DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

UNGIDOS POR EL ESPÍRITU

por Miguel Payá Andrés


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Capítulo V

EL ESPÍRITU NOS SANTIFICA
EN LA LITURGIA Y LOS SACRAMENTOS

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FUEGO

«Aparecieron lenguas como de fuego, que se repartieron y posaron sobre cada uno de ellos» (Hch 2,3). En el A. T., el fuego es signo de la presencia de Dios, inaccesible y generadora de vida y acción (cf. Ex 3,2; 24,17; Sal 50,3; 97,3).

En el tema anterior contemplamos al Espíritu Santo como fuente de la verdad, es decir, como autor de la Revelación, de su transmisión y de la fe que nos capacita para acogerla. Ahora vamos a descubrir que él es también la fuente y el principio de la liturgia, mediante la cual la Iglesia toma fuerza de Cristo, participa de su santidad, se alimenta de su gracia, crece y avanza en su peregrinar hacia la eternidad.

1. El espíritu Santo, alma de la liturgia

La obra de la salvación humana fue realizada por Cristo: es él quien se encarnó, nació, vivió, murió y resucitó para cada hombre. Pero, como estas acciones salvíficas tuvieron lugar hace veinte siglos, para que puedan beneficiar a los hombres de todos los tiempos hace falta actualizarlas, hacerlas «contemporáneas» en cada momento. El Espíritu Santo es el encargado de hacer presente visiblemente a Cristo en el «hoy» de la Iglesia, para que nos pueda alcanzar su fuerza salvadora. Y lo hace a través de las acciones sagradas que componen la liturgia cristiana.

La liturgia es la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia. La Iglesia convoca a los fieles, proclama la palabra de Dios, realiza a través de sus ministros los gestos y acciones instituidas por Cristo, ora, y, sobre todo, aporta su fe. Pero es el Espíritu quien llena de sí mismo todas estas acciones; Él es como el alma de la liturgia.

En concreto, la obra del Espíritu Santo en la liturgia se puede describir a través de estas cuatro operaciones:

1.ª Prepara para recibir a Cristo

Toda acción litúrgica, y muy especialmente la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos, es un encuentro entre Cristo y la Iglesia. Para que este encuentro sea posible, el Espíritu realiza algunas acciones previas.

En primer lugar, convoca y reúne a los hijos de Dios en una unidad que desborda las afinidades humanas, raciales, culturales y sociales, porque es la unión de todos los hijos de Dios en el único Cuerpo de Cristo. De este modo, constituye una asamblea en la que se supera la división entre «judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres» (Gál 3,28).

Además, trae a la memoria toda su actuación en la historia del pueblo de Israel y realiza plenamente lo que anunciaban los hechos, palabras y símbolos del Antiguo Testamento: la Promesa, la Alianza, el Éxodo, la Pascua, el Reino, el Templo, el Exilio y el Retorno... Por eso se leen en la liturgia los textos del Antiguo Testamento y se utiliza la oración de los Salmos. Así, todo el largo camino de fe que sirvió para preparar la venida de Cristo, se convierte ahora también en preparación inmediata para que la comunidad se encuentre con su Señor, en quien se cumplen perfectamente las figuras y profecías de aquella etapa previa.

Y la acción preparatoria más importante que realiza el Espíritu, es la de suscitar la fe, la conversión del corazón y la adhesión a la voluntad del Padre. Son las disposiciones que preceden a la acogida de otras gracias que ofrecerá el Espíritu en la celebración, que aseguran la participación plena, consciente y activa en la misma, y que llevan a recibir los frutos de vida que está llamada a producir (cf. Sacrosanctum Concilium, 11).

2.ª Recuerda el misterio de Cristo

Jesús nos prometió: «El Espíritu Santo... os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). En efecto, él es como la memoria viva de la Iglesia. Nos da la inteligencia espiritual para comprender la palabra de Dios y, a través de ella, descubrir todo lo que Cristo, Palabra e Imagen del Padre, ha hecho por nosotros. Y esto sucede de un modo especial en la liturgia, que es «memorial», recuerdo de Cristo y de su obra salvadora.

Al hacernos memoria de lo que Cristo ha hecho por nosotros en el pasado y lo que sigue haciendo por nosotros en el presente, el Espíritu nos dispone también interiormente y nos da la gracia de responder a la palabra de Dios con la fe, que es consentimiento y compromiso personal, aceptación gozosa de que Dios continúe realizando su salvación en nosotros. Y esta fe encuentra su expresión litúrgica en la adoración: el mismo Espíritu suscita en nosotros la acción de gracias y la alabanza a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por eso la plegaria eucarística se inicia con estas palabras del prefacio: «En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias...». Y sigue con la solemne aclamación al Dios tres veces Santo.

3.ª Actualiza el misterio de Cristo

Del mismo modo que Jesús, por el poder del Espíritu hacía realidad por sus milagros el Reino de Dios que anunciaba, el Espíritu Santo, no sólo trae a la memoria los acontecimientos salvadores de Cristo, sino que los actualiza, los hace presentes, y continúa así realizando para nosotros, aquí y ahora, la salvación ya realizada por Cristo en el pasado.

Por eso, junto con el «memorial», el momento central de la liturgia es la «invocación» que el sacerdote hace al Padre para que el Espíritu Santo transforme el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor glorificado: «Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor» (Plegaria Eucarística II).

4.ª Hace fructificar el don de la comunión en la Iglesia

Además de la «invocación» que precede a la consagración, el sacerdote realiza otra invocación sobre toda la asamblea de los fieles: «Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo» (Plegaria Eucarística II).

En efecto, mediante la participación en la liturgia de la Iglesia, el Espíritu Santo realiza en nosotros el misterio de la comunión: al otorgarnos la vida divina, une a los fieles con Cristo y entre sí, para que formemos un solo Cuerpo de Cristo; y «por él, con él y en él» nos une al Padre. El fruto del Espíritu en la liturgia es inseparablemente comunión con la Trinidad y comunión fraterna (cf. 1 Jn 1,3-7).

2. El Espíritu Santo, presencia salvadora de Cristo en los sacramentos

Lo que hemos dicho acerca de la acción del Espíritu Santo en la liturgia, se realiza de modo especial en la celebración de los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica de la Iglesia.

Los cristianos llamamos «sacramentos» a los signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por los cuales nos es dispensada la vida divina. Según la fe de la Iglesia son siete: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio. Corresponden a todas las etapas y momentos importantes de la vida del cristiano. Y, desde esta relación con la vida cristiana, solemos clasificarlos en tres grupos:

a) Sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

b) Sacramentos de la curación: Penitencia y Unción de enfermos.

c) Sacramentos al servicio de la comunidad: Orden y Matrimonio.

En el conjunto de todos ellos, la Eucaristía ocupa un lugar único; es como «el sacramento de los sacramentos». Todos los demás están ordenados a ella como a su fin, porque ella contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, Cristo mismo.

Ahora, más que fijarnos en lo propio y específico de cada sacramento, vamos a considerar cómo actúa el Espíritu Santo en todos ellos. Y, para mayor claridad, lo haremos a través de algunas afirmaciones.

1.ª Los sacramentos son acciones de Cristo resucitado a través de su Espíritu.

Las palabra y acciones de Jesús durante su vida terrena eran portadoras de salvación. Pero lo eran en cuanto anticipaban la fuerza de su muerte y resurrección, de su «misterio pascual». Anticipaban y preparaban aquello que él daría a su Iglesia cuando todo tuviese cumplimiento. Después de su glorificación y de la efusión del Espíritu Santo, Jesús sigue salvando en los sacramentos: ellos son como sus manos que ahora nos curan y su palabra que ahora nos llega. Mientras Jesús vivió en este mundo, su humanidad fue el signo visible del Padre y de su voluntad salvadora; ahora, el signo visible de la salvación es la acción sacramental de la Iglesia. Y quien comunica la salvación de Cristo en los sacramentos es el Espíritu Santo. Como ya dijimos, él es el que hace a Jesús contemporáneo de todos los hombres y de todas las generaciones, y quien incorpora a los hombres al nacimiento, misión, muerte y resurrección de Jesús.

2.ª Los sacramentos son acciones de la Iglesia, en la que actúa el Espíritu.

Los sacramentos son acciones de la Iglesia en un doble sentido. Primero, porque existen «por ella». La Iglesia misma es el principal sacramento de Cristo, quien se hace visible y actúa en ella, gracias a la misión del Espíritu Santo. De modo que los siete sacramentos son como el despliegue del ser mismo de la iglesia.

En segundo lugar, los sacramentos son de la Iglesia porque existen «para ella», para constituirla como comunión con Dios y comunión entre los hombres.

Si unimos estos dos sentidos nos daremos cuenta de que la Iglesia hace los sacramentos, y, al mismo tiempo, los sacramentos hacen la Iglesia.

Pero, ¿de dónde le viene a la Iglesia el poder para hacer los sacramentos?

La Iglesia es una «comunidad sacerdotal» gracias a los mismos sacramentos. Porque hay tres sacramentos, Bautismo, Confirmación y Orden, que, además de conferir la gracia, otorgan otro don del Espíritu: un «carácter sacramental» o «sello indeleble», por el cual el cristiano participa del sacerdocio de Cristo; aunque de dos modos diferentes.

El Bautismo y la Confirmación confieren el sacerdocio común a todos los cristianos, que les convierte en miembros del pueblo sacerdotal, les hace aptos para celebrar la liturgia y les confía la misma misión de Cristo. El sacramento del Orden confiere el sacerdocio ministerial, que capacita a algunos fieles para actuar en nombre y en persona de Cristo, Cabeza de la Iglesia. De modo que el ministro ordenado es el vínculo sacramental que une la acción litúrgica de la Iglesia a lo que dijeron y realizaron los apóstoles, y, por ellos, a lo que dijo y realizó Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos. Este sacerdocio ministerial está al «servicio» (ministerium) del sacerdocio bautismal, porque es el que garantiza que, en los sacramentos, sea Cristo quien actúa por el Espíritu Santo en favor de la Iglesia. Y ambos sacerdocios están creados por el Espíritu, ya que es él quien confiere ese «carácter» o «sello» que capacita para su ejercicio.

3.ª Los sacramentos confieren la salvación por el poder del Espíritu.

Celebrados dignamente en la fe, los sacramentos confieren siempre la gracia que significan. Es decir, el Padre escucha siempre la oración de la Iglesia de su Hijo, cuando ésta invoca en cada sacramento al Espíritu Santo. Y, por eso, el Espíritu otorga siempre en ellos, a la Iglesia y a cada uno de sus miembros, los beneficios de la entrega de Cristo en la cruz. Siempre que un sacramento es celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él, independientemente de la santidad del ministro que lo preside. Sin embargo, no hay que pensar que el sacramento obre, como si dijéramos, automáticamente. No es un acto de magia, en el que haciendo unos gestos y diciendo unas palabras raras se produce sin más un efecto. Porque, si es cierto que la santidad del ministro no es decisiva, la fe y la disposición de quien lo recibe sí lo son. Y es que la recepción de un sacramento es un encuentro con el Señor, y un encuentro no se produce unilateralmente. El sacramento dice que el Señor es fiel; pero el Señor no puede, sin nosotros, unirse con nosotros.

4.ª En los sacramentos, el Espíritu transforma al hombre, configurándolo con Cristo.

Mediante los sacramentos recibidos con fe, la vida entera del hombre, sus relaciones con Dios, consigo mismo, con los demás y con las cosas, se insertan en la muerte y resurrección de Cristo, que las asume, las potencia y les da vida, para que se haga realidad el Reino. Muere así el «hombre viejo» y nace el «hombre nuevo»; toda la vida se transforma.

Y es que, a través de los sacramentos, el Espíritu santificador hace que el creyente vaya descubriendo poco a poco a Cristo, le consagra a él, le incorpora y le hace semejante a él, le configura cada vez más con él, hasta que pueda decir: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

Esta transformación del hombre y de su vida, no se realiza solamente en el momento de celebrarse el sacramento, sino que sigue produciendo sus frutos durante toda la vida del creyente. El rito litúrgico, con su sobriedad, dura pocos instantes, pero es un acto que no se acaba nunca. Como una fuente de agua viva que por primera vez brota de la tierra seca y desde ese instante corre sin cesar, la gracia brota ininterrumpidamente del sacramento. Sólo el pecado impide el crecimiento de la vida divina y los frutos del sacramento.

Además, la eficacia de la gracia sacramental no actúa exclusivamente en el creyente que lo celebra, sino que se derrama sobre toda la comunidad, enriqueciéndola. Por eso afirmamos que la Iglesia, al celebrar los sacramentos, es también edificada por ellos. Toda celebración sacramental es, pues, para el creyente y para toda la comunidad, una etapa en el camino progresivo hacia la plena madurez del hombre perfecto que es Cristo.

Por otra parte, la fe suscitada por la palabra de Dios y acrecentada por la celebración sacramental, tiende a manifestarse plenamente en el testimonio de vida. Palabra de Dios y sacramentos, fe y vida de todos los días, forman en el cristiano un conjunto indivisible que, a través del compromiso de la caridad, lo capacita para ser signo visible de la acción salvadora de Dios entre los hombres. Los sacramentos van convirtiendo al hombre en auténtico sacramento viviente, que manifiesta a Cristo y es portador de su gracia para todos los hombres.

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