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| DÍA 2 DE NOVIEMBRE
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* * * Santos Acindino y compañeros mártires. Los santos Acindino, Pegasio, Aftonio, Epidiforo, Anempodisto y muchos compañeros suyos, fueron martirizados en Persia bajo el rey Sapor II, por odio a la fe, entre los años 341 y 345. San Ambrosio, abad. Fue primero superior del monasterio de la Ile-Barbe, cerca de Lyon (Francia). Más tarde, debido a su fama de santidad y de insigne vida religiosa, fue trasladado al monasterio de Saint-Maurice-en-Valais (Suiza), en el que instituyó la práctica de la alabanza perenne y donde murió en el siglo VI. Santos Carterio y compañeros mártires. Los santos Carterio, Estiríaco, Tobías, Eudoxio, Agapio y un grupo de compañeros suyos, todos ellos soldados de profesión, fueron arrojados a las llamas en Sebaste de la antigua Armenia el año 320, en tiempo del emperador Licinio, por negarse a apostatar y permanecer firmes en la fe de Cristo. San Domnino de Vienne. Fue obispo de Vienne (Francia) entre el año 533 y el 538. Destacó por su caridad para con los pobres y los cautivos. San Jorge de Vienne. Fue obispo de la diócesis de Vienne (Borgoña, Francia) y murió el año 670. San Justo. Diocleciano, augusto emperador romano, el año 303, impuso a todos los cristianos que testificaran su fidelidad al soberano sacrificando a los dioses romanos, entre los que el emperador se incluía a sí mismo. San Justo, hombre profundamente cristiano de Trieste (Italia), declaró ante el juez que no era enemigo del emperador ni rebelde contra él, pero que no podía ofrecer sacrificios a las divinidades romanas porque su único Dios era Jesucristo. Fue condenado a muerte y ahogado en el mar. San Malaquías. Nació en Armagh (Irlanda) de padres nobles y piadosos, que le dieron muy buena educación. De joven se dedicó a la vida eremítica. Cuando el arzobispo de Armahg lo ordenó de sacerdote, se dedicó a la predicación, ocupó cargos diocesanos y renovó la vida de la diócesis. Estuvo en los monasterios de Lismore y de Bangor, del que fue abad. En 1124 fue consagrado obispo de Down y Conor, y se entregó a la reforma moral y disciplinar de su pueblo. De camino hacia Roma conoció a san Bernardo en el monasterio de Claraval (Francia). En un posterior viaje a Italia, se detuvo en Claraval para visitar a san Bernardo, en cuyos brazos murió el año 1148. San Marciano de Siria. Monje del siglo IV que abandonó la carrera militar y se retiró al desierto de Calcedonia (Turquía) para llevar vida eremítica. Vivía en una estrechísima celda, entregado a la oración, la austeridad y la penitencia, a las que anteponía siempre las exigencias de la caridad fraterna. San Victorino. Fue obispo de Ptuj, en Panonia (Eslovenia). Publicó muchos escritos en los que comentaba los libros de la Sagrada Escritura, entre ellos el del Apocalipsis de san Juan. Sufrió el martirio el año 303 ó 304, durante la persecución desencadenada por el emperador Diocleciano. Santa Winefrida. Santa virgen y monja que vivió en Holywell (Gales) en el siglo VII. Beato Juan Bodey. Nació en Wells, condado inglés de Hampshire, el año 1549, de familia católica. Estudió en Oxford y después estudió derecho en Douai (Francia). Volvió a su patria y abrió una escuela para niños. Acusado de ser católico, se negó ante el juez a reconocer la supremacía religiosa de la Reina y defendió brillantemente la doctrina de la Iglesia católica al respecto. Condenado a muerte, fue ahorcado y descuartizado en Andover el año 1583, en tiempo de la reina Isabel I. Beato Pío de San Luis Campidelli. Nació en Trebbio (Rímini, Italia) el año 1868, en el seno de una familia campesina. A los 14 años entró en el noviciado de los Pasionistas en Casale, y en 1984 emitió su profesión religiosa. Destacó por su piedad y por sus cualidades excelentes. Comenzó los estudios de la carrera sacerdotal y recibió las órdenes menores, pero pronto le diagnosticaron una tuberculosis pulmonar, que él aceptó con entrega a la voluntad de Dios. Murió en Casale (Emilia Romaña) el año 1889, a los 21 años de edad.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Dijo Jesús a Marta la de Betania: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (Jn 11,25-27). Pensamiento franciscano: Del Cántico del hermano sol,
de san Francisco: Orar con la Iglesia: Nuestro Dios y Padre es el Dios de la vida, el Dios de los vivos y no de los muertos. Oremos confiados en la intercesión de Cristo resucitado: -Por todos los creyentes en Cristo, llamados a dar testimonio de la fe en la resurrección, ante la dura realidad de la muerte. -Por los que se sienten desolados por la muerte de personas queridas. -Por todos los que han muerto con la fe y la esperanza en Cristo. -Por los que entregaron su vida generosamente por amor a los demás. -Por los que han muerto víctimas de toda clase de injusticias, la guerra, el terrorismo, el odio, la venganza. -Por nuestros familiares, amigos y bienhechores, y en especial por aquellos que son de nuestra mayor obligación. Oración: Concede, Señor, a los que han muerto el perdón y la plenitud de la vida; y a nosotros, por su intercesión, vivir en la fe y la esperanza de nuestra resurrección en Cristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. * * * LA MUERTE COMO ENCUENTRO
CON EL PADRE 1. Después de haber reflexionado sobre el destino común de la humanidad, tal como se realizará al final de los tiempos, hoy queremos dirigir nuestra atención a otro tema que nos atañe de cerca: el significado de la muerte. Actualmente resulta difícil hablar de la muerte porque la sociedad del bienestar tiende a apartar de sí esta realidad, cuyo solo pensamiento le produce angustia. Pero sobre esta realidad la palabra de Dios, aunque de modo progresivo, nos brinda una luz que esclarece y consuela. En el Antiguo Testamento las primeras indicaciones nos las ofrece la experiencia común de los mortales, todavía no iluminada por la esperanza de una vida feliz después de la muerte. Por lo general se pensaba que la existencia humana concluía en el «sheol», lugar de sombras, incompatible con la vida en plenitud. 2. En esta visión dramática de la muerte se va abriendo camino lentamente la revelación de Dios, y la reflexión humana descubre un nuevo horizonte, que recibirá plena luz en el Nuevo Testamento. Se comprende, ante todo, que, si la muerte es el enemigo inexorable del hombre, que trata de dominarlo y someterlo a su poder, Dios no puede haberla creado, pues no puede recrearse en la destrucción de los hombres. El proyecto originario de Dios era diverso, pero quedó alterado a causa del pecado cometido por el hombre bajo el influjo del demonio, como explica el libro de la Sabiduría: «Dios creó al hombre para la incorruptibilidad; le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2,23-24). Esta concepción se refleja en las palabras de Jesús y en ella se funda la enseñanza de san Pablo sobre la redención de Cristo, nuevo Adán. Con su muerte y resurrección, Jesús venció el pecado y la muerte, que es su consecuencia. 3. A la luz de lo que Jesús realizó, se comprende la actitud de Dios Padre frente a la vida y la muerte de sus criaturas. Ya el salmista había intuido que Dios no puede abandonar a sus siervos fieles en el sepulcro, ni dejar que su santo experimente la corrupción. Isaías anuncia un futuro en el que Dios eliminará la muerte para siempre, enjugando «las lágrimas de todos los rostros» y resucitando a los muertos para una vida nueva. Así, en vez de la muerte como realidad que acaba con todos los seres vivos, se impone la imagen de la tierra que, como madre, se dispone al parto de un nuevo ser vivo y da a luz al justo destinado a vivir en Dios. Por esto, «aunque los justos, a juicio de los hombres, sufran castigos, su esperanza está llena de inmortalidad» (Sab 3,4). La esperanza de la resurrección es afirmada magníficamente en el segundo libro de los Macabeos, cap. 7, por siete hermanos y su madre en el momento de sufrir el martirio. Uno de ellos declara: «Del cielo recibí la lengua y las manos y por sus leyes los desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios». Otro, «cuando estaba a punto de morir, dijo: "Vale la pena morir a manos de hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará"». Heroicamente su madre los anima a afrontar la muerte con esta esperanza. 4. Ya en la perspectiva del Antiguo Testamento los profetas exhortaban a esperar «el día del Señor» con rectitud, pues de lo contrario sería «tinieblas y no luz». En la revelación plena del Nuevo Testamento se subraya que todos serán sometidos a juicio. Pero ante ese juicio los justos no deberán temer, dado que, en cuanto elegidos, están destinados a recibir la herencia prometida; serán colocados a la diestra de Cristo, que los llamará «benditos de mi Padre» (Mt 25,34). La muerte que el creyente experimenta como miembro del Cuerpo místico abre el camino hacia el Padre, que nos demostró su amor en la muerte de Cristo, «víctima de propiciación por nuestros pecados». Como reafirma el Catecismo de la Iglesia católica, la muerte, «para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor, para poder participar también en su resurrección» (n. 1006). Jesús «nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre, y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1,5-6). Ciertamente es preciso pasar por la muerte, pero ya con la certeza de que nos encontraremos con el Padre cuando «este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad» (1 Cor 15,54). Entonces se verá claramente que «la muerte ha sido absorbida en la victoria» y se la podrá afrontar con una actitud de desafío, sin miedo: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15,54-55). Precisamente por esta visión cristiana de la muerte, san Francisco de Asís pudo exclamar en el Cántico de las criaturas: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal». Frente a esta consoladora perspectiva, se comprende la bienaventuranza anunciada en el libro del Apocalipsis, casi como coronación de las bienaventuranzas evangélicas: «Bienaventurados los que mueren en el Señor. Sí dice el Espíritu, descansarán de sus fatigas, porque sus obras los acompañan» (Ap 14,13). * * * MURAMOS CON CRISTO, Y
VIVIREMOS CON ÉL Vemos que la muerte es una ganancia, y la vida un sufrimiento. Por esto, dice san Pablo: Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Cristo, a través de la muerte corporal, se nos convierte en espíritu de vida. Por tanto, muramos con él, y viviremos con él. En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte. Porque la ley de la carne está en oposición a la ley del espíritu e induce a ésta a la ley del error. ¿Qué remedio hay para esto? ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias. Tenemos un médico, sigamos sus remedios. Nuestro remedio es la gracia de Cristo, y el cuerpo presa de la muerte es nuestro propio cuerpo. Por lo tanto, emigremos del cuerpo, para no vivir lejos del Señor; aunque vivimos en el cuerpo, no sigamos las tendencias del cuerpo ni obremos en contra del orden natural, antes busquemos con preferencia los dones de la gracia. ¿Qué más diremos? Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de todos. Hemos recibido el signo sacramental de su muerte, anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos reunimos para ofrecer la eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es sacramento, su muerte es la máxima solemnidad anual que celebra el mundo. ¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos el sufrirla. Además, la muerte no formaba parte de nuestra naturaleza, sino que se introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el principio, sino que nos la dio como un remedio. En efecto, la vida del hombre, condenada, por culpa del pecado, a un duro trabajo y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar fin a estos males, de modo que la muerte restituyera lo que la vida había perdido. La inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia. Nuestro espíritu aspira a abandonar las sinuosidades de esta vida y los enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella asamblea celestial, a la que sólo llegan los santos, para cantar a Dios aquella alabanza que, como nos dice la Escritura, le cantan al son de la cítara: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente, justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos! ¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento; y también para contemplar, Jesús, tu boda mística, cuando la esposa, en medio de la aclamación de todos, será transportada de la tierra al cielo -a ti acude todo mortal-, libre ya de las ataduras de este mundo y unida al espíritu. Este deseo expresaba, con especial vehemencia, el salmista, cuando decía: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida y gozar de la dulzura del Señor. * * * EL PADRENUESTRO, Cuando Jesús se retiraba a orar, se alejaba de sus discípulos; en ciertas ocasiones llevaba consigo a los tres confidentes Pedro, Santiago y Juan; pero aun éstos quedaban a cierta distancia; y esperaban a que regresara. El Maestro no tuvo prisa por introducirlos en la práctica de la oración personal. Ciertamente acudía con ellos a la sinagoga cada sábado para el recitado de los salmos y la lectura de los libros sagrados; santificaba con el rezo la comida y demás momentos de la jornada, como lo hacía todo buen israelita. Les había hecho comprender el valor de la oración secreta, a puerta cerrada, bajo la sola mirada del Padre del cielo, muy preferible a la recitación mecánica de multitud de fórmulas exteriores (Mt 6,5-8). Había de venir de ellos el deseo de orar, como una maduración de las enseñanzas recibidas de él. Por fin un día en que, como tantas veces, volvía de la oración, uno de ellos se aventuró a decirle: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos (Lc 11,1-3). Ese momento esperaba Jesús. Pedagogía digna de tenerse en cuenta: de poco sirve iniciar en la oración a quien no siente hambre de orar. Fue entonces cuando, según Lucas, Jesús enseñó a los apóstoles el Padrenuestro, que Mateo coloca en el contexto del sermón de la montaña. En efecto, la intención del Maestro no fue proporcionarles una fórmula ideal para recitarla, sino más bien facilitarles el paradigma esencial del diálogo filial con el Padre. Puede ser muy útil una meditación pausada, parte por parte, de ésta que viene llamada «la oración del Señor»; es ella la que une a todos los cristianos. Nos servirá de guía el seráfico Padre que, con los primeros hermanos que le dio el Señor, hizo del Padrenuestro la expresión permanente de su piedad: «Movidos por el fuego del Espíritu Santo, rezaban cantando el Padrenuestro, adaptándole una melodía espiritual, no sólo en los tiempos prescritos (de las horas canónicas), sino a cualquier hora» (1 Cel 47). Pero Francisco nutría su contemplación con cada una de las peticiones; fruto de esa luz infusa es la profunda paráfrasis que ha llegado hasta nosotros. Padre nuestro que estás en el cielo. La primera palabra es la más importante: Padre nuestro. Jesús, como primogénito de la multitud de hermanos (Rom 8,29), se une a nosotros en comunión de amor al Padre. Comprendemos la emoción del joven Francisco cuando, viéndose repudiado por su padre terreno, exclamó: «De ahora en adelante podré decir a boca llena: ¡Padre nuestro que estás en el cielo!» (2 Cel 12). En el cielo. El alma del Poverello se llena de suavidad trasladándose con el deseo a esa morada celestial, llena del resplandor de la gloria de Dios, de la cual todos estamos llamados a ser ciudadanos:
Siguen las peticiones distribuidas en dos planos, uno que tiene por mira la gloria de Dios y su plan salvífico, otro que se proyecta sobre la tarea del existir humano aquí abajo. Una oración bien ordenada no pone en primer plano nuestra persona, nuestros afanes, nuestras necesidades, nuestros temores..., sino que piensa ante todo en Dios y sus intereses. Pero, sabiendo que nos ama como Padre y tiene sus ojos fijos en nuestra situación, es muy justo que, en un segundo tiempo, se la expongamos con confianza. Santificado sea tu nombre. El nombre de Dios, en la Biblia, es un término que encierra todo cuanto es para los hombres el ser de Dios. Y pedimos que él sea conocido, celebrado, respetado, bendecido... El Hijo de Dios se hizo hombre, ante todo, para glorificar al Padre. Pudo decir al final de su vida: Yo te he glorificado sobre la tierra... He dado a conocer tu nombre a los hombres que tú me has dado... (Jn 17,5s). La misión fundamental que Francisco asigna a sus hermanos es la de ir por el mundo como testigos y pregoneros del nombre de Dios (CtaO 8s). En su paráfrasis refleja su propia experiencia contemplativa de ese conocimiento del misterio de Dios en todas sus dimensiones, evocando un profundo texto de san Pablo (Ef 3,18):
[L. Iriarte, Ejercicios espirituales, Valencia 1998, pp. 89-91]
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