DIRECTORIO FRANCISCANO
Fuentes biográficas franciscanas

Celano: Vida segunda de San Francisco, 155-188


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LOS QUE DAN EJEMPLO BUENO O MALO

Capítulo CXV

El ejemplo de un buen hermano
y una costumbre de los hermanos antiguos

155. Afirmaba que los hermanos menores han sido enviados por el Señor en estos últimos tiempos para esto: para dar ejemplos de luz a los envueltos en las tinieblas de los pecados. Solía decir que se sentía penetrado de suavísima fragancia y ungido de ungüento precioso (Ex 29,18) cuando oía las proezas de los hermanos santos que hay esparcidos por el orbe.

Sucedió que un hermano llamado Bárbaro había disparado una palabra injuriosa contra otro hermano en presencia de un varón noble de la isla de Chipre. Pero al darse cuenta de que aquel choque había herido algún tanto al hermano, ardiendo en deseo de vindicta contra sí, toma estiércol de asno, lo mete en la boca para molerlo y se dice: «Mastique estiércol la lengua que ha lanzado el veneno de la iracundia contra mi hermano». El caballero, asombrado y maravillado ante lo que veía, marchó muy edificado, y desde aquella hora se puso a sí mismo con todos sus bienes, con liberalidad, a disposición de los hermanos.

Era costumbre inviolable de los hermanos que, si alguno decía acaso a otro tal o cual palabra molesta, postrándose luego en el suelo, cubriera de besos santos los pies del ofendido, aunque éste se resistiese. Exultaba el Santo con estos casos, es decir, cuando oía que sus hijos sacaban de entre sí mismos ejemplos de santidad, y colmaba de bendiciones muy deseables a tales hermanos que de palabra o de obra inducían a los pecadores al amor de Cristo. Enteramente lleno como vivía del celo de las almas, quería que los hijos se le asemejasen de veras.

Capítulo CXVI

Cómo algunos daban mal ejemplo
y la maldición del Santo contra ellos
y cómo el mal ejemplo le era insoportable

156. Asimismo, quien profanaba la santa Religión con obras o ejemplos malos, incurría en terribilísima maldición de él. Le contaron, pues, un día que el obispo de Fondi (1) había dicho a dos hermanos que se le presentaron con una barba que, so pretexto de mayor desprecio de sí mismos, dejaban crecer más y más: «Tened cuidado, no vaya a deslustrarse la hermosura de la Religión con esas novedades presuntuosas».

Se levantó de pronto el Santo y, tendidas las manos al cielo, prorrumpió, bañado en lágrimas, en estas palabras de oración, o mejor, de imprecación: «Señor Jesucristo, que elegiste a los apóstoles en número de doce, del cual, si bien cayera uno, no obstante, los demás, unidos a ti, predicaron el santo Evangelio llenos de un mismo espíritu. Tú, Señor, acordándote de tu antigua misericordia, has plantado en esta hora postrera la Religión de los hermanos para sostenimiento de tu fe y para llevar a cabo por ellos el misterio de tu Evangelio. ¿Quién dará satisfacción por ellos en tu presencia si, en el ministerio para el que fueron enviados, no sólo no dan ejemplos de luz a todos, sino que les muestran obras de las tinieblas? De ti, santísimo Señor, y de toda la corte celestial y de mí, pequeñuelo tuyo, sean malditos los que con su mal ejemplo confunden y destruyen lo que por los santos hermanos de esta Orden has edificado y no cesas de edificar».

¿Dónde están los que se dicen felices con la bendición de él y se jactan de gozar a su gusto de la intimidad de él? No lo quiera Dios; pero, si se encontraran, sin haberse arrepentido, con que han dado escándalo con obras de las tinieblas, ¡ay de ellos!, ¡ay de su condenación eterna! (2).

157. Solía decir: «Los hermanos mejores se cubren de vergüenza por las obras de los malos hermanos y, aunque no hayan pecado ellos, cargan con el juicio que se hace por el ejemplo de los depravados. Con esto, me hunden una cruel espada y me la revuelven sin cesar en las entrañas». Por eso sobre todo se aislaba de la compañía de los hermanos, para no oír contar de uno o de otro algo malo, que le renovase el dolor.

Solía decir también: «Vendrá tiempo en que la Religión amada de Dios sea difamada por causa de los malos ejemplos, hasta el punto de avergonzarse de salir en público. Pero los que llegaren a entrar entonces en la Orden serán guiados por sola la operación del Espíritu Santo; la carne y la sangre no los mancharán en nada, y serán de veras benditos del Señor. Y, aunque no se hubiesen dado en ellos obras meritorias, enfriándose la caridad, que excita a los santos a actuar con fervor, les sobrevendrán inmensas tentaciones, y quienes fueren hallados a tal tiempo victoriosos en la prueba, serán mejores que los de antes. Pero ¡desdichados aquellos que, pagados de sólo la apariencia de vida religiosa, se engolfarán en el ocio y no resistirán constantes a las tentaciones permitidas para prueba de los elegidos!; porque sólo los que fueren probados recibirán la corona de la vida, a los cuales ejercita entre tanto la malicia de los réprobos».

Capítulo CXVII

La revelación que Dios le hizo acerca del estado de la Orden
y de que la Orden no perecerá nunca

158. Mas recibía mucho consuelo con las visitas del Señor, en las cuales se le aseguraba que los fundamentos de su Religión permanecerían indefectiblemente firmes. Se le prometía también que al número de los que perecían sustituiría ciertamente otro igual de elegidos.

Como el Santo se turbara una vez de los malos ejemplos y se presentara turbado a la oración, recibió del Señor este reproche: «¿Por qué te conturbas, homúnculo? ¿Es que acaso te he escogido yo como pastor de mi Religión de suerte que no sepas que soy yo su principal dueño? A ti, hombre sencillo, te he escogido para esto: para que lo que yo vaya a hacer en ti con el fin de que los demás lo imiten, lo sigan quienes quieran seguirlo. Yo soy el que ha llamado, y yo el que defenderá y apacentará; y para reparar la caída de algunos suscitaré otros; y, si no hubieren nacido todavía, yo los haré nacer. No te inquietes, pues, antes bien trabaja por tu salvación, porque, aun cuando el número de la Religión se redujere a tres, la Religión permanecerá por siempre firme con mi protección». Desde entonces solía decir que la virtud de un solo santo podía más que una multitud de imperfectos, porque un solo rayo de luz hace desaparecer espesas tinieblas.

CONTRA EL OCIO Y LOS OCIOSOS

Capítulo CXVIII

La revelación que tuvo
de cuándo sería servidor de Dios y cuándo no

159. Desde que este hombre, abandonando las cosas caducas, comenzó a adherirse al Señor, no consintió en desperdiciar ni la menor partecilla del tiempo. De hecho, aun después de haber acumulado en los tesoros del Señor méritos incontables, se le veía siempre con el mismo ánimo que al principio, cada vez mas dispuesto a ejercitarse en las cosas del espíritu. Consideraba ofensa grave no estar haciendo algo bueno; tenía por retroceso no adelantar continuamente.

Una vez, mientas descansaba en la celda en Siena, llamó de noche a los compañeros que dormían y les dijo: «Hermanos, he rogado al Señor que me haga saber cuándo soy siervo suyo y cuándo no. Pues -añadió- no quisiera ser sino su siervo. Y el mismo benignísimo Señor acaba de responderme con su dignación: "Sábete siervo mío verdadero cuando piensas, hablas y obras cosas santas". Hermanos, os he llamado por esto: quiero quedar en vergüenza ante vosotros si dejo de hacer alguna vez una de esas tres cosas».

Capítulo CXIX

La penitencia impuesta en la Porciúncula por palabras ociosas

160. Otro día, en Santa María de la Porciúncula, el hombre de Dios, que veía cómo la ganancia de la oración se perdía después en conversaciones ociosas (cf. 2 Cel 19), ordenó, para remedio de éstas, lo siguiente: «Cualquier hermano que incurriere en alguna palabra ociosa o inútil, está obligado a decir en seguida su culpa y a rezar un padrenuestro por cada palabra ociosa. Igualmente, es mi voluntad que, si el hermano se adelanta a acusar su falta, diga el padrenuestro por su propia alma; si se la reprocha antes algún otro hermano, lo dirá por el alma del que le ha reprochado» (3).

Capítulo CXX

Cómo, trabajando él, no podía ver a los ociosos

161. Solía decir que los perezosos que no se familiarizan con ninguno de los trabajos, serán vomitados de la boca del Señor (cf. Ap 3,16). Ningún ocioso podía presentársele delante que no recibiese un reproche mordaz. Pues él, modelo de toda perfección, se ocupaba y trabajaba con sus manos, sin permitirse desperdiciar en nada el don precioso del tiempo (4). Dijo también una vez: «Quiero que todos mis hermanos trabajen y se ocupen en algo, y que los que no saben ningún oficio, lo aprendan» (cf. Test 20-21). Y, señalando el motivo, añadió: «Para ser menos gravosos a los hombres y para que el corazón y la lengua no divaguen, con el ocio, por cosas ilícitas». Y la ganancia o merced del trabajo no la quería a disposición del que trabaja, sino del guardián o de la familia.

Capítulo CXXI

Lamentación dirigida a él sobre los ociosos y los glotones

162. Séame permitido, Padre santo, elevar hoy al cielo una lamentación sobre los que se dicen tuyos. Muchos -que prefieren holgar y no trabajar-, a quienes les resultan odiosas las prácticas de la virtud, demuestran que no son hijos de Francisco, sino de Lucifer. Hay entre nosotros más remisos que dispuestos al esfuerzo, siendo así que, habiendo nacido para el trabajo, debieran considerar su vida como milicia (Job 7,1; 5,7). Ni gustan de progresar en la acción ni pueden adelantar en la contemplación. Después de haber escandalizado a todos por su singularidad, trabajando más con las fauces que con las manos, detestan al que pide cuenta en la puerta y no aguantan que se les toque ni con la punta de los dedos. Pero, como decía el bienaventurado Francisco, me sorprende más el descaro de los que en su casa no hubieran vivido sino del propio sudor, y ahora, sin trabajar, comen del sudor de los pobres. ¡Sagacidad extraña! Aunque no hacen nada, los creerías ocupados siempre. Saben los horarios de las comidas; y, si el hambre los acosa alguna vez, acusan al sol de haberse dormido.

¿Voy a creer, Padre bueno, que estos hombres abominables son dignos de tu gloria? ¡Ni siquiera de tu hábito! Tú has enseñado siempre a buscar las riquezas de los méritos en este tiempo falaz y fugaz, para no verse obligados a mendigar en el futuro. Y estos que han de acabar luego en el destierro, ni siquiera disfrutan en la tierra. Reina este mal en los súbditos porque los prelados lo disimulan, como si fuera posible no incurrir en el castigo de aquellos cuyos vicios toleran.

LOS MINISTROS DE LA PALABRA DE DIOS

Capítulo CXXII

Qué cualidades debe tener el predicador

163. A los ministros de la palabra de Dios los quería tales, que, dedicándose a estudios espirituales, no se embargasen con otras ocupaciones. Pues solía decir que los ha escogido un gran rey para transmitir a los pueblos las órdenes recibidas de boca de él. Observaba: «El predicador debe primero sacar de la oración hecha en secreto lo que vaya a difundir después por los discursos sagrados; debe antes enardecerse interiormente, no sea que transmita palabras que no llevan vida». Aseguraba que el oficio de predicador es digno de veneración; y cuantos lo ejercen, dignos de ser venerados por todos. «Ellos son -decía- la vida de la Iglesia (5), los debeladores de los demonios, la luz del mundo».

Dignos de mayor honor juzgaba aún a los doctores en sagrada teología. Por cierto que un día hizo escribir, dirigiéndose a todos: «A todos los teólogos y a los que nos administran las palabras divinas debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran espíritu y vida» (Test 13). Una vez que escribió al bienaventurado Antonio, hizo comenzar la carta con estas palabras: «Al hermano Antonio, mi obispo» (6).

Capítulo CXXIII

Contra los que ambicionan vana alabanza.
Exposición de un pasaje profético

164. Pero decía que son de llorar los predicadores que venden -muchas veces- lo que hacen a cambio de una alabanza vana. Y para curar los tumores de ésos les medicinaba de vez en cuando con este antídoto: «¿Por qué os gloriáis de haber convertido a quienes han sido convertidos por las oraciones de mis hermanos los simples?»

Y añadía aquel texto: Parió la estéril muchos hijos, con esta explicación: «Estéril es mi hermano pobrecillo, que no tiene el cargo de engendrar hijos en la Iglesia. Ese parirá muchos en el día del juicio, porque a cuantos convierte ahora con sus oraciones privadas, el Juez los inscribirá entonces a gloria de él. Y se marchitará la que muchos tiene (1 Sam 2,5), porque el predicador que se goza ahora de haber engendrado muchos él mismo, conocerá entonces que no hubo nada suyo en ellos».

Mas a los que pretenden ser alabados como retóricos más que como predicadores, hablando con elegancia, pero sin amor, no los quería mucho. Y decía que distribuyen mal el tiempo quienes se dan del todo a la predicación sin reservar nada a la devoción. Alababa al predicador -en concreto, a aquel predicador- que a tiempos se retiraba a gustar dentro de sí, a saborear dentro del alma.

LA CONTEMPLACIÓN DEL CREADOR EN LAS CREATURAS

Capítulo CXXIV

El amor del Santo a las creaturas sensibles e insensibles

165. Este feliz viador, que anhelaba salir de este mundo, como lugar de destierro y peregrinación, se servía, y no poco por cierto, de las cosas que hay en él. En cuanto a los príncipes de las tinieblas, se valía, en efecto, del mundo como de campo de batalla; y en cuanto a Dios, como de espejo lucidísimo de su bondad. En una obra cualquiera canta al Artífice de todas; cuanto descubre en las hechuras, lo refiere al Hacedor. Se goza en todas las obras de las manos del Señor (Sal 91,5), y a través de tantos espectáculos de encanto intuye la razón y la causa que les da vida. En las hermosas reconoce al Hermosísimo; cuanto hay de bueno le grita «El que nos ha hecho es el mejor» (7). Por las huellas impresas en las cosas sigue dondequiera al Amado (8), hace con todas una escala por la que sube hasta el trono.

Abraza todas las cosas con indecible afectuosa devoción y les habla del Señor y las exhorta a alabarlo. Deja que los candiles, las lamparas y las candelas se consuman por sí, no queriendo apagar con su mano la claridad, que le era símbolo de la luz eterna. Anda con respeto sobre las piedras, por consideración al que se llama Piedra (9). Cuando ocurre decir el versículo Me has exaltado en la piedra (Sal 60,3), como para expresarlo con alguna mayor reverencia, dice: «Me has exaltado a los pies de la Piedra».

A los hermanos que hacen leña prohíbe cortar del todo el árbol, para que le quede la posibilidad de echar brotes. Manda al hortelano que deje a la orilla del huerto franjas sin cultivar, para que a su tiempo el verdor de las hierbas y la belleza de las flores pregonen la hermosura del Padre de todas las cosas. Manda que se destine una porción del huerto para cultivar plantas que den fragancia y flores, para que evoquen a cuantos las ven la fragancia eterna (cf. 1 Cel 81).

Recoge del camino los gusanillos para que no los pisoteen; y manda poner a las abejas miel y el mejor vino para que en los días helados de invierno no mueran de hambre. Llama hermanos a todos los animales, si bien ama particularmente, entre todos, a los mansos.

Pero ¿cómo decirlo todo? Porque la bondad fontal, que será todo en todas las cosas, éralo ya a toda luz en este Santo.

Capítulo CXXV

Cómo las creaturas le correspondían con amor
y el fuego que no lo lastimó

166. De ahí que todas las creaturas se esmeran en corresponder con amor al amor del Santo y -como se merece- con muestras de agradecimiento. Cuando las acaricia, le sonríen; cuando les pide algo, acceden; obedecen cuando les manda. He aquí, para solaz, algunos casos.

Durante la enfermedad de los ojos, obligan al Santo a que se deje curar, y llaman al lugar a un cirujano (10). Viene, pues, el cirujano, trayendo consigo un instrumento de hierro para cauterizar; y dispone que lo tengan al fuego hasta volverse incandescente. Mas el bienaventurado Padre, animando a su cuerpo, que tremaba ya de horror, habla así al fuego: «Hermano mío fuego, el Altísimo te ha creado dotado de maravilloso esplendor sobre las demás creaturas, vigoroso, hermoso y útil. Sé ahora benigno conmigo, sé cortés, porque hace mucho que te amo en el Señor (11). Pido al gran Señor que te ha creado que temple tu ardor en esta hora para que pueda soportarlo mientras me cauterizas suavemente». Al término de esta plegaria hace la señal de la cruz sobre el fuego y queda intrépido. El médico toma en las manos el hierro candente y tórrido, los hermanos huyen presa de la compasión, el Santo se ofrece, dispuesto y alegre, al hierro. Crepitante, penetra el hierro en la tierna carne, y el cauterio se extiende, sin solución de continuidad, de la oreja a la sobreceja.

Cuánto dolor le causara el fuego, lo testifican las palabras de quien mejor lo notó, es decir, del Santo. En efecto, sonriéndose, dijo el Padre a los hermanos que habían huido y volvían: «Pusilánimes, de corazón encogido, ¿por qué habéis huido? Os digo en verdad que no he experimentado ni ardor de fuego ni dolor alguno en la carne». Y, dirigiéndose al medico, le dijo aún: «Si la carne no está todavía bien cauterizada, cauterízala de nuevo». El médico, que tenía experiencia de reacciones diferentes en casos parecidos, hizo valer el hecho como milagro divino, observando: «Hermanos, os digo que hoy he visto maravillas».

Creo yo que el Santo, a cuya voluntad se aplacaban creaturas inhumanas, había vuelto a la inocencia primera.

Capítulo CXXVI

La avecilla que vino a posarse en sus manos

167. San Francisco iba de paso, en una pequeña barca, por el lago de Rieti al eremitorio de Greccio. El pescador le ofreció una avecilla de río para que se solazara en el Señor con ella. Tomándola gozoso el bienaventurado Padre, la invitó mansamente, abiertas las manos, a marchar en libertad. Pero como ella no quería irse, sino que se recostaba en las manos del Santo como si estuviera en un nido pequeño, el Santo, con los ojos levantados, se sumergió en oración. Después de mucho tiempo, vuelto en sí como quien viene de otro mundo, mandó con dulzura a la avecilla que volviera sin temor a la libertad de antes. Con este permiso y una bendición marchó volando, mostrando, con un ademán del cuerpo, una alegría especial.

Capítulo CXXVII

El halcón

168. Mientras el bienaventurado Francisco, huyendo, según costumbre, de la vista y el trato con los hombres, estaba en cierto eremitorio (12), un halcón que había anidado en el lugar entabló estrecho pacto de amistad con él. Tanto que el halcón siempre avisaba de antemano, cantando y haciendo ruido, la hora en que el Santo solía levantarse a la noche para la alabanza divina. Y esto gustaba muchísimo al santo de Dios, pues con la solicitud tan puntual que mostraba para con él le hacía sacudir toda negligencia. En cambio, cuando al Santo le aquejaba algún malestar más de lo habitual, el halcón le dispensaba y no le llamaba a la hora acostumbrada de las vigilias; y así -cual si Dios lo hubiere amaestrado-, hacia la aurora pulsaba levemente la campana de su voz.

No es de maravillar que las demás creaturas veneren al que es el primero en amar al Creador.

Capítulo CXXVIII

Las abejas

169. Una vez, el siervo de Dios se hizo construir en cierto monte una celdilla, en la que se entregó a penitencia muy rigurosa por cuarenta días. Al retirarse pasados los días, la celda quedó como en la soledad al no haber ningún sucesor. Había quedado en ella un vaso de arcilla, que el Santo usaba para beber. Como quiera que algunos acostumbraban ir a veces al lugar por veneración del Santo, encuentran un día el vaso lleno de abejas. Estaban éstas fabricando en él, con arte maravilloso, las celdillas de un panal, que simbolizaban de veras la dulzura de la contemplación que el santo de Dios había gustado en el lugar.

Capítulo CXXIX

El faisán

170. Cierto noble del condado de Siena envió al bienaventurado Francisco, que estaba enfermo, un faisán. En la alegría de recibirlo, no por el apetito de comerlo, sino por la costumbre que tenía de alegrarse siempre en tales casos por amor del Creador, le dijo al faisán: «Hermano faisán, alabado sea nuestro Creador». Y a los hermanos: «Hagamos ahora prueba de si el hermano faisán quiere quedarse con nosotros o volver a los lugares a los que está hecho y que le son más convenientes». Y, por orden del Santo, un hermano lo llevó lejos y lo dejó en una viña; pero el faisán volvió con paso veloz a la celda del Padre. El Santo ordena de nuevo que se le aleje más; pero el faisán volvió a toda prisa a la puerta de la celda y logró entrar en ella como forcejando, amparándose bajo las túnicas de los hermanos que estaban en la puerta. Después de esto, el Santo, abrazándolo y acariciándolo mientras le decía palabras de ternura, mandó que se le diese de comer con diligencia.

Presenciando esto un médico gran devoto del santo de Dios, pidió el faisán a los hermanos, no para comerlo, sino para alimentarlo por reverencia al Santo. Y ¿qué? Lo llevó consigo a casa; pero el faisán, igual que si hubiese recibido una injuria, al verse separado del Santo, no quiso comer nada todo el tiempo que estuvo separado de él. Se maravilló el médico, y, devolviendo en seguida el faisán al Santo, contó al detalle todo lo que había pasado. En cuanto el faisán, dejado en el suelo, vio a su padre, comenzó a comer con gusto.

Capítulo CXXX

La cigarra

171. En la Porciúncula, cerca de la celdilla del santo de Dios, una cigarra que se aposentaba en una higuera cantaba muchas veces con suave insistencia. La llamó un día bondadosamente hacia sí el bienaventurado Padre, extendiéndole la mano, y le dijo: «Hermana mía cigarra, ven a mí». La cigarra, como si estuviera dotada de razón, se pone al pronto en sus manos. Le dice: «Canta, hermana mía cigarra, y alaba jubilosa al Señor, tu creador». Obediente en seguida, la cigarra comenzó a cantar, y no cesó hasta que el varón de Dios, uniendo su alabanza al canto de ella, la mandó que volviese al lugar donde solía estar. Allí se mantuvo, como atada, por ocho días seguidos. Y el Santo, al bajar de la celda, la acariciaba con las manos, la mandaba cantar; a estas órdenes estaba siempre dispuesta a obedecer. Y dijo el Santo a sus compañeros: «Licenciemos a nuestra hermana cigarra, que bastante nos ha alegrado hasta ahora con su alabanza, para que nuestra carne no pueda vanagloriarse de eso». Y al punto, con el permiso del Santo, se alejó y no apareció más en el lugar. Los hermanos testigos del hecho quedaron admirados sobremanera.

LA CARIDAD

Capítulo CXXXI

Su caridad y cómo, para salvar las almas,
quería mostrarse modelo de perfección

172. No es de extrañar que a quien la fuerza del amor había hecho hermano de las demás creaturas, la caridad de Cristo lo hiciera más hermano de las que están marcadas con la imagen del Creador. Solía decir al efecto que nada hay más excelente que la salvación de las almas. Y lo razonaba muchas veces recurriendo al hecho de que el unigénito de Dios se hubiese dignado morir colgado en la cruz por las almas. De aquí nacieron su recurso a la oración, sus correrías de predicación, sus demasías en dar ejemplo. No se creía amigo de Cristo si no amaba las almas que él ha amado. Y ésta era -en lo más íntimo de él- la razón principal de su veneración a los doctores (cf. 2 Cel 163), que, como colaboradores de Cristo, desempeñan la misma misión con Cristo. Y aun a los mismos hermanos -como a quienes profesaban juntos una misma fe singular y como a quienes unía una misma participación en la herencia eterna- los abrazaba con el más entrañable y total amor sobremanera.

173. Cuantas veces lo reprendían por la aspereza de su vida, respondía que había sido dado a la Orden como modelo, igual que el águila que incita a volar a sus polluelos (Dt 32,11). Por eso, si bien su carne inocente, que se sometía ya espontánea al espíritu, no necesitara que se la azotase por pecados, con todo, el Santo le infligía nuevos malos tratos por la razón de ser modelo, recorriendo los caminos difíciles solamente por el ejemplo debido a los demás (Sal 16,4).

Con razón por cierto, pues se mira más a las obras que a las palabras de los prelados. Padre, con las obras perorabas con más suavidad, persuadías con más facilidad, probabas con más seguridad. Aunque los prelados hablen lenguas de hombres y de ángeles, si no dan ejemplos de caridad, poco me aprovecharán a mí, nada a sí mismos (13). Pero si el que tiene que corregir no se hace en absoluto de temer y el capricho suplanta a la razón, ¿bastarán los sellos (14) para salvarse? Sin embargo, se ha de hacer lo que mandan con imperio (Adm 3,5), para que la corriente de agua, bien que pasando por canales enjutos, llegue a los cuadros del jardín. Y entre tanto recójanse rosas de las espinas, para que el mayor sirva al menor.

Capítulo CXXXII

El cuidado de los súbditos

174. Y hablando de esto, ¿quién ha llegado a tener la solicitud de Francisco por los súbditos? Alza en todo momento las manos al cielo por los verdaderos israelitas (15), y, aun olvidado de sí, busca, antes que todo, la salvación de los hermanos. Se postra a los pies de la Majestad, ofrece sacrificios espirituales por los hijos, mueve a Dios a hacerles bien. Lleno de temor, compadece con amor a la pequeña grey atraída en pos de sí, no sea que, después de haber perdido el mundo, pierda también el cielo. Le parecía desmerecer la gloria para sí si no hacía gloriosos a una consigo a los que se le habían confiado (cf. 1 R 4,6), a quienes su espíritu engendraba más trabajosamente que las entrañas de la madre cuando los había dado a luz.

Capítulo CXXXIII

Compasión para con los enfermos

175. Tenía mucha compasión de los enfermos, mucha solicitud por las necesidades de ellos. Si la caridad de los seglares le enviaba alguna vez manjares selectos, aun necesitándolos él sobre todos, los daba a los demás enfermos. Hacía suyos los sufrimientos de todos los enfermos y les dirigía palabras de compasión cuando no podía prestarles otra ayuda. En días de ayuno comía también él, para que los enfermos no se avergonzaran de comer, y no tenía reparo en pedir carne por lugares públicos de la ciudad para el hermano enfermo.

Aconsejaba, con todo, a los enfermos sufrir con paciencia las privaciones y no dar mal ejemplo si no se les satisfacía en todo. Así, en una regla hizo escribir estas palabras: «Ruego a todos mis hermanos enfermos que en sus enfermedades no se aíren ni se conturben contra Dios o contra los hermanos. No pidan medicinas con demasiado afán, ni tengan desordenado deseo de que sane la carne, que ha de morir pronto y es enemiga del alma. Den gracias a Dios por todo y quieran estar como Dios quiere que estén. Porque Dios ejercita con el aguijón de los castigos y de las enfermedades a cuantos ha ordenado para la vida eterna, como dice Él mismo: Yo reprendo y castigo a los que amo» (1 R 10,3-4; Ap 3,19).

176. Enterado un día de las ganas de comer uvas que tenía un enfermo, lo llevó a la viña y, sentándose bajo una vid, comenzó a comerlas para animar al enfermo a que las comiera.

Capítulo CXXXIV

La compasión que tenía para con los enfermos de alma
y cómo algunos se conducen contrariamente

177. Alentaba con mayor clemencia y soportaba con más paciencia a aquellos enfermos de quienes sabía que, como niños que fluctúan, estaban agitados por tentaciones y vivían con el ánimo apocado. Por eso, evitando con ellos las correcciones ásperas -si no veía peligro en esto-, se ahorraba la vara para guardar las almas. Decía que toca al prelado, que es padre (16) y no tirano, prevenir las ocasiones de pecar e impedir que caiga quien, una vez caído, difícilmente se levantaría.

¡Desdichada insensatez, digna de compadecerse, la de nuestros días! Y no se trata sólo de que no levantamos o no sostenemos a los débiles, sino que a veces los empujamos para que caigan. Tenemos en nada el sustraer al sumo Pastor una ovejuela, por la cual ofreció en la cruz poderosos clamores y lágrimas. De diferente manera te portabas tú, Padre santo, que preferías la enmienda a la perdición. Sabemos, con todo, que el mal del amor propio está muy arraigado en algunos, y que éstos necesitan cauterio y no ungüento. Está claro, pues, que para muchos es más saludable regirlos con cetro de hierro que pasarles la mano. Pero aceite y vino, vara y cayado, severidad y clemencia, cauterio y unción, cárcel y regazo, todo tiene su tiempo. Todo ello reclama el Dios de las venganzas y el Padre de las misericordias, quien, sin embargo, prefiere la misericordia al sacrificio (Mt 9,13).

Capítulo CXXXV

Los hermanos españoles

178. En ocasiones, este varón santísimo era arrebatado hacia Dios de modo maravilloso y experimentaba en su espíritu transportes de alegría cada vez que llegaba hasta él el buen olor de los hijos. Un clérigo español dado a Dios tuvo la dicha de ver y hablar con San Francisco. Y, entre otras noticias que le trajo de los hermanos de España, alegró al Santo con el siguiente relato:

-- Tus hermanos, que viven en un eremitorio pobrecillo de nuestra tierra, se habían reglamentado su forma de vida de tal modo, que la mitad de ellos atendía a los quehaceres de casa, y la otra mitad a la contemplación. Así, cada semana la vida activa se tornaba contemplativa, y la quietud de los contemplativos activa (17). Un día, puesta la mesa y hecha la señal de llamada, acuden todos menos uno de los contemplativos de turno. Después de alguna espera se van a la celda para llamarlo a la mesa, a tiempo en que él, en una mesa más espléndida, era alimentado por el Señor. Y así es como le encuentran postrado rostro en tierra, tendido en forma de cruz, sin respiración ni movimiento que diera señales de vida. A su cabeza y a sus pies ardían dos candelabros, que con su resplandor alumbraban maravillosamente la celda. Le dejan en paz para no estorbar la unción, para no despertar a la amada hasta que ella quiera (18). Con este motivo, los hermanos tratan de espiar por los resquicios de la celda, estando detrás de las paredes y atisbando por entre las celosías. ¿Qué más? Mientras los amigos miraban a la que habita en los jardines, de pronto se desvanece la luz y el hermano vuelve en sí. Se levanta luego, y, acudiendo a la mesa, dice la culpa por la tardanza. Esto ha sucedido -concluyó el español- en nuestra tierra.

Rociado por la fragancia de los hijos, no podía San Francisco contener su gozo. Al instante prorrumpió en alabanzas, y, como si para él no hubiera otra gloria que la de oír buenas nuevas de los hermanos, desde lo más íntimo exclamó: «Gracias te doy, Señor, santificador y guía de los pobres, que me has regocijado con tales noticias de mis hermanos. Bendice, te ruego, a aquellos hermanos con amplísima bendición y santifica con gracias especiales a cuantos por los buenos ejemplos hacen que su profesión sea fragante».

Capítulo CXXXVI

Contra los que viven mal en los eremitorios
y que quería que todas las cosas fueran comunes

179. Aunque hayamos visto por estos episodios la caridad del Santo, que quiere que nos alegremos con él en los éxitos felices de los amados, creemos, con todo, que quedan reprendidos, y no poco, aquellos que viven diferentemente en los eremitorios. Pues son muchos los que convierten el lugar de contemplación en lugar de ocio, y del plan de vida eremítica -instaurada para llevar las almas a la perfección- hacen una sentina de placeres. Los anacoretas de hoy tienen como norma vivir cada uno a su gusto. No extiendo esto a todos, pues sabemos de santos de carne y huesos que viven en los eremitorios según normas estupendas. Como sabemos de los padres que precedieron, que fueron flores solitarias (19). ¡Ojalá los eremitas de hoy no degeneren de la hermosura primitiva, la alabanza de cuya santidad perdura eterna!

180. Por lo demás, San Francisco, recomendando a todos la caridad, exhortaba a mostrar afabilidad e intimidad de familia. «Quiero -decía- que mis hermanos se muestren hijos de una misma madre; y que a uno que pidiere la túnica, la cuerda u otra cosa, se la dé el otro generosamente. Préstense también mutuamente los libros y cuanto puedan desear, para que nadie se vea forzado a quitárselo al otro». Y, con el fin de no decir tampoco en esto algo que Cristo no hiciera por medio de él (cf. Rm 15,18), era el primero en hacerlo.

Capítulo CXXXVII

Dos hermanos franceses a quienes dio su túnica

181. Dos hermanos franceses muy santos toparon con San Francisco en el camino. A los que experimentaban ya una alegría indecible por el encuentro, se les duplicó el gozo, según que había sido larga la fatiga por el deseo de verlo. Después de dulces demostraciones de afecto y de gratas conversaciones, su ardiente devoción pidió a San Francisco la túnica que vestía. Éste, sacándola en seguida y quedándose desnudo, se la entregó con muchísimo gusto, y se vistió -recibida en piadoso cambio- la de uno de ellos, más pobre que la suya (cf. 2 Cel 50). No sólo hacía tales cosas, sino que estaba también pronto a entregarse por entero a sí mismo hasta agotarse; y daba muy gozosamente cuanto le pedían.

LA DETRACCIÓN

Capítulo CXXXVIII

Cómo quería que se castigase a los detractores

182. Si toda alma llena de caridad aborrece a los que Dios aborrece, así ocurría en san Francisco. Execrando, en efecto, de modo espantoso a los detractores más que a otra clase de viciosos, solía decir de ellos que llevan veneno en la lengua, con que inficionan a los demás (cf. Adm 25). Por eso, si los chismosos y pulgas mordaces hablaban alguna vez, los evitaba -como nosotros mismos lo vimos- y se apartaba por no prestarles oído, no fuera que se manchase oyéndolos.

Así, un día que oyó a un hermano denigrar la fama de otro, volviéndose a su vicario, el hermano Pedro Cattani, se expresó en estos términos terribles: «Amenazan divisiones a la Orden si no se hace frente a los detractores. El perfume suavísimo de muchos se tornará pronto hediondo si no se tapan las bocas de los hediondos (cf. 2 Cel 155). Anda, anda, examina con cuidado, y si ves que el hermano acusado es inocente, haz saber a todos -por medio de una corrección severa- quién es el que ha acusado. Si tú no puedes castigarlo por ti mismo, ponlo en las manos del púgil florentino. (Es que llamaba púgil al hermano Juan de Florencia, que era hombre alto de estatura y muy forzudo) (20). Quiero -continuó- que tú, así como todos los ministros, tengáis sumo cuidado de que este mal pestífero no se difunda más».

Y a veces juzgaba que quien había arrancado el buen nombre de su hermano, merecía ser despojado del hábito, y que no podía elevar los ojos a Dios si primero no devolvía lo que había robado. Por eso -como muestra de una abominación más eficaz-, los hermanos de entonces habían dispuesto entre sí, con una sanción en firme, evitar cuidadosamente todo cuanto rebajara el honor de los demás o sonare a injuria. ¡Muy recta y acertadamente por cierto! Pues ¿qué es el detractor sino hiel entre los hombres, fermento de maldad, deshonra del universo? Y ¿qué es el hombre de lengua doble sino escándalo de la Religión, veneno del claustro, desintegración de la unidad? ¡Ay!, que la tierra está cubierta de animales venenosos, y ningún hombre de bien puede escapar de las mordeduras de los enemigos. Se prometen premios a los acusadores y, humillando la inocencia, se da, a las veces, la palma a la falsedad. Más: cuando alguien no es capaz de vivir de su hombría de bien, se gana con qué comer y con qué vestir destruyendo la de los demás.

183. A este propósito, San Francisco observaba a menudo: «El detractor se dice a sí: "Me falta santidad de vida, no tengo el prestigio de la ciencia o de otra disposición peculiar, por lo que no encuentro puesto ni ante Dios ni ante los hombres. Ya sé qué he de hacer: pondré tacha en los elegidos y ganaré el favor de los grandes. Sé que mi prelado es un hombre y que echa a veces mano de este mismo procedimiento, es decir, de cortar los cedros y dejar ver sólo zarzales en el bosque". ¡Ea, miserable! Sáciate de carne humana, y pues no puedes vivir de otra manera, roe las entrañas de los hermanos. Esos tales se esfuerzan en parecer buenos, no en hacerse de veras; denuncian vicios y no se despojan de vicios. Alaban sólo a aquellos por cuya autoridad quieren verse protegidos y omiten toda alabanza si ésta no ha de llegar a oídos del interesado. Venden, a cambio de alabanzas dañosas, la palidez del rostro debida al ayuno con el fin de parecer espirituales que juzguen de todo, sin que ellos puedan ser juzgados por nadie (cf. 1 Cor 2,15). Tienen la fama de la santidad, pero no las obras; nombre de ángeles, pero no la virtud de los mismos.

DESCRIPCIÓN DEL MINISTRO GENERAL
Y DE OTROS MINISTROS

Capítulo CXXXIX

Cómo debe portarse con los compañeros

184. Hacia el fin de su vida de entrega al Señor, un hermano solícito siempre de las cosas que se refieren a Dios, movido de amor hacia la Orden, inquirió: «Padre, tú te irás, y la familia que te ha seguido va a quedar en este valle de lágrimas. Indica, si lo ves en la Orden, alguno en cuya confianza pueda descansar tu animo, a quien pueda imponerse con seguridad el peso de ministro general». Respondió San Francisco, entrecortando sus palabras con suspiros: «Hijo, no veo ninguno capaz de ser caudillo de ejército tan diverso, pastor de grey tan numerosa. Pero quiero haceros su retrato, esto es, como dice el adagio, modelaros el tipo, en el cual se vean las cualidades que ha de tener el padre de esta familia».

185. «Debe ser -dice- hombre de mucha reputación, de gran discreción, de fama excelente. Hombre sin amistades particulares, no sea que, inclinándose más a favor de unos, dé mal ejemplo a todos. Hombre amigo de entregarse a la santa oración, que dé unas horas a su alma y otras a la grey que se le ha confiado. Debe comenzar la mañana con la santa misa y encomendarse a sí mismo y la grey a la protección divina con devoción prolongada. Después de la oración -siguió diciendo- se pondrá a disposición de todos, pronto a ser importunado por todos, a responder a todos, a proveer con dulzura a todos.

»Debe ser hombre en quien no haya lugar para la sórdida acepción de personas, que tenga igual cuidado de los menores y de los simples que de los sabios y mayores. Hombre que, por más que se le haya dado distinguirse en letras, sin embargo, se distinga más como imagen de sencillez piadosa en la conducta y promotor de la virtud. Hombre que execre el dinero -corruptela principal de nuestra profesión y perfección- y que -cabeza de una Religión pobre, mostrándose modelo a la imitación de los demás- no use jamás de peculio.

»Debe bastarle para sí -añadió- el hábito y un pequeño libro de registros; y para los hermanos, un guardaplumas y el sello. No sea coleccionista de libros ni muy dado a la lectura, a fin de no sustraer al cargo lo que da de más al estudio. Hombre que consuele a los afligidos, como último asilo que es de los atribulados, no sea que, por no hallar en él remedios saludables, el mal de la desesperación domine a los enfermos. Para plegar los insolentes a la mansedumbre, abájese él; y, a fin de ganar las almas para Cristo, ceda algún tanto de su derecho. No cierre las entrañas de la misericordia, como a ovejas que se habían perdido, a los desertores de la Orden, sabedor de que se dan tentaciones muy fuertes, que pueden empujar a tan gran caída.

186. »Quisiera que todos lo veneraran como a quien hace las veces de Cristo y lo proveyeran con buena voluntad de todo cuanto necesita. No deberá, con todo, complacerse en los honores (Adm 4) ni contentarse más en los favores que en las injurias. Si alguna vez, por debilidad o por cansancio, necesitase más dieta, no la tome en lugar escondido, sino a la vista de todos, para que los demás no tengan reparo de atender al cuerpo en su flaqueza.

»A él sobre todo toca discernir las conciencias que se cierran y descubrir la verdad oculta en los pliegues más íntimos y no dar oídos a los charlatanes. Finalmente, debe ser tal, que, por la ambición de conservar el honor, no haga vacilar de ningún modo la indefectible norma de la justicia y que sienta que un cargo tan grande le resulta más peso que honor. En todo caso, ni la demasiada suavidad engendre indolencia, ni una indulgencia laxa, relajación de la disciplina, de manera que, siendo amado de todos, llegue también a ser temido de los obradores del mal.

»Y quisiera verlo rodeado de compañeros virtuosos que -al igual que él- se mostraran ejemplo de toda buena obra: rigurosos contra las comodidades, fuertes en las dificultades y afables con tal oportunidad, que recibieran con santo agrado a cuantos acudieren a ellos.

»Ahí tenéis -concluyó- el tipo de ministro general de la Orden; tal como debe ser».

Capítulo CXL

Los ministros provinciales

187. El dichoso Padre requería también todas estas cualidades en los ministros provinciales, bien que en el ministro general deba destacar de modo singular cada una de ellas. Quería que sean afables con los menores y atrayentes por su mucha benevolencia, de modo que los culpables de algo no tengan reparo en confiarse al amor de ellos (cf. CtaM 9-11). Los quería comedidos en las órdenes, indulgentes con las ofensas, dispuestos más bien a soportar las injurias que a devolverlas, enemigos de los vicios, médicos de los viciosos. Los quería, en fin, tales, que por su vida sean espejo de disciplina para los demás. Mas quería también que les preceda el honor que se les debe y que se los ame como a quienes soportan el peso de cuidados y trabajos. Aseguraba que los que gobiernan de ese modo y según estas normas las almas que se les confían, son, delante de Dios, dignos de los más grandes premios.

Capítulo CXLI

Lo que respondió el Santo acerca de los ministros

188. Cierto hermano preguntó una vez al Santo cómo así había privado de su cuidado a los hermanos y los había dejado en manos de otros, como si ya no le pertenecieran (2 Cel 143). Le respondió: «Hijo, amo a los hermanos como puedo; pero, si siguiesen mis huellas, los amaría más, sin duda, y no me desentendería del cuidado de ellos. Hay prelados que los llevan por otros caminos, proponiéndoles ejemplos de los antiguos (21) y teniendo en poco mis consejos. Pero cuál sea el resultado, se verá al final». Y poco después -en un momento en que se le agravó en extremo la enfermedad-, movido por la fuerza del espíritu, se incorporó en el lecho y dijo: «¿Quiénes son esos que me han arrebatado de las manos la Religión mía y de los hermanos? Si voy al capítulo general, ya les haré ver cuál es mi voluntad». Replicó el hermano: «¿Es que ya no vas a cambiar esos ministros provinciales que durante tanto tiempo han abusado de la libertad?» Y el Padre, lamentándose, dio esta terrible respuesta: «Vivan a su gusto, que al fin es menor daño la pérdida de unos pocos que la de muchos».

No decía esto de todos, sino de algunos que, por lo demasiado que duraban en el cargo, parecía que habían reivindicado la prelatura como derecho de herencia. A todos los prelados de regulares, cualquiera que fuese el cargo que ostentasen, recomendaba esto sobre todo: que no cambiasen las costumbres sino para mejorarlas, que no mendigasen favores negociados, que no pensasen en ejercer un poder, sino en cumplir un deber.

* * * * *

Notas:

1) En la provincia de Gaeta, al sur de Roma.

2) Aquí, como más adelante en el n. 216, se alude, sin duda, al hermano Elías, que, cuando escribía Celano, estaba todavía excomulgado. Pero los defensores del ex general de la Orden consideran interpolados estos dos pasajes. Cf. 1 Cel 108.

3) EP 82 ofrece algunos otros artículos de esta legislación penal.

4) Con todo, se encuentra en San Buenaventura el curioso detalle que sigue: «No hizo mucho caso del trabajo manual, si no por evitar la ociosidad; aunque ha sido el más perfecto observador de la Regla, no creo que ganase nunca, por el trabajo de sus manos, doce monedas o su equivalente en especie. Más bien advertía a los hermanos que tenían que orar, y no quería que, por ganar lo que es perecedero, se apague la oración» (Epistola de tribus quaestionibus: Opera omnia 8 [1898] p. 334).

5) Literalmente: la vida del Cuerpo. Cf. Ef 1,23.

6) Cf. CtaAnt. «Los documentos de la Edad Media dan, a veces, a los monjes misioneros el nombre de obispos, que es como decir "predicadores autorizados". Así, se encuentran honrados con el título de episcopoi simples sacerdotes. San Francisco saludará a San Antonio llamándolo su obispo, en el sentido de predicador de la Orden de los Menores» (Schuster, Vie de saint Benoît, 12 p. 153).

7) En San Agustín se encuentra el mismo camino ascensional (Confesiones I 4; II 6,12; III, 6,10).

8) Cf. Job 23,11; Ct 5,17.

9) «Esta roca era Cristo» (1 Cor 10,4).

10) De hecho, es el hermano Elías quien le obliga (1 Cel 98).

11) Negándose, por ejemplo, a apagar las lámparas (2 Cel 165) o los incendios (LP 86; EP 117).

12) En el monte Alverna, según San Buenaventura (LM 8,10).

13) 1 Cor 13,1-3; Adm 5,5.

14) Símbolo externo de su autoridad.

15) Ap 10,5; Ex 17,11-13; Lm 7,2.

16) Decía, con más frecuencia aún, que un superior debe ser una madre. Cf. CtaL; 1 R 9,11; 2 R 6,8; REr.

17) El mismo San Francisco había previsto, sin fijar el ritmo preciso para el intercambio de funciones: «Los hijos toman el oficio de madres como les pareciere establecer los turnos para alternarse» (REr 10).

18) Ct 2,7. Las imágenes que siguen están tomadas también del Ct 2,9; 8,13.

19) Flores solitarios: que también entonces eran flores extrañas; acaso quiera también sugerir Celano que fueron flores cultivadas en la soledad.

20) Este Juan de Florencia es, sin duda, el mismo Juan de Lodi; según EP 85, el verdadero hermano menor deberá tener, entre otras cualidades, «la fortaleza corporal y espiritual del hermano Juan de Lodi, que en su tiempo fue el más fuerte de todos los hombres».

21) De los antiguos fundadores de Órdenes (cf. LP 18).

Introducción 1 Cel 02

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