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| DÍA 30 DE AGOSTO
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* * * San Agilo (o Aile). Primer abad del monasterio de Rebais, cerca de Meaux (Francia). Murió hacia el año 650. San Bononio. Nació en Bolonia. Llevó vida eremítica en Egipto y en el monte Sinaí. Más tarde regresó a su tierra y fue abad del monasterio benedictino de Lucedio, en el Piamonte (Italia), en el que murió el año 1026. San Fantino el Joven. Llevó vida eremítica en el norte de Calabria y en Grecia. Gastó su vida en vigilias y trabajos por amor de Cristo y murió en Tesalónica de Macedonia (en la actual Grecia) en torno al año 1000. Santos Félix y Adauto de Roma. Por haber dado testimonio de Cristo con una fe inquebrantable, fueron decapitados en Roma el año 304, en la persecución de Diocleciano, y enterrados en el cementerio de Comodila, en la Vía Ostiense. San Fiacre. Nació en Irlanda y marchó a Francia para llevar vida eremítica. San Farón, obispo de Meaux, lo acogió bien y le facilitó su propósito. Se estableció en un lugar solitario de Breuil, territorio de Meaux, y construyó una celda con un oratorio adjunto dedicado a la Virgen, y también una hospedería para caminantes, a los que acogía y trataba con caridad; otro tanto hacía con los muchos que iban a pedirle consejo. Murió hacia el año 670. Santa Margarita Ward y compañeros mártires. Nació hacia 1550 en Congleton (Inglaterra), en el seno de una noble familia católica. El sacerdote Guillermo Watson estuvo encarcelado una primera vez y, en un momento de debilidad a causa de las torturas, participó en un culto protestante, por lo que lo liberaron. Pronto se arrepintió y se declaró católico, y de nuevo lo encerraron. Margarita se enteró de que Watson estaba a punto de enloquecer por lo que padecía y decidió ayudarlo a escapar. Lo consiguió, pero ella fue descubierta y arrestada. Confesó lo que había hecho y se negó a revelar el escondite del sacerdote, a pedirle perdón a la Reina y a participar en el culto protestante. La ahorcaron en la plaza Tyburn de Londres el 30 de agosto de 1588. En el mismo día y lugar, fueron martirizados con ella los siguientes beatos: Ricardo Leigh, presbítero, y los laicos Eduardo Shelley y Ricardo Martin, ingleses; Juan Roche, irlandés, y Ricardo Lloyd, del país de Gales, el primero por el hecho de ser sacerdote, y los otros por haber hospedado a sacerdotes. Santos Mártires de Suffetula. En Colonia Suffetana, en el África Bizacena (en la actualidad Túnez), fueron martirizados el 30 de agosto del año 399 sesenta cristianos, masacrados por los paganos enfurecidos porque les habían destruido una estatua de Hermes. San Pammaquio. Miembro de una noble familia romana, llegó a ser senador. Fue amigo de san Jerónimo desde la juventud y el año 385 contrajo matrimonio con una hija de santa Paula, dirigida espiritual del Santo. Denunció ante san Jerónimo los escritos heterodoxos del monje Joviniano y san Jerónimo respondió con un largo tratado, a raíz del cual se entabló un diálogo entre Pammaquio y Jerónimo en torno al valor de la virginidad. El año 397 Pammaquio quedó viudo y decidió tomar a su cargo el cuidado de los pobres, mendigos y ciegos; además, construyó un asilo en Porto para caminantes y enfermos, y una basílica en el Monte Celio. Murió en Roma el año 410. San Pedro de Trevi. Era analfabeto, pero cultivó en la soledad la sabiduría del Evangelio y fue un celoso predicador de misiones populares en Trevi (Lacio, Italia). Murió hacia el año 1050. Beato Antonio María Arriaga Anduiza. Nació en Basturia (Vizcaya) en 1903. Profesó en los Agustinos en 1920. Comenzó los estudios eclesiásticos, pero una parálisis progresiva le impidió terminarlos y llegar a la ordenación sacerdotal. El 6-VIII-1936 lo detuvieron en El Escorial, y no aceptó ser hospitalizado allí para no apartarse de sus hermanos. Lo llevaron a Madrid, lo hospitalizaron por un ataque de epilepsia y, el 30-VIII-1936, lo mataron con otros cuatro en la finca llamada del Tomelloso. En el trance de la muerte alentaba a los demás para que estuvieran a bien con Dios, y gritaba vivas a Cristo Rey. Beatos Diego Ventaja Milán y Manuel Medina Olmos. Eran obispos españoles, compartieron cárcel y malos tratos, y juntos, con otros mártires, fueron fusilados y luego calcinados en el término municipal de Vícar (Almería) el 30 de agosto de 1936, después de perdonar a sus verdugos. Diego nació en Ohanes (Almería) el año 1880 en el seno de una familia humilde. Estudió en Granada y en la Universidad Gregoriana de Roma. Se ordenó de sacerdote en 1902. Luego ejerció el ministerio en Granada y fue colaborador de D. Andrés Manjón. Permaneció mucho tiempo en el Sacromonte y destacó por su humildad y sencillez. Fue profesor de teología moral y confesor de religiosas. En mayo de 1935 Pío XII lo nombró obispo de Almería. Manuel nació en Lanteira (Granada) el año 1869, en el seno de una familia humilde. Cursó estudios en el seminario de Guadix y con 22 años recibió la ordenación sacerdotal. Trabajó en el seminario y en el apostolado parroquial; también, en las Escuelas del Ave María con D. Andrés Manjón, quien lo nombró sucesor suyo. Fue rector 13 años de la Abadía del Sacromonte (Granada). Estaba calificado como el mejor catequista español de su tiempo. En 1925 fue nombrado obispo auxiliar de Granada, y en 1928 obispo de Gaudix. Beato Dionisio Ullívarri Barajuán. Nació en Vitoria (España) el año 1880. Hizo el noviciado en los Salesianos y profesó como hermano coadjutor en 1901. Trabajó como encuadernador en los colegios de Barcelona, Madrid, Salamanca y de Cuba, demostrando en todas partes un óptimo espíritu religioso. Al desencadenarse la persecución religiosa en julio de 1936, tuvo que alejarse del colegio de Madrid y vivió escondido hasta que, el 30 de agosto de 1936, fue descubierto como religioso y fusilado en Caravaca (Madrid) por serlo. Fue beatificado el año 2007. Beato Esteban Nehmé. Nació en 1889 en Lehfed (Líbano). Trabajó en el campo hasta que, en 1905, entró en el noviciado de la Orden Libanesa Maronita. Ya profeso, desempeñó los oficios de carpintero y albañil y se ocupó de los trabajos del campo en los conventos a que lo destinaron. Fue un monje humilde, reservado, dedicado a cumplir la voluntad de Dios. Repetía a menudo: «Dios me ve». Era caritativo, atento a las necesidades de los enfermos y ancianos en el convento, así como de los pobres y los niños fuera. Mantuvo buenas relaciones con los obreros que dependían de él, y gozaba de la plena confianza de los superiores. Murió en Kfifane el 30-VIII-1938. Beatificado en 2010. Beato Eustaquio van Lieshout. Nació en Aarle Rixtel (Holanda) el año 1890. Atraído por el ejemplo del beato Damián de Veuster, apóstol de los leprosos, ingresó en la Congregación de los Sagrados Corazones en 1915 y se ordenó de sacerdote en 1919. En 1924 lo enviaron a Brasil, donde desarrolló un excelente apostolado como párroco, padre y defensor de los pobres. En 1935 le confiaron la parroquia de Poá, en la región metropolitana de Sao Paulo. Construyó una gruta en honor de la Virgen de Lourdes y fomentó la devoción a María y a san José, y pronto se comenzó a hablar de curaciones milagrosas, lo que atrajo a multitud de personas. En 1941 los superiores lo trasladaron a Belo Horizonte, donde murió el 30 de agosto de 1943. Beatificado el año 2006. Beato Germán Martín Martín. Nació en San Cristóbal de Priero (Asturias) el año 1899. Hizo la profesión religiosa en los Salesiano en 1918 y recibió la ordenación sacerdotal en 1927. Estuvo dedicado al apostolado en La Habana (Cuba), en Bilbao y en Madrid. Al comenzar la persecución religiosa en julio de 1936 en España, buscó un refugio y con mucha prudencia siguió ejerciendo el ministerio sacerdotal. Lo arrestaron en Madrid el 30 de agosto de 1936, y aquel mismo día lo fusilaron en Aravaca (Madrid) por el mero hecho de ser sacerdote. Fue beatificado el año 2007. Beato Juan Juvenal Ancina. Nació de una distinguida familia de origen español en Fossano (Piamonte, Italia) el año 1545. Estudió medicina y estuvo en Turín ejerciendo su carrera de médico. Llevaba una vida honesta y piadosa y atendía gratuitamente a los pobres. La secuencia de una misa de difuntos le hizo cambiar el rumbo de su vida. Marchó a Roma y se dedicó a las obras de caridad, visitando cárceles, hospitales y casas pobres. Empezó la carrera sacerdotal, conoció entonces a san Felipe Neri e ingresó en su Congregación del Oratorio. Se ordenó de sacerdote y san Felipe lo destinó al Oratorio de Nápoles, donde se dedicó al púlpito y al confesonario. En 1602 fue nombrado obispo de Saluzzo (Piamonte), donde murió envenenado el 30 de agosto de 1604. Beato Juan Tomás Gibert. Nació en Valls (Tarragona) en 1902. Estudió en el seminario de Tarragona y fue ordenado sacerdote en 1925. Ejerció su ministerio en Torroja del Priorat, Vimbodí y Vilosell. Al estallar la persecución religiosa huyó del pueblo y caminó errante entre masías, bosques y despoblados hasta encontrar refugio estable. El 27-VII-1936 llegó a Reus, a casa de su hermano. Ante el peligro que corría su vida, intentó pasar a Francia, pero el 30 de agosto de 1936 fue detenido en Salardú, valle de Arán (Lérida), maltratado y vejado, y acribillado a tiros en el cementerio del pueblo. Beatificado el 13-X-2013. Beato Nicasio Romo Rubio, dominico. Nació en Castillejo del Romeral (Cuenca) en 1891. De niño, su padrastro lo obligó a trabajar y no pudo frecuentar la escuela. Ya mayor de edad, abrazó la vida religiosa y profesó como hermano cooperador en 1921. Ejerció los oficios de cocinero, sacristán, portero; era muy aficionado a la mecánica. Cuando estalló la persecución religiosa, estaba en su pueblo con su madre, ciega. El 25-VIII-1936 las milicias ferroviarias profanaron la iglesia parroquial e hicieron detenciones. Los milicianos lo golpearon brutalmente y lo apresaron. El día 29 lo llevaron a Madrid, lo maltrataron y la noche del 29 al 30 de agosto de 1936 lo ejecutaron en la Pradera de San Isidro. * * *
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico : Es bueno dar gracias al Señor y tañer para tu nombre, oh Altísimo, proclamar por la mañana tu misericordia y de noche tu fidelidad, con arpas de diez cuerdas y laúdes, sobre arpegios de cítaras. Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo, las obras de tus manos. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor, qué profundos tus designios! El ignorante no los entiende ni el necio se da cuenta (Salmo 91,2-7). Pensamiento franciscano : Oración de san Francisco: -Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, todo bien, sumo bien, total bien, que eres el solo bueno, a ti te ofrezcamos toda alabanza, toda gloria, toda gracia, todo honor, toda bendición y todos los bienes. Hágase. Hágase. Amén (AlHor 11). Orar con la Iglesia: Oremos a Dios Padre, que nos congrega en la unidad de su amor. -Por la Iglesia: para que no pierda el sentido de su catolicidad, y no caiga en la tentación de identificarse con ningún grupo. -Por los que viven al margen de la Iglesia: para que descubran en ella la presencia de Cristo y no sufran escándalo por nuestro pecado. -Por todas las naciones y pueblos: para que procuren la paz, fruto de la justicia. -Por todos los que comemos y bebemos sentados a la mesa del Señor: para que nos esforcemos en entrar por la puerta estrecha y seamos admitidos al banquete del Reino. Oración: Ábrenos, Señor, la puerta de tu misericordia y atiende nuestras súplicas. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * «¿SEÑOR, SERÁN POCOS LOS QUE SE
SALVEN?» Queridos hermanos y hermanas: La liturgia de hoy [Domingo XXI del T. O., Ciclo C] nos propone unas palabras de Cristo iluminadoras y al mismo tiempo desconcertantes. Durante su última subida a Jerusalén, uno le pregunta: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». Y Jesús le responde: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán» (Lc 13,23-24). ¿Qué significa esta «puerta estrecha»? ¿Por qué muchos no logran entrar por ella? ¿Acaso se trata de un paso reservado sólo a algunos elegidos? Si se observa bien, este modo de razonar de los interlocutores de Jesús es siempre actual: nos acecha continuamente la tentación de interpretar la práctica religiosa como fuente de privilegios o seguridades. En realidad, el mensaje de Cristo va precisamente en la dirección opuesta: todos pueden entrar en la vida, pero para todos la puerta es «estrecha». No hay privilegiados. El paso a la vida eterna está abierto para todos, pero es «estrecho» porque es exigente, requiere esfuerzo, abnegación, mortificación del propio egoísmo. Una vez más, como en los domingos pasados, el evangelio nos invita a considerar el futuro que nos espera y al que nos debemos preparar durante nuestra peregrinación en la tierra. La salvación, que Jesús realizó con su muerte y resurrección, es universal. Él es el único Redentor, e invita a todos al banquete de la vida inmortal. Pero con una sola condición, igual para todos: la de esforzarse por seguirlo e imitarlo, tomando sobre sí, como hizo él, la propia cruz y dedicando la vida al servicio de los hermanos. Así pues, esta condición para entrar en la vida celestial es única y universal. En el último día -recuerda también Jesús en el evangelio- no seremos juzgados según presuntos privilegios, sino según nuestras obras. Los «obradores de iniquidad» serán excluidos y, en cambio, serán acogidos todos los que hayan obrado el bien y buscado la justicia, a costa de sacrificios. Por tanto, no bastará declararse «amigos» de Cristo, jactándose de falsos méritos: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas» (Lc 13,26). La verdadera amistad con Jesús se manifiesta en el modo de vivir: se expresa con la bondad del corazón, con la humildad, con la mansedumbre y la misericordia, con el amor por la justicia y la verdad, con el compromiso sincero y honrado en favor de la paz y la reconciliación. Podríamos decir que este es el «carné de identidad» que nos distingue como sus «amigos» auténticos; es el «pasaporte» que nos permitirá entrar en la vida eterna. Queridos hermanos y hermanas, si también nosotros queremos pasar por la puerta estrecha, debemos esforzarnos por ser pequeños, es decir, humildes de corazón como Jesús, como María, Madre suya y nuestra. Ella fue la primera que, siguiendo a su Hijo, recorrió el camino de la cruz y fue elevada a la gloria del cielo, como recordamos hace algunos días. El pueblo cristiano la invoca como Ianua caeli, Puerta del cielo. Pidámosle que, en nuestras opciones diarias, nos guíe por el camino que conduce a la «puerta del cielo». * * * CINCO CAMINOS DE
PENITENCIA ¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo. El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el salmista: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios. Éste es un primer y óptimo camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. Porque si perdonáis a los demás sus culpas -dice el Señor-, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. ¿Quieres conocer un tercer camino de penitencia? Lo tienes en la oración ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón. Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la limosna: ella posee una grande y extraordinaria virtualidad. También, si eres humilde y obras con modestia, en este proceder encontrarás, no menos que en cuanto hemos dicho hasta aquí, un modo de destruir el pecado. De ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio descargado del gran peso de sus muchos pecados. Te he recordado, pues, cinco caminos de penitencia: primero, la acusación de los pecados; segundo, el perdonar las ofensas de nuestro prójimo; tercero, la oración; cuarto, la limosna; y quinto, la humildad. No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar aduciendo tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías deponer tu ira y mostrarte humilde, podrías orar asiduamente y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes --hablo de la limosna--, pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas. Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de estas medicinas, y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo. * * * FRANCISCO, HOMBRE DE
FE FECUNDIDAD DE LA FE EN EL MISTERIO PASCUAL A medida que Francisco profundiza su fe y le da una expresión concreta, encuentra la repulsa, la ironía y a veces el odio. El entusiasmo de las masas queda para más tarde. Entre tanto, su padre reniega de él y lo cita ante el tribunal del obispo de Asís. De sus conciudadanos no recibe más que socarronerías y burlas. Abandonado de todos, Francisco puede hacer suyo el aspecto de Cristo en la Cruz. Revive en sí mismo la experiencia dolorosa de la aparente ineficacia de Dios, convirtiéndose así en el perfecto imitador de Cristo en la desnudez y desamparo del Gólgota. ¿Es esto el fracaso? Lo es al menos en apariencia, y en esta apariencia de fracaso es donde encuentra todo cristiano más peligrosamente la tentación del abatimiento y del abandono. Francisco empero permanece fiel a la alianza de su juventud que su fe reanuda y profundiza constantemente a través de los acontecimientos de su vida referidos al Evangelio. Por encima de las apariencias, Francisco experimenta la misteriosa eficacia de la cruz, participa en la Resurrección de Cristo (cf. Jn 16,33). Francisco vivió la noche de la fe en el sentimiento de la impotencia aparentemente insuperable. Permaneció fiel y abierto a los sucesos que venían a precisar y fortalecer su fe, y a las obras, cada vez más difíciles, que esta fe exigía. Semejante fidelidad le llevó a la fecundidad espiritual, le permitió compartir la victoria visible de Pascua, mientras continuaba viviendo la Cruz en la unidad del misterio pascual. Ante el espectáculo de una fidelidad tan incondicional en la misma adversidad, los allegados a Francisco comenzaron a interrogarse. La vida de este joven les incitaba a reflexionar sobre su propia vida. La admiración, y después la imitación, sustituyó las burlas. Bernardo de Quintaval se unió al Poverello; otros, procedentes de toda clase social y condición, le siguieron. Sin haberlo buscado y casi a pesar suyo, Francisco se transformaba en el testigo privilegiado de la misteriosa eficacia de Dios. Comprendió, sobre todo, que la constitución de la humanidad en pueblo fraternal no se realiza más que de una forma lenta, al ritmo de la libertad y de la colaboración de los hombres. En cualquier caso, he aquí la fe de Francisco que afronta una nueva experiencia. Dios le envía hermanos. Pero, ¿cuál es el ideal a proponer a estos hombres que no reemplace la llamada de Dios? ¿Irán a engrosar las filas de las Órdenes religiosas ya existentes? Mas ellos quieren seguir a Francisco y no han ido a llamar a la puerta de una abadía. En su incertidumbre, Francisco consulta el Evangelio (LM 3,3), algo así como si devolviera al Señor los discípulos que el Señor le enviaba. Él no quiere ser más que el instrumento de la alianza que Dios quiere sellar con todo hombre, no pretende suplantar la libertad de ellos y su vocación personal por su propia experiencia, por rica que ésta sea. Obtenida la respuesta del Señor, un nuevo acto de fe permitirá a Francisco fundar una Orden completamente nueva sobre la base de algunos textos evangélicos y en el cuadro de unas estructuras democráticas, conformes a las aspiraciones de una época ávida de igualdad, de justicia y de libertad. El amplio movimiento que lleva a las gentes hacia Francisco no se detendrá, al igual que el acto de fe del que emana. Tras los primeros compañeros, se le acercan personas casadas y Francisco debe, una vez más, inventar la modalidad concreta de su fidelidad a los acontecimientos. Él hubiese podido seguir el compás de la Iglesia que no preveía nada de particular para las personas casadas, y refugiarse tras las leyes y la práctica de la Iglesia para enviar a estas gentes a sus casas. Pero ¿no hubiese sido esto mostrarse infiel al «anuncio» y mensaje del acontecimiento, salvo que no creyese en la autenticidad del deseo de santidad manifestado por estas gentes? En la fe y disponibilidad a los sucesos, Francisco inventa un nuevo camino espiritual creando las fraternidades de la Tercera Orden. Sin quererlo, sin saberlo tal vez, Francisco realiza una verdadera revolución al reconocer que los «simples» laicos pueden aspirar a una vida verdaderamente santificada, sin abandonar su situación profesional o familiar, sin romper todo lazo con el «mundo». ¿Democratización de la santidad? Para Francisco, la vida continúa tejida de fe y de disponibilidad a los acontecimientos de cualquier naturaleza que sean. Favorables o desfavorables, esperados o inesperados, Francisco reflexiona sobre los acontecimientos a la luz tupida y purificante del Evangelio y los integra en su experiencia espiritual cada vez más rica y radiante. Así su actitud ante los bandidos o ante el Sultán no descansa más que sobre la fe. Al igual que su época, Francisco siente la llamada para la Cruzada; pero responde a ella de una forma original, la forma del Evangelio: no toma las armas, no trata de cambiar el mundo y a los hombres mediante el recurso a la fuerza. Él conoce, por haberla experimentado en sí mismo, la fuerza de la debilidad de Dios en este mundo, debilidad que se asemeja al amor del que es una forma. Francisco quería comportarse, para conducir a los otros a la fe, como Dios se había comportado con él. He ahí por qué la inmensa irradiación que él conoció mientras aún vivía, hace admirar la fuerza de la Cruz de Cristo, la victoria de la Pascua. El Reino se construye al interior de un amplio movimiento de vida fraternal y evangélica, pero Cruz y Resurrección no son dos acontecimientos sucesivos: forman un misterio único, simultáneo y permanente. En medio del éxito y de la veneración popular, Francisco comparte aún la Cruz de Cristo que se le presenta bajo múltiples formas, sobre todo, por el sesgo de la incomprensión e infidelidad de algunos hermanos; pues aconteció que se pusieron a construir grandes conventos, a formar doctores, a copiar la vida y pompa monásticas tradicionales. No comprendían la intuición de fe a la que Francisco había sometido su vida y su empresa espiritual, con un rechazo del ambiente y de las estructuras que restringían la libertad y espontaneidad del Espíritu. Esta contestación en el seno mismo de los suyos recordaba a Francisco la fragilidad de toda victoria; la eficacia del plan de Dios permanece ligada a la libertad y colaboración humana: se trata de una alianza.
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