DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 13 DE ENERO

 

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SAN HILARIO. Obispo y doctor de la Iglesia. Nació en Poitiers (Francia), de una distinguida familia pagana, a principios del siglo IV. Recibió una excelente formación. Estaba casado y tenía una hija, que abrazaron la fe cristiana junto con él. Hacia el año 350 fue elegido obispo de su ciudad natal. Luchó valerosamente contra los arrianos, proclamando con firmeza la divinidad de Jesucristo, y fue desterrado a Oriente por el emperador Constancio. Teólogo, historiógrafo y exégeta bíblico, escribió varias obras admirables por su sabiduría y doctrina, entre ellas el tratado De Trinitate, destinadas a consolidar la fe católica y a interpretar la Sagrada Escritura. Regresó a Poitiers, y allí murió el año 367.- Oración: Concédenos, Dios todopoderoso, progresar cada día en el conocimiento de la divinidad de tu Hijo y proclamarla con firmeza, como lo hizo, con celo infatigable, tu obispo y doctor san Hilario. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Agricio. Obispo de Tréveris (en la actual Alemania) que trasformó en iglesia el palacio que le regaló santa Helena, la madre del emperador Constantino. Murió en su sede episcopal hacia el año 330.

Santos Domingo Pham Trong, su hijo Lucas y el amigo de ambos José Pham Trong. Seglares vietnamitas, personas distinguidas en su ambiente social, mártires, que fueron estrangulados en Tonkín (en el actual Vietnam) después de sufrir cárcel y malos tratos, por profesar la fe cristiana, haberse negado a apostatar de ella y no haber querido pisotear la santa cruz. Murieron bajo el emperador Tu Duc el año 1859.

San Godofredo. Era conde de Kappenberg (Alemania) y, por la predicación y ejemplo de san Norberto, decidió llevar vida más cristiana. Apoyó a la Iglesia, fundó monasterios, protegió y ayudó generosamente a los pobres y a los enfermos. Luego, se hizo premonstratense en el monasterio de Ilbenstadt, mientras su mujer ingresó en un convento de monjas. Murió el año 1127.

Santos Gumesindo y Servideo. Sacerdote el primero y monje el segundo, resolvieron confesar su fe cristiana ante las autoridades musulmanas, por lo que fueron decapitados en Córdoba (España) el año 852.

Santos Hermilio y Estratónico. Bajo el emperador Licinio, en Belgrado, en torno al año 310, fueron sometidos a crueles tormentos por causa de su fe y luego ahogados en el Danubio

San Kentigerno. Obispo y abad de Glasgow (Escocia). Puso su sede en esta ciudad, en la que, además, dio vida a una gran comunidad monástica según el modelo de la Iglesia de los orígenes. Murió el año 603 o 612.

San Pedro. Sacerdote bizantino y mártir en Capitolías (Siria) el año 713 o 715. Por haber confesado la fe cristiana públicamente y ante las autoridades musulmanas, lo condenaron a ser descuartizado por partes, lengua, manos, pies, ojos, y al final crucificarlo.

San Remigio de Reims. Nació de una familia senatorial romana que le dio una buena educación. A los veinte años fue elegido obispo de Reims. Fue amigo de Clodoveo I, rey de los francos, y contribuyó a su conversión a la fe cristiana. Lo bautizó en la Navidad del 498 o 499; más tarde se bautizó también la familia real y muchos ciudadanos. Con la ayuda del rey, Remigio llevó adelante una gran obra misional. Murió el año 533.

Beato Emilio Szramek. Sacerdote polaco de la archidiócesis de Katowice que, por haber defendido la doctrina cristiana ante los nazis, fue deportado al campo de concentración de Dachau (Alemania), donde murió el año 1942 a consecuencia de las torturas a que lo sometieron.

Beata Francisca de la Encarnación Espejo. Nació en Martos (Jaén) en 1873. En 1889 entró en el monasterio de la Santísima Trinidad de su pueblo, en el que vistió el hábito de monja Trinitaria de clausura en 1823. Desempeñó los oficios de enfermera, sacristana, tornera y portera. El 21-VII-1936, iniciada la persecución religiosa, las monjas fueron expulsadas de su convento. Sor Francisca se refugió en casa de su hermano. El 12-I-1937, el pueblo de Martos fue bombardeado por los nacionales; como represalia, el comité local hizo arrestar a unas 50 personas, entre ellas sor Francisca, que, al día siguiente, 13-I-1937, fueron asesinadas en el cementerio de la pedanía llamada Las Casillas.

Beata Ivetta. Al quedar viuda, se dedicó a cuidar a los leprosos, con los que acabó viviendo. Murió en Hui, diócesis de Lieja, el año 1228.

Beata Verónica Negroni de Binasco. Nacida de una modesta familia campesina, a los veintidós años, superada la dificultad de su analfabetismo, entró en el convento de agustinas de Santa Marta de Milán como hermana lega, y allí permaneció hasta su muerte acaecida el año 1497. Ejerció el oficio de limosnera por las calles de Milán. A la vez desarrolló una intensa vida contemplativa, acompañada de éxtasis.

Beata Victoria Valverde. Nació en Vicálvaro (Madrid) en 1888. Profesó en el Instituto Calasancio Hijas de la Divina Pastora en 1911. Pronto se identificó con la espiritualidad de su Instituto y pasó su vida al servicio de las niñas y jóvenes a través de la educación. En 1922 fue nombrada superiora de la casa de Martos (Jaén). Su preocupación constante era servir a sus hermanas con diligencia y caridad. El 20-VII-1936, las religiosas, a causa de la persecución, tuvieron que dejar el convento y refugiarse en casas de familias amigas. El 13 de enero de 1937, los milicianos la asesinaron en el cementerio de Las Casillas de Martos. Beatificada el 13-X-2013.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: --«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto» (Mt 3,16-17).

Pensamiento franciscano:

Dice Francisco: --Considera, oh hombre, en cuán grande excelencia te ha puesto el Señor Dios, porque te creó y formó a imagen de su amado Hijo según el cuerpo, y a su semejanza según el espíritu. Y todas las criaturas que hay bajo el cielo, según su ser, sirven, conocen y obedecen a su Creador mejor que tú (Adm 5,1-2).

Orar con la Iglesia:

Al celebrar el bautismo del Señor y recordar nuestro propio bautismo, invoquemos al Padre:

-Para que todos los bautizados profesemos la fe en Dios Padre que nos ha creado, en Dios Hijo que nos ha redimido, en Dios Espíritu Santo que nos santifica.

-Para que todos los bautizados, amados y elegidos de Dios, ungidos por el Espíritu Santo, pasemos por este mundo haciendo el bien.

-Para que todos los bautizados escuchemos al Hijo amado, predilecto del Padre, y hagamos fructificar en nosotros sus palabras.

-Para que los padres cristianos, al presentar a sus hijos para el bautismo, asuman la responsabilidad de trasmitirles la vivencia de su fe.

Oración : Dios Padre nuestro, que en el bautismo nos has adoptado como hijos tuyos, concédenos perseverar siempre en tu benevolencia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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EL BAUTISMO DEL SEÑOR
Benedicto XVI, Ángelus del 13-I-08

Queridos hermanos y hermanas:

Con la fiesta del Bautismo del Señor se concluye el tiempo litúrgico de Navidad. El Niño, a quien los Magos de Oriente vinieron a adorar en Belén, ofreciéndole sus dones simbólicos, lo encontramos ahora adulto, en el momento en que se hace bautizar en el río Jordán por el gran profeta Juan (cf. Mt 3,13). El Evangelio narra que cuando Jesús, recibido el bautismo, salió del agua, se abrieron los cielos y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma (cf. Mt 3,16). Se oyó entonces una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Esa fue su primera manifestación pública, después de casi treinta años de vida oculta en Nazaret.

Testigos oculares de ese singular acontecimiento fueron, además del Bautista, sus discípulos, algunos de los cuales se convirtieron desde entonces en seguidores de Cristo (cf. Jn 1,35-40). Se trató simultáneamente de cristofanía y teofanía: ante todo, Jesús se manifestó como el Cristo, término griego para traducir el hebreo Mesías, que significa «ungido». Jesús no fue ungido con óleo a la manera de los reyes y de los sumos sacerdotes de Israel, sino con el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, junto con el Hijo de Dios aparecieron los signos del Espíritu Santo y del Padre celestial.

¿Cuál es el significado de este acto, que Jesús quiso realizar -venciendo la resistencia del Bautista- para obedecer a la voluntad del Padre? (cf. Mt 3,14-15). Su sentido profundo se manifestará sólo al final de la vida terrena de Cristo, es decir, en su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como Cordero de Dios que «quita» el pecado del mundo (cf. Jn 1,29). Obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su «bautismo» (cf. Lc 12,50). En efecto, al morir se «sumergió» en el amor del Padre y derramó el Espíritu Santo, para que los creyentes en él pudieran renacer de aquel manantial inagotable de vida nueva y eterna.

Toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarnos en el Espíritu Santo, para librarnos de la esclavitud de la muerte y «abrirnos el cielo», es decir, el acceso a la vida verdadera y plena, que será «sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría» (Spe salvi, 12).

Es lo que sucedió también a los trece niños a los cuales administré el sacramento del bautismo esta mañana en la capilla Sixtina. Invoquemos sobre ellos y sobre sus familiares la protección materna de María santísima. Y oremos por todos los cristianos, para que comprendan cada vez más el don del bautismo y se comprometan a vivirlo con coherencia, testimoniando el amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

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«TE SERVIRÉ PREDICÁNDOTE»
Del tratado de san Hilario sobre la Trinidad

Yo tengo plena conciencia de que es a ti, Dios Padre omnipotente, a quien debo ofrecer la obra principal de mi vida, de tal suerte que todas mis palabras y pensamientos hablen de ti.

Y el mayor premio que puede reportarme esta facultad de hablar, que tú me has concedido, es el de servirte predicándote a ti y demostrando al mundo, que lo ignora, o a los herejes, que lo niegan, lo que tú eres en realidad: Padre; Padre, a saber, del Dios unigénito.

Y, aunque es ésta mi única intención, es necesario para ello invocar el auxilio de tu misericordia, para que hinches con el soplo de tu Espíritu las velas de nuestra fe y nuestra confesión, extendidas para ir hacia ti, y nos impulses así en el camino de la predicación que hemos emprendido. Porque merece toda confianza aquel que nos ha prometido: Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá.

Somos pobres y, por esto, pedimos que remedies nuestra indigencia; nosotros ponemos nuestro esfuerzo tenaz en penetrar las palabras de tus profetas y apóstoles y llamamos con insistencia para que se nos abran las puertas de la comprensión de tus misterios; pero el darnos lo que pedimos, el hacerte encontradizo cuando te buscamos y el abrir cuando llamamos, eso depende de ti.

Cuando se trata de comprender las cosas que se refieren a ti, nos vemos como frenados por la pereza y torpeza inherentes a nuestra naturaleza y nos sentimos limitados por nuestra inevitable ignorancia y debilidad; pero el estudio de tus enseñanzas nos dispone para captar el sentido de las cosas divinas, y la sumisión de nuestra fe nos hace superar nuestras culpas naturales.

Confiamos, pues, que tú harás progresar nuestro tímido esfuerzo inicial y que, a medida que vayamos progresando, lo afianzarás, y que nos llamarás a compartir el espíritu de los profetas y apóstoles; de este modo, entenderemos sus palabras en el mismo sentido en que ellos las pronunciaron y penetraremos en el verdadero significado de su mensaje.

Nos disponemos a hablar de lo que ellos anunciaron de un modo velado: que tú, el Dios eterno, eres el Padre del Dios eterno unigénito, que tú eres el único no engendrado y que el Señor Jesucristo es el único engendrado por ti desde toda la eternidad, sin negar, por esto, la unicidad divina, ni dejar de proclamar que el Hijo ha sido engendrado por ti, que eres un solo Dios, confesando, al mismo tiempo, que el que ha nacido de ti, Padre, Dios verdadero, es también Dios verdadero como tú.

Otórganos, pues, un modo de expresión adecuado y digno, ilumina nuestra inteligencia, haz que no nos apartemos de la verdad de la fe; haz también que nuestras palabras sean expresión de nuestra fe, es decir, que nosotros, que por los profetas y apóstoles te conocemos a ti, Dios Padre, y al único Señor Jesucristo, y que argumentamos ahora contra los herejes que esto niegan, podamos también celebrarte a ti como Dios en el que no hay unicidad de persona y confesar a tu Hijo, en todo igual a ti.

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LA HUMANIDAD DE DIOS
QUE IRRADIA DEL ROSTRO DE CRISTO

por Martín Steiner, o.f.m.

Francisco frecuenta, pues, el trato de los leprosos, cuida sus llagas. La vista diaria de su rostro desfigurado le prepara al descubrimiento de otro Rostro.

En esta época, a Francisco le gusta sumergirse en la contemplación de un icono del Crucificado, en la capilla ruinosa de San Damián, situada algo a las afueras de Asís. Un día, este icono recobra vida para él y lo interpela: «Francisco, ve y repara mi iglesia que, como ves, se derrumba en ruinas». Francisco queda conmovido por esta voz. Se consagrará con todas sus fuerzas a la ejecución de la orden recibida. Pero Francisco ha quedado fascinado, tanto o aún más, por el rostro del Señor. De estilo bizantino, el icono que contempla representa ciertamente a un Crucificado. Pero sus rasgos no evocan al hombre de dolores en cuanto tal. Lo que Francisco descubre en el rostro vuelto hacia él, es la humanidad de Dios. Ya no es el Dios de majestad, el todopoderoso, cuyos señoríos, los tenga el Imperio o la Iglesia, son, y muy a gusto, los garantes seguros de su poder. Tampoco el Dios que debía salir fiador del nuevo orden de cosas instaurado por el «común». Del Crucificado irradia una nueva gloria, la de la humildad de Dios. Dios hecho tan humilde que, en adelante, será el hermano de todos, pero principalmente del más pequeño, del más pobre. Se desposa con el destino humano hasta compartir la suerte del más miserable. ¡Humanización de Dios que es revelación suprema de su gloria! Sólo en Dios el amor es suficientemente poderoso para hacer suya la experiencia total del ser amado, incluida hasta la muerte.

Tal es el Rostro cuyos rasgos se imprimen de forma indeleble en el corazón de Francisco. En adelante, su vida entera puede ser considerada como una búsqueda de la luz de ese Rostro, hasta la experiencia transformante de La Verna, hasta el encuentro final cuando, «cumplidos, por fin, en Francisco todos los misterios, liberada su alma santísima de las ataduras de la carne y sumergida en el abismo de la divina claridad, se durmió en el Señor este varón bienaventurado» (LM 14,6; cf. 1 Cel 110).

Por el momento, Francisco no aparta la vista de la mirada de bondad infinita del Crucificado que reposa sobre él. En esta luz divina, evalúa mejor aún las tinieblas en que está sumergido: búsqueda angustiosa de su camino, que el mandato del Crucificado comienza a esclarecer; recuerdos de su pasado, perdido para Dios, del que sólo la misericordia del Señor podría preservarlo en el futuro; a ello se añade, sin embargo, la convicción de que Aquel que le ha dado la orden de reparar la iglesia -¡y solo Él!- puede concederle el llevar a buen término una tarea para la que se siente tan poco preparado.

Pide entonces incesantemente ser iluminado por ese Rostro para tomar de su luz la fe, la esperanza y el amor necesarios y para discernir cada vez mejor el alcance de la orden recibida de lo alto de la cruz:

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla
tu santo y verdadero mandamiento (OrSD).

¡La faz del Señor toda radiante de humanidad de Dios! ¡Claridad que ilumina progresivamente un mundo inhumano, esclavizado por la sed de dominio y de placer! ¡Experiencia que marca definitivamente el caminar de Francisco! Señalaremos aquí solamente algunas de las consecuencias en que se prolonga esa experiencia.

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