DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 11 DE SEPTIEMBRE

 

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SAN JUAN-GABRIEL PERBOYRE. Nació en Montgesty (Mediodía-Pirineos, Francia) en 1802 de familia numerosa; tanto él como sus dos hermanos entraron en la Congregación de la Misión, y Jean-Gabriel recibió la ordenación sacerdotal en 1826. Comenzó su ministerio en la formación de los seminaristas, pero a la muerte de su hermano Luis durante su viaje a China, solicitó sustituirlo. Llegó a China en 1835 y, después de ambientarse y prepararse en Macao, inició su ministerio. En 1839 se desencadenó la persecución contra la religión cristiana. El 16 de septiembre de aquel año, fue detenido por un grupo de soldados que, con amenazas, habían obligado a un catecúmeno a revelar el lugar donde se escondía el misionero. Así inició su largo calvario, indefenso, a merced de carceleros y jueces. Lo sometieron a varios procesos y un sinfín de interrogatorios. Le pidieron que traicionara a sus compañeros de fe, pero siempre se negó. El 11 de septiembre de 1840 fue llevado junto con siete delincuentes a una altura de Wuchang (Hebei), donde los estrangularon. Juan Pablo II lo canonizó en 1996.

BEATO BUENAVENTURA DE BARCELONA. Su nombre de pila era Miguel Bautista Gran. Nació de familia humilde en Riudoms (Tarragona) el año 1620. De joven tuvo que trabajar en el campo y no pudo estudiar. Contrajo matrimonio, muy pronto quedó viudo y en 1640 vistió el hábito franciscano en el convento recoleto de Sant Miquel de Escornalbou. Fue un religioso muy espiritual y trabajador que ejerció diversos oficios domésticos en conventos de Cataluña hasta que, en 1659, se trasladó a Roma para fundar un convento de la Recolección. Llevado de su ideal de reforma y con el beneplácito de los papas, fundó varios conventos de retiro que dieron origen a la llamada Riformella. Aunque apenas sabía leer y rehusó recibir la ordenación sacerdotal, fue considerado un gran maestro en las cosas del espíritu y dejó escritas algunas obras notables. Destacó por su humildad, su caridad para con los pobres y su estricta pobreza. Murió el 11 de septiembre de 1684 en Roma, en el convento de San Buenaventura al Palatino.

BEATO ANTONIO FAÚNDEZBEATO ANTONIO FAÚNDEZ. Nació en La Hiniesta, provincia de Zamora (España), en 1907. A los 12 años ingresó en el Colegio Seráfico de Cehegín (Murcia), perteneciente a la provincia franciscana de Cartagena. Hecho el noviciado, profesó en 1924. Fue ordenado sacerdote en 1931. Dos años después lo destinaron, como profesor de literatura, al colegio Seminario Franciscano de Cehegín, donde también se dedicó al ministerio de la predicación y de la confesión. El 11 de marzo de 1936, los milicianos asaltaron el convento de Cehegín, y fue para el P. Antonio el comienzo de un tiempo de peligro e itinerancia por varios lugares en el intento de ponerse a salvo; se refugió por último en una casa particular de Bullas (Murcia). El 11 de septiembre de 1936 los milicianos lo sacaron de esa casa para llevarlo al Comité, decían; pero, ya en la calle, se dio cuenta de que lo llevaban al cementerio. Comenzó a correr para ponerse a salvo. Alcanzado por los disparos de los milicianos murió mártir por las calles de Bullas. Beatificado el 13-X-2013. [Más información]

BEATO FRANCISCO JUAN BONIFACIO. Nació en Pirano (Istria, Croacia) en 1912, de una familia humilde. Recibió la ordenación sacerdotal el año 1936 en la catedral de San Justo en Trieste. Fue párroco de Villa Gardosi, que atendía a diversas aldeas esparcidas por la zona de Buie, sin electricidad. Se hizo amar enseguida, promoviendo numerosas actividades, visitando a las familias, a los enfermos, y donando lo poco que tenía a los pobres, lo que lo convirtió en un sacerdote demasiado incómodo para la propaganda antirreligiosa de la Yugoslavia comunista de entonces. El 11 de septiembre de 1946, cuando regresaba a su casa desde Grisignana, fue detenido por dos hombres de la guardia popular, y los tres desaparecieron en el bosque. El asunto no se conoció durante años, hasta que uno de los guardias que lo habían detenido contó que lo habían golpeado y acuchillado antes de arrojarlo a una «foiba», cavidad cárstica con una profundidad de hasta 200 metros. Fue beatificado el año 2008.

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San Adelfio. Era abad del monasterio de Remiremont, pero, gravemente enfermo, fue a morir al monasterio de Luxeuil (Francia). Murió el año 670.

San Daniel de Bangor (Deiniol Wyn). Era oriundo del norte de Gran Bretaña, pero desarrolló su actividad en Gales. Fue obispo y abad del monasterio de Bangor que había fundado. Murió el año 584 y lo enterraron en la isla de Bardsey.

San Elías Espeleota. Fue primero ermitaño y después monje, formas de vida en las que sobresalió. Murió en el monasterio de Aulinas (Calabria, Italia) el año 960.

San Emiliano. Obispo de Vercelli (Italia) en el siglo VI.

Santos Félix y Régula. Sufrieron el martirio en Zurich (Suiza) a finales del siglo III o principios del siglo IV. Hay una tradición que los asigna a la diócesis de Tarazona en España.

San Leudino (o Bodón). Contrajo matrimonio. Después, de mutuo acuerdo él y su esposa Odila, abrazaron la vida monástica. Más tarde fue elegido obispo de Toul, en la región de Lorena (Francia), donde murió antes del año 680.

San Paciente de Lyon. Nació en Lyon (Francia) a principios del siglo IV, y a mediados del mismo siglo fue elegido obispo de su ciudad natal. Movido por la caridad distribuyó gratuitamente alimentos a las poblaciones de las orillas del Ródano y del Saona, para ayudar a los pueblos oprimidos por el hambre. Ejerció un amplio apostolado para la conversión de herejes y atendió a los necesitados. Murió hacia el año 480.

San Pafnucio. En el siglo IV era obispo en Egipto. Llegada la persecución del emperador Galerio Maximino, confesó abiertamente la fe, por lo que le sacaron un ojo, le cortaron el tendón del pie derecho para que no se escapara y lo condenaron a trabajos forzados en las minas. Cuando llegó la paz, recobró la libertad y asistió al Concilio de Nicea (325) en el que defendió la divinidad de Jesucristo contra el arrianismo.

Santos Proto y Jacinto. Sufrieron el martirio en Roma, en una fecha desconocida del siglo III, y fueron sepultados en el cementerio de Basila, de la vía Salaria Antigua. El papa san Dámaso, después de recuperar sus túmulos que estaban ocultos bajo tierra, les dedicó unos versos en los que los llama hermanos. En 1845 se encontró el sepulcro intacto de san Jacinto y su cuerpo calcinado.

San Sacerdote de Lyon. Era obispo de Lyon, vivió en el amor y temor de Dios, y murió el año 552 en París, adonde había acudido para participar en un concilio.

Beato Fortunato Arias Sánchez. Nació en Almaciles (Granada, España) el año 1891. Ingresó en el seminario de Murcia y se ordenó de sacerdote en 1918. Estuvo en las parroquias de El Palmar y Hellín. Fue un sacerdote activo, celoso e innovador, promotor de la Acción Católica. Detenido en agosto de 1936, escribió desde la cárcel: «Perdono a todos los que sean o hayan de ser causantes o cómplices de mi muerte. Que Dios acepte el sacrificio de nuestra vida para que todos se conviertan y vivan». Fue martirizado el 11 de septiembre de 1936 en los alrededores de Hellín (Albacete). Fue beatificado el año 2007.

Beato Francisco Mayaudon. Nació en Terrason (Aquitania, Francia) el año 1739. Estudió en la Universidad de París obteniendo brillantes notas, se ordenó de sacerdote y fue canónigo y vicario general sucesivamente de la diócesis de Saint-Brieu y de la de Soissons. Al llegar la Revolución Francesa se negó a jurar la constitución civil del clero y se retiró a vivir con una hermana suya. Lo detuvieron en noviembre de 1793, la condenaron a la deportación y lo encerraron en el pontón La Deux Associés anclado frente a Rochefort. Allí murió el 11 de septiembre de 1794, consumido por la gangrena. Fue un hombre entregado a Cristo, paciente en la adversidad y firme en la fe, bondadoso, modesto y afable.

Beatos Gaspar Koteda, Francisco Takeya y Pedro Shichiemon. Los tres eran cristianos japoneses. Gaspar era catequista. Francisco y Pedro, de doce y siete años respectivamente, eran hijos de mártires inmolados el día anterior. También estos tres deberían haber sido martirizados el día 10, pero, de hecho, fueron decapitados el 11 de septiembre de 1622 en la «Colina de los Mártires» de Nagasaki.

Beato José María Segura Penadés. Nació en Onteniente, provincia de Valencia en España, el año 1896. Ingresó en el seminario diocesano y recibió la ordenación sacerdotal en 1921. En la parroquia de Adzaneta de Albaida, desempeñó una gran labor apostólica, especialmente en el Patronato Obrero del Sagrado Corazón, que atendía a la juventud masculina y femenina. En 1929 fue trasladado a Onteniente, a la parroquia arciprestal de Santa María. Allí mostró la bondad y afabilidad de su carácter, su caridad generosa para con los pobres y necesitados, y su predilección por los jóvenes de Acción Católica. El 11 de septiembre de 1936, camino de Játiva, lo detuvieron unos milicianos y lo fusilaron en Genovés (Valencia).

Beato José Piquer, Operario Diocesano. Nació en Onda (Castellón) en 1874. Fue ordenado sacerdote en 1904. Destacaba por su bondad, piedad, sencillez y afabilidad. Ejerció el cargo de prefecto o de rector en varios seminarios. Cuando se desencadenó la persecución religiosa, estaba en Valencia. Marchó a su pueblo, donde estuvo con su familia o en una casa de campo. El 11 de septiembre de 1936 lo detuvieron, y camino del martirio animó a sus compañeros, sacerdotes y seglares, a aceptarlo con gozo por el nombre de Cristo. Aquel mismo día los fusilaron en Bechí (Castellón). Beatificado el 13-X-2013.

Beato José Pla, Operario Diocesano. Nació en Santa Bárbara (Tarragona) en 1888. Fue ordenado sacerdote en 1913. Era de espíritu humilde y se afanaba por servir en todo a los demás. Estuvo cuatro años en México, en un templo de Reparación, y en España prestó diversos servicios a los seminarios y a su Hermandad; se dedicó mucho al confesonario. Se encontraba en Tortosa (Tarragona) cuando estalló la persecución religiosa. Tuvo que cambiar varias veces de refugio. Lo encontraron los milicianos junto al cementerio de Tortosa y allí mismo lo fusilaron. Era el 11 de septiembre de 1936. Beatificado el 13-X-2013.

Beato Pedro de Alcántara Villanueva Larráyoz. Nació en Osinaga (Navarra, España) el año 1881. Sus padres eran labradores acomodados y trabajó con ellos hasta que, a los 27 años, ingresó en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Estuvo destinado en varias comunidades, y cuando estalló la persecución religiosa de 1936 se encontraba en la de Barcelona. Al tener que abandonar el hospital, se refugió en casa de familiares suyos en la Ciudad Condal. Le aconsejaban que disimulase su condición de religioso, pero él decía que eso equivaldría a apostatar. El 4 de septiembre de 1936 lo detuvieron en un registro por confesar él que era religioso, y la noche del día 11 siguiente fue asesinado junto con otros encarcelados.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él... Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14,23-26).

Pensamiento franciscano:

«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.
Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados aquellos que las soporten en paz,
porque por ti, Altísimo, coronados serán» (Cánt 9-11).

Orar con la Iglesia:

Oremos con toda confianza a Cristo, el Señor, que nos mandó velar y orar para no desfallecer ni caer en la tentación.

-Señor, tú prometiste estar con tus discípulos cuando se reunieran en tu nombre para orar: haz que oremos de tal manera que te sientas a gusto entre nosotros.

-Purifica de todo pecado a la Iglesia penitente, y haz que viva siempre en la esperanza y el gozo del Espíritu Santo.

-Tú nos mandaste estar atentos al bien del prójimo, en especial del más necesitado: haz que nuestro comportamiento haga manifiestos tu amor y tu ternura.

-Rey pacífico, concédenos que tu paz reine en el mundo y que nosotros trabajemos sin cesar para conseguirla.

Oración: Señor, mira con amor a tu familia, y aviva el deseo de poseerte en quienes moderan su cuerpo con la penitencia. Por Jesucristo, nuestro Seño. Amén.

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LA SANTA CRUZ Y LA EUCARISTÍA
Benedicto XVI, Ángelus del día 11-IX-2005

Queridos hermanos y hermanas:

El próximo 14 de septiembre celebraremos la fiesta litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz. En el Año dedicado a la Eucaristía, esta fiesta adquiere un significado particular: nos invita a meditar en el profundo e indisoluble vínculo que une la celebración eucarística y el misterio de la cruz. En efecto, toda santa misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y a la «hora» de la muerte en la cruz -escribió el amado Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia- «vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la santa misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella» (n. 4).

Por tanto, la Eucaristía es el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la cruz es la conmovedora manifestación del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios salvó al hombre y al mundo del pecado y de la muerte. Por eso, la señal de la cruz es el gesto fundamental de nuestra oración, de la oración del cristiano. Hacer la señal de la cruz -como haremos ahora con la bendición- es pronunciar un sí visible y público a Aquel que murió por nosotros y resucitó, al Dios que en la humildad y debilidad de su amor es el Todopoderoso, más fuerte que todo el poder y la inteligencia del mundo.

Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar en la presencia real de Cristo crucificado y resucitado, aclama: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!». Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, como Tomás, llena de asombro, puede repetir: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la cruz, que no es un accidente, sino el paso a través del cual Cristo entró en su gloria (cf. Lc 24,26) y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad. Por eso, la liturgia nos invita a orar con confianza y esperanza: Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor, que con tu santa cruz redimiste al mundo!

María, presente en el Calvario junto a la cruz, está también presente, con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas (cf. Ecclesia de Eucharistia, 57). Por eso, nadie mejor que ella puede enseñarnos a comprender y vivir con fe y amor la santa misa, uniéndonos al sacrificio redentor de Cristo. Cuando recibimos la sagrada comunión también nosotros, como María y unidos a ella, abrazamos el madero que Jesús con su amor transformó en instrumento de salvación, y pronunciamos nuestro «amén», nuestro «sí» al Amor crucificado y resucitado.

[Después del Ángelus] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, especialmente a los mexicanos. La Virgen María, que junto a la cruz se unió íntimamente al sacrificio redentor del Hijo de Dios, os ayude a participar en la celebración eucarística con fe plena y amor ferviente.

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EL TEMPLO DE DIOS ES SANTO:
Y ESE TEMPLO SOIS VOSOTROS

San Ambrosio, Comentario sobre el salmo 118, 12.13-14

Yo y el Padre vendremos y haremos morada en él. Que cuando venga encuentre, pues, tu puerta abierta, ábrele tu alma, extiende el interior de tu mente para que pueda contemplar en ella riquezas de rectitud, tesoros de paz, suavidad de gracia. Dilata tu corazón, sal al encuentro del sol de la luz eterna que alumbra a todo hombre. Esta luz verdadera brilla para todos, pero el que cierra sus ventanas se priva a sí mismo de la luz eterna. También tú, si cierras la puerta de tu alma, dejas afuera a Cristo. Aunque tiene poder para entrar, no quiere, sin embargo, ser inoportuno, no quiere obligar a la fuerza.

Él salió del seno de la Virgen como el sol naciente, para iluminar con su luz todo el orbe de la tierra. Reciben esta luz los que desean la claridad del resplandor sin fin, aquella claridad que no interrumpe noche alguna. En efecto, a este sol que vemos cada día suceden las tinieblas de la noche; en cambio, el Sol de justicia nunca se pone, porque a la sabiduría no sucede la malicia.

Dichoso, pues, aquel a cuya puerta llama Cristo. Nuestra puerta es la fe, la cual, si es resistente, defiende toda la casa. Por esta puerta entra Cristo. Por esto, dice la Iglesia en el Cantar de los cantares: Oigo a mi amado que llama a la puerta. Escúchalo cómo llama, cómo desea entrar: ¡Abreme, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos, del relente de la noche!

Considera cuándo es principalmente que llama a tu puerta el Verbo de Dios, siendo así que su cabeza está cuajada del rocío de la noche. Él se digna visitar a los que están tentados o atribulados, para que nadie sucumba bajo el peso de la tribulación. Su cabeza, por tanto, se cubre de rocío o de relente cuando su cuerpo está en dificultades. Entonces, pues, es cuando hay que estar en vela, no sea que cuando venga el Esposo se vea obligado a retirarse. Porque, si estás dormido y tu corazón no está en vela, se marcha sin haber llamado; pero, si tu corazón está en vela, llama y pide que se le abra la puerta.

Hay, pues, una puerta en nuestra alma, hay en nosotros aquellas puertas de las que dice el salmo: ¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria. Si quieres alzar los dinteles de tu fe, entrará a ti el Rey de la gloria, llevando consigo el triunfo de su pasión. También el triunfo tiene sus puertas, pues leemos en el salmo lo que dice el Señor Jesús por boca del salmista: Abridme las puertas del triunfo.

Vemos, por tanto, que el alma tiene su puerta, a la que viene Cristo y llama. Abrele, pues; quiere entrar, quiere hallar en vela a su Esposa.

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LA PASCUA DE UN SANTO
por Ignace Étienne Motte y Gérald Hégo, OFM

La libertad de san Francisco

La alegría de Francisco tiene poco que ver con la exigua alegría del hombre que se levanta de buen humor por la mañana; cierto que debe exteriorizarse, que debe leerse esta alegría en los ojos, que debe ser participada, comunicada: el día de Navidad, hasta las paredes deben untarse con carne. Pero la alegría de Francisco es la explosión del corazón de aquel para quien cada mañana es mañana de liberación; la alegría de quien está salvado y, con un solo hábito, sin dinero, provisto únicamente de la sonrisa, va por el mundo a compartir su propia liberación pascual y su nostalgia del Reino. Alegría de quien ya no es esclavo sino hijo; alegría de quien, liberado de la ley, ama apasionadamente y hace lo que quiere, porque su ley es la caridad. Su andadura, en el austero caminar sobre la tierra, es una danza ligera y libre porque él sabe, porque él cree que, aun en medio de su búsqueda ansiosa, Dios está presente y Dios lo salva.

Y ocurre entonces que el mundo exterior, a cuyos atractivos había renunciado Francisco por penitencia, se presenta a este hombre liberado con un rostro totalmente nuevo. Si Francisco se había transformado en hombre de interioridad por las prolongadas permanencias en las cuevas (Le Carceri, Trasimeno, Fonte Colombo, Greccio, Poggio Bustone, Alverna: nombres, ante todo, de cavernas, lugares solitarios donde Dios hablaba a su siervo), cuando salía de ellas, de este su mundo interior enteramente sobrenatural, Francisco redescubría la inmensidad y la belleza de la creación con un lirismo único, y no a la manera de un artista. Chesterton ha dicho que Francisco volvía a tomar contacto con la creación como por sorpresa, que ella le fue devuelta enteramente nueva, y que entonces la contemplaba como el juglar de Nuestra Señora, caminando sobre las manos y cabeza abajo. Quiso decir con esto que Francisco admiraba la vasta llanura de Asís, aquel asno, aquellos corderos, aquellos ocasos del sol sobre la piedra rojiza de las casas, las estrellas, todo, como suspendido de Dios, formando un mundo divino, familiar, en el que todos son hermanos y hermanas.

Tras el viraje interior operado a través de los largos coloquios en las grutas, el mundo de las cosas se le presentaba a Francisco como desprendido del hombre y vuelto a Dios. Todo lo contempla desde el punto de vista de Dios. Es, en cuanto al mundo exterior, el resultado del misterio pascual que con acentos y colorido de pobreza se ha realizado en Francisco. Desarrapado y sin techo, olvidado de sí, pone a todas las criaturas bajo el mismo cobijo que su propia persona: al amparo de Dios, a quien pertenece todo bien.

Es entonces cuando brota de sus labios, como no había brotado hasta entonces de labios de ningún hombre, «eso tan noble que se llama la alabanza»; es entonces cuando Francisco, hombre nuevo, contempla con ojos nuevos un universo lavado en la sangre del Salvador que recobra su armonía por esa pascua secreta efectuada en el corazón. Como juglar que marcha cabeza abajo, se encuentra a su gusto en un mundo que mira con ojos distintos de los nuestros humanos y que lo pinta con palabras de príncipe y de rey. Su Cántico de las criaturas es un cántico pascual por excelencia, el cántico de un hombre libre.

Finalmente, la libertad de Francisco es la victoria del Espíritu de Dios sobre su carne: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3).

Estas son las primeras palabras de su Testamento, y con ellas nos enseña cómo se inició esta liberación, cómo nació en él el gozo de servir a Dios. ¿Quién podrá decir el grado de libertad a que había llegado en el Alverna en el momento de recibir la imagen corporal del Crucificado? Su amor era la medida de su libertad. Tan íntimamente suya había llegado a ser la ley divina, que someterse a ella y ligarse a esta alianza le resultaba espontáneo, un gozo, un cántico, algo fácil.

Ha llegado a ser príncipe en la libertad del Reino de los cielos. Intentemos comprenderlo quienes, al visitar Le Carceri, el valle de Rieti o el Alverna, nos sentimos un tanto sobrecogidos ante los antros y cuevas a las que gustoso se retiraba Francisco para tratar a solas con Dios.

Ya príncipe, ennoblecido por su libertad de hombre nuevo, se sabía vasallo de su Dios. Descubre y goza de las riquezas de su Dios en la simplicidad desnuda, en el desprendimiento absoluto de la roca y los peñascos, a donde le ha llevado dama Pobreza. Su adhesión incondicional al misterio pascual, la conquista de su libertad le han llevado hasta donde Dios habita, hasta la montaña en la que se inicia de algún modo el cara a cara reservado al más allá.

Aquí ya debemos callar, porque la realidad es indecible, e incomunicable la experiencia de Francisco.

[La pascua de san Francisco. Oñate (Guipúzcoa), 1978, pp. 57-60]

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