|
|
|
| DÍA 6 DE ENERO
|
| . |
SAN JUAN DE RIBERA. Nació en Sevilla el año 1533 de familia noble. Estudió en Salamanca y Pío IV, en 1562, lo nombró obispo de Badajoz antes de la edad canónica de treinta años. Su autoridad entre los obispos se mostró en el sínodo de Compostela de 1565. En 1568 San Pío V lo honró con el título de Patriarca de Antioquía y lo nombró arzobispo de Valencia. Sirvió a su grey hasta la muerte mediante la palabra, los escritos y la administración de los sacramentos. Se esforzó por la evangelización de los infieles y la moralización de la sociedad. Destacaron en él las cualidades pastorales, caritativas y sacerdotales en toda la amplitud de la palabra. Celebró varios sínodos y recorrió varias veces la diócesis en visita pastoral. Felipe III lo tuvo en Valencia como Virrey. Admirable fue su devoción hacia el Santísimo Sacramento, y ante él pasaba todos los días varias horas en oración; fundó la iglesia y colegio de Corpus Christi. Murió en Valencia el 6 de enero de 1611. Su memoria se celebra el 14 de enero- Oración: Oh Dios, que hiciste admirable al obispo Juan de Ribera en el celo pastoral y en el amor al divino sacramento del cuerpo y sangre de tu Hijo; te suplicamos que, por su intercesión, nos hagas perennemente participantes del fruto de la redención. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * San Andrés Besette. Nació en San Gregorio (Montreal, Canadá) en 1845. En 1870 ingresó, como religioso laico, en la Congregación de la Santa Cruz. Portero del colegio de Ntra. Sra. de Montreal, manifestó una caridad sin límites y se esforzó por aliviar las miserias de quienes se dirigían a él. Comenzó a visitar enfermos y creció la fama de que hacía milagros. Aunque estaba poco instruido, comprendió dónde se hallaba lo esencial de su fe. Para él, creer significaba someterse libremente y por amor a la voluntad divina. Vivió la bienaventuranza de los corazones puros y sencillos, lo que contribuyó a que muchos vieran a Dios. Hizo construir el Oratorio San José de Mont Royal. Murió en Montreal el 6-I-1937. Canonizado en 2010. San Félix. Obispo de Nantes (Francia) que construyó la iglesia catedral y evangelizó a la población rural de su diócesis. Murió el año 582. Santos Julián y Basilisa. Esposos que, junto con otros cristianos, sufrieron el martirio en Antinoe (Tebaida, Egipto) en el siglo IV. San Pedro Tomás. Religioso carmelita, patriarca latino de Constantinopla, legado papal en Oriente. Promovió la unidad de la Iglesia. Nació en Francia hacia 1305 y murió en Famagusta (Chipre) en 1366. Santa Rafaela María del Sagrado Corazón Porras Ayllón. Nació en Pedro Abad (Córdoba) el año 1850. Fundó la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón, cuyo carisma es la reparación, mediante la adoración del Santísimo y el apostolado. La incomprensión de sus religiosas le causó indecibles sufrimientos. Murió en Roma el año 1925. San Raimundo de Peñafort. Véase el 7 de enero, día en que se celebra su fiesta. Beato José Mariano de los Ángeles. Nació en Murcia el año 1912. Ingresó de pequeño en el seminario menor de los Carmelitas Descalzos. Hizo la profesión en 1929. Además de la carera sacerdotal, estudió música, como su padre, y hacía de organista en la comunidad de la Diagonal de Barcelona. Fue ordenado sacerdote el 11 de abril de 1936. El 20 de julio de aquel mismo año, a causa de la persecución religiosa, buscó refugio en Badalona, en casa de su hermana y luego de sus padres. Y aquí lo detuvieron el 17 de diciembre junto con su padre. Los trasladaron a Barcelona, y el 5-I-1937 por la noche los sacaron de la prisión, desaparecieron en Badalona y no se supo más de ellos. Beato Macario. Fue el primer abad del Monasterio de los Escoceses en Wurzburgo (Alemania), donde murió el año 1153. Beata Rita Amada de Jesús. Portuguesa nacida en 1848 que, en medio de grandes dificultades y con pocos recursos, se dedicó a la educación de las niñas pobres y abandonadas, tarea para la que fundó la congregación de las Hermanas de Jesús María José. Murió en Casalmedinho (Viseu) el año 1913. Fue beatificada en el 2006.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Ha aparecido la gracia de Dios, que nos trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa (Tt 2,11-12). Pensamiento franciscano: Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, te damos gracias porque, así como por tu Hijo nos creaste, así, por el santo amor con que nos amaste, hiciste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen María, y que nosotros fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte (1 R 23,3). Orar con la Iglesia: Veneremos llenos de gozo a Cristo nuestro Salvador, reconocido, adorado y obsequiado por los Magos en Belén, y digámosle: -Danos el espíritu de adoración y de servicio con que te obsequiaron los Magos. -Líbranos de todo error e ilumínanos para que te reconozcamos presente entre nosotros. -Ilumina el corazón de todos los hombres con la luz de tu Espíritu. -Renueva la fe de cuantos creemos en ti y concédesela a quienes no la tienen. -Protege a todos los niños que, cercanos a ti, nos revelan tu amor y tu ternura. Oración: Padre santo, haz que todos los pueblos, bajo la guía del Espíritu Santo, se acerquen a Cristo e irradien luego su luz. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * EPIFANÍA DEL
SEÑOR Queridos hermanos y hermanas: La solemnidad de la Epifanía celebra la manifestación de Cristo a los Magos, acontecimiento al que san Mateo da gran relieve (cf. Mt 2,1-12). Narra en su evangelio que algunos «Magos» -probablemente jefes religiosos persas- llegaron a Jerusalén guiados por una «estrella», un fenómeno celeste luminoso que interpretaron como señal del nacimiento de un nuevo rey de los judíos. Nadie en la ciudad sabía nada; más aún, Herodes, el rey que ocupaba el trono, se turbó fuertemente con la noticia y concibió el trágico plan de la «matanza de los inocentes» para eliminar al rival recién nacido. Los Magos, en cambio, se fiaron de las sagradas Escrituras, en particular de la profecía de Miqueas, según la cual el Mesías nacería en Belén, la ciudad de David, situada aproximadamente diez kilómetros al sur de Jerusalén (cf. Mi 5,1). Al ponerse en camino en esa dirección, vieron de nuevo la estrella y, llenos de alegría, la siguieron hasta que se detuvo encima de una cabaña. Entraron y encontraron al Niño con María; se postraron ante él y, rindiendo homenaje a su dignidad real, le ofrecieron oro, incienso y mirra. ¿Por qué este acontecimiento es tan importante? Porque con él comenzó a realizarse la adhesión de los pueblos paganos a la fe en Cristo, según la promesa hecha por Dios a Abraham, que nos refiere el libro del Génesis: «Por ti serán bendecidos todos los linajes de la tierra» (Gn 12,3). Por tanto, si María, José y los pastores de Belén representan al pueblo de Israel que acogió al Señor, los Magos son, en cambio, las primicias de los gentiles, llamados también ellos a formar parte de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, que ya no se basa en la homogeneidad étnica, lingüística o cultural, sino sólo en la fe común en Jesús, Hijo de Dios. Por eso, la Epifanía de Cristo es al mismo tiempo epifanía de la Iglesia, es decir, manifestación de su vocación y misión universal. En este contexto, (...) me complace recordar que, con ocasión de la Epifanía, se celebra la Jornada mundial de la infancia misionera. Es la fiesta de los niños cristianos que viven con alegría el don de la fe y rezan para que la luz de Jesús llegue a todos los niños del mundo. Doy las gracias a los niños de la «Santa Infancia», presente en 110 países, porque son valiosos colaboradores del Evangelio y apóstoles de la solidaridad cristiana con los más necesitados. Aliento a los educadores a cultivar en los niños el espíritu misionero, para que surjan entre ellos misioneros apasionados, testigos de la ternura de Dios y anunciadores de su amor. * * * DIOS HA MANIFESTADO SU
SALVACIÓN La misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo. De estos pueblos se trataba en la descendencia innumerable que fue en otro tiempo prometida al santo patriarca Abrahán, descendencia que no sería engendrada por una semilla de carne, sino por fecundidad de la fe, descendencia comparada a la multitud de las estrellas, para que de este modo el padre de todas las naciones esperara una posteridad no terrestre, sino celeste. Así pues, que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán, a la cual renuncian los hijos según la carne. Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel. Instruidos en estos misterios de la gracia divina, queridos míos, celebremos con gozo espiritual el día que es el de nuestras primicias y aquél en que comenzó la salvación de los paganos. Demos gracias al Dios misericordioso, quien, según palabras del Apóstol, nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. Porque, como profetizó Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló. También a propósito de ellos dice el propio Isaías al Señor: Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti. Abrahán vio este día, y se llenó de alegría, cuando supo que sus hijos según la fe serían benditos en su descendencia, a saber, en Cristo, y él se vio a sí mismo, por su fe, como futuro padre de todos los pueblos, dando gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete. También David anunciaba este día en los salmos cuando decía: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia. Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo. Animados por este celo, debéis aplicaros, queridos míos, a seros útiles los unos a los otros, a fin de que brilléis como hijos de la luz en el reino de Dios, al cual se llega gracias a la fe recta y a las buenas obras; por nuestro Señor Jesucristo que, con Dios Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. * * * FRANCISCO Y CLARA DE
ASÍS Francisco es incapaz de centrar su oración en abstracciones. Por eso, su contemplación no disocia nunca el rostro de María del rostro de Cristo, su Hijo. Cristo es el siervo. María, la esclava. Él es el Pobre (el Poverello). Ella es la Poverella. Él es el Señor (Dominus). Ella, la Señora (Domina). Ignora, sin duda, palabras eruditas como «corredentora», pero sabe que, sin María, la redención hubiera sido imposible. Esta hija de nuestra raza es nuestra humanidad que acepta la redención de Dios y se abre por fin enteramente a su iniciativa salvadora. Por eso, a Francisco le gusta contemplar en sus meditaciones a María viviendo junto a su Hijo todos los misterios de la salvación. Incluso se la imagina «misionando» por los caminos con Jesús y los apóstoles, compartiendo la precariedad de su situación. De buena gana compara su propia pobreza itinerante y la de sus hermanos con la de Jesús y María: «Y, cuando sea menester, vayan los hermanos por limosna. Y no se avergüencen, y más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios vivo omnipotente, puso su faz como piedra durísima y no se avergonzó; y fue pobre y huésped y vivió de limosna tanto Él como la Virgen bienaventurada y sus discípulos» (1 R 9,3-5). Francisco asocia, pues, a María a la pobreza y la misión itinerante de su Hijo. Para él, María será siempre la madre pobre de Cristo pobre. La «Dama pobrecilla» se adhiere al destino de su Hijo. Comparte su anonadamiento, como compartirá su gloria. «Siendo Él sobremanera rico, quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza», escribe también Francisco (2CtaF 5). Clara tiene idéntica visión. Asocia con frecuencia la pobreza de María a la de su Hijo, considerando a la Virgen como el modelo de las «Damas Pobres» que ella y sus hermanas quieren ser. Se cuida bien de insertar en su Regla una de las últimas voluntades de Francisco: «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y estad muy alerta para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de quien sea» (RCl 6,18a). De hecho, Clara concluye su Regla deseando que ella y sus hermanas observen siempre «la pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo y de su santísima Madre» (RCl 12,31). Y, como Francisco, tampoco puede disociar a la Madre del Hijo en el misterio de nuestra redención: «Meditad asiduamente en los misterios de su Pasión y en los dolores que sufrió su santísima Madre al pie de la cruz», escribe a Ermentrudis de Brujas. En fin, numerosos relatos biográficos ilustran esta peculiaridad de su piedad mariana. Francisco está convencido de que María atribuye más valor a la pobreza evangélica de su Hijo que a cualquier signo de veneración hacia ella, su Madre. A pesar de su fervor mariano, Francisco nunca convertirá a la Virgen en una diosa pagana cubierta de oro y joyas. Cuando el hermano responsable de la comunidad de Santa María de la Porciúncula le pide conservar parte de los bienes de los novicios para atender convenientemente a los numerosos hermanos de paso por el santuario, Francisco le responde: «Si no puedes atender de otro modo a los que vienen, quita los atavíos y las variadas galas de la Virgen. Créeme: la Virgen verá más a gusto observado el Evangelio de su Hijo y despojado su altar, que adornado su altar y despreciado su Hijo. El Señor enviará quien restituya a la Madre lo que ella nos ha prestado» (2 Cel 67).
|
. |
| |