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| DÍA 5 DE ENERO
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BEATO ROGERIO DE TODI. Nació en Todi (Umbría) hacia 1190. Siendo ya sacerdote, se hizo uno de los primeros discípulos y compañeros de san Francisco, quien lo estimaba mucho por su prudencia en la dirección de almas y su celo en la predicación. Fue un religioso de gran fervor espiritual y caridad, por medio del cual Dios obró signos extraordinarios. San Francisco le encomendó la dirección espiritual de la beata Felipa Mareri y de las clarisas del monasterio que ella había fundado. A tal fin se trasladó al valle de Rieti, y allí permaneció, cumpliendo su misión, hasta la muerte de la Beata en 1236; luego, regresó a Todi, donde murió el 5 de enero de 1237.
* * * San Convoyón. Abad benedictino del monasterio de San Salvador en Bretaña (Francia). Renovador de la vida monástica y fundador de varios monasterios. Murió el año 868. San Deogracias. Obispo de Cartago (Túnez), donde murió el año 477. Redimió a muchísimos prisioneros llevados a Roma por los Vándalos. San Eduardo III el Confesor. Rey de Inglaterra, fue amado de su pueblo por su gran caridad. Afianzó la paz de su reino y la comunión con la Santa Sede. Santa Emiliana. Virgen, tía del papa san Gregorio Magno. Murió en Roma en el siglo VI. San Gerlacio. Fue militar de joven. Cuando quedó viudo, se convirtió de su vida licenciosa y, después de peregrinar a Roma y a Jerusalén, abrazó la vida eremítica en Valkenburg (Holanda), donde murió en 1165. Destacó por su asistencia a los pobres. San Juan Nepomuceno Neumann. Nació en Bohemia el año 1811. Siendo clérigo emigró a Estados Unidos para atender a los emigrantes pobres. Allí recibió la ordenación sacerdotal e inició su ministerio. En 1842 ingresó en los Redentoristas y, en 1852, fue nombrado obispo de Filadelfia, donde murió en 1860. Santa Sinclética. Virgen, que llevó vida eremítica y murió en Alejandría (Egipto) en el siglo IV. Beatos Francisco Peltier, Santiago Ledoyen y Pedro Tessier. Presbíteros y mártires durante la Revolución Francesa. Fueron guillotinados en Angers el año 1794 por su fidelidad a la Iglesia y a su sacerdocio. Beata Marcelina Darowska. Muertos su marido y el hijo, se consagró a Dios y, llevada de su preocupación por las familias, fundó la congregación de Hermanas de la Inmaculada Concepción, para la educación de las jóvenes. Murió en Jazlowice (Ucrania) el año 1911. Beata María Repetto. Religiosa de las Hermanas de Nuestra Señora del Refugio en el Monte Calvario. Se distinguió por su caridad para con los apestados, y por el carisma de confortar a los afligidos y de levantar el ánimo de quienes dudaban de su salvación. Murió en Génova el año 1890. Beato Pedro Bonilli. Sacerdote, fundador de la congregación de las Hermanas de la Sagrada Familia, que se dedican especialmente a la asistencia y educación de las muchachas pobres y huérfanas. Murió en Espoleto (Italia) el año 1935. Beato Roberto Grau. Nació en Coll de Nargó (Lérida) en 1895. Profesó en los benedictinos de Montserrat en 1914 y fue ordenado sacerdote en 1920. Hizo el servicio militar viviendo en Palestina. De regreso, se le confió el cuidado y formación de los colegiales. Escribió y tradujo varias obras. En 1928 fue nombrado prior del monasterio y contribuyó a su renacimiento espiritual. Al estallar la persecución religiosa, se refugió en Barcelona, en diversos domicilios. Su gran preocupación era cuidar del bien de sus monjes. El 5 de enero de 1937, cuando se procuraba un pasaporte, lo detuvieron en plena calle y se lo llevaron. No se supo más de él. Beatificado como mártir el 13-X-2013.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: Hermanos, Dios nos ha salvado y nos ha llamado a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo; y ahora esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que ha destruido la muerte y ha sacado a la luz la vida inmortal por medio del Evangelio (2 Tim 1,9-10). Pensamiento franciscano: Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, por ti mismo te damos gracias, porque, por tu santa voluntad y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos pusiste en el paraíso (1 R 23,1). Orar con la Iglesia: A Dios Padre que, en la llamada de los Magos a Belén, ha invitado a todos los pueblos a contemplar la presencia de su Hijo entre nosotros, dirigimos nuestra oración: -Para que proteja a nuestros hermanos de toda raza y cultura, y haga de la Iglesia el hogar de la comunión en el amor. -Para que escuche el grito de todos los perseguidos y maltratados, y, con nuestra colaboración, les devuelva su paz y dignidad. -Para que los hombres de todos los pueblos y culturas lleguen a reconocer a Cristo como Hijo de Dios y hermano nuestro. -Para que nosotros nos ayudemos unos a otros a descubrir en cada hombre al hijo de María, nuestro Salvador. Oración: Dios Padre, haz que todos reconozcamos en la manifestación de tu Hijo la salvación que ofreces a todo hombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * EPIFANÍA DEL
SEÑOR Queridos hermanos y hermanas: Celebramos con alegría la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los pueblos del mundo entero, representados por los Magos que llegaron de Oriente para adorar al Rey de los judíos. Estos misteriosos personajes, observando los fenómenos celestes, vieron aparecer una nueva estrella e, instruidos también por las antiguas profecías, reconocieron en ella la señal del nacimiento del Mesías, descendiente de David (cf. Mt 2,1-12). Por consiguiente, desde su primera aparición, la luz de Cristo comienza a atraer hacia sí a los hombres «que ama el Señor» (Lc 2,14), de toda lengua, pueblo y cultura. Es la fuerza del Espíritu Santo que mueve los corazones y las inteligencias que buscan la verdad, la belleza, la justicia y la paz. Es lo que afirma el siervo de Dios Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio: «El hombre se encuentra en un camino de búsqueda, humanamente interminable: búsqueda de verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse» (n. 33): los Magos encontraron ambas realidades en el Niño de Belén. Los hombres y las mujeres de toda generación, en su peregrinación, necesitan orientarse: entonces, ¿qué estrella podemos seguir? La estrella que había guiado a los Magos, después de detenerse «encima del lugar donde se encontraba el niño» (Mt 2,9), terminó su función, pero su luz espiritual está siempre presente en la palabra del Evangelio, que también hoy puede guiar a todo hombre a Jesús. La Iglesia hace resonar con autoridad esa palabra, que no es más que el reflejo de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, para toda alma bien dispuesta. También la Iglesia, por tanto, desempeña en favor de la humanidad la misión de la estrella. Asimismo, algo semejante se puede decir de todo cristiano, llamado a iluminar, con la palabra y el testimonio de su vida, los pasos de los hermanos. Por eso, ¡cuán importante es que los cristianos seamos fieles a nuestra vocación! Todo auténtico creyente está siempre en camino en su itinerario personal de fe y, al mismo tiempo, con la pequeña luz que lleva dentro de sí, puede y debe ayudar a quien se encuentra a su lado y tal vez no logra encontrar el camino que conduce a Cristo. * * * SEREMOS SACIADOS ¿Qué ser humano podría conocer todos los tesoros de sabiduría y de ciencia ocultos en Cristo y escondidos en la pobreza de su carne? Porque, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza. Pues cuando asumió la condición mortal y experimentó la muerte, se mostró pobre: pero prometió riquezas para más adelante, y no perdió las que le habían quitado. ¡Qué inmensidad la de su dulzura, que escondió para los que lo temen, y llevó a cabo para los que esperan en él! Nuestros conocimientos son ahora parciales, hasta que se cumpla lo que es perfecto. Y para que nos hagamos capaces de alcanzarlo, él, que era igual al Padre en la forma de Dios, se hizo semejante a nosotros en la forma de siervo, para reformamos a semejanza de Dios: y, convertido en hijo del hombre -él, que era único Hijo de Dios--, convirtió a muchos hijos de los hombres en hijos de Dios; y, habiendo alimentado a aquellos siervos con su forma visible de siervo, los hizo libres para que contemplasen la forma de Dios. Pues ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Pues ¿para qué son aquellos tesoros de sabiduría y de ciencia, para qué sirven aquellas riquezas divinas sino para colmamos? ¿Y para qué la inmensidad de aquella dulzura sino para saciarnos? Muéstranos al Padre y nos basta. Y en algún salmo, uno de nosotros, o en nosotros, o por nosotros, le dice: Me saciaré cuando se manifieste tu gloria. Pues él y el Padre son una misma cosa: y quien lo ve a él ve también al Padre. De modo que el Señor, Dios de los ejércitos, él es el Rey de la gloria. Volviendo a nosotros, nos mostrará su rostro; y nos salvaremos y quedaremos saciados, y eso nos bastará. Pero mientras eso no suceda, mientras no nos muestre lo que habrá de bastarnos, mientras no le bebamos como fuente de vida y nos saciemos, mientras tengamos que andar en la fe y peregrinemos lejos de él, mientras tenemos hambre y sed de justicia y anhelamos con inefable ardor la belleza de la forma de Dios, celebremos con devota obsequiosidad el nacimiento de la forma de siervo. Si no podemos contemplar todavía al que fue engendrado por el Padre antes que el lucero de la mañana, tratemos de acercarnos al que nació de la Virgen en medio de la noche. No comprendemos aún que su nombre dura como el sol; reconozcamos que su tienda ha sido puesta en el sol. Todavía no podemos contemplar al Único que permanece en su Padre; recordemos al Esposo que sale de su alcoba. Todavía no estamos preparados para el banquete de nuestro Padre; reconozcamos al menos el pesebre de nuestro Señor Jesucristo. * * * FRANCISCO Y CLARA DE
ASÍS La contemplación del misterio de la madre de Dios enriqueció constantemente la vida evangélica y la oración de Francisco y de Clara. María es la inspiradora de su vida. ¿No fue ella la primera en dejarse transformar por la imprevisible irrupción del Espíritu de Dios en su vida? ¿No fue acaso ella la primera en conocer las alegrías y las angustias, las certezas e interrogantes de todo buscador de Dios? ¿No tuvo que caminar también María en el claroscuro de la fe?: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,13); «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (Lc 2,39). ¿No tuvo que caminar, también ella, en la noche de la duda y de las pruebas hasta llegar al alba de Pascua? De la anunciación a su asunción gloriosa, pasando por el Calvario, María es ya toda la aventura de la Iglesia y de cada uno de los creyentes. Con asombrosa y precoz intuición teológica, Francisco escribe: «¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha Iglesia!» (SalVM 1). Esta intuición será ampliamente desarrollada en el concilio Vaticano II (LG VIII). María, ejemplo perfecto de todas las virtudes evangélicas, es la primera criatura humana que acoge con fe y con amor incondicional el don de la salvación y los bienes del reino. De ahí que, habiendo recibido en plenitud todas las «santas virtudes, que, por la gracia e iluminación del Espíritu Santo, son infundidas en los corazones de los fieles, para hacerlos, de infieles, fieles a Dios» (SalVM 6), María será para Francisco y para Clara el faro luminoso de su vida cristiana. María, espejo purísimo de las exigencias del Evangelio de Cristo, nos arrastra a seguir sus huellas. Ella ilumina los dos grandes polos de la misión de la Iglesia y de cada uno de nosotros. El primero de ellos consiste en acoger a Cristo y los tesoros de su reino. El segundo es el deber de dar a luz a Cristo en el corazón de los hombres mediante la radiación de nuestra vida. Francisco y Clara comparan con frecuencia, con gran realismo, la misión del cristiano y la maternidad de María. Invitan a sus hermanos y hermanas a vivir espiritualmente lo que la Virgen vivió en su carne. Escribe Clara a Inés de Praga: «La gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente: tú, siguiendo sus huellas, principalmente las de la humildad y la pobreza, puedes llevarlo espiritualmente siempre, fuera de toda duda, en tu cuerpo casto y virginal» (3CtaCl 24-25; cf. 1CtaCl 12-14 y 19-24). Por su parte, Francisco no duda en afirmar: Somos «madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros» (2CtaF 53). Según Francisco y Clara, toda vida cristiana, abierta y fiel a la fuerza del Espíritu, es teofanía de Dios, portadora de vida. El mismo san Pablo empleó este lenguaje refiriéndose a su apostolado entre sus hermanos: «Yo... os engendré en Cristo Jesús» (1 Cor 4,15). Si Clara se declara con frecuencia esclava de Cristo, no teme llamarse también madre, en el Espíritu, de sus hermanas: «Os bendigo en mi vida y después de mi muerte, en cuanto puedo y más aún de lo que puedo, con todas las bendiciones... con las que el padre y la madre espirituales bendijeron y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales» (BendCl). Y uno de los biógrafos de Francisco escribe refiriéndose a éste: «Alza en todo momento las manos al cielo por los verdaderos israelitas, y, aun olvidándose de sí, busca, antes que todo, la salvación de los hermanos..., compadece con amor a la pequeña grey atraída en pos de él... Le parecía desmerecer la gloria para sí si no hacía gloriosos a una con él a los que se le habían confiado, a quienes su espíritu engendraba más trabajosamente que las entrañas de la madre cuando los había dado a luz» (2 Cel 174). Así, contemplando la virginidad y la maternidad de María, Francisco y Clara comprendieron mejor la misteriosa y secreta fecundidad de la paternidad y de la maternidad espiritual. Su celibato consagrado no es esterilidad. La multitud de hermanos y hermanas que ellos han engendrado desde hace siete siglos manifiesta que la fecundidad de una vida supera la simple procreación carnal. A sus ojos, la maternidad de María rebasa ampliamente el misterio de la Natividad. Ella es la figura viviente de la Iglesia, esclava y pobre, que da a Jesús al mundo y, luego, se eclipsa. Junto a la Virgen descubrieron los fundamentos de toda vida misionera y contemplativa: el amor, la fe, la adoración y la pobreza (cf. 2 Cel 164). Como la Virgen madre, vivir para dar a Cristo al mundo: ¡He aquí toda la piedad mariana de Francisco y de Clara!
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