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| DÍA 31 DE OCTUBRE
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* * * San Antonino de Milán. Fue elegido obispo de Milán el año 660 y durante su pontificado, que fue breve, trabajó con empeño para extinguir la herejía arriana entre los lombardos. Murió el año 661. San Epímaco Pelusiota. Sufrió el martirio en Alejandría de Egipto el año 250. Cuenta la tradición que, en tiempo de la persecución del emperador Decio, al ver cómo el prefecto obligaba a los cristianos a ofrecer sacrificios a los ídolos, intentó destruir el altar pagano, y por esto fue inmediatamente detenido y torturado, y finalmente decapitado. San Foilán. Era irlandés y hermano de san Furseo. Se hizo monje y sacerdote, y con su hermano pasó a Inglaterra donde fundó un monasterio. Luego marchó a Francia y el año 650 fundó el monasterio de Fosses en Brabante (territorio actual de Bélgica) para hombres y el de Nivelles para mujeres, cuidando él de los dos con gran celo y prudencia, permaneciendo siempre fiel a las normas monásticas de su patria. Yendo de viaje hacia el de Nivelles para la celebración de los divinos oficios, fue asesinado por unos ladrones. Era el año 655. San Quintín. Era ciudadano y senador romano, y sufrió el martirio en Vermand (Picardía, Francia), en el siglo III, en tiempo del emperador Maximiano. San Wolfgango. Nació en Pfullingen (Alemania) hacia el año 924. Recibió una excelente educación en escuelas monásticas y episcopales, y fue profesor en la escuela catedralicia de Tréveris. Otón I lo colocó en su cancillería de Colonia. El año 965 ingresó en el monasterio de Einsiedeln, donde se ordenó de sacerdote. Estuvo luego de misionero en Hungría y se estableció en Passau. Lo nombraron obispo de Ratisbona en el 973. Como buen pastor visitaba las parroquias, se interesaba por las escuelas y fomentaba la vida cristiana; reorganizó la diócesis. Fue educador de san Enrique II el emperador. Practicó la caridad en especial con los pobres y necesitados. Murió en Pupping (Austria) el año 994, cuando iba de misión a Hungría. Beato Augusto María Merino. Nació en San Cebrián de Mudá (Palencia) en 1894. Profesó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1913. Como profesor de la Sección técnica era muy competente. Cuando se desató la persecución estaba en su colegio de Tarragona. Junto con otros hermanos se alojó en el Hotel Nacional. El 19-IX-1936, delatados por una empleada, fueron detenidos por los milicianos y, cuando los llevaban en una furgoneta a fusilarlos, saltó del vehículo y se escapó. Durante días y noches anduvo errante, comiendo lo que encontraba y procurando ocultarse de todos, hasta que, a finales de octubre de 1936, lo detuvieron y lo asesinaron en Catllar (Tarragona). Beatificado el 13-X-2013. Beato Domingo Collins. Nació en Youghal, cerca de Cork (Irlanda), el año 1566. Buscando una situación mejor, con veinte años, se marchó a Bretaña (Francia) a trabajar. Se alistó en las filas de la Liga Católica con la que durante nueve años participó en varias guerras y alcanzó el grado de capitán. Luego marchó a La Coruña (España) donde vivió con una buena pensión. Atraído por la vida religiosa, pidió al provincial de Castilla la admisión en la Compañía de Jesús, y lo admitió en 1598 como hermano coadjutor. En 1601 volvió a Irlanda acompañando al P. James Archer que llevaba la misión de apoyar a los católicos contra Isabel I. Lo detuvieron y lo torturaron invitándolo repetidamente a cambiar de religión, pero él profesó con firmeza la fe católica y fue ahorcado en su pueblo el año 1602. Beato Ildefonso Luis Casas Lluch. Nació en Sampedor (Barcelona) en 1886. Tomó el hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1902. Ejerció su ministerio en España y Francia. Cuando estalló la persecución religiosa era director del colegio de Horta (Barcelona). Pudo irse a Francia, pero no quiso hacerlo hasta que todos los hermanos de su comunidad estuvieran a salvo. Cuando lo intentó más tarde, fue detenido en Gerona y llevado a Barcelona, a la checa de San Elías. El 19 de octubre lo dejaron libre. Pero días después lo localizaron los milicianos cuando hablaba por teléfono con un hermano de su comunidad, lo detuvieron y lo asesinaron aquel mismo día. Era a finales de octubre de 1936. Beata Irene Stefani. Nació en Anfo (Brescia, Italia) en 1891. Profesó en el instituto de las Misioneras de la Consolata en 1914 y aquel mismo año la destinaron a las misiones de Kenia. Hasta 1920 estuvo trabajando en hospitales militares para los soldados nativos que transportaban material militar. De 1920 a 1930 residió en Gekondi, dedicada a enseñanza y a la atención de los más pobres y enfermos, a los que acogía y también buscaba. Cuidando a enfermos de peste, contrajo la enfermedad, y murió el 31 de octubre de 1930 en Gekonki. Sirvió a la población keniata con alegría, misericordia y tierna compasión, por lo que la llamaban "Misericordiosa". Beatificada el 23-V-2015. Beato León Nowakowski. Nació en Byton (Polonia) el año 1913. De adolescente ingresó en el seminario diocesano de Wloclawek, y se ordenó de sacerdote en 1937. Estudió teología en Roma y volvió a Polonia en el verano de 1939 para pasar las vacaciones. Estalló entonces la II Guerra Mundial y no pudo regresar a Roma. Se quedó en su parroquia colaborando con el párroco y sustituyéndolo cuando fue arrestado. El 24 de octubre de 1939 fue arrestado él mismo. La noche del 31 de octubre al 1 de noviembre de aquel año lo fusilaron en Piotrkow Kujawski (Polonia), por haber defendido su fe frente a un régimen contrario a Dios. Beatas Modesta Moro y María Pilar Isabel Sánchez, Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Cuando estalló la persecución religiosa, estaban en el hospital maternal Santa Cristina de Madrid, la primera en la farmacia y la segunda como auxiliar de quirófano. Se refugiaron en su casa central y luego pasaron a una pensión. El 31 de octubre de 1936 quisieron ir a la casa central para asistir a la Eucaristía, pero no llegaron: los milicianos las detuvieron, ellas confesaron que eran Hijas de la Caridad, y las fusilaron en el km 6 de la carretera antigua de Madrid a Toledo. Modesta nació en Santibáñez de Béjar (Salamanca) en 1901. Un hermano suyo, Santos, fue obispo de Ávila, y otro, José Máximo, también martirizado y beatificado (cf. 24-VII). Se dedicó a la docencia hasta que, por dificultades en la voz, la destinaron a la farmacia. María nació en Madrid en 1906. Desde niña estuvo en contacto con las Hijas de la Caridad, de ellas aprendió las primeras letras y con ellas fue desarrollando y consolidando su personalidad humana y cristiana. La obediencia la destinó a hospitales y a servicios sanitarios.- Beatificadas el 13-X-2013.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Himno al designio salvífico de Dios: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos. En Jesucristo, por su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados» (cf. Ef 1,3-7). Pensamiento franciscano: Nota manuscrita de Fr. León en el breviario de Sta. Clara: «Francisco hizo escribir este evangeliario. Y el día que no podía oír misa, por motivo de enfermedad o por cualquier otro notorio impedimento, se hacía leer el evangelio que aquel mismo día se leía en la iglesia durante la misa. Mantuvo esta práctica hasta su muerte. Pues solía decir: "Cuando no oigo misa, adoro el cuerpo de Cristo con los ojos de la mente en la oración, como lo adoro cuando lo veo en la misa"». Orar con la Iglesia: Oremos a Dios Padre, en comunión con tantos santos, hermanos nuestros, que vivieron las Bienaventuranzas proclamadas por su Hijo y gozan ya de la claridad de Dios. -Por la Iglesia: para que sea a los ojos del mundo imagen de la nueva humanidad prometida por Cristo. -Por los que ejercen la autoridad y el poder: para que trabajen por la paz, fruto de la justicia, y protejan en particular a los más débiles y desvalidos. -Por los pobres, los enfermos, los que tienen hambre, los perseguidos...: para que puedan experimentar el consuelo, la hartura y la recompensa de Dios. -Por todos los cristianos: para que el ejemplo de los santos nos estimule a vivir las Bienaventuranzas que ellos supieron encarnar. Oración: Escucha, Señor, nuestras súplicas y concédenos bondadoso lo que te pedimos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * LA VOCACIÓN
UNIVERSAL A LA SANTIDAD Queridos hermanos y hermanas: En la solemnidad de Todos los Santos, nuestro corazón, superando los confines del tiempo y del espacio, se ensancha con las dimensiones del cielo. En los inicios del cristianismo, a los miembros de la Iglesia también se les solía llamar «los santos». Por ejemplo, san Pablo, en la primera carta a los Corintios, se dirige «a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro» (1 Cor 1,2). En efecto, el cristiano ya es santo, pues el bautismo lo une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo debe llegar a serlo, conformándose a él cada vez más íntimamente. A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, llegar a ser santo es la tarea de todo cristiano, más aún, podríamos decir, de todo hombre. El apóstol san Pablo escribe que Dios desde siempre nos ha bendecido y nos ha elegido en Cristo «para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (Ef 1,4). Por tanto, todos los seres humanos están llamados a la santidad que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en la «semejanza» a él según la cual han sido creados. Todos los seres humanos son hijos de Dios, y todos deben llegar a ser lo que son, a través del camino exigente de la libertad. Dios invita a todos a formar parte de su pueblo santo. El «camino» es Cristo, el Hijo, el Santo de Dios: nadie puede llegar al Padre sino por él (cf. Jn 14,6). La Iglesia ha establecido sabiamente que a la fiesta de Todos los Santos suceda inmediatamente la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. A nuestra oración de alabanza a Dios y de veneración a los espíritus bienaventurados, que nos presenta hoy la liturgia como «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas» (Ap 7,9), se une la oración de sufragio por quienes nos han precedido en el paso de este mundo a la vida eterna. Mañana les dedicaremos a ellos de manera especial nuestra oración y por ellos celebraremos el sacrificio eucarístico. En verdad, cada día la Iglesia nos invita a rezar por ellos, ofreciendo también los sufrimientos y los esfuerzos diarios para que, completamente purificados, sean admitidos a gozar para siempre de la luz y la paz del Señor. En el centro de la asamblea de los santos resplandece la Virgen María, «la más humilde y excelsa de las criaturas» (Dante, Paraíso, XXXIII, 2). Al darle la mano, nos sentimos animados a caminar con mayor impulso por el camino de la santidad. A ella le encomendamos hoy nuestro compromiso diario y le pedimos también por nuestros queridos difuntos, con la profunda esperanza de volvernos a encontrar un día todos juntos en la comunión gloriosa de los santos. [Después del Ángelus] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española... En la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia se goza al contemplar a tantos hijos suyos que, a través de los siglos, han llegado a la casa del Padre. Ellos nos acompañan con su intercesión. Que su fidelidad a la voluntad de Dios nos estimule a avanzar con humildad y perseverancia en el camino de la santidad, siendo en todas partes testigos valientes de Cristo. * * * SANTA Y PIADOSA ES LA
IDEA ¿Qué es el hombre para que te ocupes de él? Un gran misterio me envuelve y me penetra. Pequeño soy y, al mismo tiempo, grande, exiguo y sublime, mortal e inmortal, terreno y celeste. Con Cristo soy sepultado, y con Cristo debo resucitar; estoy llamado a ser coheredero de Cristo e hijo de Dios; llegaré incluso a ser Dios mismo. Esto es lo que significa nuestro gran misterio; esto lo que Dios nos ha concedido, y, para que nosotros lo alcancemos, quiso hacerse hombre; quiso ser pobre, para levantar así la carne postrada y dar la incolumidad al hombre que él mismo había creado a su imagen; así todos nosotros llegamos a ser uno en Cristo, pues él ha querido que todos nosotros lleguemos a ser aquello mismo que él es con toda perfección; así entre nosotros ya no hay distinción entre hombres y mujeres, bárbaros y escitas, esclavos y libres, es decir, no queda ya ningún residuo ni discriminación de la carne, sino que brilla sólo en nosotros la imagen de Dios, por quien y para quien hemos sido creados y a cuya semejanza estamos plasmados y hechos, para que nos reconozcamos siempre como hechura suya. ¡Ojalá alcancemos un día aquello que esperamos de la gran munificencia y benignidad de nuestro Dios! Él pide cosas insignificantes y promete, en cambio, grandes dones, tanto en este mundo como en el futuro, a quienes lo aman sinceramente. Sufrámoslo, pues, todo por él y aguantémoslo todo esperando en él; démosle gracias por todo (él sabe ciertamente que, con frecuencia, nuestros sufrimientos son un instrumento de salvación); encomendémosle nuestras vidas y las de aquellos que, habiendo vivido en otro tiempo con nosotros, nos han precedido ya en la morada eterna. ¡Señor y hacedor de todo, y especialmente del ser humano! ¡Dios, Padre y guía de los hombres que creaste! ¡Arbitro de la vida y de la muerte! ¡Guardián y bienhechor de nuestras almas! ¡Tú que lo realizas todo en su momento oportuno y, por tu Verbo, vas llevando a su fin todas las cosas según la sublimidad de aquella sabiduría tuya que todo lo sabe y todo lo penetra! Te pedimos que recibas ahora en tu reino a Cesáreo, que como primicia de nuestra comunidad ha ido ya hacia ti. Dígnate también, Señor, velar por nuestra vida, mientras moramos en este mundo, y, cuando nos llegue el momento de dejarlo, haz que lleguemos a ti preparados por el temor que tuvimos de ofenderte, aunque no ciertamente poseídos de terror. No permitas, Señor, que en la hora de nuestra muerte, desesperados y sin acordarnos de ti, nos sintamos como arrancados y expulsados de este mundo, como suele acontecer con los hombres que viven entregados a los placeres de esta vida, sino que, por el contrario, alegres y bien dispuestos, lleguemos a la vida eterna y feliz, en Cristo Jesús, Señor nuestro, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. * * * FRANCISCO Y CLARA DESCUBREN
EL EVANGELIO Por espacio de dos años y medio Francisco, el joven convertido, había estado a la espera de conocer el rumbo que Dios quería dar a su vida, hasta que un día recibió la respuesta en la lectura del evangelio de la misión en la capilla de la Porciúncula. «Esto es lo que yo deseo -exclamó-, esto es lo que busco, esto me propongo realizar con todas las fibras de mi corazón». Lleno de gozo se descalza, viste una túnica sencilla ceñida con una cuerda y así, hecho hombre del evangelio, «comienza a predicar a todos la conversión con gran fervor de espíritu y gozo interior» (1 Cel 22s). De esa forma nació en la Iglesia una nueva etapa de la vida consagrada. Francisco tenía clara ahora la vida que debía seguir, una vida que compartir con otros y un mensaje penitencial que llevar al mundo. A los pocos días se le fueron juntando los primeros compañeros, que él recibió como un don de Dios. Quiso verificar con los dos primeros si ellos eran llamados también a la misma vida; fue con ellos a la iglesia, abrieron el libro de los evangelios y los pasajes que leyeron iban en la misma línea de lo que él había escuchado. Lo recordará él en su Testamento: «Después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba lo que yo debía hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del santo evangelio». Con el grupo de los primeros llegados, el fundador se puso a experimentar la vida evangélica, alternando el retiro de Rivo Torto con las salidas a las regiones vecinas llevando el anuncio de paz y de conversión. De aquella experiencia brotó el primer bosquejo de regla, compuesta con los textos más significativos del proyecto evangélico. Y con ella se puso en camino el grupo entero para ir a los pies del papa Inocencio III en busca del refrendo supremo. Francisco se expresa con exactitud teológica: «El Altísimo me reveló..., el señor papa me lo confirmó» (Test 14s). He aquí el compromiso fundamental franciscano, del que derivan todos los demás. El fundador lo afirma categóricamente en sus dos reglas: «La regla y vida de los hermanos es ésta... seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 1,1). «La regla y vida de los hermanos menores es ésta, a saber, guardar el santo evangelio de nuestro Señor Jesucristo... Firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y humildad y el santo evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que firmemente hemos prometido» (2 R 1,1; 12,4). No será otra la «forma de vida» dada por Francisco a Clara y las hermanas: «Por inspiración divina... habéis elegido vivir conforme a la perfección del santo evangelio». Y la plantita de san Francisco, al componer su regla propia en 1252, al cabo de cuarenta años de experiencia, no hará sino transcribir textualmente las palabras del fundador en la suya: «La forma de vida de la Orden de las hermanas pobres, que instituyó san Francisco, es ésta: guardar el santo evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (RCl 1,1). Iniciar a los hermanos en el conocimiento y en la contemplación del evangelio fue la base de la pedagogía de Francisco; al grupo inicial de Rivo Torto lo aficionó a la contemplación directa del texto sagrado. Por fe y por propia experiencia estaba convencido de que la palabra de Dios, sembrada en el corazón, produce lo que significa cuando es acogida en terreno dócil, porque Dios acompaña y da eficacia a su palabra. No sólo el evangelio era para Francisco objeto de lectura atenta y de meditación, sino toda la sagrada Escritura. Escribe Tomás de Celano: «Si bien este santo hombre no había recibido formación alguna de cultura humana, con todo, instruido por la sabiduría superior que viene de Dios e ilustrado con los rayos de la luz eterna, poseía en no pequeño grado el sentido de las Escrituras. Su inteligencia, limpia de toda mancha, penetraba los secretos de los misterios; lo que permanecía inaccesible a la ciencia de los maestros se hacía patente al afecto del amante» (2 Cel 102). Él se sabía poseedor de ese don recibido de la divina liberalidad y, verdadero pobre de espíritu, no lo retenía para sí, sino que sentía urgencia de compartirlo con los demás, yendo a «servir a todos las perfumadas palabras del Señor» (2CtaF 2s). Colocar el evangelio como suprema norma de vida no significa solamente aceptarlo como punto de referencia de los cauces morales y ascéticos, en que las citas bíblicas suelen venir como a apoyar posiciones racionales, sino que equivale a ponerlo antes y por encima de todo convencionalismo, y aun de toda ley humana. En consecuencia, Francisco se resiste a ligar con prescripciones demasiado precisas la vida de los hermanos, no sea que las invitaciones evangélicas pasen a segundo plano y se las quiera ceñir a los límites de una norma disciplinar. Él se coloca siempre en la hipótesis de un compromiso asumido libremente por hermanos dóciles al Espíritu, sometidos totalmente a los preceptos de Dios y de la Iglesia, animados de una voluntad de servicio y de obediencia recíproca, en virtud de la libertad de los hijos de Dios. [L. Iriarte, Ejercicios espirituales, Valencia 1998, pp. 59-62]
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