DIRECTORIO FRANCISCANO

Espiritualidad franciscana


LAS ADMONICIONES DE SAN FRANCISCO
Meditaciones

por Kajetan Esser, OFM

 


EL HUMILDE SIERVO DE DIOS
Meditación sobre la Admonición 17.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die siebzehnte Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst abril-junio (1970) 38-42]

«Bienaventurado aquel siervo que no se engríe más del bien que el Señor dice y obra por medio de él, que del que dice y obra por medio otro. Peca el hombre que exige más de su prójimo, que lo que él mismo da por su parte al Señor Dios» (Adm 17).

El tema propio de las Admoniciones de nuestro santo Fundador es la vida de pobreza interior, de pobreza total en espíritu, como la exige el Señor en el Sermón de la Montaña (Mt 5,3). Esta pobreza ha de vivirse «sin nada propio», tal como se programó en los inicios de la vida franciscana y era una de las preocupaciones primordiales del corazón de Francisco. Las Admoniciones nos introducen, como ningún otro escrito del Santo, en la intimidad de su espíritu. Constituyen, en el verdadero sentido de la palabra, un «espejo de perfección» del franciscano, más original que el libro que desde el siglo XIII lleva este título.

Las Admoniciones de san Francisco son «espejo de perfección», ante todo, porque enseñan asiduamente y de manera práctica que la pobreza es el camino hacia la fraternidad cristiana, fraternidad que constituye el meollo del Evangelio como lo expresa el mismo Señor concisamente: «Todos vosotros sois hermanos... pues uno solo es vuestro Padre, el que está en los cielos» (Mt 23,8-9).

«Ser-hermano», «ser-hermana», es hermoso; es algo grande y profundo, algo por lo que suspiran los hombres como por el Paraíso perdido. Cristo nos lo ha restituido, pues se hizo hermano nuestro, convirtiéndonos de este modo en hijos del Padre al que podemos llamar: «Padre nuestro, que estás en los cielos» (Mt 6,9). «Ser-hermano-hermana» es ser cristiano de verdad; es cristianismo vivido; por el amor fraterno se conoce a los cristianos.

«Ser-hermano», «ser-hermana», no significa sentimentalismo ni camaradería, que hace en todo la voluntad del otro; esto sería una asamblea sin Cristo. El cristiano debe estar de tal manera unido al prójimo que Cristo pueda permanecer siempre en ellos para convertirse en el centro de este amor. El cristiano debe realizar «en la piedad el amor fraterno, y en el amor fraterno, el amor divino» (2 Pe 1,7). Nuestro amor mutuo debe ser, consiguientemente, un amor vivido y práctico a Cristo, pues así dice el Señor: «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado, que os améis mutuamente» (Jn 13,34). Cuando nuestro amor recíproco se aparta de este mandato, se convierte en un asunto puramente humano que se fundamenta en la simpatía y querencia o se destruye con la antipatía. Esto nos impide ver el amor de Cristo. No vivimos según su precepto: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9).

El amor de Cristo es, total y fundamentalmente, amor servicial: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27). «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,28). Si queremos, en consecuencia, que nuestro amor mutuo sea una expresión y testimonio del amor de Cristo y una continuación de su amor en nosotros, tiene que ser total y fundamentalmente un amor servicial y hemos de ponerlo de manifiesto humildemente en el servicio a los demás. La Admonición 17, como las restantes del padre san Francisco, tratan de esta humildad.

La palabra «humildad», por desgracia, no suena bien entre nosotros, hombres de nuestro tiempo. No nos gusta escucharla ni hablar de ella. Hemos perdido las buenas relaciones con esta virtud genuinamente cristiana y, por cierto, no a causa de la misma humildad sino por nuestra propia culpa, pues no la comprendemos en su sentido auténtico. Dado que la pobreza y la humildad constituyen las columnas fundamentales de la imitación franciscana de Cristo, nos esforzaremos en ésta y en las otras meditaciones por conseguir un adecuado conocimiento de la humildad. Francisco será nuestro mejor guía en este camino, pues no en vano fue uno de los más humildes entre los humildes siervos de Dios.

I. EXPLICACIÓN DEL TEXTO

«Bienaventurado aquel siervo que no se engríe más del bien que el Señor dice y obra por medio de él, que del que dice y obra por medio de otro».

Con estas breves palabras queda expresado ya algo fundamental: la humildad establece, ante todo y en primer lugar, una verdadera relación no con los hombres, sino con Dios, si bien hemos de conceder que ambas relaciones son inseparables de la vida práctica, como lo enseña la sentencia antes citada.

La humildad consiste esencialmente en ser pobre ante Dios. Esta realidad debemos destacarla con san Francisco en la cumbre más elevada. El verdaderamente humilde es aquel que no se envanece en absoluto del bien que Dios dice y obra por medio de él. El humilde siervo de Dios reconoce su nada y su pobreza absoluta ante Dios. En otras palabras: el humilde reconoce que todo lo que es y tiene lo ha recibido de Dios. Esta es la auténtica humildad cristiana que nos describe san Pablo: «¿Quién es el que a ti te hace preferible? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7).

El verdadero siervo de Dios reconoce, pues, que Dios es el Señor, la Causa, el Dador de todo bien en la vida, como dice el apóstol Santiago: «Todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces» (1,17). Para que haya humildad, y aquí percibimos de nuevo su vinculación a la pobreza, el hombre no debe arrogarse lo que en realidad es propiedad y pertenencia de Dios. Esta actitud de pobreza interior, la permanencia en justas relaciones con Dios, la confesión de nuestra nada es ciertamente más difícil que todo lo demás y, sobre todo, mucho más difícil que la pobreza exterior.

Francisco nos da una señal para conocer al verdadero humilde. Consiste en que el siervo de Dios, colmado en todo por el Señor, se alegra cordialmente y sin envidia del bien que Dios «dice y obra por medio de otro». Seremos verdaderamente humildes cuando agradezcamos a Dios todo el bien que dice y obra por medio de nuestros hermanos; esta alegría agradecida es una manifestación importante de la humildad cristiana.

Sabemos cuán difícil le resulta al hombre esta actitud, pues presupone aquella nobleza que mira en todas las cosas a Dios y no al propio yo: «Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos los bienes. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno» (1 R 17,17-18). Lo que aquí proclama Francisco no sólo afecta al bien propio, sino también al del prójimo y, particularmente, al de nuestros hermanos.

Con lo dicho queda claro que la humildad, cuando hace justas nuestras relaciones con Dios, hace también que nuestras relaciones con el prójimo sean justas. Quien sea así humilde, reconocerá a su prójimo, lo apreciará y amará desinteresadamente, ya que lo que le importará en todo será Dios y el reconocimiento de sus derechos soberanos. Cuanto más el hombre, como auténtico cristiano, vive esta alegría agradecida ante Dios, tanto más tratará al prójimo como verdadero cristiano. El amor fraternal del cristiano radica precisamente en esta humildad.

«Peca el hombre que exige más de su prójimo, que lo que él mismo da por su parte al Señor Dios».

Con esta sentencia, a primera vista tan natural, Francisco expresa de otra forma el mismo pensamiento: no hemos de pretender exigir y esperar de nuestro prójimo -también aquí se trata de cierta clase de envidia- más que lo que nosotros mismos estamos dispuestos a dar al Señor Dios. El verdadero humilde sabe que debe restituir todos los bienes a Dios como Señor y Dueño que es de todas las cosas de nuestra vida; contempla a Dios y se contempla a sí mismo para reconocer lo que debería ofrecer a Dios y lo que realmente le ofrece. Cuanto más conoce esta distancia, tanto más se empequeñece ante sí mismo. Consciente plenamente de su propia insuficiencia, no se atreverá a formular exigencias a los demás. Esto le parecería, como a san Francisco, un verdadero pecado.

Profundizando en la comprensión de este pecado, podemos considerarlo como una actitud equivocada ante Dios: quien exige del prójimo más que lo que él mismo está dispuesto a dar a Dios ocupa, en cierto modo, el lugar de Dios. No se considera siervo del Altísimo, sino señor de sus semejantes. Esta actitud equivocada para con Dios repercute negativamente en su actitud para con el prójimo. De donde podemos concluir: si nuestra actitud ante Dios es correcta, fundamentada en una viva humildad, nuestro «ser-hermano-hermana» ocupará su lugar preciso en las relaciones con los demás. Dicho brevemente: ser verdaderamente hermano de todos depende de mis relaciones para con Dios.

Francisco alude en esta exhortación a una última idea que se olvida con frecuencia en la vida comunitaria: exigir de los otros, es cosa muy fácil; hacer uno lo exigido, es difícil. Para tales individuos vale lo que el Señor dijo de los escribas y fariseos: «Haced, pues, y guardad lo que os digan, pero no los imitéis en las obras, porque ellos dicen y no hacen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los otros, pero ellos ni con un dedo hacen por moverlas» (Mt 23,3-4). Sobre tales individuos lanza Cristo su maldición y declara que no entrarán en el Reino de los cielos (Mt 23,13); su pecado, pues, debe pesar mucho ante Dios. No dan a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21) y exigen de los hombres lo que no les incumbe. Por lo mismo, no pertenecen a los pobres a quienes se les ha prometido el Reino de los cielos (Mt 5,3).

II. CONSECUENCIAS PRÁCTICAS

Si queremos que el Reino de Dios se convierta en una realidad en nosotros y en nuestro alrededor, hemos de aspirar todos a ser siervos humildes del Señor. A este fin dirigimos las siguientes cuestiones prácticas:

1. Por ser ésta una cuestión vital para la vida cristiana, debería ocuparnos con frecuencia; por ejemplo: en el examen de conciencia, en las horas tranquilas de meditación, en momentos concretos de la vida diaria.

Preguntémonos en esos instantes de reflexión: ¿soy agradecido a mi Señor Dios por todo el bien que Él dice y obra a través de mí? ¿Asoma en mí esa especie de petulancia de la que Francisco nos previene con gran insistencia cuando dice: «Por eso, suplico en la caridad que es Dios a todos mis hermanos... que se esfuercen por humillarse en todas las cosas, por no gloriarse ni gozarse en sí mismos ni ensalzarse interiormente por las palabras y obras buenas, más aún, por ningún bien, que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos y por medio de ellos»? (1 R 17,5-6).

Quien tome en serio esta Admonición se verá colmado por Dios. En él no cabe la vanagloria, la propia complacencia, el orgullo. Se alejan todos los impedimentos que se oponen a la convivencia fraterna. La auténtica comunidad fraterna del Evangelio brota de esta humildad.

2. Damos un paso adelante al hacernos la siguiente pregunta: ¿me alegro del bien que Dios dice y obra a través de mi prójimo?

Quizás debiéramos aprender, en primer lugar, a ver el bien en nuestro prójimo y reconocerlo dando gracias a Dios. Precisamente hoy día parece que los hombres muestran especial predilección en ver y constatar el mal ajeno cuando, en realidad, el Creador ha dado a cada uno cosas buenas. Dios puede obrar el bien a través de quien Él quiera. Un acto de auténtica glorificación divina, que no debería faltar en la vida de todo humilde siervo de Dios, consiste en descubrir y reconocer este bien. Descubrir el bien ajeno y reconocerlo con alegría y sin envidia constituye uno de los pasos más importantes en el camino hacia el amor fraterno, ya que nos facilita una correcta comprensión del prójimo y, con ello, una fundamentada apreciación de sus valores, lo que constituye la esencia de la caridad. Este conocimiento posibilita «en la piedad, el amor fraterno; y en el amor fraterno, el amor divino» (2 Pe 1,7).

3. La convivencia fraterna se ve bastante perturbada con frecuencia por los que siempre exigen de los demás, pero de sí mismos nunca dan a Dios lo que le pertenece; por no hablar de su olvido en dar al prójimo lo que es de su pertenencia. Esta actitud lesiona la caridad y no por casualidad Francisco habla, en este caso, de pecado.

Comencemos, pues, a servir a los demás, conscientes de nuestra pequeñez y miseria, sabiéndonos responsables de nuestros hermanos y caminando por la senda de la humildad, pidiendo perdón cuando hayamos faltado. De esta humildad nace la genuina caridad fraterna, ya que se destierra nuestro egoísmo harto convencido y seguro de su propia valía e importancia. Quien conoce sus propias faltas y tiene el valor de confesarlas ante Dios y los hombres, se desprende de sí mismo. Sólo Dios le importa e importándole Dios le importa también el hermano.

En esta Admonición se ponen al descubierto las profundas e inseparables relaciones entre la pobreza y la humildad: «¡Dama santa Pobreza! Dios te guarde con tu hermana la santa Humildad». Ambas virtudes son las formas fundamentales de nuestra piedad.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. II, núm. 5 (1973) 185-189]

M. Broederlam: La Anunciación y la Visitación

LA COMPASIÓN DEL PRÓJIMO
Y EL SIERVO BUENO DE DIOS
Meditación sobre la Admonición 18.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die achtzehnte Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst 53 (1970) 74-77 y 110-114]

Como nota previa, hemos de advertir que la edición crítica de los escritos de S. Francisco preparada por el P. Kajetan Esser y publicada por el Colegio de S. Buenaventura de Grottaferrata en 1976, reúne bajo el núm. 18 las Admoniciones que la tradicional edición crítica de Quaracchi separaba bajo los números 18 y 19. Ya H. Boehmer había hecho, en su edición crítica, lo mismo que ahora el P. Esser. Así resulta que la Admonición 18 contiene dos partes muy diferenciadas.

«Dichoso el hombre que soporta a su prójimo conforme a su fragilidad en aquello en que querría ser soportado por él, si se encontrase en un caso semejante.
»Dichoso el siervo que restituye al Señor Dios todos los bienes, pues el que se reserva alguno para sí, esconde en sí mismo el dinero de su Señor Dios y, lo que creía tener, se le quitará» (Adm 18).

* * *

SOPORTAR AL PRÓJIMO

Para evitar que se atribuya a estas palabras de exhortación el mero carácter de una reflexión humana, aunque válida, debemos prestar especial atención a las palabras iniciales: «Dichoso el hombre...». Porque ciertamente aquí no se trata del conocido: «Como tú a mí, así yo a ti». O más en concreto para nuestro caso: «Quiero soportar al otro, a fin de que él me soporte a mí». En semejante caso, el motivo de nuestro amor al prójimo sería falso y, en último análisis, se trataría de un calculado amor propio que sabe hacer las cuentas, de un refinado egoísmo enmascarado. En modo alguno pudo Francisco admitir tal forma de pensar, ajena por completo a nuestro Padre; jamás hubiera pretendido él inducir a sus discípulos a tener esa mentalidad ni, menos aún, se la hubiera exigido. Consiguientemente, aquí no se trata de eso, nada parecido expone Francisco en la primera parte de la presente exhortación. De ahí que sean fundamentales las primeras palabras: «Dichoso el hombre... », para captar todo el contenido auténtico de la Admonición.

Repetidas veces ya nos hemos detenido a exponer nuestra interpretación de ese «Dichoso...», pues, a partir de la Admonición catorce, todas las restantes comienzan con idénticas o semejantes palabras. Francisco pregona en ellas grandes elogios espirituales a las Bienaventuranzas. Recordemos lo que ya hemos dicho.

Según el lenguaje de la Sagrada Escritura, bienaventurado o dichoso es el hombre que vive rectamente delante de Dios. Dichoso es el hombre que vive rectamente delante de Dios. Dichoso es el que vive unido a Dios, en paz con Dios, en el amor de Dios. Porque la auténtica felicidad del hombre, su bienaventuranza completa estriba en tener paz y felicidad con Dios, consiste en que Dios le ame y que él, el hombre, a su vez, ame a Dios, su Señor y Padre. Dichoso es el hombre amado por Dios, el hombre que ama a Dios.

En esta 18ª Admonición, pues, no se trata de promocionar un cambio en la vida interna de la fraternidad, ni de hacer una aplicación útil para la vida en común de los hermanos, de suerte que pueda vivirse sin mayores disgustos. Lo que a san Francisco le importa, una vez más, es que logremos una auténtica relación con Dios, una actitud justa hacia Él. A Francisco le interesa grandemente que permanezcamos en el amor de Dios, que Dios pueda gozarse en nosotros y tenernos por amigos, que le agrademos: en esto precisamente consiste la felicidad y bienaventuranza del hombre. «Pero ahora, después que hemos abandonado el mundo, nada tenemos que hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle a Él sólo» (1 R 22,9).

Cuando Francisco, a continuación, nos exhorta al verdadero amor del prójimo, nos pone ante los ojos, de nuevo, la verdad fundamental de la vida cristiana: si amamos a los hombres, a nuestros hermanos y hermanas, entonces y sólo entonces permanecemos ciertamente en el amor de Dios, amando a Dios y siendo amados por Dios, y, por consiguiente, somos hombres dichosos: «Carísimos, si Dios nos ha amado tanto, deber nuestro es amarnos unos a otros» (1 Jn 4,11). ¡Exacto! El apóstol predilecto no dice: «Puesto que Dios nos ha amado tanto, es deber nuestro amarle a Él»; sino: «... deber nuestro es amarnos unos a otros». Nuestro amor a Dios es vivo y auténtico sólo cuando se concretiza y desarrolla en el amor al prójimo. Por esto añade el mismo apóstol: «El que diga "yo amo a Dios", mientras odia a su hermano, es un embustero, porque quien no ama a su hermano, a quien está viendo, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y éste es precisamente el mandamiento que recibimos de él: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,20-21). Exactamente lo mismo quiere expresar Francisco aquí cuando proclama dichoso al hombre que ama a su prójimo. Enfocada de esta manera, la breve Admonición de san Francisco se nos revela como una regla de oro, que nos marca el camino hacia el amor de Dios, que nos traza la ruta para vivir en la paz de Dios, de suerte que Dios pueda complacerse en nosotros. Y es también una regla de oro para la vida dichosa. Como tal debemos entenderla.

«Dichoso el hombre que soporta a su prójimo conforme a su fragilidad...».

Esta primera frase está ciertamente inspirada en las palabras de san Pablo: «Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros: así cumpliréis la ley de Cristo» (Gál 6,2). «Las cargas de los otros»: con estas palabras quieren expresarse también las molestias del otro, sus deficiencias e insuficiencias. Este soportar o arrimar el hombro es ciertamente lo más difícil en el amor al prójimo, incluso entre hermanos y hermanas.

Francisco emplea aquí el término latino «fragilitas», que comprende cuanto significa debilidad, insuficiencia humana, defectibilidad, imperfección, volubilidad, enfermedad, etc. Con él se entiende todo cuanto en el uso corriente indicamos con la expresión «cosas humanas», lo que es de naturaleza demasiado humana. Pensemos en las imperfecciones humanas que cada uno de nosotros lleva consigo y que, se quiera o no, tan frecuentemente y de forma tan ostensible hacen acto de presencia en la vida cotidiana; nuestras debilidades, fragilidades y pecaminosidad que tan dolorosamente condicionan nuestra vida comunitaria. Por «fragilitas» se entiende, en el fondo, nuestra fragilidad, nuestra capacidad de errar, nuestra defectibilidad, que encontramos de forma punzante precisamente en la vida común; y entonces experimentamos y comprobamos que no somos una fraternidad de perfectos, v menos aún de santos o de ángeles. Con esta palabra se expresan también otros comportamientos y actitudes, otros conceptos: la volubilidad e inconstancia que hoy quieren una cosa y mañana otra distinta; las excentricidades y los malos humores que tanto hacen sufrir a los demás; la terquedad que impide confiar en el otro... Todo esto resulta una carga pesada y desagradable. Todo esto son pesos que cargan sobre nuestras espaldas, que nos crean problemas difíciles de solucionar y de soportar. Para todas estas situaciones valen las palabras del apóstol: «Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros: así cumpliréis la ley de Cristo».

Aquí se nos da también la razón fundamental por la que debemos comportarnos así: Cristo tomó sobre sí nuestra carga y continúa y continuará siempre soportándonosla; pues, como pecadores, como hombres imperfectos, como discípulos inconstantes, no constituimos para Él una alegría pura. Y a pesar de todo, Él nos soporta y tolera, nos ama hasta el extremo. Ahora comprendemos en toda su profundidad y amplitud las palabras del apóstol san Juan: «Carísimos, si Dios nos ha amado tanto, deber nuestro es amarnos unos a otros» (1 Jn 4,11). Y no podemos olvidar las palabras del Señor en su discurso de despedida: «Igual que mi Padre me amó os he amado yo. Manteneos en ese amor que os tengo... Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Seréis amigos míos si hacéis lo que os mando» (Jn 15,9.12-14). ¿No resuenan como un eco de estas palabras del Señor las que san Francisco, próximo a la muerte, dirige a sus hijos, entre los que estamos comprendidos también nosotros, exigiéndoles que se amen unos a otros, en señal de su recuerdo, bendición y testamento, como él los había amado y los amaba? Es algo extraordinario respecto al amor. Y quien por amor soporta la fragilidad de su prójimo es digno de ser proclamado dichoso.

«... en aquello en que querría ser soportado por él, si se encontrase en un caso semejante».

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27). Francisco aplica estas palabras del Evangelio a nuestro caso particular. ¿Acaso no sucede con frecuencia que, si se trata de nosotros mismos, tenemos hasta demasiada comprensión? Somos extremadamente tolerantes e indulgentes para con nuestra imperfección personal, para con nuestra fragilidad, para con nuestra volubilidad, inconstancia, excentricidades y malos humores. Si se trata de nosotros, rara vez nos faltan motivos de disculpa. Con rapidez y facilidad hacemos valer las circunstancias atenuantes. Por lo que esperamos que también los otros nos soporten como la cosa más natural. Nos parece evidente, igualmente, que los demás sean comprensivos con nosotros. Pero entonces viene a cuento aquello de como «querría ser soportado, si se encontrase en un caso semejante». Entonces tiene vigencia y debemos comprender el alcance de «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y por tanto, debemos estar mentalizados para permitir a los demás lo que exigimos para nosotros mismos, y dispuestos a hacer valer también para los otros lo que reivindicamos para nosotros.

Los traductores alemanes de los escritos de san Francisco traen a colación, a propósito de esta frase, las palabras del Señor en el Sermón de la Montaña, y no sin motivo: «Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos» (Mt 7,12); palabras de Cristo, a las que Francisco hace referencia frecuentemente (1 R 4,4; 1 R 6,2; 2 R 6,9). A estas palabras se las ha llamado con razón la regla de oro del Sermón de la Montaña. Pero, por desgracia, estas palabras no nos son tan familiares como aquellas otras del Antiguo Testamento: «Lo que no quieras para ti, no lo hagas a nadie» (Tob 4,15). La expresión de Cristo dice mucho más, ya que de hecho no es más que una forma diversa de enunciar el primer y principal mandamiento del Evangelio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

A ambos preceptos del Señor, Francisco les da, en esta exhortación, una importancia fundamental y una expresión precisa y eficaz para la vida de su fraternidad. Si somos, como hermanos y hermanas, hijos del Padre celestial, debemos entonces identificarnos con nuestros hermanos y hermanas: hacer nuestros sus problemas y preocupaciones, hacer nuestras sus necesidades. Todo cuanto afecta al hermano o a la hermana, nos afecta a nosotros; todo cuanto les preocupa, debe preocuparnos también a nosotros. Así como somos comprensivos para con nosotros mismos, así también debemos serlo para con los demás. Así como deseamos y esperamos para nosotros ayuda, perdón, tolerancia..., así también debemos ofrecerlos a los demás, pues también en cada uno de ellos encontramos a un hijo de Dios, a un hermano de Cristo, igual que lo somos nosotros.

CONSECUENCIAS PRÁCTICAS

En esta Admonición el padre san Francisco trata de una actitud eminentemente cristiana que debe actualizarse y crecer en nosotros, si el Evangelio ha de conformar nuestra vida, si queremos que sea nuestra forma de vida. Aquí se nos dan puntos de referencia para constatar si nuestras comunidades están realmente asentadas y construidas sobre una base cristiana, o son simplemente un conglomerado humano o un mero estar unos al lado de los otros. Es necesario que reflexionemos en lo que nos dice esta Admonición siempre que nos encontremos ante la «fragilitas», la debilidad e insuficiencia de los otros. ¿Cómo debemos comportarnos en tales casos, bajando al terreno netamente práctico?

1. Frecuentemente, lo que enjuiciamos en los demás como «fragilitas», como fragilidad, en el fondo, no es más que su «ser-otro», su alteridad y diversidad. El hecho mismo de que el otro sea distinto de nosotros, nos molesta. Sus costumbres, buenas o malas, pero diferentes de las nuestras, nos alteran los nervios. Nos duele que tenga opiniones y puntos de vista disconformes con los nuestros. Por lo cual resulta necesario ya aquí desmontar algún egoísmo.

Dice un proverbio chino: «Perdonar al otro su "ser-otro", su individualidad y diversidad, es el principio de la sabiduría». Por otra parte, según la Sagrada Escritura: «El temor de Dios es el principio de la sabiduría» (Sal 110,10). Todo ello significa que temer a Dios es tener respeto a su obra: temo a Dios si perdono a los demás su «ser-otro», si no critico ni llevo a mal que sean así como son, si los aprecio, a pesar de su «ser-otro».

Si tuviese yo tal respeto y aprecio, me resultaría más fácil soportar sus deficiencias. Si llego a considerar al otro obra de Dios creador y a respetarlo como tal, aunque sea una obra completamente distinta de la que soy yo, tal respeto y aprecio es en verdad el principio de la sabiduría.

2. Esta sabiduría brilla por su ausencia cuando desconsideradamente sacamos a relucir las deficiencias e imperfecciones de los demás, cuando agrandamos las faltas pequeñas y minúsculas de los otros, cuando empañamos o desvirtuamos lo bueno que hay en ellos. Este es un vicio contra el cual ya nos alertaron los Padres del desierto y todos los grandes fundadores de órdenes religiosas. Parece, pues, que se trata de un vicio típicamente monacal y claustral.

También Francisco nos pone insistentemente en guardia contra él: «Y a nadie insulten; no murmuren ni difamen a otros, porque está escrito: Los murmuradores y difamadores son odiosos para Dios» (1 R 11,7-8). A quienes hacen tales cosas, Francisco los llama perversos, porque «llevan el veneno en su lengua y envenenan a los demás» (2 Cel 182). Y pone al descubierto la raíz egoísta del tal proceder: a falta de probidad propia, se encubren atacando la honradez de los demás, y, careciendo de perfección de vida, quieren ganar prestigio constituyéndose defensores y jueces ficticios de la virtud (cf. 2 Cel 182-183). No sólo no están dispuestos ni preparados para soportar las deficiencias de los otros, sino que además tratan de sacar provecho de ellas. Donde se percibe el «mal olor» de las murmuraciones, falta el respeto y reverencia al Dios que crea de diversas maneras, falta también el amor al prójimo, que es una realización, actualización y demostración del amor de Dios. ¡Es sumamente importante no escandalizarse siempre y por cualquier cosa, pero, otro tanto, no dar escándalo! Dichoso es sólo el hombre que, por amor de Dios, soporta al otro, porque así permanece él mismo en el amor de Dios.

Sobre esta problemática, es fundamental el punto a que nos vamos a referir: no irritarse ni escandalizarse nunca, jamás ser causa de escándalo. Toda crítica despiadada y murmuración es infructuosa y destructiva, como subraya claramente el mismo Francisco: «Y guárdense todos los hermanos... de turbarse o airarse por el pecado o mal ejemplo del hermano, pues el diablo quiere echar a perder a muchos por el delito de uno solo; antes bien, ayuden espiritualmente, como mejor puedan, al que pecó, porque no son los sanos quienes necesitan del médico, sino los enfermos» (1 R 5,7-8).

Así como el soportar y tolerar a los demás conduce a la dicha y bienaventuranza en el amor de Dios, así también, pero al contrario, la actitud opuesta nos sitúa bajo el dominio de Satanás. ¿Tenemos suficientemente en cuenta todo esto?

3. ¿Y si encontramos a diario defectos notorios y verdaderos pecados en los otros? Entonces tienen siempre vigencia, en primer lugar, las palabras del Señor: «El que de vosotros no tenga pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7). El conocimiento lúcido de nosotros mismos y la humilde confesión de nuestros pecados delante de Dios, es siempre el camino más seguro para estar prontos y dispuestos a soportar, comprender y disculpar las flaquezas de los demás. Un buen examen de conciencia nos será muy saludable. Si soy consciente de que mis defectos y faltas son cargas que han de soportar los otros, si veo claro que mi «fragilitas» crea problemas a los demás y les hace la vida difícil, jamás se me ocurrirá arrojarles piedras. Tener conciencia de la propia fragilidad, de las propias imperfecciones y de las múltiples deficiencias, es dejar el camino libre a una auténtica caridad entre hermanos y hermanas.

4. Aquí son también de aplicación las palabras de san Pablo: «No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal a fuerza de bien» (Rom 12,21). Las deficiencias del prójimo son un problema, constituyen un peligro. ¡Nosotros queremos llevar este peligro y problema ante la presencia de Dios en la oración! En tales circunstancias, ¿quién soporta la fragilidad del otro, bajo cuyo peso sufre?: quien se sacrifica y ora a Dios. ¿Quién se pone junto al hermano o hermana en dificultad o peligro?: quien ora y se sacrifica por ellos. Esto sería una verdadera ayuda. Entonces el mal sería vencido por el bien.

En esta cuestión no podemos olvidar en absoluto las exhortaciones de nuestro Padre al respecto: «Y si vemos u oímos decir o hacer mal o blasfemar contra Dios, nosotros digamos bien y hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos» (1 R 17,19). Son tan claras y precisas estas palabras que no necesitan explicación alguna. Ellas nos muestran, de forma muy práctica, cómo podemos vencer al mal con el bien. Pero nos indican también cómo debemos estar dispuestos, antes de ello, a soportar las flaquezas de los demás.

Con todo esto se nos presenta bajo una nueva luz que el hombre es dichoso cuando soporta la fragilidad de su prójimo como querría ser soportado por él, si se encontrase en un caso semejante.

* * *

EL SIERVO BUENO DE DIOS

La vida franciscana es una «vida de penitencia». Según el sentido del Nuevo Testamento y de los escritos de san Francisco, así como de sus primeros discípulos y, en especial, de santa Clara, esto significa: nuestra vida debe ser una vida convertida, cambiada radicalmente. No puede seguir siendo en absoluto la vida que lleva el hombre a raíz del pecado original, una vida apartada de Dios y orientada siempre hacia sí mismo, como se la había propuesto el tentador a nuestros primeros padres: «Seréis como Dios y decidiréis vosotros mismos lo que es bueno y lo que es malo» (Gen 3,5). Desde entonces, ésta es la causa de toda acción pecaminosa: el hombre no quiere depender de Dios, sino que quiere ser el señor de sí mismo. Quiere vivir según el propio parecer, porque sólo estima como justo su propio querer. El pecado es, indiscutiblemente, alejamiento de Dios y repliegue del hombre sobre sí mismo, rebelión contra Dios. Por eso, la redención del hombre pecador, su retorno de todos los falsos caminos a Dios, consiste en el distanciamiento radical del hombre respecto de sí mismo, y en su acercamiento total e incondicional a Dios. Pero el hombre en pecado no puede, por sí mismo, realizar este cambio, esta conversión. Por esto vino el Hijo de Dios, se hizo hombre, como uno de nosotros, y, en la obediencia a Dios, fue nuestro redentor: «No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36), (cf. 2CtaF 4-10).

Con la fuerza gratuita de esta redención, podemos ahora cambiar la orientación errada de nuestra vida, darle un nuevo rumbo, conforme a las palabras del Señor: «El que quiera ser mi discípulo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24). Palabras estas que no fueron un mero enunciado en los inicios de la vida franciscana de penitencia. Esta conversión, esta penitencia hay que realizarla y actuarla a diario. Ello nos obliga a decir no a nuestro «yo», apartado y desconectado de Dios, para poder decir sí a Dios y a su voluntad, y reconocerlo como el Señor de todo en nuestra vida. Allí donde esto se realiza por la gracia de nuestra redención, allí está el Reino de Dios, en el cual Él puede ser Señor y Rey. Por eso, la predicación de nuestro Redentor comienza con esta admonición: «Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Haced penitencia, es decir, cambiad vuestra mentalidad y creed en el evangelio» (Mc 1,15). El Reino de Dios, la Iglesia, surge de la muerte por obediencia de Cristo; y por lo mismo, también hoy, el Reino de Dios, la Iglesia, crece por nuestra participación en la obediencia de Cristo.

En este a Dios, que el hombre puede pronunciar y realizar de nuevo libremente gracias a la fuerza de la redención por la obediencia de Cristo, nosotros somos, como dice san Pablo: «cooperadores de Dios» (1 Cor 3,9). Santa Clara, en su Carta IV a santa Inés de Praga, escribe: «... y, para decirlo con las mismas palabras del Apóstol, te considero colaboradora del mismo Dios y sostenedora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable», es decir, de la Iglesia.

Tenemos la obligación y el deber de colaborar. Si cumplimos a satisfacción este deber, entonces nos realizamos a nosotros mismos, creados a imagen y semejanza de Dios (Gén 1,26). De aquí que el hombre redimido, y sólo el hombre redimido, se convierte en el auténtico hombre, el hombre por excelencia, libre por el «no» que dice a sí mismo y por el «sí» que dice a Dios. El hombre genuino es, pues, el hombre obediente a Dios o, como dice la Escritura, el siervo de Dios. Resulta difícil a los hombres comprender esta aparente contradicción: sólo en la sumisión a Dios, como siervos obedientes de Dios, llegamos a ser libres, como hijos de Dios.

Ahora bien, aunque somos hombres redimidos, persiste todavía en nosotros el peligro de que reemprendamos una vez más el camino de Adán y la posibilidad de que adoptemos nuevamente su postura y actitud. Pero, siempre y en cualquier caso, constataremos que quien cede a la tentación de pretender ser el señor de sí mismo, se convierte, por el contrario, en un verdadero esclavo de sí mismo. Y esto sucede no sólo a la hora de las graves decisiones, en las acciones ambiguas y pecaminosas, sino también y quizá más frecuentemente en las cuestiones pequeñas y en las actitudes internas oscuras, insignificantes en apariencia, que difícilmente afloran al exterior. A una de esas actitudes internas, de capital importancia, se refiere Francisco en la segunda parte de la Admonición 18.

RECONOCIMIENTO A DIOS POR SU OBRA EN NOSOTROS

Como es evidente, también en esta exhortación Francisco prosigue sus bienaventuranzas. En ella añade una nueva e importante estrofa al gran himno a la humildad interior que él canta en sus exhortaciones. Y hemos de subrayar también que esta exhortación está informada completamente por el espíritu del Evangelio. Sólo puede ser comprendida, consiguientemente, desde la visión global del Evangelio. Esto se hace patente desde la primera frase.

«Dichoso el siervo que restituye al Señor Dios todos los bienes».

La primera faceta a destacar es la que Francisco expresa con la palabra «siervo» de Dios. Según el Evangelio, es digno de elogio sólo el siervo que permanece obediente a Dios, que realiza lo que el Señor le ha encomendado. Recordemos lo que hemos dicho sobre la palabra «dichoso». Es dichoso el hombre que vive rectamente a los ojos del Señor, que permanece en paz con Él. Podemos añadir: dichoso es el hombre que se ha reintegrado al amor de Dios; dichoso, pues, el hombre que, redimido, vuelve a la obediencia incondicional a Dios, el hombre para quien Dios es de nuevo el Señor y el Padre. Dichoso el hombre que reconoce en todo el señorío de Dios. El hombre alcanza esta dicha y bienaventuranza cuando, como hemos visto más arriba, soporta en la caridad a su prójimo, siguiendo el ejemplo de amor que nos dio Cristo; cuando, en caridad, se olvida de sí mismo, pospone toda repugnancia natural y toda antipatía, para ayudar a los demás. Esto es hacer penitencia en el sentido del Testamento de san Francisco («El Señor me dio... el comenzar a hacer penitencia... me llevó entre los leprosos y yo...»).

Pero Francisco nos enseña aquí otra vertiente que conduce a la dicha y bienaventuranza del hombre redimido, un segundo camino, otra forma de «hacer penitencia», de convertirse, de decir «no» a sí mismos y «sí», un «sí» total a Dios; nos muestra una segunda manera de realizar en nosotros y por medio nuestro el Reino de Dios.

Para mejor comprenderla debemos ser conscientes del peligro que acecha nuestra vida. Precisamente las personas que abrazan una vida específicamente religiosa, que tienen una «forma especial» de dedicación a Dios, que están dadas a la piedad y devoción, tienen, de modo particular, el gran peligro de atribuirse a sí mismas, de considerar como propio, lo que de bueno Dios realiza en ellas y por medio de ellas, como si lo realizasen ellas; tienen el riesgo de contabilizar como producción propia lo que Dios mismo obra y actúa en ellas. Se envanecen a causa de sus «devotas» aportaciones y de sus acciones piadosas. Se miran complacidas a sí mismas por aquello que creen hacer por Dios. Por ello, se sitúan y permanecen en el terreno resbaladizo y tentador de estimar excesivamente valiosas sus menguadas obras que, en definitiva, practican por fruición personal, creyendo realizarlas por Dios.

¿No olvidan estas personas piadosas y devotas, sean religiosos o simplemente cristianos, que es Dios el Señor quien nos creó, y que a Él le debemos todas nuestras fuerzas, aptitudes, talentos? ¿No olvidan que es Dios quien nos ha redimido en Cristo, y quien al redimirnos nos ha capacitado para realizar algo «bueno» ante Él y para Él? ¿No olvidan que todo bien, en última instancia, es realizado por Él y a Él solo pertenece? Así el hombre se distancia nuevamente de Dios, adentrándose y encerrándose en sí mismo. Es sorprendente la fuerza con que el pecado de Adán influye en el área de la religiosidad e imposibilita la realización del Reino de Dios, precisamente allí donde más intensamente debiera actuarse.

Más peligroso todavía es que ese real distanciamiento interior de Dios, en medio de las presiones externas, se disfrace de servicio y amor a Dios. Tales hombres no son «dichosos» en cuanto siervos de Dios, sino infelices y, como los llamaría Francisco, «ladrones del tesoro divino» (2 Cel 99). No son, pues, bienaventurados siervos de Dios, porque roban y usurpan la propiedad de Dios. Pertenecen a la categoría de los fariseos; no están convencidos de su pobreza, de que son pobres interiormente, porque olvidan que Dios, el «Gran Limosnero», les ha concedido todo cuanto tienen, de suerte que sólo podemos ofrecerle algo de «sus propios dones y obsequios», como confiesa la misma Iglesia en el Canon romano: «... te ofrecemos... de los mismos bienes que nos has dado...».

El auténticamente pobre reconoce que todo bien es patrimonio de Dios, como lo hace Francisco en una exhortación a los hermanos menores: «Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza (cf. Mt 12,30) y poder (cf. Mc 12,33), con todo el entendimiento, con todas las energías (cf. Lc 10,27), con todo empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los quereres y voluntades, al Señor Dios (Mc 12,30), que nos dio y nos da a nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvará, que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos» (1 R 23,8). En esta gratitud del verdaderamente pobre se muestra una forma fundamental de la reflexión del auténtico «hacer penitencia», y esto mediante una muy penosa renuncia de sí mismo y una total entrega a Dios. En esta actitud del auténticamente pobre, Dios permanece como el verdadero Señor, porque el siervo devuelve a Dios, el Señor todas las cosas, todos los bienes que tiene.

«... pues el que se reserva alguno de los bienes para sí, esconde en sí mismo el dinero de su Señor...».

¡Nada tenemos para dar a Dios sino los mismos bienes que Él nos ha dado antes! Francisco nos expone, una vez más y de forma precisa, lo que hemos venido analizando hasta aquí, valiéndose para ello de la parábola evangélica de los talentos que el Señor confía a sus siervos para que los hagan rendir. ¿Qué hubieran podido hacer los siervos si el Señor no hubiese puesto a su disposición el dinero, los talentos? No habrían hecho nada, no hubieran logrado fruto alguno. Cuanto consiguieron realizar, sólo les fue posible gracias a lo que el Señor les había dado. Sus logros se debieron a la magnanimidad y generosidad de su Señor. Así sucede también con nosotros, sobre todo en nuestra vida religiosa. Porque también nosotros trabajamos aquí -por seguir los términos de la parábola- con dinero ajeno, con talentos ajenos, precisamente con el dinero y talentos que Dios pone a nuestra disposición, y, por consiguiente; nada nos pertenece. Todo es y permanece patrimonio de Dios. Y a Él debemos devolverlo.

El que considera los bienes como obra personal propia y quiere retenerlos como suyos; el que no reconoce que todo es propiedad de Dios y no le restituye cuanto tiene de bueno, estimándolo propiedad suya; ese tal usurpa a Dios lo que es de Dios, quiere apropiarse lo que a solo Dios pertenece, a fin de sacar provecho para sí mismo. Pretende ocultar en sí y para sí el dinero y talentos de su Señor.

«...y, lo que creía tener, se le quitará».

El hombre puede obrar «como si...»; como si él tuviera algo; se lo cree y vive con la ilusión de ser alguien. Se engaña a sí mismo radicalmente sobre el concepto y derecho de verdadera propiedad. Por esto, se sentirá totalmente desilusionado el día en que -Francisco apunta este particular con palabras del mismo Evangelio- el Señor lo llame a rendir cuentas. Entonces quedará al descubierto la infelicidad de este hombre, su terrible tragedia. Este hombre, en verdad, no tiene nada. Dios toma de nuevo lo que es suyo y este hombre, que se creía tan rico, se queda con las manos vacías. Este tal será juzgado severamente. Entonces verá con claridad meridiana que ha cometido la más lamentable equivocación.

Francisco, al apuntar brevemente ese terrible desenlace, nos advierte que en su Admonición no expone meros pensamientos edificantes, ni piadosas ideas, sino que trata realidades tremendamente serias, fundamentales, para nuestro adecuado comportamiento y relación con Dios, para nuestra vida de penitencia más íntima, para el definitivo cambio del corazón, bíblicamente hablando, para la bienaventuranza o condenación del hombre. Con esta breve y sencilla expresión, Francisco enuncia una verdad bíblica fundamental, tratando de aplicarla a nuestra vida. Él la articula de forma tan lógica que resulta fácilmente comprensible. Intentemos, pues, ahondar en el sentido de sus palabras mediante algunas consideraciones prácticas.

CONSECUENCIAS PRÁCTICAS

1. Francisco está plenamente convencido, como lo demuestran todos sus escritos, de que ningún don de Dios puede ni debe ser recibido por el hombre de forma meramente pasiva. Toda gracia que viene de Dios ha de actualizarse en un mutuo y recíproco actuar de Dios, el dador, y del hombre, el receptor; ha de conducir a una colaboración entre Dios y el hombre, así como toda palabra que Dios nos comunica debe realizarse, debe llevarnos a un diálogo y conversar entre Él y nosotros. Pero esto no debe reducirse a un diálogo intelectual, a un puro raciocinio, ni a una conversación intrascendente, sino que debe ser un diálogo en el que la palabra y la vida se conjuguen, constituyan una unidad indivisible, como dice el evangelista san Juan: «Para saber si conocemos a Dios, veamos si cumplimos sus mandamientos. Quien dice: "Yo lo conozco", pero no cumple sus mandamientos, es un embustero» (1 Jn 2,3); y: «El que peca no le ha visto ni le ha conocido» (1 Jn 3,6).

Francisco denomina con precisión este diálogo auténtico, que alcanza y compromete a todo el hombre y a toda su vida, con la palabra «reddere», restituir; debemos devolver a Dios, de palabra y de obra, lo que de Él hemos recibido, en su palabra y en su actuar. Al «dar», por parte de Dios, debe unirse íntimamente, como respuesta, nuestro «restituir». Su dar nos compromete a un devolver. Entonces se llega al conocer bíblico en el que «conocerse» y «unirse» o «desposarse» son idénticos. Entonces poseeremos a Dios, porque Él habrá tomado posesión de nosotros; Él nos pertenecerá, porque le pertenecemos, como dice el mismo Señor en el Evangelio: «Al que tiene, se le dará más; al que no tiene, aun aquello que tiene le será quitado» (Mt 13,12). En este «restituir» vemos auténticamente concretizado el «vivir sin nada propio» franciscano, como función fundamental de la vida cristiana, a través de la cual Dios es glorificado y el hombre dichoso.

2. Nos encontramos inmersos en una reflexión seria. La gravedad de las palabras con que Francisco nos amonesta, exige de nosotros un profundo examen de conciencia, mucho más fundamental que los exámenes que solemos hacer a diario, pues trata de un asunto del que depende nuestra propia condenación o salvación. ¿Qué sucede en nosotros respecto a esta cuestión?, ¿cómo anda nuestra vida religiosa? ¿Damos verdaderamente gloria a Dios en todo cuanto somos y hacemos? ¿Reconocemos y somos conscientes en todo, por todo, con todo, de que Dios nos lo ha dado y nos lo da todo, nos sentimos obsequiados por Dios en todo y con todo? Reconoceremos si estamos profundamente convencidos de ello, por nuestra gratitud y reconocimiento. ¿Doy gracias a Dios, de todo corazón, porque me ha creado, por las fuerzas, talentos y cualidades que me ha dado, por todo cuanto me ha hecho capaz de realizar? ¿Lo devuelvo y restituyo todo a Dios con profunda y sincera gratitud, como santa Clara, cuya última plegaria fue: «¡Tú, Señor, bendito seas porque me has creado!»? ¿Agradezco de corazón a Dios mi redención, mi pertenencia a la Iglesia y a la Orden, mi vocación? ¿Le damos gracias como Francisco en su primera Regla y como Clara en su Testamento?

Hay todavía otra forma de conocer si damos gloria a Dios en todo. Concretémoslo en unas cuantas preguntas concisas: ¿cómo reacciono y me comporto cuando soy alabado, encomiado, cuando se me dispensa gratitud y reconocimiento? ¿Remito a Dios todas esas alabanzas y reconocimientos? ¿Se lo restituyo todo a Él o retengo algo para mí? ¿Glorifico a Dios o me envanezco a mí mismo? Demos una respuesta sincera y veraz a estos u otros interrogantes semejantes. De las cuestiones que nos plantean y de las respuestas que les demos con nuestra vida depende el «Dichoso el siervo...».

3. Debemos reconocer que Dios nos ha dado todo bien y estarle agradecidos, no sólo de palabra y en espíritu, en nuestra actitud interior y en nuestra oración, sino también con toda nuestra vida y a lo largo de toda ella. ¿Cómo hacerlo? La respuesta nos la señala la parábola evangélica de los talentos repartidos a los siervos. Debemos hacer rendir los talentos recibidos, trabajar con ellos; usar bien los dones del Señor y hacerlos productivos; ser los colaboradores del Señor y, con la aportación de nuestro trabajo, multiplicar lo que hemos recibido; pero no para nosotros mismos, sino para el Señor Dios; no como a nosotros nos place, sino como le place a Él; no para provecho nuestro, sino para glorificar a Dios.

4. Sin duda, todos somos conscientes de nuestra responsabilidad ante Dios, ante su palabra y su acción; pero tal vez olvidemos con demasiada facilidad que, según la doctrina bíblica, el conocimiento no se puede separar de la vida, ni la vida del conocimiento, sino que ambos constituyen una unidad indivisible. En todas las vertientes de nuestra vida, en todas sus facetas, incluso en las cosas más pequeñas e irrelevantes, y precisamente en éstas que nosotros omitimos de mil amores en el dietario de cuentas, en todas, sin excepción, tiene vigencia el «restituir», a todas debe alcanzar e informar nuestra actitud y voluntad de devolverle a Dios todas las cosas, pues suyas son. Todo en nosotros debe convertirse en una respuesta a Dios, de quien hemos recibido cuanto tenemos: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si de hecho lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?» (1 Cor 4,7). Nuestra oración y las acciones litúrgicas, nuestro estudio, vida en comunidad, cualquier actividad..., todo cuanto debemos hacer y no hacer, todo debe quedar envuelto, inspirado e impulsado por el espíritu del «restituir». Esto hará de nuestra vida entera una glorificación verdadera de Dios. Englobadas en el ámbito de tal respuesta vital nuestra, las muchas y pequeñas cosas de nuestro quehacer y tarea cotidianos, que con frecuencia amenazan dispersarnos y desconcertarnos, se resolverá y convertirá todo en la unidad interior, por cuanto «todo» lo que de bueno tenemos y hacemos se «restituye al Señor Dios», y, en esta glorificación de Dios, seremos dichosos.

Si dirigimos hacia Dios, a honra suya, todo cuanto Él nos ha dado y confiado, si se lo devolvemos todo por entero, llegaremos a ser verdaderamente pobres, ya que nada retendremos para nosotros mismos, hombres de penitencia, dignos de ser llamados dichosos. Mantengámonos, pues, justo en toda esta línea de conducta, como nos pide Francisco próximo a la muerte: fieles y leales a «Dama Pobreza», que se nos convertirá en el camino que conduce a la tierra de los vivientes.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. VI, núm. 18 (1977) 336-349]

Th.-A. Ribot: El Buen Samaritano

EL HUMILDE SIERVO DE DIOS
Meditación sobre la Admonición 19.ª de San Francisco

por Kajetan Esser, OFM

[Título original: Die neunzehnte Ermahnung des hl. Franziskus, en Brüderlicher Dienst enero-marzo (1971) 2-6]

«Bienaventurado aquel siervo que, cuando es engrandecido y ensalzado por los hombres, no se tiene por mejor que cuando lo juzgan por vil, simple y despreciable. Porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más. ¡Ay de aquel religioso que, colocado por otros en algún lugar alto, por su voluntad no quiere bajarse! Y bienaventurado aquel siervo que contra su voluntad es puesto en lugar alto y siempre desea estar bajo los pies de los otros» (Adm 19).

Las exhortaciones de nuestro padre san Francisco sobre la pobreza interior y sus reiteradas alusiones a la humildad constituyen un cántico sublime a estas virtudes, ya que «la verdadera humildad consiste en la pobreza en el espíritu» y viceversa. Esto representa para los hombres de nuestro tiempo, especialmente para la juventud, un auténtico problema. Si existe alguna virtud cuyo ejercicio resulta harto difícil ésa es precisamente la humildad. Debemos reconocer honradamente que hoy día apenas si acertamos a estructurarla debidamente y, en consecuencia, su posesión o la puesta en práctica resulta un tanto ridícula al hombre moderno. Desde la glorificación del «hombre-héroe» en tiempos recientes, la humildad cristiana se ha convertido, si no en teoría, por lo menos prácticamente, en una realidad de difícil existencia. El silencio en este tema es preferible a la plática ya que oír hablar de la humildad puede incluso resultar excesivamente penoso. En una palabra: no sabemos qué hacer con la humildad.

Los grandes santos dicen al respecto que la humildad constituye una preparación decisiva para la vida de unión con Dios. No en último término insiste san Francisco y nos exhorta repetida y encarecidamente a una vida de humildad. ¿Cuál ha de ser nuestra actitud al respecto? La dificultad de una respuesta puede radicar, tal vez, en que el hombre moderno ha perdido la noción de la auténtica humildad. Muchos libros piadosos han hecho una descripción tan desdichada del «hombre humilde» que sus ejemplos han carecido, con toda razón, de utilidad práctica para el lector. Lo que muchas veces se ensalza como humildad, se aproxima muy de cerca a la infidelidad, a la simulación, a la falsedad o incluso a la mentira, y no pocas veces, por desgracia, a una convulsión o a una opresión interna. Por eso será bueno que aprendamos una vez más la doctrina de san Francisco sobre la humildad, su naturaleza y el modo de ejercitarla debidamente.

I. EXPLICACIÓN DEL TEXTO

La simple lectura del texto evoca ya que la humildad, según el concepto de san Francisco, tiene ciertamente que realizarse en la relación de hombre a hombre; pero la razón de su fundamento hay que buscarla en la relación del hombre con Dios. Sin este fundamento, su existencia en las relaciones humanas sería de todo punto imposible. Donde falta este fundamento, la virtud de la humildad adquiere ciertas deformaciones grotescas que sólo sirven para abundar en su descrédito general. Para no incurrir en igual desprestigio sopesaremos cuidadosamente cada una de las frases de la siguiente consideración.

«Bienaventurado aquel siervo que, cuando es engrandecido y ensalzado por los hombres, no se tiene por mejor que cuando lo juzgan por vil, simple y despreciable».

Estas palabras señalan la actitud fundamental del hombre tal como Francisco la consiguió en su propia vida. Francisco, el rey de la juventud de Asís, tras el cual corría todo el mundo, ante el que se inclinaban reverentes el papa y los cardenales, sabía por propia experiencia cuán grande puede ser la tentación al verse engrandecido y ensalzado por los hombres, y, al decir de sus biógrafos, tuvo que luchar arduamente en su vida contra la influencia determinante que los dichos y pensamientos de la gente puede ejercer en la conducta del individuo. Muchas de sus exhortaciones nacieron ciertamente de esta experiencia.

¡Francisco sabía bien de qué prevenir! ¿No se da esta tentación también en nuestra vida? ¿No nos dejamos guiar fácilmente por lo que nuestros hermanos piensan y comentan de nosotros? ¿No orientamos nuestra conducta con la secreta esperanza de inspirar en los demás una buena opinión de nuestros actos? Si éstos son reconocidos y elogiados, es decir, si se habla bien de nosotros, fácilmente nos lo creemos para imaginar, acto seguido, que somos realmente como los demás dicen y piensan de nosotros y así ufanarnos y enorgullecernos de nosotros y de nuestras propias obras; con íntima satisfacción aceptamos el incienso que se quema a nuestros pies. Llegados a este punto, nos encontramos ante la situación que Francisco comenta en la primera sentencia de su Admonición. El beato fray Gil, con rasgos más concretos y expresivos, describe esta misma situación, convirtiéndose en este caso en el intérprete fiel del padre san Francisco. Cierto día le dijo un individuo: «Cuando una persona elogia alguno de mis actos, mi corazón se envanece de manera singular». A lo que fray Gil le contestó: «Si un pobre desgraciado, todo magullado y con aspecto cadavérico, cubierto de sucios harapos y completamente descalzo, oyera de las gentes que corren a su lado: "Salve, señor mío, eres rico y hermoso en extremo y estás cubierto con vestidos preciosos y hermosos". ¿No sería un loco, si se complaciera en tales cortesías y llegara a considerarse según la descripción de las gentes, sabiendo que en todo se ha procedido de manera distinta a la realidad?». Difícilmente podría lograrse una descripción más truculenta de la locura del pecador que la trazada aquí con los rasgos que describen la presunción y el orgullo del hombre. El culto al propio yo se convierte en presunción y en orgullo, en vanagloria y engreimiento, anulando de este modo la existencia de la auténtica humildad. Y porque el hombre se mira a sí mismo, no como es, sino prefiriendo más bien abandonarse a las lisonjas de los aduladores, se vuelve ciego para consigo mismo. La verdadera humildad consiste en tener una visión exacta del propio yo, fundamentada en la premisa primordial de una autocrítica sincera, con la que conseguir una indiferencia total frente al reconocimiento y alabanza de los hombres. Lo que importa realmente es el cumplimiento del deber ejercido libre e independiente de toda alabanza y favor humanos.

Aquí podríamos aludir a otro punto complementario. Por más que intente uno librarse de la presunción y del orgullo, del engreimiento y de la vanagloria, como expresión idolátrica del propio yo, existe otro culto mucho más peligroso: la idolatría del propio yo cuando se reviste éste con el mismo ropaje de la humildad. Esta forma tiene su expresión cuando, con consabida «humildad», uno se rebaja a sí mismo haciéndose despreciable a los demás con el fin de llamar la atención; cuando por una autocorrección pretende ganar las alabanzas ajenas; o cuando intenta de los demás el reconocimiento de una humildad de la que sólo él está convencido. Pero ¡ay! si alguien acierta a descubrir sus faltas, sus miserias, su incapacidad, y no resta al punto, como es de esperar, importancia a los hechos, para publicar igualmente sus buenas cualidades. Entonces se manifestará lo que se ocultaba tras la propia acusación: un afán desmesurado del favor y de la alabanza humanos sin atisbo de una auténtica humildad. El hombre es capaz de cualquier acción con tal de recibir el beneplácito y la alabanza de los demás.

«Porque cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más».

Con esta concisa frase pone de manifiesto Francisco nuevos puntos de vista. Esta frase es un compendio de la auténtica humildad y, con toda razón, el fundamento de esta virtud; ya que la humildad se identifica con la verdad según manifestación de fray Gil a sus compañeros: «La criatura no es nada comparada con el Creador». La humildad brota súbitamente de la meditación constante en la grandeza de Dios y de la consideración de nuestra propia miseria. El hombre no debe compararse con sus semejantes ni querer reflejarse en la opinión de los demás, como se desprende de la sentencia descrita arriba; más bien, debe tender siempre hacia Dios para mirarse en cierto modo en la perfección divina según dijo Dios a Abrahán: «Anda en mi presencia y sé perfecto» (Gén 17,1); y por medio de su Hijo nos encarece: «Vosotros, pues, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).

Sólo el pensamiento y la palabra de Dios pueden ser decisivos en la vida del individuo; no, lo que el hombre piensa y dice de su semejante. Quien se atiene a esta medida, permanece siempre en la humildad, pues, se considera con toda propiedad el más grande pecador imitando a san Francisco que humildemente confesaba de sí mismo: «Soy el más grande de los pecadores; pues si Dios hubiera mostrado a cualquier malhechor tanta misericordia como ha usado conmigo, ciertamente sería diez veces mejor que yo». El beato Gil decía muy gráficamente: «Si piensas en las bondades de Dios, inclina la cabeza; y si consideras tus pecados, inclínala igualmente». De la consideración constante de lo que Dios ha hecho por nosotros y de lo que nosotros hemos conseguido con el bien recibido, se desvanece toda presunción y orgullo. De esta consideración brota aquella humildad que el beato Gil expresó en la oración: «Señor, ¿qué somos ante Ti? Si Tú apartas de nosotros el bien que de Ti hemos recibido, nos convertimos en los seres más viles de la creación». Lo cual viene a responder a lo dicho por Francisco: «Cuanto es el hombre delante de Dios, tanto es y no más». Y mirado desde el ángulo divino: ¿qué somos además de esto?

«¡Ay de aquel religioso que, colocado por otros en algún lugar alto, por su voluntad no quiere bajarse!».

¡Desgraciados de nosotros si usamos unas medidas falsas y no las de Dios! ¡Ay de nosotros si dependemos del decir de los hombres, sobre todo de los que se dicen «nuestros amigos» y en realidad no lo son! ¡Ay de nosotros si a continuación nos vemos colocados en un pedestal y en nuestra propia complacencia nos negamos a descender de allí! Al final todo se convertirá en obcecación y en engaño personal. Cuando llegue el momento de pronunciar Dios su juicio sobre nosotros, surgirá el desengaño, pues entonces advertiremos claramente que somos distintos de como habíamos imaginado. Fray Gil expone una vez más con rasgos muy perfilados: «El que se apropia lo bueno, propiedad de Dios, es, a su vez, desposeído por el mismo Dios; y el que nada se apropia por adjudicarlo todo a Dios, ése recibe los bienes que el mismo Dios ha creado». Con estos términos manifiesta fray Gil la relación vital entre pobreza y riqueza, entre el afán de ser rico y la soberbia, al mismo tiempo que evidencia de plano el contraste entre el fariseo y el publicano. En sus palabras se confirma con evidente notoriedad que la humildad forma parte de la esencia del cristiano, al que no podemos imaginar sin la posesión de esta virtud.

«Y bienaventurado aquel siervo que contra su voluntad es puesto en lugar alto y siempre desea estar bajo los pies de los otros».

Con esta sentencia final perfila Francisco el sentido de la verdadera humildad cristiana practicada por el siervo de Dios. Comprende dos aspectos: en primer lugar, desprenderse de la voluntad de aparentar más de lo que uno es o, al decir de Francisco, carecer de la voluntad de «ser puesto en lugar alto», es decir, querer ser también ante los demás, lo que somos ante Dios. El hombre verdaderamente humilde debe estar en condiciones de arrostrar la verdad sobre su persona ante Dios y ante los hombres. En segundo término, la verdadera humildad cristiana del siervo de Dios, consiste en una disposición de servicio total, o, con expresión gráfica de Francisco: «en un deseo contante de encontrarse a los pies de los demás», en disposición de servirles en todo lo que sea de su agrado. El pleno convencimiento personal de ser el menor entre los siervos de Dios, da derecho a los demás para solicitar mis servicios. La palabra alemana DEMUT (humildad) expresa preferentemente el significado de «ánimo para servir»; de este modo la humildad se convierte en el ánimo de servir a todos por igual y no sólo a los escogidos o elegidos.

Esta es, por cierto, la auténtica humildad franciscana, tal como la define el beato Gil en una de sus sentencias: «Ser fraile menor significa ponerse a los pies de todo el mundo; pues cuanto más desciendo, tanto más asciendo; y por esta razón dijo Francisco que el Señor le había revelado que se llamarían hermanos menores». Si con pleno convencimiento de causa nos ponemos en disposición de servir a todos, viviremos como verdaderos hermanos y hermanas menores siguiendo de este modo la invitación del Padre que nos apremia a imitar «al Señor Jesucristo en su pobreza y humildad».

2. CONSECUENCIAS PRÁCTICAS

Aunque en el curso de nuestro estudio hemos hecho una serie de sugerencias prácticas para el uso cotidiano, convendría no obstante realzar, una vez más, los puntos doctrinales más importantes.

1. La cuestión sobre la necesidad de practicar la humildad ha sido planteada por Francisco justamente en el contexto de los problemas decisivos de la vida cristiana. Esta cuestión es concluyente para Francisco y nosotros no podemos situarla en un plano inferior de orden secundario, antes al contrario, debemos aceptarla formalmente, ya que de su práctica en la vida depende nuestra bienaventuranza o nuestra reprobación. Como cristianos e imitadores del humilde Francisco, ¿somos nosotros también humildes? ¿Somos sinceros con nosotros mismos, con nuestro prójimo, con el mismo Dios? ¿Estamos dispuestos al servicio de los demás?

2. Para ser humildes en ese sentido oigamos de nuevo las palabras del beato Gil de Asís: «Yo veo en el germen de la humildad la restitución de lo ajeno, y no su apropiación; la cesión a Dios, como Dueño, de todo lo bueno, y la reserva para sí de todo lo malo». Dicho en una palabra: «¿Qué es humildad? la restitución de lo ajeno». Observemos que el beato Gil emplea la palabra «germen» al hablar de la humildad; ésta, en realidad debe brotar y crecer en sí misma, sin necesidad de cultivarla bajo una vigilancia constante y personal. El único suelo en el que puede lograrse su crecimiento es el de la pobreza interior, como ya lo dejó escrito el beato Gil. Cuanto más sólida sea la pobreza, tanto más evidente será la humildad.

3. Por eso debe importarnos mucho lo que Dios piensa de nosotros. Busquemos agradar sólo a Él y nunca a los hombres; hagamos todas las cosas con la mirada puesta en Dios; en nuestra conducta a seguir, no nos dejemos guiar por los designios humanos, antes bien, procuremos adivinar lo que Dios piensa de nosotros; o, acaso, ¿nos interesa con preferencia el concepto que los hombres forman de nosotros? ¿Poseemos realmente esa libertad interior que tan sólo se concede a los verdaderamente pobres que nada quieren para sí? En caso afirmativo, ya no nos compararemos con los demás, sino que desearemos ser como Dios quiere que seamos, «dando gracias al Creador por todos sus bienes». Llegados a este punto, el individuo ya no importa nada; sólo importa Dios.

4. Puestos en esta actitud, estaremos en condición de servir a todos por igual y, convencidos con san Francisco, podremos decir: «Ya que soy siervo de todos, vengo obligado en servir a todos» (2CtaF 2). En este servicio nos convertimos en hermanos y hermanas menores de todos, sabedores de que nada poseemos ante Dios y de estar destinados a la condición de siervos.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. I, núm. 3 (1972) 69-74]

Indice Capítulo siguiente

 


Volver