DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 15 DE AGOSTO

 

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LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA. La Madre de Dios fue asociada estrechamente, por voluntad del Padre, a los misterios de su Hijo. Así, al igual que Jesús, también ella murió y fue sepultada. Pero, como dice el Prefacio, «el Señor no quiso que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu, concibió en su seno al autor de la vida». Al respecto escribía Pío XII: «A la manera que la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y último trofeo de su más absoluta victoria sobre la muerte y el pecado, así la lucha de la bienaventurada Virgen, común con su Hijo, había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal... Por eso, la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad, ... consiguió, al fin, como corona suprema de sus privilegios, ser conservada inmune de la corrupción del sepulcro y, del mismo modo que antes su Hijo, vencida la muerte, ser levantada en cuerpo y alma a la suprema gloria del cielo». Y la Constitución papal que en 1950 declaró el dogma de la Asunción concluía con esta definición: «Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial».- Oración: Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que, aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

CANONIZACIÓN DE SANTA CLARA. Santa Clara murió el 11 de agosto de 1253 en el monasterio San Damián, extramuros de Asís, y era tal su fama de santidad que el papa Inocencio IV, que presidió los funerales acompañado de su corte, dijo que, en aquella celebración, se le debía rezar el oficio de las santas vírgenes y no el de difuntos, como si quisiera canonizarla aún antes de que su cuerpo fuera entregado a la sepultura. Con toda pompa fue enterrado en la iglesia de San Jorge, dentro de las murallas de la ciudad, donde antes había sido enterrado también el cuerpo de san Francisco. Dos años después, terminado el proceso canónico en el que se probaron las virtudes heroicas de Clara y los muchos milagros que Dios había realizado por su medio, el papa Alejandro IV la canonizó solemnemente el 15 de agosto de 1255 en la catedral de Anagni.

SAN ESTEBAN DE HUNGRÍA. [Murió el 15 de agosto y su memoria se celebra el 16 de agosto]. Nació en Esztergom (Hungría) hacia el año 969, de padre pagano y madre cristiana, de la alta nobleza. De joven recibió el bautismo junto con su padre, duque de Hungría. El año 997, tras la muerte de su padre, le sucedió en el gobierno y emprendió la evangelización de su país sirviéndose particularmente de los benedictinos de Cluny. Fundó monasterios, que fueron grandes centros misioneros, y creó obispados. Contrajo matrimonio con Gisela, hija del emperador Enrique II, y vio morir prematuramente a su hijo san Emerico, de extraordinarias virtudes y a quien preparaba para que le sucediera. Fue coronado rey de Hungría el año 1000 con la corona que le envió el papa Silvestre II. En el gobierno de su reino fue justo, pacífico y piadoso, observando fielmente las leyes de la Iglesia y procurando siempre el bien de sus súbditos. Murió el 15 de agosto de 1038 en Szekesfehérvar (abadía de Alba Real) de Buda, en la actual Hungría. Fue canonizado el año 1083 junto con su hijo Emerico- Oración : Dios todopoderoso, te rogamos que tu Iglesia tenga como glorioso intercesor en el cielo a san Esteban de Hungría, que durante su reinado se consagró a propagarla en este mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

BEATO DOMINGO MARÍA DE ALBORAYA (en el siglo, Agustín Hurtado Soler). Nació en Alboraya (Valencia) el año 1872. De joven ingresó en el Seminario de Valencia. Apenas fundada la congregación de Terciarios Capuchinos ingresó en ella, y, en 1890, profesó en manos del fundador Mons. Luis Amigó. Recibió la ordenación sacerdotal en 1896. Durante su carrera alternó los estudios eclesiásticos y literarios con los de armonía y composición, por su afición y talento para la música. Religioso de gran competencia y adornado de buenas formas sociales, ocupó cargos de responsabilidad en su congregación. A finales de 1935 fue trasladado a una Escuela de Reforma en el Madrid de los Carabancheles, donde lo sorprendió la persecución religiosa. Detenido y encarcelado, el 15 de agosto de 1936 fue asesinado en las inmediaciones del madrileño parque del Retiro. Es uno de los mártires amigonianos beatificados por Juan Pablo II en 2001.

BEATO CLAUDIO GRANZOTTO . Nació el año 1900 en Santa Lucía di Piave (Treviso, Italia). La naturaleza le dotó de una voluntad tenaz y de una exquisita bondad. Trabajó en el campo, de carpintero y de albañil. A los 15 años sintió pasión por el arte, para el que tenía una fina sensibilidad. En 1918 tuvo que incorporarse al ejército. Acabada la guerra, con la ayuda de su párroco ingresó en la Academia de Bellas Artes de Venecia, donde obtuvo, a los 29 años, la máxima calificación en escultura. En 1933 se incorporó a la Orden Franciscana como hermano laico, y fue avanzando por un camino de amor a Dios y total abandono en sus manos, de oración y adoración eucarística, de amor a los pobres y enfermos, de suave humildad, obediencia pronta y radiante castidad. También destacó por su devoción a la Virgen Inmaculada, a la que se consagró como esclavo y a la que dedicó buena parte de su obra artística. Atacado por un tumor cerebral, murió el 15 de agosto de 1947 en Padua. Lo beatificó Juan Pablo II el año 1994.

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San Alipio. Nació en Tagaste de Numidia (en la actual Argelia) hacia el año 358 en el seno de una familia rica. Amigo y discípulo de san Agustín, compartió su itinerario espiritual. Estudió en Cartago, luego pasó a Roma, allí se encontró de nuevo con Agustín y juntos marcharon a Milán. Al igual que Agustín, él había abrazado el maniqueísmo, y en Milán se convirtieron al cristianismo y recibieron el bautismo de manos de san Ambrosio. En África entró en el monasterio formado por Agustín. Viajó a Tierra Santa y conoció a san Jerónimo. Elegido obispo de Tagaste el año 394, compartió con Agustín, obispo de Hipona, el celo pastoral, y ambos promovieron la vida monástica, defendieron la fe católica y combatieron el donatismo y el pelagianismo. Murió hacia el año 430.

San Altfredo. Nació en Colonia (Alemania) a principios del siglo IX, de familia ilustre y rica. De joven abrazó la vida monástica y recibió la ordenación sacerdotal. Elegido obispo de Hildesheim, en Sajonia, construyó la iglesia catedral, que dedicó a la Asunción, y favoreció la construcción de monasterios. Se distinguió por su devoción a la Virgen. Murió el año 874.

San Estanislao de Kostka. Nació en Rostków (Polonia) el año 1550 en el seno de una familia noble. A los trece años lo enviaron a estudiar a Viena en el colegio de los jesuitas y, cuando éste se cerró, pasó a casa de un senador protestante, en la que sufrió mucho. Ya de estudiante tuvo experiencias místicas. En el curso de una grave enfermedad maduró el propósito de ingresar en la Compañía de Jesús, a lo que se opuso su padre. Se fugó de Viena y san Pedro Canisio lo mandó a Dillingen, de donde pasó a Roma. San Francisco de Borja lo admitió al noviciado, en mayo de 1568 hizo la profesión de votos simples y murió el 15 de agosto de 1568, a los 18 años de edad. Dejó a todos admirados por sus virtudes y conducta angelical.

Santos Estratón, Felipe y Eutiquiano. Sufrieron el martirio en Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.

San Jacinto (o Jacko) de Polonia. Nació en Silesia y era canónigo de Cracovia cuando en un viaje a Italia conoció a los Dominicos. Ingresó en su Orden y participó en el capítulo general de Bolonia celebrado el año 1221, en el cual el mismo santo Domingo lo envió a Polonia con el beato Ceslao y Enrique el Germánico a propagar la Orden en aquella nación y a evangelizar Prusia, todavía pagana. Bien acogido por el obispo de Cracovia, fundó varias casas en Polonia y Bohemia. Asistió en París al capítulo general de 1228 y luego marchó a Kiev, pero tuvo que dejar esta ciudad por orden de su príncipe. Murió en Cracovia el año 1257.

Santos Luis Batis Sainz, Manuel Morales, Salvador Lara Puente y David Roldán Lara. El 15 de agosto de 1926, en el furor de la persecución desatada contra los cristianos en México, fueron fusilados estos cuatro mártires en Chalchihuites, territorio de Durango en México. Juan Pablo II los canonizó el año 2000 en el grupo encabezado por san Cristóbal Magallanes. Luis nació en San Miguel Mezquital, estado de Zacatecas, el año 1870, estudió en el seminario de Durango y se ordenó de sacerdote en 1894. Toda su actividad ministerial la desarrolló como director espiritual del seminario y, a partir de 1925, como párroco de Chalchihuites. Manuel nació en Mesillas (Zacatecas) el año 1898. No pudo culminar la carrera sacerdotal por la penuria económica de su familia. Contrajo matrimonio y tuvo tres hijos. Fue un trabajador leal y responsable, y un laico comprometido. Salvador nació en Súchil (Durango) el año 1905. También tuvo que dejar la carrera sacerdotal por falta de medios. Fue en cambio un joven fiel y eficaz colaborador parroquial. David nació en Chalchihuites el año 1907. Al igual que los dos anteriores compañeros de martirio empezó el camino del sacerdocio y como aquéllos tuvo que interrumpirlo por la frágil condición económica de su madre viuda. Era un joven simpático y generoso, apreciado en el trabajo y muy querido por sus amigos, a la vez que estrecho colaborador del párroco.

San Simpliciano. Obispo de Milán. San Ambrosio, de quien había sido colaborador, lo designó como sucesor suyo, y san Agustín, a quien había preparado para el bautismo, le dedicó grandes elogios en sus Confesiones.

San Tarsicio, protomártir de la Eucaristía. Era un jovencito romano que llevaba la Eucaristía a los cristianos encarcelados. Un día en que cumplía este su santo servicio, fue descubierto por un grupo de paganos que pretendieron que les mostrara lo que llevaba oculto. Él se negó y, por defender la santísima Eucaristía frente a una furiosa turba de gentiles que intentaba profanarla, prefirió ser inmolado, muriendo apedreado, antes que dejar a merced de los perros las especies sagradas. Esto sucedió el año 257 en Roma. La novela del cardenal Wiseman, Fabiola, dio nueva popularidad a la imagen de este intrépido y santo joven.

Beato Aimón Taparelli. Nació en Savigliano (Piamonte, Italia) el año 1398, hijo de los condes de Lagnasco. Entró en la Orden de Predicadores o Dominicos a los 50 años de edad, después de la muerte de su mujer y sus hijos. Hechos los estudios correspondientes, se ordenó de sacerdote y pronto se acreditó como un celoso predicador. Fue profesor de la Universidad de Turín, confesor y predicador de Amadeo IX de Saboya, inquisidor de Lombardía y Liguria, incansable defensor de la verdad, reformador de su Orden. Murió en su ciudad natal el año 1495.

Beato Carmelo Sastre Sastre. Nació en Pego, provincia de Alicante y diócesis de Valencia en España, el año 1890. Estudió en el seminario de Valencia y se ordenó de sacerdote en 1919. Ejerció el ministerio parroquial en distintos pueblos de la diócesis, en los que procuró fomentar la vida cristiana de los fieles y la formación espiritual y cultural de los niños. Fue un buen catequista, abierto a todos y muy caritativo con los pobres. Después de mucho sufrir, fue detenido en Piles, pasó un día encerrado y el 15 de agosto de 1936 lo fusilaron en el término municipal de Palma de Gandía (Valencia). Murió dando vivas a Cristo Rey y perdonando a sus asesinos.

Beato Clemente Adolfo. Nació en La Jana (Castellón) en 1898. Tomó el hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1917. Cuando estalló en España la persecución religiosa de 1936, su campo de apostolado era Tortosa. Dejó el convento y fue a su pueblo natal. Los milicianos lo detuvieron, lo registraron a lo dejaron ir a su casa con orden de no salir ni recibir a nadie, lo que prometió y cumplió; no obstante, el 14-VIII-1936, se lo llevaron junto con el párroco D. Vicente Castell y al día siguiente, 16 de agosto de 1936, los mataron en el cementerio de San Mateo (Castellón). Beatificado el 13-X-2013.

Beatos Exuperio Alberto Flos y Luis Alberto Flos, mártires, Hermanos de las Escuelas Cristianas. Son dos hermanos carnales nacidos en Benicarló (Castellón), Exuperio en 1881 y Luis en 1880. Los dos ingresaron juntos en el seminario menor de Bujedo en 1896; Exuperio profesó en 1900 y Luis en 1898. Terminada su formación, fueron enviados a diferentes casas, en las que ejercieron su apostolado. Cuando estalló en España la persecución religiosa, Exuperio residía en San Feliu de Guixols y Luis en Barcelona. Tuvieron que dejar sus conventos y cada uno por su parte llegó a su pueblo natal, a casa de un hermano suyo. Durante algunos días se dedicaron a tareas agrícolas, pensando que así pasarían inadvertidos. Pero se equivocaban: los milicianos los apresaron, los tuvieron detenidos un día y los acribillaron a tiros en el término de Benicarló, mientras ellos gritaban: «¡Viva Cristo Rey!».- Beatificados el 13-X-2013.

Beato Francisco Míguez Fernández, salesiano. Nació en Corvillón (Orense) en 1887, hizo el noviciado en 1906 y fue ordenado sacerdote en 1916. Pasó por varios colegios hasta llegar al de Málaga, en el que fue consejero, catequista, confesor y encargado de las escuelas externas. Destacó por su laboriosidad, piedad, gran sencillez y el cuidado de los pobres. Organizó un oratorio festivo, frecuentado incluso por adultos. Llegada la persecución religiosa, la comunidad fue detenida por los exaltados y luego liberada por las autoridades civiles. El 15-VIII-1936 unos milicianos lo detuvieron, lo fusilaron en un descampado y, aún vivo, lo quemaron.

Beato Isidoro Bakanja. Nació en el Congo Belga, la actual República Democrática del Congo, hacia 1885. De joven entró a trabajar como obrero en una empresa estatal belga. Se convirtió al cristianismo por influencia de los cistercienses y se bautizó en 1906. Luego trabajó en Ikinde para la empresa S. A. B., cuyo jefe era anticristiano y detestaba que los misioneros predicasen la igualdad en dignidad humana entre blancos y negros. Le mandó a Isidoro que se quitara el escapulario del Carmen que llevaba como expresión de su fe cristiana, el joven se negó y el jefe ordenó que lo azotaran con tal crueldad, que murió poco después en Wenga, cerca de Busira, a consecuencia de las heridas en la espalda. Era el año 1909.

Beato Jaime Bonet Nadal. Nació en Santa María de Montmagastrell (Lérida, España) el año 1884. Empezó estudiando en seminarios diocesanos, en 1909 ingresó en la Congregación Salesiana y se ordenó de sacerdote en 1917. Trabajó siempre en las Escuelas Salesianas de la calle de Rocafort de Barcelona, en las que desempeñó de manera ejemplar su cometido sacerdotal y docente. Llegada la persecución religiosa, se refugió en distintos lugares, tratando de no ser un peligro para quienes lo hospedaban. Lo reconocieron los milicianos en la estación de Tárrega (Lérida), lo detuvieron y lo asesinaron el 15 de agosto de 1936.

Beato José María Peris Polo. Nació en Cinctorres (Castellón, España) el año 1889. En 1913, ya seminarista, ingresó en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, y en 1914 recibió la ordenación sacerdotal. Prestó su servicio en el Colegio de San José de Tortosa, en el Seminario de Córdoba y en el de Barcelona, donde le sorprendió la persecución religiosa. Puestos a salvo alumnos y profesores, marchó a su pueblo, donde lo detuvieron los milicianos que lo asesinaron cruelmente en Almazora (Castellón) el 15 de agosto de 1936. Era un gran teólogo, músico inspirado, santo de veras, que influyó profundamente en sus alumnos y renovó los seminarios en que actuó.

Beato José Santonja Pinsach, dominico. Nació en Olot (Gerona) en 1879, profesó en 1895 y fue ordenado sacerdote en 1903. Gozaba de dotes especiales para el cultivo de las artes, la música, pintura y literatura. Ejerció la docencia en varios colegios; era ameno y afable. Desde 1935 formaba parte de la comunidad del Rosario de Madrid. En el asalto al convento el 19-VII-1936 resultó herido de bala. Lo atendieron en una casa de socorro y luego en el sanatorio del Rosario. El 15-VIII-1936 lo sacaron del sanatorio para ejecutarlo en la Pradera de San Isidro, Madrid.

Beatos Juan Bautista Ceró y Agustín Ibarra. A causa de la persecución religiosa de 1936, tuvieron que dejar la parroquia en la que ejercían su ministerio, Pla de Cabra (ahora Pla de Santa María) y San Juan de Tarragona respectivamente, y acabaron hospedándose en la pensión Neutral, en la Rambla de Barcelona. El 15 de agosto de 1936, fueron detenidos por los milicianos y asesinados en plena calle. Juan Bautista nació en Flix (Tarragona) en 1908. Fue un niño precoz. Recibió la ordenación sacerdotal en 1931. Trabajó como vicario coadjutor en varias parroquias tarraconenses. Era sumamente piadoso, celoso de las almas juveniles, caritativo con los menesterosos, para los que pedía ayuda a los ricos. Agustín nació en Alió (Tarragona) en 1911. Ordenado sacerdote el 22-XII-1936, lo nombraron coadjutor de la parroquia de San Juan, de Tarragona, en la que permaneció hasta el fin de su vida. Desarrolló una gran actividad. Enseñaba el catecismo a los niños y pagaba de su bolsillo la estancia de los niños pobres en las colonias de Salou.- Beatificados el 13-X-2013.

Beato Juan Mesonero. Nació en Rámaga (Salamanca) en 1913. De niño ingresó en el seminario de Ávila. Recibió la ordenación sacerdotal el 6 de junio de 1936. Lo nombraron cura ecónomo de El Hornillo (Jaén). Al estallar la persecución religiosa, pronto lo hicieron objeto de insultos y malos tratos. Siguió celebrando la misa hasta el 3 de agosto, fecha en la que el comité revolucionario se apoderó de la iglesia. La persecución arreció a raíz de una calumnia. La noche del 15 al 16 de agosto de 1936, después de torturarlo, lo mataron en el término municipal de Arenas de San Pedro (Ávila). Beatificación 13-X-2013.

Beata Juliana Puricelli de Busto Arsicio. Nació en Busto Arsicio (Lombardía, Italia) el año 1427 en el seno de una familia humilde. En su adolescencia quiso consagrarse a Cristo, pero su familia se lo impidió incluso con violencia. Con la ayuda de un hermano se fugó de casa y se unió a la beata Catalina de Pallanza, que llevaba vida eremítica en un monte. Allí perseveraron hasta que, veinte años más tarde, se abrió un convento de monjas agustinas en Pallanza, cerca de Novara, en el que ambas ingresaron en 1476. Juliana llevó primero vida eremítica y contemplativa, que prolongó luego en la mortificación y penitencia del claustro hasta su muerte en 1501.

Beatos Luis Masferrer Vila y 19 compañeros mártires. El 20 de julio de 1936, los milicianos asaltaron el convento de los Claretianos de Barbastro (Huesca, España) y arrestaron a todos sus religiosos. Los encerraron y luego los fueron sacando por grupos para martirizarlos. El 15 de agosto de 1936 fusilaron en el cementerio de Barbastro a 20 de ellos, uno, Luis Masferrer, sacerdote joven y los demás todavía estudiantes. Estos son sus nombres, con indicación del lugar y año de su nacimiento: Luis Masferrer Vila, San Vicente de Torelló (Barcelona) 1912; José María Blasco Juan, Játiva (Valencia) 1912; Alfonso Sorribes Teixidó, Rocafort de Vallbona (Lérida) 1912; José María Badía Mateu, Puigpelat (Tarragona) 1912; José Figuero Beltrán, Gumiel del Mercado (Burgos) 1911; Eduardo Ripoll Diego, Játiva (Valencia) 1912; Francisco María Roura Farró, Sorts (Gerona) 1913; Jesús Agustín Viela Ezcurdia, Oteiza de la Solana (Navarra) 1914; José María Amorós Hernández, La Pobla Llarga (Valencia) 1913; Juan Baixeras Berenguer, Castelltersol (Barcelona) 1913; Rafael Briega Morales, Montemolín (Zaragoza) 1912; Luis Escalé Binefa, Fondarella (Lérida) 1912; Raimundo Illa Salvia, Bellvís (Lérida) 1914; Luis Lladó Teixidó, Viladesens (Gerona) 1912; Miguel Masip González, Llardecans (Lérida) 1913; Faustino Pérez García, Barindano (Navarra) 1911; Sebastián Riera Coromina, Ribas de Freser (Gerona) 1914; José María Ros Florensa, Torms (Lérida) 1914; Francisco Castán Messeguer, Fonz (Huesca) 1911; y Manuel Martínez Jarauta, Murchante (Navarra) 1912.

Beato Manuel Formigo Giráldez. Nació en Pazos Hermos (Orense) en 1894, profesó en los agustinos de El Escorial en 1910 y fue ordenado sacerdote en 1925. Estuvo de misionero en Brasil, pero regresó pronto a España, donde su último destino fue Málaga. Al desencadenarse la persecución religiosa, se refugió en una fonda de la misma ciudad, en la que celebraba la misa a diario y luego distribuía la comunión en domicilios particulares. El 15-VIII-1936, cuando salió para repartir las comuniones, unos milicianos lo detuvieron y poco después lo martirizaron en unos derribos de la calle de la Victoria.

Beata María Sagrario de San Luis Gonzaga Moragas Cantarero. Nació en Lillo (Toledo, España) el año 1881. Se licenció en la Facultad de Farmacia de la Universidad de Madrid. Atendió la farmacia que heredó de su padre en Madrid y a la vez se entregó al apostolado entre los pobres de los suburbios de la Capital. En 1915 vistió el hábito de las Carmelitas Descalzas. Le confiaron cargos de responsabilidad y renovó el monasterio espiritual y materialmente. Era priora de su monasterio cuando estalló la persecución religiosa, y para ayudar a sus monjas no quiso refugiarse en un pueblo. La detuvieron los milicianos el 14 de agosto, la encerraron en una checa y la ejecutaron el 15 de agosto de 1936 en la madrileña Pradera de San Isidro.

Beato Maximino Fernández Marinas, dominico. Nació en Castañedo, Valdés, Luarca (Asturias) en 1867, profesó en 1885 y fue ordenado sacerdote en Manila (Filipinas) el año 1893. Se dedicó al ministerio sacerdotal. En 1902 embarcó para España, muy enfermo. Recuperado, trabajó en varias casas de España e Italia. En mayo de 1936 fue a Ocaña y, asaltado el convento el 22-VII-1936, corrió la suerte de los beatos Eduardo González y compañeros: el 5-VIII-1936, los acribillaron a balazos en la estación Atocha de Madrid; los otros murieron en el acto; él quedó herido mortalmente y, trasladado a un hospital, murió el 15-VIII-1936, tras un suplicio atroz, en medio del mayor abandono y burlas.

Beato Pío Alberto del Corona. Nació en Livorno (Italia) en 1837. En 1855 vistió el hábito de los Dominicos en Florencia, donde fue ordenado sacerdote en 1860. Terminados los estudios superiores, se dedicó a la enseñanza y a la pastoral. Pronto destacó como predicador, confesor y profesor de filosofía y teología. Inspirándose en san Jerónimo, con la colaboración de Elena Bruzzi y la bendición de Pío IX, fundó el instituto de las Dominicas del Espíritu Santo, dedicadas al estudio de la S. Escritura y a la educación gratuita de las clases populares. En 1874 fue nombrado obispo de San Miniato, y se dedicó intensamente a procurar la renovación espiritual de sus fieles. Visitaba las parroquias, predicaba, escribía, administraba sacramentos, atendía a los pobres, sin descuidar la visita a enfermos y encarcelados. Murió en Florencia el 15 de agosto de 1912. Beatificado el 19-IX-2015.

Beato Severino Montes Fernández. Nació en San Julián de Bimenes (Asturias) en 1887, profesó en la Orden de San Agustín en 1905 y fue ordenado sacerdote en 1912. Pidió ir como misionero a China, pero la obediencia le asignó los colegios de España como su campo de apostolado, tanto en la enseñanza como en la dirección. Su último destino fue el colegio de Santander. A mediados de julio de 1936 se trasladó a Las Caldas (Asturias) para un tratamiento antirreumático, y allí fue detenido y martirizado en la noche del 14 al 15 de agosto de 1936, después de perdonar a sus verdugos.

Beato Vicente Soler Munárriz. Nació en Malón (Zaragoza) el año 1867. De joven ingresó en la Orden de los Agustinos Recoletos. Lo enviaron a Filipinas, donde concluyó sus estudios y en 1890 se ordenó de sacerdote. Ejerció allí su apostolado hasta que lo apresaron los insurgentes contra España. En 1900 quedó libre y reanudó su apostolado. Regresó a España en 1906 y se dedicó a la predicación y a la formación de los jóvenes religiosos. En 1926 lo eligieron prior general. Pronto renunció y marchó a Motril (Granada), donde continuó su tarea pastoral y social hasta que, llegada la persecución religiosa, lo detuvieron y el 15 de agosto de 1936 lo fusilaron junto a la tapia del cementerio.


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PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la carta a los Efesios: -Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios (Ef 2,4-8).

Pensamiento franciscano:

Antífona que reiteraba san Francisco: -Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ti entre las mujeres, hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros con san Miguel arcángel y con todas las virtudes de los cielos y con todos los santos ante tu santísimo amado Hijo, Señor y maestro (OfP Ant).

Orar con la Iglesia:

En esta solemnidad de la Virgen María, abogada nuestra, presentemos a Dios nuestras súplicas, llenos de filial confianza.

-Por la Iglesia, que peregrina por este mundo con la esperanza de la gloria futura; en comunión con María, Madre de la Iglesia, roguemos al Señor.

-Por la unión de las Iglesias, divididas por el pecado; en comunión con María, madre de todos los creyentes en Cristo, roguemos al Señor.

-Por los enfermos, los pobres, los oprimidos y los abandonados; en comunión con María, salud de los enfermos y consuelo de los afligidos, roguemos al Señor.

-Por todos los que celebramos la Eucaristía, anuncio del banquete del reino eterno; en comunión con María, intercesora nuestra ante su Hijo Jesús, roguemos al Señor.

Oración: Ten en cuenta, Señor, los anhelos y sufrimientos de toda la humanidad, expresados en la plegaria de tu Iglesia, que, llena de gozo, contempla en María nuestra humana naturaleza glorificada. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Benedicto XVI, Ángelus del 15 de agosto de 2005 y de 2006

Queridos hermanos y hermanas:

En esta solemnidad de la Asunción de la Virgen contemplamos el misterio del tránsito de María de este mundo al Paraíso: podríamos decir que celebramos su «pascua». Como Cristo resucitó de entre los muertos con su cuerpo glorioso y subió al cielo, así también la Virgen santísima, a él asociada plenamente, fue elevada a la gloria celestial con toda su persona. También en esto la Madre siguió más de cerca a su Hijo y nos precedió a todos nosotros. Junto a Jesús, nuevo Adán, que es la «primicia» de los resucitados, la Virgen, nueva Eva, aparece como «figura y primicia de la Iglesia» (Prefacio), «señal de esperanza cierta» para todos los cristianos en la peregrinación terrena (cf. LG 68).

La fiesta de la Asunción de la Virgen María, tan arraigada en la tradición popular, constituye para todos los creyentes una ocasión propicia para meditar sobre el sentido verdadero y sobre el valor de la existencia humana en la perspectiva de la eternidad. Queridos hermanos y hermanas, el cielo es nuestra morada definitiva. Desde allí María, con su ejemplo, nos anima a aceptar la voluntad de Dios, a no dejarnos seducir por las sugestiones falaces de todo lo que es efímero y pasajero, a no ceder ante las tentaciones del egoísmo y del mal que apagan en el corazón la alegría de la vida.

La tradición cristiana ha colocado en el centro del verano una de las fiestas marianas más antiguas y sugestivas, la solemnidad de la Asunción de la santísima Virgen María. La liturgia nos recuerda hoy esta consoladora verdad de fe, mientras canta las alabanzas de la Virgen María, coronada de gloria incomparable. «Una gran señal apareció en el cielo -leemos hoy en el pasaje del Apocalipsis que la Iglesia propone a nuestra meditación-: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1). En esta mujer resplandeciente de luz los Padres de la Iglesia han reconocido a María. El pueblo cristiano peregrino en la historia vislumbra en su triunfo el cumplimiento de sus expectativas y la señal cierta de su esperanza.

María es ejemplo y apoyo para todos los creyentes: nos impulsa a no desalentarnos ante las dificultades y los inevitables problemas de todos los días. Nos asegura su ayuda y nos recuerda que lo esencial es buscar y pensar «en las cosas de arriba, no en las de la tierra». En efecto, inmersos en las ocupaciones diarias, corremos el riesgo de creer que aquí, en este mundo, en el que estamos sólo de paso, se encuentra el fin último de la existencia humana.

En cambio, el cielo es la verdadera meta de nuestra peregrinación terrena. ¡Cuán diferentes serían nuestras jornadas si estuvieran animadas por esta perspectiva! Así lo estuvieron para los santos: su vida testimonia que cuando se vive con el corazón constantemente dirigido a Dios, las realidades terrenas se viven en su justo valor, porque están iluminadas por la verdad eterna del amor divino.

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TU CUERPO ES SANTO Y SOBREMANERA GLORIOSO
Pío XII, Const. apostólica «Munificentissimus Deus» (1-XI-1950)
Definición dogmática de la Asunción de María

Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.

Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:

«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios».

Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:

«Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta».

Otro antiquísimo escritor afirma:

«La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia sí mismo, del modo que él solo conoce».

Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su último fundamento, en la Sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.

Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el último trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: «La muerte ha sido absorbida en la victoria».

Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.

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LA DEVOCIÓN MARIANA DE SAN FRANCISCO
1. MARÍA Y CRISTO
por Kajetan Esser, ofm

«Rodeaba de amor indecible a la madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad» (2 Cel 198), «y por habernos alcanzado misericordia» (LM 9,3).

Estas sencillas palabras de sus biógrafos expresan el motivo más profundo de la devoción de san Francisco a la Virgen.

Puesto que la encarnación del Hijo de Dios constituía el fundamento de toda su vida espiritual, y a lo largo de su vida se esforzó con toda diligencia en seguir en todo las huellas del Verbo encarnado, debía mostrar un amor agradecido a la mujer que no sólo nos trajo a Dios en forma humana, sino que hizo «hermano nuestro al Señor de la majestad». Esto hacía que ella estuviera en íntima relación con la obra de nuestra redención; y le agradecemos el que por su medio hayamos conseguido la misericordia de Dios.

Francisco expresa esta gratitud en su gran Credo, cuando, al proclamar las obras de salvación, dice: «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey del cielo y de la tierra, te damos gracias por ti mismo... Por el santo amor con que nos amaste, quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María» (1 R 23,1-3).

Aquí, «el homenaje que el hombre rinde a la majestad divina desde lo más profundo de su ser», característica de la antigua edad media, se funde en desbordante plenitud con el amor reconocido del hombre atraído a la intimidad de Dios. Otro tanto sucede en el salmo navideño que Francisco, a tono con la piedad sálmica de la primera edad media, compuso valiéndose de los himnos redactados por los cantores del Antiguo Testamento: «Glorificad a Dios, nuestra ayuda; cantad al Señor, Dios vivo y verdadero, con voz de alegría. Porque el Señor es excelso, terrible, rey grande sobre toda la tierra. Porque el santísimo Padre del cielo, nuestro rey antes de los siglos, envió a su amado Hijo de lo alto, y nació de la bienaventurada Virgen santa María. Él me invocó: "Tú eres mi Padre"; y yo lo haré mi primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra» (OfP 15,1-4).

Con alabanza desbordante de alegría, Francisco da gracias al Padre celestial por el don de la maternidad divina concedido a María. Este es el primero y más importante motivo de su devoción mariana: «Escuchad, hermanos míos; si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es justo, porque lo llevó en su santísimo seno...» (CtaO 21). En aquella época campeaba por sus respetos la herejía cátara, que, aferrada a su principio dualista, explicaba la encarnación del Hijo de Dios en sentido docetista y, por consiguiente, anulaba la participación de María en la obra de la salvación. Para manifestar su oposición a la herejía, Francisco, devoto de María, no se cansaba de proclamar, con extrema claridad, la verdad de la maternidad divina real de María: «Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, anunciándolo el santo ángel Gabriel, fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad» (2CtaF 4). Y en el Saludo a la bienaventurada Virgen María celebra esta verdadera y real maternidad con frases siempre nuevas, dirigiéndose a ella de un modo exquisitamente concreto y expresivo, llamándola: «palacio de Dios», «tabernáculo de Dios», «casa de Dios», «vestidura de Dios», «esclava de Dios», «Madre de Dios».

No estará de más recordar aquí que el santo no trató de combatir la herejía con la lucha o la confrontación, sino con la oración. Tal vez también en esto seguía el mismo principio que estableció respecto al honor de Dios: «Y si vemos u oímos decir o hacer mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos, hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos» (1 R 17,19).

Cosa sorprendente: la mayor parte de las afirmaciones de Francisco sobre la Madre de Dios se encuentran en sus oraciones y cantos espirituales. A su aire, sigue con sencillez y simplicidad la exhortación del Apóstol: «No os dejéis vencer por el mal, sino venced el mal con el bien» (Rm 12,21).

Tal vez esto explique su exquisita predilección por la fiesta de navidad y su amor al misterio navideño: «Con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable alegría la del nacimiento del niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana» (2 Cel 199).

Pero Francisco da todavía un paso más importante. En la conocida celebración de la navidad en Greccio trata de explicar a los fieles con evidencia tangible este misterio, y habla profundamente emocionado del Niño de Belén. A este propósito es de una claridad meridiana la conclusión del relato de Tomás de Celano: «Un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño». Y prosigue: «No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados» (1 Cel 86). Mediante el amor que él tenía al Hijo de Dios hecho hombre y a su Madre la Virgen, y que lo hizo patente precisamente ese día, encendió en muchos corazones el amor que se había enfriado por completo. Lo que hizo en Greccio y cuanto manifestó en muchos detalles de su pensamiento y comportamiento, no era más que la concretización de su principio general: «Tenemos que amar mucho el amor del que nos ha amado mucho» (2 Cel 196).

Si intentamos con todo cuidado explicar la siempre válida significación de este primer rasgo fundamental de la devoción mariana de Francisco, tendremos primero que subrayar que él no ve a María aisladamente, separadamente del misterio de su maternidad divina, que es la que justifica la importancia de María en el cristianismo. Para san Francisco la veneración de la Virgen quiere decir colocar en su lugar preciso el misterio divino-humano de Cristo. Hasta podría tal vez decirse, para salvar ortodoxamente este misterio, que «se ha hecho nuestro hermano el Señor de la majestad». Por otro lado, bien podemos añadir que, al subrayar con vigor la maternidad física de María respecto de Dios, se está sin más afirmando el Jesucristo histórico, que, no pudiendo según la Escritura ser disociado del Jesús resucitado y glorificado, está presente y actúa operante en la vida cristiana, en la oración, y en el seguimiento. Por eso, la devoción de Francisco a María carecía de toda abstracción y era todo menos conocimiento conceptual; ella brota siempre y fundamentalmente de algo que es palpable por concreto e histórico, y, por consiguiente, de la revelación de Dios que se manifiesta en hechos tangibles y concretos de la historia de la salvación. Será esto precisamente lo que posibilitará a la devoción mariana de Francisco su influencia viva en el futuro de la Iglesia.

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