DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

Capítulo II
«Mi Padre y vuestro Padre»


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1. El gran encuentro

Los primeros capítulos del Evangelio de Lucas constituyen una síntesis admirable de la visión de Dios del Antiguo Testamento, a la vez que una anticipación de la nueva experiencia que van a tener los discípulos de Jesús.

Así, aparece en seguida la misericordia y la ternura de Dios. Pero de una forma curiosa: «Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto» (Lc 1,78). Puesto que el término hebreo que expresa la misericordia es el mismo que designa las entrañas maternas, nos encontramos aquí con una reduplicación, que tiene un valor aumentativo: se va a manifestar la más grande misericordia de Dios. Y esta manifestación privilegiada se compara con uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza, la salida del sol, que con su luz potente va disipando todas las tinieblas y renovando el dinamismo de la vida: «Para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte» (Lc 1,79). Se anuncia, pues, que Dios está a punto de revelar en toda su plenitud su esencia más intima. Pero, ¿estará la humanidad preparada para este encuentro?

Lucas nos presenta también a la perfecta Esposa de Dios: María aparece como la personificación del Israel creyente, que reconoce con emoción todo el amor que Dios ha desplegado a lo largo de la historia sagrada. Dice en el Magníficat: «Auxilia a Israel su siervo acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,54-55). En ella, Dios consigue definitivamente crearse una esposa fiel, que, con humildad, entrega toda su existencia al Amado: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Todo está preparado para que la historia de amor llegue a su plenitud.

2. «Éste es mi hijo»

A pesar de la larga preparación, hay que reconocer que la revelación suprema del amor divino constituyó una absoluta sorpresa que nadie se había atrevido a imaginar: «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley» (Gál 4,4). Esta vez no se trata de una comparación: no se nos dice que Dios es como un padre. Lo que se afirma es que Dios tiene un Hijo verdadero, de su propia naturaleza; y que, por tanto, es Padre desde toda la eternidad. Y este Hijo de Dios se convirtió en hijo del hombre en las entrañas de María. Por eso fue ella la primera que se enteró de la tremenda novedad: «Vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31-32).

Llegó un día en que el secreto, tan sólo conocido por María y unas personas más, comenzó a manifestarse a todo Israel. Jesús se acercó para ser bautizado por Juan el Bautista, en un gesto de solidaridad con la humanidad pecadora. De repente, se abrieron los cielos, se derribó el muro que separaba a Dios y a la humanidad, el Espíritu se posó sobre Jesús y una voz celeste dijo: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Dios había tomado la palabra para proclamar la identidad de Jesús y para afirmar que, desde ese momento, su presencia salvadora actuaría a través del Hijo.

Desde el principio, Jesús tuvo plena conciencia de la relación única y exclusiva que tenía con Dios. A los doce años, ante la queja de sus padres por haberse separado de ellos, respondió: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? (Lc 2,49). Manifestación privilegiada de esta conciencia fue el modo absolutamente original de dirigirse a Dios, a quien llamaba «Abbá». Esta palabra aramea, que los evangelios nos han transmitido en la lengua materna de Jesús, tiene una fuerte carga afectiva, «Padre querido», y trasluce la intimidad y profundidad insondable de la relación trinitaria entre el Padre y el Hijo. Relación que, como Jesús se encargará de explicar, tiene como tres características particulares: 1) Dependencia: cuando Jesús afirma «el Padre es mayor que yo» (Jn 14,28), está reconociendo que su origen está en el Padre, que él es Hijo, y, por eso, «no puede hacer nada por sí mismo si no lo viere hacer al Padre» (Jn 5,19); 2) Igualdad: comparte la misma naturaleza del Padre, lo que le hace relacionarse con él con total familiaridad: «El Padre y yo somos uno» (Jn 10,30); «Todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío» (Jn 17,10); 3) Identificación: Jesús cumple siempre y totalmente la voluntad del Padre: «Yo no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 5,30); «Que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,16).

Esta relación única con el Padre, Jesús la vivió como hombre, con actitudes y sentimientos humanos absolutamente perceptibles y comprensibles por nosotros. De ahí que, a través de la experiencia de Jesús, y sólo a través de ella, podemos nosotros conocer el verdadero rostro del Padre. Jesús es el único revelador del misterio del Padre y el camino que nos permite acceder a él. Cuando el apóstol Felipe le hizo aquella hermosa petición: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta», Jesús le contestó: «Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,8-9). Seguramente, el apóstol no recordaba que Jesús, en un momento en que daba gracias al Padre por revelarse a los sencillos, había dicho: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Y es que Jesús es el Hijo eterno que el Padre ha enviado al mundo para revelar su amor: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, el que está en el regazo del Padre mirándole cara a cara, él es quien lo dio a conocer» (Jn 1,18). De ahí que conocer al Hijo es conocer al Padre y creer en el Hijo es creer en el Padre (cf. Jn 12,44-45).

3. El rostro verdadero del Padre

Jesús nos ha revelado definitivamente el auténtico rostro de Dios; ¿cómo es ese rostro?

San Pablo lo resume en palabras densas y emocionadas: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios del consuelo» (2 Cor 1,3). Amor paternal, ternura entrañable siempre dispuesta al perdón, alegría que disipa y supera todas las tristezas: este es el Dios que presenta Jesús con su vida, su predicación, su oración y, sobre todo, con su muerte y resurrección. Veamos cómo presenta a este Dios que, según él, es la Buena Noticia, la mejor noticia que podían oír los hombres.

a) En la vida de Jesús

Ya en su primera declaración mesiánica, Jesús se presenta como signo visible y eficaz del amor activo y liberador del Padre hacia los pobres, carentes de medios de subsistencia, los privados de libertad, los ciegos que no ven la belleza de la creación, los que viven en aflicción de corazón o sufren a causa de la injusticia social, y los pecadores (cf. Lc 4,16-30). A partir de ese momento, toda la vida de Jesús consistirá en hacer presente el amor y la misericordia del Padre, que abraza a todo hombre, lo acoge en su fragilidad física o moral y le abre nuevas perspectivas de vida. Jesús vive con la gente «sintiendo compasión» por todos, sea cual fuere su necesidad (cf. Mc 1,41; 5,19; 6,34; 8,2). Sale al encuentro de los que buscan (cf. Mt 19,16) y de los que han perdido toda esperanza (cf. Jn 5,1-18). Sacrifica su descanso para atender a los demás (cf. Mc 6,30-34). Se esfuerza por rescatar a los que se consideran perdidos (cf. Jn 8,1-11). Es capaz de perder todo el tiempo que haga falta con quien necesita ser escuchado (cf. Jn 4,5-40). Verdaderamente, se comporta como padre y madre de todo hombre, de cualquier hombre.

b) En su predicación

Con sus palabras explica el motivo profundo de esta conducta: él había sido enviado para darnos a conocer el amor incondicional del Padre. Por eso, nadie ha hablado de Dios como Jesús. Nos presenta a un Padre bondadoso, siempre cercano (cf. Mt 6,6); que sigue con su mirada todas las pequeñas incidencias de nuestra vida (cf. Lc 12,6-7); que conoce todas nuestras necesidades (cf. Lc 12,22-32); que disfruta perdonándonos (cf. Lc 15,7) y tiene siempre su casa abierta para recibir con alegría al hijo que se ha alejado (cf. Lc 15,11-31). Parábolas como la del hijo pródigo o la del rey que invita a todos a las bodas de su hijo (cf. Lc 14,15-24), han cambiado definitivamente la imagen que nos hacíamos los hombres sobre Dios.

c) En su oración

Para ayudarnos a mejor entender al Padre, Jesús quiso desvelarnos el misterio de su oración, de su trato íntimo con él. Gracias a la oración de Jesús descubrimos que el Padre es una presencia continua, alguien que nos invita siempre a dialogar con él. Por eso Jesús rescata tiempos para la oración de madrugada (cf. Mc 1,15), al caer la tarde (cf. Mc 6,46), de noche (cf. Lc 6,12) o en el centro mismo de su actividad (cf. Mt 11,25-26).

Y esta presencia nos infunde, a la vez, respeto y confianza. De ahí que Jesús, por una parte, se acerque a Dios prosternándose o de rodillas (cf. Mc 14,35), reconociendo su inmensa y absoluta soberanía: «Señor del cielo y de la tierra» (Mt 11,25): «todo es posible para ti» (Mc 14,36). Pero, por otra, se atreve a hablarle con una confianza familiar sorprendente: «Abbá, Padre» (Mc 14,36). Confianza que se atreve a pedir cualquier cosa: «Aparta de mí este cáliz» (Mc 14,36), y no duda en manifestar incluso la queja ante lo que no se entiende: «¿Por qué me has abandonado?» (Mc 16,34).

Pero lo que destaca sobre todo en la oración de Jesús es que el Padre es siempre fuente de alegría, motivo de fiesta. De ahí que Jesús comience casi siempre bendiciéndole, dándole gracias (cf. Mt 11,25; Mc 6,41; Jn 11,41-42). Esta alegría nace de la convicción de que el Padre es un bien supremo, aquel a quien puedo confiar toda mi existencia: «Que se cumpla lo que tú quieres» (Mc 14,36); «En tus manos pongo mi espíritu» (Lc 24,46).

Y una última lección de la oración de Jesús es que la experiencia del Padre no puede ser solitaria, necesita ser compartida, con otros. El Padre abre nuestro corazón para que oremos por los demás; sobre todo, por los que no tienen voz ante él porque no le han descubierto. Jesús es supremo testimonio de ello cuando, al final de su vida, pide perdón por los que le crucifican (cf. Lc 23,34), y cuando pide para sus discípulos: «Que donde yo esté, estén también conmigo» (Jn 17,24).

d) En su muerte y resurrección

Pero la revelación suprema del amor del Padre la realiza Jesús en su muerte, aceptada libremente por nosotros. Jesús ama hasta el extremo (cf. Jn 13,1) porque el Padre nos ama hasta el extremo de no perdonar a su propio Hijo para rescatarnos a nosotros. En la muerte de Jesús, el Padre nos ha dado todo lo que tenía; ¿qué más podía hacer? Por eso la muerte de Jesús se convierte en el manantial supremo de vida para el hombre, comenzando por la propia humanidad de Jesús, a quien el Padre resucita como primicia de toda la humanidad, que compartirá la misma suerte.

La locura de un Dios que muere para que el hombre viva, es el punto culminante de toda la historia sagrada. Aquí se descubre definitivamente la faz del Dios que ofreció su amistad a Abrahán, del Yahvé libertador que pactó una alianza de vida con su pueblo, del padre lleno de ternura y el esposo amante que inspiró a los profetas. Por fin ese Dios pronunció su última palabra; y esa palabra es «amor». Ahora ya sabemos de dónde hemos nacido, hacia dónde caminamos y cuál es el argumento fundamental de nuestra vida: nacimos del amor, caminamos hacia el amor y nuestro quehacer fundamental es crecer en el amor.

Oración (Carlos de Foucauld)

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal de que se cumpla
tu voluntad en mí,
y en todas las criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te encomiendo mi alma,
te la entrego con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.

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Sugerencias para la oración personal

Jesús nos enseñó que debíamos orar siempre, sin cansarnos nunca:

«Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). Y la parábola que les contó era la de aquella viuda que pedía justicia a un juez corrupto que no le hacía caso. Pero, ante la insistencia de la viuda, por fin la atendió y le hizo justicia, para que le dejara tranquilo.

Dios quiere que le pidamos las cosas con insistencia, muchas veces. No porque esté sordo o le cueste atendernos, sino para ver si de verdad nos interesan las cosas que le pedimos y para probar nuestra fe.

¿Qué cosa realmente importante para ti o para otros le quieres pedir hoy? Pues se lo vas a pedir cinco veces a lo largo del día. Prográmate los momentos en que vas a hacerlo. Por ejemplo: al acabar de lavarte, al cerrar la puerta de casa, al poner en marcha el coche, al volver a casa, al acostarte. Según tu plan de vida, procura elegir los momentos más oportunos.

Al final, tendrás una sensación importante: casi todo el día habéis estado dialogando tú y el Padre. Y eso le gusta mucho a él, porque él te está mirando siempre, cuidándote, ayudándote; y quiere que tú te des cuenta. Disfruta hablando contigo.

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