DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

DISCÍPULOS DE JESÚS

por Miguel Payá Andrés


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CAPÍTULO III

EL EVANGELIO DE LOS POBRES

Para comprender en toda su profundidad el núcleo central del mensaje de Jesús, el Reino de Dios como intervención liberadora y gratuita de Dios que hace posible una nueva forma de vivir, es necesario descubrir cuáles son los destinatarios privilegiados de ese mensaje.

1. El Reino, Buena Noticia para los pobres

Hay dos momentos clave en la predicación de Jesús, que tienen todo el valor de una declaración programática. En la sinagoga de Nazaret, al principio de su vida pública, Jesús hace suyas unas palabras de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19). Y poco después, a los discípulos de Juan el Bautista, enviados para cerciorarse sobre su identidad, Jesús les dice: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia» (Mt 11,4-5).

La Buena Noticia del Reino anunciada por Jesús, supone la victoria sobre el mal físico, psíquico y espiritual, es decir, sobre todo lo que impide al hombre desarrollarse plenamente según el plan de Dios. Y esa victoria brilla especialmente en los más débiles, en los que experimentan en su propia carne la esclavitud de la pobreza, la marginación, la enfermedad o el pecado.

Por eso Jesús no es neutral ante las necesidades e injusticias que encuentra. Siempre está de parte de los que más ayuda necesitan para ser hombres libres. No ofrece dinero, cultura, poder, armas o seguridad, pero su vida es una Buena Noticia para todo el que busca liberación. Cura, sana y reconstruye a los hombres, liberándolos del poder inexplicable del mal. Contagia su esperanza a los perdidos, a los desalentados y a los últimos, convenciéndoles de que están llamados a disfrutar la fiesta final de Dios. Desde su fe en un Dios Padre que busca la liberación del hombre, Jesús ofrece a todos esperanza para enfrentarse al problema de la vida y al misterio de la muerte. En su predicación, el anuncio de la salvación se convierte en experiencia inmediata de salud física, libertad psicológica y liberación espiritual.

No es de extrañar, pues, que Jesús cuidara especialmente a determinadas categorías de personas, que representaban la máxima debilidad humana en las circunstancias concretas de su país: pobres, enfermos, mujeres, niños y pecadores.

2. Jesús acoge a los pobres y marginados

Siempre es demasiado larga la lista de los pobres e indigentes en toda época y en toda sociedad. Jesús se encontró con dos capas sociales de pobreza con distintas características económicas y hasta morales:

  1. Por una parte estaba el pueblo humilde, la gran mayoría de la población integrada por jornaleros y siervos, que vivían en una gran precariedad económica. Formaban una masa inculta, desconocedora de la Ley, agobiada por las prescripciones de los rabinos y despreciada por los cultos de Israel. Jesús se acerca a ellos con una compasión sin límites: «Al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y agotadas, como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36). Les dedica la mayor parte de su tiempo y de su enseñanza. Más aún, afirma que, por voluntad de Dios, son los principales destinatarios de su mensaje: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado a conocer a la gente sencilla» (Mt 11,25).

  2. Pero, además, estaba lo que llamaríamos hoy mundo de la marginación social, la gente discriminada por la enfermedad, por el censo, por la religión o por los comportamientos inmorales. Jesús se acerca a los círculos de mala reputación integrados por publicanos, prostitutas, malhechores, extranjeros, leprosos, mendigos. Y no se trata de una conducta excepcional o esporádica, sino de una actitud permanente que, según Jesús, revela la esencia de su misión. Así, la escena de Zaqueo acaba con esta declaración solemne: «Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).

3. Jesús cura a los enfermos

La actividad sanadora de Jesús es impresionante en su extensión y en su variedad: «Jesús recorría toda Galilea predicando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama llegó a toda Siria; y le traían todos los pacientes aquejados de enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los curaba» (Mt 4,23- 24). Son muy numerosos los casos de curación que los Evangelios describen con todo detalle: paralíticos, ciegos, sordomudos, epilépticos, hidrópicos, encorvados, etc.

En la creencia tradicional judía, la enfermedad era un efecto del pecado. Jesús contradice esta interpretación en la escena del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,3). Él cura a los enfermos por compasión y, sobre todo, como signo que manifiesta que él ha venido a restablecer al hombre en su plena dignidad y salud. Las enfermedades físicas se convierten para él en símbolos de incapacidades profundas del hombre: esclavitud interior, ceguera para conocer la verdad, sordera para escuchar a Dios. Jesús, al curar las enfermedades físicas, se presenta como el restaurador de todas las capacidades del hombre, como el que da la vida en plenitud.

También se pensaba en aquel tiempo que algunas enfermedades psíquicas eran consecuencia de una posesión diabólica. Jesús, en este caso, no se detiene a distinguir. Aprovecha la creencia común y presenta la curación de los endemoniados como una victoria sobre el adversario del bien del hombre: su poder es superior al de Satanás.

4. Jesús honra a las mujeres

La actitud de Jesús ante las mujeres es un ejemplo más de su acogida recreadora a los oprimidos y marginados. El testimonio evangélico es unánime: Jesús acogió a las mujeres, las estimó, las respetó y valoró.

Le tocó vivir en una sociedad y una cultura androcéntrica y discriminatoria de la mujer, que era hostigada y humillada en sus derechos fundamentales de persona: la mujer era propiedad, primero, del padre y, después, del marido; no tenía el derecho de atestiguar; no podía aprender la Torá…

En este ambiente, Jesús actuó sin animosidad, pero con libertad y coraje. Se acerca a las mujeres, las cura, no discrimina a las extranjeras (sana a la mujer sirofenicia: Mc 7,24-30), supera el tabú de su impureza legal (cura a la hemorroisa: Mc 5,34), las pone como ejemplo (elogia a la pobre viuda: Mc 12,41-44), cultiva la amistad con ellas (tiene familiaridad con Marta y María: Lc 10,38-42). Y una novedad nunca vista es su actitud misericordiosa hacia aquellas mujeres que eran despreciadas por ser pecadoras o adúlteras, como la pecadora pública que le unge los pies (Lc 7,37-47) o la mujer sorprendida en flagrante adulterio (cf. Jn 8,1-11).

Más importante aún es el hecho de que, para Jesús, la mujer es igualmente capaz, como el hombre, de penetrar las grandes verdades, de aceptarlas, vivirlas y, a su vez, de anunciarlas a otros. Así, la samaritana, mujer de conducta irregular, se hace discípula y mensajera entre los habitantes de su aldea (cf. Jn 4,27-42). Y es una mujer, Marta, la que, como Pedro, emite la profesión de fe más entusiasta y radical: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que tenía que venir al mundo» (Jn 11,27). Es evidente que, con Jesús, las mujeres llegan a su mayoría de edad y vencen la segregación de aquella cultura. Un grupo de ellas le siguieron como discípulas desde el principio (cf. Lc 8,1-3) y fueron capaces de acompañarlo hasta la cruz, sin traicionarlo (cf. Mc 15,40- 41). Como premio de esta fidelidad, Jesús les concedió el privilegio y la alegría de ser las primeras anunciadoras de su resurrección (cf. Mt 28,1-8).

La fuente de este comportamiento de Jesús con las mujeres, no es la cultura de su tiempo, fuertemente machista, ni la simple oposición a tal cultura, sino la verdad de la creación y de la redención. Jesús sabe y enseña que el hombre y la mujer han sido creados por Dios a imagen suya y, por tanto, que tienen la misma dignidad y nobleza. Sabe también que la persona humana, hombre y mujer, ha sido desfigurada por el pecado y ha sido restaurada por el misterio de su encarnación. Es en Jesús donde el hombre y la mujer recuperan el esplendor de auténtica imagen de Dios. Como concluirá San Pablo, en Jesús «ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres» (Gál 3,28).

5. Jesús acoge y defiende a los niños

Jesús tiene un comportamiento original con los niños, que contrasta también con la cultura de su tiempo. Los griegos y los romanos consideraban al niño como un ser sin derecho alguno, que era propiedad de sus padres. Abandonaban o eliminaban sin piedad a los niños enfermos, lisiados o a las niñas no deseadas. También la tradición hebrea tenía una escasa consideración a los pequeños, viendo en ellos más bien las deficiencias e imperfecciones de un ser inmaduro y frágil. Desde luego, ningún rabino que se preciara perdía su tiempo educando a los niños. Esta tarea quedaba absolutamente reservada a la familia.

En este clima, sorprende la actitud de Jesús. En primer lugar, para él, los pequeños son los que mejor comprenden las cosas divinas, y por eso le gusta tenerlos como oyentes y bendecirlos: «Entonces le presentaron unos niños para que les impusiera las manos y orase. Los discípulos les regañaban, pero Jesús dijo: Dejad a los niños y no les impidáis que vengan a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los cielos» (Mt 19,14). No es extraño, pues, que las gentes vayan a oír a Jesús con los niños, como aparece en la escena de la multiplicación de los panes.

Pero Jesús, no sólo valora la capacidad del niño para entender a Dios, sino que lo pone como modelo de discípulo. Ya lo hemos visto en la respuesta de la escena anterior: «De los que son como ellos es el Reino de los cielos». Jesús insistirá otra vez: «Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos» (Mt 18,3-4).

Y Jesús da aún un paso más. El niño, para él, es una imagen privilegiada de sí mismo e incluso del Padre: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí» (Mt 18,5). Y en otro lugar: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado» (Mc 9,37). Desde esta valoración se comprende la dura reacción de Jesús ante cualquier daño que se pueda causar a un niño: «El que escandaliza, aunque sea a uno solo de estos pequeños que creen en mí, mejor es que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y lo hundan en lo profundo del mar» (Mt 18,6).

¿Cuáles pueden ser los motivos de este aprecio tan grande de Jesús hacia los niños? El primero es que Jesús ha vivido en primera persona la experiencia de ser niño (la comunidad cristiana ha venerado siempre con una inefable ternura al niño Jesús). Ha sido «infante», sin palabra, él, que era la Palabra; ha sido débil, él, que era el Omnipotente; ha sido obediente a María y a José, él que era Señor de todo; ha sido fragmento del tiempo, él, que era la eternidad. Jesús ha experimentado la ternura maternal de María y la protección de José. Sabe que ser niño quiere decir abandonarse enteramente a los otros, depender de los otros, aprender de los otros. Y por eso, al exaltar a los niños, Jesús no exalta la inmadurez y la imperfección, sino la inocencia, la confianza y la simplicidad. Y cree que estas actitudes deben conformar siempre al cristiano adulto.

Pero hay un segundo motivo del aprecio de Jesús a los niños. Él es el Hijo del Padre. Aunque va creciendo, permanece por toda la eternidad como el Hijo, aquel que está en el seno del Padre, entre los brazos de la caridad divina. Y esta es la gran motivación teológica que impulsa a Jesús a dictar la ley del niño. Todos nosotros somos y permanecemos hijos del Padre, protegidos por la gran misericordia y caridad del Padre. La familia humana, creada por Dios, es una familia de hijos de Dios y de hermanos en Cristo. Por eso, «el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc 10,15).

Al finalizar esta descripción de la actitud de Jesús ante la pobreza y la marginación de su tiempo, no podemos olvidar otra enseñanza decisiva. El premio de la comunión eterna con Dios dependerá precisamente de la acogida a Jesús en los hermanos necesitados: «Venid vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme… Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,34-40).

6. Hacerse pobre por el Reino

De la pobreza como realidad en la que brilla la victoria de Dios, Jesús pasa a la pobreza como actitud necesaria para participar en el Reino. Así lo vemos en la primera bienaventuranza, que, de alguna manera, las sintetiza todas: «Dichosos los que eligen ser pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5,3). ¿En qué consiste esa pobreza voluntaria? En no poner la confianza en las riquezas sino en Dios. El Evangelio contrapone la pobreza a la codicia como dos maneras fundamentales de entender la vida. Y explica las consecuencias de ambas opciones.

a) Efectos que produce la codicia

  1. La preocupación por poseer bienes materiales superfluos nos hace sordos a la palabra de Dios. Dice Jesús al explicar la parábola del sembrador: «Lo sembrado entra zarzas es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de la riqueza ahogan la palabra y queda sin fruto» (Mt 13,22).

  2. Las riquezas producen ceguera para ver las necesidades de los demás y para descubrir la presencia de Dios en los necesitados. Es lo que le ocurre al rico Epulón, «que vestía de púrpura y de lino y banqueteaba a diario espléndidamente, sin ver que el pobre Lázaro no tenía nada que comer» (Lc 16,19-31). Y lo que les ocurre a aquellos que en el juicio preguntan: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o emigrante o enfermo o en prisión y no te asistimos? (Mt 25,44).

  3. Las riquezas conducen a la idolatría. «Nadie puede servir a dos amos… No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Quienes buscan como sentido, orientación y último objetivo de la vida la acumulación de una parte desproporcionada de los recursos limitados que hay en el mundo, han hecho un ídolo de las cosas materiales; y un ídolo que les esclaviza.

b) Efectos que produce la pobreza

  1. La pobreza nos hace confiar en la providencia de Dios: «No os inquietéis diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿qué beberemos? o ¿cómo nos vestiremos? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Vuestro Padre celestial ya sabe que las necesitáis. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,32-34).

  2. La pobreza nos hace experimentar la alegría del compartir y poder ayudar a otros. Pablo insiste en que hay que dar con alegría.

  3. La pobreza nos hace ricos: «Vended lo que tengáis y dad limosna con ello. Haceos bolsas que no se gasten y riquezas inagotables en el cielo, donde no entra ningún ladrón ni roe la polilla; porque donde esté vuestra riqueza, allí estará vuestro corazón» (Lc 12,33- 34).

  4. La pobreza nos hace valorar el mundo material como un don de Dios, ofrecido por él para que lo compartan y disfruten todos los hombres.

7. Jesús salva lo que está perdido

Hemos dejado para el final la actitud de Jesús ante la pobreza a la vez más universal y más radical: la del pecado, es decir, la de aquellos que se encuentran en una situación de enemistad con Dios. Para Jesús, en efecto, el pecado es la miseria más grande porque pervierte al hombre y le coloca en la situación de malograr definitivamente su destino, de no entrar en el Reino de Dios para el que está creado.

El pecado, según Jesús, no es una simple equivocación ni una influencia externa del ambiente, sino una decisión libre que sale del corazón del hombre (cf. Mc 7,14-23). Jesús hace a cada persona responsable de su vida. Todos y en cada momento podemos decir sí o no a Dios. Por eso, el problema que más le preocupa en el hombre es el del pecado, raíz de todos los demás males.

Pero hay que decir enseguida que Jesús no presenta a un Dios vengador de maldades, que necesitara defenderse a sí mismo castigando y fulminando a los pecadores, sino a un Dios-médico, lleno de compasión y misericordia, que quiere curar las heridas con las que el pecado nos ha marcado a todos en lo más profundo, para lograr que un día nos sentemos juntos en el banquete de su Reino. Este rostro misericordioso de Dios, Jesús lo muestra de cuatro maneras fundamentales:

  1. Acercándose a los pecadores y comiendo con ellos (cf. Mc 2,15-17). Jesús no admite la división hipócrita que hace la sociedad de su tiempo entre buenos y malos, porque cree que la frontera entre el bien y el mal está en cada uno de los corazones. Por eso se acerca a los malos oficiales, publicanos y prostitutas, descubre el bien que hay en ellos y los invita a la conversión. Y este acercamiento lo hace sobre todo comiendo con ellos.

  2. A través de las parábolas de la misericordia (cf. Lc 15: oveja perdida, moneda perdida, hijo pródigo), verdaderas páginas de oro de la predicación de Jesús.

  3. Perdonando sin ninguna condición, con gran escándalo de los judíos que consideraban el perdón, con toda razón, como una potestad exclusivamente divina.

  4. Muriendo por los pecadores, es decir, pagando en su propia persona la tragedia del pecado y cargando con su maldición.

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