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| DÍA 19 DE SEPTIEMBRE
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* * * San Arnulfo de Gap. Nació en Vendôme, ciudad de la región Centro de Francia, y se educó en su monasterio benedictino de la Santísima Trinidad, en el que luego abrazó la vida monástica. Su abad se lo llevó a Roma y allí se acreditó por su talento y virtudes. En 1063 el papa Alejandro II lo nombró obispo de Gap (Provenza) y él mismo lo consagró. Sufrió mucho a causa de su empeño en restablecer la disciplina en la vida de su Iglesia. Murió en torno al año 1075. San Carlos Hyon Song-mun. Nació en Seúl (Corea) el año 1797. Sufrieron el martirio su padre y su hermana y también su esposa. Llevó una intensa vida cristiana, ejerció con gran celo su tarea de catequista, realizó largos y peligrosos viajes para facilitar la llegada de misioneros a su patria, anotó los nombres y circunstancias de los mártires, viajó a Pekín para pedir nuevos misioneros. Detenido durante la persecución religiosa, confesó con firmeza su fe y exhortó a los compañeros de cárcel a permanecer fieles a Cristo. Fue decapitado en Seúl el 19 de septiembre de 1846. San Ciríaco. Obispo de Buonvicino, cerca de Cosenza (Calabria, Italia). Murió el año 1030. San Eustoquio de Tours. Obispo de Tours (Francia). Era un varón santo y religioso, y sucedió a san Bricio en la sede episcopal el año 444. Murió en el 461. San Goerico (o Abbón). Fue obispo de Metz (Francia), sucesor de san Arnulfo, cuyos restos trasladó con veneración de la abadía de Remiremont a Metz. Murió el año 642. San Lamberto. Obispo de Freising (Baviera, Alemania). Murió el año 957. San María de Cervelló. La llamaban también María del Socorro por la ayuda que prestaba a los necesitados. Nació en Barcelona (España) en 1230. Para consagrarse totalmente al Señor, hizo voto privado de virginidad y vistió el hábito de terciaria mercedaria. Cuando murió su padre, ella y su madre repartieron entre los pobres la mayor parte de sus bienes y se dedicaron a obras de religión y caridad. Cuando murió su madre, se ofreció para la fundación del primer monasterio femenino de la Orden Mercedaria. Hizo la profesión y la eligieron priora. Apoyaba con su oración a los frailes que iban a redimir cautivos y asistía a los enfermos pobres y a los ex cautivos recién llegados. Murió en Barcelona el año 1290. Santa María Guillerma Emilia de Rodat. Nació en Druelle (Mediodía-Pirineos, Francia) el año 1787. Recibió en su familia una educación cristiana. Su juventud trascurrió en el clima de la Revolución Francesa. A los 18 años, a raíz de una misión, decidió llevar una vida de intensa piedad. Fundó la Congregación de las Hermanas de la Sagrada Familia para la educación de las niñas pobres y la asistencia a los indigentes. Pasó por una larga noche oscura del alma y vivió en secreto los carismas místicos que el Señor le concedió. Murió en Villefranche el 19 de septiembre de 1852. San Mariano. Ermitaño en el territorio de Bourges (Francia), que vivió en gran austeridad y penitencia, dedicado a la oración. Su vida se sitúa en el siglo VI. Santos Peleo, Nilo, Elías, Patermucio y compañeros. Peleo y Nilo eran obispos en Egipto, Elías era presbítero y Patermucio laico. Todos ellos, junto con otros muchos clérigos, fueron quemados vivos en Palestina, por su fe en Cristo, el año 310, durante la persecución del emperador Diocleciano. Santa Pomposa de Córdoba. Nació en Córdoba (España) en el seno de una familia cristiana. De muy jovencita consagró su virginidad al Señor. Sus padres y sus hermanos optaron todos por la vida monástica y emplearon sus bienes en la construcción del monasterio del Salvador, en Peñamelaria. Era el tiempo de la dominación musulmana. Cuando supo que su amiga santa Columba, monja de Tábanos, se había presentado ante el juez y había sido martirizada, quiso seguir su camino y el de otros mártires. Se escapó del monasterio de Peñamelaria, se presentó al cadí de Córdoba y proclamó la fe cristiana frente a la musulmana. De inmediato fue degollada a la puerta del palacio. Era el 19 de septiembre de año 853. San Secuano (o Segnano). Presbítero y abad del monasterio de Cestre (hoy Saint-Seine-l'Abbaye), en el territorio de Langres (Francia), en el siglo VI. San Teodoro de Canterbury. Era un monje procedente de Tarso, y el papa san Vitaliano lo nombró el año 667 arzobispo de Canterbury cuando tenía sesenta años. Visitó su provincia eclesiástica, cubrió las sedes vacantes y presidió el primer concilio de toda Inglaterra. Puso en orden la organización, administración y disciplina eclesiásticas y dejó una diócesis bien estructurada. Se llevó consigo a san Adriano, y lo puso al frente de la escuela catedralicia, que adquirió un merecido prestigio. Murió en Canterbury el 19 de septiembre del año 690. San Trófimo. Fue martirizado en Sínada de Frigia (hoy Turquía) en una fecha desconocida de los primeros siglos cristianos. Beatos Anastasio Lucas Martín y 3 compañeros mártires, Hermanos de las Escuelas Cristianas. Cuando se desató la persecución religiosa en julio de 1936, los Hermanos del colegio de Tarragona se vieron obligados a huir. El colegio fue saqueado varias veces por los milicianos. Nuestros mártires se alojaron en el Hotel Nacional. Una empleada del Hotel denuncio al dueño porque escondía a frailes. Se presentaron unos milicianos que detuvieron al dueño y a los Hermanos, se los llevaron en una furgoneta y los acribillaron a tiros entre Ferrán y Tamarit, en Tarragona. Era el 19 de septiembre de 1936. Anastasio Lucas nació en Quintanilla del Coco (Burgos) en 1908. Profesó en 1926. Ejerció su apostolado en varios destinos. Destacó por la piedad profunda y el amor a la vocación. En su exterior reflejaba auténtica paz y gozo. Clemente Faustino Fernández nació en Logroño el año 1915. Profesó en 1931 y desarrolló su apostolado en el internado de Tarragona. Era piadoso, trabajador, abnegado. Honorio Sebastián Obeso nació en Añoza (Palencia) en 1910. Profesó en 1928 y ejerció su apostolado en Cambris y Tarragona. Destacó por la energía y fuerza de voluntad, el amor a los niños y la eficacia en la clase. Nicolás Adriano Pérez nació en Retascón (Zaragoza) en 1914. Profesó en 1931 y ejerció su apostolado en Barcelona y Tarragona. Como religioso y educador se manifestó muy piadoso, serio, exigente en el trabajo.- Beatificados el 13-X-2013. Beata Francisca Cualladó Baixauli. Nació en Valencia (España) el año 1890, pero su vida discurrió en Masanasa. Nació y vivió pobre, llevó una vida de humilde modista, que tenía que trabajar muchas horas. Fue piadosa y emprendedora, amante de la Eucaristía y de la vida de oración. Perteneció a varias asociaciones religiosas. Inició en su pueblo el «Sindicato de la aguja», en el que recibieron formación religiosa y social muchas mujeres. Daba clases de corte y confección. Su caridad no tenía límites con los pobres, y sentía preferencia por los enfermos y los moribundos. El 19 de septiembre de 1936 la detuvieron y la fusilaron en Benifayó (Valencia), después de cortarle la lengua para que no pudiera gritar «¡Viva Cristo Rey!». Beato Jacinto Hoyuelos González. Nació en la aldea de Matarrepudio, municipio de Valdeolea (Cantabria, España) en 1914. Hizo la profesión religiosa en la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios en septiembre de 1935. Llamado al servicio militar, pasó en enero de 1936 a Ciempozuelos (Madrid) como soldado de sanidad en la Clínica Psiquiátrica Miliar. Cuando quisieron detenerlo por primera vez, el Dr. Sloker, jefe de la Clínica, lo reclamó como soldado y lo dejaron libre. Pero después lo detuvieron los enfermeros milicianos, lo invitaron a blasfemar, lo maltrataron, lo llevaron a las afueras de Ciempozuelos y lo ahorcaron en el puente de la vía, a la vez que lo ametrallaban. Tenía 22 años. Beatas María de Jesús de la Yglesia y de Varo, María Dolores y su hermana Consuelo Aguiar-Mella y Díaz. Estas tres mártires, la primera religiosa escolapia y las otras dos cooperadoras laicas, fueron detenidas el 19 de septiembre de 1936 por los milicianos, llevadas a la checa de San Miguel y, en medio de atrocidades, asesinadas en la carretera de Andalucía, a las afueras de Madrid (España). María de Jesús nació en Cabra, provincia de Córdoba en España, el año 1891. Hizo su profesión religiosa en 1911 y después se dedicó especialmente a enseñar matemáticas, física y química en colegios de las Escolapias. Fue detenida, junto con la beata Consuelo, el 19 de septiembre de 1936. María Dolores nació en Montevideo (Uruguay) el año 1897. Su familia se trasladó a España en 1899 y se estableció en Madrid. En 1907, a raíz de la muerte de la madre, las hijas del matrimonio ingresaron en el internado del colegio de las MM. Escolapias de Carabanchel (Madrid). Después obtuvo una plaza en la Delegación de Hacienda en Madrid, en la que trabajó hasta el día de su martirio, siempre vinculada a las Escolapias. Consuelo nació en Montevideo el año 1898. También ingresó en el internado de las Escolapias de Carabanchel. Era alegre y vivaracha, inteligente y responsable. Se colocó en las oficinas del Catastro de Toledo, donde fijó su residencia. En julio del 36 fue a vivir a Madrid con su hermano, que era Vicecónsul de Uruguay. Se arriesgó por su hermana y por las Escolapias, hasta compartir su martirio.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Dijo Jesús a un fariseo, Simón, que lo había convidado a comer en su casa y que se escandalizaba porque el Señor dejaba que una mujer pecadora le tocara los pies: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados... Tu fe te ha salvado, vete en paz» (Lc 7,47-50). Pensamiento franciscano: De la carta de san Francisco a un ministro: «En esto quiero conocer si amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo: que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después de ver tus ojos, se marche sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos» (CtaM 9-11). Orar con la Iglesia: Oremos a Dios Padre, que en Cristo nos muestra todo su amor y paciencia. -Para que la Iglesia sea signo de la misericordia de Dios en medio el mundo, por su espíritu de perdón, de reconciliación y de acogida. -Para que nuestra sociedad, que fomenta el pecado y se muestra intransigente con los débiles y con los culpables, reconozca sus propias culpas y se convierta. -Para que, en la administración de justicia, y también en nuestro trato con los demás, prevalezca el espíritu de clemencia sobre el rigor excesivo. -Para que aprendamos que el amor de Dios es más fuerte que todas nuestras culpas. Oración: Señor, Dios nuestro, escucha nuestras súplicas, ten compasión de nosotros y concédenos el gozo de tu perdón. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * LAS PARÁBOLAS DE LA
MISERICORDIA Queridos hermanos y hermanas: En el Evangelio de este domingo -el capítulo 15 de san Lucas- Jesús narra las tres «parábolas de la misericordia». Cuando «habla del pastor que va tras la oveja perdida, de la mujer que busca la dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar» (Deus caritas est, 12). De hecho, el pastor que encuentra la oveja perdida es el Señor mismo que toma sobre sí, con la cruz, la humanidad pecadora para redimirla. El hijo pródigo, en la tercera parábola, es un joven que, tras obtener de su padre la herencia, «se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino» (Lc 15,13). Cuando quedó en la miseria, se vio obligado a trabajar como un esclavo, aceptando incluso alimentarse de las algarrobas destinadas a los animales. «Entonces -dice el Evangelio- recapacitó» (Lc 15,17). «Las palabras que prepara para cuando llegue a casa nos permiten apreciar la dimensión de la peregrinación interior que ahora emprende , vuelve "a casa", a sí mismo y al padre» (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 246). «Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo» (Lc 15,18-19). San Agustín escribe: «El Verbo mismo clama que vuelvas, porque sólo hallarás lugar de descanso imperturbable donde el amor no es abandonado» (Confesiones, IV, 11). «Estando él todavía lejos, lo vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente» (Lc 15,20) y, lleno de alegría, hizo preparar una fiesta. Queridos amigos, ¿cómo no abrir nuestro corazón a la certeza de que, a pesar de ser pecadores, Dios nos ama? Él nunca se cansa de salir a nuestro encuentro, siempre es el primero en recorrer el camino que nos separa de él. El libro del Éxodo nos muestra cómo Moisés, con confianza y súplica audaz, logró, por decirlo así, desplazar a Dios del trono del juicio al trono de la misericordia (cf. 32,7-11.13-14). El arrepentimiento es la medida de la fe; y gracias a él se vuelve a la Verdad. Escribe el apóstol san Pablo: «Encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad» (1 Tim 1,13). Retomando la parábola del hijo que regresa «a casa», notamos que cuando aparece el hijo mayor indignado por la acogida festiva dada a su hermano, de nuevo es el padre quien sale a su encuentro y sale para suplicarle: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Sólo la fe puede transformar el egoísmo en alegría y restablecer relaciones justas con el prójimo y con Dios. «Convenía celebrar una fiesta y alegrarse -dice el padre- porque este hermano tuyo estaba perdido, y ha sido hallado» (Lc 15,32). A la Virgen María, cuyo Nombre santísimo se celebra hoy, 12 de septiembre, en la Iglesia, encomendamos nuestro camino de conversión a Dios. * * * INCLINA MI CORAZÓN A
TUS PRECEPTOS Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia. ¿Quién que haya empezado a gustar, por poco que sea, la dulzura de tu dominio paternal, dejará de servirte con todo el corazón? ¿Qué es, Señor, lo que mandas a tus siervos? Cargad -nos dices- con mi yugo. ¿Y cómo es este yugo tuyo? Mi yugo -añades- es llevadero y mi carga ligera. ¿Quién no llevará de buena gana un yugo que no oprime, sino que halaga, y una carga que no pesa, sino que da nueva fuerza? Con razón añades: Y encontraréis vuestro descanso. ¿Y cuál es este yugo tuyo que no fatiga, sino que da reposo? Por supuesto, aquel mandamiento, el primero y el más grande: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón. ¿Qué más fácil, más suave, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor, Dios mío? ¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más preciosos que el oro fino, más dulces que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice san Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. En verdad es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande, es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado. Por consiguiente, debes considerar como realmente bueno lo que te lleva a tu fin, y como realmente malo lo que te aparta del mismo. Para el auténtico sabio, lo próspero y lo adverso, la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, los honores y los desprecios, la vida y la muerte son cosas que, de por sí, no son ni deseables ni aborrecibles. Si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna, son cosas buenas y deseables; de lo contrario, son malas y aborrecibles. * * * «LOS SIERVOS DE
DIOS Dichoso el siervo que mantiene la fe en
los clérigos Quien quiere ser siervo de Dios, tiene que respetar y amar a la Iglesia, que el Señor ha instituido para su glorificación y para la salvación de los hombres. Y, en primer lugar, tiene que respetar y amar a los servidores de la Iglesia en quienes y a través de quienes cumple ésta sus grandes tareas de glorificación de Dios y de salvación de los hombres. ¿Y por qué debe respetar y amar a los «clérigos»? ¿Por sus dotes carismáticas? ¿Por su santidad personal? ¿Por sus grandes méritos? ¡A nada de esto alude Francisco! En su Testamento da gracias a Dios por haberle dado y seguir dándole «una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la forma de la Iglesia romana», y esto «por su ordenación» (Test 6). Por eso, el que los sacerdotes vivan según la norma de la santa Iglesia romana es un elemento decisivo de la fe que en ellos deben tener los siervos de Dios. En el sacramento del orden, Cristo, cabeza de la Iglesia, une consigo de una manera especial a los sacerdotes. Éstos han recibido plenos poderes para actuar en su lugar, en su nombre o, como se decía en la Edad Media, «en su persona». Francisco manifiesta esta fe con expresiones muy personales: «Y a estos sacerdotes y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a señores míos. Y no quiero advertir pecado en ellos, porque miro en ellos al Hijo de Dios y son mis señores» (Test 8-9). Actuando así, este creyente cristiano cumple la palabra del Señor: «El que os escucha a vosotros, a mí me escucha; y el que os rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). Por eso, ¡dichoso quien tiene en los enviados por el Señor a su Iglesia la misma fe que en Cristo, el Señor! Y, ¡ay de aquellos que los desprecian!, pues eso equivale a despreciar a Cristo, que viene en ellos a nuestro encuentro, y al Padre que lo ha enviado. Pues, aun cuando sean pecadores, La veneración, el respeto y la fe que se nos exige en la primera frase de esta Admonición, y que se nos exige además con toda firmeza (Dichoso... ¡ay de aquellos...!), resultan particularmente difíciles en el caso de «algunos pobrecillos sacerdotes de este mundo» (Test 7) que no actúan como debieran y viven en pecado: aun cuando sean pecadores. En su Carta a todos los fieles indica Francisco que «debemos... tener en veneración y reverencia a los clérigos, no tanto por lo que son, en el caso de que sean pecadores, sino por razón del oficio y de la administración del santísimo cuerpo y sangre de Cristo» (2CtaF 33). Los sacerdotes son seres humanos como los demás; por tanto, son pecadores como todos nosotros. Una vez más podemos comprobar cómo Francisco no idealiza ni encubre nada. Toma la realidad de la vida tal como es. Él, que vivía con la mente bien despierta y conocía los problemas y carencias de su tiempo, sabe que el sacerdote, a pesar de su íntima unión con Cristo por el sacramento del orden, sigue siendo un ser humano, un hombre con faltas e imperfecciones, con pecados y negaciones. ¡Esto es algo que él experimentó en su tiempo, y que lo experimentó incluso en proporciones que hoy día nos resultan difíciles de imaginar! Pero, según Francisco, todo ello no debe ensombrecer la dignidad interna que el sacerdote ha recibido de Cristo en la ordenación. Penetrando en lo humano, contempla lo que procede de Dios: «Porque miro en ellos al Hijo de Dios» (Test 9). Esta mirada de fe le impide juzgarlos. Deja todo juicio en manos de Dios, el Señor, el único a quien compete juzgar. Como dice el apóstol Pablo: «A mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano... Mi juez es el Señor» (1 Cor 4,34). Francisco no quiere anticiparse al juicio de Dios. Por otra parte, ¡aquí se refleja también claramente cuán grande es la responsabilidad del sacerdote en todos los ámbitos y aspectos de su vida, por su ordenación! El sacerdote, que debe hacer las veces de Cristo y puede actuar «en su persona», está obligado a vivir cada vez más a Cristo. «A quien mucho se le dio, se le reclamará mucho» (Lc 12,48). Las cuentas que le pedirá el Señor estarán en relación con la gracia que ha recibido. [Cf. Texto completo en http://www.franciscanos.org/iglesia/esserk2.html]
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