DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

Capítulo III
HIJOS EN EL HIJO


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1. Somos hijos

El Hijo de Dios, Jesús, no ha sido enviado solamente para darnos a conocer al Padre, sino también para convertirnos a nosotros, sus discípulos, en hijos de Dios. Releamos, ya completa, la afirmación de San Pablo que ya citamos: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley y nosotros recibiéramos la condición de hijos» (Gál 4,4-5). Ésta es la gran noticia: en el Hijo, en Jesús y por Jesús, nosotros llegamos a ser hijos de Dios; y, por tanto, él es también nuestro Padre. Así se lo dijo Jesús a María Magdalena: «Vete a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre» (Jn 20,17).

Ciertamente, Dios es nuestro Padre por el mero hecho de habernos creado y de cuidar de nosotros con su providencia amorosa; en este sentido, todos los hombres son hijos de Dios. Pero cuando Pablo dice que en Jesús recibimos «la condición de hijos» se está refiriendo a una nueva realidad, a un salto cualitativo que se produce en nuestro ser: en Jesús llegamos a participar de la misma vida del Padre. Por eso el Evangelio habla de un nuevo «poder», de una nueva capacidad, a la que se accede por un nuevo nacimiento: «A cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios. Éstos no nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios» (Jn 1,12-13).

¿Cómo se produce este nuevo nacimiento? Las palabras del prólogo de San Juan que acabamos de citar, lo apuntan con toda claridad: nacemos «de Dios». Lo cual quiere decir, en primer lugar, que nacemos por pura iniciativa gratuita del amor del Padre: «Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos...» (Ef 1,4-5). Pero, además, nacemos «de Dios» porque nacemos por el Espíritu: «Nadie puede entrar en el Reino de Dios (en la condición de hijo), si no nace del agua y del Espíritu» (Jn 3,3-5), como dijo el mismo Jesús a Nicodemo. Es el don del Espíritu, visibilizado por el agua del bautismo, el que nos transforma en hijos de Dios.

Ahora bien, este nuevo nacimiento no se realiza al margen de nuestra libertad. La iniciativa divina necesita ser acogida por nosotros. Y esto lo hacemos recibiendo al Hijo enviado por el Padre y creyendo en él: «A cuantos lo recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre...», nos ha dicho San Juan. La fe en Jesús, proclamada en el bautismo, es la condición para que la vida divina penetre en nosotros.

Si Dios ha destinado a todos los hombres a ser sus hijos y esto se realiza por la fe en Jesús y el bautismo, se comprende el último mandato de Jesús a sus discípulos: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20). Si bien es verdad que, los que sin culpa suya no llegan a conocer el Evangelio de Cristo o tan siquiera llegan a conocer a Dios, pero se esfuerzan en vivir según su conciencia, pueden llegar a alcanzar también la condición de hijos. Porque la gracia de Dios actúa de modo invisible en el corazón de todos los hombres de buena voluntad; el Espíritu ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, lleguen también a ser hijos en el Hijo.

Aún nos queda una cuestión importante: ¿en qué consiste esta nueva condición de hijos? La verdad es que, de momento, no podemos comprenderla del todo, porque desborda nuestra capacidad actual de conocer. Somos mucho más de lo que ahora podemos descubrir, como nos dice San Juan: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos». Pero el apóstol añade en seguida: «Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). Es decir, el despliegue final de lo que ahora ya somos de forma inicial y velada consistirá en que seremos semejantes a Dios y lo conoceremos de verdad. O, dicho de otro modo, viviremos la misma vida de Dios. ¿Cómo es esto posible para una criatura? San Pablo, iluminado por el Espíritu, se atreve a balbucear una explicación: Lo que sucede es que el Padre ha impreso en nosotros la imagen de su Hijo, nos ha «conformado» con él a través del don del Espíritu (cf. Rm 8,29; Ef 1,14), de modo que podemos exclamar como el Apóstol: «Ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 22,20). Somos, pues hijos porque formamos parte del Hijo. Y por eso esperamos participar también de su herencia, de su destino de gloria (cf. Rm 8,11; Gál 4,7).

2.Vivir como hijos

Si somos hijos de Dios y Dios es amor, vivir como hijos será necesariamente vivir en el amor. La vida cristiana no tiene otro sentido ni finalidad que el amor.

Pero vivimos en un mundo en el que el amor está siempre amenazado; más aún, parece muchas veces imposible. El corazón de las personas está dominado por el egoísmo, las relaciones sociales se basan en la competencia y en la ley del más fuerte, las personas a las que amamos nos responden muchas veces con la ingratitud o van desapareciendo una tras otra, dejando en nosotros un tremendo vacío. ¿No será el amor una utopía irrealizable o una pasión inútil?

Si queremos vivir el amor en estas circunstancias, nuestro amor necesitará tener estas dos condiciones: una convicción firme de que el amor es más fuerte que el egoísmo y la muerte, y una confianza ilimitada en la victoria final del amor. Por eso San Pablo desglosa la actitud cristiana fundamental en tres virtudes: «Éstas son las tres cosas que quedan: fe, esperanza, amor; y de ellas la más valiosa es el amor» (1 Cor 13,13). Son las tres virtudes que llamamos «teologales» porque tienen como origen, motivo y objeto a Dios, las que nos permiten comportarnos como hijos de Dios.

En realidad, las tres forman la actitud única que es capaz de adoptar el cristiano por su participación en la vida divina; aunque cada una acentúe un aspecto especial. El amor es la plenitud de la vida divina a la que hemos sido llamados a participar. La fe es la puerta por la que entramos al amor, la confianza en su poder y los ojos que nos permiten reconocerlo. Y la esperanza es la seguridad de que el amor no falla nunca y que acabará triunfando.

Antes de explicarlas más detenidamente, caigamos en la cuenta de que estas tres virtudes son a la vez don y tarea. Son dones que infunde en nosotros el Espíritu Santo y que nos capacitan para entrar en relación con Dios. Pero estos dones exigen que nosotros pongamos manos a la obra: por eso expresan también nuestra respuesta agradecida al amor gratuito de Dios; y, en esta segunda perspectiva, fundamentan, animan y caracterizan todo el obrar del cristiano.

a) Amar

Jesús nos enseñó que en los mandamientos de amar a Dios y al prójimo se basaba toda la ley y los profetas (cf. Mt 22,40). Con ello nos hacía caer en la cuenta de que el amor es el corazón y la síntesis de toda la conducta humana con Dios y con los hombres. Como luz que ilumina todo, como sal que a todo da sabor, el amor da forma a todas las demás virtudes. Con razón afirma San Pablo: «Si no tengo amor, nada soy… si no tengo amor, nada me aprovecha» (1 Cor 13,1-3).

Pero Jesús quiso que profundizáramos más en el valor primordial del amor a través de aquellas palabras solemnes: «Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Jn 13,34). ¿En qué reside la novedad de este mandamiento, que, además, se presenta como el «único» mandamiento de Jesús? (cf. Jn 15,12).

En primer lugar, en que nuestro amor es respuesta a otro amor primero. Hemos de amar porque antes hemos sido amados: «El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios. Dios ha tomado la iniciativa y lo ha hecho desde su propio ser, porque Dios es amor» (1 Jn 4,8). Y «Dios nos ha manifestado el amor que nos tiene enviando al mundo a su Hijo único, para que vivamos por él» (1 Jn 4,9). En Jesús, Dios se nos ha dado por entero.

Nuestro amor, además, ha de ser imitación del de Cristo. Porque si Jesús es la manifestación del amor de Dios, él es el único paradigma del amor auténtico. Y ya sabemos que su amor es, primero, total, ya que nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1), hasta dar su vida por nosotros (cf. Jn 15,13); por eso nos puede pedir que demos la vida unos por otros. Y, en segundo lugar, su amor es absolutamente gratuito, ya que murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (cf. Rm 5,10); y por eso nos pide que amemos incluso a nuestros enemigos (cf. Mt 5,44).

Esto nos resultaría imposible si nuestro amor no fuera participación del mismo amor de Dios. Es él quien nos concede amar con el mismo amor con que el Padre ama al Hijo y a nosotros: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

Por último, en Jesús y desde Jesús, el amor tiene dos destinatarios íntimamente unidos, Dios y el hombre: «Todo el que ama a aquel que da el ser, ama también al que ha nacido de él» (1 Jn 5,1). Por eso Jesús unió indisolublemente el amor al prójimo con el amor a Dios, haciendo de ellos un sólo mandamiento. En definitiva, la realidad y la exigencia del amor nos descubre que vivir como hijos de Dios supone necesariamente vivir como hermanos de los hombres. Por que el hombre es la representación visible de Dios en este mundo: «Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4,20). Al hacernos hijos de Dios, Jesús nos ha dado también la capacidad de ser hermanos de todos los hijos de Dios por los que él ha dado la vida: Jesús murió «para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,52).

Hijos en el Hijo y hermanos en el Hermano; éste es nuestro supremo don y nuestra principal exigencia.

b) Creer

Para la Sagrada Escritura, creer significa sentirse seguro en Dios, confiar en él, basar en él la existencia y encontrar en él apoyo y estabilidad. No se trata, por tanto, de un puro asentimiento intelectual ni tampoco de un mero sentimiento, sino de la entrega de todo nuestro ser a Aquél que es mayor que nosotros. Es un acto de confianza absoluta como el que hizo Abrahán, que «por la fe obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba» (Hb 11,8). O como el que realizó María al decir: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra» (Lc 1,38). Y, sobre todo, como el que realizó Jesús, que confió en el Padre y lo obedeció hasta la cruz, hasta el aparente abandono de la muerte. El Padre premió este abandono total resucitándolo. Y este desenlace se convirtió para nosotros en el fundamento de nuestra fe.

Esta confianza absoluta en Dios nos abre también a una nueva visión de la realidad, ya que nos hace capaces de ver con los ojos de Dios. Por eso la fe, además de entrega es también una nueva manera de conocer a Dios y, desde él, al hombre y al mundo.

Ahora bien, ni la entrega que supone la fe ni la nueva luz que concede son obra nuestra, sino obra de Dios, gracia que se recibe gratis. Cuando San Pedro confesó que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios, Jesús le aclaró: «Esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). Lo cual no quiere decir que el hombre reciba este don sin poner nada de su parte. La fe es también un acto plenamente humano y, como tal, esencialmente libre. De ahí que la fe sea también una tarea: debemos cuidarla y hacerla crecer alimentándola con la palabra de Dios, la oración y la coherencia de nuestra vida.

Y aún nos queda por constatar algo importante. La fe es un acto personal, pero no un acto que hace el individuo de forma aislada. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. En primer lugar, porque todos recibimos la fe a través de otros; en definitiva, a través de la Iglesia, que es la que engendra, conduce, alimenta y sostiene nuestra fe. Creemos por la Iglesia y en la Iglesia. Pero es que, además, creemos también para los demás hombres. Si Dios nos ha dado el don de la fe de modo totalmente inmerecido, es para que lo transmitamos a otros. Todo creyente es misionero, porque es enviado a proclamar y difundir la fe.

c) Esperar

La esperanza no es más que el lado de la fe que nos da la certeza de que Dios tiene cuidado del mundo, lo ama y lo dirige hacia el fin previsto por él.

Los hombres vivimos en el presente, pero con la mirada puesta en el futuro. La fuerza secreta que mueve todo el esfuerzo humano es la esperanza en un mañana diferente. Es verdad que una y otra vez nos sentimos frustrados por el fracaso de nuestras aspiraciones; pero la esperanza vuelve siempre a resurgir. Y es que Dios ha puesto en el corazón de todo hombre un anhelo de felicidad, de realización plena y total. Pues bien, la virtud de la esperanza manifiesta el sentido último de este anhelo, porque descubre el objeto al que tiende, la bienaventuranza eterna, y da la seguridad de poder alcanzarlo.

Lo que la esperanza espera es el don último, la gloria del cielo prometida por Dios a los que lo aman y hacen su voluntad (cf. Rm 8,28-30; Mt 7,21). Pero se trata de un don que comenzamos a gozar ya desde ahora; de una meta que está más allá del tiempo, pero que se inicia ya en la historia; de un futuro todavía misterioso, pero que se va alumbrando ya en el presente. Por eso la virtud de la esperanza es luz que nos permite valorar y discernir el auténtico progreso humano y fuerza que nos lleva a superar todos los fracasos, con la confianza de que el mundo está en buenas manos y de que Dios tiene un designio de bondad sobre cada hombre.

El fundamento principal e insustituible de la esperanza cristiana es Cristo muerto y resucitado, y el don del Espíritu. En efecto, si el Padre ha dado un nuevo sentido y valor a la muerte de Jesús, no hay situación del creyente, por muy difícil que sea, que pueda destruir su esperanza. El poder de la resurrección de Cristo es la gran victoria de la vida sobre la muerte; del poder de Dios sobre la debilidad de la carne; del amor de Dios sobre el odio de los hombres; de un futuro de bienaventuranza sobre un presente inestable y caduco. Y de todo esto estamos seguros porque somos ya hijos de Dios y hemos recibido el Espíritu Santo como «prenda de nuestra herencia» (Ef 1,14). Por tanto, «si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rm 8,17).

La esperanza cristiana, como la fe, no es una esperanza individual, sino una esperanza con otros y para otros. Es la esperanza de todo un pueblo en camino hacia la tierra prometida, la comunidad cristiana, en la que recibimos, alimentamos y compartimos este don. Y es esperanza para todo hombre, porque sabemos que Dios no ha excluido a nadie de su amor.

Oración (Ef 1, 3-10)

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

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Sugerencias para la oración personal

No se te ocurra ir de chulo ante Dios. A esos que se creen los buenos, que dicen que no tienen ningún pecado, que creen que tienen muchos derechos ante Dios, él no los escucha. Recuerda:

«Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias". En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18,9-14).

Lo mejor, pues, es que te presentes ante el Padre como el hijo pródigo: «No soy digno de llamarme hijo tuyo» (Lc 15,19). Y para que esta actitud sea sincera, podías hoy dialogar con él respondiendo a esta pregunta. ¿Por qué no soy digno de llamarme hijo tuyo? Recuerda, recuerda lo que él te ha dado y cómo le respondes tú.

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