DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 1 DE NOVIEMBRE

 

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TODOS LOS SANTOS. La Iglesia celebra esta solemnidad en honor de todos los santos, o sea, de todos los fieles que murieron en Cristo y con Él han sido ya glorificados en el cielo. Esta fiesta nos recuerda, pues, los méritos de todos los cristianos, de cualquier lengua, raza, condición y nación, que están ya en la casa del Padre, aunque no hayan sido canonizados ni beatificados; nos invita a pedirles su ayuda e intercesión ante el Señor; y nos estimula a seguir su ejemplo, múltiple y variado, en nuestra vida cristiana.- Oración: Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los santos, concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SAN NUÑO DE SANTA MARÍA ÁLVARES PEREIRA. Nació en Sernache do Bomjardin (Portugal) el año 1360 de familia noble. Se educó en la corte del rey Fernando I. Llegó a ser escudero de la reina y gran condestable de Portugal, comandante en jefe del ejército. Contrajo matrimonio y tuvo dos hijos y una hija. Cuando murió el rey Fernando, se enfrentaron, por la sucesión, la corona lusitana y la castellana. Él tomó parte por el aspirante portugués y llevó su ejército a la victoria en la batalla de Aljubarrota, por la que se le consideró héroe nacional. Era todo un caballero cristiano, honesto y piadoso, devoto de la Eucaristía y de la Virgen, de profunda vida espiritual y asidua práctica religiosa. Hizo construir iglesias y monasterios, entre los cuales el convento del Carmen en Lisboa y la iglesia de Santa María de la Victoria, en Batalha. En 1423, ya viudo, ingresó como donado en el convento del Carmen que él había fundado en Lisboa; antes distribuyó los bienes entre los suyos, los pobres y el convento. Murió el 1 de abril o de noviembre de 1431. Lo canonizó Benedicto XVI el año 2009.

BEATO RAINERIO DE AREZZO. Nació en Arezzo (Toscana, Italia) hacia 1250, de la noble familia Mariani, y murió en Borgo San Sepolcro (Arezzo) el 1 de noviembre de 1304. Educado cristianamente, de joven vistió el hábito franciscano, como hermano laico, en el convento de su ciudad natal. Destacó por su humildad, pobreza, obediencia y paciencia. Ejerció en el convento los oficios de portero, refitolero y limosnero, tareas que le servían para ejercer el apostolado del buen ejemplo, sobre todo entre los pobres y sencillos. Por su fama de santidad y de taumaturgo, acudían a él muchas personas, a las que trataba de inculcar las enseñanzas evangélicas y la práctica de las virtudes; en todos infundía la devoción a la Virgen. Conoció a fray Maseo, compañero de San Francisco, quien le refirió la historia de la indulgencia de la Porciúncula, que él, a su vez, trasmitió por escrito a la posteridad.

Beato Eudaldo de IgualadaBEATO EUDALDO DE IGUALADA. Nació en Igualada (Barcelona) en 1918. Hizo la profesión simple en los capuchinos en septiembre de 1934. A continuación pasó a la casa de estudios de Sarriá-Barcelona, y, cuando había acabado el segundo curso de filosofía, se desencadenó la persecución religiosa en España. El 19 de julio de 1936 tuvo que dejar el convento y, después de permanecer escondido unos días, decidió ir a vivir con sus padres en Igualada. Moró en el domicilio familiar y, provisto de un carnet sindical, se puso a trabajar en una fábrica de cartucheras. Algunos compañeros de trabajo le atacaban, pues conocían su condición de religioso. La noche del 31 de octubre de 1936 llamaron a su domicilio tres hombres armados con fusil, preguntando por Luis [Eudaldo] para llevarlo a declarar al comité y regresar enseguida. Al día siguiente, 1 de noviembre de 1936, algunos viajeros vieron su cadáver cerca del cementerio de La Pobla de Caramunt. Beatificado el 21-XI-2015. [Más información]

BEATO RUPERTO MAYER. Nació en Stuttgart (Alemania) el año 1876. Estudió en el seminario de Rottenburg y se ordenó de sacerdote en 1899. Al año siguiente entró en la Compañía de Jesús. Fue misionero popular y predicador por diversas regiones alemanas. En 1912 lo destinaron a Munich y se dedicó en especial a los provincianos llegados a la capital y a los jóvenes. Fue capellán militar en la I Guerra Mundial, lo hirieron y le amputaron la pierna izquierda. Luego continuó su trabajo en Munich e impulsó las congregaciones marianas de hombres. En 1923 comenzó a decir públicamente que un católico no podía adherirse al nazismo. Fue arrestado varias veces y en 1939 los nazis lo internaron en el campo de concentración de Sachsenhausen. Temiendo que su muerte fuera contraproducente para ellos, lo confinaron en la abadía de Ettal, donde permaneció incomunicado hasta el fin de la guerra. Después volvió a Munich y reanudó su labor apostólica hasta su muerte, acaecida el 1 de noviembre de 1945.

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San Audomaro (u Omer). Fue monje, discípulo de san Eustasio, abad de Luxeuil. Nombrado obispo de Théouranne en Flandes (en la actual Francia), renovó la fe cristiana de aquella región. Murió el año 670.

San Austremonio. Obispo en el siglo III/IV de Clermont-Ferrand, en Aquitania (Francia), fue uno de los primeros misioneros de las Galias y evangelizó la región de Auvernia.

San Benigno. Habla de él san Gregorio de Tours y es venerado en Dijon (Francia) como sacerdote y mártir en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Cesáreo. Sufrió el martirio en Terracina (Lazio, Italia), en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

Santos Jerónimo Hermosilla, Valentín Berriochoa y Pedro José Almató. Los tres eran dominicos españoles, misioneros en Vietnam, obispos los dos primeros y el tercero sacerdote, y todos ellos fueron decapitados por orden del emperador Tu Duc en la ciudad de Hai Duong (Vietnam), el 1 de noviembre de 1861. Jerónimo nació en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) el año 1800, se trasladó a Filipinas en 1828, y al año siguiente pasó a Vietnam. Enseguida reverdeció allí la persecución y tuvo que afrontar peligros y dificultades. En 1841 sucedió al mártir san Ignacio Delgado como Vicario apostólico. Tuvo periodos de paz y periodos de persecución, hasta que lo detuvieron en octubre de 1861. Valentín nació en Elorrio (Vizcaya) el año 1827. Llegó a Filipinas en 1856 y luego a Vietnam. Elegido obispo auxiliar de Tonkín central, fue consagrado doce días antes de su martirio. Pedro José nació en San Feliu Sasserra (Barcelona) el año 1830. Se ordenó de sacerdote en Manila el año 1853 y dos años después marchó a Vietnam, donde el cristianismo era objeto de sangrienta persecución.

San Licinio. Obispo de Angers (Francia), a quien el papa san Gregorio Magno le encomendó que atendiera a los monjes que se dirigían a evangelizar Inglaterra. Murió el año 606.

San Magno. Fue obispo de Milán (Italia). Su pontificado suele situarse entre los años 518 y 530.

San Marcelo. Obispo de París (Francia) a caballo entre el siglo IV y el siglo V.

San Maturino. Presbítero de Larchant, en la región de Gâtinais (Isla de Francia), en el siglo VII.

San Rómulo. Presbítero y abad en el territorio de Bourges en Aquitania (Francia), en el siglo V.

San Severino. Monje de Tívoli, en el Lazio (Italia), en el siglo VI.

San Vigor. Nació en la región de Artois (Francia) y fue discípulo de san Vedasto. El año 513 fue nombrado obispo de Bayeux, donde murió hacia el año 538.

Beatos Pedro Pablo Navarro, Dionisio Fujishima, Pedro Onizuka Sandayu y Clemente Kyuemon. Los cuatro fueron quemados vivos en Shimabara (Japón), el 1 de noviembre de 1622, en odio a la fe, por orden imperial. Llegaron al lugar del suplicio cantando las letanías de la Virgen, y dieron ejemplo de fortaleza y serenidad como testigos de Cristo. Pedro Pablo nació en Laino, al sur de Italia, en 1560. Entró de joven en la Compañía de Jesús, estudió y se ordenó de sacerdote en Goa, y en 1585 marchó a Japón. Ejerció un largo y fructífero apostolado en tiempo de paz y en tiempo de persecución, con intrepidez y prudencia, hasta que lo detuvieron a finales de 1621. Dionisio nació en Japón el año 1584, se incorporó a la comunidad cristiana de Nagasaki y fue catequista y compañero del P. Navarro, que lo recibió en la Compañía de Jesús. Pedro era un joven japonés que nació en 1604. Acompañaba al P. Navarro, colaboraba con él y lo hospedaba; ya en la cárcel, el P. Navarro lo admitió en la Compañía. Clemente era un seglar japonés, nacido en 1574, casado y padre de familia. Fue guía y acompañante del P. Navarro en sus viajes apostólicos.

Beato Teodoro Jorge Romzsa. Nació el año 1911 en una región de los Cárpatos que entonces pertenecía al Imperio austro-húngaro. Estudió en Roma y se ordenó de sacerdote en 1936 como miembro de la comunidad greco-católica. De regreso en su país, tuvo que hacer el servicio militar, y a partir de 1938 regentó parroquias y trabajó en el seminario de Ungvar. En 1944, en plena guerra mundial, lo nombraron obispo de Mukacevo (Ucrania). Terminada la guerra, los comunistas presionaron a los uniatas para que se pasaran a la ortodoxia. Él se negó a abandonar la comunión católica, por lo que sufrió muchas vejaciones. Provocaron un accidente de coche, del que salió malherido, y murió envenenado en el hospital de Mukacevo el 27 de octubre de 1947.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Del Apocalipsis: «Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente: "¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!". Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes cayeron rostro a tierra ante el trono, y adoraron a Dios, diciendo: "Amén. La alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén"» (Ap 7,9-12).

Pensamiento franciscano:

Plegaria de San Francisco: «A la gloriosa madre, la beatísima María siempre Virgen, a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael, y a todos los coros celestiales, a los bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro, Pablo, y a los bienaventurados patriarcas, profetas, inocentes, apóstoles, evangelistas, mártires, confesores, vírgenes, y a todos los santos que fueron y que serán y que son, humildemente les suplicamos por tu amor que te den gracias como te place, a ti, sumo y verdadero Dios, eterno y vivo, con tu Hijo carísimo, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo Paráclito, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya» (cf. 1 R 23,6).

Orar con la Iglesia:

Invoquemos con alegría a Dios, corona de todos los santos, y digámosle: Sálvanos, Señor, por la intercesión de los santos.

-Dios sapientísimo, que por medio de Cristo has constituido a los apóstoles fundamento de tu Iglesia, conserva a tus fieles en la doctrina que ellos enseñaron.

-Tú que has dado a los mártires la fortaleza del testimonio, hasta derramar su sangre, haz de los cristianos testigos fieles de tu Hijo.

-Tú que has dado a las santas vírgenes el don insigne de imitar a Cristo virgen, haznos comprender la virginidad a ti consagrada como una señal particular de los bienes celestiales.

-Tú que manifiestas en todos los santos tu presencia, tu rostro, tu palabra y tu amor, otorga a tus fieles sentirse cada vez más cerca de ti por su imitación.

Oración: Concédenos, Dios Padre nuestro, la protección de todos los santos, a fin de que, por su intercesión, obtengamos los dones de tu amor que te pedimos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
Benedicto XVI, Ángelus del día 1 de noviembre de 2008

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy con gran alegría la fiesta de Todos los Santos. Al visitar un jardín botánico, nos sorprende la variedad de plantas y flores, y resulta natural pensar en la fantasía del Creador, que ha transformado la tierra en un maravilloso jardín. Experimentamos un sentimiento análogo cuando consideramos el espectáculo de la santidad: el mundo se nos presenta como un «jardín», donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de toda lengua, pueblo y cultura.

Cada uno es diferente del otro, con la singularidad de la propia personalidad humana y del propio carisma espiritual. Pero todos llevan grabado el «sello» de Jesús (cf. Ap 7,3), es decir, la huella de su amor, testimoniado a través de la cruz. Todos viven felices, en una fiesta sin fin, pero, como Jesús, conquistaron esta meta pasando por fatigas y pruebas (cf. Ap 7,14), afrontando cada uno su parte de sacrificio para participar en la gloria de la resurrección.

La solemnidad de Todos los Santos se fue consolidando durante el primer milenio cristiano como celebración colectiva de los mártires. En el año 609, en Roma, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón, dedicándolo a la Virgen María y a todos los mártires. Por lo demás, podemos entender este martirio en sentido amplio, es decir, como amor a Cristo sin reservas, amor que se expresa en la entrega total de sí a Dios y a los hermanos. Esta meta espiritual, a la que tienden todos los bautizados, se alcanza siguiendo el camino de las «bienaventuranzas» evangélicas, que la liturgia nos indica en la solemnidad de hoy (Mt 5,1-12). Es el mismo camino trazado por Jesús y que los santos y santas se han esforzado por recorrer, aun conscientes de sus límites humanos.

En su existencia terrena han sido pobres de espíritu, han sentido dolor por los pecados, han sido mansos, han tenido hambre y sed de justicia, han sido misericordiosos, limpios de corazón, han trabajado por la paz y han sido perseguidos por causa de la justicia. Y Dios los ha hecho partícipes de su misma felicidad: la gustaron anticipadamente en este mundo y, en el más allá, gozan de ella en plenitud. Ahora han sido consolados, han heredado la tierra, han sido saciados, perdonados, ven a Dios, de quien son hijos. En una palabra: «de ellos es el reino de los cielos».

En este día sentimos que se reaviva en nosotros la atracción hacia el cielo, que nos impulsa a apresurar el paso de nuestra peregrinación terrena. Sentimos que se enciende en nuestro corazón el deseo de unirnos para siempre a la familia de los santos, de la que ya ahora tenemos la gracia de formar parte. Como dice un célebre canto espiritual: «Cuando venga la multitud de tus santos, oh Señor, ¡cómo quisiera estar entre ellos!».

Que esta hermosa aspiración anime a todos los cristianos y les ayude a superar todas las dificultades, todos los temores, todas las tribulaciones. Queridos amigos, pongamos nuestra mano en la mano materna de María, Reina de todos los santos, y dejémonos guiar por ella hacia la patria celestial, en compañía de los espíritus bienaventurados «de toda nación, pueblo y lengua» (Ap 7,9). Y unamos ya en la oración el recuerdo de nuestros queridos difuntos, a quienes mañana conmemoraremos.

[Después del Ángelus] Dirijo mi más cordial bienvenida a los peregrinos de lengua española. La fiesta de Todos los Santos nos invita a considerar con alegría y gratitud al Señor la llamada a la santidad recibida en el sacramento del bautismo. Siguiendo el ejemplo de los santos y contando con su constante intercesión podremos avanzar con esperanza y humildad en nuestro camino de perfección cristiana.

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APRESURÉMONOS HACIA LOS HERMANOS
QUE NOS ESPERAN

San Bernardo, Sermón 2

¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende mí un fuerte deseo.

El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.

El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordarnos que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con él. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.

Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.

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LA VÍA SERÁFICA DE LA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA
por Lázaro Iriarte, OFMCap

«Tú eres amor, caridad»; así se expresa Francisco en las Alabanzas del Dios Altísimo y en la Paráfrasis del Padrenuestro. Esta noción de Dios, dada por san Juan, ha calado muy adentro en el ánimo del Poverello. Cuando quiere inculcar a los hermanos algo que lleva muy en el corazón lo hace en estos términos: «Suplico en la santa caridad, que es Dios». De forma similar lo dice en el testamento lírico para Clara y las hermanas: «os ruego por el grande Amor...».

Siente el reclamo del amor del Creador en toda manifestación de su bondad, en todo ser creado. Se mira a sí mismo como puro don de ese amor infinito, que lo convirtió sacándolo de los pecados, que le mostró la vía evangélica, le dio hermanos y lo llenó de su gracia... Por eso su piedad es una respuesta gozosa de puro amor. El amor es la atmósfera en que se mueve su contemplación, el sello de su piedad, la ley primera de la fraternidad y el mensaje fundamental que los hermanos menores han de llevar al mundo, como lo dejó escrito en el capítulo 23 de la primera Regla:

«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y firmeza, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y anhelos, al Señor Dios, que a todos nosotros nos ha dado y nos da todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos ha creado, nos ha redimido y, por sola su misericordia, nos salvará, que nos ha hecho y nos hace todo bien...» (1 R 23,8).

Se estremecía con sólo oír mencionar el amor de Dios. «Súbitamente se excitaba, se conmovía, se inflamaba, como si al sonido de la voz exterior vibrasen las fibras interiores de su corazón... Y, lleno de afecto, decía: ¡Mucho se ha de amar el amor de quien tanto nos ha amado!». Meditaba y glosaba el primero y más grande mandamiento: Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma...; y pedía poder «emplear todas sus energías y todos los sentidos del alma y del cuerpo exclusivamente al servicio del amor de Dios, en amar al prójimo y en atraer a todos al amor del Señor» (ParPN 5). No sabía rehusar nada que se le pidiera por amor de Dios, y era arriesgado usar esta fórmula hablando con él (LP 90).

«Todo seráfico en ardor», definirá Dante a Francisco, aludiendo al distintivo que ya entonces se aplicaba a la familia franciscana: llamada a representar en la Iglesia la función que se atribuye a los serafines en el cielo de arder ante Dios en amor. Todo lo franciscano ha venido recibiendo el calificativo de seráfico.

Las oraciones personales del Poverello han vuelto a ser de actualidad. La inspiración eminentemente bíblica, fruto de la detenida contemplación de los misterios revelados, y la unción singular que las anima, sin ceder al sentimentalismo, les comunican perennidad. Te invito, hermano, a identificarte silenciosamente con algunas de ellas: el capítulo 23 de la Regla no bulada, la Paráfrasis del Padrenuestro, las Alabanzas del Dios Altísimo, el Saludo a la Virgen María... Detente, de modo especial, en el estribillo personalísimo que aparece hasta cinco veces: «Tú eres el bien, todo bien, sumo bien, fuente de todo bien...». Para quien vive, como Francisco, la opción de la pobreza radical, resulta particularmente grato descubrir en Dios el BIEN total, «toda nuestra riqueza a saciedad» (AlD 5).

De santa Clara no nos han llegado oraciones personales, pero sus escritos delatan la elevación y el ardor de sus contemplaciones amorosas, en especial de su amor esponsal a Cristo. En su pedagogía con las jóvenes formandas les enseñaba, ante todo, a «amar a Dios sobre todas las cosas» (Proc 10,2). Se veía a sí misma como un don del amor creador y santificador de Dios, un amor tiernamente materno. Las hermanas le oyeron alentar a su alma, antes de su muerte, con estas palabras: «Parte segura y en paz, al encuentro de aquel que te creó, te santificó y puso en ti al Espíritu Santo, y siempre ha tenido cuidado de ti como una madre del hijo que ama» (Proc 3,20).

[L. Iriarte, Ejercicios espirituales, Valencia 1998, pp. 83-85]

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