DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 10 DE SEPTIEMBRE

 

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SAN NICOLÁS DE TOLENTINO. Nació en Sant'Angelo in Pontano (Marcas, Italia) el año 1245. A los 14 años entró en los Ermitaños de San Agustín como oblato, más tarde profesó como religioso y en 1269 se ordenó de sacerdote. Tuvo varios destinos y desde 1275 estuvo destinado en Tolentino. Dedicaba una buena parte de su jornada a la oración y a la penitencia. Severo consigo mismo, era comprensivo con los demás, y se imponía a sí mismo las penitencias de los otros. Era un asceta que difundía sonrisas, un penitente que trasmitía alegría. Después de horas de oración y ayuno a pan y agua, se entregaba al apostolado predicando por los pueblos de las Marcas y atendiendo el confesonario. Muchos fieles se convertían a Dios al escucharle, y acudían, incluso desde lejos, a confesarse con él quedando llenos de su confianza gozosa. Visitaba a los enfermos en sus casas y los socorría. Dios le concedió experiencias místicas y tuvo fama de milagros. Murió el 10 de septiembre de 1305 en Tolentino.

BEATOS SEBASTIÁN KIMURA, FRANCISCO MORALES Y 50 COMPAÑEROS. El 7 de julio de 1867, el papa Pío IX beatificó a 205 siervos de Dios martirizados en Japón entre 1617 y 1632. De ellos, 52 fueron inmolados, quemados vivos o decapitados, en la «Colina de los Mártires» de Nagasaki el 10 de septiembre de 1622. De los que pertenecían a la Familia franciscana hablamos más abajo. Entre los mártires había sacerdotes, religiosos (dominicos, franciscanos y jesuitas), esposos, jóvenes, catequistas, viudas y niños, que ofrecieron un heroico ejemplo de constancia. En cuanto a nacionalidad los había japoneses, españoles, italianos, belgas. Mencionamos sólo a algunos: Sebastián Kimura, japonés, sacerdote jesuita; Francisco Morales, Alfonso de Mena, Jacinto Orfanell, José de San Jacinto, españoles, sacerdotes dominicos; Ricardo de Santa Ana, belga, sacerdote franciscano. Había también matrimonios que sufrieron juntos el martirio, como los catequistas de la misión jesuítica Antonio Sanga y Magdalena, Antonio y María con sus dos hijos de doce y tres años. Igualmente Pablo Nagaishi y su mujer Tecla con su hijo de siete años. Isabel Fernández, viuda del mártir Domingo Jorge, con su hijo de cuatro años. Y varias viudas de esposos martirizados en días anteriores, así como niños hijos de mártires, etc. Pío IX en la bula de beatificación decía: «Operarios del Evangelio con sus catequistas; nobles personajes de linaje real, señoras de rica posición, jóvenes virginales, ancianos de avanzada edad, niños y niñas de tres o cuatro años...».

Beatos Ricardo de Santa Ana, Pedro de Ávila, Vicente (Ramírez) de San José, León de Satsuma y Lucía de Freitas. Mártires Franciscanos de Japón, quemados vivos a fuego lento en Nagasaki el 10 de septiembre de 1622, y beatificados por Pío IX en 1867. Ricardo nació en Ham-sur-Heure (Bélgica) el año 1585. En 1604 ingresó en la Orden Franciscana. Estando en Roma, adonde lo habían enviado para hacer algunas gestiones, se unió al grupo de frailes destinados a las misiones de Japón. Estuvo primero en México, y llegó a Filipinas en 1611. Cursados los estudios eclesiásticos, en 1613 se ordenó de sacerdote y pasó a Japón. Pronto fue expulsado, pero pudo regresar disfrazado de comerciante. De manera clandestina y en medio de continuos peligros, atendió a los cristianos perseguidos y a los apóstatas de la fe. Delatado por un falso creyente y arrestado, confortó y consoló a los compañeros de prisión en Nagasaki y Omura.- Pedro nació cerca de Ávila (España) el año 1592. De joven vistió el hábito franciscano en la Provincia descalza de San José. Ordenado de sacerdote, se dedicó a la predicación, la dirección espiritual y las obras de caridad. En una expedición misionera, organizada por el beato Luis Sotelo, marchó a Filipinas en 1617 y a Japón en 1619. El 17 de diciembre de 1620 fue detenido, y sufrió crueles tormentos en diversas cárceles, sin más consuelo que la compañía de otros hermanos, hasta su martirio.- Vicente nació en Ayamonte (Huelva, España) en 1597. Emigró a México y a los 18 años de edad vistió el hábito franciscano, como hermano laico, en Puebla de los Ángeles. En 1618 pasó a Filipinas y al año siguiente a Japón, donde fue detenido junto con el beato Pedro, y con él compartió cárceles y martirio.- León, nativo japonés, nació en un pueblo del reino de Saziuma, pertenecía a la Tercera Orden Franciscana y era catequista y ayudante del beato Ricardo; cuando detuvieron a éste, él se encontraba ausente catequizando, pero acudió a las autoridades para decirles que era cristiano y colaborador del detenido, con el que compartió la suerte a partir de entonces.- Lucía nació en Nagasaki en 1542 de familia noble y se casó con un portugués rico. Mujer de mucho talento y valentía, ingresó en la Tercera Orden Franciscana. Al enviudar intensificó su vida de oración y de apostolado y su entrega a las obras de caridad; su casa estuvo siempre abierta a cristianos y a misioneros, a los que acogía y escondía en tiempo de persecución. Cuando detuvieron al P. Ricardo, ella quedó confinada en su casa y le confiscaron sus bienes. Ante el martirio dio muestras de gran entereza humana y de firmeza en la fe.

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San Agabio. Obispo de Novara (Italia) en el siglo V.

San Ambrosio Eduardo Barlow. Nació en Manchester (Inglaterra) el año 1585. Estudió en los seminarios de Douai y Valladolid; más tarde ingresó en el monasterio benedictino de Douai y se ordenó de sacerdote. Volvió a Inglaterra y durante 24 años ejerció el apostolado en la región de Manchester, confirmando en la fe y piedad a los católicos, y tratando de atraer a los apóstatas. Su carácter amable y bondadoso se ganaba el afecto de todos. El día de Pascua de 1641 fue apresado mientras predicaba. Llevado a juicio, confesó que era sacerdote católico y que trabajaba como tal. Lo ahorcaron y descuartizaron en la plaza londinense de Tyburn el 10 de septiembre de 1641, bajo el reinado de Carlos I.

San Auberto. Obispo de Avranches (Francia), que fundó el monasterio de Mont-Saint-Michel y fomentó el culto del santo Arcángel. Murió en las primeras décadas del siglo VIII.

Santos Nemesiano y compañeros mártires. En este grupo de santos, compuesto por Nemesiano, Félix, Lucio, otro Félix, Liteo, Poliano, Víctor, Jaderes y Dativo, había obispos, presbíteros y diáconos del norte de África. Durante la persecución de los emperadores Valeriano y Galieno, fueron cruelmente flagelados por confesar a Cristo, y después atados con grillos y condenados a trabajos forzados en minas. Allí recibieron cartas de san Cipriano, que también estaba condenado a trabajos forzados en canteras, quien los confortaba y los exhortaba a mantenerse firmes en los preceptos del Señor, soportando las cadenas del suplicio. Murieron el año 257.

San Nemesio de Alejandría. Era un cristiano egipcio que, acusado falsamente de ladrón, fue llevado a juicio y absuelto por el juez; pero después, en la persecución del emperador Decio, fue acusado ante el juez Emiliano de profesar la religión cristiana, siendo, por ello, sometido a crueles suplicios y luego quemado vivo con los ladrones, a semejanza del Salvador que sufrió la cruz entre ellos. Murió el año 251 en Alejandría de Egipto.

San Pedro de Mezonzo. Según la tradición nació en Curtis (Galicia, España) en la primera mitad del siglo X. Ingresó en el monasterio de Santa María de Mezonzo y se ordenó de sacerdote. Pasó luego al monasterio de Sobrado, del que fue abad, y más tarde al de Antealtares, del que también llegó a serlo y donde fue confidente de san Rosendo, obispo de Compostela, diócesis de la que Pedro fue elegido obispo el año 995. Cuando los musulmanes capitaneados por Almanzor invadían Galicia, no huyó sino que permaneció en su sede, confortó a los fieles llenos de temor y oró a María Santísima con la plegaria de la Salve Regina, que se le atribuye. Libró de la profanación las reliquias del santo Apóstol, reconstruyó la Catedral y murió el año 1003.

Santa Pulqueria. Nació en Constantinopla el año 399, hija de los emperadores Arcadio y Eudocia, y hermana de Teodosio II. Consagró su virginidad al Señor y la conservó, previo acuerdo con su esposo, incluso en el matrimonio. Pronto quedó huérfana de padre y madre. Fue regente del imperio hasta la mayoría de edad de su hermano y emperatriz a la muerte del mismo. Fue promotora y defensora de la recta fe y combatió las herejías de su tiempo. Bajo su imperio se celebró el Concilio de Calcedonia el año 451. Mantuvo relación epistolar con el papa san León Magno. Murió el 10 de septiembre del año 453 habiendo dejado todos sus bienes a los pobres.

San Salvio. Nació en Albi (Mediodía-Pirineos, Francia). Estudió derecho y llegó a ser magistrado. Después cambió el rumbo de su vida y abrazó la vida monástica en su ciudad natal. Elegido abad del monasterio por sus virtudes y sabiduría, se entregó al cuidado de sus mojes. El año 574 fue elegido obispo de Albi. Siguió observando la austeridad monástica, atendió con generosidad a los pobres, visitó las poblaciones de su diócesis, defendió la fe católica frente al arrianismo y el pelagianismo. Mantuvo relaciones de amistad con san Gregorio de Tours, quien nos ha dado las noticias sobre san Salvio. En el verano de 584 se desató una epidemia en Albi, y el obispo se dedicó a atender personalmente a los enfermos, hasta que él mismo se contagió y murió el 10 de septiembre de 584.

San Teodardo. Nació en la región de Maastricht (Holanda) en las primeras décadas del siglo VII. Discípulo de san Remaclo, fue elegido obispo de Tongres-Maastricht. Defendió los derechos de la Iglesia frente a algunos que se habían adueñado de terrenos que le pertenecían. Para obtener justicia en tal litigio, se puso en camino para hablar personalmente con el rey Childerico II. Cuando atravesaba el bosque de Bienwald, cerca de Espira (Alemania), sus enemigos lo asaltaron y lo mataron, hacia el año 670. Como murió defendiendo los derechos de la Iglesia, se le consideró mártir.

Beato Leoncio Arce Urrutia. Nació en Villarreal de Álava (España) el año 1899. Fue un joven que siempre estaba dispuesto a servir a los demás. En 1917 profesó en los Dominicos, luego estudió en Estados Unidos y allí recibió la ordenación sacerdotal en 1924. Vuelto a España, ejerció la enseñanza, el ministerio pastoral y la administración económica en los conventos de Mejorada, Ávila y Madrid. Aquí lo encontró la persecución religiosa de 1936. Estuvo oculto hasta que los milicianos lo hallaron y apresaron. Fue martirizado el 10 de septiembre de 1936 y beatificado el año 2007.

Beato Oglerio. Nació en Trino (Piamonte) el año 1136. Por influencia de san Bernardo, ingresó de joven en el monasterio cisterciense de Lucedio, cerca de Vercelli, del que fue elegido abad en 1205. El papa Inocencio III le confió varias misiones para dirimir disputas e intereses encontrados. Escribió una obra sobre la Virgen, en la que defiende el privilegio mariano de la Inmaculada Concepción. Murió el 10 de septiembre de 1214.

Beato Santiago Gagnot. Nació en Frolois, región de Lorena (Francia), el año 1753. De joven optó por la vida religiosa, en 1774 profesó en la Orden de los Carmelitas Descalzos y, hechos los estudios, se ordenó de sacerdote. Llegada la Revolución Francesa, tuvo que dejar el convento. Lo detuvieron, se negó a prestar los juramentos constitucionales, lo declararon fanático peligroso, lo condenaron a la deportación y lo encerraron en una de las míseras naves ancladas frente a Rochefort. Allí ayudó a los sacerdotes compañeros de prisión hasta que, el 10 de septiembre de 1794, murió consumido y contagiado de enfermedades.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Dice san Pablo: «¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar. Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita. Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire, sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado» (1 Cor 9,24-27).

Pensamiento franciscano:

Tomás de Celano refiere que san Francisco dijo una vez: «Hay que atender con discreción al hermano cuerpo para que no provoque tempestades de flojera. Quítesele toda ocasión de protesta, no sea que llegue a sentir fastidio de velar y de perseverar reverente en la oración. Porque podría decir: "Desfallezco de hambre, no aguanto sobre mí el peso de tus prácticas". Pero, si protestase así después de haberse alimentado lo bastante, sábete que el jumento perezoso necesita ser espoleado y que al asno flojo le aguarda el aguijón» (2 Cel 129).

Orar con la Iglesia:

Demos gracias a Cristo con alabanzas continuas, porque no se desdeña de llamar hermanos suyos a los aceptan el don de su gracia.

-Concédenos, Señor, que celebremos el principio de cada día en honor de tu resurrección, y que lo santifiquemos entero con trabajos que sean de tu agrado.

-Tú que nos das en cada nuevo día un signo de tu amor, para que aumente nuestra alegría y se afiance nuestra salvación, no permitas que te defraudemos.

-Haz que sepamos descubrirte a ti en todos nuestros hermanos, sobre todo en los que sufren y en los pobres y humildes.

-Haz también que vivamos en paz con todo el mundo, y que a nadie devolvamos mal por mal.

Oración: Concédenos, Dios todopoderoso, que los que, por tu amor y tu misericordia, hemos nacido como hijos de la luz, seamos tus testigos ante los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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MENSAJE A LA JUVENTUD
Benedicto XVI, Ángelus del día 5-IX-2010

Queridos hermanos y hermanas:

Ahora deseo presentar brevemente mi Mensaje dirigido a los jóvenes del mundo para la XXVI Jornada mundial de la juventud, que tendrá lugar en Madrid dentro de poco menos de un año.

El tema que escogí para este Mensaje retoma una expresión de la carta a los Colosenses del apóstol san Pablo: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (Col 2,7). Decididamente se trata de una propuesta a contracorriente. De hecho, ¿quién propone hoy a los jóvenes estar «arraigados» y «firmes»? Más bien se exalta la incertidumbre, la movilidad, la volubilidad..., todos ellos aspectos que reflejan una cultura indecisa en lo que se refiere a los valores de fondo, a los principios con los que es preciso orientar y regular la propia vida.

En realidad, yo mismo, por mi experiencia y por los contactos que tengo con los jóvenes, sé bien que cada generación, más aún, cada persona está llamada a realizar de nuevo el recorrido de descubrimiento del sentido de la vida. Y precisamente por esto quise volver a proponer un mensaje que, según el estilo bíblico, evoca las imágenes del árbol y de la casa. El joven, de hecho, es como un árbol en crecimiento: para desarrollarse bien necesita raíces profundas que, en caso de tempestades de viento, lo mantengan bien plantado en el suelo. Del mismo modo, la imagen del edificio en construcción recuerda la exigencia de buenos fundamentos para que la casa sea sólida y segura.

Y el corazón del Mensaje está en las expresiones «en Cristo» y «en la fe». La plena madurez de la persona, su estabilidad interior, se basa en la relación con Dios, relación que pasa por el encuentro con Jesucristo. Una relación de profunda confianza, de auténtica amistad con Jesús puede dar a un joven lo que necesita para afrontar bien la vida: serenidad y luz interior, capacidad para pensar de manera positiva, apertura de ánimo hacia los demás, disponibilidad a pagar personalmente por el bien, la justicia y la verdad. Un último aspecto, muy importante: para llegar a ser creyente, el joven se sostiene gracias a la fe de la Iglesia; si ningún hombre es una isla, mucho menos lo es el cristiano, que descubre en la Iglesia la belleza de la fe compartida y testimoniada juntamente con los demás en la fraternidad y en el servicio de la caridad.

Mi Mensaje a los jóvenes lleva la fecha del 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor. Que la luz del rostro de Cristo resplandezca en el corazón de todo joven. Y que la Virgen María acompañe con su protección el camino de las comunidades y de los grupos juveniles hacia el gran Encuentro de Madrid 2011.

[Después del Ángelus] Pido a Dios que, animados por las palabras del Apóstol san Pablo: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2,7), muchos jóvenes puedan encontrarse en la capital de España, para acoger en sus corazones a Cristo, que los llama a confiar en él y a amar cada vez más a la Iglesia.

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DE LA CARTA DEL BEATO RICARDO DE SANTA ANA
AL ALFÉREZ JOSÉ DE ADUNA

Nagasaki, 26 de marzo de 1619

Desde el día de Santa Lucía [13 de diciembre] hasta el de la fecha de ésta, andamos ya en los montes, ya en cavernas, ya metidos en hornos, y cuando muy descansados, en algún estrecho aposento o desván, adonde nadie puede encontrar con nosotros. La razón de tanto rigor es, haber venido mandato del Emperador, que en Nagasaki, por saber habían quedado algunos Padres y haber venido otros de nuevo de Namban, que en todo caso hiciese muy grande diligencia Gonrocu para prenderlos todos; y así una noche, a las dos de la mañana, dieron asalto a todas sus casas, donde solían acudir más de ordinario los religiosos; mas como nuestro Señor es el que nos guarda, no prendieron más que cuatro: dos de la Compañía y dos de Santo Domingo, y dos desde el año pasado están también en prisión con ellos, que son, el Padre Fray Apolinar Franco y el Padre Fray Thomás del Espíritu Santo.

Por el mes de Agosto, el día de nuestra Señora, martyrizaron al bienaventurado Fray Juan de Santa Marta, que estuvo preso, lo que Vmd. sabe, más de tres años; si el negocio va a la larga, no será mucho que para el año que viene haya alguna docena de mártyres, sólo religiosos. Este año de mil seiscientos y diez y ocho martyrizaron en Nagasaki doce, que quemaron vivos, por haber tenido padres en sus casas, y están presos otros muchos por lo mismo. Domingo Jorge es uno de ellos, que era el casero del Padre Carlos Espindolo, cuando le prendieron. Yo no estuve dos dedos de ser preso; por dos veces estuve ya cercado de la gente de Gonrucu; mas nuestro Señor me quiso librar por entonces, no sé hasta cuando. A mi casero Thomé prendieron y le derribaron su casa por el suelo. En Miaco han preso a treinta y un cristianos, y en Cocura martyrizaron a veinte y cinco. Al fin el negocio se va poniendo bueno y de suerte, que hará mucho el religioso que viviere dos o tres años en Japón, si no es que nuestro Señor ataje los pasos de este buen hombre de Emperador.

Sólo el buen Masumune deja hacer cristianos en su reino y sufre Padres, y al hermano Fray Francisco Gálvez, que subió allá por el mes de Septiembre, le recibió bien y le dejó hacer iglesia en una casa de un criado suyo. Él, como es poderoso, no teme al Emperador, que ya le ha reprehendido sobre ello, y respondió que él no era sacerdote para saber cosas de salvación y que dejaba ir cada uno por donde quería en cosas de tanta importancia.

Yo pensaba enviar a V. md. la relación de todos los mártires, así religiosos, como japones; mas los bungios, como no me hallaron en casa, me cogieron todo el hato, y así se perdió.

Al señor Miguel López de Harencho y a su hermano, mis saludos, y que tenga ésta por suya; que, por andar tan escondido y desacomodado, no tengo comodidad de escribirles en particular.

Guarde nuestro Señor a V. md.

De Nagasaki, veinte y seis de Marzo de mil seiscientos y diez y nueve años.

Va con ésta una reliquia del santo mártyr Fray Pedro de la Asunción, que bien conoció V. md. El capitán Domingo Ortiz de Chagoyam se la entregará.

Fray Ricardo de Santa Ana.

[Cf. Archivo-Ibero-Americano 15 (1921) 63-66]

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LA PASCUA DE UN SANTO
por Ignace Étienne Motte y Gérald Hégo, OFM

La fidelidad y alegría de san Francisco

La penitencia, que había sido un sí al llamamiento del Señor y caracterizó la larga etapa de la conversión, en adelante se va a llamar fidelidad. Pasan los años entre claridades y sombras, entre revelaciones y silencios, entre señales y carencia de ellas. Llora Francisco la pasión del Crucificado y busca una conformidad lo más estricta posible con Él. Francisco comunica su pasión a los hombres y funda fraternidades, sacudiendo a los pueblos adormecidos. Y sobrevienen las grandes pruebas: pruebas dentro de su propia Orden en la que, a su vuelta de Tierra Santa, se ofende a dama Pobreza; fracasos y sinsabores en las misiones extranjeras; luchas difíciles en las que, agotado Francisco a sus cuarenta años, conserva todavía joven su corazón y fresca su desenfrenada pasión por Dios.

El temor de que todo se haya perdido no roza su conciencia, y, al final de su vida como en los albores de la llamada de Dios, aun en medio de fracasos, él cree; cree contra toda esperanza, porque, en su prodigiosa y sublime pasión de la fe, sabe que Dios se ha comprometido con él para siempre, que Dios está con él y con su obra a pesar de todas las apariencias en contra.

Así vemos que el misterio mismo de su fe es la causa y origen de su más cruel penitencia, y todos los ejercicios voluntarios de mortificación que forman la trama de su vida pretenden únicamente ayudar a esta otra penitencia más profunda, más orgánica, es decir, al cumplimiento de la voluntad del Padre. «Castigar su cuerpo», «reducirlo a servidumbre», son expresiones que se suceden en casi todas las páginas de las biografías primitivas. «Sometía su cuerpo -de veras inocente- a azotes y privaciones y multiplicaba sobre él castigos sin motivo» (2 Cel 129).

Lo admirable es que una vida tan áspera, tan colmada de penas y sufrimientos, condujera a Francisco a una actitud contraria a lo que humanamente debiera haberse producido: el desgaste espiritual y la neurastenia. Nos encontramos con un hombre cada vez más feliz. Es el milagro cristiano, el milagro de la liberación. En él se va imponiendo cada vez más el descubrimiento de la presencia y de la riqueza de Dios. Como el pueblo de Dios realizó su paso y su liberación a través del Mar Rojo y el desierto, así Francisco es conducido poco a poco a la montaña, al lugar donde Dios habita. En las cumbres de Fonte Colombo, de Poggio Bustone y principalmente del Alverna, gusta ya el inefable misterio de Dios, como quien, sublimemente embriagado, bebe a copa llena. Nuestras pálidas experiencias del amor de Dios nos llevan de vez en cuando a una relativa contemplación de su misterio. Imposible expresar esta incomunicable experiencia de Francisco. La barruntamos, nada más. Su alegría fue completa una vez conquistada la libertad.

Porque quizá no ha habido en la tierra un hombre más liberado, un hombre más libre que Francisco, en quien habían sido aniquiladas las potencias del mal en virtud de la resurrección de Cristo. Todas sus palabras evidencian la conciencia viva que él tenía de su liberación, verificada por el misterio de Jesús.

¿Se le ha llamado a Francisco juglar de Dios solamente por su religiosidad y por un diluido y jovial sentimentalismo? No; y aquí llegamos a topar con la fuente de su alegría: era cantor y juglar de Dios por algo bien diferente, por una razón mucho más profunda, más real y más existencial. Lo que él cantaba era su pascua y la pascua de la Iglesia entera. Lo que le hacía saltar de alegría era esta liberación realizada por Jesucristo. Su acción de gracias y su alegría no eran otra cosa que la alegría y la acción de gracias de la misa, en la que, actualizando su liberación, el pueblo cristiano la canta y la proclama. «Aseguraba el Santo que la alegría espiritual es el remedio más seguro contra las mil asechanzas y astucias del enemigo... Por eso, el Santo procuraba vivir siempre con júbilo del corazón, conservar la unción del espíritu y el óleo de la alegría... Y decía: "El siervo de Dios conturbado, como suele, por alguna cosa, debe inmediatamente recurrir a la oración y permanecer ante el soberano Padre hasta que le devuelva la alegría de su salvación» (2 Cel 125).

[La pascua de san Francisco. Oñate (Guipúzcoa), 1978, pp. 55-57]

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