DIRECTORIO FRANCISCANO
Fuentes biográficas franciscanas

Celano: Vida segunda de San Francisco, 55-85


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LA POBREZA

Capítulo XXV

Encomio de la pobreza

55. El bienaventurado Padre, de paso por este valle de lágrimas, desdeña las riquezas pobres, que son patrimonio de los hijos de los hombres, ya que, ambicionando fortuna más cuantiosa, codicia de todo corazón ardientemente la pobreza. La mira, y la ve familiar del Hijo de Dios, pero ya repudiada de todo el mundo, y se empeña en desposarse con ella con amor eterno. Enamorado como estaba de su belleza, para estar más estrechamente unido a su esposa y ser los dos un mismo y solo espíritu, no sólo abandonó al padre y a la madre, sino que se desprendió también de todas las cosas. Así es que la estrecha con castos abrazos y ni por un momento se concede no serle esposo. Enseñaba a sus hijos que ella es el camino de la perfección, ella la prenda y arras de las riquezas eternas.

Nadie ha ansiado tanto el oro como él la pobreza; nadie ha puesto tantos cuidados en guardar su tesoro como él esta margarita evangélica. En esto principalmente se mostraba ofendido: si veía -en casa o fuera de casa- en los hermanos algo que contradecía la pobreza. Él, en efecto, desde el principio de la Religión hasta la muerte, se tuvo por rico con sólo la túnica, el cordón y los calzones; no tuvo más. El hábito pobre indicaba en él dónde tenía amontonadas sus riquezas. Contento con esto, así seguro, ligero, por tanto, para la carrera, se sentía gozoso de haber cambiado las perecederas riquezas por el céntuplo.

LA POBREZA DE LOS EDIFICIOS

Capítulo XXVI

56. Enseñaba a los suyos a hacer viviendas muy pobres, de madera, no de piedra, esto es, unas cabañas levantadas conforme a un diseño muy elemental.

Y, al hablar de la pobreza, solía repetir muchas veces a los hermanos aquello del Evangelio: Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo de Dios no tiene dónde reclinar la cabeza (1).

Capítulo XXVII

La casa que comenzó a destruir en la Porciúncula

57. Era el tiempo en que debía celebrarse el capítulo en Santa María de la Porciúncula. Se acercaban ya los días señalados. El pueblo de Asís, dándose cuenta de que les falta en el lugar una casa donde celebrarlo, la construye a toda prisa, ausente y desconocedor de ello el varón de Dios. En cuanto llegó éste al lugar vio la casa, y, disgustado, se dolió amargamente. A seguido se encarama para hacerla desaparecer; sube al tejado y con mano ágil arranca tejas y ladrillos. Manda que suban también los hermanos y que no quede nada hábil de aquello que es la abominación de la pobreza. Pues decía que pronto se divulgaría en toda la Orden, y todos habrían de tomar como modelo aquello que aparecía como tan atentatorio en aquel lugar (2).

Y hubiera destruido la casa hasta los cimientos de no haber estorbado el fervor de su espíritu los caballeros allí presentes, quienes aseguraban que la casa no era de los hermanos, sino del municipio (cf. 2 Cel 18 y 59).

Capítulo XXVIII

La casa de Bolonia de la que hizo salir aun a los enfermos

58. Volviendo un día de Verona con intención de pasar también por Bolonia, oye decir que recientemente habían construido allí la casa de los hermanos. En cuanto oyó la denominación «casa de los hermanos», volvió sobre sus pasos y se encaminó a otro lugar, sin acercarse a Bolonia. Manda luego que los hermanos salgan en seguida de la casa. Ante el mandato, se abandona la casa, de modo que ni los enfermos quedan, pues son desalojados con los demás. Y no hay permiso de volver a ella hasta que Hugolino, a la sazón obispo de Ostia y legado del papa en Lombardía (3), declara en público durante un sermón que la mencionada casa es propiedad suya.

Atestigua y escribe esto uno que en aquella ocasión, con estar enfermo, fue desalojado de la casa (4).

Capítulo XXIX

La celda atribuida a él, donde no quiso entrar más

59. No quería que los hermanos habitasen en lugarejo alguno sin asegurarse antes de que era propiedad de un dueño determinado. Quiso siempre en los hijos la condición de peregrinos: acogerse bajo techo ajeno, caminar en paz de un lado a otro, anhelar la patria.

Sucedió, pues, en el eremitorio de Sarteano; un hermano preguntó a otro de dónde venía; éste respondió que de la celda del hermano Francisco. En oyéndolo el Santo, replicó: «Ya que has puesto a la celda el nombre de Francisco, atribuyéndome su propiedad, busca otro que viva en ella, pues yo no la habitaré en adelante». Y observó: «Cuando el Señor estuvo en la soledad (5), donde oró y ayunó por cuarenta días, no hizo construirse allí ni celda ni casa alguna, sino que estuvo al amparo de una roca de la montaña. Podemos seguirle nosotros en no tener nada en propiedad, como está prescrito, aunque no podamos vivir sin hacer uso de las casas».

LA POBREZA DE LOS ENSERES

Capítulo XXX

60. Este hombre odiaba no sólo la ostentación de las casas, sino que detestaba profundamente que hubiese muchos y exquisitos enseres. Nada quería, en las mesas y en las vasijas, que recordase el mundo, para que todas las cosas que se usaban hablaran de peregrinación, de destierro.

Capítulo XXXI

El episodio de la mesa preparada el día de la Pascua en Greccio
y modo en que, a imitación de Cristo,
se presentó como peregrino

61. Un día de Pascua, los hermanos del eremitorio de Greccio habían preparado la mesa más esmeradamente que de costumbre, con manteles blancos y vasos de cristal. Baja de la celda el Padre y va a la mesa; la ve alzada y adornada con vana afectación; pero la mesa halagüeña no consigue halagarle. Disimuladamente, poco a poco se retira, se toca la cabeza con un sombrero de un pobre que estaba allí presente, y con un bastón en la mano sale afuera. Espera fuera, a la puerta, a que los hermanos comiencen a comer, pues no solían esperarlo si no llegaba a la llamada.

Comenzada ya la comida de los hermanos, el pobre de veras llama a la puerta y dice: «Una limosna, por amor del Señor Dios, para este peregrino pobre y enfermo». Responden los hermanos: «Pasa, hombre, por amor de Aquel a quien has invocado». Entra, pues, de imprevisto y se presenta a los comensales. ¿Quién imagina el estupor que sobrecoge a los ciudadanos ante el peregrino? (6). Danle una escudilla al que pide, y, sentado solo en el suelo, coloca el plato sobre la ceniza y dice: «Ahora estoy sentado como hermano menor» (7). Y dirigiéndose a los hermanos: «Más que los otros religiosos, nosotros debemos sentirnos obligados a imitar los ejemplos de pobreza del Hijo de Dios. He visto la mesa abastecida y adornada, y no la he reconocido como mesa de pobres que van pidiendo de puerta en puerta».

El desarrollo de la anécdota comprueba que era éste semejante al peregrino aquel que, en día idéntico, era el único en Jerusalén. Logró, con todo, que mientras hablaba les ardiese el corazón a los discípulos.

Capítulo XXXII

Contra el deseo desordenado de los libros

62. Enseñaba también que en los libros debe buscarse el testimonio del Señor, no el valor material; la edificación, no la vistosidad. Y quería que fuesen pocos, y ellos a disposición de los hermanos que los necesitaban (cf. 2 Cel 180).

Por eso, un ministro que deseaba con ansia -y con su permiso- tener algunos libros de lujo y muy costosos, tuvo que oír que le decía: «No quiero perder, por tus libros, el libro del Evangelio que he prometido observar. Sí, tú harás lo que quieras; pero no te pondré un lazo con mi permiso» (8).

LA POBREZA EN LOS LECHOS

Capítulo XXXIII

Un episodio del obispo de Ostia y su elogio

63. Tan abundante era la copiosa pobreza en petates y lechos, que quien tenía sobre las pajas unos paños remendados creía tener un lecho suntuoso.

Esto ocurrió durante un capítulo que se celebraba en Santa María de la Porciúncula. Llegó al lugar a visitar a los hermanos el señor obispo de Ostia con numeroso séquito de caballeros y clérigos. Al ver que los hermanos dormían en el suelo y reparando en los lechos -que bien podían tomarse por cubil de fieras-, deshecho en lágrimas, dijo delante de todos: «Mirad dónde duermen los hermanos». Y añadió: «¿Qué será de nosotros miserables, que abusamos de tantas cosas superfluas?» Todos los presentes, compungidos hasta llorar, se retiran edificados.

Este fue aquel señor ostiense que, habiendo llegado, finalmente, a ser la puerta principal de la Iglesia, se opuso siempre a los enemigos hasta que devolvió al cielo la hostia sagrada, es decir, aquella su alma bienaventurada (9). ¡Hombre él de corazón piadoso, de entrañas de caridad! Elevado a lo excelso, se dolía de no tener alteza de merecimientos, estando como estaba, a la verdad, en mayor altura por sus virtudes que por la sede que ocupaba.

Capítulo XXXIV

Lo que le pasó una noche con la almohada de plumas

64. Ya que he mencionado los lechos, se me ocurre otro episodio cuyo relato puede ser útil.

Desde que este santo, convertido a Cristo, había dado al olvido las cosas del mundo, no quiso acostarse sobre colchón ni tener para la cabeza almohada de plumas. Y ni enfermedad ni hospedaje en casa ajena bastaban a aflojar el freno de esta norma estrecha. Pero sucedió que, hallándose en el eremitorio de Greccio, molestado de mal de ojos mucho más que de ordinario, fue obligado, contra su voluntad, a hacer uso de una pequeña almohada (10).

Así, pues, a la madrugada de la primera noche llama el Santo al compañero y le dice: «Hermano, esta noche no he podido ni dormir ni levantarme a orar. Siento vértigos en la cabeza, me flaquean las rodillas y todo el cuerpo se agita como si hubiera comido pan de cizaña (11). Pienso -siguió diciendo- que en esta almohada que tengo bajo la cabeza está el diablo. Quítamela, que no quiero tener por más tiempo al diablo bajo mi cabeza».

Ante esta queja dolorosa, el hermano se compadece del Padre; toma, para llevársela, la almohada que le ha tirado; pero, al salir de la celda, pierde de inmediato el habla, y se siente oprimido y cohibido por terror tan espantoso, que no puede dar un paso ni mover para nada los brazos. Poco después, a la llamada del Santo, que ha tenido conocimiento de esto, se ve libre, vuelve y cuenta todo lo que ha padecido. El Santo le dijo: «Ayer por la noche, rezando las completas, tuve la certeza de que el diablo venía a la celda». Y añadió aún: «Nuestro enemigo es muy astuto y perspicaz, y, cuando no puede hacer mal dentro en el alma, da, por lo menos, al cuerpo ocasión de queja».

Reflexionen los que procuran almohadillas para todos los lados, con el fin de que, donde quiera que caigan, caigan sobre blando. El diablo va con gusto en compañía de la opulencia, se goza de hacerse presente ante los lechos suntuosos, sobre todo cuando no son necesarios o están en contradicción con la vida profesada. Pero no es menos verdad que la serpiente antigua huye del hombre despojado de todo, ya porque tiene a menos el trato con el pobre, ya porque le causa pavor la excelsitud de la pobreza. Si el hermano piensa en que el diablo se esconde entre plumas, contento recostará la cabeza sobre paja.

ALGUNOS CASOS CONTRA EL DINERO

Capítulo XXXV

Áspera corrección a un hermano que lo tocó con sus manos

65. El amigo de Dios, despreciando como despreciaba sobremanera todas las cosas del mundo, más que todas aún execraba el dinero. Desde el comienzo mismo de su conversión, lo menosprecia señaladamente y enseña siempre a sus seguidores que huyan de él como del diablo mismo. Éste era el principio ocurrente que proponía a los suyos: que equiparasen el estiércol y el dinero en una misma apreciación y afecto.

Así, pues, un día entró a orar en la iglesia de Santa María de la Porciúncula un seglar, que como ofrenda depositó dinero junto a la cruz. Después que salió el seglar, un hermano tomó sencillamente el dinero y lo arrojó a la ventana. Llega a saber el Santo lo que ha hecho el hermano. Éste, viéndose descubierto, se apresura a pedir perdón, y, postrado en tierra, se muestra pronto a recibir el castigo. El Santo lo reprende y le reprocha muy severamente por haber tocado el dinero. Le manda tomarlo de la ventana con la boca y depositarlo -llevado así, en la boca- sobre estiércol de asno fuera del seto del lugar. Y mientras el hermano cumple contento la orden, todos los demás que la han oído quedan llenos de temor. Por lo demás, todos aprenden a despreciar más de veras una cosa tan gráficamente rebajada a par del estiércol y se animan con nuevos ejemplos cada día a despreciarlo.

Capítulo XXXVI

Castigo de un hermano que toma dinero

66. Caminando un día juntos dos hermanos, se acercan a un hospital de leprosos. Encuentran dinero tirado en el camino. Se detienen y discuten sobre lo que han de hacer con semejante estiércol. Uno de ellos, dando vaya a la conciencia del otro, intenta tomarlo para llevarlo a los leprosos necesitados de dinero. Se le interpone el compañero, como a quien está engañado por una equivocada piedad, recordándole al temerario lo prescrito en la Regla, según la cual es evidente que el dinero que han hallado debe pisotearse como se pisotea el polvo (cf. 1 R 8,6-7). Aquel, que fue siempre en su comportamiento de cerviz dura, se enterca en su opinión ante la advertencia, desprecia la Regla, se agacha y toma el dinero. Pero no se escapa del juicio de Dios: pierde al instante el habla, le rechinan los dientes, no acierta a hablar.

Así delata la pena al insensato, así enseña el castigo al soberbio a obedecer las leyes del Padre. Erradicada, en fin, la infección, los labios, lavados en las aguas de la penitencia, se abren a la alabanza. Un proverbio antiguo dice: «Corrige al necio, y te lo harás amigo».

Capítulo XXXVII

Reproche a un hermano que,
so pretexto de necesidad, quería reservar dinero

67. El hermano Pedro Cattani, vicario del Santo, venía observando que eran muchísimos los hermanos que llegaban a Santa María de la Porciúncula y que no bastaban las limosnas para atenderlos en lo indispensable. Un día le dijo a San Francisco: «Hermano, no sé qué hacer cuando no alcanzo a atender como conviene a los muchos hermanos que se concentran aquí de todas partes en tanto número. Te pido que tengas a bien que se reserven algunas cosas de los novicios que entran como recurso para poder distribuirlas en ocasiones semejantes». «Lejos de nosotros esa piedad, carísimo hermano -respondió el Santo-, que, por favorecer a los hombres, actuemos impíamente contra la Regla». «Y ¿qué hacer?», replicó el vicario. «Si no puedes atender de otro modo a los que vienen -le respondió-, quita los atavíos y las variadas galas de la Virgen. Créeme: la Virgen verá más a gusto observado el Evangelio de su Hijo y despojado su altar, que adornado su altar y despreciado su Hijo. El Señor enviará quien restituya a la Madre lo que ella nos ha prestado».

Capítulo XXXVIII

El dinero convertido en serpiente

68. El varón de Dios, de paso una vez con un compañero por la Pulla, en las cercanías de Bari halló en el camino una bolsa grande hinchada de monedas, que los negociantes llaman talego. El compañero aconseja e instiga con insistencia al Santo a tomar la bolsa que estaba en el suelo y a distribuir el dinero entre los pobres. Se pone de relieve la piedad para con los necesitados y queda avalorada la misericordia con esta distribución. Pero el Santo se niega en absoluto a hacer tal cosa y asegura ser un engaño del diablo. «Hijo -dice-, no es lícito llevarse lo ajeno; y darlo a otros conlleva castigo por pecado y no gloria por merecimiento».

Dejan atrás el lugar, se dan prisa por llegar al término del viaje. Pero el hermano, engañado por una piedad huera, no ceja; continúa aún sugiriendo la infracción. Condesciende el Santo en volver al lugar, no para complacer el deseo del hermano, sino para dar a conocer al inocente el misterio de Dios. Llama a un joven que estaba en el camino sentado en el brocal de un pozo, para que por la palabra de dos o tres testigos (cf. Mt 18,16) brille el misterio de la Trinidad. Llegados los tres al lugar de la bolsa, la ven hinchada de monedas. El Santo no deja acercarse a ninguno de los dos, por que se descubra, mediante la oración, el engaño del diablo. Alejándose como a un tiro de piedra, se pone a orar devotamente. Vuelto de la oración, manda al hermano que levante la bolsa, la cual, en virtud de su oración, contenía una culebra en lugar de dinero.

El hermano se pone a temblar y se espanta, y -no sé qué presiente- reacciona en su interior contra lo acostumbrado. Desechando, por fin, del corazón la vacilación ante el temor a la santa obediencia, toma la bolsa en las manos. Y he ahí que sale de la bolsa una no pequeña serpiente, que hace ver al hermano el engaño del diablo. Y el Santo comenta: «Hermano, para los siervos de Dios, el dinero es eso: un diablo, una serpiente venenosa».

LA POBREZA EN LOS VESTIDOS

Capítulo XXXIX

Cómo reprendió el Santo, de palabra y con el ejemplo,
a los que visten vestidos suaves y delicados

69. Revestido como estaba este hombre de la virtud de lo alto, era más el calor del fuego divino que sentía dentro que el que le daba por fuera la ropa con que abrigaba el cuerpo. Execraba a los que en la Orden llevaban vestidos por partida triple y a los que usaban sin necesidad prendas delicadas. Y aseguraba que una necesidad expuesta más por el capricho que por la razón, es señal de un espíritu apagado. Decía: «Cuando el espíritu se entibia y llega poco a poco a enfriarse en la gracia, por fuerza la carne y la sangre buscan sus intereses. Porque -observaba también-, si el alma no encuentra gusto, ¿qué queda sino que la carne se vuelva a lo suyo? Y entonces el instinto animal inventa necesidad, la inteligencia carnal forma conciencia». Y añadía aún: «Convengamos en que mi hermano tiene necesidad verdadera; que le afecta la falta de algo. Si se da prisa en remediarla y en echarla de sí, ¿qué premio recibirá? Hubo, ciertamente, ocasión de merecer; pero él ha dado bien a entender que le había disgustado». Con estas y parecidas observaciones flageló a los que no querían sufrir ninguna necesidad, pues no soportarlas con paciencia era, para él, igual que volverse a Egipto (12).

En fin, no quiere que los hermanos tengan en ningún caso más de dos túnicas; concede, sin embargo, que éstas pueden reforzarse cosiéndoles algunos retazos. Manda que se tenga horror a los paños finos, y a los contraventores censura acremente ante todos; y para confundirlos con el ejemplo, cose sobre la propia túnica un tosco retal de saco. Aun a la hora de la muerte misma, pide que la túnica de mortaja esté cubierta de tosco saco.

Permitía, con todo, a los hermanos a quienes asistía una razón de enfermedad o necesidad llevar sobre la carne una túnica más blanda, pero con tal que el hábito exterior fuese áspero y vil. Pues decía: «Vendrán días en que en tal grado se suavizará el rigor, dominará la tibieza hasta tal punto, que los hijos de un padre pobre no se avergonzarán ni en lo más mínimo de usar incluso paños de la calidad de la escarlata, distintos sólo en el color».

En todo esto, Padre, nosotros, hijos espúreos, no te engañamos a ti; es, más bien, nuestra maldad la que se engaña. Queda esto más claro que la luz y se agrava de día en día.

Capítulo XL

Predice que los que se apartan de la pobreza
tendrán el escarmiento de la indigencia

70. El Santo repetía, a veces, los avisos siguientes: «En la medida en que los hermanos se alejan de la pobreza, se alejará también de ellos el mundo; buscarán y no hallarán. Pero, si permanecieren abrazados a mi señora la pobreza, el mundo los nutrirá, porque han sido dados al mundo para salvarlo». Y éste: «Hay un contrato entre el mundo y los hermanos (cf. 1 R 9,7): éstos deben al mundo el buen ejemplo; el mundo debe a los hermanos la provisión necesaria. Si los hermanos, faltando a la palabra, niegan el buen ejemplo, el mundo, en justa correspondencia, niega el sostenimiento».

Preocupado con la pobreza el hombre de Dios, temía que llegaran a ser un gran número, porque el ser muchos presenta, si no una realidad, sí una apariencia de riqueza. Por esto decía: «Si fuera posible, o, más bien, ¡ojalá pudiera ser que el mundo al ver hermanos menores en rarísimas ocasiones, se admire de que sean tan pocos!» (13). Atado de todos modos con vínculo indisoluble a la dama Pobreza, vive en expectación del dote que le va a legar ella no al presente, sino en el futuro. Solía cantar con más encendido fervor y júbilo más desbordante los salmos que hablan de la pobreza, como éste: No ha de ser por siempre fallida la esperanza del pobre (Sal 9,19); y este otro: Lo verán los pobres, y se alegrarán (14).

LA MENDICACIÓN

Capítulo XLI

Elogio de la mendicidad

71. El Padre santo se servía de las limosnas buscadas de puerta en puerta mucho más a gusto que de las ofrecidas espontáneamente. Decía que avergonzarse de mendigar es ir contra la salvación; aseguraba, en cambio, que el pudor al mendigar (la vergüenza que no le echa a uno para atrás) es santo. Aprobaba el rubor que sale a la cara por candidez, pero no al que da muestras de abatido por la vergüenza. En ocasiones, exhortando a los suyos a pedir limosna, hablaba así: «Id, porque los hermanos menores han sido dados al mundo en esta última hora para que los elegidos les provean a ellos, de suerte que el Juez los avale, diciendo: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (15). Por eso afirmaba que la Religión había sido aprobada por el gran profeta (16), que expresó tan evidentemente el nombre de la misma. Quería, por tanto, que los hermanos conmorasen no sólo en las ciudades, sino también en los eremitorios; aquí se dará a todos ocasión de merecer y se quitará a los réprobos cualquier apariencia de excusa (17).

Capítulo XLII

Ejemplo del Santo en pedir limosna

72. Por no ofender ni una sola vez a esta santa esposa, el siervo del Dios altísimo solía hacer esto: cuando aceptaba de los señores el trato de distinción de sentarle a sus mesas espléndidas, de primero limosneaba en las casas vecinas unos mendrugos, y después iba pronto -así enriquecido en la pobreza- a sentarse a la mesa.

Cuando le preguntaban por qué hacía eso, respondía que por un feudo concedido para poco tiempo no quería renunciar a una herencia duradera por siempre (18). «La pobreza -aseguraba- es la que nos hace herederos y reyes del reino de los cielos, y no vuestras riquezas engañosas» (cf. 2 R 6,4).

Capítulo XLIII

Ejemplo que dio en la curia del señor obispo de Ostia
y la respuesta al obispo

73. En una visita que hizo San Francisco al papa Gregorio, cuya memoria es digna de veneración, cuando éste tenía aún una dignidad inferior, al acercarse ya la hora de comer, el Santo sale a pedir limosna; vuelve, y pone sobre la mesa del obispo unos pedazos de pan negro. Ante esto, el obispo se ruboriza algún tanto, más bien por motivo de los comensales, que no eran de los invitados habitualmente. El Padre, con aire de alegría, distribuye las limosnas recogidas a los caballeros y capellanes que están comiendo. Todos las reciben con muestras de devoción; unos las comen allí mismo, otros las guardan por veneración. Acabada la comida, se levantó el obispo y, llevando a un departamento interior al varón de Dios, lo apretó entre sus brazos y le dijo: «Hermano mío, ¿por qué me has avergonzado en mi casa -que es la tuya y la de tus hermanos- yendo a pedir limosna?» Le replicó el Santo: «Por lo contrario, os he honrado honrando a un Señor más grande. Pues ese Señor se complace con la pobreza, sobre todo con la que se practica en la mendicidad voluntaria. Y yo tengo por dignidad real y nobleza muy alta seguir a aquel Señor que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros» (cf. 2 Cor 8,9). Y añadió: «Encuentro mayor placer en una mesa pobre abastecida de pequeñas limosnas que en las suntuosas, provistas de viandas en número casi incontable». El obispo -desde entonces mucho más edificado- dijo al Santo: «Haz lo que parezca bien a tus ojos, que el Señor está contigo».

Capítulo XLIV

Su exhortación, de palabra y de ejemplo, a pedir limosna

74. Es verdad que al principio, por mortificación propia y por consideración a la vergüenza de los hermanos, iba él -solamente él- no pocas veces a la limosna. Pero, observando que muchos no atendían a su vocación como era obligado, llegó a decir en una ocasión: «Amadísimos hermanos, el Hijo de Dios, que se hizo pobre en este mundo por nosotros (2 R 6,3), era de condición más noble que la nuestra. Por amor a Él hemos elegido el camino de la pobreza: no tenemos que sentirnos avergonzados de ir por limosna. No se conforma que los que han de heredar el Reino se avergüencen ni una sola vez de lo que son arras de la herencia del cielo. Os aseguro que vendrán a incorporarse en nuestra congregación muchos nobles y sabios, que tendrán a mucha honra el mendigar limosnas. Ya que vosotros sois las primicias, alegraos y regocijaos y no rehuséis hacer lo que transmitís para que esos santos lo hagan».

Capítulo XLV

Reprensión a un hermano que no quería mendigar

75. El bienaventurado Francisco solía decir con frecuencia que el verdadero hermano menor no debería estar mucho tiempo sin ir por limosna. «Y cuanto más noble es un hijo mío -observaba-, esté tanto más dispuesto a ir, porque con eso se le aumentan los méritos».

Había en cierto lugar un hermano que era un nadie para limosnear y una legión a la hora de la mesa. El Santo, que lo veía amigo del vientre, participando en el fruto y no en el trabajo, lo reprendió una vez con estas palabras: «Vete por tu camino, hermano mosca, pues quieres comer del sudor de tus hermanos y estarte ocioso en la obra de Dios. Te pareces al hermano zángano, que no aporta nada al trabajo de las abejas y pretende ser el primero en comer la miel». El hombre carnal -que ve descubierta su glotonería- vuelve al mundo, que por cierto no había abandonado de veras. Salió de la Religión, y el que era ninguno para la limosna, es ya ninguno entre los hermanos; el que era legión a la hora de la mesa, es ahora legión de demonios.

Capítulo XLVI

Cómo, saliéndole al encuentro,
besó el hombro de un hermano que llevaba la limosna

76. Otra vez, un hermano que volvía con la limosna de Asís a la Porciúncula, cerca ya del lugar, rompió a cantar, alabando al Señor en voz alta. El Santo, que lo oye, se levanta de golpe, le sale corriendo al encuentro y, besándole el hombro, carga el saco en el suyo y exclama: «Bendito sea mi hermano que va presto, humilde pide, vuelve contento».

Capítulo XLVII

Cómo animó a unos caballeros seglares a pedir limosna

77. El bienaventurado Francisco, cargado de achaques y declinando ya casi hacia el final de la vida, estaba en el lugar de Nocera. El pueblo de Asís lo reclamaba. Había enviado una solemne embajada, pues no quería ceder a otros la gloria de poseer el cuerpo del varón de Dios. Los caballeros lo trasladaban a caballo con veneración. Llegaron a una villa pobrísima llamada Satriano (19). La hora que era y el hambre les abrieron la gana de comer. Recorrieron la villa y no encontraron nada que comprar. Los caballeros volvieron a donde el bienaventurado Francisco y le dijeron: «Necesitamos que nos des de tus limosnas, porque aquí no hemos encontrado nada que comprar».

Respondióles el Santo: «Ya lo creo que no encontráis; y es que os fiáis más de vuestras moscas que de Dios». Daba el nombre de moscas a las monedas. «Pero volved -continuó- a las casas a las que os acercasteis, y, ofreciendo el amor de Dios en lugar de las monedas, pedid limosna con humildad. No os avergoncéis, que después del pecado todas las cosas se nos dan como limosna, y el gran Limosnero reparte pródigo con piadosa clemencia a los que merecen y a los que desmerecen». Los caballeros se sobreponen al rubor, y, pidiendo limosna con decisión, adquieren más cosas por el amor de Dios que por el dinero. Y es que todos dieron con gesto risueño y a porfía. Y no prevaleció el hambre donde pudo más la pobreza opulenta.

Capítulo XLVIII

El trozo de capón cambiado en pez en Alejandría

78. A través de la ofrenda de la limosna, buscaba, más que el sustento del cuerpo, el ganar las almas; y lo mismo en darla que en recibirla, se mostraba él a los demás como ejemplo.

Acercándose a Alejandría de Lombardía con intención de predicar la palabra de Dios, lo hospedó en su casa con devoción un hombre temeroso de Dios y de fama reconocida. Invitado a comer de todo lo que se le pusiera delante, conforme al santo Evangelio (20), accedió amable, vencido por la devoción del huésped. Se da prisa éste y prepara con esmero un capón de siete años escogido para el hombre de Dios. Sentado a la mesa el patriarca de los pobres y gozosa la familia, se presenta a buen punto a la puerta un hijo de Belial, un pobre de toda gracia, que simula pobreza de todo lo que es necesario. Para suplicar la limosna invoca con astucia el amor de Dios y con voz que mueve a lástima pide que se le atienda por Dios. El Santo repasa en su interior cuanto le dice el nombre sobre todas las cosas bendito y para él más dulce que la miel; con sumo placer toma el trozo de ave que le habían servido y, poniéndolo en una rebanada de pan, lo pasa al pordiosero. Y ¿qué sucedió? Que el infeliz lo guardó para desacreditar al Santo.

79. Al día siguiente, el Santo predica, como de costumbre, la palabra de Dios al pueblo reunido. De improviso, el malvado aquel lanza un grito y se empeña en dejar ver a todos el trozo de capón. «Sabed -dice en voz alta- quién es este Francisco que predica, a quien veneráis como santo: ved el trozo de carne que mientras comía me dio ayer al atardecer». Increpan todos al muy perverso y le echan en cara que está poseído del demonio. De hecho, en lo que él sostenía con empeño ser un trozo de capón, veían todos un pescado. Pero hasta el miserable, atónito ante el milagro, se vio obligado a reconocer lo que los demás atestiguaban. Se avergonzó, al cabo, el infeliz y lavó con la penitencia el delito descubierto. Y, hecha pública la infame intención que había tenido, pidió perdón al Santo delante de todos. Después que el malsín vuelve en sí, la carne del capón vuelve a cobrar su apariencia normal.

LOS QUE RENUNCIAN AL MUNDO

Capítulo XLIX

Ejemplo de un hombre que dejó sus bienes a los parientes
y no a los pobres, a quien reprochó el Santo

80. A los que venían a la Orden enseñaba el Santo que, antes de nada, habían de dar el libelo de repudio al mundo (cf. Mt 5,31), y que a continuación habían de ofrecer a Dios primero sus bienes en los pobres de fuera, y luego, ya dentro, sus propias personas. No admitía a la Orden sino a los que se expropiaban de todo lo suyo y no se reservaban nada de nada, para cumplir así el santo Evangelio (Mt 19,21; 1 R 1) y para evitar que las bolsas reservadas sirvieran para su ruina (21).

81. El hecho sucedió en la Marca de Ancona. Después de una predicación del Santo, se presentó a él uno que pidió con humildad el ingreso en la Orden. El Santo le dijo: «Si quieres asociarte a los pobres de Dios, distribuye antes tus bienes entre los pobres del mundo».

Oído esto, se fue el hombre; pero, guiado por el amor de la carne, distribuyó sus bienes entre los suyos, sin entregar nada a los pobres. Cuando volvió y contó al Santo su espléndida largueza, le dijo éste con un deje de burla: «Sigue por tu camino, hermano mosca, pues no has salido todavía de tu casa y de tu parentela. Has dado tus bienes a los parientes y has defraudado a los pobres; no eres digno de vivir entre los santos pobres. Has comenzado por la carne, has puesto al edificio espiritual un cimiento ruinoso». Vuelve el hombre carnal a los suyos y reclama sus bienes; pero como no quería dejarlos a los pobres, abandona muy luego sus propósitos de virtud.

Semejante modo de distribuir -digno de compasión- engaña hoy a muchos: pretenden una vida santa, y la inician sirviendo a la carne. Y no es así; que ninguno se consagra a Dios con el intento de hacer ricos a los suyos, sino para lograr la vida con el fruto de buenas obras, redimiendo los pecados a precio de misericordia.

Y aun para el caso de verse necesitados los hermanos, enseñó muchas veces que se recurra, más bien, a otros que no a los que entran en la Orden. Esto desde luego, en primer lugar, por el ejemplo, y después para evitar toda apariencia de torpe ganancia.

UNA VISIÓN QUE SE REFIERE A LA POBREZA

Capítulo L

82. Me place contar aquí una visión del Santo digna de recordarse. Una noche, tras larga oración, adormeciéndose poco a poco, acabó por dormirse. Su alma santa es introducida en el santuario de Dios; y ve en sueños, entre otras cosas, una señora con estas características: cabeza, de oro; pecho y brazos, de plata; vientre, de cristal, y las extremidades inferiores, de hierro; alta de estatura, de presencia fina y bien formada. Y, sin embargo, esta señora de belleza singular se cubría con un manto sórdido. Al levantarse a la mañana el bienaventurado Padre, refiere la visión al hermano Pacífico -hombre santo-, pero no le revela lo que quiera significar.

Aunque muchos otros la han interpretado a su aire, no me parece fuera de razón mantener la interpretación del mencionado Pacífico, que, mientras la escuchaba, le sugirió el Espíritu Santo. Es ésta: «la señora de belleza singular es el alma hermosa de San Francisco. La cabeza de oro, la contemplación y sabiduría de las cosas eternas; el pecho y los brazos de plata, las palabras del Señor meditadas en el corazón y llevadas a la práctica; el cristal, por su dureza, designa la sobriedad; por su transparencia, la castidad; el hierro es la perseverancia firme; y el manto sórdido es el cuerpecillo despreciable -créelo- con que se cubre el alma preciosa».

Pero muchos en quienes reside el Espíritu de Dios interpretan que esa señora, en calidad de esposa del Padre, es la pobreza (22): «A ésa -dicen- la hizo de oro el premio de la gloria; de plata, el encomio de la fama; de cristal, una misma y única profesión sin dineros fuera ni dentro (23); de hierro, la perseverancia final. Mas el manto sórdido para esa esclarecida señora lo ha tejido la opinión de hombres carnales».

Son también muchos los que aplican este oráculo a la Religión, tratando de ajustar la sucesión de los tiempos al curso señalado por Daniel (cf. Dan 2,31). Pero que se refiera al Padre corre claro, si consideramos, sobre todo, que -en evitación del orgullo- se negó a dar ninguna interpretación. Y en verdad que, de referirse a la Orden, no la hubiera callado (24).

COMPASIÓN DE SAN FRANCISCO
PARA CON OTROS POBRES

Capítulo LI

La compasión que tuvo con los pobres
y cómo envidiaba a los más pobres que él

83. ¿Qué lengua puede expresar la compasión que tuvo este hombre para con los pobres? Poseía, ciertamente, una clemencia ingénita, duplicada por una piedad infusa. Por eso, el alma de Francisco desfallecía a la vista de los pobres; y a los que no podía echar una mano, les mostraba el afecto. Toda indigencia, toda penuria que veía, lo arrebataba hacia Cristo, centrándolo plenamente en él. En todos los pobres veía al Hijo de la señora pobre llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos. Y, aun cuando se había desprendido de toda envidia, no pudo desprenderse de una, la única: la envidia de la pobreza; si veía a alguien más pobre que él, de seguida lo envidiaba; y, en combate de emulación con la pobreza, temía quedar vencido en la lucha.

84. En una de sus correrías apostólicas, el varón de Dios topó un día en el camino con uno muy pobre. Viendo su desnudez, se vuelve compungido al compañero y le dice: «La pobreza de este hombre es motivo de mucha vergüenza para nosotros y una muy grande reprensión de nuestra pobreza».

«¿Por qué, hermano?», le replicó el compañero. Y el Santo responde con voz lastimera: «Yo he escogido la pobreza por todas mis riquezas, por mi señora; y ve ahí que la pobreza brilla más en él. ¿No sabes que se ha propagado por todo el mundo que somos los más pobres por amor de Cristo? Pero este pobre nos convence de que de lo dicho no hay nada».

¡Envidia nunca vista! ¡Emulación que había de ser emulada por los hijos! No es ésta aquella que se duele de los bienes ajenos, ni aquella a la que hacen sombra los rayos; no es aquella que se opone a la piedad, ni aquella que se corroe de livor. ¿Piensas que la pobreza evangélica no tiene nada que envidiar? Tiene a Cristo, y, por él, todo en todas las cosas (1 Cor 12,6). ¿Por qué vives codicioso de los réditos, clérigo de hoy? Cuando mañana veas en tus manos las rentas de los tormentos, comprenderás las riquezas de Francisco.

Capítulo LII

Cómo reprendió al hermano que hablaba mal de un pobre

85. Uno de los días en que predicaba vino al lugar un pobrecillo que estaba además enfermo. Compadecido de la doble calamidad, es decir, de la pobreza y de la enfermedad, el Santo se puso a hablar con el compañero sobre la pobreza. Y, cuando la compasión con el paciente pasó a ser ya afecto de su corazón, le dijo el compañero al Santo: «Hermano, es verdad que es un pobre, pero no hay tal vez en toda la provincia otro más rico que él en deseo» (25). Al momento, el Santo lo reprende con aspereza; y, cuando el compañero confesó la culpa cometida, le dijo: «Anda listo y quítate en seguida la túnica y, postrado a los pies del pobre, reconócete culpable. Y no sólo le pedirás perdón, sino también que ore por ti». El compañero obedeció; se fue a dar satisfacción y volvió. El Santo le dijo: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre. Y mira igualmente en los enfermos las enfermedades que tomó él sobre sí por nosotros».

En suma: que Francisco llevaba siempre consigo el hacecillo de mirra (Ct 1,13); que estaba siempre contemplando el rostro de su Cristo (Sal 83,10); que estaba siempre acariciando al varón de dolores y conocedor de todo quebranto (Is 53,3; Heb 4,15).

* * * * *

Notas:

1) Mt 8,20; Lc 9,58. En ambos textos se lee «el Hijo del hombre».

2) La Porciúncula era considerada como la cuna y modelo de la Orden, porque los postulantes eran admitidos allí a la Orden (LP 56) y allí se reunían todos los hermanos para el capítulo de Pentecostés.

3) Sin duda, el episodio tiene lugar en 1221.

4) Esta víctima, más bien que Tomás de Celano, sería aquel de quien él recibió la noticia.

5) In carcere (en la soledad): AF 10 p. 167 n. 5 sugiere que la evolución del sentido de la palabra carcer podría ser la siguiente: «cella, reclusorium, eremitorium, desertum».

6) Ciudadanos: asentados, instalados, en contraposición a peregrino, que es la condición del hermano menor.

7) Se sabe por LP 74 que los hermanos en la Porciúncula, conformándose al ejemplo y voluntad de su Padre, mientras éste vivió se sentaban en tierra para comer.

8) LP 102 relaciona el episodio con una discusión referente al pasaje de la Regla que reproducía la prohibición del Evangelio: No llevéis nada en el camino (1 R 14,1).

9) En el texto original se dan las aliteraciones entre ostiensis, ostium, hostibus, hostia.

10) Que le había comprado el señor Juan de Greccio (cf. LP 119).

11) La cizaña contiene un elemento narcótico; algunas especies son venenosas; los síntomas que describe San Francisco corresponden justamente a los de una intoxicación alimenticia: cefalalgia, contracción espasmódica de los músculos, hormigueo, accesos convulsivos...

12) Alusión a Núm 14,2-4 en que los hebreos añoran las cebollas de Egipto y querían recuperar lo que fue para ellos, a la vez, tierra de placer y de esclavitud.

13) En 1 Cel 27 aparece un deseo exactamente opuesto.

14) Sal 68,33s. Francisco ha incluido este último verso en su OfP 14,5.

15) Mt 25,40 y 45. Los dos versículos han sido fundidos en uno solo por San Francisco, que ha reemplazado las palabras «a los más pequeños de entre los míos» por las del versículo 45, donde el comparativo minoribus permite una aplicación literal a los hermanos menores.

16) "Gran profeta", Cristo; cf. Lc 7,16.

17) ¿Querrá, acaso, referirse a excusas respecto de la mendicación? La frase con que comienza el párrafo parece sugerir que hay situaciones en que las limosnas voluntariamente ofrecidas pueden llevar a los hermanos a no buscarlas. Tal podría ocurrir en las ciudades; por el contrario, la mendicidad era el único medio de sustento en los eremitorios.

18) Para entender bien este párrafo y los tres siguientes hay que recordar toda la interpretación «caballeresca» del reino de Dios en el siglo XIII.

19) Esta localidad está situada cerca de San Giovanni dei Tre Fossi, a lo largo de la antigua ruta de Asís a Nocera Umbra.

20) Lc 10,8; texto consignado en 1 R 3 y 2 R 3.

21) Sobre loculi, bolsas, cf. Jn 12,6; Adm 4,3.

22) La pobreza es interpretada, de ordinario, como esposa del Hijo (2 Cel 55; Sacrum commercium 18.20.23.62.64, etc; aquí, en cambio, figura como esposa del padre. ¿Se referirá al Padre celestial o, más bien, al padre Francisco? Esta última interpretación quedaría abonada por las últimas palabras de este mismo número.

23) Cf. 2 Cel 80 nota.

24) Se encuentran diferentes redacciones de este mismo episodio y diferentes interpretaciones de la visión en la corriente biográfica, de inspiración llamada leoniana (cf. Actus c. 25). Wadding ha recogido y comentado uno de estos textos (Annales I a. 1220 XXI p. 378-79).

25) Esta misma anécdota se presenta de manera diversa en 1 Cel 76.

Introducción 1 Cel 02

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