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| DÍA 17 DE SEPTIEMBRE
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* * * Santa Columba (o Colomba) de Córdoba. Vivía en Córdoba (España) durante la dominación árabe. Desde muy joven quiso entrar en el monasterio de Tábanos, que habían fundado su hermana y su cuñado san Jeremías, pero se oponía su madre; al fallecer ésta, pudo realizar su deseo. Siguiendo el ejemplo de los mártires, se fue espontáneamente al palacio del cadí, ante quien hizo su profesión de fe cristiana, confesión que repitió ante el consejo del juzgado. La invitaron a retirar sus palabras y le ofrecieron recompensas si se hacía musulmana. Ella se mantuvo firme en su fe y la degollaron a las puertas del palacio. Era el 17 de septiembre del 853. Santa Hildegarda de Bingen. Nació en Bermesheim (Alemania) el año 1098. En su juventud abrazó la vida consagrada en el monasterio benedictino de su ciudad, del que luego fue elegida abadesa. Hacia el año 1150 trasladó el monasterio a Ruperstberg, cerca de Bingen. Tenía una buena formación bíblica y litúrgica, en ciencias naturales y música. Su personalidad intelectual era de largos alcances y su espiritualidad fuerte. Acudían a pedirle consejo incluso grandes personalidades de su tiempo: Federico Barbarroja, Enrique II de Inglaterra, Felipe de Alsacia, san Bernardo de Claraval, el papa Eugenio III. Tuvo revelaciones y experiencias místicas que luego trascribió. Viajó para visitar monasterios y predicar aun en las plazas. Murió en el monasterio de Ruperstberg el 17-IX-1179. Proclamada doctora de la Iglesia el 7-X-2012. San Lamberto de Maastricht. Nació de familia noble en Maastricht (Holanda) hacia el año 633, se educó con san Teodardo y, con la debida preparación, se ordenó de sacerdote. A la muerte de san Teodardo en el 670, le sucedió en la sede episcopal de Tongres-Maastricht. Después de cinco años de cumplir como buen pastor, fue desterrado por Ebroino. Se estableció como simple monje en el monasterio de Stavelot-Malmédy (Bélgica), y pudo regresar a su sede siete años después, cuando murió Ebroino. Se consagró al cuidado pastoral de sus fieles y también a la evangelización de los paganos. Murió de muerte violenta en Lieja (Bélgica) el 17 de septiembre del 705, y enseguida se le tuvo por mártir. San Manuel Nguyen Van Trieu. Nació en To-Dhuc (Vietnam) el año 1756. Su padre era mandarín y jefe de la guardia real y su madre era cristiana. Él siguió la carrera de su padre hasta la muerte del mismo. Luego marchó al Tonkín oriental, donde lo acogieron los dominicos. Se ordenó de sacerdote y ejerció un largo y fructífero apostolado. En agosto de 1798 se desencadenó la persecución contra los cristianos. Manuel fue encarcelado y maltratado, y el 17 de septiembre de 1798 lo decapitaron en Hué (Vietnam), bajo el régimen de Canh Thinh. San Pedro de Arbués. Nació en Épila, provincia de Zaragoza en España, el año 1440, en el seno de una familia noble. Estudió en Bolonia y se doctoró en derecho en 1474. De vuelta en España y siendo ya sacerdote, ingresó en el cabildo de la Seo de Zaragoza, y cuando éste se convirtió en monasterio de Canónigos Regulares de San Agustín, Pedro profesó entre los mismos. En 1483 se estableció es España la Inquisición, y Pedro fue nombrado Inquisidor general de Aragón, oficio que desempeñó con celo y justicia. Se atrajo la enemistad de algunos judíos conversos. Los sicarios enviados por éstos lo hirieron de muerte en la catedral de Zaragoza y murió dos días después, el 17 de septiembre de 1485. San Reginaldo. Nació en Picardía (Francia) en el siglo XI. Entró aún joven en el convento de los Canónigos Regulares de Soissons. Con el propósito de vivir mejor los preceptos del Señor, abrazó la vida eremítica en la selva de Craon. Murió en Mélinais, territorio de Angers (Francia), el 17 de septiembre de 1104. San Rodingo. Fundó y gobernó santamente el monasterio de Beaulieu en el bosque de Argonne, cerca de Lyon (Francia). Su vida se sitúa en el siglo VIII. San Sátiro. Nació en Tréveris (Alemania) el año 334. Era el hermano mayor de san Ambrosio y de santa Marcelina, miembro de una familia rica y aristocrática. Se educó en Roma y siguió la carrera de las leyes y la política en la que ocupó cargos relevantes. En el 374 dejó sus cargos y marchó a Milán para ayudar a su hermano Ambrosio, recién elegido obispo, en los asuntos temporales de la diócesis. A raíz de un naufragio, en el que casi perdió la vida, pidió el bautismo. Fue siempre una persona honesta y responsable y vivió con entereza su fe cristiana. Murió en Milán el año 378 ó 379 y san Ambrosio pronunció en su entierro una sentida homilía. Beato Álvaro Santos Cejudo. Nació en Daimiel (Ciudad Real, España) en 1880. Fue Hermano de las Escuelas Cristianas durante ocho años, y tuvo que abandonar la Congregación por problemas familiares. Años después contrajo matrimonio y tuvo siete hijos. Trabajaba en la RENFE (Red Nacional de Ferrocarriles), dando siempre testimonio de su fe cristiana. Después de estallar la guerra civil, un compañero de trabajo quiso matarlo porque iba todos los días a misa y tenía dos hijas religiosas, pero se lo impidieron otros ferroviarias. Lo arrestaron y lo llevaron a la cárcel de Santa Cruz de Mudela, y el 17 de septiembre de 1936 lo fusilaron en el cementerio de Alcázar de San Juan (Ciudad Real). Fue beatificado el 2007. Beato Juan Ventura Solsona. Nació en Villahermosa del Río, provincia de Castellón (España), en 1875, en una familia numerosa y pobre. Estudió en el seminario de Valencia y se adhirió a la Hermandad Sacerdotal de Operarios Diocesanos. Ordenado de sacerdote en 1901, lo enviaron al seminario de Cuernavaca en México. Después estuvo en el Colegio Español de Roma y en varios seminarios de España. Por falta de salud se pasó en 1926 a la diócesis de Valencia. Le confiaron la parroquia de Ntra. Sra. de los Ángeles, del Cabañal-Valencia, y destacó por su ayuda a las familias pobres. Luego se retiró a su pueblo y estuvo con su madre hasta que, el 17 de septiembre de 1936, los milicianos lo detuvieron y lo fusilaron en el término de Castillo de Villamalefa (Castellón). Beato Querubín Testa. Nació en Avigliana (Piamonte, Italia) el año 1451 en el seno de una familia noble. Ingresó de joven en la Orden de Ermitaños de San Agustín y se ordenó de sacerdote. Se distinguió por su espíritu de mortificación y penitencia y por su gran devoción a la Pasión de Cristo, en cuya contemplación espiritual pasaba muchas horas. A los nueve meses de su ordenación sacerdotal, murió en el convento de su pueblo el 17 de septiembre de 1479. Beato Segismundo Sajna. Nació en Polonia el año 1897 en una familia de terratenientes. A los 21 años ingresó en el seminario de Varsovia y recibió la ordenación sacerdotal en 1924. A continuación lo enviaron a Roma para estudiar derecho canónico, y apenas licenciado tuvo que regresar a su patria porque había enfermado de pulmón. Recuperada la salud, ejerció su ministerio en varios destinos. Siempre mostró un gran celo apostólico y una gran caridad con los pobres. Llegada la guerra y la persecución, lo arrestaron en enero de 1940 y, después de pasar por varias cárceles, por no haber querido renunciar a su fe lo fusilaron el 17 de septiembre de 1940 en los bosques de Palmiry, cerca de Varsovia. Véanse más abajo los textos de la Misa y Oficio de la fiesta de la Impresión de las Llagas de San Francisco.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: De la carta de san Pablo a los Gálatas: «Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19-20). Pensamiento franciscano: Alabanzas del Dios altísimo que compuso san Francisco después de su estigmatización: «Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres fuerte, grande, altísimo, rey omnipotente, tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra. Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses, tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero. Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría, humildad, paciencia, belleza, mansedumbre, seguridad, quietud, gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres justicia, templanza, tú eres toda nuestra riqueza a satisfacción» (AlD 1-4). Orar con la Iglesia: A Jesucristo, levantado sobre la cruz y traspasado por la lanza de un soldado, confiando en la intercesión del bienaventurado Francisco, alzamos nuestros ojos contritos y suplicantes. -Tú que fuiste levantado sobre la tierra, atrae hacia ti los corazones de todos nosotros, pecadores. -Tú que fuiste clavado en la cruz, da a todos los oprimidos la libertad verdadera. -Tú que entregaste tu vida por todos, concédenos el don de tu Espíritu Santo. -Tú que fuiste traspasado por la lanza, alumbra en nuestros corazones la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna. Oración: Señor Jesús, escucha las súplicas que tu humilde siervo Francisco te presenta por cuantos, como él, queremos sinceramente tomar tu cruz cada día y seguirte. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. * * * LA ESTIGMATIZACIÓN
DE SAN FRANCISCO Por aquí pasó el Poverello de Asís. Aquí reveló el gran amor que ardía en su corazón. Ese amor lo hizo semejante al Amado, al Crucificado: «Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús» (Gál 6,17). Las palabras de Pablo se cumplieron en él admirablemente. Los estigmas, las cicatrices de la pasión de Cristo en el cuerpo de Francisco, eran el signo singular mediante el cual se revelaba la cruz que cada día cargaba sobre sí, en el sentido más literal del término. ¿No dijo Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame... Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará»? (Lc 9,23-24). Francisco abrazó toda la verdad de esta paradoja. El Evangelio fue para él su pan de cada día. No se limitaba a leer sus Palabras, sino que a través de las expresiones del texto revelado trataba de descubrir a Aquel que es el Evangelio mismo. En Cristo, en efecto, se revela hasta el fondo la economía divina: «perder» y «ganar» en sentido definitivo y absoluto. Con su existencia Francisco anunció y sigue anunciando también hoy la palabra salvadora del Evangelio. Los estigmas que Francisco recibió en este lugar, La Verna, constituyen un signo particular. Son el testimonio íntimo de la verdad del Poverello. De manera auténtica y profunda «se gloriaba de la cruz de Cristo», y de nada más: solamente «de la cruz de nuestro Señor Jesucristo». Se trata de un signo de semejanza en virtud del amor. Lo dice el apóstol Pablo y lo repite Francisco de Asís: por medio de la cruz de Cristo y gracias a la fuerza del amor «el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo» (Gál 6,14). El mundo no quiere ser crucificado: escapa de la cruz. El hombre aborrece ser «crucificado para el mundo». Así era en tiempos de Francisco y así es también hoy. La lucha entre el mundo y la cruz existe desde siempre, ¡es lucha con la cruz de la salvación! Podría parecer, por tanto, que Francisco se ha convertido prácticamente en un testigo poco actual o inútil. Quien dice a Cristo: «Tú eres mi bien. Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen» (Sal 16,2), parece ir contra la mentalidad contemporánea. En efecto, el hombre con frecuencia no reconoce al Señor; quiere ser él el señor de sí mismo y del mundo. Por esta razón, el mensaje de Francisco es signo de contradicción. Un mensaje de este tipo debería ser rechazado y, en cambio, cada vez se lo busca más. Se trata de un mensaje que constituye un llamamiento apremiante a volver a Cristo, a redescubrir en su cruz «el camino y la antorcha de la verdad» (San Buenaventura): la verdad que nos hace libres, porque nos hace discípulos del Maestro divino. El itinerario espiritual de san Francisco se distinguió por este seguimiento fiel del Hombre-Dios, cuya renuncia y despojo total se esforzó por imitar sin reservas. Esto hizo de él, como dice san Buenaventura, «este pobre muy cristiano» por excelencia (cf. LM 8,5). Este itinerario-seguimiento alcanzó su culmen en La Verna con la impresión de los estigmas. Aquel momento, a pesar del desgarramiento de la carne, fue su grito de victoria, análogo al de san Pablo: «Llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús» (Gál 6,17). La estigmatización de La Verna representa así la conformación visible con la imagen de Cristo que hace de Francisco el ejemplo en el que todo cristiano puede inspirarse en su camino de acercamiento progresivo a Dios creador y redentor. Al respecto son significativas las palabras pronunciadas por el Poverello al concluir su vida: «He cumplido mi misión; que Cristo os enseñe la vuestra» (LM 14,3). Estas palabras no representan un complaciente repliegue sobre sí mismo, sino la humilde acción de gracias por cuanto el Señor había realizado en él. Su sentido es el siguiente: que Cristo os enseñe, como hizo conmigo, a ser sus discípulos. En especial, son dos las enseñanzas del Maestro divino que Francisco siguió con total fidelidad: obedecer al Papa, vicario de Cristo en la tierra, y venerar e imitar a su santísima Madre María. La legitimación de su actuación en la Iglesia, también con la fundación de una nueva orden religiosa, depende completamente de las palabras del primer capítulo de la regla: «El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al Señor Papa». En esta, perspectiva, poco antes de morir, recomendaba a sus discípulos «la fidelidad a la santa Iglesia romana» (LM 14,5). San Francisco, además, «mostraba un amor inefable a la Madre del Señor Jesús», por haber hecho «al Señor de la majestad hermano nuestro», y «en ella principalmente, después de Cristo, depositaba su confianza» (LM 9,3). Imitó a María en su silencio meditativo, sobre todo después de haber sido honrado por Cristo, en este monte, con los signos de su pasión, para mostrar que cuanto mayores son los privilegios concedidos por Dios, tanto más tiene que humillarse quien los ha recibido. «El hombre evangélico Francisco», refiere san Buenaventura, «bajó del monte llevando consigo la efigie del Crucificado... dibujada en su carne por el dedo del Dios vivo»; y «consciente del secreto regio, ocultaba cuanto podía aquellos signos sagrados» (LM 13,5). * * * POR LAS LLAGAS SE
CONVIRTIÓ FRANCISCO Francisco, fiel siervo y ministro de Cristo, dos años antes de entregar su espíritu a Dios, habiendo iniciado en un lugar elevado y solitario, llamado monte Alverna, la cuaresma de ayuno en honor del arcángel san Miguel -inundado más abundantemente que de ordinario por la dulzura de la suprema contemplación y abrasado en una llama más ardiente de deseos celestiales-, comenzó a experimentar un mayor cúmulo de dones y gracias divinas. Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado, por el afecto de su tierna compasión, en aquel que, en aras de su extremada caridad, aceptó ser crucificado, una mañana próxima a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo así como la figura de un serafín, que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se hallaba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Y apareció no sólo alado, sino también crucificado: tenía las manos y los pies extendidos y clavados a la cruz, y las alas dispuestas, de una parte a otra, en forma tan maravillosa, que dos de ellas se alzaban sobre su cabeza, las otras dos estaban extendidas para volar, y las dos restantes rodeaban y cubrían todo el cuerpo. Ante tal visión quedó lleno de estupor y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. En efecto, el aspecto gracioso de Cristo, que se le presentaba de forma tan misteriosa como familiar, le producía una intensa alegría, al par que la contemplación de la terrible crucifixión atravesaba su alma con la espada de un dolor compasivo. Al desaparecer la visión después de un arcano y familiar coloquio, quedó su alma interiormente inflamada en ardores seráficos y exteriormente se le grabó en su carne la efigie conforme al Crucificado, como si a la previa virtud licuefactiva del fuego le hubiera seguido una cierta grabación configurativa. Al instante comenzaron a aparecer en sus manos y pies las señales de los clavos, viéndose las cabezas de los mismos en la parte interior de las manos y en la superior de los pies, mientras que sus puntas se hallaban al lado contrario. Asimismo, el costado derecho -como si hubiera sido traspasado por una lanza- llevaba una roja cicatriz, que derramaba con frecuencia sangre sagrada. Y, luego que este hombre nuevo Francisco fue marcado con este nuevo y portentoso milagro -singular privilegio no concedido en los siglos pretéritos-, descendió del monte el angélico varón llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne. * * * FIESTA DE LOS ESTIGMAS DE
SAN FRANCISCO Hace unos días celebramos la fiesta de la exaltación de la santa Cruz. Hoy, en todo el mundo franciscano y particularmente en esta santa montaña del Alverna, santificada por la presencia del Señor en forma de serafín y por la de Francisco, el Estigmatizado del Alverna, celebramos el misterio de la Cruz que se hizo visible en la carne del Poverello, realizándose en su cuerpo, de forma visible, cuanto dice el Apóstol: «En adelante nadie me moleste, pues llevo en mi cuerpo los estigmas de Jesús». Pablo portaba en su cuerpo las cicatrices de las tribulaciones soportadas por Cristo, Francisco lleva en las manos, pies y costado los estigmas de la Pasión de Cristo. Las biografías del Santo nos narran como sucedió el prodigio del todo singular de los Estigmas. En torno a la fiesta de la Santa Cruz, dos años antes de su muerte, el seráfico Padre subió a esta montaña, para iniciar la cuaresma de ayuno que solía practicar en honor del Arcángel san Miguel. Deseando ardientemente conocer la voluntad de Dios, para conformarse en todo a Cristo, abrió por tres veces el libro de los evangelios en el nombre de la santa Trinidad, y encontrando siempre la narración de la Pasión del Señor Jesús, oraba insistentemente sentir en su cuerpo los dolores del Crucificado. Tuvo, entonces, una visión que produjo en él un grande gozo y un profundo dolor al mismo tiempo: era el Señor en forma de serafín crucificado que le manifestaba que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado. Terminada la visión aparecieron en la carne de este amigo de Cristo las señales de la Pasión del Señor: los clavos que traspasaron sus manos y sus pies, y una herida en su costado. En esta memoria litúrgica de los Estigmas de san Francisco, intentemos acentuar algunos aspectos importantes que nos ofrece este evento prodigioso, partiendo de la narración de san Buenaventura. El Doctor Seráfico introduce el relato de la impresión de las llagas con estas palabras: Francisco había aprendido a distribuir tan prudentemente el tiempo puesto a su disposición, que parte de él lo empleaba en fatigas apostólicas en favor de su prójimo y otra parte la dedicaba a las tranquilas elevaciones de la contemplación. Por eso, después de haberse empeñado en procurar la salvación de los demás según lo exigían las circunstancia de lugares y tiempos, abandonando el bullicio de las turbas, se dirigía a lo más recóndito de la soledad (cf. LM 13,1). «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame», hemos escuchado en el Evangelio de hoy. Encontramos en estas palabras un compendio de la vida cristiana, el espejo de la Palabra con el que el discípulo debe conformar su propio rostro. Como cristianos, nuestra vida debe llevar impresos los rasgos de Jesús, el Hijo crucificado por amor. Mirando «al que traspasaron», la cruz se ha convertido en un sello de pertenencia a Dios en Jesús. Llevar la cruz cada día es hacerse cargo de nuestro mal, es morir cotidianamente por Cristo, viviendo para él, hasta poder decir: «con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí». Tomar la cruz significa sentirse crucificado con Cristo, ser partícipes de la Pasión del Señor Jesús, sentir que somos de él y que ya no nos pertenecemos más a nosotros mismos. Dice Benedicto XVI que, para llevar a pleno cumplimiento la obra de la salvación, el Redentor continúa asociando a sí y a su misión hombres y mujeres dispuestos a tomar la cruz y a seguirlo. Al igual que para Cristo, así también para los cristianos llevar la cruz no es opcional, sino que es una misión que se ha de abrazar con amor. En nuestro mundo actual, en donde parecen dominar las fuerzas que dividen y destruyen, Cristo continúa ofreciendo a todos su clara invitación: quien quiera ser mi discípulo, reniegue del propio egoísmo y cargue conmigo la cruz. Invoquemos la intercesión del Estigmatizado del Alverna para que el Señor nos conceda ir con decisión detrás de Él, conformarnos a la Pasión de Cristo y ser partícipes de su resurrección. * * * NOTA TÉCNICA: Si desea descargar los "TEXTOS DE LA MISA Y DE LA LITURGIA DE LA IMPRESIÓN DE LAS LLAGAS DE SAN FRANCISCO" en formato pdf, pulse aquí.
IMPRESIÓN DE LAS
LLAGAS Antífona de entrada Gál 6, 14 Oración colecta PRIMERA LECTURA Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 6, 14-18 Hermanos: Pues lo que cuenta no es
circuncisión o incircuncisión, La paz y la misericordia de Dios En adelante, que nadie me venga con
molestias, La gracia de nuestro Señor
Jesucristo Salmo responsorial Sal 15, 1-2a. 5. 7-8. 11 V/. El Señor es el lote de mi heredad. Protégeme, Dios mío, que me
refugio en ti; Bendeciré al Señor que me
aconseja, Me enseñarás el sendero de mi
vida, Aleluya
Gál 2, 19-20 EVANGELIO Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9, 23-26 En aquel tiempo, dirigiéndose a
todos, dijo Jesús: Oración de los fieles A Jesucristo, levantado sobre la cruz y traspasado por la lanza de un soldado, confiando en la intercesión del bienaventurado Francisco, alzamos nuestros ojos contritos y suplicantes. -Tú que fuiste levantado sobre la
tierra, atrae hacia ti los corazones de todos nosotros, pecadores. -Tú que fuiste clavado en la cruz,
da a todos los oprimidos la libertad verdadera. -Tú que entregaste tu vida por
todos, concédenos el don de tu Espíritu Santo. -Tú que fuiste traspasado por la
lanza, alumbra en nuestros corazones la fuente de agua viva que salta hasta la
vida eterna. Señor Jesús, escucha las súplicas que tu humilde siervo Francisco te presenta por cuantos, como él, queremos sinceramente tomar tu cruz cada día y seguirte. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Oración sobre las ofrendas PREFACIO DE SAN FRANCISCO V/. El Señor esté con vosotros. En verdad es justo y necesario Porque has llamado Encendido en el fuego de tu amor, Marcado con las llagas de Cristo, Por él, Santo, Santo, Santo... Antífona de comunión Mt 16, 24 Oración después de la
comunión Bendición solemne El Señor os bendiga y os guarde. Haga brillar su rostro sobre vosotros y os
conceda su favor. Vuelva su mirada a vosotros y os conceda la
paz. Y la bendición de Dios
todopoderoso, * * *
LITURGIA DE LAS HORAS Desde su conversión, el Seráfico Padre san Francisco veneró con grandísima devoción a Cristo crucificado. Hasta su muerte no cesó, con su vida y su palabra, de predicar al Crucificado. En 1224, mientras estaba sumido en contemplación divina en el monte Alverna, el Señor Jesús imprimió en su cuerpo los estigmas de su pasión. Benedicto XI concedió a la Orden franciscana celebrar cada año la memoria de este hecho, probado por testimonios fidedignos. L A U D E S Invitatorio Ant. Venid, adoremos a Cristo Rey, que selló a Francisco con las llagas de su pasión. Himno Venid, que en el monte Alvernia, Cristo en la cruz es su vida. Un serafín presuroso, Cinco señales divinas Un sol en fulgor temprano Francisco en gozo se inmola Gloria al amor de Dios Padre O bien: En la cumbre de La Verna Del cielo el Señor venía, ¡Oh Jesús, el más
hermoso Y Francisco se ha quedado La Regla ved ya cumplida Gloria a ti, Cristo benigno, Salmodia Ant. 1. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Salmo 62 Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti
madrugo, ¡Cómo te contemplaba en el
santuario Toda mi vida te bendeciré En el lecho me acuerdo de ti Ant. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Ant. 2. Cristo se ha apoderado de mí para llevarme a su conocimiento y a la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte. Cántico de los tres
jóvenes Dn 3, 57-88. 56 Criaturas todas del Señor, bendecid
al Señor, Angeles del Señor, bendecid al
Señor; Aguas del espacio, bendecid al
Señor; Sol y luna, bendecid al Señor; Lluvia y rocío, bendecid al
Señor; Fuego y calor, bendecid al
Señor; Rocíos y nevadas, bendecid al
Señor; Escarchas y nieves, bendecid al
Señor; Luz y tinieblas, bendecid al
Señor; Bendiga la tierra al Señor, Montes y cumbres, bendecid al
Señor; Manantiales, bendecid al Señor; Cetáceos y peces, bendecid al
Señor; Fieras y ganados, bendecid al
Señor, Hijos de los hombres, bendecid al
Señor; Sacerdotes del Señor, bendecid al
Señor; Almas y espíritus justos, bendecid
al Señor; Ananías, Azarías y Misael,
bendecid al Señor, Bendigamos al Padre y al Hijo con el
Espíritu Santo, Bendito el Señor en la bóveda
del cielo, Ant. Cristo se ha apoderado de mí para llevarme a su conocimiento y a la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte. Ant. 3. Se manifestará en mi persona la grandeza de Cristo: para mí la vida es Cristo. Salmo 149 Cantad al Señor un cántico
nuevo, Alabad su nombre con danzas, Que los fieles festejen su gloria para tomar venganza de los pueblos Ejecutar la sentencia dictada Ant. Se manifestará en mi persona la grandeza de Cristo: para mí la vida es Cristo. Lectura
breve Gál 6, 14. 17-18 Responsorio breve Benedictus, Ant.Francisco, mártir de deseo, te visitó el Sol que nace de lo alto y renovó maravillosamente en tu cuerpo las señales de nuestra redención. Cántico de
Zacarías Lc 1, 68-79 Bendito sea el Señor, Dios de
Israel, Es la salvación que nos libra de
nuestros enemigos Para concedernos que, libres de temor, Y a ti, niño, te llamarán
profeta del Altísimo, Por la entrañable misericordia de
nuestro Dios, Benedictus, Ant. Francisco, mártir de deseo, te visitó el Sol que nace de lo alto y renovó maravillosamente en tu cuerpo las señales de nuestra redención. Preces Glorifiquemos a Cristo que, por su muerte y
resurrección, edificó su Iglesia y nos ha llamado al seguimiento
de Francisco, y supliquémosle humildemente diciendo: Tú que viniste a evangelizar a los
pobres, enséñanos a propagar tu Reino de palabra y de obra, Tú, que eres luz de los pueblos y
maestro de santidad, haz que permanezcamos firmes en la fe verdadera, Tú, que diste el mandamiento nuevo
de que nos amáramos unos a otros, Tú, Sabiduría del Padre,
ilumina nuestras inteligencias, Tú, que trabajaste con tus propias
manos, dirige nuestro trabajo, Padre nuestro. Oración V Í S P E R A S Himno Lo ha tocado el Señor; Hermano de los hombres ¡Oh cuánto el
corazón La norma, el Evangelio; Francisco, el de las calles ¡Loado, mi Señor, O bien: Por esas cinco roturas Con que más claro
mostráis Rompieron la ropa a Dios Por tan singular merced Salmodia Ant. 1. De muchas maneras manifestó Dios en el bienaventurado Francisco el misterio de la cruz. Salmo 14 Señor, ¿quién puede
hospedarse en tu tienda El que procede honradamente el que no hace mal a su prójimo el que no retracta lo que juró El que así obra nunca fallará. Ant. De muchas maneras manifestó Dios en el bienaventurado Francisco el misterio de la cruz. Ant. 2. Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste, crucificado. Salmo 111 Dichoso quien teme al Señor En su casa habrá riquezas y
abundancia, Dichoso el que se apiada y presta, No temerá las malas noticias, Reparte limosna a los pobres; El malvado, al verlo, se
irritará, Ant. Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste, crucificado. Ant. 3. Sufrió la muerte en su cuerpo, pero recibió vida por el Espíritu. Cántico del
Apocalipsis 15, 3-4 Grandes y maravillosas son tus obras, ¿Quién no temerá,
Señor, Ant. Sufrió la muerte en su cuerpo, pero recibió vida por el Espíritu. Lectura
breve Gál 6, 14. 17-18 Responsorio breve Magníficat, Ant. He muerto para el mundo, y mi vida está, con Cristo, escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos juntamente con él, en gloria. Cántico de la Virgen
María Lc 1, 46-55 Proclama mi alma la grandeza del
Señor, Desde ahora me felicitarán todas las
generaciones, Él hace proezas con su brazo: Auxilia a Israel, su siervo, Magníficat, Ant. He muerto para el mundo, y mi vida está, con Cristo, escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos juntamente con él, en gloria. Preces Invoquemos, hermanos, a Dios Padre, fuente
de toda santidad, que, por la intercesión y ejemplo de nuestro Padre san
Francisco, nos guía por el camino de la santidad, y
digámosle: Padre santo, que hiciste a tu siervo
Francisco imitador perfecto de tu Hijo, Padre de bondad, guía nuestros pasos
por el camino de la paz, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre san
Francisco, Padre altísimo y omnipotente, que
dispersas a los soberbios de corazón y enalteces a los humildes, Padre de amor y misericordia, que marcaste
con las señales de la pasión de tu Hijo a tu siervo
Francisco, Padre indulgente, que por las
súplicas de nuestro Padre san Francisco otorgaste el perdón a los
pecadores, Padre nuestro. Oración
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