DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

UNGIDOS POR EL ESPÍRITU

por Miguel Payá Andrés


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Capítulo III

MARÍA, ESPOSA DEL ESPÍRITU

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PALOMA

«Jesús se bautizó, salió del agua y al punto se abrió el cielo y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él» (Mt 3,16). Este símbolo del Espíritu puede estar relacionado con la paloma que soltó Noé y que volvió con una hoja de olivo, signo de que la tierra volvía a ser habitable (cf. Gén 8,10-12). O con la esposa del Cantar de los Cantares (cf. 2,1.4; 5,2), como signo de amor.

Jamás, en ningún momento de la historia, se ha dado una implicación tan total y profunda entre Dios y una creatura humana, como en María. La relación de la Virgen de Nazaret con las tres divinas Personas nos hace experimentar el vértigo del misterio y nos obliga a prorrumpir en estas palabras extasiadas de Francisco de Asís: «Santa María Virgen, no hay ninguna igual a ti, nacida en el mundo, entre las mujeres; hija y esclava del Altísimo Rey, el Padre celeste, Madre del Santísimo Señor nuestro Jesucristo, esposa del Espíritu Santo; ruega por nosotros».

La imagen de la relación nupcial entre el Espíritu y María, está queriendo expresar dos realidades. Primera, que nunca el Espíritu de Dios ha penetrado tanto en una persona humana, adueñándose totalmente de ella, transformándola y convirtiéndola en puro instrumento suyo, como lo hizo en la Madre de Dios. Y segunda, que nunca una persona se ha dejado poseer y guiar por el Espíritu con total disponibilidad y confianza como María. De ahí que la acción del Espíritu en María sea un lugar privilegiado para comprender mejor su acción en todos nosotros. Y que, igualmente, la libre y amorosa colaboración de María con el Espíritu, sea el modelo de toda relación con el Espíritu santificador.

Analicemos, pues, los distintos aspectos de esta relación privilegiada.

1. El don de María

Lo primero que conocemos de la vida de María es que el ángel Gabriel se dirigió a ella con estas palabras: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Curiosamente, en este saludo, el ángel no la llama por su nombre como hubiera sido normal, sino que le asigna un nombre nuevo: «llena de gracia». Este nuevo nombre designa el pasado, el presente y el futuro de María, lo que ha sido desde su nacimiento y lo que seguirá siendo siempre. Y su contenido es tremendo: «colmada del favor de Dios». Significado que se explica y completa con la otra afirmación del ángel: «el Señor está contigo». Lo que se le quiere decir a María es que Dios la ama con predilección, que habita en ella y que en ella ejerce todo su poder. Y esto, sin ningún mérito por parte de ella, por pura iniciativa de Dios. La tradición cristiana ha interpretado bien esta querencia de Dios por María cuando la ha saludado como «toda santa», «elegida», «arca de la alianza».

Ahora bien, la gracia del Padre, en el Nuevo Testamento, es siempre Cristo; él es el único revelador y portador del amor del Padre. Y esto nos lleva a descubrir un nuevo misterio del nombre que se le asigna a María. Ella, desde el primer instante de su concepción, es de Cristo. Es decir, desde el primer momento de su existencia, participa ya de forma anticipada de la acción redentora y santificadora que va a llevar a cabo el Hijo eterno del Padre, el mismo que, mediante la Encarnación, se va a convertir en su hijo. Juan Pablo II ha expresado acertadamente este misterio: «María recibe la vida de aquél al que ella misma dio la vida» (Redemptoris Mater, 10). Que es lo mismo que cantaba un hermoso himno medieval: «Madre del que te engendró».

Y aún nos queda por descubrir un último secreto. «Llena de gracia» quiere decir, en último término, «llena del Espíritu Santo». Porque es siempre el Espíritu el que nos hace participar del amor del Padre que se nos regala en Cristo. Es el poder santificador del Espíritu el que penetró en María en el primer instante de su vida, la libró de toda mancha y la hizo una creatura nueva, creada y formada por él (cf. Lumen gentium, 56). El Vaticano II la llama «sagrario del Espíritu Santo» (Lumen gentium, 53).

Este es el don que recibió esta criatura única, en la que la humanidad alcanzó toda su gloria y perfección. Pero, ¿y los demás? ¿Sólo nos queda la admiración y la envidia ante quien tiene tantas cosas que a nosotros nos faltan?

La gracia de María se convierte en un faro potente que nos ayuda a descubrir nuestro propio misterio y aumentar poderosamente nuestra «autoestima». También nosotros, en el Bautismo, recibimos un nuevo nombre y con él una nueva existencia, una nueva vida que transformaba y elevaba nuestra vida natural a otro plano, dotándola de nuevas capacidades. En efecto, la gracia bautismal nos introdujo en la misma vida divina de manera absolutamente gratuita, es decir, por elección misteriosa de Dios. Fuimos hechos hijos adoptivos del Padre, recibimos la redención de Jesucristo y nos convertimos en sus miembros e imágenes. Y todo ello por la acción del Espíritu Santo, que nos hizo templos suyos, nos purificó de todo pecado, incluido el original, e infundió en nosotros la vida divina.

La «llena de gracia» tuvo que devolver su ser a Dios haciendo de su vida un himno de alabanza: «Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí» (Lc 1,46-49). Nosotros, desde la luz que ella derrama, sentimos la necesidad de proclamar con obras y palabras un Magníficat similar:

«Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos;
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya» (Ef 1,3-6).

2. La respuesta de María

Poco después de narrarnos la anunciación, el evangelista Lucas nos hace seguir los pasos de la Virgen de Nazaret hasta la casa de Isabel, que felicita a su prima con esta bienaventuranza: «Dichosa tú que has creído que se cumplirían las cosas que te fueron dichas de parte del Señor» (Lc 1,45). Anunciación y visitación forman un díptico inseparable, como observa el Papa Juan Pablo II: «La plenitud de gracia, anunciada por el ángel, significa el don de Dios mismo; la fe de María, proclamada por Isabel en la visitación, indica cómo la Virgen de Nazaret ha respondido a este don» (Redemptoris Mater, 12).

Dice el Vaticano II: «Cuando Dios se revela hay que prestarle la obediencia de la fe, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios» (Dei Verbum, 5). Esta descripción de la fe encontró una realización perfecta en María desde el momento mismo de la anunciación. Allí se confió a Dios sin reservas y se consagró totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Como Abrahán, que «esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones» (Rom 4,18), así María, después de haber manifestado su condición de virgen, creyó que, por el poder del Altísimo, se convertiría en la madre del Hijo de Dios.

Pero la anunciación, además de ser un momento culminante de la fe de María, fue también el punto de partida de un camino de fe, de un camino hacia Dios, en el que la Virgen tuvo que experimentar que creer es abandonarse totalmente a un Dios que no entendemos, a un Dios cuyos designios son insondables y sus caminos inescrutables (cf. Rom 11,33). En efecto, María se encontró con el hecho desconcertante de que su hijo, aquel de quien el ángel había dicho «Dios le dará el trono de David, su padre», «reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin», «será grande», tuviera que nacer en una situación de extrema pobreza. Pocos días después del nacimiento, escuchó el anuncio de Simeón: «Una espada te atravesará el alma» (Lc 2,35). A lo largo de toda la vida de Jesús tuvo que avanzar en la peregrinación de su fe, manteniendo fielmente la unión con su Hijo, pero teniendo que aceptar los incomprensibles caminos de Dios, que le desconcertaba una y otra vez. Y la prueba definitiva de la fe de María tendría lugar al pie de la cruz, cuando tuvo que presenciar y participar en el desconcertante misterio de su hijo, que «despojándose de su rango, se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,5-8).

Este abandono total de la Virgen María a la voluntad de Dios, tantas veces incomprensible para nosotros, explica que la Iglesia nos la proponga como el modelo supremo de fe. Ella es la primera de los creyentes del Nuevo Testamento, la mejor y, además, la madre de todos los que vendrán después. Porque su sumisión y docilidad absolutas a la voluntad de Dios se debieron a la especialísima acción del Espíritu santo en ella, ya que, como afirma San Pablo, sin la acción del Espíritu Santo no tendríamos fe (cf. 1 Cor 12,3).

Pero es que, además, su obediencia total fue el desencadenante de que el Espíritu Santo irrumpiera en el mundo a través de Jesús. En María, pues, aprendemos a creer, y gracias a María podemos creer.

3. María, Madre de Dios

Si María es la «llena de gracia» es porque fue elegida y destinada a ser la madre de Cristo. Toda la grandeza de María consiste en el hecho de ser la «Madre de Dios».

La concepción de Jesús en el seno de María por obra del Espíritu Santo, es, por una parte, el punto central de todo lo que la Virgen es en sí misma y en relación con los creyentes; pero, por otra, señala el momento culminante de la acción del Espíritu Santo en la historia de la salvación.

Recordemos una vez más el relato admirable del evangelista Lucas. Después del saludo inicial, el mensajero divino le dice: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,30-32). Ante este anuncio, la Virgen queda turbada y pregunta: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel Gabriel, con exquisita delicadeza, le explica: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). Después de esto, María acepta con total disponibilidad: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Evidentemente, en este relato existe una relación interna entre la disposición virginal de María y el poder del Espíritu Santo. Posiblemente, y según la tradición más constante de la Iglesia, en María ya existía previamente una determinación virginal, un proyecto de vivir solamente para Dios; de otro modo, sería difícil de explicar su turbación ante el anuncio del nacimiento. Pero lo que resulta meridianamente claro es que el ángel le anuncia una concepción no por obra de varón sino del Espíritu Santo. Ciertamente la obra de María que recibe y la acción del Espíritu Santo que encarna al Verbo de Dios, no se sitúan en el mismo nivel. El Espíritu Santo no es el padre de Jesús ni el esposo físico de María; estamos muy lejos de un «matrimonio sagrado», de una unión entre un dios y un mortal, de la que habla con frecuencia la mitología. En la concepción de Jesús, el Espíritu no es comparte sexual sino poder creador. Actúa suscitando, de forma trascendente y misteriosa, la preñez de María. La expresión «el Espíritu te cubrirá con su sombra» remite claramente a dos pasajes de la Biblia. En primer lugar, al Génesis, al momento de la creación. La tierra estaba vacía y sin forma cuando apareció el Espíritu (cf. Gén 1,12). Así también, el vientre de María era un vacío hasta que, por medio del Espíritu, Dios lo llenó con un niño que era su Hijo. El Espíritu de Dios, fuerza creadora para la que «nada hay imposible», inicia en María una nueva creación. El otro pasaje es el del Éxodo, cuando la gloria de Dios en forma de nube llena y cubre la tienda de la reunión (cf. Ex 40,34-35). María es la nueva morada a la que Dios baja por pura iniciativa de su amor y de su misericordia para encontrarse definitivamente con su pueblo, para ser Dios-con-nosotros. Y esta bajada de Dios sólo podía realizarla el Espíritu Santo. Sólo él, que es quien produce el milagro de la vida y el que hace a la carne capaz de Dios, podía realizar esta entrada definitiva de Dios en la carne.

La maternidad divina de María fue un hecho absolutamente único e irrepetible: Dios se hizo hombre una sola vez y para siempre en las entrañas de la Virgen. Pero la relación entre el poder creador de Dios y la disponibilidad virginal de María que se dio en la Encarnación, ilumina también otra realidad que nos concierne más a nosotros. La acción del Espíritu en María fue el inicio de Pentecostés, cuando el Espíritu irrumpiría sobre todos los creyentes. Por eso la Iglesia ha relacionado siempre el seno virginal de María con su propio seno, la fuente bautismal, de la que salen los regenerados por el agua y el Espíritu. También aquí el poder del Altísimo cubre con su sombra y engendra una nueva vida, unos hijos de Dios que, como dice San Juan, «no han nacido de la sangre, ni de deseo de hombre, sino de Dios» (Jn 1,13). Y también aquí, la acción del Espíritu necesita el consentimiento humano, como necesitó el de María. La disponibilidad plena y virginal de María se convierte así en modelo de la fe con la que la comunidad cristiana acoge la intervención soberana y creadora del Espíritu en el bautismo y en todos los demás sacramentos.

4. María, madre de los hombres

Si por medio de la fe María se convirtió en la madre del Hijo de Dios, en la misma fe descubrió y acogió otra dimensión de la maternidad, aquella que le hizo abrirse cada vez más a la misión de Jesús y convertirse en madre de todos los hombres. En efecto, a medida que se fue esclareciendo ante sus ojos y ante su espíritu la misión de su Hijo, ella misma se fue abriendo cada vez más a aquella nueva maternidad, que debía constituir su «papel» junto a su Hijo.

Particularmente significativa es al respecto la escena de las bodas de Caná (cf. Jn 2,1-12). María acude a Caná como madre de Jesús y acaba actuando como madre de los hombres. Esta nueva maternidad se concreta en tres acciones:

1) María intercede por los hombres. Al decir a Jesús: «No tienen vino», se pone entre su Hijo y las privaciones, indigencias y sufrimientos de los hombres. Se pone «en medio», o sea, se hace mediadora, no como una persona extraña sino en su papel de madre, consciente de que, como tal, puede hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres.

2) María desea también que se manifieste el poder mesiánico de Jesús, su poder salvífico para socorrer la desventura humana. Y este deseo fuerza de hecho la intervención de Jesús.

3) María se presenta como portavoz de la voluntad de Jesús: «Haced lo que él os diga».

Así, en esta página del Evangelio de Juan, encontramos como un primer indicio de la solicitud maternal de María, que, como dice el Vaticano II, «no oscurece ni disminuye la única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia» (Lumen gentium, 60).

Otro pasaje del mismo Evangelio de Juan confirma esta nueva maternidad de María, en el momento culminante de la salvación, al pie de la cruz: «Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19,26-27). En esta escena, aparece claramente la particular atención de Jesús por su madre, a la que dejaba con tan gran dolor. Pero, también, el gran vínculo que une el amor de Jesús y el de María hacia todos los hombres. Cuando Jesús está entregando su vida por los hombres, amándolos hasta el extremo, les entrega a su madre, como parte indisociable del mismo amor y de la misma entrega. Con razón comenta Juan Pablo II que «esta nueva maternidad de María... es fruto del “nuevo” amor, que maduró en ella definitivamente junto a la cruz por medio de la participación en el amor redentor del Hijo» (Redemptoris Mater, 23).

Y la maternidad universal de María no se va a quedar en el Calvario, sino que va a intervenir de manera discreta y silenciosa en el momento de la manifestación de la Iglesia. Al narrarnos el acontecimiento de Pentecostés, el evangelista Lucas lo relaciona con la anunciación (cf. Hch 1,14; 2,1-13). En ambos sitios se da una intervención especial del Espíritu: en Nazaret para engendrar a Jesús y en Jerusalén para engendrar a la Iglesia. Y en ambos sitios también interviene María: en Nazaret como madre de Jesús y en Jerusalén como madre de la Iglesia. Así «María acoge, con su nueva maternidad en el Espíritu, a todos y a cada uno en la Iglesia, acoge también a todos y a cada uno por medio de la Iglesia» (Redemptoris Mater, 47). Es decir, María es a la vez Madre de la Iglesia y representación de la Madre-Iglesia, que es como su prolongación en la tarea de engendrar nuevos hijos por el Espíritu.

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San Francisco de Asís:

Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ti entre las mujeres, hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros... (OfP Ant.).

Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien... (SalVM).

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