DIRECTORIO FRANCISCANO
Fuentes biográficas franciscanas

Celano: Vida segunda de San Francisco, 26-54


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PARTE SEGUNDA

Introducción

26. Dejar para recuerdo de los hijos constancia de las glorias de los padres que han precedido, indica honra de los padres, amor de los hijos. Quienes no llegaron a conocerles personalmente, al menos con sus hechos se sienten provocados al bien, se sienten promovidos a mejorar cuando los padres, distanciados por el tiempo, vuelven a recordar a sus hijos enseñanzas dignas de memoria.

Pero considero al bienaventurado Francisco como espejo santísimo de la santidad del Señor e imagen de su perfección. Quiero decir que todas sus palabras y acciones exhalan un aroma divino, y si dan con alguien que las considera atentamente y es discípulo humilde, muy pronto, imbuido de enseñanzas saludables, lo llevan a amar eso que es la más alta filosofía.

Después de haber adelantado ya, con sencillez y como de pasada, algunas cosas de San Francisco, creo que no estará de más añadir unas cuantas entre muchas, de modo que el Santo quede avalado, y nuestro amor decaído, estimulado.

ESPÍRITU DE PROFECÍA QUE TUVO SAN FRANCISCO

Capítulo I

27. Elevado, en cierto modo, sobre las realidades mundanas, el bienaventurado Padre había sometido con admirable eficacia las cosas de la tierra; y, teniendo puesta siempre la mirada de su entendimiento en la luz suprema, conocía por revelación no sólo lo que él había de hacer, sino que predecía muchos sucesos con espíritu de profecía, escudriñaba los secretos de los corazones, conocía las cosas lejanas, preveía y anunciaba de antemano el porvenir. Los ejemplos van a probar lo que decimos.

Capítulo II

Cómo descubre la impostura de un hermano tenido por santo

28. Había un hermano que, a juzgar por las apariencias, se distinguía por una vida de santidad excepcional; pero era él muy singular. Entregado a todas horas a la oración, guardaba un silencio tan riguroso, que tenía por costumbre confesarse no de palabra, sino con señas. Con las palabras de la Sagrada Escritura concebía un gran ardor, y, oyéndolas, se mostraba transido de extraña dulzura. Pero ¿a qué continuar? Todos lo tenían por tres veces santo.

Llegó un día al lugar el bienaventurado Padre, vio al hermano, escuchó al santo. Y como todos lo encomiaran y enaltecieran, observó el Padre: «Dejadme, hermanos, y no me ponderéis en él las tretas del diablo. Tened por cierto que es caso de tentación diabólica y un engaño insidioso. Para mí esto es claro, y prueba de ello es que no quiere confesarse». Muy duro se les hacía a los hermanos oír esto, sobre todo al vicario del Santo. Y objetan: «¿Cómo puede ser verdad que entre tantas señales de perfección entren en juego ficciones engañosas?» Responde el Padre: «Amonestadle que se confiese una o dos veces a la semana; si no lo hace, veréis que es verdad lo que os he dicho».

Lo toma aparte el vicario y comienza por entretenerse familiarmente con él y le ordena después la confesión. El hermano la rechaza, y con el índice en los labios, moviendo la cabeza, da a entender por señas que en manera alguna se confesará. Callaron los hermanos, temiendo un escándalo del falso santo. Pocos días después abandona éste, por voluntad propia, la Religión, se vuelve al siglo, retorna a su vómito. Y, duplicada su maldad, quedó privado de la penitencia y de la vida.

Hay que evitar siempre la singularidad, que no es sino un precipicio atrayente. Lo han experimentado muchos tocados de singularidad, que suben hasta los cielos y bajan hasta los abismos. Atiende, en cambio, la eficacia de la confesión devota, que no sólo hace, sino que da a conocer al santo.

Capítulo III

Otro caso parecido contra la singularidad

29. Algo parecido ocurrió con otro hermano llamado Tomás de Espoleto. Todos lo tenían en buen concepto y emitían juicio seguro de su santidad. Mas la apostasía comprobó el juicio del santo Padre, que lo creía un perverso. No perseveró por mucho tiempo, como tampoco dura mucho la virtud que se disfraza con disimulo. Salió de la Religión, y, al morir fuera de ella, sólo entonces se dio cuenta de lo que había hecho.

Capítulo IV

Cómo predijo la derrota de los cristianos en Damieta

30. Cuando el ejército de los cristianos asediaba Damieta, estaba presente el santo de Dios con sus compañeros, que habían atravesado el mar con ansias de martirio (1).

Y como los nuestros se preparasen a la batalla para el día señalado, oyéndolo el Santo, se dolió en lo profundo. Y dijo al que le acompañaba: «Si el encuentro tiene lugar en ese día, me ha dado a entender el Señor que no se les resolverá en éxito a los cristianos. Pero, si descubro esto, me tomarán por fatuo; y, si me callo, la conciencia me lo reprochará. Dime: ¿qué te parece?» Respondió el compañero: «Padre, no se te dé nada ser juzgado por los hombres, que no es precisamente ahora cuando vas a empezar a ser tenido por fatuo. Descarga tu conciencia y teme, más bien, a Dios que a los hombres».

Corre luego el Santo y se enfrenta a los cristianos con consejos saludables, disuadiéndoles de la batalla, anunciándoles la derrota. Los cristianos hacen escarnio de la verdad: se endurecieron en su corazón y no quisieron tomar en consideración el aviso. Se van. Se entabla el combate. Se lucha. Muchos de los nuestros se ven acorralados por el enemigo. Durante el combate, el Santo, con el alma en vilo, hace que el compañero se levante a observar, y como ni a la primera ni a la segunda ha visto nada, le manda observar por tercera vez. Y ve ahí que todo el ejército cristiano se da a la fuga, reportando de la batalla la deshonra en vez del triunfo. Y fue tal el desastre de los nuestros, que quedaron muy reducidos, pues entre muertos y cautivos perdieron 6.000. Consumía, por tanto, al Santo la compasión que sentía de ellos, y no menos a ellos el arrepentimiento de lo que habían hecho. Y lloraba, sobre todo, por los españoles, al ver que su arrojo los había diezmado (2).

Conozcan esto los príncipes de toda la tierra y sepan que no es fácil guerrear contra Dios, es decir, contra la voluntad del Señor. La obstinación -que al apoyarse en las propias fuerzas desmerece la ayuda del cielo- suele tener un fin desastrado. De esperar del cielo la victoria, hay que entablar las batallas con espíritu de sumisión a Dios.

Capítulo V

De un hermano cuyos secretos de alma conoció

31. Al volver de ultramar en compañía del hermano Leonardo de Asís, el Santo, por la fatiga del camino y por su debilidad, tuvo que montar por algún tiempo sobre un asno. El compañero que le seguía, fatigado también él, y no poco, comenzó a decir para sí, víctima de la condición humana: «Los padres de él y los míos no se divertían juntos. Y ahora él va montado y yo voy a pie conduciendo el asno».

Iba pensando esto el hermano, cuando de pronto se desmontó el Santo y le dijo: «No, hermano, no está bien que yo vaya montado y tú a pie, pues en el siglo tú eras más noble y poderoso que yo». Quedó sorprendido el hermano, y, todo ruborizado, se reconoció descubierto por el Santo. Se le postró a los pies, y, bañado en lágrimas, confesó su pensamiento, ya patente, y pidió perdón.

Capítulo VI

El hermano sobre quien vino el diablo.
Contra los que se apartan de la comunidad

32. Había otro hermano famoso ante los hombres, más famoso aún ante Dios por la gracia. El padre de toda envidia, envidioso de las virtudes de aquél, intenta abatir el árbol que tocaba en los cielos y arrebatar de las manos la corona: ronda, sacude, descubre y ventea las tendencias del hermano, tanteando el modo de ponerle un tropiezo que sea eficaz. Y, so pretexto de mayor perfección, le sugiere el deseo de apartarse de los demás, para hacerle al fin caer más fácil arremetiendo contra él al estar solo, ya que, caído y solo, no tenga quien lo levante (Eclo 4,10). ¿Qué pasó? Se aparta de la Religión de los hermanos y se va como peregrino y huésped por el mundo. Hizo del hábito una túnica corta, llevaba la capucha descosida de la túnica, y andaba en esa forma por la tierra, despreciándose en todo.

Pero andando así, al faltarle luego los consuelos divinos, comenzó a fluctuar en medio de tentaciones borrascosas. Le inundaron las aguas hasta el fondo del alma, y, sufriendo la desolación del hombre interior y exterior, corre como pájaro que se precipita en la red. Al borde casi del abismo, estaba ya en peligro de caer en él, cuando la mirada providente del Padre, compadecido del miserable, le miró con bondad. Y él, sacando lección de la acometida, vuelto por fin en sí, se dijo: «Torna, miserable, a la Religión, que en ella está tu salvación». No aguarda más: se levanta luego y corre al regazo de la madre.

33. Y cuando llegó a Siena, al lugar de los hermanos, San Francisco estaba allí. Y ¡cosa extraña! No bien lo vio, huyó de él el Santo y se encerró precipitadamente en la celda. Turbados los hermanos, indagan la causa de la huida. Les responde el Santo: «¿Por qué os sorprendéis sin saber la causa de la huida? He corrido a refugiarme en la oración para librar a este equivocado. He visto en el hijo algo que con razón me ha disgustado; pero, gracias a Cristo, el engaño se ha desvanecido ya del todo». El hermano se arrodilló, y, cubierto de rubor, se confesó culpable. El Santo le dijo: «Perdónete el Señor, hermano. Pero en adelante ten cuidado de no separarte de tu Religión y de tus hermanos ni con pretexto de santidad». Y, desde entonces, el hermano se hizo amigo de estar reunido y vivir en fraternidad, apreciando, sobre todo, los grupos en los que más brillaba la observancia regular.

¡Grandes son las obras del Señor en la congregación, en la asamblea de los santos! En ella los tentados resisten, los caídos se levantan, los tibios se animan, «el hierro con el hierro se aguza», y el hermano, al amparo del hermano, llega a tener la seguridad de una ciudad fuerte, y, aunque por la turbamulta del mundo no puedas ver a Jesús (cf. Lc 19,3), en nada te estorba, por cierto, la de los ángeles del cielo. Tan sólo esto: no huyas, y, fiel hasta la muerte, recibirás la corona de la vida.

34. Un caso muy parecido ocurrió poco después con otro hermano. No se sometía éste al vicario del Santo, sino que tenía por maestro propio otro hermano. Pero, advertido -mediante un intermediario- por el Santo, que estaba allí (3), se echó luego a los pies del vicario, y, abandonando al maestro de antes, se somete a la obediencia de aquel a quien el Santo le había señalado como prelado. En esto, el Santo suspiró profundamente y dijo al compañero que había hecho de mediador: «Hermano, he visto sobre los hombros del hermano desobediente al diablo, que le apretaba el cuello. Sometido a semejante caballero, despreciando el freno de la obediencia, seguía las bridas de sus sugestiones. Y -añadió- como rogara yo al Señor por él, al instante se alejó el demonio, abatido».

Tan grande era la penetración de este hombre, de ojos debilitados para ver las cosas corporales, perspicaces para las espirituales. Y ¿qué extraño, si se carga sobre sí un peso ignominioso quien no quiere llevar al Señor de la majestad? No hay término medio: o llevas la carga ligera (Mt 11,30), que, por mejor decir, te llevará a ti, o, colgada a tu cuello una muela de molino, la maldad te hunde a ti en un mar de plomo.

Capítulo VII

Cómo libró de lobos feroces y del granizo
a la población de Greccio

35. El Santo moraba a gusto en Greccio, en el lugar de los hermanos, ya porque lo encontrara rico en pobreza, ya porque en una celdilla más apartada, adaptada en el saliente de una roca, se entregaba con más libertad a las ilustraciones del cielo. Éste es el lugar en que, hecho niño con el Niño, celebró, tiempo ha, la navidad del Niño de Belén (cf. 1 Cel 86).

Sucedía por entonces que la población era acometida de muchas desgracias: bandadas de lobos rapaces devoraban no sólo animales, sino también hombres, y el granizo asolaba cada año mieses y viñedos. Predicando un día San Francisco, les dijo: «En honor y alabanza del Dios todopoderoso, oíd la verdad que os anuncio: si cada uno de vosotros confiesa sus pecados y hace dignos frutos de penitencia, yo os doy palabra de que todas esas plagas se alejarán y de que, mirándoos con amor el Señor, os enriquecerá con bienes temporales. Pero -añadió- oíd también esto: os anuncio asimismo que, si, desagradecidos a los beneficios, volviereis al vómito (2 Pe 2,22), sobrevendrá de nuevo la plaga, se duplicará el castigo, y la ira de Dios se encenderá aún más sobre vosotros».

36. Y, de hecho, por los méritos y las oraciones del Padre santo, cesaron desde entonces los desastres, se retiró el peligro, y los lobos y el granizo no les causaron ningún daño. Y lo que es más asombroso: si alguna vez caía granizo en campos vecinos, al acercarse a los de Greccio, o cesaba o se desviaba.

Ya tranquilos, los habitantes de Greccio crecieron mucho en número y se enriquecieron en demasía de bienes temporales. Pero pasó lo que pasa con la prosperidad: que los rostros se abotargan de gordura y se ciegan con la grosura, o, por mejor decir, con la basura de los bienes temporales. Cayendo, en fin, en culpas más graves, se olvidaron de Dios, que los había salvado. Mas no impunemente, porque la sanción de la justicia divina castiga menos la caída que la recaída. Se despierta, pues, la ira de Dios contra ellos, y a la vuelta de los males ahuyentados se unió ahora la espada de los hombres, y la mortandad ordenada por el cielo acabó con muchísimos; en una palabra, el castro entero quedó abrasado por las llamas vengadoras (4). Es bien justo que a quienes vuelven las espaldas a los beneficios caiga sobre ellos la destrucción.

Capítulo VIII

Cómo, predicando a los habitantes de Perusa,
les predijo una sedición que habría entre ellos,
y recomendación de la concordia

37. Pocos días después, una vez que bajó de la mencionada celda, el bienaventurado Padre dijo con voz de queja a los hermanos que estaban allí: «Mucho mal han hecho los perusinos a sus comarcanos y su corazón se ha ensoberbecido, para deshonra suya. Pero el castigo de Dios se avecina, ya tiene puesta su mano en la espada». A los pocos días se levanta movido por el fervor del espíritu y se encamina hacia la ciudad de Perusa. Los hermanos pudieron apreciar claramente que había tenido alguna visión en la celda.

En cuanto llega a Perusa, se pone a predicar al pueblo, reunido de antemano; mas como unos caballeros corrieran, como es costumbre, en torneos y juegos de a caballo con lances de armas e impidieran oír la palabra de Dios, el Santo, vuelto a ellos, dijo entre sollozos: «¡Perversidad deplorable la vuestra, hombres dignos de compasión, que no reparáis ni teméis el juicio de Dios! Pero oíd lo que el Señor os hace saber por mí, pobrecillo. El Señor os ha encumbrado -añadió- sobre cuantos viven en vuestro derredor, por lo que deberíais ser mejores con los comarcanos y más agradecidos con Dios. Pero, ingratos al favor, acometéis con mano armada a los comarcanos, los matáis y los asoláis. Os aseguro que no quedaréis sin escarmiento, porque Dios hará que vosotros, para castigo más violento, caigáis en la ruina por una guerra civil, de modo que, amotinados, os levantéis el uno contra el otro. La indignación de Dios enseñará a quienes la dignación no enseñó».

No muchos días después, desencadenada entre ellos la discordia, empuñan las armas contra el prójimo: los del pueblo arremeten contra los caballeros, y los caballeros, espada en mano, contra los del pueblo. Se lucha, en fin, con tal fiereza y tanta mortandad, que hasta los comarcanos, a quienes habían hecho tanto mal, se compadecían de ellos (5).

¡Sanción digna de alabanza! Pues se habían apartado del que es uno y sumo, era inevitable que no hubiese unión entre ellos. No hay lazo capaz de unir más estrechamente a los hombres de un pueblo como el amor filial a Dios, y la fe no fingida, sino sincera.

Capítulo IX

Una mujer a la que predijo la conversión de su marido

38. Por aquellos días, el varón de Dios marchaba a Celle di Cortona; enterada una mujer noble del castillo llamado Volusiano, corre a su encuentro; fatigada por la larga caminata, ella, que era blanda ya de por sí y delicada, llegó por fin a donde el Santo. El Padre santísimo, al notar el cansancio y la respiración entrecortada de la mujer, compadecido, le dijo: «¿Qué quieres, señora?» «Padre, que me bendigas». Y el Santo: «¿Eres casada o no?» «Padre -respondió ella-, tengo un marido cruel, y sufro con él, porque me estorba en el servicio de Jesucristo. Éste es mi dolor más grande: el de no poder llevar a la práctica, por impedírmelo el marido, la buena voluntad que Dios me ha inspirado. Por eso, te pido a ti, que eres santo, que ruegues por él, para que la misericordia divina le humille el corazón».

Admira el Santo la fortaleza viril de la mujer, la madurez de alma de la joven, y, movido a piedad, le dice: «Vete, hija bendita, y sábete que tu marido te dará muy pronto un consuelo. Dile, de parte de Dios y de la mía -añadió-, que ahora es el tiempo de salvación, y después el de la justicia».

Con la bendición del Santo, se vuelve la mujer, encuentra al marido, le comunica el mensaje. De repente, el Espíritu Santo descendió sobre él, y, cambiándolo de hombre viejo en nuevo, le hace hablar con toda mansedumbre en estos términos: «Señora, sirvamos al Señor y salvemos nuestras almas en nuestra casa» (6). Replicó la mujer: «Me parece que hay que poner la continencia por cimiento seguro del alma, y luego edificar sobre ella las demás virtudes». «Eso es -dijo él-; como a ti, también a mí me place». Y, llevando desde entonces, por muchos años, vida de célibes, murieron santamente en el mismo día, como holocausto de la mañana el uno y sacrificio de la tarde el otro.

¡Dichosa mujer, que ablandó así a su señor para la vida! Se cumple en ella aquello del Apóstol: Se salva el marido infiel por la mujer fiel (1 Cor 7,14). Pero diré con un adagio popular: mujeres como ésa pueden contarse hoy con los dedos de una mano.

Capítulo X

Cómo supo en espíritu que un hermano
había escandalizado a otro hermano
y predijo de él que dejaría la Religión

39. Hace algún tiempo vinieron de la Tierra de Labor (7) dos hermanos, el mayor de los cuales dio muchos escándalos al joven. Había sido, por decirlo así, tirano y no compañero. Pero el joven lo sufría todo por Dios en silencio admirable. Habiendo llegado a Asís y entrando el joven a donde estaba San Francisco (le era, por cierto, familiar al Santo), le preguntó el Santo entre otras cosas: «¿Cómo se ha portado contigo el compañero en este viaje?» «De verdad que muy bien (cf. LM 11,13), amadísimo Padre». Y el Santo: «¡Cuidado, hermano! No mientas so capa de humildad, porque sé cómo se ha portado contigo; pero espera un poco y verás».

Mucho se admiró el hermano de que el Santo hubiese conocido por el Espíritu cosas sucedidas tan lejos. No muchos días después, en efecto, el que había escandalizado a su hermano sale de la Religión, despreciándola.

Indudablemente, es señal de maldad y argumento evidente de poco seso no llevar una misma voluntad llevando un mismo camino con un buen compañero.

Capítulo XI

Cómo conoció que a un joven que vino a la Religión
no le guiaba el espíritu de Dios

40. Por aquellos mismos días vino a Asís un muchacho noble de Luca que quería entrar en la Religión. Presentado a San Francisco, le pedía de rodillas y con lágrimas que le recibiera. Y, mirándolo detenidamente el varón de Dios, conoció al pronto, por inspiración del Espíritu, que no era buena la intención que animaba al muchacho. Y le dijo: «Desgraciado y carnal, ¿cómo crees poder engañar al Espíritu Santo y a mí? Tu llanto es carnal y tu corazón no está en Dios. Vete -intimó-, porque no gustas nada espiritualmente».

Apenas había dicho esto el Santo, avisan que los padres están a la puerta y buscan al hijo para llevarle consigo; y, saliendo luego éste, se volvió gustoso con ellos. Los hermanos quedan admirados del suceso, alabando al Señor en su santo.

Capítulo XII

Un clérigo curado por él, a quien,
a causa de sus pecados, predijo males más graves

41. Cuando el santo Padre yacía enfermo en el palacio episcopal de Rieti, un canónigo de nombre Gedeón, sensual y mundano, guardaba cama, enfermo y aquejado de dolores en todo el cuerpo.

Haciéndose llevar a San Francisco, ruega con lágrimas que le haga sobre sí la señal de la cruz. Le replica el Santo: «¿Cómo quieres que te signe con la señal de la cruz, si has vivido satisfaciendo la concupiscencia de la carne, sin temor de los juicios de Dios? Te signo -añadió- en el nombre de Cristo; pero sábete que si, curado ya, vuelves al vómito, vendrán sobre ti males aún más graves». E insistió: «Por el pecado de ingratitud acaecen a la postre daños peores que a los comienzos». Hecha la señal de la cruz, el que había estado tullido, se levantó luego sano, y, prorrumpiendo en alabanzas, dijo: «Estoy curado». Y los huesos de la cintura hicieron chasquidos, que oyeron muchos, como cuando se rompe la leña seca con las manos.

Pero después de una corta temporada, olvidado de Dios, el clérigo se dio otra vez a los desórdenes carnales. Habiendo cenado una tarde en casa de un canónigo y durmiendo en ella aquella noche, se derrumbó inesperadamente el techo sobre todos los de la casa. Escaparon los demás de la muerte; sólo el miserable pereció aplastado.

No hay que extrañar que, como dijo el Santo, las postrimerías fuesen para el canónigo peores que los comienzos, pues el perdón obtenido reclama agradecimiento y la recaída en la culpa ofende al doble.

Capítulo XIII

Un hermano tentado

42. Continuaba el Santo en el mismo lugar. Un hermano espiritual de la custodia de Mársica (8), atormentado por tentaciones pesadas, se dijo para sí: «Si pudiera tener, al menos, un pedacito de las uñas de San Francisco, estoy seguro de que se desvanecería toda esta tempestad de tentaciones y, con el favor del Señor, volvería la calma».

Con el debido permiso, se va al lugar, expone el asunto a un compañero del Padre santo. Le responde el hermano: «No creo que me sea posible conseguírtelas, pues, aunque se las cortamos de vez en cuando, manda que las arrojemos, prohibiéndonos su conservación». De pronto llaman a este hermano y le ordenan que se presente al Santo, que lo busca. «Hijo -le dice-, hazte con unas tijeras para cortarme las uñas». Se las presenta el hermano, que previamente las había tomado con esa intención; y, recogiendo los recortes, se los entrega al hermano que los había solicitado. Éste los recibe con devoción, con mayor devoción aún los conserva, y se ve luego libre de todo asalto.

Capítulo XIV

Un hombre que ofreció el paño
según lo había pedido antes el Santo

43. Una vez, en el mismo lugar (9), el Padre de los pobres, que vestía una túnica vieja, dijo a uno de sus compañeros, a quien había nombrado su guardián (cf. Test 27-28): «Hermano, quisiera que, si puedes, me busques paño para una túnica». Oído esto, el hermano se pone a pensar cómo pueda lograr el paño tan necesario y tan humildemente pedido.

Al día siguiente muy de mañana, ya en la puerta para salir a la villa en busca del paño, se da de cara con un hombre que estaba sentado a la entrada en espera de hablar con el hermano; y le dijo: «Recíbeme, por amor de Dios, este paño que da para seis túnicas, y, reservándote una, distribuye las demás como quieras, para bien de mi alma». Lleno de alegría, vuelve el hermano a donde Francisco y le da la noticia de la oferta hecha por el cielo. El Padre le dice: «Recibe las túnicas, pues fue enviado para atender de esa manera a mi necesidad. Sean dadas gracias -añadió- a aquel que parece ocuparse de nosotros».

Capítulo XV

Cómo convidó a su médico a comer
en ocasión en que los hermanos no tenían qué darle
y cómo, de pronto, proveyó el Señor;
y la providencia de Dios con los suyos

44. Mientras el bienaventurado varón moraba en un eremitorio cercano a Rieti, lo visitaba todos los días el médico para curarle los ojos. Un día dijo el Santo a los suyos: «Convidad al médico y dadle de comer muy bien». Le respondió el guardián: «Padre, confesamos con rubor: tan pobres como nos encontramos ahora, nos da vergüenza convidarlo».

El Santo le replicó: «¿Qué queréis, que os lo repita?» El médico, que estaba presente, observó: «Carísimos hermanos, para mí será un placer participar de vuestra pobreza».

Los hermanos se ponen en movimiento y colocan sobre la mesa cuanto hay en la despensa: un poco de pan, no mucho vino y, para más regalo, algunas legumbres que vienen de la cocina. Entretanto, la mesa del Señor se compadece de la mesa de los siervos: llaman a la puerta, se acude enseguida. Y he aquí que una mujer les obsequia con una cesta repleta de provisiones: una hogaza sabrosa, peces, ensaimadas de camarones y, para colmo, miel y racimos de uvas.

Ante esto, la mesa de los pobres se alegra, y, dejando para el día siguiente los alimentos de pobres, comen hoy los manjares exquisitos. Conmovido muy de veras, el médico exclamó: «Ni vosotros los hermanos, como debierais, ni nosotros los seglares comprendemos la santidad de este hombre». Cierto que hubieran podido hartarse comiendo, si el milagro no los hubiera llenado más que las viandas.

Es que la mirada del Padre no se despreocupa de los suyos, antes bien con mayor providencia mantiene a los que mendigan con mayor necesidad. Como quiera que Dios es más generoso en su liberalidad que el hombre, el pobre disfruta de una mesa más copiosamente abastecida que el tirano.

Cómo libró de una tentación al hermano Ricerio

44bis. Un hermano llamado Ricerio, noble de familia y de costumbres, esperaba tanto de los méritos del bienaventurado Francisco, que creía merecer, desde luego, la gracia de Dios el que tenía a favor la benevolencia del Santo, o la indignación de Dios el que carecía de ella. Y anhelaba de corazón alcanzar el favor de la confianza del Santo; pero temía mucho que éste descubriera en él cualquier asomo de defecto que le era imperceptible, y por eso se encontrase él más ajeno a su favor.

Sufriendo así esta aflicción continua y pesada, que no manifestaba a nadie, ocurrió un día que, turbado como solía estar el hermano, se acercó a la celda en que el bienaventurado Francisco hacía oración. El varón de Dios, que se dio cuenta a la par de su llegada y de su estado de ánimo, lo llamó afectuosamente y le dijo: «Hijo, en adelante no te turbe ningún temor, ninguna tentación, porque me eres muy amado y te distingo con especial aprecio entre los que me son más amados. Ven a mí con confianza cuando quieras, y libremente, cuando quieras, me dejas». Se admiró no poco el hermano y se alegró con las palabras del santo Padre; y en adelante, seguro del aprecio de éste, creció también, según había creído, en la gracia del Salvador (cf. 1 Cel 49-50).

Capítulo XVI

Dos hermanos a quienes, saliendo de la celda, bendijo,
conocido por inspiración del espíritu el deseo que tenían

45. San Francisco acostumbraba pasar todo el día en la celda apartada, sin volverse a los hermanos más que cuando necesitaba tomar algún alimento; y no a las horas señaladas para la comida, porque más viva era en él el hambre de la contemplación, que lo reclamaba del todo para sí con mucha más frecuencia.

Un día llegaron de lejos al lugar de Greccio dos hermanos que vivían una vida grata a Dios. El único motivo del viaje era ver al Santo y recibir de él la bendición hacía tiempo deseada. Pero al llegar no lo encontraron, porque se había retirado de entre los hermanos a la celda, y se entristecieron notoriamente. Por otra parte, la incerteza de cuándo saldría suponía una larga espera. Se alejan, pues, ya, abatidos, echando la culpa del fracaso a habérselo merecido. Iban como a un tiro de piedra del lugar, acompañados de algunos que moraban con el bienaventurado Francisco y que trataban de consolarlos, cuando de pronto el Santo, que los sigue, llama y dice a uno de los compañeros: «Di a mis Hermanos que han venido aquí que me miren». Y, al volver ellos la cara hacia él, los signó con la señal de la cruz y los bendijo con muchísimo afecto. Con esto, ellos, doblemente contentos, porque habían logrado con ventaja su intento y un milagro, se volvieron alabando y bendiciendo al Señor.

Capítulo XVII

Cómo por su oración sacó agua de la roca
y la dio a beber a un campesino

46. Una vez, el bienaventurado Francisco quiso ir a cierto eremitorio (10) para darse allí más libremente a la contemplación; sintiéndose bastante débil, obtuvo de un hombre pobre un asno para el viaje. Montaña arriba en días de verano, el campesino, fatigado por el camino escabroso y largo que hacía siguiendo al varón de Dios, se resiente y desfallece de sed antes de llegar al lugar. Comienza a gritar tras el Santo con vehemencia y pide que se le compadezca; asegura que se muere de sed si no se le reanima con el alivio de una bebida. El santo de Dios, compasivo siempre con los abatidos, saltó en seguida del asno e hincado de rodillas, alzando las manos al cielo, no cesó de orar hasta saberse escuchado. «Ven pronto -dijo después al campesino-, y encontrarás allí agua viva, que Cristo en su misericordia ha hecho brotar ahora de la piedra para que bebas tú».

¡Dignación estupenda de Dios, que se inclina tan fácil a sus siervos! Gracias a la oración del Santo, el campesino bebió del agua que había brotado de la piedra, apagó la sed en la roca durísima. Y aguas no las hubo allí antes, ni han sido descubiertas después, como se ha comprobado escrupulosamente. ¿Qué extraño que quien está lleno del Espíritu Santo reproduzca, a su vez, los prodigios obrados por todos los justos? Ni es para asombrarse si quien, por donación de gracia especial, es uno con Cristo, realiza prodigios semejantes a los de los otros santos.

Capítulo XVIII

Las avecillas que alimentó
y cómo una de ellas pereció por voraz

47. Estaba un día el bienaventurado Francisco sentado a la mesa con los hermanos; aparecen dos avecillas, macho y hembra, que, solícitas por sus crías, a satisfacción de su deseo, recogen cada día de la mesa del Santo unas migajas. El Santo se alegra con las avecillas, las acaricia, como acostumbra, y cuida de darles de comer. Un buen día, la pareja presenta los pajarillos a los hermanos, como en señal de gratitud por haberlos alimentado, y, confiándoselos, desaparecen ya del lugar. Los pajarillos se hacen a los hermanos, y, posándose en sus manos, están en casa no como huéspedes, sino como quien habita junto a los hermanos. Huyen a la vista de los seglares; y se dan a conocer como quienes han sido criados tan sólo por los hermanos. Observa esto el Santo y queda asombrado, e invita a los hermanos a alegrarse: «Ved -dice- lo que han hecho nuestros hermanos petirrojos; ni que tuvieran inteligencia. Como que nos han dicho: "Mirad, hermanos, os dejamos nuestros hijuelos que se han alimentado de vuestras migas. Haced de ellos lo que queráis; nosotros nos vamos a otros lares"». Así, pues, los pajarillos se familiarizan del todo con los hermanos y comen junto con ellos.

Pero la voracidad viene a deshacer la unión cuando la altanería de uno mayor persigue a los más pequeños. Comiendo él por placer hasta hartarse, impide que los demás coman. «Mirad -dice el Padre- lo que hace ese glotón; pletórico él y harto, no puede ver que los hermanos que tienen hambre coman. Con muerte bien triste va a desaparecer». Al dicho del Santo sigue luego el castigo. El perturbador de los hermanos se posa, para beber, sobre una vasija, y, cayendo de improviso en el agua, perece ahogado; y ni gato ni bestia alguna osó tocar el ave que había incurrido en la maldición del Santo.

Horrenda tiene que ser la codicia en los hombres, cuando en las aves es castigada con tanto rigor. Y de temer también la condena de los santos, que atrae tan fácilmente el castigo.

Capítulo XIX

Cómo se cumplió al detalle
cuanto predijo del hermano Bernardo

48. Otra vez habló así, en profecía, del hermano Bernardo, que fue el segundo en la Orden: «Os digo que para probar al hermano Bernardo han sido asignados demonios muy astutos y los más malos entre los malos; pero, por más que se empeñen incansables en hacer caer del cielo la estrella, el resultado, sin embargo, será muy otro. Cierto que será atribulado, aguijoneado, congojado, pero al fin triunfará de todo». Y añadió: «Al acercársele la muerte, calmada toda tempestad, ya vencida toda tentación, disfrutará de admirable serenidad y paz, y al término de la carrera de la vida volará felizmente a Cristo».

Y de hecho así fue: su muerte resplandeció en milagros, y tal como lo había predicho el varón de Dios, así sucedió al detalle; por lo que a su muerte dijeron los hermanos: «A la verdad, mientras vivía, no fue conocido este hermano». Pero dejamos a otros cantar las alabanzas del hermano Bernardo (11).

Capítulo XX

El hermano tentado que quería tener
algún escrito de puño y letra del Santo

49. Sucedió al tiempo que vivía el Santo en el monte Alverna. Él permanecía retirado en la celda. Uno de los compañeros (12) deseaba con mucho afán tener por escrito, para que le confortase, alguna de las palabras del Señor, acompañada de una breve anotación manuscrita de San Francisco. Creía, en efecto, que con eso desaparecería, o se aliviaría por lo menos, una tentación molesta -no de la carne, sino del espíritu- que lo atormentaba. Aunque se consumía con este deseo, le daba pavor descubrirlo al Padre santísimo; pero a quien no se lo manifestó el hombre, se lo reveló el Espíritu.

Y así, un día llama el bienaventurado Francisco al hermano y le dice: «Tráeme papel y tinta, porque quiero escribir unas palabras del Señor y sus alabanzas que he meditado en mi corazón». En cuanto los tuvo a mano, escribió de su puño y letra las alabanzas de Dios y las palabras que quiso, y, por último, la bendición para el hermano, a quien dijo: «Toma para ti este pliego y consérvalo cuidadosamente hasta el día de tu muerte». Al instante desaparece del todo la tentación; se guarda el pliego, que después ha hecho prodigios.

Capítulo XXI

El mismo hermano a quien, por satisfacerle, dio una túnica

50. Con el mismo hermano se manifestó otro caso maravilloso. Esto ocurrió mientras el Santo yacía enfermo en el palacio de Asís (13). El mencionado hermano pensó para sí: «Ya el Padre se avecina a la muerte; mi alma experimentaría grandísimo consuelo si, una vez que haya muerto, lograra tener yo la túnica de mi Padre». Como si el deseo del corazón hubiera sido una petición hecha de palabra, lo llama poco después el bienaventurado Francisco y le dice: «Te doy esta túnica; tómala, que quede para ti; aunque yo la vista mientras vivo, sin embargo, que pase a ti después de mi muerte». El hermano, admirado de la profunda penetración del Padre, tomó al fin, consolado, la túnica, que más tarde, por santa devoción, fue llevada a Francia.

Capítulo XXII

El perejil que, a su mandato,
se encontró de noche entre hierbas del campo

51. Hacia el fin de su enfermedad, una noche le apeteció comer perejil (14), y lo pidió humildemente. Llamado el cocinero para que se lo trajera, advirtió que a aquella hora no acertaría a encontrarlo en el huerto. «He cogido perejil -dijo- todos estos días y lo he cortado tanto, que aun de día me resultaría difícil acertar con él; cuánto más ahora, que es ya noche cerrada, no podré distinguirlo de otras plantas».

«Vete, hermano -replicó el Santo-; que no te sea enojoso, y trae las primeras hierbas que te vienen a las manos». Se fue el hermano al huerto, y, arrancando hierbas agrestes, las que de primero le venían a las manos -él no veía nada-, las llevó a casa. Miran los hermanos las hierbas silvestres, las remiran con más atención, y descubren entre ellas un perejil lozano y tierno.

El Santo, con lo poco que tomó, se reanimó mucho. Y les dijo el Padre: «Amadísimos hermanos, cumplid los preceptos a la primera indicación, sin esperar que se os repitan. Y no os defendáis con pretexto de imposibilidad, porque, aun cuando yo os mandase algo que está sobre vuestras fuerzas, no le faltarían fuerzas a la obediencia».

Hasta en esto el espíritu de profecía acreditó la prerrogativa del espíritu.

Capítulo XXIII

El hambre que predijo que sobrevendría después de su muerte

52. Los santos son a veces movidos por el Espíritu Santo a hablar de sí mismos algunas cosas admirables, es a saber, cuando la gloria de Dios exige que se revele lo que Él ha dictado o cuando lo reclama la norma de la caridad para edificación del prójimo. Así es que, cierto día, el bienaventurado Padre contó a un hermano a quien amaba muchísimo esto que acababa de conocer en la intimidad familiar con Dios. «Hoy -dijo- hay en la tierra un siervo de Dios por quien el Señor no permite -mientras aquél viva- que el hambre haga estragos entre los hombres».

No hubo en esto asomo de vanidad, sino una manifestación virtuosa que la santa caridad, que no busca lo que sea para sí (1 Cor 13,5), descubrió con palabras de modestia y sencillez para nuestra edificación; ni debía ocultarse en inútil silencio la prerrogativa singular de tan pasmoso amor de Cristo a su siervo.

Los testigos de vista sabemos con cuánta tranquilidad y paz ha transcurrido el tiempo en vida del siervo de Cristo y cuán fecundo ha sido en toda clase de bienes. Ni hubo hambre de la palabra de Dios, porque entonces sobre todo la palabra de los predicadores estaba cargada de toda virtud y porque los corazones de todos los oyentes eran gratos a Dios. Brillaban ejemplos de santidad en quieres profesaban la vida religiosa y la hipocresía de los sepulcros blanqueados no había llegado a inficionar a tan señalados santos, ni las enseñanzas de los que se disfrazan habían despertado mucha curiosidad. Justamente había, pues, abundancia de bienes temporales cuando los eternos eran amados de veras por todos.

53. Después de su muerte, en cambio, la situación era del todo distinta: todo se alteró. Estallaron en todas partes guerras y revueltas, y la mortandad, en diversas formas desastradas, se enseñoreó pronto de muchos reinos (15). Un hambre de muerte se extendió por todas partes, y su ferocidad, que supera toda calamidad, ¡a cuántos arrebató! (16). Debido a ella, la necesidad convirtió en alimento toda suerte de cosas e hizo que los hombres recurrieran a comer lo que ni los animales comían. Se llegó a elaborar pan con corteza de árboles y cáscaras de toda fruta dura; y hubo padre, acosado por el hambre, cuya piedad no hizo duelo por la muerte del hijo -por decirlo menos crudamente-, según es cierto por el testimonio de alguno. Mas para que apareciera a la vista quién había sido aquel servidor fiel por cuyo amor la cólera de Dios había retirado la mano del castigo, el bienaventurado padre Francisco puso de manifiesto pocos días después de su muerte -al hermano a quien había predicho en vida los desastres que sucederían- que el tal siervo del Señor era él mismo. Así fue que una noche, mientras el hermano dormía, lo llamó el Santo con voz perceptible y le dijo: «Hermano, llega ahora el hambre que el Señor no permitió que cayese sobre la tierra mientras viviera yo». Despertó el hermano a la llamada y contó después todo ce por be. Y a la tercera noche de esto, el Santo se le apareció otra vez y le repitió lo mismo.

Capítulo XXIV

La clarividencia del Santo y nuestra ignorancia

54. A nadie tiene que parecer extraño que destacara con tales privilegios el profeta de nuestros días, pues cierto es que su entendimiento, desprendido de las sombras de las cosas terrenas y no atado a los placeres de la carne, volaba a lo más alto, se sumergía puro en la luz. Embebido así en los resplandores de la luz eterna, atraía del Verbo lo que después resonaba en sus palabras.

¡Ay! ¡Cuán desemejantes somos hoy los que, envueltos en tinieblas, no sabemos ni lo necesario! Y ¿por qué así sino porque, complacientes con la carne, también nosotros quedamos envueltos en el polvo de los mundanos? Ciertamente, si alzáramos nuestro corazón y nuestras manos al cielo, si nos decidiéramos a estar pendientes de las realidades eternas, acaso tendríamos noticia de lo que ignoramos: Dios y nosotros. Quien vive en el fango, no puede ver, de fuerza, otra cosa que fango; quien tiene los ojos puestos en el cielo, es imposible que no vea las cosas del cielo.

* * * * *

Notas:

1) Acaecía esto el 29 de agosto de 1219. Cf. 1 Cel 57. Los hermanos Pedro Cattani, Iluminado, Elías y Cesáreo de Espira acompañaban a San Francisco (cf. Jordán de Giano, Crónica, 11.12.14.

2) Una bula de Honorio III de 15 de marzo de 1219 confirma el testimonio de Celano: concede al arzobispo de Toledo la facultad de conmutar, a favor de la cruzada contra los moros de España, los votos de los que se habían alistado para la cruzada de Oriente, a excepción de los nobles y los caballeros. Atanasio López publicó la bula en AIA 14 (1920) p. 498; cf. también Delorme, Les espagnoles à la bataille de Damiette: AFH 16 (1923) p. 245-46.

3) El suceso tuvo lugar, según LM 11,11, en un capítulo.

4) Puede que ocurriera en 1242, cuando Rieti, por su fidelidad al papa, fue asediada (1241-44) por las fuerzas de Federico II. Sabemos que, en mayo de 1242, Andrés de Ciccala, capitán del reino de Nápoles, asoló los alrededores de la ciudad de Rieti por orden del emperador.

5) Las discordias entre la nobleza y la clase popular en Perusa nacieron en 1214. Con ocasión de ellas se dieron diversas intervenciones de los romanos pontífices: de Inocencio III, en 1214; de Honorio III, en 1218. En 1223 hubo nuevos enfrentamientos; volvieron a repetirse en 1225. Puede que el hecho a que aquí se refiere tuviera lugar en 1213 (acaso en 1217), cuando todavía no se había impuesto la fama de Francisco. Bigaroni hace notar que, siendo los caballeros representantes de la clase alta, se oponían a la promoción de las clases populares; tal vez por eso no verían con buenos ojos la predicación de San Francisco al pueblo (Compilatio Assisiensis [Porziuncola 1975] p. 213 n. 129).

6) Sobre los penitentes «en su propia casa», cf. Meersseman, Le dossier de l'Ordre de la Pénitence au XIII siècle (Fribourg 1961) p. 4 y 5 (no obstante la interpretación equivocada respecto a San Francisco).

7) La región de Nápoles.

8) Al lado del lago Fucino, en el Abruzzo, al este del Lazio y sur de Sabina.

9) En el palacio del obispo de Rieti (2 Cel 41).

10) Al del monte Alverna, según Bartolomé de Pisa (AF 4 p. 38).

11) Cf. Introducción a las Florecillas.

12) Introducción a la Carta al hermano León.

13) En el palacio episcopal (AF 10 p. 162 n. 1).

14) En la antigüedad se servían del perejil para reanimar a los moribundos, que es de lo que aquí se trata.

15) Tal vez se expresa el autor en términos un poco exagerados. Con ocasión de la partida de Federico II para Tierra Santa, algunas fuerzas imperiales atacaron a la Marca de Ancona y al ducado de Espoleto, que estaban bajo el papa. En respuesta, el ejército pontificio invadió Nápoles, que dependía del emperador. Así nació la guerra. Hubo también guerras en otras regiones de Italia.

16) En 1228 hizo su aparición el hambre en la Italia central, durante el conflicto entre Gregorio IX y Federico II. Salimbene cuenta en su Crónica: «El precio corriente del trigo oscilaba entre 12 y 15 sueldos imperiales el sextario; una libra de carne de cerdo, 13 sueldos...» (el sextario de trigo daba para amasar siete panes, ración semanal por individuo; el sueldo imperial equivalía a 70 u 80 gramos de oro).

Introducción 1 Cel 02

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