DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 30 DE OCTUBRE

 

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SAN MARCELO, CENTURIÓN. El 21 de julio del año 298, se celebraba en León (España) la fiesta de los «augustos imperadores». Mientras los demás sacrificaban a los dioses, Marcelo, que militaba en el ejército imperial romano y era centurión ordinario, se quitó las insignias de su función en presencia de la tropa y las arrojó al pie de los estandartes, proclamando que era cristiano y no podía seguir manteniendo el juramento militar, pues debía obedecer solamente a Cristo. El 28 de julio fue interrogado por el presidente Astayano Fortunato, y Marcelo confirmó los hechos. Fortunato, considerada la gravedad del delito, decidió enviarlo a su superior jerárquico, Aurelio Agricolano de Tánger, el cual apenas podía creerse lo que le decía la carta de Fortunato. El 30 de octubre del año 298, Agricolano interrogó a Marcelo, quien una vez más, ahora en Tánger (Marruecos), confirmó lo sucedido y se ratificó en sus convicciones. Aquel mismo día fue condenado a muerte y decapitado. Leyendas posteriores añadieron otras noticias que no tienen fundamento histórico. En León se levantó en su honor una iglesia preciosa, en la que se guardan sus reliquias.

BEATO ÁNGEL DE ACRI. Nació en Acri (Cosenza, Italia) el año 1669. Su itinerario vocacional fue laborioso, pues, tras dos noviciados frustrados, sólo después del tercero llegó a profesar en los Capuchinos, en 1691. Ordenado de sacerdote en 1700, se dedicó de lleno a la predicación, sencilla y popular, durante casi cuarenta años, por toda Calabria y gran parte del Sur de Italia, labor que completaba con su dedicación al confesonario, donde atendía a multitud de fieles que allí encontraban la gracia, la orientación y el consuelo que necesitaban. El Señor acompañaba su apostolado con carismas y milagros. Sus devociones más sentidas fueron la Eucaristía (las Cuarenta Horas), la pasión de Cristo (el Calvario, el Vía crucis) y la Virgen María (la Dolorosa). En su Orden ejerció con gran celo y no menor caridad diversos oficios como el de maestro de novicios, guardián o superior provincial. Murió en Acri el 30 de octubre de 1739.

BEATO ALEJO (ALEJANDRO) ZARYCKYJ. Nació el año 1912 en Bilche, región de Lvov (Leópoli), en Ucrania. En 1931 entró en el seminario de Lvov y en 1936 recibió la ordenación sacerdotal como sacerdote diocesano de la archieparquía de Lvov de los ucranianos. Fue párroco en Strutyn y en Zarvanytsia. El año 1948 las autoridades bolcheviques lo detuvieron en Riasna Ruska (Lvov), ciudad adonde se había trasladado durante la II Guerra Mundial, y lo condenaron a ocho años de exilio en Karaganda (Kazajstán). Excarcelado el 10 de abril de 1956 gracias a una amnistía general, volvió primero a Halychyna y después a Karaganda, con el propósito de organizar las comunidades católicas clandestinas. Lo nombraron Administrador Apostólico de Kazajstán y de Siberia, pero el 9 de mayo de 1962 lo arrestaron de nuevo y lo condenaron por «vagabundo» a dos años de cárcel. Lo internaron en el campo de concentración de Dolinka (Kazajstán) y allí murió mártir de la fe el 30 de octubre de 1963.

Beata María Restituta Kafka. El Martirologio Romano incluye a esta beata mártir el día 30 de octubre. Pero el Index de la Congregación para las Causas de los Santos, y el mismo breve de su beatificación sitúan el martirio de esta religiosa el 30 de marzo de 1943 en Viena, lo que parece más ajustado a los hechos. En todo caso, su memoria litúrgica se celebra el 29 de octubre.

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Santos Claudio, Lupercio y Victorio. Fueron martirizados en León (España) el año 303/304, durante la persecución del emperador Diocleciano. Una tradición dice que eran soldados. Otra tradición, más tardía, los hace hijos de san Marcelo, centurión y mártir de Tánger, cuya memoria se celebra en este mismo día.

Santa Eutropia. La detuvieron porque visitaba a los cristianos en la cárcel. Se negó rotundamente a apostatar de su fe en Cristo y la sometieron al suplicio del garfio y del fuego. Al comprobar su constancia inquebrantable, la decapitaron en Alejandría de Egipto en una fecha desconocida del siglo III.

San Gerardo. Obispo de Potenza en Italia. Murió el año 1122.

San Germán. Obispo de Capua en Campania (Italia), murió el año 540. De él habla el papa san Gregorio Magno en sus escritos.

San Marciano. Es considerado como primer obispo de Siracusa (Sicilia, Italia), y murió a finales del siglo I o principios del siglo II.

San Máximo. Fue martirizado en Cuma (Campania, Italia) el año 303. Se dice que era de Apamea.

San Serapión. Obispo de Antioquía, que defendió la fe católica y luchó contra la herejía de los frigios (montanismo). Dejó algunos escritos. Célebre por su erudición y doctrina, no menos que por su fama de santidad. Murió el año 211.

Beata Bienvenida Boiani. Nació en Cividale del Friuli (Italia) el año 1255, y allí pasó toda su vida. Era hija del señor de la ciudad y recibió una buena educación cristiana. Muy pronto hizo voto privado de virginidad, pero no ingresó en un monasterio sino que se quedó en su casa e ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo. Cayó gravemente enferma, visitó el sepulcro de santo Domingo en Bolonia, y regresó curada. Llevó vida de elevada oración y gran penitencia, y el Señor le concedió experiencias místicas extraordinarias. Murió, tras larga y penosa enfermedad, en 1292.

Beato Juan Miguel Langevin. Nació en Ingrandes-sur-Loire (Francia) el año 1751. De joven se decidió por la vida sacerdotal y, ordenado de sacerdote, lo nombraron párroco de Briollay. Al llegar la Revolución Francesa se negó a jurar la constitución civil del clero, por lo que fue apartado de su parroquia. Continuó ejerciendo el sagrado ministerio en la clandestinidad, pero, en la época del terror, fue arrestado, condenado y guillotinado en la plaza de Angers el año 1794. Fue el primero de una larga lista de más de cien hombres y mujeres que, durante el terror de la Revolución Francesa, permanecieron firmes y constantes en la confesión de la fe cristiana.

Beato Juan Slade. Nació en Ewlss (Inglaterra) el año 1549. Estudió en Oxford y luego en Douai (Francia). Volvió a Inglaterra en 1578 y se puso a trabajar como maestro de escuela. Dos años después, en 1580, lo acusaron de ser católico, por lo que lo encarcelaron. Dos veces lo condenaron a muerte por ser un «papista muy peligroso» y negar la supremacía de la reina Isabel I en materia espiritual. Pasó mucho tiempo en la cárcel. El año 1583, en Winchester, lo ahorcaron, destriparon y descuartizaron mientras él invocaba en el nombre de Jesús.

Beato Terencio Alberto O'Brien. Nació en Cappamore (Irlanda) el año 1601. Era descendiente de la antigua casa real irlandesa. En 1621 ingresó en la Orden de Predicadores y marchó a España, donde recibió la ordenación sacerdotal después de hacer sus estudios en Toledo. Volvió a Irlanda y le confiaron muchos cargos en su Orden. En 1644 asistió en Roma al capítulo general de los suyos, que le dio el título de «Maestro en teología». El papa lo nombró obispo de Emly, y recibió la consagración en 1648. Trabajó con empeño por el bien de sus fieles y atendió a los afectados por la peste. Bajo el régimen de Oliver Cromwell, fue detenido por los soldados y conducido al patíbulo en Limerick por odio a la fe católica, el año 1651.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo escribió a los Filipenses: «Todo lo que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,7-8).

Pensamiento franciscano:

De la carta de san Francisco a toda la Orden: «A todos los reverendos y muy amados hermanos..., el hermano Francisco, hombre vil y caduco, vuestro pequeñuelo siervo, os desea salud en Aquel que nos redimió y nos lavó en su preciosísima sangre; al oír su nombre, adoradlo con temor y reverencia, rostro en tierra; su nombre es Señor Jesucristo, Hijo del Altísimo, que es bendito por los siglos» (CtaO 2-4).

Orar con la Iglesia:

Oremos, hermanos, a Dios nuestro Padre con filial confianza, pues Jesucristo, por quien hemos renacido del agua y del Espíritu Santo, intercede por nosotros.

-Para que la Iglesia se mantenga firme en la convicción de que debe obedecer a Dios antes que a los hombres.

-Para que los abatidos y todos cuantos sufren sientan la cercanía del Padre que los ama, y nosotros contribuyamos a ello.

-Para que los que tienen poder y autoridad tengan más en cuenta a los pobres y a los marginados.

-Para que los cristianos, que celebramos con gozo a Cristo resucitado, seamos testigos en la vida de lo que celebramos en la fe.

Oración: Atiende, Padre, las oraciones de tus hijos. Te las presenta Jesucristo, tu Hijo, nuestro salvador y redentor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

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LA GRAN FAMILIA DE LOS AMIGOS DE DIOS
Benedicto XVI, Ángelus del día 1 de noviembre de 2005

Queridos hermanos y hermanas:

El día primero de noviembre celebramos la solemnidad de Todos los Santos, que nos hace gustar la alegría de formar parte de la gran familia de los amigos de Dios o, como escribe san Pablo, de «participar en la herencia de los santos en la luz» (Col 1,12). La liturgia vuelve a proponer la expresión, llena de asombro, del apóstol san Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1). Sí, ser santos significa realizar plenamente lo que ya somos en cuanto elevados, en Cristo Jesús, a la dignidad de hijos adoptivos de Dios. Con la encarnación del Hijo, con su muerte y resurrección, Dios quiso reconciliar consigo a la humanidad y hacerla partícipe de su misma vida. Quien cree en Cristo, Hijo de Dios, renace «de lo alto», es regenerado por obra del Espíritu Santo. Este misterio se realiza en el sacramento del bautismo, mediante el cual la madre Iglesia da a luz a los «santos».

La vida nueva, recibida en el bautismo, no está sometida a la corrupción y al poder de la muerte. Para quien vive en Cristo, la muerte es el paso de la peregrinación terrena a la patria del cielo, donde el Padre acoge a todos sus hijos, «de toda nación, raza, pueblo y lengua», como leemos hoy en el libro del Apocalipsis. Por eso, es muy significativo y apropiado que, después de la fiesta de Todos los Santos, la liturgia nos haga celebrar la conmemoración de todos los Fieles Difuntos. La «comunión de los santos», que profesamos en el Credo, es una realidad que se construye aquí en la tierra, pero que se manifestará plenamente cuando veamos a Dios «tal cual es» (1 Jn 3,2).

Es la realidad de una familia unida por profundos vínculos de solidaridad espiritual, que une a los fieles difuntos a cuantos son peregrinos en el mundo. Un vínculo misterioso pero real, alimentado por la oración y la participación en el sacramento de la Eucaristía. En el Cuerpo místico de Cristo las almas de los fieles se encuentran, superando la barrera de la muerte, oran unas por otras y realizan en la caridad un íntimo intercambio de dones. En esta dimensión de fe se comprende también la práctica de ofrecer por los difuntos oraciones de sufragio, de modo especial el sacrificio eucarístico, memorial de la Pascua de Cristo, que abrió a los creyentes el paso a la vida eterna.

Uniéndome espiritualmente a cuantos van a los cementerios para rezar por sus difuntos, también yo acudiré a orar a la cripta vaticana, ante las tumbas de los Papas, que forman una corona en torno al sepulcro del apóstol san Pedro, y recordaré de modo especial al amado Juan Pablo II. Queridos amigos, ojalá que la tradicional visita de estos días a las tumbas de nuestros difuntos sea una ocasión para pensar sin temor en el misterio de la muerte y mantener la incesante vigilancia que nos prepara para afrontarlo con serenidad. Que en esto nos ayude la Virgen María, Reina de los santos, a la que ahora nos dirigimos con confianza filial.

[Después del Ángelus] Me complace saludar con afecto a los peregrinos de lengua española... Queridos hermanos y hermanas, en la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia nos invita una vez más a proseguir por el camino de la santidad, siguiendo el ejemplo de aquellos que nos han precedido y que, fieles a la llamada del Señor, practicaron las bienaventuranzas, amando a todos como Dios nos ama.

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SEMBRAD JUSTICIA, Y COSECHARÉIS MISERICORDIA
San Basilio Magno, Homilía 3, 6, sobre la caridad

Oh hombre, imita a la tierra; produce fruto igual que ella, no sea que parezcas peor que ella, que es un ser inanimado. La tierra produce unos frutos de los que ella no ha de gozar, sino que están destinados a tu provecho. En cambio, los frutos de beneficencia que tú produces los recolectas en provecho propio, ya que la recompensa de las buenas obras revierte en beneficio de los que las hacen. Cuando das al necesitado, lo que le das se convierte en algo tuyo y se te devuelve acrecentado. Del mismo modo que el grano de trigo, al caer en tierra, cede en provecho del que lo ha sembrado, así también el pan que tú das al pobre te proporcionará en el futuro una ganancia no pequeña. Procura, pues, que el fin de tus trabajos sea el comienzo de la siembra celestial: Sembrad justicia, y cosecharéis misericordia, dice la Escritura.

Tus riquezas tendrás que dejarlas aquí, lo quieras o no; por el contrario, la gloria que hayas adquirido con tus buenas obras la llevarás hasta el Señor, cuando, rodeado de los elegidos, ante el juez universal, todos proclamarán tu generosidad, tu largueza y tus beneficios, atribuyéndote todos los apelativos indicadores de tu humanidad y benignidad. ¿Es que no ves cómo muchos dilapidan su dinero en los teatros, en los juegos atléticos, en las pantomimas, en las luchas entre hombres y fieras, cuyo solo espectáculo repugna, y todo por una gloria momentánea, por el estrépito y aplauso del pueblo?

Y tú, ¿serás avaro, tratándose de gastar en algo que ha de redundar en tanta gloria para ti? Recibirás la aprobación del mismo Dios, los ángeles te alabarán, todos los hombres que existen desde el origen del mundo te proclamarán bienaventurado; en recompensa por haber administrado rectamente unos bienes corruptibles, recibirás la gloria eterna, la corona de justicia, el reino de los cielos. Y todo esto te tiene sin cuidado, y por el afán de los bienes presentes menosprecias aquellos bienes que son el objeto de nuestra esperanza. Ea, pues, reparte tus riquezas según convenga, sé liberal y espléndido en dar a los pobres. Ojalá pueda decirse también de ti: Reparte limosna a los pobres, su caridad es constante.

Deberías estar agradecido, contento y feliz por el honor que se te ha concedido, al no ser tú quien ha de importunar a la puerta de los demás, sino los demás quienes acuden a la tuya. Y en cambio te retraes y te haces casi inaccesible, rehuyes el encuentro con los demás, para no verte obligado a soltar ni una pequeña dádiva. Sólo sabes decir: «No tengo nada que dar, soy pobre». En verdad eres pobre y privado de todo bien: pobre en amor, pobre en humanidad, pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna.

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FRANCISCO Y CLARA ENCUENTRAN A CRISTO
por Lázaro Iriarte, OFMCap

Tras el encuentro con el hermano leproso, Francisco estaba preparado para encontrar al Cristo hermano y, precisamente, en el Cristo pobre y crucificado que le miraba con amor desde lo alto de la capilla de San Damián. A partir de aquel momento la enorme capacidad afectiva del joven convertido tendría como centro al divino Redentor, contemplado con asombro amoroso en el anonadamiento de la Encarnación, adorado con gozosa ternura en el establo de Belén, seguido como Pastor y escuchado como Maestro, sobre todo llorado y compadecido, hasta la configuración total, en el sacrificio de la cruz.

El primer biógrafo nos ha descrito lo que Jesús era para el Poverello: «Son testigos los hermanos que vivieron con él de cómo cada día y aun cada momento hablaba de Jesús, con qué dulzura y suavidad, con qué ternura y amor lo hacía. De la abundancia del corazón hablaba la boca, y el venero de amor iluminado rebosaba de su pecho a borbotones. Jesús tenía ocupado todo su ser: a Jesús llevaba en el corazón, a Jesús en la boca, a Jesús en los oídos, a Jesús en los ojos, a Jesús en las manos, a Jesús en todos los miembros»... (1 Cel 115).

El Cristo que venera y ama Francisco no es sólo el centro de su devoción, sino el Cristo de la fe, contemplado en cada uno de los misterios de su vida, en su glorificación, en la Eucaristía, en la Iglesia, en la creación.

Con expresiones que evocan las del evangelio de Juan y las de las cartas de Pablo, celebra al «Hijo del Dios Altísimo», por medio del cual «todo ha sido creado, restaurado, pacificado»; el Padre lo ha mandado al mundo como «salvador y libertador»; es el gran don del Padre, un don que todos nosotros no somos capaces de agradecer como conviene; sólo él, que es la suficiencia del Padre, puede darle gracias dignamente, junto con el Espíritu Santo (1 R 23,5-11). Él es la Sabiduría del Padre, su Palabra, luz verdadera que alumbra nuestro camino, vida y fortaleza nuestra.

Cuando Francisco deja hablar a su corazón de enamorado, sin salirse de la andadura bíblica, lo llama esposo, hermano e hijo, ya que «somos sus esposos, sus hermanos, sus madres» (2CtaF 48-56). Se complace en saborear el nombre de Jesús, pronunciándolo con indecible suavidad, pero no olvida que ante ese nombre, que está sobre todo nombre, se dobla toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos (Flp 2,9-10). En su carta a la Orden desea a todos los hermanos «salud en aquel que nos redimió y nos lavó en su sangre preciosísima»; y añade: «Al oír su nombre, adoradle con temor y respeto postrados en tierra: es el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Altísimo, que es bendito por los siglos» (CtaO 3-4).

El corazón virginal de la joven Clara se abrió sin esfuerzo al amor del Cristo pobre y crucificado al calor de las exhortaciones de Francisco. Asimiló fielmente los sentimientos y los conceptos de tal maestro, y supo transmitirlos a sus hijas espirituales, especialmente a Inés de Bohemia. Repite, como quien lo ha experimentado místicamente, que nada es comparable a la suerte de ser «esposa, madre y hermana del Señor Jesucristo». Y la apremia a unirse a él en amor inseparable:

«Dichosa tú, a quien se concede gozar de este sagrado convite, para poder unirte con todas las fibras de tu corazón a aquel, cuya belleza es la admiración incansable de los bienaventurados; su amor enamora, su vista recrea, su bondad llena, su dulzura sacia, su recuerdo inunda de luz suave; a su perfume resucitarán los muertos y su gloriosa visión hará felices a todos los ciudadanos de la Jerusalén celeste».

Luego la invita a mirarse cada día en ese espejo sin mancha, es decir, en la vida toda de Jesús; «en él resplandecen la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad» (cf. 1CtaCl 9ss).

[L. Iriarte, Ejercicios espirituales, Valencia 1998, pp. 54-56]

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