DIRECTORIO FRANCISCANO
Fuentes biográficas franciscanas

Celano: Vida segunda de San Francisco, 119-154


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CÓMO LO AZOTARON LOS DEMONIOS

Capítulo LXXXIV

Cómo lo azotaron los demonios
y que se ha de huir de los palacios

119. Este varón de Dios no sólo se enfrentaba con las acometidas de las tentaciones de Satanás, sino que luchaba con él cuerpo a cuerpo. Invitado en una ocasión por el señor León, cardenal de la Santa Cruz (1), a morar por algún tiempo con él en Roma, escogió para sí una torre apartada, que en una galería de nueve apartamentos con cubierta facilitaba unas estancias reducidas como de eremitorio. Sucedió, pues, la primera noche; después de una prolongada oración con Dios, cuando se disponía a reposar, vienen los demonios y entablan firmes contra el santo de Dios una lucha a muerte. Lo hostigan por muy largo tiempo y con extrema crueldad y lo dejan al fin medio muerto. Al retirarse los demonios, recobrado ya el aliento, el Santo llama a su compañero, que dormía en otra de las estancias, y al presentársele le dice: «Hermano, quiero que estés a mi lado, porque tengo miedo a quedarme solo. Hace poco que me han azotado los demonios». Y temblaba el Santo y sentía escalofríos como quien tiene fiebre altísima.

120. Pasada, pues, la noche sin pegar ojo, dijo San Francisco a su compañero: «Los demonios son ministros de nuestro Señor, que se sirve de ellos para castigar los excesos. Y es señal de gracia mayor que no deje nada sin castigo en su siervo mientras vive en el mundo. Mas yo no recuerdo falta que no haya lavado en la satisfacción por la misericordia de Dios, porque en su dignación paternal ha tenido a bien manifestarme siempre en la oración y en la meditación qué es lo que le agrada y desagrada. Pero puede ser que haya permitido a esos ministros echarse sobre mí por esto: el que yo me hospede en los palacios de los potentados no da buena idea de mí ante los demás. Mis hermanos, que conviven en lugares pobrecillos, al oír que yo estoy con cardenales, pensarán tal vez que nado en delicias. Por tanto, hermano, pienso que va mejor a quien está puesto como modelo (2 Cel 188; EP 81), huir de los palacios y hacer fuertes a los que padecen penurias, padeciendo iguales privaciones». Así que de mañana se presentaron al cardenal, y, después de haberle contado todo, se despidieron de él.

Sirva esto de enseñanza a los hermanos palaciegos (2), y ténganse por abortivos, arrancados del seno de su madre. No condeno la obediencia, pero sí repruebo la ambición, la ociosidad, las comodidades. En suma, propongo de modo absoluto a Francisco por modelo para todas las obediencias. Pero en todo debe descartarse cuanto, por agradar a los hombres, desagrada a Dios.

Capítulo LXXXV

Un ejemplo a propósito

121. Revivo en este momento algo que, a mi parecer, de ninguna manera debe pasarse por alto. Un hermano, viendo que otros hermanos moraban en un palacio, halagado de no sé qué gloria, deseó hacerse también palaciego como ellos. Deseoso de conocer la vida de palacio, ve una noche, en sueños, que los que he mencionado están fuera del lugar de los hermanos y alejados del trato con ellos; los ve además comiendo de un dornajo muy tosco y asqueroso, en el que comían garbanzos mezclados con heces humanas. Este espectáculo desconcertó vivamente al hermano; y desde que se levantó, de madrugada, no pensó más en palacios.

Capítulo LXXXVI

Tentaciones que sufrió en un lugar solitario
y de la visión de un hermano

122. El Santo con un compañero llegó un día a una iglesia situada lejos del poblado (3). Deseando orar en soledad, advierte al compañero: «Hermano, quisiera estarme aquí a solas esta noche. Vete al hospital (4) y vuelve mañana muy temprano».

Y se mantiene solo en larga y devotísima oración con el Señor. Después tantea dónde reclinar la cabeza para dormir; y de pronto, turbado en su espíritu, comenzó a sentir pavor y tedio y a estremecerse en todo el cuerpo. Se daba cuenta notoriamente de los asaltos diabólicos contra él y de cómo catervas de demonios corrían de un lado a otro sobre el techo con estrépito. Así, pues, se levanta inmediatamente, sale fuera y, signándose en la frente, dice: «De parte de Dios todopoderoso, os digo, demonios, que hagáis en mi cuerpo cuanto os es permitido. Lo sufro con gusto, pues, como no tengo enemigo mayor que el cuerpo (5), me vengaréis de mi adversario cayendo sobre él en vez de mí». En consecuencia, los demonios que se habían adunado para aterrorizar el espíritu del Santo, viendo un espíritu muy decidido en carne flaca, se disipan al punto llenos de confusión.

123. A la madrugada siguiente vuelve el compañero; al ver al Santo postrado ante el altar, espera fuera del coro, y ora también entretanto con fervor delante de una cruz. E inesperadamente, arrebatado en éxtasis, ve en el cielo, entre muchos, un trono más distinguido que los otros, adornado con piedras preciosas y todo resplandeciente de gloria. Admira en su interior el precioso trono y se pregunta para sí de quién es. En esto oye una voz que le dice: «Este trono fue de uno de los que cayeron del cielo, y ahora está destinado al humilde Francisco». Vuelto luego en sí el hermano, ve que el bienaventurado Francisco sale de la oración; y sin más, tendido en el suelo con los brazos en cruz, le habla no como a quien vive en el mundo, sino como a quien ya reina en el cielo, y le dice: «Padre, ruega por mí al Hijo de Dios para que no me impute mis pecados». El varón de Dios, tendiéndole la mano, lo levanta, y comprende que algo le ha sido revelado en la oración.

Ya de regreso, el hermano pregunta al bienaventurado Francisco: «¿En qué concepto te tienes?» Responde: «Me parece que soy el más grande de los pecadores, porque, si Dios hubiese tenido con un criminal tanta misericordia como conmigo, sería diez veces más espiritual que yo» (cf. 2 Cel 133). A esto, el Espíritu sugirió al momento en el interior del hermano: «Reconoce la verdad de la visión que has tenido, pues la humildad elevará al humildísimo al trono que perdió la soberbia».

Capítulo LXXXVII

Un hermano liberado de tentación

124. Un hermano espiritual y de muchos años en la Religión, afligido por una gran tribulación de la carne, parecía estar a punto de ser absorbido por el abismo de la desesperación. El dolor acrecentaba de día en día, porque su conciencia, más por mal formada que por discreta, le obligaba a confesarse por nada. Ciertamente, se legitimaría tanta ansia de confesión si hubiese cedido, aunque poco, a la tentación, mas no por haberla sentido. Pero era tanto el pudor que él tenía, que temiendo manifestar todo a un único sacerdote, aun a pesar de no existir pecado alguno, repartía incluso los pensamientos, confiando parte a unos y parte a otros.

Hasta que un día que iba con el bienaventurado Francisco le dijo el Santo: «Hermano, te digo que en adelante no debes confesar tu tribulación a nadie. Y no tengas miedo, ya que lo que te ocurre a ti sin consentirlo tú redundará para ti en corona, no en culpa. Y cuantas veces fueres molestado, di con mi autorización siete padrenuestros». Admirado de cómo el Santo hubiese llegado a conocer esto y regocijado y contento en extremo, evadió toda tribulación.

LA VERDADERA ALEGRÍA ESPIRITUAL

Capítulo LXXXVIII

La alegría espiritual, su alabanza y el mal de la tristeza

125. Aseguraba el Santo que la alegría espiritual es el remedio más seguro contra las mil asechanzas y astucias del enemigo. Solía decir: «El diablo se alegra, sobre todo, cuando logra arrebatar la alegría del alma al siervo de Dios. Lleva polvo que poder colar -cuanto más sea- en las rendijas más pequeñas de la conciencia y con que ensuciar el candor del alma y la pureza de la vida. Pero -añadía-, cuando la alegría espiritual llena los corazones, la serpiente derrama en vano el veneno mortal. Los demonios no pueden hacer daño al siervo de Cristo, a quien ven rebosante de alegría santa. Por el contrario, el ánimo flébil, desolado y melancólico se deja sumir fácilmente en la tristeza o envolverse en vanas satisfacciones».

Por eso, el Santo procuraba vivir siempre con júbilo del corazón, conservar la unción del espíritu y el óleo de la alegría. Evitaba con sumo cuidado la pésima enfermedad de la flojera, de manera que, a poco que sentía insinuársele en el alma, acudía rapidísimamente a la oración. Y decía: «El siervo de Dios conturbado, como suele, por alguna cosa, debe inmediatamente recurrir a la oración y permanecer ante el soberano Padre hasta que le devuelva la alegría de su salvación. Pues, si se detiene en la tristeza, adolecerá del mal babilónico, que al cabo, si no se purifica por medio de lágrimas, creará en su corazón una roña duradera».

Capítulo LXXXIX

La cítara que oyó tocar a un ángel

126. Durante su permanencia en Rieti para la cura de los ojos (6), llamó un día a uno de los compañeros, que en el mundo había sido citarista (7), y le dijo: «Hermano, los hijos de este siglo no entienden los misterios divinos. Hasta los instrumentos músicos, destinados en otros tiempos a las alabanzas de Dios, los ha convertido ahora la sensualidad de los hombres en placer de los oídos. Quisiera, pues, hermano, que trajeras en secreto de prestado una citara y compusieras una bella canción (8), a cuyo son aliviaras un poco al hermano cuerpo, que esta lleno de dolores». Le respondió el hermano: «Padre, me avergüenzo mucho por temor de que la gente vaya a sospechar que he sido tentado por esta minucia». «Dejémoslo entonces, hermano -replicó el Santo-, que es conveniente renunciar a muchas cosas para que no se resienta el buen nombre».

La noche siguiente, en vigilia el santo varón y meditando acerca de Dios, de pronto suena una cítara de armonía maravillosa, que enhila una melodía finísima. No se veía a nadie, pero el oído percibía por la localización del sonido que el que tañía y cantaba se movía de un lado a otro. Finalmente, arrebatado el espíritu a Dios, el Padre santo, al oír la dulcísima canción, goza tan de lleno tales delicias, que piensa haber pasado al otro siglo. Al levantarse al amanecer, el Santo llama al dicho hermano y, tras haberle contado al detalle lo sucedido, añade: «El Señor, que consuela a los afligidos, no me ha dejado nunca sin consuelo. Mira: ya que no he podido oír la cítara tocada por los hombres, he oído otra más agradable».

Capítulo XC

Que el Santo cantaba en francés cuando estaba más alegre

127. Algunas veces hacía también esto: la dulcísima melodía espiritual que le bullía en el interior, la expresaba al exterior en francés (9), y la vena del susurro divino que su oído percibía en lo secreto rompía en jubilosas canciones en francés. A veces -yo lo vi con mis ojos- tomaba del suelo un palo y lo ponía sobre el brazo izquierdo; tenía en la mano derecha una varita curva con una cuerda de extremo a extremo, que movía sobre el palo como sobre una viola; y, ejecutando a todo esto ademanes adecuados, cantaba al Señor en francés. Todos estos transportes de alegría terminaban a menudo en lágrimas; el júbilo se resolvía en compasión por la pasión de Cristo. De ahí que este santo prorrumpía de continuo en suspiros, y al reiterarse los gemidos, olvidado de lo que de este mundo traía entre manos, quedaba arrobado en las cosas del cielo.

Capítulo XCI

Cómo reprochó a un hermano que estaba triste
y le aconsejó el modo de portarse

128. Vio una vez a un compañero suyo con cara melancólica y triste, y, como le desagradaba esto, le dijo: «No va bien en el siervo de Dios presentarse triste y turbado ante los hombres, sino siempre amable. Tus pecados examínalos en la celda; llora y gime delante de tu Dios. Cuando vuelvas a donde están los hermanos, depuesta la melancolía, confórmate a los demás». Y poco después añadió: «Los enemigos de la salvación de los hombres me tienen mucha envidia y se esfuerzan siempre en turbarme a mí en mis compañeros, ya que no consiguen turbarme a mí en mí mismo». Y amaba tanto al hombre lleno de alegría espiritual, que en cierto capítulo general hizo escribir, para enseñanza de todos, esta amonestación: «Guárdense los hermanos de mostrarse ceñudos exteriormente e hipócritamente tristes; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor, alegres y jocundos y debidamente agradables» (1 R 7,16).

Capítulo XCII

Cómo ha de tratarse el cuerpo para que no proteste

129. Asimismo, el Santo dijo una vez: «Hay que atender con discreción al hermano cuerpo para que no provoque tempestades de flojera. Quítesele toda ocasión de protesta, no sea que llegue a sentir fastidio de velar y de perseverar reverente en la oración. Porque podría decir: "Desfallezco de hambre (cf. 2 Cel 22), no aguanto sobre mí el peso de tus prácticas". Pero, si protestase así después de haberse alimentado lo bastante, sábete que el jumento perezoso necesita ser espoleado y que al asno flojo le aguarda el aguijón» (cf. 2 Cel 116).

Sólo en esta lección anduvieron discordes las palabras y las obras del santísimo Padre. Pues sometía su cuerpo -de veras inocente- a azotes y privaciones y multiplicaba sobre él los castigos sin motivo. Es que el ardor del espíritu había aligerado el cuerpo ya tanto, que, si el alma era sedienta de Dios, aquella carne santísima desfallecía de sed (cf. 1 Cel 97).

LA FALSA ALEGRÍA

Capítulo XCIII

Contra la vanagloria y la hipocresía

130. Pero él, que se entregaba a la alegría espiritual, evitaba con cuidado la falsa, como quien sabía bien que debe amarse con ardor cuanto perfecciona y ahuyentar con esmero cuanto inficiona. Así, procuraba sofocar en germen la vanagloria, sin dejar subsistir ni por un momento lo que es ofensa a los ojos de su Señor. De hecho muchas veces, cuando era ensalzado, trocaba luego el aprecio en tristeza, doliéndose y gimiendo.

Un invierno en que por todo abrigo de su santo cuerpecillo llevaba una sola túnica con refuerzos de burdos retazos (cf. 2 Cel 69), su guardián, que era también su compañero, adquirió una piel de zorra, y, presentándosela, le dijo: «Padre, padeces del bazo y del estómago; ruego en el Señor a tu caridad que consientas que se cosa esta piel por dentro con la túnica. Y, si no la quieres toda, deja al menos coserla a la altura del estómago».

«Si quieres que la lleve por dentro de la túnica -le respondió Francisco-, haz que un retazo igual vaya también por fuera; que, cosido así por fuera, indique a los hombres la piel que se esconde dentro». El hermano oye, pero no lo acepta; insiste, pero no logra otra cosa. Cede al fin el guardián, y se cose retazo sobre retazo para hacer ver que Francisco no quiere ser uno por fuera y otro por dentro.

¡Oh identidad de palabra y de vida! ¡El mismo por fuera y por dentro! ¡El mismo de súbdito y de prelado! Tú que te gloriabas siempre en el Señor (1 Cor 1,31), no querías otra gloria ni de los extraños ni de los de casa. Y no se ofendan, por favor, los que llevan pieles preciosas si digo que se lleva también piel por piel (cf. Job 2,4), pues sabemos que los despojados de la inocencia tuvieron que cubrirse con túnicas de piel (Gén 3,21).

Capítulo XCIV

Una confesión suya de hipocresía

131. El episodio tuvo lugar en el eremitorio de Poggio, alrededor de la Navidad. El Santo comenzó su predicación a una gran multitud, convocada para oírlo, con estas palabras: «Vosotros me tenéis por santo, y por eso habéis venido con devoción. Pero yo os confieso que en toda esta cuaresma (10) he tomado alimentos preparados con tocino». Y así, atribuía muchas veces a gula lo que había tomado antes por razón de la enfermedad.

Capítulo XCV

Una confesión suya de vanagloria

132. Con igual fervor, siempre que sentía en su espíritu cualquier movimiento de vanagloria, lo manifestaba en seguida delante de todos con llaneza. Yendo una vez por la ciudad de Asís, se le acerca una viejecilla pidiendo limosna. Como no tenía otra cosa que darle fuera del manto, se lo entregó luego con pronta generosidad. Y como sintiera cierto cosquilleo de vanidad, confesó al punto ante todos que había tenido vanagloria.

Capítulo XCVI

Réplica suya a los que lo alaban

133. Procuraba guardar en lo secreto del alma los dones del Señor, no queriendo exponer a la gloria lo que podría ser causa de perdición. En efecto, como quiera que eran muchos los que lo alababan a menudo, les respondía con frases como éstas: «No queráis alabarme como a quien está seguro; todavía puedo tener hijos e hijas. No hay que alabar a ninguno cuyo fin es incierto. Si el que lo ha dado quisiera en algún momento llevarse lo que ha donado de prestado, sólo quedarían el cuerpo y el alma, que también el infiel posee». Hablaba de este modo a los que lo alababan. A sí mismo se decía: «Francisco, si un ladrón hubiera recibido del Altísimo tan grandes dones como tú, sería más agradecido que tú» (cf. 2 Cel 123).

Capítulo XCVII

Dichos suyos contra los que se alaban a sí mismos

134. Decía muchas veces a sus hermanos: «Nadie debe halagarse, con jactancia injusta, de aquello que puede también hacer un pecador». Y se explicaba: «El pecador puede ayunar, orar, llorar, macerar el cuerpo. Esto sí que no puede: ser fiel a su Señor. Por tanto, en esto podremos gloriarnos: si devolvemos a Dios su gloria; si, como servidores fieles, atribuimos a él cuanto nos dona. La carne es el mayor enemigo del hombre (11): no sabe recapacitar nada para dolerse; no sabe prever para temer; su afán es abusar de lo presente. Y lo que es peor -añadía-, usurpa como de su dominio, atribuye a gloria suya los dones otorgados al alma, que no a ella (cf. Adm 7 y 11); los elogios que las gentes tributan a las virtudes, la admiración que dedican a las vigilias y oraciones, los acapara para sí; y ya, para no dejar nada al alma, reclama el óbolo por las lágrimas».

SU CUIDADO EN OCULTAR LAS LLAGAS

Capítulo XCVIII

Lo que respondió a los que preguntaban por ellas
y el esmero en ocultarlas

135. No deben silenciarse los disimulos que urdió alrededor y el empeño con que ocultó aquellas insignias del Crucificado, dignas de ser veneradas incluso por los espíritus más elevados. Desde que allí, a los principios, el verdadero amor de Cristo había transformado al amante en fiel imagen de él, fue tan grande la cautela del Santo en callar y ocultar el tesoro, que ni siquiera sus familiares se dieron cuenta por mucho tiempo (cf. 1 Cel 95 y 98). Pero la Providencia no quiso que estuvieran escondidas por siempre sin que las vieran los más caros del Santo. Por otra parte, el estar en miembros del cuerpo que se llevan descubiertos, no consentía que permanecieran ocultas. Uno de sus compañeros que vio en cierta ocasión las llagas de los pies, le dice: «¿Qué es esto, buen hermano?» Y recibió esta respuesta: «Atiende a tus cosas».

136. Otra vez, el mismo hermano pide al Santo la túnica para sacudirla; viéndola con manchas de sangre, le dijo al Santo después de habérsela devuelto: «¿Qué manchas de sangre son esas de la túnica?» Pero el Santo, poniendo el índice sobre uno de los ojos, le respondió: «Pregunta qué es esto si no sabes que es un ojo».

Por eso, rara vez se lava del todo las manos, sino sólo los dedos, para no descubrir el secreto a los que están cerca de él (12); y rarísimas veces los pies, y todavía más a ocultas. Si se le pide la mano para besarla, da media mano, es decir, presenta al beso sólo los dedos, de modo que puedan depositar el beso; y a veces, en lugar de la mano, alarga la manga del hábito. Cubre -para no ser vistos- los pies con escarpines de lana, aplicada a las llagas una piel que mitigue la aspereza de la lana. Y, aunque el Padre santo no podía encubrir las llagas de los pies y de las manos a los compañeros, se disgustaba si alguien las miraba. Por eso, los compañeros mismos -llenos del espíritu de prudencia- ladeaban los ojos cuando él se veía en la precisión de descubrir las manos o los pies.

Capítulo XCIX

Un hermano las vio valiéndose de una treta piadosa

137. Mientras el varón de Dios residía en Siena (cf. 1 Cel 105), llegó a la ciudad un hermano de Brescia. Anheloso de ver las llagas del Padre santo, pide con insistencia al hermano Pacífico que esto le sea posible. Le propone éste: «A punto de partir del lugar, le pediré que me dé a besar las manos, y, cuando me las diere, te guiñaré, y verás las llagas».

Prontos para la salida, se van los dos a donde estaba el Santo, y Pacífico, puesto de rodillas, dice a San Francisco: «Bendícenos, madre amadísima (13), y dame a besar la mano». Alargada, bien que no a gusto, la besa, y guiña al compañero para que la vea. Pide también la otra, la besa y la muestra al compañero (14). Al salir ellos, el Padre entró en sospecha de que había habido de por medio alguna treta santa, como la hubo de hecho. Y, juzgando impía la piadosa curiosidad, el Padre llama en seguida al hermano Pacífico y le dice: «Hermano, que el Señor te perdone, que a veces me causas mucha pena» (15). Pacífico se postra luego en tierra y pregunta humildemente: «¿Qué pena te he causado, madre queridísima?» Y como San Francisco no dio respuesta alguna, el episodio se cierra con el silencio.

Capítulo C

La llaga del costado, vista por un hermano

138. Pero, aunque a algunos les fueron manifiestas las llagas de las manos y de los pies -ya que estos miembros quedan al descubierto-, nadie, sin embargo, fue digno de ver la del costado mientras vivió, fuera de uno, y él una sola vez. Porque cuantas veces hacía sacudir la túnica, tapaba la llaga del costado con el brazo derecho; o en ocasiones, aplicando la mano izquierda al costado herido, tapaba aquella santa llaga. Mas a un compañero suyo, al hacerle masaje (16), se le deslizó la mano sobre la llaga y le produjo gran dolor. Otro hermano, empeñado con afanosa curiosidad en ver lo que estaba escondido a los demás, dijo un día al Padre santo: «Padre, ¿quieres que te sacuda la túnica?» El Santo le respondió: «El Señor te lo recompense, hermano, pues en verdad que lo necesito». Y, mientras el Padre se desvestía, el hermano miró con atención, y vio la llaga reproducida en el costado. Sólo éste la vio en vida del Santo; ningún otro hasta después de la muerte.

Capítulo CI

Cómo ocultaba las virtudes

139. En tal grado había renunciado este hombre a toda gloria que no supiera a Cristo; en tal grado había fulminado anatema eterno a todo favor humano. Sabía que el precio de la fama es la merma del secreto de la conciencia y que es mucho más perjudicial abusar de las virtudes que no tenerlas. Sabía que no es menor virtud salvaguardar las gracias adquiridas que procurar otras más.

Por desgracia, más la vanidad que la caridad nos empuja a muchas cosas; y el favor del mundo prevalece al amor de Cristo. No discernimos las inclinaciones, no examinamos los espíritus; y, cuando es la vanagloria la que nos ha impelido a actuar, nosotros pensamos que hemos sido movidos por la calidad. Además, si llegamos a hacer algún bien, por pequeño que sea, no acertamos a sostener su peso; sea cual fuere, lo descargamos en vida, y, por último, no arribamos a puerto. Soportamos con paciencia no ser buenos; pero nos es intolerable no parecer o no ser tenidos por buenos. Así, vivimos del todo pendientes de las alabanzas de los hombres; es que, al fin y al cabo, no somos sino hombres.

LA HUMILDAD

Capítulo CII

Humildad de San Francisco en el porte, en los sentimientos
y en las costumbres y contra el sentir propio

140. La humildad es la salvaguardia y hermosura de todas las virtudes. Si el edificio espiritual no la tiene por cimiento, a medida que parece elevarse, va adelante su ruina.

Para que no faltara nada al varón tan rico de gracias, la humildad lo hinchió con mas copia de bienes. Por cierto, a su juicio, no era sino un pecador, cuando de verdad era un dechado esplendoroso de toda santidad. Se esforzó en edificarse a sí mismo sobre la humildad, para fundamentarse en la base que había aprendido de Cristo (17). Olvidando lo que había ganado, ponía los ojos sólo en los fallos, convencido de que era más lo que le faltaba que lo que poseía. Sólo una pasión le urgió: la de hacerse mejor, la de adquirir nuevas virtudes, sin contentarse con las ya adquiridas.

Fue humilde en el hábito, más humilde en los sentimientos, humildísimo en el juicio de sí mismo. Este «príncipe de Dios» no se distinguía cual prelado sino por esta gema brillantísima: que era el mínimo entre los menores. Esta era la virtud, éste el título, ésta la insignia de ministro general. No había altanería en sus palabras, ni pompa en sus gestos, ni ostentación en sus obras.

Había comprendido por revelación el juicio que se ha de hacer de muchas cosas; pero, al tratarlas con otros, anteponía al suyo propio el juicio de los demás. Tenía por más seguro el consejo de los compañeros; mejor que el propio, el parecer ajeno. Solía decir que no ha dejado todas las cosas por el Señor quien se reserva la bolsa del juicio propio (Adm 4). Respecto a sí, prefería la afrenta a la alabanza, porque la afrenta obliga a la enmienda, la alabanza empuja a la caída.

Capítulo CIII

Su humildad para con el obispo de Terni
y para con un campesino

141. Una vez que el Santo predicaba al pueblo de Terni, el obispo de la ciudad (18) -encomiándole delante de todos al fin de la predicación- dijo lo siguiente: «En esta última hora, Dios ha ilustrado a su Iglesia con este pobrecillo y despreciado, simple e iletrado; por lo que estamos obligados a alabar siempre al Señor, que, como sabemos, no hizo tal a gente alguna». Al oírlo el Santo, aceptó con gratitud admirable que el obispo hubiese dicho de él en términos tan claros que era despreciable. Y, luego que entraron en la iglesia, se echó a sus pies, diciendo: «Verdaderamente me has dispensado un gran honor, Señor obispo, ya que tú me has atribuido enteramente lo que me corresponde, mientras otros me lo quitan. Como dotado de discernimiento, has distinguido lo precioso de lo vil y has dado a Dios la alabanza, y a mí el desprecio».

142. Pero el varón de Dios no sólo se mostraba humilde con sus mayores, sino también con los iguales y con los de condición inferior, más dispuesto siempre a recibir que a hacer observaciones y correcciones. Así, un día que, conducido en un asnillo -la debilidad y los achaques no le permitían andar a pie-, atravesaba por la heredad de un campesino que estaba trabajando en ella, corrió este hacia el santo y le preguntó con vivo interés si era él el hermano Francisco. Y como el varón de Dios respondiera con humildad que era el mismo por quien preguntaba, le dice el campesino: «Procura ser tan bueno como dicen todos que eres, pues son muchos los que tienen puesta su confianza en ti. Por lo cual te aconsejo que nunca te comportes contrariamente a lo que se dice de ti».

Mas el varón de Dios, Francisco, que oye eso, se desmonta del asno y, postrado delante del campesino, le besa humildemente los pies y le da gracias por el favor que le ha hecho con la advertencia. A pesar, pues, de ser tan celebrado por la fama -tanto que muchos lo tenían por santo-, él se juzgaba vil a los ojos de Dios y de los hombres, sin ensoberbecerse ni de la celebridad ni de la santidad que poseía, pero ni siquiera de los muchos y santos hermanos e hijos que se le habían dado como preludio de la remuneración de sus méritos.

Capítulo CIV

Cómo renunció al generalato en un capítulo y una oración suya

143. Por conservar la virtud de la santa humildad, a pocos años de su conversión renunció al oficio de prelado de la Religión en un capítulo delante de todos los hermanos, diciendo: «Desde ahora he muerto para vosotros. Pero -añadió- os presento al hermano Pedro Cattani (1 Cel 25 n. 45), a quien obedeceremos todos: vosotros y yo». E, inclinándose en seguida ante él, le prometió obediencia y reverencia. En vista de esto, los hermanos lloraban, y se oían los lamentos que arrancaba la pena al darse cuenta de que quedaban -en cierto modo- huérfanos al perder tan magnífico padre. El bienaventurado Francisco se levanta y, juntas las manos y alzados los ojos al cielo, dice: «Señor, te recomiendo la familia que me has confiado hasta ahora. Y porque no puedo tener el debido cuidado de ella por las enfermedades que tú, dulcísimo Señor, conoces, la dejo en manos de los ministros. Deberán dar cuenta delante de ti, Señor, en el día del juicio si -por negligencia o por mal ejemplo, o también por alguna corrección áspera de ellos- llegare a perderse algún hermano» (cf. 1 R 4,6). Y ya, hasta la muerte, permaneció súbdito, portándose con mayor humildad que ningún otro.

Capítulo CV

Cómo renunció a los compañeros

144. Otra vez puso todos sus compañeros a disposición de su vicario (19), diciendo: «No quiero distinguirme por este privilegio de libertad singular; que en adelante los hermanos me acompañen de lugar a lugar como el Señor les inspirare. Vi, en cierta ocasión -añadió-, un ciego que en el camino era guiado por una perrita» (20). Esta era, en efecto, su gloria: que, abandonando toda apariencia de singularidad y de jactancia, habitase en él la fuerza de Cristo (2 Cor 12,9).

Capítulo CVI

Sus dichos contra los que aman prelacías
y descripción del hermano menor

145. Viendo que había quienes aspiraban a prelacías (cf. 1 Cel 104), de las cuales ya la ambición misma -sin mentar otras cosas- los hacía indignos, solía decir que esos tales no eran hermanos menores, sino que habían perdido la gloria por haber olvidado la vocación a la que eran llamados. Y confutaba en frecuentes pláticas a algunos -dignos de compasión- que llevaban a mal ser removidos de sus oficios, cuando lo que buscaban no era la carga, sino el honor.

Y una vez dijo a su compañero: «No me parece que sería hermano menor si no tuviera la disposición que te describiré. Voy, por ejemplo -añadió-, al capítulo como quien es prelado de los hermanos; predico; amonesto a los hermanos; y cuando termino replican: "No nos conviene un iletrado y depreciable; por tanto, no queremos que tú reines sobre nosotros, porque tú no sabes hablar y eres un simple e ignorante". Y, por último, teniéndome todos por vil, me echan afrentosamente. Te aseguro que, si no oyere estas palabras con el habitual semblante, con la acostumbrada alegría, con idéntico propósito de santidad, no soy, no, hermano menor» (21).

Y añadía aún: «En la prelacía acecha la caída; en la alabanza, el precipicio; en la humildad de súbdito, la ganancia del alma. ¿Por qué aplicarnos, pues, más a los peligros que a las ganancias, siendo así que hemos recibido el tiempo para ganar?»

Capítulo CVII

La sumisión para con los clérigos
que quería en los hermanos y por qué

146. Y si bien quería que sus hijos tuvieran paz con todos y que se mostraran como niños a todos, así y todo enseñó de palabra y confirmó con el ejemplo que debían ser sumamente humildes con los clérigos.

Solía decir: «Hemos sido enviados en ayuda a los clérigos para la salvación de las almas, con el fin de suplir con nosotros lo que se echa de menos en ellos. Cada uno recibirá la recompensa conforme no a su autoridad, sino a su trabajo. Sabed, hermanos -añadía-, que el bien de las almas es muy agradable a Dios y que puede lograrse mejor por la paz que por la discordia con los clérigos. Y si ellos impiden la salvación de los pueblos, corresponde a Dios (Adm 26) dar el castigo, que por cierto les dará a tiempo. Así, pues, estaos sujetos a los prelados, para no suscitar celos en cuanto depende de vosotros. Si sois hijos de la paz (Lc 10,6), ganaréis pueblo y clero para el Señor, lo cual le será más grato que ganar a sólo el pueblo con escándalo del clero. Encubrid -concluyó- sus caídas, suplid sus muchas deficiencias; y, cuando hiciereis estas cosas, sed más humildes».

Capítulo CVIII

La reverencia que mostró al obispo de Imola

147. Cierta vez que San Francisco llegó a Imola, ciudad de la Romagna, se presentó al obispo del lugar para pedirle licencia de predicar. «Hermano -le respondió el obispo-, basta que predique yo a mi pueblo». San Francisco -la cabeza baja- sale humildemente. Al poco rato vuelve a entrar. Le pregunta el obispo: «Qué quieres, hermano? ¿Qué buscas otra vez aquí?» Y el bienaventurado Francisco: «Señor, si un padre hace salir al hijo por una puerta, el hijo tiene que volver a él entrando por otra». El obispo, vencido por la humildad, lo abraza con cara alegre y le dice: «Predicad desde ahora, tú y tus hermanos, en mi obispado, pues tenéis mi licencia general; y conste que esto lo ha merecido tu santa humildad».

Capítulo CIX

Su humildad con Santo Domingo
y la de Santo Domingo con él,
y el mutuo afecto de ambos

148. Santo Domingo y San Francisco, las dos lumbreras resplandecientes del orbe, coincidieron en Roma con el señor ostiense -que más tarde fue sumo pontífice (22)-. Y según que alternaban los tres en hablar cosas melifluas acerca del Señor, les dijo, finalmente, el obispo: «En la Iglesia primitiva, los pastores de la Iglesia eran pobres, hombres que ardían en caridad y no en codicia. ¿Por qué no escoger para obispos y prelados aquellos de entre vuestros hermanos que destacan sobre los demás por la doctrina y por el ejemplo?»

Surge luego entre los dos santos porfía sobre la respuesta, no por quitársela de la boca el uno al otro, sino por cedérsela mutuamente, o mejor, por incitarse ambos a ser el otro el primero en responder. En efecto, por el aprecio mutuo que se profesaban, el uno para el otro resultaba ser el primero. La humildad venció por fin a Francisco, para no adelantarse; venció también a Domingo, para obedecer al ser el primero en responder.

Tomando, pues, la palabra el bienaventurado Domingo, dijo al obispo: «Señor, mis hermanos -si se dan cuenta- están ya bastante encumbrados, y, en cuanto depende de mí, no permitiré que obtengan otro género de dignidad».

Después de estas breves palabras, el bienaventurado Francisco se inclina ante el obispo y dice: «Mis hermanos se llaman menores precisamente para que no aspiren a hacerse mayores. La vocación les enseña a estar en el llano y a seguir las huellas de la humildad de Cristo para tener al fin lugar más elevado que otros en el premio de los santos. Si queréis -añadió- que den fruto en la Iglesia de Dios, tenedlos y conservadlos en el estado de su vocación y traed al llano aun a los que no lo quieren. Pido, pues, Padre, que no les permitas de ningún modo ascender a prelacías, para que no sean más soberbios cuanto más pobres son y se insolenten contra los demás».

Estas fueron las respuestas de los dos santos.

149. ¿Qué decís vosotros, hijos de santos? Los celos y las envidias os delatan como degenerados; y no menos como bastardos la ambición de bienes. Os mordéis y devoráis mutuamente, pues las guerras y las contiendas no tienen otro origen que las ambiciones. Es incumbencia vuestra luchar contra los escuadrones de las tinieblas, en rudo combate contra los ejércitos de los demonios, pero volvéis vuestras espadas los unos contra los otros. Los padres, llenos de sabiduría, se miran con familiaridad de cara (23), pero los hijos, llenos de envidia, no pueden ni soportar el verse los unos a los otros. ¿Qué hará el cuerpo si tiene dividido el corazón? Seguramente, la doctrina de la santidad daría más fruto en el mundo entero si el vínculo de la caridad uniese más estrechamente entre sí a los ministros de la palabra de Dios. De hecho, lo que hablamos o enseñamos se vuelve sumamente sospechoso desde el momento en que hay señales claras que evidencian que existe entre nosotros cierto fermento de odio. Yo bien sé de una y otra parte que no son responsables los buenos, sino los malos, quienes -para evitar el contagio de los santos- creería justo que fuesen expulsados.

¿Qué decir, en fin, de esos que saben cosas de alta sabiduría? Los padres llegaron al reino por el camino de la humildad y no de la altivez; los hijos, rondando la ambición, no buscan el camino de la ciudad que es su morada. Y ¿qué puede esperarse sino que, no siguiendo el camino de los padres, tampoco consigamos su gloria? ¡No sea así, Señor! Haz que bajo las alas de los maestros humildes sean humildes los discípulos; haz que se quieran bien los que son hermanos espirituales y veas los hijos de tus hijos como prenda de paz para Israel (24).

Capítulo CX

Cómo se recomendaron el uno al otro

150. Terminadas las respuestas de los dos santos -como dejamos dicho arriba-, el señor obispo de Ostia, muy edificado de ellas, dio gracias sin fin a Dios. Y, a la despedida, el bienaventurado Domingo pidió a San Francisco que tuviera a bien darle la cuerda con que se ceñía. San Francisco no accedía, rehusando hacerlo con una humildad comparable con la caridad que mostraba Santo Domingo en la petición. Pero venció al fin, afortunada, la devoción del que había pedido, y se ciñó devotamente la cuerda bajo la túnica interior. Por último, ambos santos se despiden dándose las manos y haciéndose dulcísimas recomendaciones. Y dice el Santo al Santo: «Hermano Francisco, quisiera que tu Religión y mi Religión se hicieran una sola y viviéramos en la Iglesia con la misma forma de vida». Después, ya que se separaron, dijo Santo Domingo a los circunstantes, que eran muchos: «En verdad os digo que los demás religiosos deberían seguir a este santo varón que es Francisco. ¡Tan alta es la perfección de su santidad!»

LA OBEDIENCIA

Capítulo CXI

Que por practicar la obediencia tuvo siempre un guardián

151. Este perspicacísimo negociante, puesta la mirada en ganar de muchas maneras y en convertir todo el tiempo presente en mérito, quiso ser guiado con el freno de la obediencia y someterse a sí mismo al gobierno de otros. De hecho, no sólo renunció al generalato, sino que, para mayor mérito de obediencia, pidió también un guardián particular (Test 27), a quien venerase como a prelado suyo. Así, pues, dijo al hermano Pedro Cattani -a quien tiempo atrás había prometido obediencia (cf. 2 Cel 143)-: «Te ruego por Dios que confíes tus veces para conmigo a uno de mis compañeros, a quien pueda obedecer con la misma entrega que a ti. Sé -añadió- el fruto de la obediencia y que para quien doblega el cuello al yugo de otro no pasa un instante sin ganancia». De este modo -otorgada su instancia-, dondequiera permaneció obediente hasta la muerte, en obediencia reverente y constante a su guardián.

Llegó a decir una vez a sus compañeros: «Entre otras gracias que la bondad divina se ha dignado concederme, cuento ésta: que al novicio de una hora que se me diera por guardián, obedecería con la misma diligencia que a otro hermano muy antiguo y discreto. El súbdito -añadió- no tiene que mirar en su prelado al hombre, sino a aquel por cuyo amor se ha sometido. Cuanto es más desestimable quien preside, tanto más agradable es la humildad de quien obedece».

Capítulo CXII

Cómo describió al verdadero obediente
y tres clases de obediencia

152. Otra vez, el bienaventurado Francisco, sentado entre sus compañeros, dijo exhalando un suspiro: «Apenas hay en todo el mundo un religioso que obedezca perfectamente a su prelado» Conmovidos los compañeros, le replicaron: «Padre, dinos cuál es la obediencia más alta y perfecta». Y él, describiendo al verdadero obediente con la imagen de un cadáver, respondió: «Toma un cadáver y colócalo donde quieras. Verás que, movido, no resiste; puesto en un lugar, no murmura; removido, no protesta. Y, si se le hace estar en una cátedra, no mira arriba, sino abajo; si se le viste de púrpura, dobla la palidez. Este es -añadió- el verdadero obediente: no juzga por qué se le cambia, no se ocupa del lugar en que lo ponen, no insiste en que se le traslade. Promovido a un cargo, conserva la humildad de antes; cuanto es más honrado, se tiene por menos digno». Otra vez, hablando sobre el particular, dijo que las obediencias que se conceden por pedidas son propiamente licencias; llamó, en cambio, santas obediencias a las que se imponen sin haberlas pedido. Afirmaba que ambas son buenas (cf. 1 Cel 45), pero más segura la segunda. Pero consideraba máxima obediencia, y en la que nada tendrían la carne y la sangre, aquella en la que por divina inspiración se va entre los infieles, sea para ganar al prójimo, sea por deseo de martirio. Estimaba muy acepto a Dios pedir esta obediencia (25).

Capítulo CXIII

Que no se debe mandar por obediencia con motivos leves

153. Opinó que rara vez se ha de mandar por obediencia; y que de primeras no ha de lanzarse el dardo, cuando esto debería ser lo último. «No hay que darse prisa -decía- en llevar la mano a la espada» (26). Pero de quien no corría a obedecer el precepto de la obediencia, opinaba que ni temía a Dios ni respetaba al hombre (27).

Nada más verdadero que estas enseñanzas. ¿Qué es, en efecto, la autoridad de mandar en quien manda temerariamente sino espada en mano de un furioso? Y ¿qué desahucio hay comparable con el del religioso que desprecia la obediencia?

Capítulo CXIV

Cómo echó al fuego la capucha de un hermano
porque había venido sin obediencia,
aunque atraído por devoción

154. Manda una vez que se eche en medio de una gran fogata la capucha quitada a un hermano que había venido sin obediencia y solo. Y como nadie se atrevía a salvarla del fuego por el temor que les infundía un mínimo ceño del Padre, manda el Santo que la extraigan de las llamas y la sacan ilesa.

Aunque los méritos del Santo bastasen para lograr esto, tal vez medió también el haberlo merecido el hermano. Porque, por más que le faltara la discreción, única guía de las virtudes, lo había dominado la devoción de ver al Padre santísimo.

* * * * *

Notas:

1) León Brancaleone, que intervendrá en los grandes negocios del papado al lado de Hugolino.

2) Acerca de los «palaciegos», o los hermanos que moraban en los palacios, cf. Salimbene, Crónica p. 184-210. El hermano Hugo de Digne dijo al rey San Luis (que le insistía en que siguiera a su corte): «El religioso fuera del claustro es como el pez fuera del agua».

3) Este compañero, cuyo nombre no menciona ni 2 Cel ni LM 6,6, es el hermano Pacífico, según testimonio de LP 65 y EP 59. Ubertino de Casale dice que es el hermano Maseo (Arbor vitae v. 4). Sobre la adjudicación de esta visión al hermano Leonardo de Asís, cf. AFH 20 (1927) p. 107. La iglesia es la de Bovara; todavía se conserva el crucifijo, del siglo XII, ante el cual oró San Francisco.

4) En las proximidades de la iglesia de San Pedro de Bovara, a unos tres kilómetros, había dos leproserías: la de Santo Tomás y la de San Lázaro. En una de ellas se alojarían San Francisco y el hermano Pacífico.

5) Adm 10; SalVir 14-18; 2CtaF 37-38.

6) Entre junio de 1225 y enero de 1226.

7) Este hermano músico era, sin duda, Pacífico.

8) Versum honestum: el adjetivo hay que tomarlo aquí en su acepción técnica; un canto es honestus cuando es fluido, de forma elegante.

9) Cf. 1 Cel 16 nota 26.

10) La Regla prescribe el ayuno desde Todos los Santos hasta Navidad. Es la cuaresma llamada de San Martín (LP 81) o de Adviento.

11) Cf. Adm 10 y 12; 1 R 17,22; etc.

12) Más tarde, Francisco lleva mitones (LM 13,8).

13) Sobre esta denominación cf. la Regla para los eremitorios.

14) Casi ciego, Francisco no puede darse cuenta de la treta.

15) San Francisco recuerda, acaso, el episodio reciente de la cítara en Rieti.

16) Era el hermano Rufino (1 Cel 95); el otro, del que se tratará en seguida, es Elías; el texto de Celano distingue bien entre Elías, que vio la herida, y Rufino, que la tocó.

17) Mt 2,29; cf. 1 Cor 3,10; Heb 6,1.

18) Rainerio, nombrado obispo de aquella diócesis por Honorio III en 1218. Ponemos de relieve, de pasada, este detalle: a diferencia de los herejes de su tiempo, Francisco predicaba delante de los obispos, nunca contra ellos, y muchas veces con su permiso. Cf 2 Cel 147 y 2 R 9.

19) Francisco, casi ciego y muy débil, estaba siempre escoltado por uno o varios hermanos, que le servían como guías y enfermeros. Cf. 1 Cel 102 nota 17.

20) «Yo no quiero ser de mejor condición», añade EP 40.

21) Cf. Adm 20; Florecillas 8.

22) El encuentro tuvo lugar al comienzo de 1221, algunos meses antes de la muerte de Santo Domingo en Bolonia el 6 de agosto de aquel año.

23) Ex 25,17: el propiciatorio era una placa de oro macizo colocada encima del arca; en sus dos extremos había dos querubines mirándose frente a frente.

24) Sal 127,6.-- Precisamente cuando Celano escribe estas líneas, 1246, el maestro general de los Predicadores, Juan el Teutónico, acaba de expedir una encíclica exhortando a sus súbditos a la bienquerencia y comprensión respecto a los hermanos menores. En 1255, Juan de Parma, ministro general de los franciscanos, y Humberto de Romanis, maestro general de los dominicos, escribieron una circular común invitando paternal y severamente a la paz y a la unión a los miembros de ambas Órdenes.

25) Todo este párrafo juega continuamente sobre el doble sentido de la palabra obediencia: orden impuesta o acción de obedecer. San Francisco quiere decir aquí que el ir a misiones, aunque lo haya pedido el religioso mismo, no pertenece al rango de permisos o licencias, pues esta petición no la formula la carne, sino el espíritu. Cf. 1 R 16 y 2 R 12.

26) Francisco tiene la misma actitud respecto a las peticiones «en nombre de Dios». «Le desagradaba sobremanera, y se lo corregía muchas veces a los hermanos, que se empleara inútilmente por cualquier bagatela la expresión "por amor de Dios". Y decía: "Es tan sublime el amor de Dios, que no debería pronunciarse sino raras veces, con verdadera necesidad y con suma reverencia"» (EP 34).

27) Lc 18,4. Este texto lo cita San Benito en su Regla 5.

Introducción 1 Cel 02

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