DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 31 DE AGOSTO

 

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SAN RAMÓN NONATO. Nació en Portell, provincia de Lérida en España, el año 1200. Se le llama «Nonato» porque lo extrajeron del seno de su madre que acababa de morir. En 1224 ingresó en la Orden de la Merced (Mercedarios), siendo uno de los primeros compañeros de san Pedro Nolasco que la había fundado para la redención de cautivos y la formación religiosa y moral de los esclavos de los territorios ocupados por los árabes. Después de trabajar un tiempo en España, marchó a Argelia, donde se quedó como rehén y padeció mucho, a la vez que confortaba a sus compañeros de prisión. Vuelto a Cataluña y ya famoso, el papa Gregorio IX, en 1239, lo creó cardenal y lo llamó a Roma como consejero suyo. Emprendió el viaje, pero pronto lo asaltaron unas fiebres violentas que le causaron la muerte el 31 de agosto de 1240 en Cardona (Barcelona).

BEATO ENRIQUE VIDAURRETA PALMA. Nació en Antequera (Málaga) en 1896. Estudió en los jesuitas y, cuando terminó el bachillerato, su madre, viuda, se trasladó a Madrid, donde entró en el seminario diocesano. Pensaba hacerse jesuita, pero cambió de opinión después de hablar con el obispo malagueño Manuel González. Fue ordenado sacerdote en 1919. En 1920 comenzó a trabajar en el seminario de Málaga, del que fue prefecto de disciplina, profesor, vicerrector y rector, nombrado por el beato Manuel González. Cuando estalló la persecución religiosa, estaba en el seminario haciendo ejercicios espirituales con un grupo de sacerdotes. Los milicianos los detuvieron y encarcelaron a todos. En la cárcel rezaban, hacían lectura espiritual y meditaban. El 31-VIII-1936, de madrugada, los milicianos asesinaron a un grupo de 60 presos, entre ellos don Enrique, junto al cementerio de San Rafael, de Málaga. Él siempre confesó su condición de sacerdote y de rector del seminario.

BEATO EUSTAQUIO DE VILLALQUITEBEATO EUSTAQUIO DE VILLALQUITE. Nació en Villalquite, provincia de León (España), en 1893. A los 24 años tomó el hábito capuchino como hermano laico, y en 1921 hizo su profesión simple. Desempeñó siempre el oficio de cocinero o de ayudante de cocinero. Estuvo destinado en los conventos de Basurto-Bilbao, Montehano, Vigo y finalmente Gijón (Asturias). Desencadenada la persecución religiosa, los milicianos lo detuvieron el 21 de julio de 1936 y lo encarcelaron junto con otros cinco frailes. Cuando el 14 de agosto de 1936 se llevaron a cinco capuchinos para fusilarlos, a él lo dejaron en la cárcel sin que sepamos la causa de tal excepción. Con toda probabilidad lo sacaron de la prisión el día 30 por la noche y lo asesinaron al día siguiente, 31 de agosto de 1936, después de pasar 40 días de cárcel rezando. Beatificado el 13-X-2013. [Más información]

BEATO PEDRO TARRÉS I CLARET. Nació en Manresa, provincia de Barcelona (España), el año 1905; su padre era mecánico de profesión. Joven de carácter alegre y abierto, amante de la naturaleza, contemplativo, místico con alma de poeta, estudió medicina y luego la ejerció en Barcelona con gran responsabiilidad. Fue miembro activo y comprometido de la Acción Católica. El secreto de su vida espiritual era la devoción a la Eucaristía y a la Madre de Dios. Sus hermanas ingresaron en el convento de las Concepcionistas, y él con un un compañero fundó la clínica de Nuestra Señora de la Merced. En julio de 1938 tuvo que enrolarse en el ejército republicano como médico. Después de la guerra ingresó en el seminario de Barcelona y en 1942 recibió la ordenación sacerdotal. En su diócesis trabajó en numerosas obras apostólicas, en la Acción Católica, en la formación de los jóvenes, en la pastoral parroquial, en la atención espiritual de las Franciscanas de la Inmaculada, en obras de beneficiencia. Murió el 31 de agosto de 1950 en la Clínica que había fundado. Fue beatificado el año 2004.

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San Aidano. Hombre de suma mansedumbre, piedad y rectitud en el gobierno, era abad del monasterio de Iona, una de las islas Hébridas situadas frente a la costa oeste de Escocia. El rey san Osvaldo lo llamó para ocupar la sede episcopal de Lindisfarne en Northumbria (Inglaterra), donde fundó un monasterio para atender eficazmente a la evangelización del aquel reino. Se acredió por sus virtudes y milagros. Murió el año 651.

San Arístides. Filósofo cristiano del siglo II, insigne por su fe y sabiduría, que dedicó al emperador Adriano (o tal vez a Antonino) una apología del cristianismo y otros escritos suyos. Murió en Atenas el año 150.

Santo Dominguito del Val. Nació en Zaragoza (España) el año 1243, hijo del notario Sancho del Val y de Isabel Sancho. El culto de santo Dominguito está refrendado por documentos dignos de todo crédito. Según la tradición, el 31 de agosto de 1250, el pequeño Domingo, a la edad de siete años, fue raptado por un judío que lo llevó a casa de un rabino, donde se enseñaron con él hasta matarlo. El cuerpo del mártir fue encontrado milagrosamente en el río Ebro y su culto se extendió por todo Aragón. Se le suele representar con las características de un niño de siete años, vestido de monaguillo, de blanco y rojo como los «infanticos» del Pilar de Zaragoza, con los bazos extendidos y clavado en una cruz.

Santos José de Arimatea y Nicodemo. Estos dos personajes del Nuevo Testamento, amigos de nuestro Señor Jesucristo, recogieron el cuerpo de Jesús bajado de la cruz, lo envolvieron en una sábana y lo pusieron en el sepulcro. José, miembro respetable del Consejo judío y discípulo del Señor, esperaba el reino de Dios. Nicodemo, que era fariseo y principal entre los judíos, había ido de noche a ver a Jesús para preguntarle acerca de su misión, y luego lo defendió ante los sumos sacerdotes y los fariseos que querían arrestarlo.

San Paulino de Tréveris. Nació en Aquitania en el seno de una familia noble, y marchó a Tréveris (Alemania) donde recibió la ordenación sacerdotal. El año 346 lo elegieron obispo de aquella diócesis. Durante la invasión arriana, fue un verdadero heraldo de la verdad católica, defendió la fe proclamada en el Concilio de Nicea que afirmaba la divinidad de Jesucristo y luchó contra los arrianos. En el Sínodo de Arlés, convocado por el emperador arriano Constancio, ni las amenazas ni las adulaciones pudieron llevarle a condenar a san Atanasio y a apartarse de la recta fe. Por esto fue desterrado a Frigia (en la actual Turqía), donde pasó cinco años de destierro y acabó muriendo mártir el 31 de agosto del año 358.

Beato Andrés Dotti. Nació en Borgo Sansepolcro (Toscana, Italia) hacia 1250, en el seno de una familia noble. A los 17 años optó por la vida religiosa e ingresó en la Orden de los Siervos de María (Servitas). Una vez ordenado de sacerdote, lo destinaron a un monasterio regido por uno de los fundadores de la Orden, san Gerardo Sostegni. Pronto se distinguió por su predicación elocuente y fervorosa, y por su espíritu de austeridad y penitencia. San Felipe Benizi, que lo había admitido en la Orden, lo llevó consigo en muchos de sus viajes. Cuando cumplió los sesenta años pidió permiso para llevar vida eremítica, se lo concedieron y se retiró al desierto de Vallucola (Toscana), donde murió el 31 de agosto de 1315.

Beatos Edmigio Primo Rodríguez, Amalio Zariquiegui Mendoza y Valerio Bernardo Herrero Martínez. Estos tres Hermanos de las Escuelas Cristianas, detenidos en Almería (España) por un grupo del Frente Popular el 22 de julio de 1936, estuvieron encarcelados en condiciones lastimosas e inhumanas hasta el 12 de agosto en que los llevaron al barco carbonero «Astoy Mendi» convertido en cárcel, no mejor que la anterior. El 31 de agosto de 1936 los trasportaron al término de Tabernas (Almería) y los fueron matando uno a uno de un tiro y arrojando sus cuerpos a un pozo profundo y seco. Edmigio nació en Adalia (Valladolid) el año 1881 e ingresó en el Noviciado de los Hermanos de Bujedo (Burgos) en 1898. Amalio nació en Salinas de Oro (Navarra) el año 1886 y vistió el hábito de los Hermanos en 1902. Valerio Bernardo nació en Porquera de los Infantes (Palencia) el año 1909 e ingresó en el noviciado de Griñón (Madrid) en 1925.

Beatos Félix Paco Escartín y Tomás Alonso Sanjuán, salesianos. Félix nació en Aldeahuesca (Huesca) en 1867, hizo el noviciado en 1892 y fue ordenado sacerdote en 1899. En los diversos cargos que se le confiaron se mostró siempre humilde, bondadoso, de arraigada piedad y espíritu de sacrificio. La persecución le sorprendió en el colegio de Málaga. El 21-VII-1936, fue encarcelado; en sus días de prisión destacó por su exquisita caridad con los demás presos, consolándolos en aquellas horas amargas. Lo fusilaron en las tapias del cementerio de San Rafael de Málaga el 31-VIII-1936. En el mismo lugar y fecha fusilaron también a Tomás Alonso, que nació en Vitigudino (Salamanca) en 1893 e hizo la profesión como coadjutor en 1915. Promocionó la educación de la juventud obrera como tipógrafo jefe en las escuelas profesionales de Sevilla y Málaga, y se distinguió por su piedad y obediencia.

Beata Josefina Sauleda Paulís. Nació el año 1885 en Sant Pol de Mar (Barcelona), donde en su juventud fue catequista, en especial de los niños pobres. En 1905 ingresó en las Dominicas de clausura, y fue enfermera, cantora, procuradora, priora y maestra de novicias. Al estallar la persecución religiosa, tuvo que dejar el monasterio; se quedó en Barcelona con otras religiosas y asumió el cuidado de las mismas. El 31-VIII-1936 fue apresada y sometida a penosos interrogatorios y suplicios para que descubriera el paradero del capellán y de las hermanas; no lo lograron. Al día siguiente encontraron su cadáver en el Hipódromo.

Beatos Miguel Menéndez, José María Palacio e Isidro Ordóñez, Dominicos. Cuando estalló la persecución religiosa en España, los religiosos de la comunidad de Corias (Asturias), donde los dominicos tenían una escuela apostólica, fueron encarcelados en el mismo convento y después llevados a Sama de Langreo; sufrieron tremendas torturas, insultos, amenazas, trabajos forzados y golpes. La conducta de los religiosos fue siempre ejemplar, soportando con humildad las calamidades, rezando, confesándose y confesando a otros presos. El 31-VIII-1936 fueron martirizados en "El Pinar de Lada", Langreo (Asturias). Miguel nació en San Julián de Quintana, Belmonte de Miranda (Asturias) en 1885. De niño fue pastor de ganados. Profesó en 1902 y recibió el presbiterado en 1909. Se dedicó a la enseñanza con notable éxito. Su último destino fue Corias. José María nació en Bimenes (Asturias) en 1901, profesó en 1917 y fue ordenado sacerdote en 1925. Obtuvo el título de Lector y ejerció la docencia en varios centros de la Orden; escribió en las revistas "La Vida Sobrenatural" y "La Ciencia Tomista". Al terminar el curso 1935-1936 lo enviaron a Corias a reponer fuerzas. Isidro nació en Campohermoso (León) en 1909, profesó en 1926 y recibió la ordenación sacerdotal en 1932. Después de trabajar en Salamanca como ayudante del maestro de novicios y sacristán, lo enviaron a Corias como profesor y procurador.


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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura; él sacia de bienes tus anhelos, y como un águila se renueva tu juventud (Salmo 102, 1-5).

Pensamiento franciscano:

Dice san Francisco: -¿De qué puedes gloriarte, oh hombre? Pues, aunque fueras tan sutil y sabio que tuvieras toda la ciencia y supieras interpretar todo género de lenguas e investigar sutilmente las cosas celestiales, de ninguna de estas cosas puedes gloriarte; porque un solo demonio supo de las cosas celestiales y ahora sabe de las terrenas más que todos los hombres (Adm 5,4-6).

Orar con la Iglesia:

Adoremos a Dios Padre, que tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único.

-Por la santa Iglesia: para que la unidad, la caridad mutua y el fervor reinen entre sus miembros.

-Por la humanidad: para que cesen las guerras, el terrorismo, los odios y las divisiones, y recuperemos la esperanza en el amor.

-Por los que sufren los frutos del egoísmo, la soledad, la opresión, el desamparo: para que encuentren quienes les comprendan y ayuden.

-Por los creyentes: para que, abandonando los ídolos (riqueza, prestigio, placer...), amemos a Dios con un corazón indiviso.

-Por nosotros mismos: para que, saliendo de la mediocridad, vivamos en plenitud el amor a Dios y al prójimo.

Oración: Te pedimos, Padre, que nos concedas imitar a tu Hijo, que pasó por la vida haciendo el bien. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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JESÚS SE RETIRÓ A ORAR ÉL SOLO
Benedicto XVI, Ángelus del 10 de agosto de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio de san Marcos hay un pasaje en el que se narra que, después de días de estrés, el Señor dijo a los discípulos: «Venid conmigo a un lugar solitario y descansad un poco» (Mc 6,31). Y como la palabra de Cristo no está nunca vinculada solamente al momento en que la pronuncia, he aplicado también a mí esta invitación a los discípulos y he venido a este lugar hermoso y tranquilo [Bressanone] para descansar un poco. Debo dar gracias...

El Evangelio de este domingo [Mt 14,22s; XIX del T. O., Ciclo A] nos lleva, de este lugar de reposo, a la vida cotidiana. Narra cómo, después de la multiplicación de los panes, el Señor va a la montaña para permanecer solo con el Padre. Entretanto, los discípulos están en el lago y con su mísera barquita se esfuerzan en vano por dominar el viento contrario. Este episodio tal vez se le presenta al evangelista como una imagen de la Iglesia de su tiempo: cómo esta barquita, que era la Iglesia de entonces, se hallaba en el viento contrario de la historia y cómo parecía que el Señor la había olvidado.

También nosotros podemos ver allí una imagen de la Iglesia de nuestro tiempo, que en muchas partes de la tierra fatiga por avanzar a pesar del viento contrario y parece que el Señor está muy lejos. Pero el Evangelio nos da respuesta, consolación y ánimo y al mismo tiempo nos indica un camino. En efecto nos dice: sí, es verdad, el Señor está junto al Padre, pero precisamente por eso no está lejos, sino que ve a cada uno, porque quien está con Dios no se marcha, sino que está junto al prójimo. Y, en realidad, el Señor los ve y en el momento oportuno va hacia ellos. Y cuando Pedro, yendo a su encuentro corre el riesgo de ahogarse, él lo toma de la mano y lo pone a salvo, en la barca. El Señor también a nosotros nos toma continuamente de la mano: lo hace mediante la belleza de un domingo, mediante la liturgia solemne, en la oración con la que nos dirigimos a él, en el encuentro con la palabra de Dios, en múltiples situaciones de la vida diaria. Él nos toma de la mano. Y sólo si nosotros agarramos la mano del Señor, si nos dejamos guiar por él, nuestro camino será justo y bueno.

Por esto queremos rezarle, para que logremos encontrar siempre nuevamente su mano. Y al mismo tiempo esto implica una exhortación: que en su nombre, tendamos nuestra mano a los demás, a los que tienen necesidad, para guiarlos a través de las aguas de nuestra historia.

En estos días, queridos amigos, he vuelto a pensar también en la experiencia que viví en Sydney [12-21-VII-2008], donde encontré los rostros alegres de tantos muchachos y muchachas de todas las partes del mundo. Y así ha madurado en mí una reflexión sobre este acontecimiento que quisiera compartir con vosotros. En la gran metrópoli de la joven nación australiana aquellos jóvenes fueron un signo de alegría auténtica, a veces rumorosa pero siempre pacífica y positiva. A pesar de que fueron tantos, no causaron desórdenes ni ningún daño. Para estar alegres no necesitaron recurrir a modos descomedidos y violentos, al alcohol y a sustancias estupefacientes. Reinaba en ellos la alegría de encontrase y descubrir juntos un mundo nuevo.

¿Cómo no hacer una comparación con sus coetáneos que, en busca de falsas evasiones, consuman experiencias degradantes que desembocan no raramente en tragedias desconcertantes? Este es un producto típico de la llamada actualmente «sociedad del bienestar» que, para colmar un vacío interior y el aburrimiento que lo acompaña, induce a probar experiencias nuevas, más emocionantes, más «extremas». Incluso las vacaciones corren así el riesgo de disiparse siguiendo en vano espejismos de placer. Pero de este modo el espíritu no reposa, el corazón no experimenta alegría y no halla paz, al contrario, termina por estar todavía más cansado y triste que antes. Me he referido a los jóvenes, porque son los más sedientos de vida y experiencias nuevas, y por ello también los que corren mayor riesgo. Pero la reflexión vale para todos nosotros: la persona humana se regenera verdaderamente sólo en la relación con Dios, y a Dios se le encuentra aprendiendo a escuchar su voz en la quietud interior y en el silencio (cf. 1 R 19,12).

Recemos para que en una sociedad en la que se corre cada vez más, las vacaciones sean días de verdadera distensión durante los cuales se sepa sacar momentos para el recogimiento y la oración, indispensables para encontrarse profundamente a sí mismos y a los demás. Lo pedimos por intercesión de María santísima, Virgen del silencio y de la escucha.

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CON LAZOS DE AMOR
Del Diálogo de santa Catalina de Siena
sobre la divina providencia (4,13)

Dulce Señor mío, vuelve generosamente tus ojos misericordiosos hacia este tu pueblo, al mismo tiempo que hacia el cuerpo místico de tu Iglesia; porque será mucho mayor tu gloria si te apiadas de la inmensa multitud de tus criaturas, que si sólo te compadeces de mí, miserable, que tanto ofendí a tu Majestad. Y ¿cómo iba yo a poder consolarme, viéndome disfrutar de la vida al mismo tiempo que tu pueblo se hallaba sumido en la muerte, y contemplando en tu amable Esposa las tinieblas de los pecados, provocadas precisamente por mis defectos y los de tus restantes criaturas?

Quiero, por tanto, y te pido como gracia singular, que la inestimable caridad que te impulsó a crear al hombre a tu imagen y semejanza no se vuelva atrás ante esto. ¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Pero reconozco abiertamente que a causa de la culpa del pecado perdió con toda justicia la dignidad en que la habías puesto.

A pesar de lo cual, impulsado por este mismo amor, y con el deseo de reconciliarte de nuevo por gracia al género humano, nos entregaste la palabra de tu Hijo unigénito. Él fue efectivamente el mediador y reconciliador entre nosotros y tú, y nuestra justificación, al castigar y cargar sobre sí todas nuestras injusticias e iniquidades. Él lo hizo en virtud de la obediencia que tú, Padre eterno, le impusiste, al decretar que asumiese nuestra humanidad. ¡Inmenso abismo de caridad! ¿Puede haber un corazón tan duro que pueda mantenerse entero y no partirse al contemplar el descenso de la infinita sublimidad hasta lo más hondo de la vileza, como es la de la condición humana?

Nosotros somos tu imagen, y tú eres la nuestra, gracias a la unión que realizaste en el hombre, al ocultar tu eterna deidad bajo la miserable nube e infecta masa de la carne de Adán. Y esto, ¿por qué? No por otra causa que por tu inefable amor. Por este inmenso amor es por el que suplico humildemente a tu Majestad, con todas las fuerzas de mi alma, que te apiades con toda tu generosidad de tus miserables criaturas.

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FRANCISCO, HOMBRE DE FE
por Gilbert Forel, ofmcap

La fe es encuentro, movimiento, vida: vida que se desarrolla y se profundiza al filo de las experiencias, de las reflexiones y de los progresos que estas experiencias provocan. Francisco fue fiel a las lecciones de la vida, que él se esforzó en leer e interpretar a la luz del Evangelio. Si copiaba a Cristo, era para impregnarse de su espíritu. En esta lectura de los signos de Dios, la fe se hace incesantemente más profunda; a cada nuevo hallazgo, los precedentes deben ser asumidos en el plano de la vida concreta con una fidelidad nueva. Rechazar este movimiento, este progreso, es rechazar la fe. Pues la fe progresa o desaparece; no es estática, jamás es el objeto inerte de una posesión definitiva o de una comprensión inmediata.

La fe es movimiento, el encuentro de una persona, es decir, de un misterio que es necesario penetrar sin descanso. Si se alcanzara el final de este misterio, no habría ya vida, tanto en Dios como en el hombre. Si Dios estuviera al alcance del hombre, ya no sería el todo-otro que Jesucristo nos ha revelado, ya no sería inalcanzable. Cuando se ha descubierto la presencia de Dios en un acontecimiento, Él está ya en el acontecimiento siguiente donde nos espera para revelársenos un poco más, aunque jamás totalmente.

Es a través de las mil y una experiencias de la vida como las nociones del Credo nos devuelven el rostro de una Persona viva. Los acontecimientos de la vida y de este mundo son los signos actuales de la presencia y de las intenciones de Dios. Pero estos signos no son legibles si no es mediante su referencia al Evangelio.

Encuentro con una Persona presente en el mundo, la fe está constantemente en evolución, constituye una marcha ininterrumpida en presencia de esta Persona. Detenerse sería necesariamente alejarse de Dios y del mundo.

El Señor se lo hizo comprender a los discípulos la mañana de Pascua: ellos le creían muerto y enterrado en la tumba, Él los cita en Galilea (Mt 28,9). Para encontrarlo, pues, deben ponerse de nuevo en marcha. Del mismo modo, le dice al joven de Espoleto: «Vuelve a la tierra que te vio nacer». Francisco comprendió, como Abraham, padre de la fe, a quien Dios ordenó también partir, que será un nómada, «peregrino y extranjero en este mundo». Mientras la fe no haya alcanzado el pleno conocimiento de Dios y de su Designio de salvación, tendrá al creyente proyectado hacia adelante, a la búsqueda de un nuevo descubrimiento. Ella deja en su corazón una tensión e insatisfacción profundas, que impulsaron a Francisco a desear el martirio (LM 9) y, en su defecto, a compartir en su propio cuerpo los sufrimientos de la Pasión. A través de este signo de identificación, que son las llagas, pudo él comprender aún más la profundidad del Amor de su Señor (LM 13). El deseo del «cara a cara», término normal de la fe en lo invisible, le lleva a celebrar «nuestra hermana la muerte» como «la puerta de la vida» (2 Cel 217).

Francisco fue caballero mucho más allá de sus sueños de juventud. Su fe fue la de un hombre totalmente bajo el dominio de Dios. Ante cada interrogante de la vida, ante cada viraje hacia lo desconocido, Francisco, como San Juan de la Cruz, hubiera podido responder: «Al amor que se te lleva, no le preguntes dónde va».

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