DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 9 DE SEPTIEMBRE

 

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SAN PEDRO CLAVER. [Murió el 8 de septiembre y su memoria se celebra el 9 del mismo mes]. Nació en Verdú, provincia de Lérida en España, el año 1580. A los 22 años, cuando estudiaba filosofía en la Universidad de Barcelona, ingresó en la Compañía de Jesús. Hechos los votos, lo enviaron al colegio de Mallorca, donde sintió la vocación misional por obra, en particular, de san Alonso Rodríguez, portero del colegio. Partió de Sevilla hacia Colombia en 1610. Ordenado sacerdote en 1616 en Cartagena de Colombia, ejercitó allí mismo hasta su muerte el apostolado entre los esclavos negros, llevados desde África para ser vendidos. En 1622 hizo el voto de ser esclavo de los «etíopes», o sea, los negros. Llevó una vida heroica en el servicio a los esclavos, a quienes atendía fueron católicos o no. Bautizó a muchísimos. Sembró paz y caridad, y el Señor lo acreditó con el don de milagros. Tras una larga enfermedad, murió en la misma Cartagena el 8 de septiembre de 1654. León XIII lo declaró patrono especial de las misiones entre los pueblos negros.- Oración: Oh Dios, que fortaleciste a san Pedro Claver con admirable caridad y paciencia para ser esclavo de los esclavos; concédenos por su intercesión buscar lo que es de Jesucristo amando a nuestros hermanos con obras y de verdad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

BEATO SANTIAGO DESIDERIO (JACQUES DÉSIRÉ) LAVAL. Nació en Croth, región de Alta Normandía (Francia), el año 1803 en el seno de una familia burguesa. Estudió medicina y la estuvo ejerciendo hasta que optó por la vida sacerdotal. Estudió en el seminario de San Sulpicio de París y se ordenó de sacerdote en 1838. Animado por su espíritu misionero, marchó en 1841 a la Isla Mauricio, en el Océano Índico, donde se consagró al apostolado entre los negros, que recientemente habían sido liberados con la abolición de la esclavitud, pero que seguían abandonados a su suerte. Tuvo que superar dificultades provenientes de quienes querían atender sólo a los hijos de los colonos blancos. Su encarnación en el mundo de la negritud le llevó a apreciar también los valores positivos de la cultura y religiosidad indígena. En 1859 emitió los votos religiosos perpetuos en la Congregación del Espíritu Santo. Murió en Port Louis (Isla Mauricio) el 9 de septiembre de 1864.

BEATO FRANCISCO GÁRATE ARANGUREN. Nació en Azpeitia (Guipúzcoa, España) el año 1857. Sus padres eran campesinos y ya de niño los ayudaba en el campo. En 1871 fue a Orduña para servir como fámulo o criadillo en el colegio de la Compañía de Jesús. Tres años después decidió abrazar la vida religiosa e hizo el noviciado con los jesuitas, para ser hermano coadjutor, en Poyanne (Francia). En 1877 lo enviaron al colegio de La Guardia (Pontevedra) como hermano enfermero y sacristán, y allí permaneció hasta que en 1888 lo destinaron a la portería de la Universidad de Deusto (Bilbao), donde permaneció hasta su muerte el 9 de septiembre de 1929. El Decreto de virtudes heroicas le llama «el Santo de la vida ordinaria». Cifró la santidad en cumplir a la perfección su obligación. En su oficio de portero fue tan amable y exquisito en el trato con todos, que los propios alumnos le llamaban el «Hermano Finuras». De él decía Juan Pablo II en su beatificación: «El mensaje de santidad que nos ha legado es sencillo y límpido, como sencilla fue su vida de religioso inmolado en la portería del centro universitario de Deusto».

Beato José de Calella de la CostaBEATO JOSÉ DE CALELLA DE LA COSTA. Nació el año 1880 en Calella de la Costa (Barcelona). Vistió el hábito capuchino en el noviciado de Arenys de Mar en 1898 y, cursados los estudios de la carrera eclesiástica, recibió la ordenación sacerdotal en 1904. En su vida religiosa estuvo destinado en varios conventos, en los que ejerció el sagrado ministerio y las tareas que le encomendaba la obediencia. La persecución religiosa de julio de 1936 le sorprendió en el convento de Ntra. Sra. de Pompeya de Barcelona. A causa de una denuncia, fue detenido en el domicilio que le había acogido; uno de los milicianos le preguntó si era fraile, a lo que él respondió: «Soy el padre José de Calella». Lo fusilaron aquel mismo día, 9 de septiembre de 1936, en Barcelona. Beatificado el 21-XI-2015. [Más información]

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San Ciarano. Fundó el monasterio de Clonmacnoise, en el condado de Offaly, a orillas del río Shannon, en Irlanda, del que fue abad. Se ordenó de sacerdote. Murió el año 556. El monasterio tuvo una gran importancia en el desarrollo del monacato irlandés y en la evangelización de Europa por obra de los monjes. Fue durante siglos un faro de cultura y civilización.

San Gorgonio de Roma. Memoria de san Gorgonio, mártir, en el cementerio «ad Duas Lauros» de la vía Labicana de Roma. Murió algún tiempo después del año 203.

San Jacinto. En Sabina, en el trigésimo miliario de la ciudad de Roma, san Jacinto, mártir en una fecha desconocida de los primeros siglos del cristianismo.

Santa María de la Cabeza, esposa de san Isidro Labrador. Se le tributó culto desde muy antiguo. Enterrada en la ermita de Santa María, junto al río Jarama (Madrid), su cuerpo fue hallado en 1596; su cabeza, en cambio, era conocida y venerada desde mucho antes. Contrajo matrimonio con san Isidro, con quien tuvo un hijo. Compartió con su esposo la vida honesta de trabajo, piedad y caridad. En 1697, la Sagrada Congregación de Ritos confirmó el culto que se le venía dando. Parece que su verdadero nombre era Toribia, convirtiéndose en María por la ermita en que estuvo enterrada hasta su traslado a Torrelaguna en 1615, y el apelativo «de la Cabeza» parece proceder del culto dado por separado a su cabeza como reliquia sagrada. Su vida se sitúa en el siglo XII.

Beato Jorge Douglas. Era un sacerdote diocesano escocés, que había sido maestro de escuela y luego había recibido la ordenación sacerdotal en París. Fue detenido y condenado a muerte por atraer a otros a abrazar la fe católica y por no admitir la supremacía de la reina Isabel I en la Iglesia. Lo ahorcaron y aún vivo lo descuartizaron en York el 9 de septiembre de 1587.

Beata María Eutimia Üffing. Nació en Halverde (Alemania) el año 1914. A pesar de su delicada salud, fue admitida el año 1934 en la Congregación de las Hermanas de la Misericordia, de Münster, e hizo la profesión perpetua en 1940. La destinaron como enfermera al hospital de San Vicente de Dinslaken, donde atendió con delicadeza y caridad a enfermos, prisioneros de guerra y trabajadores extranjeros. Terminada la guerra le encargaron la lavandería del hospital y más tarde la trasladaron a Münster, donde murió el 9 de septiembre de 1955. Con humildad y sencillez, pero con mucho amor, pasó su vida sirviendo a los enfermos, mostrando su eximia piedad, su benignidad y su olvido de sí misma.

Beato Pedro Bonhomme. Nació en Gramat, diócesis de Cahors (Francia) el año 1803. Estudió en el seminario diocesano y se ordenó de sacerdote en 1827. Iniciado su ministerio en la parroquia de su pueblo natal, puso empeño en la educación de los niños, el cuidado de los pobres, ancianos y enfermos. Para atenderlos a todos fundó la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora del Calvario, que se dedicaron seguidamente a la catequesis de niños y jóvenes, al cuidado a domicilio de ancianos y pobres, a la atención de los discapacitados. Al mismo tiempo, el P. Pedro se dedicaba a las misiones populares y a la evangelización de los campesinos. Murió en Gramat el 9 de septiembre de 1861.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

«Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados» (1 Pe 21-24).

Pensamiento franciscano:

Del Testamento de san Francisco: «El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo» (Test 1-3).

Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios, nuestro Padre, en este tiempo de gracia, en este día de salvación.

-Para que en el gobierno y en las leyes de la Iglesia se trasparente siempre la Ley nueva de Cristo centrada en el amor, su mandamiento nuevo.

-Para que los cuerpos legislativos y ejecutivos de las naciones respeten la dignidad del hombre y sus derechos inalienables.

-Para que los enfermos, los pobres, los marginados, los oprimidos, sean convenientemente atendidos.

-Para que cuantos nos llamamos y somos cristianos reconozcamos la presencia de Cristo en nuestros prójimos que sufren.

Oración: Llegue a tu presencia, Señor, el meditar de nuestro corazón y que te agraden las súplicas de nuestra boca. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén,

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LLAMAMIENTO DEL BEATO JUAN PABLO II
ANTE LA TUMBA DE SAN PEDRO CLAVER

Cartagena (Colombia), domingo 6 de julio de 1986

Queridos hermanos y hermanas:

El santuario que nos acoge esta noche, dedicado a san Pedro Claver, transporta nuestro espíritu a la época en la que el santo vivió, y nos conmueve con el pensamiento de la verdadera libertad cristiana. En efecto, «para ser libres nos libertó Cristo».

Esta ciudad de Cartagena, ilustre por tantos títulos, tiene uno que la ennoblece de modo particular: haber albergado durante casi cuarenta años a Pedro Claver, el Apóstol que dedicó toda su vida a defender a las víctimas de aquella degradante explotación que constituyó la trata de esclavos.

Entre los derechos inviolables del hombre como persona está el derecho a una existencia digna y en armonía con su condición de ser inteligente y libre. Mirado a la luz de la revelación, este derecho adquiere una dimensión insospechada, pues Cristo con su muerte y resurrección nos liberó de la esclavitud radical del pecado para que fuéramos libres en plenitud, con la libertad de los hijos de Dios.

Las murallas de vuestra ciudad fueron mudos testigos de la labor apostólica de Pedro Claver y sus colaboradores, empeñados en aliviar la situación de los hombres de color y en elevar sus espíritus a la certeza de que, a pesar de su triste condición de esclavos, Dios los amaba como Padre y él, Pedro Claver, era su hermano, su esclavo hasta la muerte.

Cuando vuestros obispos en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano señalaban la evangelización y el servicio a los pobres como tarea prioritaria de la Iglesia, se situaban en línea de continuidad con esa pléyade incontable de hombres y mujeres de todos los tiempos que, movidos por el Espíritu, han consagrado sus vidas a mitigar el dolor, a saciar el hambre, a remediar las más duras miserias de sus hermanos y a mostrarles, a través de su servicio, el amor y la providencia del Padre y la identificación de sus personas con la de Cristo, que quiso ser reconocido en los hambrientos, desnudos y abandonados.

Esa línea se extiende ininterrumpida desde la primera comunidad cristiana hasta nuestra Iglesia, la de hoy, en la que sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, en número cada vez mayor, entregan sus vidas a Cristo en el servicio a los enfermos, los incurables, los ancianos abandonados, los niños expósitos, los miserables desechados por la sociedad y toda clase de nuevos pobres y nuevos marginados.

Pedro Claver brilla con especial claridad en el firmamento de la caridad cristiana de todos los tiempos. La esclavitud, que fue ocasión para el ejercicio heroico de sus virtudes, ha sido abolida en todo el mundo. Pero, al mismo tiempo, surgen nuevas y más sutiles formas de esclavitud porque «el misterio de la iniquidad» no cesa de actuar en el hombre y en el mundo. Hoy, como en el siglo XVII en que vivió Pedro Claver, la ambición del dinero se enseñorea del corazón de muchas personas y las convierte, mediante el comercio de la droga, en traficantes de la libertad de sus hermanos a quienes esclavizan con una esclavitud más temible, a veces, que la de los esclavos negros. Los tratantes de esclavos impedían a sus víctimas el ejercicio de la libertad. Los narcotraficantes conducen a las suyas a la destrucción misma de la personalidad. Como hombres libres a quienes Cristo ha llamado a vivir en libertad, debemos luchar decididamente contra esa nueva forma de esclavitud que a tantos subyuga en tantas partes del mundo, especialmente entre la juventud, a la que es necesario prevenir a toda costa, y ayudar a las víctimas de la droga a liberarse de ella.

El testimonio de caridad sin límites que representa san Pedro Claver, sea ejemplo y estímulo para los cristianos de hoy en Colombia y en América Latina, para que, superando egoísmos e insolidaridades, se empeñen decididamente en la construcción de una sociedad más justa, fraterna y acogedora para todos.

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ENVIADO PARA DAR LA BUENA NOTICIA A LOS QUE SUFREN,
PARA VENDAR LOS CORAZONES DESGARRADOS,
PARA PROCLAMAR LA AMNISTÍA A LOS CAUTIVOS

De las cartas de San Pedro Claver

Ayer, 30 de mayo de este año de 1627, día de la Santísima Trinidad, saltó en tierra un grandísimo navío de negros de los Ríos. Fuimos allí cargados con dos espuertas de naranjas, limones, bizcochuelos y otras cosas. Entramos en sus casas, que parecía otra Guinea. Fuimos rompiendo por medio de la mucha gente hasta llegar a los enfermos, de que había una gran manada echados en el suelo muy húmedo y anegadizo, por lo cual estaba terraplenado de agudos pedazos de tejas y ladrillos, y esta era su cama, con estar en carnes sin un hilo de ropa.

Echamos manteos fuera y fuimos a traer de otra bodega tablas, y entablamos aquel lugar, y trajimos en brazos los muy enfermos, rompiendo por los demás. Juntamos los enfermos en dos ruedas; la una tomó mi compañero con el intérprete, apartados de la otra que yo tomé. Entre ellos había dos muriéndose, ya fríos y sin pulso. Tomamos una teja de brasas y puesta en medio de la rueda junto a los que estaban muriendo, y sacando varios olores de que llevábamos dos bolsas llenas, que se gastaron en esta ocasión y dímosles un sahumerio, poniéndole encima de ellos nuestros manteos, que otra cosa ni la tienen encima, ni hay que perder el tiempo en pedirles a los amos, cobraron calor y nuevos espíritus vitales, el rostro muy alegre, los ojos abiertos y mirándonos.

De esta manera les estuvimos hablando, no con lengua sino con manos y obras, que, como vienen tan persuadidos de que los traen para comerlos, hablarles de otra manera fue con provecho. Asentámonos después o arrodillámonos junto a ellos, y les lavamos los rostros y vientres con vino, y alegrándolos y acariciando mi compañero a los suyos y yo a los míos, les comenzamos a poner delante cuantos motivos naturales hay para alegrar un enfermo.

Hecho esto, entramos en el catecismo del santo bautismo y sus grandiosos efectos en el cuerpo y en el alma, y hechos capaces de ello y respondiéndonos a las preguntas hechas sobre lo enseñado, pasamos al catecismo grande: Uno, remunerador, castigador, etc. Luego les pedimos afectos de dolor, aborrecimiento de sus pecados, etc. Estando ya capaces, les declaramos los misterios de la Santísima Trinidad, Encarnación y Pasión, y poniéndoles delante una imagen de Cristo Señor Nuestro en la Cruz, que se levanta de una pila bautismal y de sus sacratísimas llagas caen en ella arroyos de sangre, les rezamos, en su lengua, el acto de contricción.

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LA PASCUA DE UN SANTO
por Ignace Étienne Motte y Gérald Hégo, OFM

La conversión de san Francisco

La historia de san Francisco es la de un hombre que ha penetrado poco a poco en el misterio pascual de su Señor Jesús. Los primeros encuentros fueron con el Jesús que sufre y exige que el discípulo sufra con Él.

Reunamos los episodios referentes a lo que denominamos la conversión de san Francisco; todos ellos nos hablan de lucha. Los años que transcurren entre los veinte y veinticinco de Francisco, esto es desde el coloquio con el crucifijo de San Damián hasta el desprendimiento total ante el obispo de Asís y la formación de la primera fraternidad franciscana, son años dolorosos, años trágicos. Todo el que se deja apresar por el Crucificado es introducido en un engranaje mortificante. Más tarde será muy bello evocar la poesía del beso del leproso, de cuando Francisco se disfrazó en Roma, del conflicto familiar, del regreso de Espoleto a Asís, donde el joven Francisco, que había partido como caballero en ciernes y aclamado de todos, aparece abochornado y en calidad de mendigo bajo la rechifla de los que poco antes le adoraban.

¿Por qué no pensamos en su drama interior? Francisco lloraba; pero no lloraba solamente sus pecados, que no es más que un aspecto de la penitencia; lloraba también por estar en angustia, por ser un elegido de Dios sometido a la dura prueba de un fuego purificador. Comenzaba su vida de fe; en ella, como lo hizo Abrahán, ha de caminar uno sin saber a dónde es conducido, ha de suprimir lo que parece ser la condición misma de la vida, ha de sacrificar y ha de sacrificarse.

Bien significativo es el encuentro, en los primeros días de su conversión, con aquella vieja gibosa, horriblemente fea, cuya imagen le perseguía como una pesadilla: «¡Voy a quedar así! ¡Me da miedo que con la vida emprendida vaya a volverme como ella!». El demonio actúa, mientras que al parecer Dios está ausente; y Francisco lo acusa. En todo sufrimiento se pone a prueba la fe de Francisco y éste es invitado a asegurar la fidelidad a la alianza con su Señor, a medida que se va acentuando la separación de lo que es humano y crece en él el austero amor de dama Pobreza.

«Lo que has amado carnal y vanamente, cámbialo ya por lo espiritual, y, tomando lo amargo por dulce, despréciate a ti mismo, si quieres conocerme, porque sólo a ese cambio saborearás lo que te digo» (2 Cel 9), le decía una voz secreta. Es lo que tenía que hacer a cualquier precio si, más allá de sí, en un gran vacío, en un salto al abismo, quería encontrar, descubrir y ver resplandecer al Otro, al enteramente Otro, porque el Otro, el Dios escondido, está fuera, y lo encontramos cuando hemos rebasado el campo de nuestras costumbres, de nuestros deseos de riqueza, de nuestros pequeños afectos y de nuestras vanidades. Él está presente, vivo, detrás de todos esos obstáculos.

La renuncia definitiva se verifica al despojarse de todo en el palacio del obispo. Allí Francisco, delante del obispo de Asís, cambia a su padre terreno por el Padre del cielo. Allí permuta los vestidos de su casa por la desnudez de un enamorado de la tierra prometida. Y continúa su peregrinación en el desierto, en la soledad de su compromiso, en la intrepidez de una adhesión a toda prueba, con una fidelidad sin vacilaciones.

Sería un error imaginarnos esta marcha de san Francisco por el desierto como una marcha lenta y perezosa. Más bien es una carrera rápida, es una pasión fogosa. Bien conocido es aquel temperamento impetuoso de Francisco que, ya antes de su conversión, hizo de él un joven arrebatador que atraía a sí a toda la juventud de Asís. Que ahora haya hecho dar una vuelta completa a su corcel, como dice Chesterton, no quiere decir que se haya detenido en su marcha fulgurante o la haya aminorado. Su conversión no le ha debilitado en nada y en él se admira siempre el mismo ardor apasionado. Y como en adelante el ímpetu, la fuente y el estímulo de su pasión no brotan del mundo humano, sino de un encuentro, de una presencia, de una comunicación inmediata con el Dios-Amor a quien se propone amar, no es aventurado decir que este fuego se decuplica.

Vemos que cuando va cruzando este desierto, o mejor, cuando va buscando el tesoro, se lanza en persecución de la pobreza con el mismo afán con que otros socavan la tierra para encontrar oro. Se trata de un hombre con un apetito voraz de Dios; y esto explica el aire gozoso y feliz con que va al lago Trasimeno o al Alverna a practicar sus penitencias y cuaresmas. Entregarse a las mortificaciones, abrazarse a la cruz de Cristo es para él una verdadera felicidad. Lo que para algunos habría sido masoquismo, para él es amor.

Para muchos cristianos, para nosotros, tan poco habituados a estos entusiasmos y arranques de amor, la penitencia nos parece una dura ley. Pero quien mira a Francisco no puede imaginar a Dios como a un Dios que, cruel, exige el sacrificio y la abnegación. Sería señal de haber perdido la clave de lo que los enamorados han querido decir con la palabra amor y de no comprender que esos enamorados hacen las cosas precisamente porque no están mandadas.

[La pascua de san Francisco. Oñate (Guipúzcoa), 1978, pp. 52-55]

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