DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 28 DE NOVIEMBRE

 

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SAN JAIME DE LA MARCA. Nació en Monteprandone (Marcas, Italia) el año 1394. Estudió en Perusa jurisprudencia, que ejerció hasta que, a los 23 años, profesó la Regla de san Francisco, cuya observancia rigurosa promovió junto con san Bernardino de Siena y san Juan de Capistrano. Ordenado de sacerdote, se dedicó a la predicación evangelizando al pueblo y combatiendo las herejías en gran parte de Italia y en muchas regiones de Europa. Pudo ver a muchos pecadores arrepentidos y a numerosos herejes vueltos a la fe de la Iglesia. Fue gran constructor de paz en los corazones y en las ciudades divididas por facciones. Se le reconocía gran competencia jurídica y autoridad moral. Colaboró en la solución de problemas sociales desde el púlpito y en asambleas legislativas. Fue promotor de la devoción al Nombre de Jesús y muy devoto de la Virgen. En su Orden fue una de las cuatro «columnas» de la reforma de la Observancia. Los papas le confiaron misiones como evangelizador y como legado apostólico. Dejó escritos muy edificantes. Murió en Nápoles el 28 de noviembre de 1476.- Oración: Dios de misericordia, que confiaste la predicación de tu Evangelio a san Jaime de la Marca para la salvación de los hombres y conversión de los pecadores, concédenos, por sus méritos, el verdadero arrepentimiento de nuestras culpas y la gracia de la eterna salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Beatos Avelino Rodríguez Alonso y 11 compañeros mártires, Agustinos (OSA). Desde el principio de la persecución religiosa en España, se martirizó a cantidad de sacerdotes y religiosos y seglares católicos sólo por ser tales. Así, 12 Agustinos, detenidos en distintas fechas y lugares, fueron a parar a la cárcel de San Antón de Madrid. El 28-XI-1936 los sacaron de la cárcel y los llevaron a Paracuellos de Jarama. Ante la realidad que se aproximaba, el P. Avelino, prior provincial, se despidió de sus once compañeros, abrazándolos y dándoles la absolución sacramental uno por uno, y, dirigiéndose a sus verdugos, les dijo: "Sabemos que nos matáis por católicos y religiosos. Lo somos. Os perdonamos a todos. ¡Viva Cristo Rey!". Y fueron martirizados.- Indicamos los nombres, con el lugar y fecha de nacimiento, y algún otro dato. Avelino Rodríguez, Santiago Millas (León) 1879, sacerdote, se dedicó a la enseñanza y en 1933 fue elegido prior provincial. Benito Alcalde González, Villayermo (Burgos) 1883, sacerdote, dedicó su vida al apostolado de la enseñanza. Bernardino Álvarez Melcón, Rosales (León) 1903, sacerdote, profesor, superior y maestro de los jóvenes profesos en El Escorial. Manuel Álvarez Rego de Seves, Sésamo (León) 1908, sacerdote, se dedicó al apostolado de la enseñanza. Juan Baldajos Pérez, Palencia 1872, desempeñó en Ronda y en El Escorial los oficios de portero y de mayordomo. Senén García González, Villarín (León) 1905, ordenado sacerdote el 18-VII-1936. Samuel Pajares García, Roscales (Palencia) 1907, sacerdote, licenciado en teología en Roma, profesor en Madrid y en El Escorial. José Peque Iglesias, Rosinos de Vidriales (Zamora) 1915, llegó a cursar la filosofía y empezó la teología. Marcos Pérez Andrés, Villasarracino (Palencia) 1917, fue hermano aspirante, ya en periodo de postulantado; en la cárcel se distinguió en su afán por servir a los ancianos. Luciano Ruiz Valtierra, Villanueva de Odra (Burgos) 1915, llegó a estudiar los cursos de filosofía. Balbino Villarroel Villarroel, Tejerina (León) 1910, ordenado sacerdote el 13-VIII-1933. Sabino Rodrigo Fierro, Cerezal (León) 1874, sacerdote, hizo la licencia en Ciencias Naturales y se dedicó a la enseñanza.

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San Andrés Tran Van Trong. Nació en el seno de una familia vietnamita cristiana el año 1810, y recibió en el hogar una esmerada educación cristiana. En 1834 ingresó en la Compañía Real de Tejedores de Sede. Al año siguiente, el gobierno dio la orden de que todos los tejedores pisotearan la cruz. Él se negó y reconoció que era cristiano. Lo detuvieron y encarcelaron y, a pesar de los suplicios a que lo sometieron, no legraron que pisara la cruz ni que apostatara. Lo decapitaron en Khám Duong (Vietnam) el año 1835 en presencia de su madre que lo animaba a permanecer fiel a Cristo. Era emperador Minh Mang.

San Esteban el Joven. Nació en Constantinopla a comienzos del siglo VIII. Cuando murió su padre, vendió sus bienes, los dio a los pobres y abrazó la vida monástica. A los 30 años lo eligieron hegúmeno (superior o abad) de su monasterio. Años después se retiró a llevar vida de anacoreta en una cueva. Contra el mandato del emperador Constantino V Coprónimo, defendió el culto de las imágenes sagradas. Estuvo desterrado dos años y luego lo metieron en una cárcel de Constantinopla. A los iconoclastas les decía que si al emperador no le gustaría que despreciaran sus imágenes, por qué había de estar bien despreciar los iconos de Cristo. Después de azotarlo lo remataron. Era el año 764.

San Irenarco. Trabajaba como verdugo en Sebaste, ahora Sivas (Turquía), y se convirtió a Cristo al ver la firmeza en la fe de las mujeres cristianas martirizadas. Él a su vez, por haber abrazado la fe cristiana y negarse a apostatar, fue decapitado bajo el emperador Diocleciano y el prefecto Máximo a principios del siglo IV.

Santos Papiniano y compañeros obispos y mártires. Hoy celebra la Iglesia a un grupo de obispos que, en distintas fechas del siglo V y en diversos lugares del norte de África, fueron asesinados o desterrados por los vándalos, que eran arrianos. Durante el reinado de Genserico, arriano, fueron inmolados los pastores de la Iglesia que confesaban la divinidad de Jesucristo: Papiniano, obispo de Vita, y Mansueto, obispo de Uruci, fueron quemados en todo su cuerpo con planchas de hierro incandescentes. También fueron martirizados en aquel tiempo Urbano de Djerba, Crescente de Bizacio, Hebetdeo de Teudala, Eustracio de Sufes, Cresconio de Trípoli, Vicis de Sabrata y Félix de Hadrumeto. Más tarde, en tiempo de Hunerico, hijo de Genserico, Hortelano de Bennefa y Florenciano de Midila fueron desterrados y murieron en el destierro.

Santa Teodora. Nació en Rossano (Calabria, Italia) hacia el año 900 en el seno de una familia noble. A los 15 años ingresó en el monasterio del Arenario, dirigido por san Nilo el Joven, quien más tarde la puso al frente del monasterio de Santa Anastasia, cerca de Rossano. Fue una abadesa santa y prudente, maestra de vida monástica. Murió el año 980.

Beatos Daciano de Bengoa y Juan Pablo Álvarez, Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle). Cuando estalló la persecución religiosa de 1936, los dos formaban parte de la comunidad del asilo del Sagrado Corazón, en Madrid. El 21 de julio los milicianos detuvieron a los religiosos y los encerraron en un calabozo hacinado de presos, de donde los trasladaron a la cárcel de San Antón. El 28 de noviembre de 1936 fusilaron a los Hnos. Daciano y Juan Pablo en Paracuellos de Jarama (Madrid). Daciano nació en Dima (Vizcaya) en 1882. Hizo la primera profesión en 1899. Como tenía mucha dificultad para los estudios, lo destinaron a empleos manuales como encargado de la ropería o ecónomo. En sus años de servicio demostró una gran abnegación, delicadeza y caridad. Juan Pablo nació en Bolaños de Campos (Valladolid) en 1904. Hizo la primera profesión en 1922. Ejerció el apostolado de la enseñanza en varias casas. Como profesor se manifestó educador excepcional, lleno de amor a los alumnos y con gran ascendiente sobre ellos. Era dinámico, piadoso, trabajador.- Beatificados el 13-X-2013.

Beato Francisco Esteban Lacal y 22 compañeros mártires. El 17 de diciembre de 2011 fueron beatificados en Madrid 23 mártires de la persecución religiosa de 1936 en España. De ellos, 22 eran Misioneros Oblatos de María Inmaculada y pertenecían a la comunidad de Pozuelo de Alarcón (Madrid), en la que abundaban los jóvenes estudiantes; a ellos se unió en el martirio el seglar Cándido Castán San José, casado y padre de familia, muy conocido en el pueblo de Pozuelo por su claro testimonio católico. El grupo está encabezado por el P. Francisco Esteban Lacal, que era el superior provincial. Todos fueron detenidos y asesinados sin proceso ni pruebas ni posibilidad de defenderse, por causa de su fe, y murieron perdonando. Fueron fusilados por grupos en tres fechas: 8, en Pozuelo el 24 de julio; 2, en Paracuellos y Soto de Aldovea el 7 de noviembre; y 13, el 28 de noviembre en Paracuellos. Estos son los 13 martirizados el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos de Jarama (indicamos el año y lugar de su nacimiento):
Francisco Esteban Lacal, 1888 en Soria
Vicente Blanco Guadilla, 1882 en Frómista (Palencia)
Gregorio Escobar García, 1912 en Estella (Navarra)
Ángel Francisco Bocos Hernando, 1883 en Ruíjas-Valderrible (Cantabria)
Juan José Caballero Rodríguez, 1912 en Fuenlabrada de los Montes (Badajoz)
Justo Gil Pardo, 1910 en Lúquin (Navarra)
Marcelino Sánchez Fernández, 1910 en Santa Marina del Rey (León)
Publio Rodríguez Moslares, 1912 en Tiedra (Valladolid)
José Guerra Andrés, 1914 en León
Eleuterio Prado Villarroel, 1915 en Prioro (León)
Daniel Gómez Lucas, 1916 en Hacinas (Burgos)
Justo Fernández González, 1916 en Huelde (León)
Clemente Rodríguez Tejerina, 1918 en Santa Olaja de la Varga (León).

Beatos Juan Jesús Adradas Gonzalo y compañeros mártires. En el Hospital Psiquiátrico de Ciempozuelos (Madrid) había en 1936 una numerosa comunidad de hermanos hospitalarios de la Orden de San Juan de Dios, en la que se integraban profesos y también novicios y postulantes. Muchos fueron los martirizados en distintas fechas y lugares. El 28 de noviembre de 1936, después de meses de cárcel y de suplicios, fueron fusilados 15 de ellos en Paracuellos de Jarama (Madrid). Estos son sus nombres, con indicación del lugar y fecha de su nacimiento: Religiosos profesos: Juan Jesús Adradas Gonzalo, Conquezuela (Soria) 1878; Guillermo Llop Gayá, Villarreal (Castellón) 1880; Clemente Díez Sahagún, Fuentes de Nava (Palencia) 1861; Lázaro Múgica Goiburu, Idiazábal (Guipúzcoa) 1867; Martiniano Meléndez Sánchez, Málaga 1878; Pedro María Alcalde Negredo, Ledesma (Soria) 1878; Julián Plazaola Artola, San Sebastián (Guipúzcoa) 1915; Hilario Delgado Vílchez, Cañar (Granada) 1918. Novicios: Pedro de Alcántara Bernalte Calzado, Moral de Calatrava (Ciudad Real) 1910; Juan Alcalde y Alcalde, Zuzones (Burgos) 1911; Isidoro Martínez Izquierdo, Madrid 1918; Ángel Sastre Corporales, Villaralbo del Vino (Zamora) 1916. Presbítero y postulante: José Mora Velasco, Córdoba 1886. Postulante: José Ruiz Cuesta, Dílar (Granada) 1907. Eduardo Bautista Jiménez, La Gineta (Albacete), 1885, vistió primero el hábito franciscano y después, en 1935, el hospitalario.

Beatos Justo Juanes Santos y 4 compañeros mártires, 3 Salesianos y 2 Dominicos. Junto con los beatos Avelino Rodríguez y compañeros mártires, agustinos, fueron asesinados en Paracuellos de Jarama (Madrid), el 28-XI-1936, estos cinco mártires. Salta a la vista que ninguno de ellos tenía implicaciones políticas y que los mataron sin más motivo que su condición de religiosos. Justo Juanes nació en San Cristóbal de la Cuesta (Salamanca) en 1912 y profesó en los salesianos como candidato al sacerdocio en 1932; al terminar los estudios filosóficos lo enviaron a Madrid para el trienio de prácticas, que no acabó; lo detuvieron los milicianos el 9-X-1936. Valentín Gil nació en Rábano (Valladolid) en 1897, profesó en los salesianos como coadjutor en 1916, y se dedicó a los trabajos de cocina; fue detenido y luego puesto en libertad varias veces. Anastasio Garzón nació en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) en 1908 y profesó en los salesianos como coadjutor en 1929. Lo enviaron a Italia para completar su formación técnica y a su regreso se le confió la dirección del taller de mecánica en el colegio de Madrid. Juan Herrero nació en Barriosuso de Valdavia (Palencia) en 1859 y desde niño trabajó como pastor. Profesó en los dominicos como hermano cooperador en 1881. Se dedicó a tareas domésticas (sastre, cocina, etc.) en varios conventos. Era admirado por su sencillez y humildad, bondad y amabilidad, amor a la soledad. José Prieto nació en Valleluengo (Zamora) en 1913, profesó en los dominicos como candidato al sacerdocio en 1929, tuvo que interrumpir los estudios por la situación política y para hacer el servicio militar. Detenido en Almagro y trasladado a Madrid, salió de la cárcel de San Antón para el martirio; era estudiante de teología.

Beato Luis Campos Górriz. Nació en Valencia (España) el año 1905 de una familia acomodada. Se educó con los jesuitas y estudió Filosofía y Letras y Derecho en la Universidad. Desempeñó un papel esencial en la movilización de los jóvenes católicos universitarios. En 1933 contrajo matrimonio, del que tuvo una hija. Dos años después se trasladó a Madrid para trabajar en el periódico El Debate, de la Asociación de Propagandistas, y trabajar en la Acción Católica Nacional. La guerra civil lo sorprendió en Valencia. El 28 de noviembre de 1936 lo detuvieron los milicianos, y aquel mismo día lo fusilaron en el Picadero de Paterna (Valencia).

Beato Santiago Thomson. Nació en York (Inglaterra) hacia 1540. Hizo la carrera eclesiástica en Reims (Francia), donde, con dispensa de la edad por su mala salud, recibió la ordenación sacerdotal en 1581. Vuelto a su patria, apenas pudo ejercer un año el ministerio. Lo arrestaron, reconoció que era sacerdote católico, lo acusaron de traición y de haber reconciliado a muchos con la Iglesia Católica. Lo metieron en la cárcel, en la que lo torturaron tres meses, y lo ahorcaron en York el año 1582.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dijo Jesús a sus discípulos: -Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento... Velad, pues, ya que no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad! (Mc 13,33-37).

Pensamiento franciscano:

Comienza así el Testamento de san Francisco: -El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y yo practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo (Test 1-3).

Orar con la Iglesia:

Invoquemos a Cristo, alegría y júbilo de cuantos esperan su llegada, y digámosle: ¡Ven, Señor, y no tardes más!

-Esperamos alegres tu venida: ven, Señor Jesús.

-Tú que existes antes de los tiempos, ven y salva a los que vivimos en el tiempo.

-Tú que creaste el mundo y a todos los que en él habitamos, ven a restaurar la obra de tus manos.

-Tú que no despreciaste nuestra naturaleza mortal, ven y arráncanos del dominio de la muerte.

Oración: Dios todopoderoso, aviva en tus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL ADVIENTO, TIEMPO DE PROFUNDIDAD RELIGIOSA
Benedicto XVI, Ángelus del 27 de noviembre de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

Este domingo comienza el Adviento, un tiempo de gran profundidad religiosa, porque está impregnado de esperanza y de expectativas espirituales: cada vez que la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento del Redentor siente una sensación de alegría, que en cierta medida se comunica a toda la sociedad. En el Adviento el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, eleva su mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es la vuelta gloriosa del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se arrodilla ante el pesebre. La esperanza de los cristianos se orienta al futuro, pero está siempre bien arraigada en un acontecimiento del pasado. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios nació de la Virgen María: «Nacido de mujer, nacido bajo la ley», como escribe el apóstol san Pablo (Ga 4,4).

El Evangelio nos invita hoy a estar vigilantes, en espera de la última venida de Cristo: «Velad -dice Jesús-: pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa» (Mc 13,35.37). La breve parábola del señor que se fue de viaje y de los criados a los que dejó en su lugar muestra cuán importante es estar preparados para acoger al Señor, cuando venga repentinamente. La comunidad cristiana espera con ansia su «manifestación», y el apóstol san Pablo, escribiendo a los Corintios, los exhorta a confiar en la fidelidad de Dios y a vivir de modo que se encuentren «irreprensibles» (cf. 1 Co 1,7-9) el día del Señor. Por eso, al inicio del Adviento, muy oportunamente la liturgia pone en nuestros labios la invocación del salmo: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 84,8).

Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. A este propósito, quisiera recordar también hoy la constitución Gaudium et spes del concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero, en particular, al número 39, titulado «Tierra nueva y cielo nuevo». En él se lee: «La revelación nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Co 5,2; 2 P 3,13). (...) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra». En efecto, recogeremos los frutos de nuestro trabajo cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. María santísima, Virgen del Adviento, nos obtenga vivir este tiempo de gracia siendo vigilantes y laboriosos, en espera del Señor.

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SAN JAIME DE LA MARCA
De una carta de S. S. Juan Pablo II (2-VIII-1993)

La figura de este santo honra a la Iglesia por la santidad de su vida, su acción misionera y su adhesión ferviente a los sucesores de Pedro en la cátedra romana. Sabemos que los Pontífices romanos pudieron contar con su disponibilidad incondicional en todas las misiones que le confiaron como predicador del Evangelio y defensor de la fe, así como de legado apostólico ante obispos y autoridades locales. Esta devoción a la Sede de Pedro se funda en su fe, que recibió sentado en las rodillas de su madre y, después, mediante la enseñanza de un sacerdote pariente suyo.

Impulsado por la gracia divina, a los 23 años, «entregó a Cristo su cuerpo en la castidad y su alma en la obediencia, abandonando las cosas de poca importancia y las terrenas, la familia y las satisfacciones de la vida, buscando una sola cosa: a Jesucristo bendito», y viviendo con plenitud la regla de san Francisco de Asís, cuya observancia rigurosa promovió junto con san Bernardino de Siena y san Juan de Capistrano.

Siguiendo las huellas de la tradición franciscana y, en particular, la enseñanza de san Bernardino de Siena, se dedicó a la predicación con el fin de anunciar a Jesús, redentor del hombre, en muchas regiones de Europa. A pesar de los esfuerzos agotadores y de las persecuciones, no dejó de recorrer los caminos de Italia, Bosnia, Eslovenia, Dalmacia, Hungría, Bohemia, Polonia, Alemania y Austria para instruir al pueblo en la verdad completa contra las numerosas herejías de la época, convencido de que con la fuerza de la palabra de Dios es posible cambiar el mundo.

Fue realmente incansable en su lucha contra la ignorancia, la magia, las malas costumbres de los administradores públicos, la violencia difundida entre los individuos y los grupos, la explotación inmoral de niños y jóvenes, y la usura que oprimía a los pobres.

Fue gran constructor de paz en los corazones y en las ciudades divididas por facciones. Se le reconocía gran competencia jurídica y autoridad moral. No sólo intervenía desde el púlpito en problemas sociales, sino que también lo invitaban a hablar en las asambleas legislativas, a las que proponía normas para la reforma de las costumbres con la autoridad que le daba su vida santa. En el período comprendido entre los años 1431 y 1439 trabajó especialmente en los países de Europa central (Bosnia, Dalmacia, Eslovenia, Hungría, etc.) para combatir las herejías y establecer la paz entre las diferentes etnias. El mismo santo concedió siempre el perdón a sus pérfidos acusadores y a los que atentaron en numerosas ocasiones contra su vida, tanto en Italia como en otras naciones europeas.

¿Cuál era el secreto de Jaime de la Marca en esta obra de reconciliación y paz? Tenía una gran fe y una ardiente devoción a Jesús crucificado, meditaba su misterio de amor, hablaba con frecuencia de él y, de modo especial, cuando debía convertir los corazones de personas que odiaban al prójimo o querían vengarse por ofensas recibidas. Por tanto, después de haber hablado de passione et pace, se dirigía a esas personas diciéndoles: «Perdona a tus enemigos por amor a Jesús crucificado, perdona por amor a la pasión de Cristo bendito», y obtenía primero conmoción y voluntad de perdón, y después gestos concretos.

Jaime tenía un corazón abierto y disponible no sólo a la gracia divina, sino también a los hombres, para los que él se hacía prójimo en sus necesidades espirituales y materiales, individuales y comunitarias. Fue, por tanto, un gran hombre de caridad, con iniciativas concretas: hizo construir hospitales para enfermos o promovió su restauración, escribiendo sus estatutos y confiándolos a confraternidades ya existentes o que él mismo fundaba; instituyó, con clarividencia, asociaciones de muchachos «para enseñar e instruir a los mismos en las costumbres buenas y honestas, a fin de que puedan dirigirse a sí mismos por el buen camino»; desaconsejó a las familias los lujos inútiles o los gastos excesivos, motivados por la vanagloria; salió al encuentro de los pobres con diferentes medios, pero especialmente con la institución de Montes de piedad para préstamos con fianza; recuperó a prostitutas, iniciándolas en la práctica de la fe cristiana; mandó excavar pozos y cisternas para las necesidades de la población; promovió el estudio de las ciencias sagradas y profanas, e instituyó bibliotecas, a fin de que los predicadores pudieran acudir a ellas para cumplir su misión.

En esta actividad incansable lo sostuvo una filial y vivísima devoción a la Virgen María, Madre de Dios. La invocaba con frecuencia, le ofrecía cada día la corona del rosario y la visitaba en sus santuarios y especialmente en el de Loreto.

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CUANDO FRANCISCO «VIVÍA EN PECADOS»
Del discurso de S. S. Benedicto XVI
durante el encuentro con los jóvenes
ante la Basílica de Santa María de los Ángeles (17-VI-2007)

Queridos jóvenes:

San Francisco habla a todos, pero sé que para vosotros, los jóvenes, tiene un atractivo especial. Me lo confirma vuestra presencia tan numerosa, así como las preguntas que habéis formulado. Su conversión sucedió cuando estaba en la plenitud de su vitalidad, de sus experiencias, de sus sueños. Había pasado veinticinco años sin encontrar el sentido de su vida. Pocos meses antes de morir recordará ese período como el tiempo en que «vivía en pecados» (cf. Test 1).

¿En qué pensaba san Francisco al hablar de «pecado»? Con los datos que nos dan las biografías, todas ellas con matices diferentes, no es fácil determinarlo. Un buen retrato de su estilo de vida se encuentra en la Leyenda de los tres compañeros, donde se lee: «Francisco era muy alegre y generoso, dado a juegos y cantares, de ronda noche y día por las calles de Asís con un grupo de compañeros; era tan pródigo en gastar, que cuanto podía tener y ganar lo empleaba en comilonas y otras cosas» (TC 2).

¿De cuántos muchachos de nuestro tiempo no se podría decir algo semejante? Además, hoy existe la posibilidad de ir a divertirse lejos de la propia ciudad. En las iniciativas de diversión durante los fines de semana participan numerosos jóvenes. Se puede «vagar» también virtualmente «navegando» en internet, buscando informaciones o contactos de todo tipo. Por desgracia, no faltan -más aún, son muchos, demasiados- los jóvenes que buscan paisajes mentales tan fatuos como destructores en los paraísos artificiales de la droga.

¿Cómo negar que son muchos los jóvenes, y no jóvenes, que sienten la tentación de seguir de cerca la vida del joven Francisco antes de su conversión? En ese estilo de vida se esconde el deseo de felicidad que existe en el corazón humano. ¿Pero esa vida podía dar la alegría verdadera? Ciertamente, Francisco no la encontró. Vosotros mismos, queridos jóvenes, podéis comprobarlo a partir de vuestra propia experiencia. La verdad es que las cosas finitas pueden dar briznas de alegría, pero sólo lo Infinito puede llenar el corazón. Lo dijo otro gran convertido, san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones I, 1).

El mismo texto biográfico nos refiere que Francisco era más bien vanidoso. Le gustaba vestir con elegancia y buscaba la originalidad (cf. TC 2). En cierto modo, todos nos sentimos atraídos hacia la vanidad, hacia la búsqueda de originalidad. Hoy se suele hablar de «cuidar la imagen» o de «tratar de dar buena imagen». Para poder tener éxito, aunque sea mínimo, necesitamos ganar crédito a los ojos de los demás con algo inédito, original. En cierto aspecto, esto puede poner de manifiesto un inocente deseo de ser bien acogidos. Pero a menudo se infiltra el orgullo, la búsqueda desmesurada de nosotros mismos, el egoísmo y el afán de dominio. En realidad, centrar la vida en nosotros mismos es una trampa mortal: sólo podemos ser nosotros mismos si nos abrimos en el amor, amando a Dios y a nuestros hermanos.

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