidad.

-Tú que fortaleciste a María cuando estaba al pie de la cruz y la llenaste de gozo en la resurrección de su Hijo, levanta y robustece el ánimo de los decaídos.

-Tú que hiciste que María meditara tus palabras en su corazón y fuera tu esclava fiel, haz de nosotros, por su intercesión, dóciles siervos y discípulos de su Hijo.

-Tú que coronaste a María como reina del cielo, haz que, guiados por ella, caminemos siempre hacia la felicidad de tu reino.

Oración: Concédenos, Padre, por intercesión de la Madre de tu Hijo, cuanto te pedimos con espíritu filial. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL ROSTRO MATERNO DE MARÍA
EN LOS PRIMEROS SIGLOS

De la catequesis del beato Juan Pablo II
en la audiencia general del miércoles 13-IX-1995

1. En la constitución Lumen gentium, el Concilio Vaticano II afirma que «los fieles unidos a Cristo, su Cabeza, en comunión con todos los santos, conviene también que veneren la memoria "ante todo de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor"» (LG 52). La constitución conciliar utiliza los términos del canon romano de la misa, destacando así el hecho de que la fe en la maternidad divina de María está presente en el pensamiento cristiano ya desde los primeros siglos.

En la Iglesia naciente, a María se la recuerda con el título de Madre de Jesús. Es el mismo Lucas quien, en los Hechos de los Apóstoles, le atribuye este título, que, por lo demás, corresponde a cuanto se dice en los evangelios: «¿No es éste (...) el hijo de María?», se preguntan los habitantes de Nazaret, según el relato del evangelista san Marcos (6,3). «¿No se llama su madre María?», es la pregunta que refiere san Mateo (13,55).

2. A los ojos de los discípulos, congregados después de la Ascensión, el título de Madre de Jesús adquiere todo su significado. María es para ellos una persona única en su género: recibió la gracia singular de engendrar al Salvador de la humanidad, vivió mucho tiempo junto a él, y en el Calvario el Crucificado le pidió que ejerciera una nueva maternidad con respecto a su discípulo predilecto y, por medio de él, con relación a toda la Iglesia.

Para quienes creen en Jesús y lo siguen, Madre de Jesús es un título de honor y veneración, y lo seguirá siendo siempre en la vida y en la fe de la Iglesia. De modo particular, con este título los cristianos quieren afirmar que nadie puede referirse al origen de Jesús, sin reconocer el papel de la mujer que lo engendró en el Espíritu según la naturaleza humana. Su función materna afecta también al nacimiento y al desarrollo de la Iglesia. Los fieles, recordando el lugar que ocupa María en la vida de Jesús, descubren todos los días su presencia eficaz también en su propio itinerario espiritual.

3. Ya desde el comienzo, la Iglesia reconoció la maternidad virginal de María. Como permiten intuir los evangelios de la infancia, ya las primeras comunidades cristianas recogieron los recuerdos de María sobre las circunstancias misteriosas de la concepción y del nacimiento del Salvador. En particular, el relato de la Anunciación responde al deseo de los discípulos de conocer de modo más profundo los acontecimientos relacionados con los comienzos de la vida terrena de Cristo resucitado. En última instancia, María está en el origen de la revelación sobre el misterio de la concepción virginal por obra del Espíritu Santo.

Los primeros cristianos captaron inmediatamente la importancia significativa de esta verdad, que muestra el origen divino de Jesús, y la incluyeron entre las afirmaciones básicas de su fe. En realidad, Jesús, hijo de José según la ley, por una intervención extraordinaria del Espíritu Santo, en su humanidad es hijo únicamente de María, habiendo nacido sin intervención de hombre alguno.

Así, la virginidad de María adquiere un valor singular, pues arroja nueva luz sobre el nacimiento y el misterio de la filiación de Jesús, ya que la generación virginal es el signo de que Jesús tiene como padre a Dios mismo.

La maternidad virginal, reconocida y proclamada por la fe de los Padres, nunca jamás podrá separarse de la identidad de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, dado que nació de María, la Virgen, como profesamos en el símbolo niceno-constantinopolitano. María es la única virgen que es también madre. La extraordinaria presencia simultánea de estos dos dones en la persona de la joven de Nazaret impulsó a los cristianos a llamar a María sencillamente la Virgen, incluso cuando celebran su maternidad.

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PIENSA EN MARÍA E INVÓCALA
EN TODOS LOS MOMENTOS

San Bernardo, de la homilía 2, 17, 1-33
sobre las excelencias de la Virgen Madre

El evangelista dice: «El nombre de la virgen era María» (Lc 1,27). Digamos algo a propósito de este nombre que, según dicen, significa «estrella del mar» y que resulta tan adecuado a la Virgen Madre. De manera muy adecuada es comparada con una estrella, porque, así como la estrella emite su rayo sin corromperse, la Virgen también dio a luz al Hijo sin que ella sufriera merma alguna. Ni el rayo disminuyó la luz de la estrella, ni el Hijo la integridad de la Virgen. Ella es la noble estrella nacida de Jacob, cuyo rayo ilumina todo el universo, cuyo esplendor brilla en los cielos, penetra en los infiernos, ilumina la tierra, caldea las mentes más que los cuerpos, fomenta la virtud y quema los vicios. Ella es la preclara y eximia estrella que necesariamente se levanta sobre este mar grande y espacioso: brilla por sus méritos, ilumina con sus ejemplos.

Tú, que piensas estar en el flujo de este mundo entre tormentas y tempestades en lugar de caminar sobre tierra firme, no apartes los ojos del brillo de esta estrella si no quieres naufragar en las tormentas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si te precipitas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres zarandeado por las olas de la soberbia o de la ambición o del robo o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira o la avaricia o los halagos de la carne acuden a la navecilla de tu mente, mira a María. Si, turbado por la enormidad de tus pecados, confundido por la suciedad de tu conciencia, aterrado por el horror del juicio, comienzas a ser tragado por el abismo de la tristeza, por el precipicio de la desesperación, piensa en María.

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No la apartes de tu boca, no la apartes de tu corazón y, para conseguir la ayuda de su oración, no te separes del ejemplo de su vida. Si la sigues, no te extraviarás; si le suplicas, no te desesperarás; si piensas en ella, no te equivocarás; si te coges a ella, no te derrumbarás; si te protege, no tendrás miedo; si te guía, no te cansarás; si te es favorable, alcanzarás la meta, y así experimentarás que con razón se dijo: «El nombre de la Virgen era María».

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DE LA RELACIÓN DE LOS MARTIRIOS
QUE HUBO EN EL JAPÓN EL AÑO 1622,

escrita por el contemporáneo
Fr. Diego de San Francisco

Porque en esta Relación pretendo persuadir a los religiosos de nuestro Padre San Francisco a que vengan a trabajar y cultivar esta santa Iglesia y viña de Japón, diré dos palabras acerca del buen ejemplo que nos dejaron nuestros siete religiosos mártires, para que imitando nosotros su buen espíritu, se digne Dios hacernos participantes de sus merecimientos.

El santo Fr. Apolinario Franco, cuando le prendieron, era prelado de los frailes de nuestro Padre San Francisco de Japón, y su prisión fue en esta manera. En aquella sazón, en la ciudad de Nangasaki, corrió plática y fama de los gentiles y de algunos cristianos, no tan recatados en hablar, que los Padres religiosos se guardaban muy bien de que no los prendiesen, y que predicaban y aconsejaban a los demás cristianos, que fuesen mártires. Que aunque esto era falso, con todo eso, el santo Fr. Apolinario Franco, habiendo encomendado a Dios el negocio, y preparándose con muchas disciplinas, ayunos y oraciones, le pareció convenía, para volver por la honra de Dios y de sus sacerdotes, salir en público a predicar el santo Evangelio, y fue tan grande el encendimiento y fervor de espíritu que el Señor le comunicó, que no pudiéndose contener, echaba sangre por la boca, diciendo a los que le detenían, que no podía dejar de hacer lo que el Señor le inspiraba. Y así, lleno de espíritu del Señor, se vistió su hábito en público y abrió la corona, y se fue dos leguas de Nangasaki al reino de Omura, que era la mayor parte cristianos renegados y obstinados, y comenzó a predicar por todos los pueblos y aldeas hasta llegar a la ciudad donde estaba el Tono. Predicaba de día, y de noche confesaba a los que convertía, y convirtió a muchos de aquellos cristianos renegados.

Como llegase a noticia del Tono que el santo Fr. Apolinario andaba predicando dentro de la ciudad, donde él estaba, lleno de rabia y furor, mandó que luego le matasen; mas los de su consejo le fueron a la mano, diciendo: Si le mandas matar, cada día vendrán Padres a predicar a tu reino; porque estos religiosos no desean otra cosa, sino morir por Dios; y sabían el Tono y sus consejeros esto, por ser cristianos renegados, y así le mandó prender y poner en una rigurosa cárcel, adonde padeció más de cinco años de muy penoso martirio, predicando con muchas cartas y buenos consejos que daba a los cristianos, y finalmente, como arriba queda dicho, murió santo mártir, asado como San Lorenzo, dejándonos envidiosos de su buena suerte.

Los dos santos religiosos japones, Fr. Francisco de San Buenaventura y Fr. Pablo de Santa Clara, eran muy devotos y se habían criado desde muchachos en la iglesia de nuestro Padre San Francisco, ayudando a la predicación del santo Evangelio, y en particular el santo Fr. Francisco de San Bienaventura era fervoroso y deseoso de padecer por amor de Dios; lo cual se echó bien de ver cuando prendieron al santo Fr. Apolinario Franco, que, como anduviese de ordinario en su compañía, cuando le prendieron, estaba ausente el santo Fr. Francisco de San Bienaventura; y como supiese, cuando volvió, que habían preso al santo Fr. Apolinario, lleno de envidia, porque no le habían prendido con él, vistióse el hábito de nuestro Padre San Francisco en público, porque ha más de ocho años que no le vestimos en público, por la rigurosa persecución, y fuese a la fortaleza del Tono de Omura a le predicar y reprehender sus malas obras y persecución que hacía a los cristianos; y como entrase dentro de la fortaleza, dijéronle las guardas qué era lo que buscaba, y el santo Fr. Francisco respondió, que tenía que decir al Tono cosas de mucha importancia y tocantes a su salvación, que le avisasen de ello. Fueron con el recado al Tono, el cual, lleno de furor, dijo que ¿es posible que a mi misma casa se han de atrever a venir a predicar estos furiosos religiosos? Mátenle luego. Mas, sus consejeros dijeron: no conviene, señor, matarle; porque eso es lo que él quiere, y como los días pasados mataste dos religiosos, y luego salieron otros dos y también los mataste, éste busca lo mismo, y no será él solo, que otros muchos vendrán. Si a éste matas, vendrá a saber el emperador Hogun-sama que tu reino está lleno de religiosos, y que tuviste descuido en buscarlos, cuando te encomendó la ejecución de todos los religiosos, para que fuesen desterrados de Japón; por lo cual será mejor que le pongas en la cárcel con los demás religiosos, que están presos; y pareciéndole buen consejo al Tono, se hizo así, que le pusieron en la cárcel, donde estaba ya preso el santo Fr. Pablo de Santa Clara, y después de muy rigurosa prisión, fueron asados vivos, como los demás arriba dichos, por Jesucristo nuestro Señor.

[Cf. Archivo Ibero-Americano 18 (1922) 159-163].

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