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| DÍA 22 DE DICIEMBRE
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* * * San Hungero. Fue elegido obispo de Utrecht (Holanda) el año 854. Tres años después los normandos tomaron y destruyeron la ciudad. El obispo, con parte de su cabildo, se refugió en Prüm, donde expuso al rey Lotario la situación. Se retiró al monasterio de Odilienberg y murió el año 866. San Isquirión. En Egipto, el año 250, durante la persecución del emperador Decio, por negarse Isquirión a ofrecer sacrificios a los dioses, lo destriparon y empalaron. Santos Mártires de Raithu. En la región de Raithu (Egipto), en el siglo IV, fueron asesinados por los Blemios cuarenta y tres monjes a causa de su fe cristiana. Santos Mártires de la Vía Labicana. En una fecha desconocida de la antigüedad cristiana, fueron martirizados juntos y en un mismo día, en la Vía Labicana de Roma, treinta cristianos, que fueron sepultados en el cementerio «ad Duas Lauros». Santos Queremón y compañeros mártires. San Queremón era obispo de Nicópolis en Egipto cuando, el año 250, llegó hasta allí la persecución del emperador Decio. El obispo y muchos otros cristianos tuvieron que huir y andar errantes por el desierto, donde unos fueron devorados por las fieras, otros murieron de hambre, sed y debilidad, otros fueron asaltados y asesinados por los salvajes y las bandas de malhechores. Y así todos recibieron la corona del mismo martirio, aunque con distintas clases de muerte, y a todos los recuerda hoy la Iglesia. Beato Epifanio Gómez Álvaro. Nació en Lerma (Burgos) en 1874, profesó en la Orden de San Agustín en 1890 y, todavía estudiante, lo enviaron a Filipinas, donde fue ordenado sacerdote en 1897. Por motivos de salud regresó a España dos años después. Pronto se repuso y marchó a Brasil, donde se dedicó al ministerio parroquial y a la enseñanza. Cuando volvió a España lo destinaron a Cádiz y luego a Santander. Al desencadenarse la persecución religiosa en julio de 1936, se refugió en una casa particular, pero fue apresado y llevado a la checa de Neila en Santander. El 22-XII-1936 lo arrojaron vivo desde el Faro al mar, con las manos atadas a la cintura y una piedra colgada al cuello. Beato Tomás Holland. Nació en Sutton (Lancaster, Inglaterra) el año 1600 en el seno de una familia católica. Tuvo siempre poca salud. Estudió en el colegio de Saint Omer en Flandes, e ingresó el año 1621 en la Compañía de Jesús en Valladolid (España). Volvió a Flandes, donde recibió la ordenación sacerdotal y se dedicó al ministerio sacerdotal. En 1635 regresó a su patria y estuvo haciendo apostolado en la clandestinidad, hasta que, delatado por un apóstata, lo encarcelaron y lo condenaron a muerte por haber ejercido el ministerio sacerdotal. Fue ahorcado y descuartizado en la plaza Tyburn de Londres el año 1642, bajo el reinado de Carlos I.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Del profeta Isaías: -Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado». ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré (Is 49,14-15). Pensamiento franciscano: Santa Clara escribió a santa Inés de Praga: «Considera el principio de este espejo, la pobreza de Aquel que es puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh asombrosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es acostado en un pesebre» (4CtaCl 19-21). Orar con la Iglesia: Oremos a Cristo, el Señor, que viene a traernos la Buena Noticia y salvar al mundo, y digámosle de corazón: Ven, Señor Jesús. -Reconforta con tu venida a la Iglesia y a aquellos a quienes has confiado el servicio de la autoridad y de la unidad en ella. -No permitas que nuestra vida y nuestras obras te rechacen. -Tú que viniste a salvar a los hombres, aleja de nuestros corazones el odio, el egoísmo la tristeza. -Concédenos, por tu misericordia, llevar ya desde ahora una vida sobria y religiosa. -Haz que, especialmente en este tiempo de Navidad, reine la paz en todas las naciones. Oración: Acoge, Señor Jesús, las súplicas que te dirigimos confiados en la intercesión de tu bendita Madre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. * * * «LO ENVOLVIÓ
EN PAÑALES» Queridos hermanos y hermanas: «A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (cf. Lc 2,6s). Estas frases nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: «Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuanta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro. Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge. En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos? Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera. * * * MAGNÍFICAT, EL
CÁNTICO DE MARÍA María dijo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. «El Señor -dice María- me ha engrandecido con un don tan inmenso y tan inaudito, que no hay posibilidad de explicarlo con palabras, ni apenas el afecto más profundo del corazón es capaz de comprenderlo; por ello ofrezco todas las fuerzas del alma en acción de gracias, y me dedico con todo mi ser, mis sentidos y mi inteligencia a contemplar con agradecimiento la grandeza de aquel que no tiene fin, ya que mi espíritu se complace en la eterna divinidad de Jesús, mi salvador, con cuya temporal concepción ha quedado fecundada mi carne». Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. Se refiere al comienzo del himno, donde había dicho: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Porque sólo aquella alma a la que el Señor se digna hacer grandes favores puede proclamar la grandeza del Señor con dignas alabanzas y dirigir a quienes comparten los mismos votos y propósitos una exhortación como ésta: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Pues quien, una vez que haya conocido al Señor, tenga en menos el proclamar su grandeza y santificar su nombre en la medida de sus fuerzas será el menos importante en el reino de los cielos. Ya que el nombre del Señor se llama santo, porque con su singular poder trasciende a toda criatura y dista ampliamente de todas las cosas que ha hecho. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia. Bellamente llama a Israel siervo del Señor, ya que efectivamente el Señor lo ha acogido para salvarlo por ser obediente y humilde, de acuerdo con lo que dice Oseas: Israel es mi siervo, y yo lo amo. Porque quien rechaza la humillación tampoco puede acoger la salvación, ni exclamar con el profeta: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida, y el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. Como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. No se refiere a la descendencia carnal de Abrahán, sino a la espiritual, o sea, no habla de los nacidos solamente de su carne, sino de los que siguieron las huellas de su fe, lo mismo dentro que fuera de Israel. Pues Abrahán había creído antes de la circuncisión, y su fe le fue tenida en cuenta para la justificación. De modo que el advenimiento del Salvador se le prometió a Abrahán y a su descendencia por siempre, o sea, a los hijos de la promesa, de los que se dice: Si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa. Con razón, pues, fueron ambas madres quienes anunciaron con sus profecías los nacimientos del Señor y de Juan, para que, así como el pecado empezó por medio de las mujeres, también los bienes comiencen por ellas, y la vida que pereció por el engaño de una sola mujer sea devuelta al mundo por la proclamación de dos mujeres que compiten por anunciar la salvación. * * * LOS MISTERIOS
NAVIDEÑOS La liturgia de Navidad nos presenta, día a día, los textos evangélicos en que se narran los episodios que podemos llamar navideños: desde la Anunciación, pasando por Belén, el Nacimiento mismo, las historias de la infancia de Jesús... Estos textos tienen para nosotros una significación muy grande, también desde el punto de vista de la afectividad y de la emoción. A través de los siglos cristianos, mucho se ha meditado sobre estos textos, que penetraron muy profundamente en la piedad de las gentes, creando una serie de devociones y de reacciones de amor a Jesús, a la Virgen, a san José, a Simeón, a la profetisa Ana, a los pastores... Todas las personas que aparecen en estos pequeños episodios, nos despiertan un amor, un afecto muy especial y están como inundados de esta luz de la Navidad. Esta atención tan especial a la Navidad y a todos estos episodios, es una de las características de nuestro padre san Francisco y de nuestra madre santa Clara. Si vamos a la historia de las devociones, vemos que en el mundo antiguo y en las devociones del primer milenio, estos episodios de la Historia Sagrada figuran relativamente poco. En la misma liturgia que habíamos heredado, si consideramos los textos y la significación de las fiestas de Adviento, de Navidad, de Epifanía, vemos que no es aquel carácter familiar, de devoción, sino el homenaje al gran Rey que ha venido, al Señor que ha nacido y que ha tomado posesión de su Reino. En san Francisco y en santa Clara, en nuestra tradición, estos episodios son vistos más como en familia, y nos despiertan un afecto muy especial. No es que ellos no hayan visto la dimensión del Rey que viene, para ver solamente la delicadeza del Niño que ha nacido; tanto un aspecto como el otro tiene perfecta razón de ser. Nosotros sabemos que Cristo ya no es un niño; sabemos que dentro de todos estos episodios, tan llenos de cariño familiar, está la gran Historia de la Salvación, que sobrepasa en mucho las dimensiones de las devociones, un poco familiares, que se apoyan sobre estos textos. Esto lo sabemos. Me parece, sin embargo, que estas devociones, muy delicadas y muy familiares, tienen una muy buena razón de ser, a condición de que no olvidemos la dimensión inmensa de la Historia de la Salvación que está en todo esto; conservando en nuestra mente y dando su lugar principal a esta dimensión, realzada en la liturgia, podemos perfectamente conservar estas devociones de una modalidad más delicada y más familiar, porque así el misterio parece que nos llega más cerca de nuestro corazón y nos toca más humanamente. Y será ciertamente una de las razones por la cual Dios ha querido encarnarse así y rodearse, en su nacimiento, de estas formas delicadas. Es cierto que podemos fácilmente pasar a una especie de romanticismo de devoción, imaginándolo todo muy lindo, tal como nosotros hubiéramos querido recibir al Señor si hubiera nacido en nuestra casa. Lo que sabemos es que todo fue muy pobre, con mil dificultades y en una situación humana bastante dura. Cristo, en serio, nació pobre, y la pobreza es dura humanamente. Imaginemos lo que sentiría la Virgen cuando no encontraron casa, cuando tuvo que retirarse con san José al campo, y abrigarse allí en una gruta, en invierno, donde nació el Niño. La falta total de comodidades y de cuanto podría hacer humanamente aceptable un tal nacimiento, debió de ser un dolor muy grande para el corazón de la Virgen y un apuro tremendo para los cuidados de san José hacia su esposa y el Niño recién nacido. ¿Por qué Dios ha escogido el nacer así? Debemos hacernos esta pregunta e intentar responderla. San Francisco, con su devoción delicada por estos episodios, no ha hecho un romance, sino que consideró las realidades y quiso aprender la lección que Dios nos da en estos hechos, la aprendió y la puso en práctica, y se hizo pobre con el Señor que quiso ser pobre. ¿Qué hay de especial en la pobreza para que Cristo la haya escogido en su nacimiento y en su vida terrestre? Él mismo nos lo enseñó después, en el mensaje evangélico, mostrándonos los peligros reales que hay en la riqueza y las ventajas para el alma que existen en la pobreza. Si consideramos la doctrina que Cristo nos dio, entendemos por qué Él escogió para su entrada en el mundo una pobreza tan grande y unas dificultades para la Virgen y san José tan acentuadas. El elemento más fundamental que Cristo nos propone en su mensaje y que viene ya acentuado incluso en el Antiguo Testamento, está no tanto en la escasez de bienes cuanto en una actitud del alma ante Dios: la confianza amorosa en Él. La pobreza como tal, como limitación de disponibilidad para la vida humana, en sí, no es un bien. Transfórmase en un elemento positivo si sabemos sacar de la pobreza aquellas cualidades del alma que se resumen en la palabra: confianza en Dios y no en las criaturas. Uno puede pensar: la misma confianza puede nacer en la riqueza; no es necesario meterse en la pobreza con todas las dificultades para tener confianza en Dios. Sí. Y el Evangelio nos presenta personas ricas que han practicado la confianza en Dios: la familia de Lázaro, Nicodemo, José de Arimatea, etc. Pero Jesús nos advierte que la riqueza, en general, encierra un peligro muy grande de confiar en los bienes materiales y, con esto, de perderlo todo, porque cuando se confía en los bienes materiales y terrestres, se pierde el amor de Dios, amor de Dios que es un camino posible para nosotros cuando empezamos con la confianza en Dios. De ahí viene la bienaventuranza dada a la pobreza. Que esta lección de la entrada de Cristo en el mundo en tan gran pobreza nos lleve siempre, de nuevo, a reflexionar cuál es el sentido en el que Cristo aprueba, acepta y declara bienaventurados los pobres, y procuremos enseguida, a ejemplo de Cristo, de la Virgen, imitar y practicar tal pobreza, no sólo en sentido material, que también es una parte, sino principalmente en su significado espiritual, que es de completa y profunda confianza en Dios. Imitaremos así a Cristo; a san Francisco, a santa Clara, que supieron entender la lección y ejemplo de Cristo y lo siguieron de un modo tan fiel en toda su vida. [En Selecciones de Franciscanismo n. 2 (1972) 249-251].
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