DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

UNGIDOS POR EL ESPÍRITU

por Miguel Payá Andrés


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Capítulo II

JESÚS, PORTADOR DEL ESPÍRITU

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VIENTO

«De repente vino del cielo un ruido, como de viento huracanado, que llenó toda la casa donde se alojaban» (Hch 2,2). El aliento divino se convierte en huracán para significar la presencia poderosa de Dios (cf. Is 30,27; Ez 1,4).

1. El Espíritu Santo en la vida de Jesús

En Jesús se realiza plenamente el designio eterno de Dios: unirse al hombre divinizándolo. Y es el Espíritu quien, en la «plenitud de los tiempos», hace que se realice esta cumbre de la donación de Dios, con la humanización del Hijo en el seno de la Virgen María. Su acción en este acontecimiento tiene un doble aspecto. El primero y principal es que encarna al Verbo de Dios en la carne de María: «Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre», confesamos en el Credo en fidelidad a lo que nos dice el Evangelio (cf. Lc 1,35). Y el segundo es que el mismo Espíritu prepara a la Virgen María para que preste su consentimiento y colaboración en el misterio de la Encarnación, y para que sea digna morada de Dios. Jesús, por tanto, fue «ungido» por el Espíritu desde su concepción. Y, a partir de ese momento, el Espíritu actuará siempre en su vida.

La primera manifestación pública del Espíritu en Jesús, es el momento de su Bautismo (cf. Mc 1,9-11). Allí se manifiesta explícitamente la personalidad y la misión del Ungido por el Espíritu para realizar la salvación. San Pedro hace referencia a este acontecimiento en casa de Cornelio: «Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa comenzó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él» (Hch 10,37-38). En esta escena Jesús aparece, no sólo como el que «viene» por el Espíritu Santo, sino también como el portador del mismo. Y, en efecto, a partir de ese momento, Jesús se nos presenta siempre como dirigido por el Espíritu y obrando por su fuerza.

Inmediatamente después del Bautismo, el Espíritu conduce a Jesús al desierto para combatir y vencer al diablo (cf. Mt 4,1-11).

Poco después, en la sinagoga de Nazaret, Jesús explica su misión aplicándose un famoso texto de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,16-19). Con este texto Jesús manifiesta la actuación del Espíritu en su predicación y en sus milagros. Pero, además, señala cuál es el objetivo tanto de su misión como de la del Espíritu: liberar al hombre de las potencias del mal para que pueda vivir la nueva existencia del Reino de Dios. Así lo explica también en otra ocasión: «Si yo expulso los demonios con el poder del Espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios» (Mt 12,28).

El Espíritu es también el que inspira y mueve la relación de Jesús con el Padre en la oración: «En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y exclamó: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios e inteligentes y las has revelado a pequeños”» (Lc 10,21).

Pero la presencia del Espíritu en Jesús mostrará toda su eficacia y plenitud en los acontecimientos pascuales. Será el Espíritu quien inspire y sostenga el ofrecimiento sacrificial de Jesús y su entrega total al Padre, como dice la Carta a los Hebreos: «Por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios» (Heb 9,14). Y el mismo Espíritu será la fuerza con la que el Padre resucitará a Jesús, como afirma San Pedro: «Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu» (1 Pe 3,18).

En resumen, la triple acción del Espíritu que ya se insinuó en la historia de Israel (directiva, profética y santificadora), alcanza su manifestación y eficacia plenas en la persona y la vida de Jesús. Por eso Jesús es por antonomasia el Ungido (Mesías o Cristo), de quien se predican los tres oficios o funciones que representaban la triple acción: Rey (acción directiva), Profeta (acción profética) y Sacerdote (acción santificadora). Jesús así lo manifestó en esta autodefinición solemne: «Yo soy el Camino (el que guía), la Verdad (el revelador del Padre y de su voluntad) y la Vida (el que transforma al hombre comunicándole la vida divina)» (Jn 14,6).

2. Jesús promete el Espíritu

Durante su vida terrena, Jesús, el Ungido y portador del Espíritu, prometió que comunicaría ese mismo Espíritu a los que creyeran en él.

La primera promesa la pronunció Jesús en el contexto de la fiesta judía de las tiendas, al regreso de la procesión solemne que se organizaba a la fuente de Siloé para recoger el agua, que era derramada a modo de sacrificio sobre el altar: «El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús, puesto en pie, gritó: “Si alguno tiene sed de mí, venga a mí y beba el que crea en mí; como dice la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva”. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7,37-39a). En la interpretación rabínica, el agua simbolizaba al Espíritu, que se esperaba para cuando apareciese el Mesías. Por esa razón Jesús no dice: «Yo soy el agua». Él es el que dará o concederá el agua. Pero esto no sucederá hasta que Jesús no sea glorificado por su muerte, como señala el mismo evangelista: «Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,39b). Y es que, como veremos después, la donación del Espíritu a los creyentes tendrá que ser ganada por la muerte de Jesús.

Por eso Jesús transmite su enseñanza más importante sobre la misión del Espíritu en las horas inmediatamente anteriores a su pasión.

Comienza presentándolo como Defensor y Espíritu de la verdad: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no lo puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14,16-17). Lo llama «Paráclito», es decir, el «Defensor», el «Abogado», el que asiste a los discípulos. Y dice que es «otro Paráclito», porque el primer defensor es el mismo Cristo, que en la presencia del Padre intercede por nosotros continuamente. Lo llama también «Espíritu de la verdad», porque va a ser quien revele la verdad y quien haga vivir en la verdad. Y añade que no puede ser conocido por el mundo, es decir, por los poderes que se oponen a Dios y a su plan de salvación, sino sólo por los discípulos. Sólo ellos están capacitados para reconocer al Espíritu, porque estaba junto a ellos en la misma persona de Jesús, durante su ministerio, y ahora, después de la Pascua, estará con ellos y en ellos para siempre, actuando en el interior de sus corazones.

Poco después, Jesús nos presenta al Espíritu Santo como el maestro interior del cristiano: «Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,25-26). El Espíritu no revelará cosas nuevas, porque la verdad de Dios ya ha sido revelada: es el mismo Jesucristo. Lo que hará el Espíritu es dar a los discípulos una inteligencia cada vez más profunda del misterio de Jesús, de su vida, de sus obras y palabras, hasta llevarnos a la comprensión plena de su persona y mensaje.

Jesús sigue diciendo que en el Paráclito los discípulos encontrarán la fuerza necesaria para no dejarse encadenar por la mentira del mundo y para permanecer fieles en su testimonio. Porque el Espíritu de la verdad les dará la certeza de la justicia de Cristo: «Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré junto al Padre, él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio» (Jn 15,26-27). «Él demostrará la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio» (Jn 16,8-9).

Por último, Jesús nos presenta al Espíritu como el agente que nos va introduciendo en el misterio de la Trinidad: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa, pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga... Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros» (Jn 16,12-15).

Todos estos textos, que jalonan los discursos finales de Jesús después de la Última Cena, constituyen la base principal de nuestra fe en el Espíritu Santo. Pero también de nuestra fe en la Trinidad. En ellos, en efecto, descubrimos con toda claridad cómo el Padre da todo lo que tiene (lo que es) al Hijo, cómo el Hijo lo recibe y es el encargado de transmitirlo a los hombres, y cómo la riqueza de la vida divina nos es comunicada por el Espíritu Santo, enviado conjuntamente por el Padre y el Hijo.

3. Jesús comunica el Espíritu

La «hora de Jesús», el momento supremo establecido por el Padre para la salvación del mundo y que representa asimismo el momento de su glorificación, fue la de su muerte y resurrección. Como ya dijimos, fue el Espíritu quien transformó el fracaso de la cruz en ofrenda sacrificial de Jesús al Padre por amor de los hombres y quien lo resucitó de entre los muertos. Pues bien, en aquella «hora», Jesús, al morir, «entregó el Espíritu» (Jn 19,30). Aquel Espíritu que él había recibido del Padre, Jesús lo da ahora a los creyentes, precisamente en el acto de su muerte redentora. Por eso el domingo de Pascua, Jesús, dirigiéndose a los once y soplando sobre ellos les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). Es decir, Jesús, «constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santificación por su resurrección de la muerte» (Rom 1,3- 4), da a sus discípulos el Espíritu para hacerlos hombres nuevos, capaces de cumplir la misión a ellos confiada: llevar a los hombres la misma vida que él había recibido del Padre (cf. Jn 6,57) y el mismo amor que el Padre tiene por él.

Y esto fue lo que se cumplió plenamente el día de Pentecostés, cuando el Espíritu descendió en forma de lenguas de fuego sobre los Apóstoles y la Virgen María, completando así su obra en la Pascua de Jesús. San Pedro lo explica en su discurso: «Pues bien, Dios resucitó a Jesús y todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo» (Hch 22,32-33). En el relato de Pentecostés, el Espíritu se manifiesta a través de potentes imágenes que expresan su acción: el soplo del viento, es decir, el hálito de la nueva vida que comunica; las lenguas de fuego, que indican la capacitación y fortalecimiento para dar testimonio del Evangelio; el poder de hablar y comprender lenguas extranjeras, que sugiere la misión universal de los discípulos para agrupar a todos los pueblos en un solo Pueblo de Dios.

En Pentecostés comenzó la era de la Iglesia. Porque, a partir de aquel momento, Jesús continúa ejerciendo su misión a través de sus discípulos, a quienes les comunica el mismo Espíritu que él posee. Como Jesús, los discípulos van a ser dirigidos y guiados por el Espíritu. Pero, también como Jesús, los discípulos van a ser portadores y transmisores del Espíritu a todos los hombres. Por eso San Pedro acaba su discurso con esta exhortación: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro» (Hch 2,38-39).

Todos nosotros fuimos bautizados en una fuente de agua, signo del manantial de agua viva que se nos comunicaba, el Espíritu. Y, de este modo, nos convertimos en «ungidos» (cristianos), es decir, en personas transformadas por el Espíritu y portadoras del Espíritu, como partícipes del «Ungido» (Cristo) y de su triple misión. Así lo expresaba la bella oración que acompañó nuestra unción con el santo crisma: «Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que os ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, os consagre con el crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey».

Y esta gracia del Bautismo fue completada en nosotros por la Confirmación, cuando el obispo impuso sobre nosotros las manos y nos volvió a ungir. El Espíritu nos enriqueció entonces con una fuerza especial que nos vinculaba más fuertemente a la Iglesia y nos capacitaba para difundir y defender la fe, con obras y palabras, como auténticos testigos de Cristo. Entonces se cumplió en cada uno de nosotros la solemne promesa de Jesús al despedirse de este mundo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).

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