DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 13 DE SEPTIEMBRE

 

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SAN JUAN CRISÓSTOMO, obispo y doctor de la Iglesia. [Murió el 14 de septiembre y su fiesta se celebra el 13 de mismo mes]. Nació en Antioquía hacia el año 349, hijo de un funcionario imperial. Después de recibir una excelente formación clásica, se dedicó a la vida ascética y monástica. Más tarde, en el 386, fue ordenado de sacerdote y ejerció, con gran provecho, el ministerio de la predicación. El año 397 fue elegido obispo de Constantinopla, cargo en el que se comportó como un pastor ejemplar, esforzándose por llevar a cabo una profunda reforma de las costumbres del clero y de los fieles. La oposición de la corte imperial, cuyos excesos denunciaba, y de los envidiosos lo llevó por dos veces al destierro. Agotado por tantas penalidades, murió deportado en Comana del Ponto (Turquía), el 14 de septiembre del año 407. Contribuyó en gran manera, por su palabra y sus escritos, al enriquecimiento y explicación de la doctrina católica, hasta el punto de merecer el sobrenombre de Crisóstomo, es decir, «Boca de oro».- Oración: Oh Dios, fortaleza de los que esperan en ti, que has hecho brillar en la Iglesia a san Juan Crisóstomo por su admirable elocuencia y su capacidad de sacrificio, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos llene de fuerza el ejemplo de su valerosa paciencia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

BEATA MARÍA DE JESÚS LÓPEZ DE RIVAS. Nació de familia noble en Tartanedo (Guadalajara, España) el año 1560. A los cuatro años quedó huérfana de padre. Era hermosa y rica, pero desde muy joven se sintió llamada a abrazar la vida religiosa entre las Carmelitas Descalzas. El año 1577 ingresó en el Carmelo de Toledo y fue la misma santa Teresa quien la acogió. Gozaba de poca salud, pero la Madre la admitió a la profesión previendo que sería una santa. En el claustro ejerció los oficios de sacristana y enfermera, y cumplió con exactitud sus deberes religiosos. Tuvo una altísima vida interior y el Señor le concedió dones y carismas místicos extraordinarios. A los 24 años fue nombrada maestra de novicias, luego priora, oficio del que fue depuesta por una calumnia, y más tarde repuesta. Santa Teresa la llamaba «mi letradillo», pues era para ella una pequeña doctora en teología, y la Santa la consultaba en sus viajes a Toledo. Fue siempre humilde y vivió los abundantes sufrimientos de alma y de cuerpo unida a los dolores de la Pasión del Señor. Murió en Toledo el 13 de septiembre de 1640.

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San Amado de Remiremont. Nació en Grenoble (Francia) entre el 565 y el 570, hijo de un noble romano. Ingresó de muy joven en el monasterio de Agauno (Suiza), recibió la ordenación sacerdotal y se retiró a la vida eremítica. El año 620, con san Romarico, fundó en la región de los Vosgos el monasterio de Habend, llamado luego de Remiremont, para el que adoptó la Regla de San Benito y del que fue el primer abad. Aún se retiró a la vida eremítica en las cercanías del monasterio y murió hacia el año 630. Fue famoso por su austeridad, ayunos y amor a la soledad.

San Amado de Sión. Fue obispo de Sión, en el Cantón de Valais (Suiza). Por unas falsas acusaciones, el rey Teodorico III lo desterró primero a la abadía de Péronne, y después a la de Breuil en el territorio de Amiens (Francia), donde vivió como un simple monje y donde murió santamente el año 690.

Dedicación de las basílicas de Jerusalén. La Iglesia conmemora hoy la dedicación, el año 355, de las basílicas que se construyeron sobre el monte Calvario y el Sepulcro del Señor por voluntad del emperador Constantino.

San Emiliano de Valence. Es venerado como el primer obispo de Valence (Francia). Murió algo después del año 374.

San Julián. Sacerdote martirizado en Ancara (Turquía) en el siglo IV, en tiempo del emperador Licinio.

San Litorio. Obispo de Tours en Francia, que construyó la primera iglesia dentro de los muros de la ciudad, en la que estaban presentes los cristianos desde hacía tiempo. Murió el año 371.

San Marcelino. Parece que era español nacido en Toledo. Persona de clase alta y de considerable cultura, se interesaba por los asuntos doctrinales y teológicos desde una fe viva y comprometida. Llegó a ser tribuno y notario del emperador Honorio, y fue amigo de san Agustín, que le dedicó algunas de sus obras, y de san Jerónimo. A partir del año 411 se vio envuelto en las controversias donatistas, que, entre otras cosas, negaban el perdón a los cristianos que habían apostatado durante las persecuciones. Marcelino fue enviado a Cartago (Túnez) para mediar en el diálogo entre los obispos católicos y lo donatistas. Por defender la fe católica fue asesinado por los herejes donatistas en Cartago el año 413.

San Maurilio de Angers. Nació en Milán en la segunda mitad del siglo IV. De joven se hizo discípulo de san Martín de Tours, quien lo ordenó de sacerdote y lo puso al frente de la iglesia de Chalonnes-sur-Loire. Más tarde, el año 423, fue elegido obispo de Angers (Países del Loira, Francia), y durante una treintena de años se dedicó a predicar la palabra de Dios y a desterrar las supersticiones arraigadas entre las gentes del campo. Murió el año 453.

San Venerio. Llevó vida eremítica, en el siglo VII, en isla de Tino situada en el mar de Liguria, en la parte más occidental del golfo de La Spezia (Italia).

Beatos Aurelio María Villalón Acebrón y José Cecilio Rodríguez González. Los dos eran Hermanos de las Escuelas Cristianas y miembros de su comunidad de Almería (España). A raíz de la persecución religiosa, el 22 de julio de 1936 fueron detenidos por los milicianos. Después de someterlos a dura cárcel y a muchos suplicios, el 13 de septiembre de 1936, en Tabernas (Almería), los mataron de un tiro y echaron sus cadáveres a un pozo sin agua. Aurelio María nació en Zafra del Záncara (Cuenca) el año 1890, vistió el hábito religioso en 1906 y, realizados los estudios, comenzó el apostolado en 1908. Tuvo varios destinos y en 1933 lo nombraron director del nuevo Colegio de San José de Almería. Era un profesor competente, hombre de comunidad, persona serena y pacífica, catequista ardoroso. José Cecilio nació en La Molina de Ubierna (Burgos) el año 1885. Siguiendo el camino de dos hermanos suyos, vistió el hábito de Hermano en 1901. Terminados los estudios profesionales en 1903, ejerció el apostolado en los sucesivos destinos que tuvo. En 1935 lo enviaron a Almería para atender las obras del nuevo colegio. Era muy servicial y habilidoso, preparaba las clases con esmero y se ocupaba con abnegación en los quehaceres de la casa, fue siempre un religioso obediente y piadoso.

Beato Claudio Dumonet. Nació en Prissé (Francia) el año 1747. Ordenado de sacerdote, fue profesor en el colegio de Mâson a la vez que se dedicó a la predicación. Cuando le pidieron el juramento constitucional exigido por la Revolución Francesa, lo prestó, pero poco después se retractó. Lo arrestaron, lo condenaron a la deportación y lo encerraron en la nave-prisión Washington anclada frente a Rochefort. Consumido por la miseria y la fiebre, murió el 13 de septiembre de 1794.

Beato Joaquín Balcells. Nació en L'Espluga Calba (Lérida), en 1900. Ordenado sacerdote en 1927, ejerció el ministerio sacerdotal en Vallespinosa (Tarragona). Era un sacerdote virtuoso, humilde, prudente, bondadoso y pródigo con los necesitados. Cuando estalló la persecución de 1936, los milicianos lo echaron del pueblo. Con su anciano padre anduvo por los montes, comiendo lo que encontraban, hacia Vimbodí, cuyo alcalde era familiar suyo. Pero éste lo entregó a los milicianos, que lo asesinaron cerca de Fontscaldes (Tarragona) el 13 de septiembre de 1936. Beatificado el 13-X-2013.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta a los Romanos: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?... Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a Aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles... ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rm 8,35-39).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco en su Admonición sobre la paz: «Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Son verdaderamente pacíficos aquellos que, con todo lo que padecen en este siglo, por el amor de nuestro Señor Jesucristo, conservan la paz en el alma y en el cuerpo» (Adm 15).

Orar con la Iglesia:

Demos gloria y alabanza a Dios Padre que, por medio de su Hijo, nos concede sin cesar su gracia y su perdón.

-Escucha, Dios de misericordia, nuestra oración en favor de tu Iglesia, y concede a tus fieles desear tu palabra más que el alimento del cuerpo.

-Enséñanos a amar de verdad y con obras a nuestros hermanos los hombres, y a trabajar por su bien y por la concordia mutua.

-Pon tus ojos en los avanzan hacia el camino de la fe y en los que ya lo recorren, para que no desfallezcan y lleguen a poseerte en plenitud.

-Danos un corazón dócil a la palabra de tu Hijo que nos invita a la penitencia y la conversión.

Oración: Padre de ternura y generosidad, mira con amor a tu pueblo penitente, perdona nuestras culpas y fortalece nuestra débil voluntad. Por Jesucristo, nuestro Seño. Amén.

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SAN JUAN CRISÓSTOMO
De las catequesis de S. S. Benedicto XVI
en las audiencias generales de los días 19 y 26 de septiembre de 2007

Queridos hermanos y hermanas:

Juan, nacido en torno al año 349 en Antioquía de Siria (actualmente Antakya, en el sur de Turquía), desempeñó allí su ministerio presbiteral durante cerca de once años, hasta el año 397, cuando, nombrado obispo de Constantinopla, ejerció en la capital del Imperio el ministerio episcopal antes de los dos destierros, que se sucedieron a breve distancia uno del otro, entre los años 403 y 407.

Huérfano de padre en tierna edad, vivió con su madre, Antusa, que le transmitió una exquisita sensibilidad humana y una profunda fe cristiana. Después de los estudios primarios y superiores, coronados por los cursos de filosofía y de retórica, tuvo como maestro a Libanio, pagano, el más célebre retórico de su tiempo. En su escuela, san Juan se convirtió en el mayor orador de la antigüedad griega tardía.

Bautizado en el año 368 y formado en la vida eclesiástica por el obispo Melecio, fue por él instituido lector en el año 371. Este hecho marcó la entrada oficial de Crisóstomo en la carrera eclesiástica. Del año 367 al 372, frecuentó el Asceterio, una especie de seminario de Antioquía, junto a un grupo de jóvenes, algunos de los cuales fueron después obispos, bajo la guía del famoso exegeta Diodoro de Tarso, que encaminó a san Juan a la exégesis histórico-literal, característica de la tradición antioquena.

Después se retiró durante cuatro años entre los eremitas del cercano monte Silpio. Prosiguió aquel retiro otros dos años, durante los cuales vivió solo en una caverna bajo la guía de un «anciano». En ese período se dedicó totalmente a meditar «las leyes de Cristo», los evangelios y especialmente las cartas de Pablo. Al enfermarse y ante la imposibilidad de curarse por sí mismo, tuvo que regresar a la comunidad cristiana de Antioquía. El Señor -explica su biógrafo- intervino con la enfermedad en el momento preciso para permitir a Juan seguir su verdadera vocación.

En efecto, escribirá él mismo que, ante la alternativa de elegir entre las vicisitudes del gobierno de la Iglesia y la tranquilidad de la vida monástica, preferiría mil veces el servicio pastoral: precisamente a este servicio se sentía llamado san Juan Crisóstomo. Y aquí se realiza el giro decisivo de la historia de su vocación: pastor de almas a tiempo completo. La intimidad con la palabra de Dios, cultivada durante los años de la vida eremítica, había madurado en él la urgencia irresistible de predicar el Evangelio, de dar a los demás lo que él había recibido en los años de meditación. El ideal misionero lo impulsó así, alma de fuego, a la solicitud pastoral. Entre los años 378 y 379 regresó a la ciudad. Diácono en el 381 y presbítero en el 386, se convirtió en un célebre predicador en las iglesias de su ciudad.

San Juan Crisóstomo es uno de los Padres más prolíficos: de él nos han llegado 17 tratados, más de 700 homilías auténticas, los comentarios a san Mateo y a san Pablo (cartas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios y a los Hebreos) y 241 cartas. No fue un teólogo especulativo. Sin embargo, transmitió la doctrina tradicional y segura de la Iglesia en una época de controversias teológicas suscitadas sobre todo por el arrianismo, es decir, por la negación de la divinidad de Cristo.

Su teología es exquisitamente pastoral; en ella es constante la preocupación de la coherencia entre el pensamiento expresado por la palabra y la vivencia existencial. Este es, en particular, el hilo conductor de las espléndidas catequesis con las que preparaba a los catecúmenos para recibir el bautismo. Poco antes de su muerte, escribió que el valor del hombre está en el «conocimiento exacto de la verdadera doctrina y en la rectitud de la vida». Las dos cosas, conocimiento de la verdad y rectitud de vida, van juntas: el conocimiento debe traducirse en vida. Todas sus intervenciones se orientaron siempre a desarrollar en los fieles el ejercicio de la inteligencia, de la verdadera razón, para comprender y poner en práctica las exigencias morales y espirituales de la fe.

San Juan Crisóstomo se preocupó de acompañar con sus escritos el desarrollo integral de la persona, en sus dimensiones física, intelectual y religiosa. Compara las diversas etapas del crecimiento a otros tantos mares de un inmenso océano.

Por su solicitud en favor de los pobres, san Juan fue llamado también «el limosnero». Como administrador atento logró crear instituciones caritativas muy apreciadas. Su espíritu emprendedor en los diferentes campos hizo que algunos lo vieran como un peligroso rival. Sin embargo, como verdadero pastor, trataba a todos de manera cordial y paterna. En particular, siempre tenía gestos de ternura con respecto a la mujer y dedicaba una atención especial al matrimonio y a la familia. Invitaba a los fieles a participar en la vida litúrgica, que hizo espléndida y atractiva con creatividad genial.

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PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO,
Y UNA GANANCIA EL MORIR

San Juan Crisóstomo, Homilía antes de partir para el exilio (1-3)

Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.

¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y, allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad, ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, yo no me apoyo en mis fuerzas. Tengo en mis manos su palabra escrita. Este es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga». Este es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también.

Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo.

Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro.

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CÓMO MESSER ORLANDO DE CHIUSI
DONÓ EL MONTE ALVERNA A SAN FRANCISCO

De las "Consideraciones sobre las llagas", I

San Francisco, inspirado por Dios, se puso en camino desde el valle de Espoleto en dirección a la Romaña, llevando al hermano León por compañero. Siguiendo esta ruta, pasó al pie del castillo de Montefeltro, donde a la sazón se estaba celebrando un gran convite y cortejo con ocasión de ser armado caballero uno de los condes de Montefeltro. Al enterarse san Francisco de que había allí tal fiesta y de que se habían reunido muchos nobles de diversos países, dijo al hermano León: «Subamos a esta fiesta; puede ser que, con la ayuda de Dios, hagamos algún fruto espiritual».

Había, entre otros nobles llegados para el cortejo, un grande y rico gentilhombre de Toscana, por nombre messer Orlando de Chiusi, el cual, por las cosas admirables que había oído de la santidad y de los milagros de san Francisco, le profesaba gran devoción, y ardía en deseos de verle y de oírle predicar.

Llegó san Francisco al castillo, entró sin más y se fue a la plaza de armas, donde se hallaba reunida toda aquella multitud de nobles; lleno de fervor de espíritu, se subió a un poyo y se puso a predicar, proponiendo este tema en lengua vulgar: Tanto è quel bene ch'io aspetto, che ogni pena m'é diletto (Es tanto el bien que espero, que toda pena es para mí un placer). Dicho messer Orlando, tocado por Dios en el corazón por la admirable predicación de san Francisco, tomó la resolución de ir, después del sermón, a tratar con él de los asuntos de su alma.

Terminado, pues, el sermón, tomó aparte a san Francisco y le dijo: «Padre, yo quisiera tratar contigo sobre los asuntos de mi alma». «Me parece muy bien -le respondió san Francisco-; pero ahora vete y cumple esta mañana con los amigos que te han invitado a la fiesta, come con ellos, y después de la comida hablaremos todo lo que tú quieras».

Así, pues, fue messer Orlando a comer. Terminada la comida, volvió a san Francisco, y trató y dispuso con él plenamente los asuntos de su alma. Al final dijo messer Orlando a san Francisco: «Tengo en Toscana un monte muy a propósito para la devoción, que se llama monte Alverna; es muy solitario y está poblado de bosque, muy apropiado para quien quisiera hacer penitencia en un lugar retirado de la gente o llevar vida solitaria. Si lo hallaras de tu agrado, de buen grado te lo donaría a ti y a tus compañeros por la salud de mi alma».

Al escuchar san Francisco tan generoso ofrecimiento de algo que él deseaba mucho, sintió grandísima alegría, y, alabando y dando gracias ante todo a Dios y después a messer Orlando, le habló en estos términos: «Messer, cuando estéis de vuelta en vuestra casa, os enviaré a algunos de mis compañeros y les mostraréis ese monte. Si a ellos les parece apto para la oración y para hacer penitencia, ya desde ahora acepto vuestro caritativo ofrecimiento».

Dicho esto, san Francisco se marchó, y, terminado su viaje, regresó a Santa María de los Ángeles. Por su parte, messer Orlando, terminados los festejos de aquel cortejo, volvió a aquel castillo suyo que se llama Chiusi y se halla a una milla del Alverna.

Vuelto, pues, san Francisco a Santa María de los Ángeles, envió a dos de sus hermanos al dicho messer Orlando; cuando hubieron llegado, fueron recibidos por él con grandísima alegría y caridad. Y, queriendo mostrarles el monte Alverna, los hizo acompañar de más de cincuenta hombres armados para que los defendieran de las fieras salvajes. Con tal compañía, los hermanos subieron al monte y lo exploraron atentamente; por fin llegaron a un paraje muy recogido y muy apto para la contemplación, con una explanada; éste fue el lugar que escogieron para morada de ellos y de san Francisco. Y entonces mismo, con la ayuda de aquellos hombres armados que les acompañaban, levantaron un cobertizo de ramas de árboles. Así aceptaron y tomaron posesión, en nombre de Dios, del monte Alverna y del lugar de los hermanos en este monte. Después partieron y regresaron donde san Francisco.

Llegado que hubieron a él, le refirieron cómo y en qué manera habían tomado posesión del lugar en el monte Alverna, muy apropiado para la oración y la contemplación. Al oír san Francisco estas nuevas, se alegró mucho, y, alabando y dando gracias a Dios, habló a estos hermanos con rostro alegre, diciéndoles: «Hijos míos, se acerca nuestra cuaresma de San Miguel Arcángel, y yo creo firmemente que es voluntad de Dios que hagamos esta cuaresma en el monte Alverna, que nos ha sido preparado, por providencia divina, para que, a honra y gloria de Dios, de la gloriosa Virgen María y de los santos ángeles, merezcamos de Cristo consagrar aquel monte bendito con la penitencia».

Dicho esto, san Francisco tomó consigo al hermano Maseo de Marignano de Asís, al hermano Ángel Tancredi de Rieti y al hermano León. Con estos tres hermanos se puso san Francisco en oración; terminada ésta, encomendándose a sí mismo y a sus compañeros a las oraciones de los hermanos que se quedaban, se puso en camino con los tres, en nombre de Jesucristo crucificado, hacia el monte Alverna.

[Cf. texto completo en http://www.franciscanos.org/florecillas/llagas1.htm]

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