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| DÍA 23 DE DICIEMBRE
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* * * San Ivo de Chartres. Nació en las cercanías de Beauvais (Francia) hacia el año 1040. Estudió en París y en Le Bec, y tuvo entre sus maestros a Lanfranco, célebre jurista, y a san Anselmo como condiscípulo. Reformó varios monasterios de Canónigos Regulares. El año 1090, en Capua, el papa Urbano II lo consagró obispo de Chartres. Tuvo problemas con el rey Felipe I por su boda ilegítima. Trabajó con gran celo en su diócesis, se adhirió a los esfuerzos reformadores del papa Pascual II, promovió la concordia entre el clero y el poder civil, escribió sermones y obras importantes de derecho canónico. Murió el año 1116. San José Cho Yun-ho. Nació en Corea el año 1847 y era hijo del mártir san Pedro Cho Yun-ho. Trabajó en una granja, a los 18 años contrajo matrimonio y al año siguiente lo arrestaron junto con su padre. Para conseguir que apostatara, le propinaron toda clase de tormentos, maltratos e insultos, incluso le dijeron que su padre había apostatado. Él reafirmó una y otra vez su fidelidad a Cristo. Por último fue asesinado el 23 de diciembre de 1866 en Tjyen-Tiyon (Corea), cuando tenía 19 años de edad. San Juan Stone. No tenemos datos de su vida anteriores a la persecución desatada contra los católicos de Inglaterra por el rey Enrique VIII. El 14 de diciembre de 1538 un agente real llegó al convento de los Agustinos en Canterbury para suprimir el convento. Muchos religiosos, por miedo, prestaron el juramento de fidelidad, pero Juan Stone se negó a reconocer a Enrique VIII como cabeza de la Iglesia y defendió la supremacía religiosa del Papa. Lo encarcelaron, lo torturaron y trataron de conseguir su adhesión al cisma, pero en vano. Condenado como traidor, lo ahorcaron y descuartizaron en Canterbury el año 1539. San Sérvulo el Paralítico. Según refiere el papa san Gregorio Magno en el Libro de los Diálogos, Sérvulo era paralítico desde niño y de él cuidaban su madre y su hermano. Recostado en el pórtico de la basílica romana de san Clemente, pedía limosna que luego compartía con los demás pobres. Lleno de piedad y de humildad, daba siempre gracias a Dios incluso en los sufrimientos y privaciones. Murió en Roma el año 590. Santos Teódulo y compañeros mártires. En Gortina (isla de Creta), el año 250, durante la persecución del emperador Decio, los diez santos: Teódulo, Saturnino, Euporo, Gelasio, Euniciano, Zótico, Poncio, Agatopo, Basílides y Evaristo, por haberse negado públicamente a obedecer la orden de ofrecer sacrificios en la dedicación del templo de la diosa Fortuna, sufrieron muchos suplicios y murieron finalmente decapitados. San Torlac. Nació en Islandia el año 1133 y muy joven recibió la ordenación sacerdotal. Estudió luego en París y en Lincoln. Ingresó en los Canónigos Regulares de San Agustín, de los que fue superior y para los que fundó un nuevo monasterio. El año 1178 fue elegido obispo de la Islandia meridional. Fomentó la independencia de la Iglesia frente a la excesiva ingerencia de los patronos laicos. Fue un buen pastor, de recta doctrina e íntegra moralidad, que cuidó la reforma y mejora espiritual del clero y del pueblo. Murió el año 1193 en Skalholt (Islandia). Beatos Enrique Izquierdo Palacios y 8 compañeros mártires, Dominicos. En el curso de la persecución religiosa en España, el 22-XII-1936 los milicianos apresaron a los miembros de la comunidad dominica de Las Caldas de Besaya (Cantabria) y los llevaron a la checa Neila de Santander. En la noche del 22 al 23 los arrojaron mar adentro en la bahía de Santander, con los brazos atados al cuerpo y un peso grande adosado al cuerpo, para que murieran ahogados. Enrique Izquierdo nació en Oviedo (Asturias) el año 1890, profesó en 1906 y fue ordenado sacerdote en 1914. Enseñó en las escuelas apostólicas de su Orden y en 1936 era superior y director de la de Las Caldas de Besaya. Enrique Cañal nació en Corias, Cangas de Narcea (Asturias) en 1869, profesó en 1885 y fue ordenado sacerdote en 1891. Ejerció un gran apostolado en sus casas de formación y en la atención a las monjas. Lo tenían por santo. Manuel Gutiérrez nació en Torrelavega (Cantabria) en 1876, profesó en 1892 y fue ordenado sacerdote en 1899. Gran predicador, entusiasta y convincente, ejerció su apostolado en España y en Perú. Eliseo Miguel nació en Pajares de la Lampreana (Zamora) en 1889; profesó en 1908. Terminó los estudios en Salamanca en 1917. Enseñó en varios colegios. En Salamanca acompañaba al P. Arintero a la visita de conventos de monjas. Miguel Rodríguez nació en Piñera de Abajo, Lena (Asturias) en 1892, profesó en 1909 y fue ordenado sacerdote en 1916. Ejerció el apostolado en varios colegios de la Orden, siendo querido y admirado por cuantos le conocieron. Bernardino Irurzun nació en Eguiarreta (Navarra) en 1903; profesó como hermano cooperador en 1931. Destacó por su bondad y humildad. Muy devoto del Santísimo. Trabajaba en la huerta. Eleuterio Marne nació en Gusendos de los Oteros (León) en 1909. De joven se dedicó a las labores del campo. Profesó como hermano cooperador en 1933. Su ocupación fundamental fue la cocina. Era muy devoto de la Virgen. Pedro Luis Luis nació en Monsagro (Salamanca) en 1915. La enfermedad interrumpió su camino hacia la vida religiosa; ayudó a su padre en el pastoreo. Profesó como hermano cooperador en 1934; prestó servicios en ropería. José María García nació en Lumbier (Navarra) en 1918; quiso ser sacerdote diocesano, pero no pudo con los estudios. Profesó como hermano cooperador en el 16-I-1936. Atendía la portería. Beato Hartmann de Passau. Nació en Passau (Baviera, Alemania) a finales del siglo XI. Abrazó la vida eclesiástica entre los Canónigos Regulares de San Agustín, y reformó varios de sus monasterios. En 1140 fue elegido obispo de Brixen o Bressanone (Alto Adige, Italia). Puso gran empeño en la reforma de la disciplina eclesiástica, fundó una canónica y un asilo para pobres. Su amistad con el emperador Federico Barbarroja no le impidió defender los derechos pontificios y al papa Alejandro III. Murió el año 1164. Beato Pablo Meléndez Gonzalo. Nació en Valencia (España) el año 1876. Quedó huérfano de padre a los catorce años y, siendo el mayor de siete hermanos, tuvo que ayudar a su madre a llevar adelante la familia. Desde joven se enroló en el apostolado y en varias asociaciones de acción social y religiosa. Estudió en la Universidad, contrajo matrimonio y tuvo diez hijos. Ejerció importantes cargos públicos, en los que se comportó como verdadero cristiano, y su intervención fue central en el nacimiento y desarrollo de la Acción Católica de Valencia. Fue detenido a causa de su fe y de su comportamiento religioso, y encerrado en la Cárcel Modelo de Valencia. Lo asesinaron en la carretera de Castellar (Valencia) el 23 de diciembre de 1936.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: «La Palabra vino al mundo, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (cf. Jn 1,9-14). Pensamiento franciscano: Dice san Francisco: -Todos los que vieron al Señor Jesús según la humanidad, y no vieron y creyeron según el espíritu y la divinidad que él era el verdadero Hijo de Dios, se condenaron. Así también ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por mano del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven y creen, según el espíritu y la divinidad, que es verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, se condenan (Adm 1-8-9). Orar con la Iglesia: Dirijamos al Padre nuestra oración, animados por la presencia de Cristo que viene para ofrecerse e interceder por nosotros: -Para que la venida del Salvador instaure en el mundo los cielos nuevos y la tierra nueva en que habite la paz y la justicia. -Para que el Espíritu Santo disponga los corazones de todos los cristianos para recibirle. -Para que el mundo goce de una paz justa, firme y duradera. -Para que la espera de la inminente venida de Cristo despierte nuestra fe adormecida, consolide nuestra esperanza y reavive nuestra caridad. Oración: Dios, Padre de misericordia, prepara nuestro corazón para que recibamos sin recelo y con alegría a tu Hijo, encarnado en las entrañas de la Virgen María. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * COMPARTIR CON LOS
DEMÁS EL DON DE LA NAVIDAD Queridos hermanos y hermanas: Sólo un día nos separa de la santa Navidad. Mañana por la noche nos reuniremos para celebrar el gran misterio del amor, que nunca termina de sorprendernos. Dios se hizo Hijo del hombre para que nosotros nos convirtiéramos en hijos de Dios. Durante el Adviento, del corazón de la Iglesia se ha elevado con frecuencia una imploración: «Ven, Señor, a visitarnos con tu paz; tu presencia nos llenará de alegría». La misión evangelizadora de la Iglesia es la respuesta al grito «¡Ven, Señor Jesús!», que atraviesa toda la historia de la salvación y que sigue brotando de los labios de los creyentes. «¡Ven, Señor, a transformar nuestros corazones, para que en el mundo se difundan la justicia y la paz!». Esto es lo que pretende poner de relieve la Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, que acaba de publicar la Congregación para la doctrina de la fe. Este documento quiere recordar a todos los cristianos -en una situación en la que con frecuencia ya no queda claro ni siquiera a muchos fieles la razón misma de la evangelización- que «acoger la buena nueva en la fe impulsa de por sí» (n. 7) a comunicar la salvación recibida como un don. En efecto, «la Verdad que salva la vida -que se hizo carne en Jesús-, enciende el corazón de quien la recibe con un amor al prójimo que mueve la libertad a comunicar lo que se ha recibido gratuitamente» (ib.). Ser alcanzados por la presencia de Dios, que viene a nosotros en Navidad, es un don inestimable, un don capaz de hacernos «vivir en el abrazo universal de los amigos de Dios» (ib.), en la «red de amistad con Cristo, que une el cielo y la tierra» (ib., 9), que orienta la libertad humana hacia su realización plena y que, si se vive en su verdad, florece «con un amor gratuito y enteramente solícito por el bien de todos los hombres» (ib., 7). No hay nada más hermoso, urgente e importante que volver a dar gratuitamente a los hombres lo que hemos recibido gratuitamente de Dios. No hay nada que nos pueda eximir o dispensar de este exigente y fascinante compromiso. La alegría de la Navidad, que ya experimentamos anticipadamente, al llenarnos de esperanza, nos impulsa al mismo tiempo a anunciar a todos la presencia de Dios en medio de nosotros. La Virgen María, que no comunicó al mundo una idea, sino a Jesús mismo, el Verbo encarnado, es modelo incomparable de evangelización. Invoquémosla con confianza, para que la Iglesia anuncie también en nuestro tiempo a Cristo Salvador. Que cada cristiano y cada comunidad experimenten la alegría de compartir con los demás la buena nueva de que Dios «tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito para que el mundo se salve por medio de él» (Jn 3,16-17). Este es el auténtico sentido de la Navidad, que debemos siempre redescubrir y vivir intensamente. Preparaos con fervor para celebrar el misterio del nacimiento del Hijo de Dios. Abrid vuestros corazones al Señor, que ya llega, poniéndonos al servicio de todos, especialmente de los más necesitados. * * * MANIFESTACIÓN DEL
MISTERIO ESCONDIDO Hay un único Dios, hermanos, que sólo puede ser conocido a través de las Escrituras santas. Por ello debemos esforzarnos por penetrar en todas las cosas que nos anuncian las divinas Escrituras y procurar profundizar en lo que nos enseñan. Debemos conocer al Padre como él desea ser conocido, debemos glorificar al Hijo como el Padre desea que lo glorifiquemos, debemos recibir al Espíritu Santo como el Padre desea dárnoslo. En todo debemos proceder no según nuestro arbitrio ni según nuestros propios sentimientos ni haciendo violencia a los deseos de Dios, sino según los caminos que el mismo Señor nos ha dado a conocer en las santas Escrituras. Cuando sólo existía Dios y nada había aún que coexistiera con él, el Señor quiso crear el mundo. Lo creó por su inteligencia, por su voluntad y por su palabra; y el mundo llegó a la existencia tal como él lo quiso y cuando él lo quiso. Nos basta, por tanto, saber que, al principio, nada coexistía con Dios, nada había fuera de él. Pero Dios, siendo único, era también múltiple. Porque con él estaba su sabiduría, su razón, su poder y su consejo; todo esto estaba en él, y él era todas estas cosas. Y cuando quiso y como quiso, y en el tiempo por él mismo predeterminado, manifestó al mundo su Palabra, por quien fueron hechas todas las cosas. Y como Dios contenía en sí mismo a la Palabra, aunque ella fuera invisible para el mundo creado, cuando Dios hizo oír su voz, la Palabra se hizo entonces visible; así, de la luz que es el Padre salió la luz que es el Hijo, y la imagen del Señor fue como reproducida en el ser de la creatura; de esta manera el que al principio era sólo visible para el Padre empezó a ser visible también para el mundo, para que éste, al contemplarlo, pudiera alcanzar la salvación. El sentido de todo esto es que, al entrar en el mundo, la Palabra quiso aparecer como hijo de Dios; pues, en efecto, todas las cosas fueron hechas por el Hijo, pero él es engendrado únicamente por el Padre. Dios dio la ley y los profetas, impulsando a éstos a hablar bajo la moción del Espíritu Santo, para que, habiendo recibido la inspiración del poder del Padre, anunciaran su consejo y su voluntad. La Palabra, pues, se hizo visible, como dice san Juan. Y repitió en síntesis todo lo que dijeron los profetas, demostrando así que es realmente la Palabra por quien fueron hechas todas las cosas. Dice: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. Y más adelante: El mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. * * * Y PLANTÓ SU TIENDA
ENTRE NOSOTROS Queridos Hermanos y Hermanas: ¡El Señor les dé la paz! La solemnidad de la Natividad del Señor, que Francisco y Clara tanto amaban, me ofrece una excepcional oportunidad para felicitarles de corazón. El Padre de las misericordias envió a su Hijo Jesús, que se encarnó en el seno de María y plantó su tienda entre nosotros (Jn 1,14), vistiéndose de nuestra humanidad frágil y menesterosa. Cristo, «siendo rico..., quiso elegir la pobreza en el mundo con la beatísima Virgen, su madre» (2CtaF 5). Así, con su humildad y pequeñez, ofrece a todos la posibilidad de acercarse a él y de acogerlo. La tienda que Dios ha plantado, en Cristo, entre nosotros es la tienda de la comunión y de la alianza (Is 54,1-5). A Dios no le gustan las distancias. El Hijo, anhelando buscar al hombre, deja al Padre, se hace uno de nosotros y nos hace «ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). Para ello «se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo... hasta someterse incluso a la muerte» (Flp 2,7-8). El camino que conduce al encuentro con el otro, el camino de la fraternidad, necesita recorrer esas mismas etapas: para ser fiesta del abrazo y de la unidad, es menester que antes sea kénosis, vaciamiento de uno mismo; para ser relación creativa y generadora de vida, ha de pasar antes por la muerte al egoísmo. Dios viene a nosotros y quiere permanecer entre nosotros. Se hace pan eucarístico para que lo comamos y nos transformemos en Él. Pan de comunión que proviene de la "fracción", del "hacerse a trozos" por nosotros. Y que se renueva diariamente, porque la fraternidad es tarea de cada día. ¡Cuántas migas siguen permaneciendo excluidas del pan de comunión de la fraternidad universal! Cada Navidad nos propone el compromiso de hacernos hermanos de todos mediante el éxodo de purificación y de desprendimiento incesantes que nos capacita para ir al encuentro de los demás y que nos incita a ello. Esta gozosa disponibilidad a "ir" al encuentro de los otros, presupone superar la tentación de refugiarse en las seguridades internas o externas que nos cierran al dinamismo del amor. De lo contrario, ni Dios ni los otros encontrarán lugar en nosotros: «María... lo acostó en un pesebre porque no había sitio para ellos en la posada» (cf. Lc 2,7). El deseo de Dios de estar con todos los hombres se realizó de manera ejemplar en María, tienda de la alianza y de la acogida, que dio al Verbo la carne de la humanidad. Francisco exclama con admiración: «Salve, Señora... santa Madre de Dios... palacio suyo... tabernáculo suyo... casa suya... vestidura suya... Madre suya» (SalVM 1.4-5). Gracias a María, la hostilidad se tornó hospitalidad cálida, discreta y fiel. Ustedes, Hermanas de la Segunda y de la Tercera Orden, pueden prestar un gran servicio viviendo y sugiriendo a los Hermanos este calor "materno", tan importante en nuestro carisma franciscano (cf. 1 R 9,11) y tan necesario para la construcción de una verdadera fraternidad humana. Hermanas y Hermanos: el misterio de la Navidad conlleva el acoger y ofrecer morada al Dios que viene y que quiere ser esperado y recibido por un corazón puro, libre y pobre, enteramente vuelto a Él. Así es como nos dejamos transformar y "divinizar". "Dios se hizo hombre para que el hombre se vuelva semejante a Dios». Esta semejanza con Dios es misión, profecía y compromiso para hacer más humano el mundo en que vivimos. La felicitación navideña que les envío con el Definitorio general y con los Hermanos de la Curia general, es ésta: ¡Que el Espíritu Santo caldee nuestros corazones y los transforme en epifanía de la bondad de Dios, nuestro Salvador, y de su amor a todos los hombres!
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