DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

DISCÍPULOS DE JESÚS

por Miguel Payá Andrés


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CAPÍTULO IV

LOS DISCÍPULOS DE JESÚS

1. La nueva familia de Jesús

El mensaje de Jesús fue la proclamación de que el Reino de Dios llegaba con su persona. ¿Entendía Jesús la llegada del Reino de Dios como la santificación de las personas aisladamente, desvinculadas entre sí?

Jesús actuó entre los hombres de modo humano. Y los hombres vivimos juntos. Por eso Jesús hizo lo mismo que hiciera Dios en el Antiguo Testamento: formó un pueblo.

Ciertamente Jesús buscaba el corazón de cada hombre para hacer de él una nueva criatura. Pero sería desconocer su personalidad si se quisiera hacer de él un profeta sublime que esparce a boleo su palabra, sin la preocupación humana de crear una comunidad. De él nació un pueblo nuevo. Un pueblo que, al principio, fue sólo un grupo reducido, pero dueño de una magnífica promesa: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino» (Lc 12,32). Y este grupo estaba llamado a integrar a toda la humanidad.

El signo más claro de que Jesús pensaba en una comunidad es la formación de un grupo de discípulos. En la época de Jesús todo rabí tenía discípulos. Pero precisamente porque Jesús no era un maestro ordinario, tampoco sus discípulos formaban un grupo corriente. Los discípulos de los rabinos se buscaban ellos mismos sus maestros. En cambio, la manera como Jesús reúne en torno a sí a sus discípulos es distinta: dice el Evangelio que él «llamó a los que quiso» (Mc 3,13). Y así se comprueba en los relatos de llamada que aparecen al principio de los cuatro evangelios. Aunque hay algunos que se acercan a él por sugerencia de otros, como es el caso de Pedro, e incluso por su propio iniciativa, Jesús siempre deja claro que es él quien llama. Al final de su vida les recordará: «No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros» (Jn 15,16). Más aún, Jesús descubre que, detrás de su llamada soberana, está la elección misteriosa de Dios Padre: «Nadie viene a mí si el Padre no se lo concede» (Jn 6,65).

Es Jesús quien llama, pero ¿a qué? La respuesta que da el Evangelio es genérica y global: a seguirle. Es decir, a ir en pos de él, a recorrer su propio camino. Por tanto, se exige sobre todo una gran confianza en él; confianza total, entrega completa a la persona de Jesús. Porque no dice: «Ven a hacer esto o aquello», sino: «Ten confianza en mí». Añade, además: «Os haré pescadores de hombres». Con ello apunta a un cambio de dedicación. En realidad, Jesús llama a sus discípulos a repetir, acompañados por él, su propia vida y misión. Y esa habrá de ser en adelante la tarea fundamental de los llamados. Una tarea que englobará y dará nuevo sentido a toda su existencia.

Jesús va formando poco a poco el grupo de discípulos con hombres y mujeres, con personas de distintas profesiones, niveles sociales y hasta posiciones políticas. Y los somete a un proceso de educación creciente para que comprendan y vivan los valores del Reino. En este proceso se producen crisis. Muchos de los llamados se vuelven atrás, como lo consignan los mismos evangelistas: «Desde entonces, muchos de sus discípulos se retiraron y ya no iban con él» (Jn 6,66). Otras veces se producen incomprensiones: a los discípulos les cuesta entender la enseñanza de Jesús y, sobre todo, aceptar sus consecuencias vitales: «Ellos no entendían lo que quería decir y les daba miedo preguntarle» (Mc 9,32). Incluso llegaron en alguna ocasión a enfrentarse con él: «Pedro lo tomó a parte y se puso a increparlo» (Mc 8,32). Al final de su vida, unos lo abandonaron, otros le negaron y uno lo traicionó colaborando con los que querían acabar con él.

Jesús, en cambio, sentía un gran amor por sus discípulos. Los consideraba como su auténtica familia (cf. Mc 3,31-35), sus amigos (cf. Jn 15,14-15). Más aún, les demostró que formaban parte de sí mismo, los llamó «los míos» y se identificó totalmente con ellos: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe» (Jn 12,30). Se preocupó de ellos casi como una madre solícita, se esforzó por no perderlos, los corrigió con dulzura, los educó con una paciencia infinita. Y, al final de su vida, llevó su amor hasta el extremo, lavándoles los pies como un esclavo, muriendo por ellos, perdonándoles su ingratitud y pidiendo al Padre que los asociara a su gloria: «Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo, para que contemplen la gloria que me has dado» (Jn 17,24).

2. Las condiciones del seguimiento

¿Qué pide Jesús a sus discípulos? De entrada, un cambio radical e instantáneo. Desde el mismo momento de la llamada, hay que dejar a la espalda toda la anterior manera de vivir y aceptar a Jesús como sentido único y absoluto de la vida: «Vete, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres… Luego ven y sígueme» (Mc 10,21); «Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26); «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9,62). Con estas palabras, Jesús no exige a todos sus discípulos el desprendimiento total de sus bienes ni la renuncia a formar una familia. Y mucho menos la indiferencia y abandono respecto a padres y parientes, cosa que reprochó a los fariseos (cf. Mc 7,9-13). Pero quiere dejar claro cuál ha de ser el objetivo prioritario de la vida para quien acepte su seguimiento: él por encima de todo. Jesús vuelve a poner delante la exigencia con que comenzó toda la historia de la salvación: «Dijo Dios a Abraham: “Sal de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre, y ven a la tierra que te mostraré”» (Gén 12, 1-2).

Un grupo de hombres y mujeres aceptaron este reto y comenzaron la gran aventura junto a Jesús. Así lo afirma Pedro en nombre de los demás: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). Pero llegará un momento en que Jesús radicalizará aún más las exigencias, aprovechando la perspectiva de su próximo fin.

En efecto, sabemos que la mayor parte de la actividad de Jesús tuvo lugar en Galilea; fue allí donde anunció la llegada del Reino de Dios, donde reunió a sus discípulos, donde pronunció sus parábolas y donde realizó la mayor parte de sus signos. Al cabo de un cierto tiempo, decidió ir con sus discípulos a Jerusalén. Jesús sabía que era un viaje sin retorno, y así se lo comunica a sus discípulos: «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que tenía que sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, que lo matarían y al tercer día resucitaría» (Mt 16,21). Y, ante la reacción de asombro y de rechazo que provoca este anuncio, Jesús aprovecha la ocasión para decirles que también ellos tendrán que acompañarle en el camino de la cruz. Y lo hace con unas frases rotundas y claras: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará» (Mt 16,24-25). Desentrañemos un poco el significado de estas palabras tan solemnes.

  • «El que quiera venir en pos de mí…»: Jesús propone un camino de amor; y no hay amor sin libertad. La respuesta del amor ha de ser personal, consciente, libre, e implica a toda la persona. Para seguir a Jesús hay que tomar una decisión personal e intransferible.

  • «…niéguese a sí mismo…»: Estas palabras se explican con las que vienen a continuación: «el que quiera ganar su vida la perderá y el que esté dispuesto a perderla la ganará». Hay dos maneras de entender la vida: de fuera hacia adentro, es decir, buscándonos a nosotros mismos, con lo cual quedamos cada vez más atrapados en nuestro propio egoísmo y nos perdemos; o, al contrario, de dentro hacia afuera, olvidándonos de nosotros mismos y sirviendo a los demás, y así nos encontramos, somos lo que debemos ser. Amor posesivo o amor de entrega, ganar la vida o entregar la vida; vivir para sí o vivir para los demás.

  • «…tome su cruz…»: Primero la mía. Más pronto o más tarde, en la vida de todo hombre aparece el sufrimiento que lo cambia todo. Es una prueba que, o destruye o madura. El sufrimiento mal encajado rebela, endurece y agría el corazón humano; el sufrimiento aceptado ensancha la capacidad de amar y comprender, humaniza y fecunda. Aceptar el sufrimiento es tratar de vivirlo con amor y situarlo en la perspectiva de la esperanza, vivirlo como dolor de parto y no como dolor de muerte. Decía Jesús: «Os afligiréis, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría» (Jn 16,20). Pero, además, hay que llevar también las cruces de los otros. Tomar la cruz significa también saberse complicar la vida en favor de los hermanos; no sólo preocuparse por lo propio, sino hacer del dolor y sufrimiento de los otros nuestro propio sufrimiento.

  • «…y sígame»: Aquí está el secreto. Porque se trata de un camino difícil, imposible de recorrer con nuestras propias fuerzas. Sólo hay una forma de hacerlo: ponernos detrás de Jesús y hacer que nuestros pies vayan pisando sus mismas huellas, vivir con él y como él. Convivencia y aprendizaje: así el Maestro va moldeando al discípulo para que sea imagen viva de su presencia en el mundo. El resultado de este seguimiento será la plena identificación con él. Decía Pablo: «Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

3. Los Doce: los orígenes de la Iglesia

Los evangelios destacan un acontecimiento importante en la vida de Jesús. Un día se retira a un monte para orar y pasa la noche orando a Dios. Al hacerse de día, le viene al encuentro una enorme multitud, procedente de toda Palestina e incluso de las naciones vecinas. Jesús se tiene que refugiar en una barca para no ser aplastado. Y, ante la presión de esta multitud de necesitados, adopta una decisión extraordinaria. Se sube a un altozano para que todos le puedan ver y comienza a llamar a doce hombres para que vayan poniéndose a su lado. Les asigna el nombre de «apóstoles», es decir, «enviados», y les pide que vivan con él para poder enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios (cf. Mc 3,7-19).

Todos los presentes entendieron el significado de esta acción, ya que el doce era un número simbólico para los judíos. Como el antiguo pueblo de Dios procedía de los doce hijos de Jacob que formaron las doce tribus, así ahora nacía un nuevo pueblo que tenía como patriarcas a estos doce hombres. Ese día, Jesús comenzó a organizar su futura Iglesia. Y por eso es importante analizar bien cómo nace esta creación de Jesús.

Llama a los apóstoles «para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar». Convivencia y misión. Estos hombres han de proclamar también el Reino de Dios, como Jesús. Pero no se trata de aprender un mensaje y después repetirlo. Como el Reino de Dios viene en Jesús, lo que tienen que predicar es a él; por eso necesitan conocerle íntimamente. Y esto sólo se logra viviendo con él. Primero tienen que estar con Jesús, escucharle, identificarse con su forma de vivir. Sólo así podrán después predicarlo, es decir, dar testimonio de lo que han visto y oído. En definitiva, podemos decir que los apóstoles son Jesús mismo que prolonga su acción, son la acción de Jesús que se ensancha para poder llegar a todos.

Y la prueba es que estos hombres van a contar con el mismo poder de Jesús, el poder de «expulsar a los demonios». Es decir, el poder de vencer a las fuerzas del mal que se oponen al Reino de Dios y oprimen al hombre. Sublime poder otorgado a los hombres. En momentos sucesivos, Jesús explicará todo el alcance de esta potestad: «Os lo aseguro: todo lo que atéis en la tierra, atado será en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, desatado será en el cielo» (Mt 18,12-18). Atar y desatar significa, en primer lugar, declarar algo lícito o ilícito, y, además, excluir a uno de la comunidad y admitirlo de nuevo en ella. Se trata, pues, de la autoridad necesaria en una comunidad: el poder decidir sobre lo que está y lo que no está permitido, y declarar quién pertenece, o no, a ella. Pero este poder concedido a los apóstoles tiene por objeto y fin la salud eterna, la vida y el perdón. Así lo da a entender Jesús en otra ocasión: «A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengáis les quedarán retenidos» (Mt 20,23). Volvemos a sorprendernos ante estas palabras. ¿Quién puede perdonar los pecados? Sólo Dios; y Jesús porque es Dios; y los apóstoles porque son Jesús.

Entre los doce apóstoles destaca fuertemente un pescador por nombre Simón bar Yona, es decir, Simón hijo de Jonás. A este hombre del pueblo, impetuoso y franco, Jesús le dio el sobrenombre de «roca», en griego «petros», le puso al frente de los demás apóstoles, le otorgó de forma especial los poderes que había concedido a los Doce y le encargó confirmar en la fe a sus hermanos. Por eso, en las listas de los apóstoles se le nombre siempre el primero.

Hay dos momentos privilegiados que nos permiten descubrir toda la importancia de la misión que Jesús confió a este pescador de Galilea. El primero es una escena central en los evangelios. Jesús reta a sus discípulos a que se definan: «¿Quién decís que soy yo?» Pedro es el primero en responder: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Es la confesión de fe más rotunda que encontramos en los evangelios. Y Jesús contesta con la misma rotundidad: «Dichoso tú Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del abismo no la hará perecer. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 16,17-19). Es la única vez que aparece la palabra «Iglesia» en labios de Jesús. Y este nuevo pueblo tendrá como jefe a Pedro.

La otra escena tiene lugar en las últimas horas de vida de Jesús. Después de la última cena, Jesús dijo: «Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como el trigo; pero yo he rogado por ti a fin de que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando te hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31- 32). En estas palabras un poco enigmáticas aparecen con claridad algunas cosas. Pedro será tentado como los demás. Más aún, caerá en la debilidad. Pero Jesús sostendrá siempre su fe. Y gracias a eso, con la experiencia dolorosa de la debilidad, podrá confirmar a sus hermanos.

Al instituir a los Doce y poner al frente de ellos a Pedro, Jesús ha sentado los cimientos de su Iglesia, que es la comunidad en la que el Reino de Dios se hace visible y audible. Ciertamente la Iglesia, comunidad formada por hombres débiles y pecadores, no equivale ya a la posesión del Reino, sino al esfuerzo por conseguirlo; un esfuerzo que tiene la promesa consoladora de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A través de la Iglesia se da a conocer y comienza a edificarse el Reino de Dios que une a los hombres entre sí.

4. Servir y reinar

Acabamos de ver que Jesús quiso fundar una comunidad visible de personas a la que llamó Iglesia. Y que para esa Iglesia instituyo una autoridad, los Doce con Pedro a la cabeza, a los que dotó de un poder especial. Pero, ¿de qué poder se trata?

Pues hay que decir en seguida que, aunque tengamos que utilizar palabras parecidas, la autoridad eclesial de los apóstoles, y de sus sucesores, es totalmente distinta de cualquier forma humana de poder. Distinta por su origen, por su contenido y por el modo como se debe ejercer.

Por su origen, porque la potestad del apóstol no nace de una convención social ni de una decisión arbitraria que le lleve a arrogársela. La autoridad del apóstol viene de Cristo, que es el único Señor, el único que posee la plena soberanía sobre la Iglesia. El apóstol, como el ministro que le sucederá, no desplaza a Cristo ni lo sustituye, sino que únicamente lo hace presente. Por eso, su autoridad es un servicio al Señor y en presencia del Señor. El apóstol no puede utilizar su autoridad en beneficio propio ni ampliarla a su arbitrio; es servidor únicamente para lo que quiere Cristo y como lo quiere Cristo.

Y, ¿qué quiere Cristo que haga el apóstol? ¿Cuál es el contenido de la autoridad que le concede? Cristo quiso que el ministerio de los apóstoles y de sus sucesores fuera signo y participación de la misma autoridad con la que él mismo dirige a su Iglesia. De modo que ellos actúan en persona de Cristo, Cabeza de la Iglesia, como doctores, dispensadores de los misterios y pastores (cf. LG 32). Dicho de otra forma, los apóstoles tienen la misión de proclamar con fidelidad la obra de Cristo, hacerla presente en los sacramentos y promover la obediencia de toda la comunidad a la voluntad de su único Señor.

Queda una última cuestión importante: ¿Cómo quiere Jesús que se ejerza esta autoridad tan especial? Hay una escena evangélica que nos da la respuesta de forma clara y sublime. En las últimas semanas de la vida de Jesús, e incluso según uno de los evangelistas en las últimas horas (cf. Lc 22,26-26), dos de los apóstoles más destacados, los hermanos Santiago y Juan, le pidieron a Jesús ocupar los dos primeros puestos en su Reino. Al oír esta petición, los otros diez se indignaron contra ellos. Nos encontramos ante una escena típica de lucha por el poder; y una escena especialmente desagradable. Jesús acaba de anunciar su muerte y los apóstoles se comportan como los hijos que discuten por su herencia cuando el padre se está muriendo. La respuesta de Jesús es a la vez serena y solemne: «Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que los magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos» (Mt 20,24-28). Es decir, el apóstol y el ministro tienen que imitar al que representan. Y aquel a quien representan inventó y vivió una nueva forma de autoridad: la del servicio que exige la entrega de la vida.

Y esta categoría de servicio no sólo debe regir las relaciones de los apóstoles con los demás discípulos, sino todas las relaciones de los cristianos entre sí. Jesús nos lo enseñó con un gesto inolvidable, que recordamos e incluso reproducimos siempre el Jueves Santo. En la noche de su despedida, se levantó de la mesa, se quitó el manto, cogió agua y una toalla y se puso a lavar los pies de los discípulos, tarea que era propia de los esclavos. Y, ante el estupor e incluso la resistencia de los apóstoles, Jesús proclamó solemnemente: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros» (Jn 13,12-15). ¿Qué nos quiere decir aquí el Señor? ¿Que seamos capaces de prestarnos mutuamente servicios humildes e incómodos? Por supuesto que sí. Pero la solemnidad de la escena y su contexto apuntan a algo más radical y comprometedor. No se trata solamente de que hagamos de esclavos alguna que otra vez, sino de que seamos esclavos, es decir, que aceptemos realizarnos en la disponibilidad total para con los demás; como él, que siendo Hijo de Dios, tomó la forma de siervo poniéndose a entera disposición de los hombres hasta el extremo. El cristiano participa de la realeza de Cristo, pero no puede olvidar que Cristo reina sirviendo. Vale la pena reproducir un comentario de Juan Pablo II en la primera encíclica que dirigió a los cristianos: «La dignidad de nuestra vocación, que puede definirse como “realeza”, se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, que “no ha venido para ser servido sino para servir”. Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo sólo “sirviendo” se puede verdaderamente “reinar”, a la vez el “servir” exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el “reinar”» (Redemptor hominis, 21). Es decir, cuando encontremos a alguien que entiende y vive su vida como un servicio, debemos decirle con admiración: Tú eres verdaderamente rey.

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