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| DÍA 18 DE AGOSTO
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* * * San Agapito. Fue martirizado en Palestrina (Lazio, Italia) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana. San Eonio. Obispo de Arlés en la Provenza (Francia), que defendió a su iglesia de la herejía pelagiana y recomendó a su pueblo como sucesor suyo a san Cesáreo, a quien él mismo había ordenado de presbítero. Murió el año 502. San Fermín. Obispo de Metz (Francia) en el siglo IV. San León. Sufrió el martirio en Myra de Licia (Turquía) en el siglo III/IV. San Macario. Nació en Constantinopla y desde niño se sintió inclinado a la piedad y al estudio de la Biblia. En su juventud ingresó en el monasterio de Pelekete. Fue un monje ejemplar, lleno de espiritualidad y santas costumbres, por lo que lo eligieron hegúmeno o abad del monasterio. Cuando el emperador León V el Armenio emprendió su lucha contra las sagradas imágenes, Macario defendió con firmeza la doctrina tradicional de la Iglesia a favor de la veneración de las mismas. Por eso el emperador León lo arrestó y sometió a torturas, y el emperador que le sucedió, Miguel, al no conseguir atraérselo con promesas, lo desterró a la isla de Afusia, en la costa de Bitinia (Turquía), donde murió el año 850. Santos Mártires de Útica. Son conocidos también con el nombre de «Mártires de la Masa Cándida». A mediados del siglo III, durante el imperio de Galieno y Valeriano, tuvo lugar el martirio de un grupo muy numeroso de cristianos en Útica, al norte de África (en la actual Túnez), que permanecieron fieles a su obispo Cuadrado, martirizado el 21 de agosto del año 258, y confesaron juntos su fe en Cristo como Hijo de Dios. Beato Alejandro Juan. Nació en Benicarló (Castellón) en 1889. Profesó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1908. Ejerció su ministerio en varias de sus escuelas, por último en la de Barcelona. El 19-VII-1936 un grupo de milicianos asaltó el colegio. El Hno. Alejandro marchó a su pueblo y se alojó en casa de su hermano. Enseguida fue considerado sospechoso de ser "fraile". Pidió un salvoconducto para salir del pueblo, y se lo extendieron. Tomó el tren, y en la estación de Vinaroz le esperaban los milicianos que se lo llevaron a las afueras del pueblo y lo acribillaron a tiros. Era el 18 de agosto de 1936. Beatificado el 13-X-2013. Beato Antonio Banassat. Nació en Guéret (Lemosín, Francia) el año 1729. Se ordenó de sacerdote en la diócesis de Limoges y fue párroco de Saint-Fidel; además, ocupó cargos en el ámbito civil. En la Revolución Francesa se negó a jurar la Constitución civil del clero, por lo que tuvo que dejar el oficio parroquial. Más tarde lo arrestaron y después de un tiempo de cárcel lo internaron en el pontón Les Deux Associés, anclado en la costa de Rochefort, donde lo dejaron morir de hambre y miseria. Era un sacerdote culto y piadoso, agradable y modesto, que edificó a los compañeros de prisión por su paciencia y resignación cristiana. Falleció el año 1794. Beatos Félix González Bustos, Agapito León Olalla y 6 compañeros mártires. Son 3 sacerdotes diocesanos y 5 Hermanos de La Salle que trabajaban en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real) cuando en julio de 1936 estalló la persecución religiosa en España. Muy pronto fueron detenidos, y cruelmente maltratados en la cárcel. La noche del 18-VIII-1936 los sacaron de la prisión y los llevaron al cementerio de Valdepeñas, donde una serie de disparos acabó con sus vidas. Arrojaron los cadáveres a una fosa común y después echaron sobre ellos cal viva para consumirlos. Indicamos el nombre de cada uno con el lugar y año de su nacimiento. Sacerdotes seculares: Félix González Bustos, Alcubillas (Ciudad Real) 1903. Pedro Buitrago Morales, La Solana (Ciudad Real) 1883. Justo Arévalo Mora, Miguelturra (Ciudad Real) 1869.- Hermanos de las Escuelas Cristianas: Agapito León Olalla Aldea, Acinas (Burgos) 1903. Josafat Roque Corral González, Navaojos de Losa (Burgos) 1899. Julio Alfonso Ruiz Peral, Arconada (Palencia) 1911. Dámaso Luis Martínez Martínez, Armellada (León) 1915. Ladislao Luis Muñoz Antolín, Arconada (Palencia) 1916. Beato Francisco Arias Martín. Nació el año 1884 en Granada (España). Estudió en el semanario diocesano y en 1909 recibió la ordenación sacerdotal. Ejerció su ministerio en diversas capellanías y parroquias. Era un sacerdote celoso y piadoso, muy caritativo con los pobres y enfermos. En 1932 le incendiaron la parroquia y la casa; entonces se refugió en los Hermanos de San Juan de Dios. Se sintió atraído por su vida y espiritualidad, y en diciembre de 1935 empezó el noviciado en la Orden Hospitalaria. La persecución religiosa de julio del 36 lo encontró en el sanatorio psiquiátrico de Ciempozuelos. Pronto lo apresaron y, después de unos días de cárcel, lo fusilaron en el término de Valdemoro (Madrid) el 18 de agosto de 1936. Beato Jacob Samuel Chamayou Auclés. Nació en 1884 en Pomardelle (Francia). En 1900 vistió el hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle) y en 1904 vino a España. Cuando aquí estalló la persecución religiosa, él era director de su colegio de La Seu de Urgell. Consiguió que todos sus religiosos pasaran a Francia y, tras la muerte de los hermanos Leonardo y Dionisio (8-VIII), él mismo quiso pasar a Francia. Quienes le facilitaron el pasaporte, avisaron a otros milicianos, que detuvieron el autobús, lo apresaron y lo fusilaron en la misma carretera el 18-VIII-1936. Beatos Jaime Falgarona Vilanova y Atanasio Vidaurreta Labra. Dos estudiantes Claretianos, que fueron fusilados por lo milicianos el 18 de agosto de 1936 en Barbastro (Huesca, España). Los dos habían entrado a formar parte de la comunidad de Barbastro en julio de aquel mismo año, y cuando el día 20 asaltaron y apresaron a la comunidad, ellos, por motivos de salud, quedaron a parte. Jaime nació en Argelaguer (Gerona) el año 1912, y su niñez trascurrió entre la casa, el campo y la parroquia. A los 13 años entró en el seminario claretiano de Cervera y, hecho el noviciado, hizo su primera profesión en 1930. Era servicial, bondadoso y pacífico, amante de la música. Atanasio nació en Adiós (Navarra) el año 1911. De niño acompañó a su padre en el pastoreo del rebaño. A los 13 años ingresó en el seminario claretiano de Alagón, hizo el noviciado y profesó en 1930. Sufrió serias enfermedades. Cuando registraron el convento de Barbastro el 20 de julio, se desmayó por su debilidad. Lo llevaron al hospital y se preparó con Jaime para el martirio. Beato Leonardo. Monje y desde 1232 abad del monasterio de Cava dei Tirreni (Campania, Italia). Hombre amable y pacífico, sabio y hábil administrador, que salvó su abadía en el tiempo de los enfrentamientos entre el Papa y el emperador Federico II, situación en la que trabajó con ahínco por la paz. En su tiempo los monjes observaban con fervor la Regla y socorrían con generosidad a los pueblos maltratados por la guerra. Murió en 1255. Beato Liberto González Nombela. Nació en Santa Ana de Pusa (Toledo) en 1895. Ingresó en el seminario de Toledo, cursó brillantemente los estudios y fue ordenado sacerdote en 1918. Como párroco de la Villa de Torrijos promovió las asociaciones católicas, cuidó la catequesis, las escuelas dominicales y las nocturnas de obreros. El 6-III-1936, tras el triunfo de las fuerzas revolucionarias, tuvo que dejar la parroquia y refugiarse en casa de sus padres. El 5-V-1936 fue nombrado párroco de Navalmorales. Dos meses más tarde tuvo que refugiarse de nuevo en casa de sus padres. Allí lo arrestaron el 18-VIII-1936 y aquel mismo día lo fusilaron en Torrijos (Toledo). Beato Manés de Guzmán. Nació en Caleruega (Burgos) antes de 1070, año en que nació su hermano santo Domingo. Cuando éste fundó la Orden de Predicadores, Manés, ya sacerdote, ingresó en la misma. Colaboró en la propagación de la Orden y fue un sabio consejero de las monjas dominicas. Se le encomendó la fundación del convento de París y luego estuvo en Madrid para encargarse de la dirección de sus religiosas. Fue un predicador fervoroso, humilde y jovial. Murió en Caleruega o en Gumiel de Izán hacia el año 1236. El Martirologio Romano antes lo conmemoraba el 18 de agosto, y ahora el 30 de julio. Beato Martín Martínez Pascual. Nació el año 1910 en Valdealgorfa, provincia de Teruel en España. Estudió en el seminario de Zaragoza e ingresó en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos poco antes de ordenarse de sacerdote en 1935. Su año de vida sacerdotal lo pasó en el Colegio de San José de Murcia, y cautivó a todos por su sencillez. Pasaba sus vacaciones con su familia cuando estalló la persecución religiosa de 1936. Se escondió, pero cuando le dijeron que habían encarcelado a su padre porque no lo delataba, se presentó al comité revolucionario. No dejó de hacer el bien a los compañeros de martirio. Lo fusilaron cerca de su pueblo natal, mientras gritaba: «¡Viva Cristo Rey!», el 18 de agosto de 1936. Beatas María Rosario Ciércoles, Micaela Hernán y María Luisa Bermúdez, mártires, Hijas de la Caridad. La comunidad del asilo de San Eugenio de Valencia fue expulsada de su casa el 25-VII-1936, apenas iniciada la persecución. Estas tres hermanas se refugiaron en una casa de Puzol, donde el capuchino beato Buenaventura Esteve, también mártir (26-IX), refugiado en la misma casa, les ofreció el consuelo y fortaleza de la misa diaria. El 17 de agosto fueron apresadas y, entre los malos tratos recibidos, optaron por la muerte antes que ceder a las pretensiones inmorales de los verdugos. Al día siguiente, 18 de agosto de 1936, fueron fusiladas en Benavites (Valencia). María Rosario nació en Zaragoza en 1873. Antes de llegar a Valencia tuvo otros varios destinos, siempre en el campo de la enseñanza. Tenía un temperamento vivo y enérgico, y era a la vez sencilla, buena y trabajadora. Micaela nació en Burgos el año 1881. Tuvo varios destinos hasta llegar a Valencia en 1930. Se dedicó a los niños pequeños, a los que cuidaba y enseñaba con bondad y paciencia. En 1933 perdió vista y tuvo que dejar las clases; se dedicó más a escuchar a la gente. María Luisa nació en San Pelayo de Sabugueira (La Coruña) en 1893 de familia noble. Había estudiado magisterio y empezó su apostolado como maestra de educación primaria; en 1931 la destinaron a Valencia y le confiaron el taller-obrador de costura de las jóvenes.- Beatificadas el 13-X-2013. Beatos Olegario Ángel Rodas Saurina y Honorato Alfredo Pedro Calvo. Los dos eran Hermanos de las Escuelas Cristianas, y cuando en 1936 se produjo la persecución religiosa en España pertenecían a la comunidad de San Hipólito de Voltregá (Barcelona). Allí, el 18 de agosto de 1936, un grupo de milicianos los apresó y sin ningún proceso los asesinó a tiros en San Boy de Llusanés, mientras gritaban "¡Viva Cristo Rey!". Olegario Ángel nació en Santa Coloma de Farnés (Gerona) en 1912, y tomó el hábito en 1930; durante el escolasticado tuvo problemas de salud. Honorato Alfredo nació en Cobatillas (Teruel) en 1913, y tomó el hábito religioso en 1930; tuvo dificultades para el estudio, a la vez que destacaba por su piedad y sencillez. Beato Rafael José. Nació en Benicarló (Castellón) en 1871. Profesó en los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1899. Comenzó su apostolado en San Hipólito de Voltregá y, después de varios destinos, lo terminó en San Feliu de Guixols. Sufrió una hemiplejia que le dejó secuelas. Cuando estalló la persecución religiosa, marchó a casa de su familia en Benicarló. Pero pronto los milicianos lo detuvieron junto con un sobrino suyo, buen católico, y los encarcelaron. Cuatro días después, el 18 de agosto de 1936, los sacaron y los asesinaron en la carretera de Valencia. Beatificado el 13-X-2013. Beato Rainaldo de Concorezzo. Nació en Milán hacia 1245 en el seno de una familia noble. Enseñó derecho en Bolonia y en Lodi, estuvo al servicio de varios cardenales y los papas le encomendaron misiones graves y delicadas en aquel tiempo tan revuelto en las relaciones entre la Iglesia y los poderes civiles. Elegido obispo de Ravena, se distinguió por su celo, prudencia y caridad, con un gobierno netamente pastoral, centrado en los problemas religiosos de la diócesis. Murió el año 1321. Beata Rosa de Nuestra Señora de la Providencia Pedret Rull. Nació en Falset (Tarragona, España) el año 1864. Ingresó el año 1886 en la Congregación de las Carmelitas de la Caridad. Hecha la profesión perpetua en 1891, la destinaron a la Casa-Asilo de Cullera (Valencia), donde permaneció el resto de su vida. Era humilde, obediente, caritativa, bondadosa y sencilla, amante de la pobreza evangélica y devota de la Eucaristía y de la Virgen. Durante la persecución religiosa la detuvieron con las demás hermanas de su comunidad, y murió el 18 de agosto de 1936, en la carretera de Cullera a Valencia, en el camión en que las llevaban al lugar previsto para el fusilamiento. Beato Vicente María Izquierdo Alcón. Nació en Mosqueruela (Teruel, España). Él y dos hermanos suyos se consagraron al Señor. Ingresó en el seminario de Valencia y recibió la ordenación sacerdotal en 1915. Trabajó en varias parroquias y era párroco de La Pobla de Farnals cuando lo martirizaron. Músico, pintor y cantor, puso sus cualidades al servicio de la pastoral. En febrero de 1936 tuvo que salir de su parroquia y trasladarse a la capital. Era muy devoto de la Virgen y colaboró activamente en salvar la imagen de la Virgen de los Desamparados. Lo detuvieron los milicianos y, después de torturarlo por no revelar secretos de confesión, lo fusilaron en el término de Rafelbuñol (Valencia) el 18 de agosto de 1936. * * *
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Dice la Carta a los Hebreos: -Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado (Hb 12,1-4). Pensamiento franciscano: Decía san Francisco: -La virtud ahuyenta al vicio. Donde hay caridad y sabiduría, allí no hay temor ni ignorancia. Donde hay paciencia y humildad, allí no hay ira ni desasosiego (Adm 27,1-2). Orar con la Iglesia: Oremos al Señor, nuestro Dios. Él es nuestro auxilio. -Por la Iglesia: para que permanezca fiel al Evangelio y al hombre de hoy, soportando con entereza todas las contrariedades. -Por los que luchan tenazmente por un mundo más justo: para que no se cansen ni pierdan el ánimo ante la oposición e incomprensión que les sobrevenga. -Por las familias desunidas, vacilantes, sin amor: para que, renunciando al egoísmo, encuentren la verdadera felicidad. -Por nosotros los creyentes: para que seamos capaces de comprender y asumir también las palabras duras y difíciles de Cristo. Oración: Señor Dios, infunde tu amor en nuestros corazones para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * «¿PENSÁIS QUE HE VENIDO A TRAER AL MUNDO
PAZ?» Queridos hermanos y hermanas: En el evangelio de este domingo [XX del T. O., Ciclo C] hay una expresión de Jesús que siempre atrae nuestra atención y hace falta comprenderla bien. Mientras va de camino hacia Jerusalén, donde le espera la muerte en cruz, Cristo dice a sus discípulos: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división». Y añade: «En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra» (Lc 12,51-53). Quien conozca, aunque sea mínimamente, el evangelio de Cristo, sabe que es un mensaje de paz por excelencia; Jesús mismo, como escribe san Pablo, «es nuestra paz» (Ef 2,14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el reino de Dios, que es amor, alegría y paz. ¿Cómo se explican, entonces, esas palabras suyas? ¿A qué se refiere el Señor cuando dice -según la redacción de san Lucas- que ha venido a traer la «división», o -según la redacción de san Mateo- la «espada»? (Mt 10,34). Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien, debe afrontar necesariamente incomprensiones y a veces auténticas persecuciones. Por eso, todos los que quieran seguir a Jesús y comprometerse sin componendas en favor de la verdad, deben saber que encontrarán oposiciones y se convertirán, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de sus mismas familias. En efecto, el amor a los padres es un mandamiento sagrado, pero para vivirlo de modo auténtico no debe anteponerse jamás al amor a Dios y a Cristo. De este modo, siguiendo los pasos del Señor Jesús, los cristianos se convierten en «instrumentos de su paz», según la célebre expresión de san Francisco de Asís. No de una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo diario por vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21) y pagando personalmente el precio que esto implica. La Virgen María, Reina de la paz, compartió hasta el martirio del alma la lucha de su Hijo Jesús contra el Maligno, y sigue compartiéndola hasta el fin de los tiempos. Invoquemos su intercesión materna para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal. * * * EL SEÑOR SE HA
COMPADECIDO DE NOSOTROS Dichosos nosotros si llevamos a la práctica lo que escuchamos y cantamos. Porque cuando escuchamos es como si sembráramos una semilla, y cuando ponemos en práctica lo que hemos oído es como si esta semilla fructificara. Empiezo diciendo esto porque quisiera exhortaros a que no vengáis nunca a la iglesia de manera infructuosa, limitándoos sólo a escuchar lo que aquí se dice, pero sin llevarlo a la práctica. Porque, como dice el Apóstol, estáis salvados por su gracia, pues no se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. No ha precedido, en efecto, de parte nuestra una vida santa, cuyas acciones Dios haya podido admirar, diciendo por ello: «Vayamos al encuentro y premiemos a estos hombres, porque la santidad de su vida lo merece». A Dios le desagradaba nuestra vida, le desagradaban nuestras obras; le agradaba, en cambio, lo que él había realizado en nosotros. Por ello, en nosotros, condenó lo que nosotros habíamos realizado y salvó lo que él había obrado. Nosotros, por tanto, no éramos buenos. Y, con todo, él se compadeció de nosotros y nos envió a su Hijo a fin de que muriera, no por los buenos, sino por los malos; no por los justos, sino por los impíos. Dice, en efecto, la Escritura: Cristo murió por los impíos. Y ¿qué se dice a continuación? Apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir. Es posible, en efecto, encontrar quizás alguno que se atreva a morir por un hombre de bien; pero por un inicuo, por un malhechor, por un pecador, ¿quién querrá entregar su vida, a no ser Cristo, que fue justo hasta tal punto que justificó incluso a los que eran injustos? Ninguna obra buena habíamos realizado, hermanos míos; todas nuestras acciones eran malas. Pero, a pesar de ser malas las obras de los hombres, la misericordia de Dios no abandonó a los humanos. Y Dios envió a su Hijo para que nos rescatara, no con oro o plata, sino a precio de su sangre, la sangre de aquel Cordero sin mancha, llevado al matadero por el bien de los corderos manchados, si es que debe decirse simplemente manchados y no totalmente corrompidos. Tal ha sido, pues, la gracia que hemos recibido. Vivamos, por tanto, dignamente, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado. Un médico extraordinario ha venido hasta nosotros, y todos nuestros pecados han sido perdonados. Si volvemos a enfermar, no sólo nos dañaremos a nosotros mismos, sino que seremos además ingratos para con nuestro médico. Sigamos, pues, las sendas que él nos indica e imitemos, en particular, su humildad, aquella humildad por la que él se rebajó a sí mismo en provecho nuestro. Esta senda de humildad nos la ha enseñado él con sus palabras y, para darnos ejemplo, él mismo anduvo por ella, muriendo por nosotros. Para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal, la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Así el que era inmortal se revistió de mortalidad para poder morir por nosotros y destruir nuestra muerte con su muerte. Esto fue lo que hizo el Señor, éste el don que nos otorgó. Siendo grande, se humilló; humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó y fue exaltado para que nosotros no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la resurrección de los muertos, los que, ya desde ahora, hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la seguimos, confesaremos al Señor y, con toda razón, le daremos gracias, diciendo: Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocando tu nombre. * * * LA DEVOCIÓN MARIANA
DE SAN FRANCISCO Si Francisco canta a la Madre de Dios como «esposa del Espíritu Santo», también coloca junto a la maternidad del alma fiel su desposorio en el Espíritu Santo. Es Él quien por su gracia y por su iluminación infunde todas las virtudes en los corazones de los fieles, para de infieles hacerlos fieles (SalVM 6). Tampoco es de casualidad que esta alusión se encuentre en el Saludo a la bienaventurada Virgen María. Así como por la acción del Espíritu Santo el Verbo del Padre se hizo carne en María, de modo análogo la gracia y la iluminación del mismo Espíritu engendran a Cristo en las almas, y las van conformando a una vida cada vez más cristiana, hasta que, como dice la misma carta en su v. 67, por tener en sí al Hijo de Dios, llegan a poseer la sabiduría espiritual, pues el Hijo es la sabiduría del Padre. Pero el nacimiento de Dios en el corazón de los fieles es sólo un aspecto de esta maternidad. Francisco indica también otro: en fuerza de esta vida cristiana, es decir, «por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros», Cristo es engendrado en los otros hombres. De esta forma, la función maternal de la vida cristiana, como testimonio vivo, se extiende a la Iglesia. Francisco habló de buen grado y con frecuencia acerca de esta misión maternal de los fieles en la Iglesia; así, por ejemplo, cuando, aplicando a sus hermanos, sencillos e ignorantes, las palabras de la sagrada Escritura: «La estéril tuvo muchos hijos» (1 Sam 2,5), las explica de la forma siguiente: «Estéril es mi hermano pobrecillo, que no tiene el cargo de engendrar hijos en la Iglesia. Ese parirá muchos en el día del juicio, porque a cuantos convierte ahora con sus oraciones privadas, el Juez los inscribirá entonces a gloria de él» (2 Cel 164). Lo que se realizó en la maternidad de María para la salvación del mundo, se prolonga en los corazones de los fieles, por la acción sobrenatural del Espíritu Santo. En última instancia se trata del misterio mismo de la Iglesia, del que participan los fieles. Francisco se sabe agraciado con el mismo don gratuito que admira en María. Y este don, concedido a él y a sus hermanos, lo considera como tarea en la Iglesia. María es para él, ante todo y sobre todo, Madre de Cristo, y por esto la ama amarteladamente. Madre de Cristo son también para él los fieles «que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8,21), y de esta manera participan de la misión de la Madre Iglesia. Así vista la devoción mariana de Francisco, la podemos condensar en esta fórmula: vivir en la Iglesia como vivió María. La realización de la obra de la salvación y su transmisión -de ello se trata en la devoción mariana de Francisco- tiene como fin hacer visible en el misterio de la encarnación del Verbo la divinidad invisible. Pero Francisco conoce otra forma de hacerse visible el Dios invisible: la que él tanto aprecia y venera en la santísima eucaristía. Tal como dice en su primera Admonición, donde late una clara oposición a la herejía cátara contemporánea, en la eucaristía se ha de ver en fe a aquel que, siendo hombre, dijo a sus discípulos: «El que me ve a mí, ve también a mi Padre» (Jn 14,9). Por eso exclama san Francisco: «¡Oh hijos de los hombres!, ¿hasta cuándo seréis duros de corazón? ¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? Ved que diariamente se humilla, como cuando desde el trono real descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros Él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre al altar en manos del sacerdote». Pero también aquí indica Francisco que depende del «Espíritu del Señor», «que habita en sus fieles», el poder participar de ese misterio, el poder creer en él «secundum spiritum», «según el espíritu». Esta advertencia nos muestra que no ha sido por casualidad que Francisco haya hecho mención de la encarnación de Cristo en María. Porque se abrió sin reservas a la acción del Espíritu Santo -podemos recordar de nuevo a la «esposa del Espíritu Santo»-, pudo mediante María convertirse en visible y palpable el Dios invisible. Y el que, como ella, se abre con fe al Espíritu del Señor, contemplará «con ojos espirituales» al mismo Señor en el misterio de la eucaristía, será colmado por Él y se hará un espíritu con Él (cf. 1 Cor 6,17). En este misterio verá unitariamente el comienzo y el fin de la obra de la salvación, pues «de esta manera está siempre el Señor con sus fieles, como Él mismo dice: Ved que estoy con vosotros hasta la consumación del siglo» (Adm 1,22).
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