DIRECTORIO FRANCISCANO
Fuentes biográficas franciscanas

Leyenda de los Tres Compañeros, 36-73


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Capítulo X
Cómo predijo a sus seis compañeros
todo lo que les había de ocurrir al ir por el mundo
y les exhortó a llevarlo con paciencia

36. San Francisco, lleno ya de la gracia del Espíritu Santo, reunió ante sí a los dichos seis hermanos y les anunció lo que les había de ocurrir. «Consideremos -dijo-, hermanos queridos, nuestra vocación, a la cual por su misericordia nos ha llamado el Señor, no tanto por nuestra salvación cuanto por la salvación de muchos otros, a fin de que vayamos por el mundo exhortando a los hombres más con el ejemplo que con las palabras, para moverlos a hacer penitencia de sus pecados y para que recuerden los mandamientos de Dios. No temáis porque aparezcáis pequeños e ignorantes; más bien anunciad con firmeza y sencillamente la penitencia, confiando en que el Señor, que venció al mundo, habla con su espíritu por vosotros y en vosotros para exhortar a todos a que se conviertan y observaren sus mandamientos.

»Encontraréis hombres fieles, mansos y benignos, que os recibirán con alegría y acogerán vuestras palabras; y otros muchos infieles, soberbios y blasfemos, que con sarcasmo os resistirán, como también a vuestras palabras. Formad en lo más hondo del corazón el propósito de soportarlo todo con paciencia y humildad».

Al oír todo esto los hermanos, comenzaron a temer. Entonces, el Santo continuó: «No temáis, porque, sin que pase mucho tiempo, vendrán a nosotros muchos sabios y nobles, y estarán con nosotros predicando a reyes y príncipes y a muchos pueblos. Y muchos se convertirán al Señor, que se dignará extender y aumentar su familia por todo el mundo».

37. Luego de haberles dicho esto y haberles dado la bendición, marcharon los hombres de Dios y observaron las exhortaciones de Francisco. Cuando encontraban alguna iglesia o cruz, se inclinaban para orar y decían devotamente: «Adorámoste, Cristo, y te bendecimos por todas tus iglesias que hay en el mundo entero, porque por tu santa cruz has redimido al mundo». Pues creían encontrar siempre un lugar sagrado allí donde se levantaba una cruz o una iglesia.

Cuantos los veían se extrañaban mucho, pues caían en la cuenta de la diferencia que existía respecto de los demás en cuanto a su hábito y manera de vivir y porque les parecían como unos hombres selváticos. Dondequiera que entraban, fuera ciudad o castillo, villa o casa, anunciaban la paz y exhortaban a todos a temer y amar al Creador de cielo y tierra y a cumplir sus mandamientos.

Algunos los escuchaban de buena gana; otros, por el contrario, se burlaban de ellos; y muchos los acosaban a preguntas, diciendo: «¿De dónde venís?» Otros les preguntaban a qué Orden pertenecían. Como les fuese molesto contestar a tantas preguntas, decían sencillamente que eran varones penitentes oriundos de la ciudad de Asís; pues su Religión todavía no se llamaba Orden.

38. Otros muchos los juzgaban impostores o fatuos y no los querían recibir en sus casas, no fuera que resultaran ladrones y les robaran sus cosas. Por eso, en muchos lugares, tras haber sido colmados de injurias, se veían obligados a guarecerse en pórticos de iglesias o de casas.

Por este tiempo, dos de ellos estaban en Florencia pidiendo limosna y no podían encontrar dónde hospedarse. Llegaron, por fin, a una casa que tenía un pórtico, y en él un horno, y se dijeron mutuamente: «Aquí podríamos recogernos». Rogaron a la dueña que los recibiera dentro de la casa, pero ella se lo negó. Entonces le pidieron humildemente que les permitiera al menos descansar la noche junto al horno.

La dueña se lo consintió, pero vino su marido y le reconvino: «¿Por qué has admitido en nuestro portal a estos maleantes?» Se excusó ella diciendo que no había querido admitirlos dentro de la casa, pero les había permitido acostarse en el portal, donde no podrían robar sino leña. Pero el marido no quiso que se les prestara ni un sencillo cobertor para abrigarse, aunque hacía mucho frío, porque pensaba que eran maleantes y ladrones.

Apenas pudieron dormir aquella noche. Descansaron junto al horno, sin otro calor que el divino y sin otro abrigo que el de dama Pobreza. A la hora de maitines se fueron a la iglesia más próxima para asistir al oficio.

39. Después de amanecer fue la mujer a la misma iglesia. Vio allí que los dos hermanos continuaban en devota oración, y se dijo para sí: «Si estos hombres fueran maleantes y ladrones, como decía mi marido, no estarían tan recogidos en oración». Y, mientras pensaba en esto, un hombre llamado Guido daba limosna a los pobres que había en la iglesia.

Cuando llegó a los hermanos, les quiso dar dinero a cada uno de ellos, como acostumbraba hacer con los otros pobres, pero ellos rehusaron recibirlo. Entonces él les preguntó: «¿Por qué vosotros, siendo pobres, no recibís dinero como los demás?» El hermano Bernardo le respondió: «Es cierto que somos pobres, pero a nosotros no nos pesa la pobreza, como a otros pobres, pues por la gracia de Dios, cuyo consejo de pobreza cumplimos, nos hemos hecho voluntariamente pobres». Admirado el señor de lo que estaba oyendo, les preguntó de nuevo si en algún tiempo habían poseído algo. Ellos le contestaron que habían tenido mucho, pero que lo habían dado a los pobres por amor de Dios. Quien así habló fue el hermano Bernardo, el primer discípulo del bienaventurado Francisco, a quien hoy consideramos en verdad como padre santísimo. Él fue el primero que, acogiendo el mensaje de paz y penitencia, vendido cuanto tenía y entregado a los pobres según el consejo de perfección evangélica, corrió tras el santo de Dios, perseverando hasta el fin en la santísima pobreza.

Observando aquella mujer que los hermanos no quisieron aceptar dinero, se acercó a ellos y les dijo que de muy buena gana los recibiría en su casa, si gustaran de hospedarse en ella. Los hermanos le respondieron con humildad: «El Señor se lo pague por la buena voluntad». Y, habiendo oído dicho señor que los hermanos no podían encontrar alojamiento, los llevó a su casa y les dijo: «Aquí tenéis el hospedaje preparado por el Señor; quedaos el tiempo que queráis». Ellos, dando gracias a Dios, se quedaron en su casa algunos días, edificándole en el temor de Dios con el ejemplo y de palabra, de tal modo que en adelante hizo muchas limosnas a los pobres.

40. Pero es de notar que, aunque los hermanos fueron tratados por este señor con tanta caridad, otros los consideraban como los más abyectos, y muchos, grandes y pequeños, se mofaban de ellos y los injuriaban y les quitaban a veces las ropas vilísimas que llevaban. Cuando los siervos de Dios quedaban desnudos, porque, según el consejo evangélico, llevaban una sola túnica, no por eso reclamaban lo que les habían quitado. Si algunos, movidos de compasión, se lo devolvían, lo recibían de buen grado.

Algunos les arrojaban barro; otros, poniéndoles dados en la mano, los invitaban a jugar con ellos; y otros, agarrándolos por detrás de la capucha, los llevaban colgando a su espalda.

Estas y otras cosas parecidas hacían con ellos, y los consideraban tan despreciables, que los molestaban sin miramiento cuanto querían. Sobre esto, tuvieron que pasar hambre y sed, frío y desnudez y otras indecibles tribulaciones y angustias. Y todo lo sobrellevaban con inmutable paciencia, de conformidad con la instrucción dada por el bienaventurado Francisco. Y jamás manifestaban tristeza ni turbación, ni maldecían a los que los ofendían, sino, por el contrario, cual perfectos varones evangélicos y dispuestos a conseguir grandes ganancias, se alegraban hondamente en el Señor y miraban como motivo de gozo las pruebas y tribulaciones que, como las ya dichas, se les presentaban, y, según el santo Evangelio, rogaban con solicitud y fervor por sus perseguidores.

Capítulo XI
Admisión de otros cuatro hermanos.
Ardiente caridad que se tenían los primeros hermanos,
su anhelo de trabajar y orar y su perfecta obediencia

41. Cuando se vio que los hermanos se alegraban en sus tribulaciones; que se dedicaban diligente y devotamente a la oración; que no recibían dinero ni lo llevaban; que se querían mutuamente con inmenso amor -señal por la que se daban a conocer como verdaderos discípulos del Señor-, muchos venían a ellos cordialmente compungidos por las ofensas que les habían inferido y les pedían perdón. Ellos los perdonaban de corazón, diciéndoles: «El Señor os perdone»; y les daban oportunos consejos en orden a la salvación.

Algunos pedían que los admitieran en su compañía; como, por la escasez de hermanos, tenían facultad del bienaventurado Francisco para recibir en la Orden, recibieron a algunos, y en el término establecido regresaron con ellos a Santa María de la Porciúncula. Cuando volvían a verse juntos, disfrutaban de tanta alegría y regocijo cual si no recordaran nada de cuanto habían sufrido de los malvados.

Todos eran solícitos en hacer oración todos los días y en ocuparse en trabajos manuales para evitar en absoluto la ociosidad, que es enemiga del alma. Se levantaban con toda diligencia a media noche y oraban devotísimamente, con lágrimas copiosas y suspiros; se amaban con íntimo y mutuo amor, se servían unos a otros y se atendían en todo, como una madre lo hace con su único hijo queridísimo. Era su caridad tan ardorosa, que les parecía cosa fácil entregar su cuerpo a la muerte, no sólo por amor de Cristo, sino también por el bien del alma o del cuerpo de sus cohermanos.

42. Y, en efecto, cierto día en que dos de estos hermanos iban de camino, se encontraron con un demente, que empezó a tirarles cantos. Luego que se dio cuenta uno de ellos que los cantos iban a pegar al otro, al momento se interpuso para que los golpes dieran contra él, prefiriendo recibir él los cantazos a que los recibiera el hermano, por la mucha caridad que se tenían; tan dispuestos estaban a dar la vida el uno por el otro.

Estaban tan bien fundados y arraigados en humildad y caridad, que cada uno reverenciaba al otro como si fuera padre y señor; y aquellos que, por su oficio o una cualidad, tenían alguna preeminencia sobre los demás, parecían de situación más humilde y baja. Todos estaban prontos a obedecer y dispuestos siempre a cumplir la voluntad del que mandaba; no se paraban a discernir si el mandato era justo o injusto, porque pensaban que todo mandato era conforme a la voluntad del Señor. Con esta disposición era para ellos fácil y agradable cumplir los mandatos. Se abstenían de las apetencias de la carne, juzgándose a sí mismos con rigor y evitando ofender de cualquier modo al hermano.

43. Y si a veces sucedía que uno decía a otro alguna palabra que le pudiera molestar, tanto le remordía la conciencia, que no paraba hasta que confesaba su culpa y, echándose humildemente en tierra, lograba que el hermano ofendido pusiera el pie sobre su boca. Y, caso de que el hermano ofendido no quisiera poner el pie en la boca del otro hermano, sucedía entonces que, si el ofensor era prelado, le mandaba al otro que lo pisara; y si era súbdito, el ofensor conseguía que le mandara el prelado. De esta manera se ingeniaban para que todo rencor o maldad huyera de ellos y reinara siempre entre ellos la perfecta caridad, procurando siempre contraponer, todo cuanto podían, virtudes particulares a vicios particulares, ayudados y prevenidos de la gracia de Jesucristo.

Nada reclamaban como propio. Los libros y demás objetos que les habían sido dados, los usaban según la forma transmitida y observada por los apóstoles. A la par que en ellos y entre ellos reinaba una verdadera pobreza, eran liberales y generosos con todo lo que les había sido entregado por Dios, y por su amor daban de buena gana a cuantos se las pedían, y particularmente a los pobres, las limosnas que ellos habían recibido.

44. Cuando iban de camino y se encontraban con pobres que les pedían algo por amor de Dios, si no llevaban ninguna otra cosa que darles, les entregaban parte de sus vestidos, aunque viles. A veces les daban el capucho, separándolo de la túnica; a veces, una manga; a veces, otra pieza, descosiéndola de la túnica, en cumplimiento de lo que dice el Evangelio: A todo el que te pide, dale (Lc 6,30). Cierto día vino un pobre a pedir limosna a la iglesia de Santa María de la Porciúncula, donde a temporadas moraban los hermanos. Había allí una capa que había usado un hermano siendo todavía seglar. Como le dijese el bienaventurado Francisco que se la diera a aquel pobre, aprisa y corriendo fue por ella y se la dio lleno de alegría. Y en el instante le pareció a aquel hermano que, por el amor y devoción con que había dado la capa al pobre, la limosna había subido hasta el cielo, y quedó embriagado de nuevo gozo.

45. Cuando recibían visitas de los ricos de este mundo, los recibían alegre y benignamente y procuraban apartarlos del mal y moverlos a penitencia. Pedían también con sumo interés que no fueran enviados a tierras de donde eran oriundos, para evitar la familiaridad y el trato con sus consanguíneos, y así cumplir la palabra profética: Me he hecho forastero con mis hermanos, y peregrino con los hijos de mi madre (Sal 68,9).

Se gozaban cordialmente en la pobreza, pues no ambicionaban riquezas, sino que despreciaban todo lo caduco que pueden codiciar los amantes de este mundo. Sobre todo, miraban el dinero como polvo que pisaban, y, aleccionados por el Santo, ponderaban su precio y valor al igual que el boñigo de asno.

Se alegraban de continuo en el Señor y no encontraban entre sí ni dentro de sí motivo de tristeza. Cuanto más apartados del mundo, tanto más unidos estaban con Dios; y, caminando siempre por la senda de la cruz y de la justicia, apartaban del camino estrecho de la penitencia y observancia del Evangelio cualquiera clase de tropiezos, a fin de que los sucesores encontraran llano y seguro el sendero.

Capítulo XII
Cómo el bienaventurado Francisco fue con los once compañeros
a la curia del papa para exponerle sus ideales
y para que le confirmara la Regla que había escrito

46. Viendo el bienaventurado Francisco que el Señor aumentaba el número de los hermanos y los hacía crecer en méritos y que eran ya doce varones perfectísimos con un mismo sentir, dijo a los otros once el que hacía el número doce y era su jefe y padre: «Veo, hermanos, que quiere el Señor aumentar misericordiosamente nuestra congregación. Vamos, pues, a nuestra santa madre la Iglesia de Roma y manifestemos al sumo pontífice lo que el Señor empieza a hacer por nosotros, para que de voluntad y mandato suyo prosigamos lo comenzado».

Agradó a los otros hermanos lo que proponía el Padre; cuando todos juntos se encaminaron a la curia, les dijo: «Señalemos uno de nosotros que sea nuestro guía y tengámoslo como vicario de Jesucristo, para que vayamos a donde él quiera y nos hospedemos cuando él disponga». Eligieron al hermano Bernardo, el primero después del bienaventurado Francisco, y se atuvieron a lo que el Padre había propuesto.

Caminaban alegres, hablaban palabras de Dios, sin que osaran decir nada que no se refiriera a la alabanza y gloria de Dios y a la utilidad del alma, y frecuentemente se dedicaban a la oración. El Señor les preparaba siempre lugar donde hospedarse y hacía que les sirvieran lo necesario.

47. Al llegar a Roma se encontraron allí con el obispo de la ciudad de Asís. Éste los recibió con mucha alegría, pues veneraba con particular afecto al bienaventurado Francisco y a todos los hermanos. Pero como no sabía la causa de su venida, se turbó un poco, temiendo que pensaran abandonar la propia tierra, donde el Señor empezaba a obrar cosas maravillosas por ellos, y porque él sentía gozo sincero de tener en su diócesis varones tan excelentes, de cuya vida y costumbres tanto se prometía. Enterado del motivo y de lo que se proponían conseguir, su gozo fue mayor y les prometió consejo y ayuda para su empeño.

Este señor obispo era conocido de un cardenal, obispo de Santa Sabina, que se llamaba Juan de San Pablo, varón lleno de gracia de Dios y muy amante de los siervos de Dios. El mencionado obispo había hablado al cardenal de la vida del bienaventurado Francisco y de sus hermanos, y estas noticias habían hecho nacer en el cardenal el deseo de ver al varón de Dios y a algunos de sus hermanos.

Así que, cuando se enteró de que estaban en la Urbe, mandó llamarlos y los recibió con gran veneración y amor.

48. Durante los pocos días que estuvieron con él quedó tan edificado de sus palabras y ejemplos, que, viendo que sus obras eran fiel trasunto de lo que le habían contado, se encomendó a sus oraciones humilde y devotamente y les pidió por gracia especial que lo contaran desde entonces como uno de los hermanos. Luego preguntó al bienaventurado Francisco por el motivo de su venida y, cuando hubo escuchado de sus labios lo que intentaba y deseaba, se ofreció a hacer de procurador suyo en la curia.

Fue, pues, a la curia el dicho cardenal y expuso al señor papa Inocencio III: «He encontrado un varón perfectísimo que quiere vivir según la forma del santo Evangelio y guardar en todo la perfección evangélica, y creo que el Señor quiere reformar por su medio la fe de la santa Iglesia en todo el mundo».

Oyendo esto el papa, quedó muy admirado, y mandó al señor cardenal que trajera al bienaventurado Francisco a su presencia.

49. Al día siguiente fue presentado el varón de Dios por el señor cardenal al sumo pontífice, y Francisco le expuso todos sus santos propósitos. El sumo pontífice, dotado de singular discreción, accedió en la forma debida a los deseos del Santo, y, exhortando a éste y a sus hermanos acerca de muchas cosas, les dio la bendición y les dijo: «Id con Dios, hermanos, y predicad a todos la penitencia, como Él se dignare inspiraros. Y cuando Dios todopoderoso os aumente en número y gracia, comunicádnoslo, y Nos os concederemos más cosas y con mayor seguridad os encomendaremos otras más importantes».

Quería el señor papa saber si todo lo concedido y lo que pensaba conceder era conforme a la voluntad de Dios, y, antes que el Santo se retirase, le dijo a él y a sus compañeros: «Queridos hijos nuestros, vuestro tenor de vida nos parece sobradamente riguroso y austero; y, aunque os vemos tan animosos que de vosotros no cabe la menor duda, sin embargo, debemos pensar en aquellos que os han de seguir, y puede ser que esta vida les parezca demasiado austera». Mas como viera la constancia de su fe y el ancla de su esperanza firmemente sujeta en Cristo, de modo que por nada querían apartarse de su generoso fervor, dijo al bienaventurado Francisco: «Hijo, ve y pide a Dios que se digne revelarte si esto que buscáis procede de su voluntad, para que, siendo Nos sabedor del divino beneplácito, accedamos a vuestros deseos».

50. El santo de Dios se puso en oración, como le había indicado el señor papa, y el Señor le habló en espíritu por medio de esta parábola: «Vivía en el desierto una mujer pobrecilla y hermosa; prendado un rey poderoso de su hermosura, quiso tomarla como esposa, porque creía que de ella podría tener hijos hermosos.

»Contraído y consumado el matrimonio, nacieron muchos hijos. Ya adultos, les habló su madre, diciéndoles: "Hijos míos, no os avergoncéis, pues sois hijos del rey. Id, pues, a su corte, y él os dará todo lo que necesitéis". Cuando se presentaron ante el rey, éste quedó cautivado de su hermosura, y, reconociendo en ellos su verdadero retrato, les preguntó: "¿De quién sois hijos?"

»Y como le contestasen que eran hijos de una mujer pobrecita que vivía en el desierto, el rey los abrazó con íntima complacencia y les dijo: "Nada temáis, porque sois hijos míos. Así, pues, si los extraños se alimentan de mi mesa, con mayor razón vosotros, que sois mis hijos legítimos". Y mandó el rey a aquella mujer que le enviara a palacio a todos los hijos procreados con él, para que allí se criaran».

El varón de Dios comprendió que, por cuanto se le había mostrado en visión mientras oraba, él estaba representado por aquella pobrecita mujer.

51. Cuando acabó la oración, se presentó de nuevo al sumo pontífice y le relató ordenadamente la alegoría que el Señor le había mostrado, y le dijo: «Yo soy, señor, esta mujer pobrecita a quien el amantísimo Señor, por su misericordia, ha honrado de esta manera y de la que ha querido procrear para él hijos legítimos. Y me dijo el Rey de los reyes que criaría a todos los hijos que por mi medio procreara, porque, si alimenta a los extraños, con mayor razón ha de alimentar a los legítimos. Si Dios concede a los pecadores bienes temporales por amor a los hijos que han de criar, mucho más los otorgará a los varones evangélicos, a quienes por mérito se les deben tantos bienes».

Oyendo esto el señor papa, quedó profundamente maravillado, y principalmente porque antes de la venida del bienaventurado Francisco había tenido también él una visión en la que veía que la iglesia de San Juan de Letrán se desplomaba y que un hombre religioso, desmedrado y despreciable, la sostenía con sus propias espaldas. Se despertó atónito y atemorizado. Pero hombre discreto y sabio como era, consideraba qué significaría la visión. Como a los pocos días se presentase ante él el bienaventurado Francisco y le expusiese su plan de vida, como queda dicho, y le suplicase que le confirmara la Regla que había escrito con palabras sencillas (cf. Test 15), entreveradas de sentencias del Evangelio, a cuya perfección aspiraba con todas sus fuerzas, viéndolo el papa tan fervoroso en el servicio de Dios y comentando su propia visión y la alegoría mostrada al varón de Dios, comenzó a decirse para sus adentros: «Verdaderamente éste es aquel varón religioso y santo por el que la Iglesia de Dios se levantará y se sostendrá».

Luego lo abrazó y le aprobó la Regla que había escrito. Le dio también licencia, lo mismo que a sus hermanos, para predicar la penitencia en todo el mundo, pero con la condición de que los que habían de predicar obtuvieran primero autorización del bienaventurado Francisco. Todo esto lo aprobó después en consistorio.

52. Obtenida esta concesión, el bienaventurado Francisco dio gracias a Dios y, puesto de rodillas, prometió humilde y devotamente al señor papa obediencia y reverencia. Los otros hermanos prometieron obediencia y reverencia al bienaventurado Francisco, como lo había mandado el señor papa. Recibieron la bendición del sumo pontífice, visitaron los sepulcros de los apóstoles, y, por diligencias de dicho cardenal, les fue conferida la tonsura al bienaventurado Francisco y a los otros once hermanos, para que todos ellos, los doce, fueran clérigos.

53. Extrañado de la facilidad con que había logrado lo que deseaba, el varón de Dios dejó la Urbe y con los dichos hermanos marchó por el orbe. De día en día le iba creciendo la esperanza y la confianza en el Salvador, que previamente se había adelantado a demostrarle con santas revelaciones lo que después habría acaecido. Pues, en efecto, antes de haber conseguido todo lo dicho, cierta noche mientras dormía le pareció ver que viajaba por un camino y que junto a él había un árbol muy frondoso, hermoso, robusto y grueso. Como se acercara al árbol y se pusiera debajo admirando su altura y hermosura, de repente creció tanto el Santo, que llegaba a lo más alto del árbol y fácilmente lo doblaba hasta el suelo. Y en verdad así sucedió cuando el señor Inocencio, árbol el más sublime, hermoso y robusto en el mundo, se doblegó tan benignamente a la petición y querer del Santo.

Capítulo XIII
Eficacia de su predicación. El primer lugar que habitó,
cómo vivían en él y cómo salieron de él

54. Desde entonces comenzó el bienaventurado Francisco a predicar más y mejor en sus correrías por ciudades y castros; no lo hacía con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino que anunciaba con confianza el reino de Dios con la doctrina y fuerza del Espíritu Santo. Era un verdadero predicador fortalecido con la autoridad apostólica. No empleaba palabras de adulación y rehuía todo halago de expresiones lisonjeras, porque, para poder decir la verdad con plena confianza, primero se persuadía a sí mismo con las obras de aquello de que tenía que persuadir a los demás con la palabra. Y aun los letrados y doctos quedaban admirados de la fuerza y verdad de sus sermones, que no había aprendido de maestro humano; y muchos corrían a verlo y oírlo como a hombre de otro mundo. Así comenzaron muchos, nobles y plebeyos, clérigos y seglares, impelidos por inspiración divina, a seguir los pasos del bienaventurado Francisco y, abandonando los cuidados y vanidades del siglo, a vivir el mismo tenor de vida bajo su dirección.

55. Vivía entonces el Padre feliz con sus hijos en un lugar cerca de Asís llamado Rivo Torto, donde había una choza abandonada de todos; tan reducida era, que no podían apenas sentarse y descansar. Cuando allí carecían de pan -lo que ocurría frecuentemente-, comían tan sólo algunos nabos que a duras penas conseguían de limosna. El varón de Dios tenía escritos los nombres de los hermanos en los travesaños de la choza, para que cada uno, al tratar de descansar o de orar, reconociese su sitio, y, dada la estrechez y pequeñez del lugar, no fuera perturbado el silencio del alma por cualquier ruido indebido.

Viviendo en este lugar los hermanos, sucedió cierto día que un rústico llegó allí con su asno para cobijarse dentro con el animal. Y para que no fuera rechazado por los hermanos, se metió con el asno, diciendo: «¡Entra, entra, porque haremos un favor a este lugar!» (1). Oyendo esto el Padre santo y penetrando la intención de aquel rústico, se conturbó a causa de él, sobre todo porque había armado gran estrépito con el asno e inquietado a los hermanos, que estaban entonces haciendo oración en absoluto silencio. Entonces dijo el varón de Dios a los hermanos: «Bien sé, hermanos, que el Señor no nos ha llamado para preparar albergue a ningún asno ni para recibir frecuentes visitas de hombres, sino para que nos dediquemos principalmente a la oración y acción de gracias, predicando de tanto en tanto a los hombres el camino de la salvación y dándoles consejos saludables».

Dejaron aquel lugar para albergue de pobres leprosos, y ellos se trasladaron a Santa María de la Porciúncula, junto a la cual habían morado algunas veces en una casuca antes de que hubieran conseguido la iglesia.

56. Más tarde, impulsado el bienaventurado Francisco por la inspiración y voluntad de Dios, consiguió con mucha humildad que el abad de San Benito del monasterio del monte Subasio, cerca de Asís, le cediera la iglesia. El Santo recomendó esta iglesia con señalado y especial afecto al ministro general y a todos los hermanos como el lugar más amado de la gloriosa Virgen entre todos los lugares y entre todas las iglesias del mundo.

Mucho contribuyó para recomendar y amar tanto este lugar la visión que tuvo un hermano cuando todavía vivía en el siglo, y a quien el bienaventurado Francisco amó con singular afecto y le mostró particular familiaridad mientras vivieron juntos. Este varón, que anhelaba servir a Dios, como después efectivamente le sirvió fielmente en la Religión, vio en una visión que todos los hombres de este siglo eran ciegos y estaban de rodillas en torno a Santa María de la Porciúncula con las manos juntas y los rostros vueltos al cielo. En esta actitud pedían al Señor con voz clamorosa y lacrimosa que se dignara, por su gran misericordia, dar vista a todos. Estando éstos en oración, le pareció ver que un gran resplandor salía del cielo y descendía sobre ellos, iluminándolos con una luz salvadora.

Luego que se despertó, tomó la firme resolución de servir al Señor; y poco después, abandonando este mundo malvado con todas sus vanidades, entró en la Religión, en la que se consagró humilde y devotamente al servicio de Dios.

Capítulo XIV
Dos veces al año celebraban capítulo
en Santa María de la Porciúncula

57. Después de haber obtenido este lugar de Santa María del referido abad, dispuso el bienaventurado Francisco que se celebrara allí capítulo dos veces al año, a saber, en Pentecostés y en la Dedicación de San Miguel. En Pentecostés se reunían todos los hermanos en Santa María y trataban de cómo observar con mayor perfección la Regla, y destinaban hermanos a diversas provincias para que predicaran al pueblo y para que, a su vez, colocaran a otros hermanos en sus provincias. San Francisco amonestaba, reprendía y daba órdenes, como mejor le parecía según el beneplácito divino. Cuanto decía de palabra, lo manifestaba en sus obras con afecto y solicitud. Veneraba a los prelados y sacerdotes de la santa Iglesia y honraba a los ancianos, nobles y ricos; también a los pobres los amaba de lo íntimo de su corazón y se compadecía de ellos entrañablemente. De todos se mostraba súbdito. A pesar de ser el hermano de puesto más alto, nombraba, sin embargo, a uno de los hermanos con quienes vivía por su guardián y señor, y a él obedecía humilde y devotamente para evitar toda ocasión de soberbia. Y entre los hombres, humillaba su cabeza hasta la tierra, a fin de merecer ser exaltado algún día ante la mirada divina entre los santos y elegidos de Dios.

Exhortaba con solicitud a los hermanos a que guardaran fielmente el santo Evangelio y la Regla que habían prometido. Y, sobre todo, a que tuvieran gran reverencia y devoción a los divinos oficios y ordenaciones eclesiásticas, oyendo devotamente la misa y adorando con rendida devoción el cuerpo del Señor. Quería también que los sacerdotes que administran los sacramentos venerandos y augustos fueran singularmente honrados por los hermanos, de suerte que donde los encontraran les hicieran inclinación de cabeza y les besaran las manos; y si los encontraban cabalgando, deseaba que no sólo les besaran las manos, sino hasta los cascos de los caballos sobre los que cabalgaban, por reverencia a sus poderes.

58. Amonestaba también a los hermanos que no juzgaran a nadie, ni despreciaran a los que viven con regalo y se visten con lujo y vanidad (2 R 2,17), porque Dios es Señor nuestro y de ellos, y los puede llamar hacia sí, y, una vez llamados, justificarlos. Decía también que quería que los hermanos respetaran a estos hombres como a hermanos y señores suyos, pues son hermanos, en cuanto han sido creados por el mismo Creador, y son señores, en cuanto que, proveyéndoles de lo necesario para el cuerpo, ayudan a los buenos a hacer penitencia. Y seguía diciendo: «Tal debería de ser el comportamiento de los hermanos entre los hombres, que cualquiera que los oyera o viera, diera gloria al Padre celestial y le alabara devotamente».

Todo su afán era que así él como los hermanos estuvieran tan enriquecidos de buenas obras, que el Señor fuera alabado por ellas. Y les decía: «Que la paz que anunciáis de palabra, la tengáis, y en mayor medida, en vuestros corazones Que ninguno se vea provocado por vosotros a ira o escándalo, sino que por vuestra mansedumbre todos sean inducidos a la paz, a la benignidad y a la concordia. Pues para esto hemos sido llamados: para curar a los heridos, para vendar a los quebrados y para corregir a los equivocados. Pues muchos que parecen ser miembros del diablo, llegarán todavía a ser discípulos de Cristo».

59. Por otra parte, el piadoso Padre censuraba a los hermanos que se trataban con demasiada austeridad y se recargaban con vigilias, ayunos y mortificaciones corporales. Pues algunos se mortificaban tan despiadadamente para extinguir en sí todo incentivo carnal, que había quien parecía que se tenía odio a sí mismo. A éstos les prohibía tales excesos con exhortaciones benignas y razonables reprensiones, y vendaba sus heridas con las vendas de saludables preceptos.

Ninguno de los hermanos que venía al capítulo se atrevía a tratar negocios seculares, sino que todos conversaban acerca de las vidas de los santos y de cómo podrían hallar mejor y más perfectamente la gracia del Señor Jesucristo. Si algunos de los hermanos que llegaban al capítulo tenían alguna tentación o tribulación, al oír hablar al bienaventurado Francisco con tanta dulzura y fervor y al ver su penitencia, se veían libres de las tentaciones y consolados maravillosamente en las tribulaciones. Compadecido de ellos, les hablaba no como juez, sino como padre misericordioso con sus hijos, como buen médico con los enfermos, enfermando con los enfermos y afligido con los atribulados. Sin embargo, corregía en la debida forma a los delincuentes y reprimía con el merecido castigo a los contumaces y rebeldes.

Acabado el capítulo, daba la bendición a los hermanos y destinaba a cada uno a su provincia. A los que tenían espíritu de Dios y la conveniente elocuencia, fueran clérigos o laicos, les daba licencia para predicar. Una vez recibida su bendición, marchaban con gran alegría por el mundo como peregrinos y forasteros, sin llevar otra cosa para el camino que los libros para rezar las horas. Dondequiera que encontraran algún sacerdote, rico o pobre, bueno o malo, le hacían humilde reverencia con inclinación de cabeza. Y, cuando llegaba la hora de hospedarse, de mejor gana se quedaban en casa de sacerdotes que de seglares.

60. Pero, cuando no podían hospedarse en casa de sacerdotes, buscaban a las personas más espirituales y temerosas de Dios, para poder hospedarse en sus casas más decorosamente; esto lo hicieron hasta que el Señor inspiró a algunos temerosos de Dios, de las ciudades o castros que los hermanos solían visitar, que les prepararan hospedaje; a éste se acogían mientras para ellos no fueron edificados lugares en las ciudades y en los castros.

Según la oportunidad de cada momento, el Señor les daba palabra y espíritu para expresar pensamientos agudísimos que penetraban los corazones de jóvenes y ancianos; de tal forma calaban en ellos, que, abandonando padre y madre y cuanto tenían, seguían a los hermanos y tomaban el hábito de su Religión. Verdaderamente fue enviada entonces a la tierra la espada de separación, cuando los jóvenes venían a la Orden dejando a sus padres en la hediondez del pecado. A los que admitían a la Orden los llevaban a donde el bienaventurado Francisco para que de él recibieran humilde y devotamente el hábito de la Religión.

Y no eran sólo los hombres los que se convertían a la Orden; había también muchas vírgenes y viudas que, movidas a compunción por la predicación de los hermanos, por consejo suyo se recluían a hacer penitencia en monasterios creados en ciudades y castros. Para ellas fue instituido visitador y corrector uno de los hermanos (2). Igualmente, hombres y mujeres casados, a quienes la ley matrimonial impedía separarse, se dedicaban, por saludable consejo de los hermanos, a una vida de austera penitencia en sus mismas casas (3). De esta manera, por medio del bienaventurado Francisco, devotísimo de la santa Trinidad, se renueva la Iglesia de Dios a través de tres Órdenes, como quedó significado en la reparación de tres iglesias que llevó a cabo anteriormente (4). Cada una de estas Órdenes fue confirmada en su momento oportuno por el sumo pontífice.

Capítulo XV
Muerte del señor Juan, primer protector,
y designación del señor Hugolino, obispo de Ostia,
como padre y protector de la Orden

61. El ya mencionado venerable padre señor Juan de San Pablo, cardenal, que con frecuencia dispensaba al bienaventurado Francisco consejo y protección, se complacía también en recomendar a los otros cardenales la vida y las obras del Santo y de sus hermanos. Y despertó en ellos tanto afecto hacia el varón de Dios y sus hermanos, que todos querían tener en su palacio a alguno de ellos, no para que les prestaran servicios, sino debido a su santidad y por la devoción que les habían cobrado.

Muerto el señor Juan de San Pablo (5), inspiró el Señor a uno de los cardenales, llamado Hugolino y entonces obispo de Ostia, que pusiera su afecto en amar al bienaventurado Francisco y a sus hermanos, y los protegiera y animara. Y tanta ilusión mostró con ellos como si fuera padre de todos; es más, en mayor grado que el amor del padre carnal se extiende naturalmente a sus hijos carnales, ardía el suyo espiritual para amar en el Señor y favorecer al varón de Dios y a sus hermanos. Habiendo llegado a oídos del varón de Dios la célebre fama de este cardenal, entre todos el más famoso, se presentó ante él con sus hermanos. Él los recibió con alegría y les dijo: «Me tenéis a vuestra disposición; dispuesto a daros mi apoyo, consejo y protección según vuestra voluntad; y quiero en correspondencia que por Dios me encomendéis en vuestras oraciones».

Entonces, el bienaventurado Francisco, dando gracias a Dios, dijo al señor cardenal: «Señor, con muchísimo agrado quiero teneros por padre y protector de nuestra Religión y quiero que todos mis hermanos os tengan presente en sus oraciones». Luego le pidió el bienaventurado Francisco que se dignara intervenir en el capítulo de Pentecostés. Accedió complacido al momento, y desde entonces participó cada año en el capítulo de los hermanos.

Cuando venía al capítulo, salían procesionalmente a su encuentro todos los hermanos reunidos en él. Mas él, al verlos acercarse, se bajaba del caballo e iba a pie con ellos hasta la iglesia de Santa María. Después les predicaba el sermón y celebraba la misa, en la que el varón de Dios Francisco cantaba el evangelio.

Capítulo XVI
Elección de los primeros ministros
y cómo fueron enviados por el mundo

62. Pasados once años del comienzo de la Religión y habiéndose multiplicado los hermanos en número y crecido en méritos, fueron elegidos los ministros y enviados con algunos hermanos a casi todas las partes del mundo en las que se cultiva y se conserva la fe católica. En algunas provincias eran recibidos, pero no se les permitía edificar casas; de otras eran expulsados por temor de que fueran herejes. Pues es de advertir que, aunque el referido papa Inocencio III les aprobó la Orden y la Regla, no dejó constancia de su confirmación en documento alguno suyo. Por eso, los hermanos tuvieron que sufrir muchas tribulaciones de parte de los clérigos y de los seglares, y, en consecuencia, se vieron obligados a huir de diversas provincias. Y, angustiados y afligidos, e incluso despojados y azotados a mano de ladrones, volvieron con gran amargura al bienaventurado Francisco. A este tenor fueron tratados en casi todas las regiones ultramontanas, como Alemania, Hungría (6) y otras muchas partes.

Habiendo comunicado todo esto al dicho señor cardenal, mandó éste llamar al bienaventurado Francisco y lo presentó al señor papa Honorio, pues el señor Inocencio era ya difunto (7). E hizo que el señor Honorio, con bula que pendía del documento, confirmara solemnemente otra Regla (8) compuesta por el bienaventurado Francisco, instruido por Cristo. En esta Regla se espació el plazo entre los capítulos, para evitar las molestias de los hermanos que vivían en regiones remotas.

63. El bienaventurado Francisco se propuso pedir al señor papa Honorio un cardenal de la Iglesia romana, es decir, el mencionado señor obispo de Ostia, que fuera como el papa de su Orden y al que los hermanos pudieran recurrir para sus asuntos.

El bienaventurado Francisco tuvo una visión que pudo haberle inducido a pedir un cardenal protector y a recomendar la Orden a la Iglesia romana. Había visto, en efecto, una gallina pequeña y negra con plumas en las piernas y con los pies a modo de paloma doméstica, que tenía tal número de polluelos, que no podía cobijarlos bajo sus alas; giraban en torno a ella y siempre quedaban fuera.

Cuando se despertó empezó a pensar sobre el significado de la visión e, iluminado súbitamente por el Espíritu Santo, reconoció que era él el representado figurativamente en aquella gallina. Y se dijo: «Yo soy esa gallina: pequeño de estatura y moreno; debo ser sencillo como la paloma y remontar el vuelo hasta el cielo por medio de los afectos, que son las plumas de las virtudes. Pero el Señor, por su gran misericordia, me ha dado y me dará muchos hijos, a quienes por mis solas fuerzas no podré proteger. Así, pues, es necesario que yo se los recomiende a la santa Iglesia para que los proteja bajo sus alas y los gobierne».

64. A los pocos años de esta visión vino a Roma y visitó al señor obispo de Ostia, quien ordenó al bienaventurado Francisco que al día siguiente por la mañana fuera con él a la curia, pues quería que predicara ante el papa y los cardenales y les recomendara su Religión devota y vivamente. Aunque el bienaventurado Francisco se excusó, diciendo que era hombre simple e idiota, tuvo que acompañar al cardenal a la curia.

Cuando el bienaventurado Francisco se presentó ante el papa y los cardenales, se alegraron mucho al verlo. Y, puesto en pie, predicó ante ellos según le iba adoctrinando la unción del Espíritu Santo. Acabada la predicación, recomendó su Religión al señor papa y a todos los cardenales. De la predicación quedaron altamente edificados tanto el señor papa como los cardenales, y se sintieron movidos en lo íntimo de su corazón a amar con mayor afecto a la Orden.

65. Luego dijo el bienaventurado Francisco al sumo pontífice: «Señor, me causáis compasión por la solicitud y desvelos con que tenéis que velar por la Iglesia de Dios, y me da vergüenza que por nosotros, hermanos menores, mostréis tanto interés y cuidado. Cuando hay tantos nobles y ricos y tantos religiosos que no pueden tener audiencia con vos, nosotros, que somos los más pobres y despreciables entre todos los religiosos, deberíamos estar sobrecogidos de temor y avergonzados viendo que no sólo se nos permite llegar hasta vos, sino estar ante vuestra puerta y presumir pulsar el tabernáculo que encierra el poder de los cristianos. Por eso, me atrevo a suplicar humilde y devotamente a vuestra santidad que tengáis a bien concedernos que el señor obispo de Ostia haga con nosotros las veces de papa, para que en tiempos de necesidad puedan los hermanos recurrir a él, salva siempre la dignidad de vuestra preeminencia».

Agradó al señor papa esta petición, y concedió al bienaventurado Francisco el mencionado señor ostiense, instituyéndolo dignísimo protector de su religión.

66. Recibido este mandamiento del señor papa, como buen protector, extendió su mano para defender a los hermanos: escribió a muchos prelados, que habían perseguido a los hermanos, que en adelante no se les opusieran, sino que más bien, como a santos y buenos religiosos que eran, aprobados con la autoridad de la Sede Apostólica, les ayudaran con su consejo y tutela para que predicaran y moraran en sus provincias. También otros muchos cardenales escribieron cartas con el mismo fin.

En el siguiente capítulo, el bienaventurado Francisco dio autoridad a los ministros para que recibieran hermanos a la Orden, y los envió a las sobredichas provincias provistos de cartas de los cardenales y de la Regla confirmada por bula apostólica. Viendo todo esto los antedichos prelados y reconociendo por verdaderos los documentos presentados por los hermanos, les dieron amplia licencia para edificar casas, habitarlas y predicar en sus provincias. Establecidos en aquellas provincias y dedicados a la predicación, muchos que veían la humilde y santa vida de los hermanos y escuchaban sus palabras dulcísimas, que, inflamándolos, movían los corazones al amor de Dios y a hacer penitencia, vinieron a ellos y recibieron humilde y devotamente el hábito de la santa Religión.

67. Viendo el bienaventurado Francisco la fidelidad y el amor que el señor ostiense mostraba a los hermanos, lo amaba afectuosísimamente de lo más íntimo de su corazón. Y porque le había sido previamente revelado por Dios que dicho obispo llegaría a ser sumo pontífice, se lo insinuaba siempre en las cartas que le escribía, llamándolo padre de todo el mundo. Las cartas las encabezaba así: «Al venerable en Cristo, padre de todo el mundo», etc.

Muerto al poco tiempo el señor papa Honorio III, fue nombrado sumo pontífice el señor ostiense, y se llamó Gregorio IX (9). Este fue, hasta el fin de su vida, bienhechor señalado y defensor tanto de los hermanos como de los otros religiosos, y, sobre todo, de los pobres de Cristo. Con toda razón se puede creer que ha sido asociado a la compañía de los santos.

Capítulo XVII
Muerte sacratísima del bienaventurado Francisco
y cómo dos años antes había recibido
las llagas de nuestro Señor Jesucristo

68. A los veinte años de haberse unido totalmente a Cristo en el seguimiento de la vida y huellas de los apóstoles (10), el varón apostólico Francisco voló felicísimamente a Cristo, y, después de incontables trabajos, alcanzó el descanso eterno y fue presentado dignamente a la presencia del Señor el día 4 de octubre, domingo, del año de la encarnación 1226.

Uno de sus discípulos, célebre por su santidad, vio el alma del Santo que, como si fuera una estrella del tamaño de la luna, resplandeciente con claridades de sol y sostenida por una nubecita blanca entre aguas inmensas, ascendía derecha al cielo.

Había trabajado mucho en la viña del Señor: empeñado y fervoroso en oraciones, ayunos, vigilias, predicaciones y caminatas apostólicas, perseverante en el cuidado y compasión del prójimo y en el desprecio de sí mismo, desde el momento de su conversión hasta su tránsito a Cristo, a quien había amado de todo corazón, mantuvo continuamente vivo su recuerdo, le alabó con la boca y lo glorificó con sus obras fructuosas. Tan de corazón y con tanto ardor amó a Dios, que, oyendo su nombre, se derretía interiormente y prorrumpía externamente, diciendo que el cielo y la tierra deberían inclinarse al nombre del Señor.

69. Quiso el mismo Señor manifestar a todo el mundo el fervor de caridad y el continuo recuerdo de la pasión de Cristo que fomentaba en su corazón, y, todavía en vida, condecoró de forma maravillosa su cuerpo con la prerrogativa admirable de un singular privilegio.

Pues, como se sintiera arrebatado hacia Dios por seráficos y ardorosos deseos y, por dulce amor de compasión, se fuese transformando en quien, por su inmensa caridad, quiso ser crucificado, -dos años antes de su muerte, próxima ya la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, estando una mañana en oración en la falda del monte Alverna- se le apareció un serafín con seis alas, que exhibía entre ellas la figura de un hermosísimo hombre crucificado, con las manos y los pies extendidos en forma de cruz, y que claramente descubría la imagen del Señor Jesús. Dos alas cubrían su cabeza; otras dos, el resto del cuerpo hasta los pies; y las otras dos se extendían para volar.

Al desaparecer la visión, quedó su alma prendida de un admirable ardor de caridad, y en su cuerpo apareció la impresión, todavía más admirable, de las llagas del Señor Jesucristo. El varón de Dios las ocultó cuanto pudo hasta su muerte, resistiéndose a manifestar el sacramento del Señor, aunque no pudo ocultarlas del todo y sin que quedaran de manifiesto a algunos de sus compañeros más familiares.

70. Pero después de su felicísimo tránsito, todos los hermanos que estaban presentes y muchos seglares vieron manifiestamente su cuerpo condecorado con las llagas de Cristo. Percibían claramente en sus manos y pies no los agujeros hechos por los clavos, sino los mismos clavos, de color negruzco como el del hierro, formados de su propia carne y adheridos a la misma; y el costado derecho, como traspasado por una lanza, con la cicatriz rojiza de una herida verdadera y manifiesta, de la que muchas veces incluso manaba sangre bendita.

La irrefutable verdad de las llagas no sólo quedó demostrada con toda claridad en vida y muerte del Santo por cuantos las vieron y tocaron, sino que después de su muerte quiso el Señor patentizarla con más claridad por medio de muchos milagros obrados en diversas partes del mundo. Estos milagros sirvieron también para que muchos, que no habían pensado rectamente del varón de Dios y habían dudado de sus llagas, cambiaran de tal manera y llegaran a tal certeza, que de detractores que habían sido, se convirtieron, por fuerza de la bondad de Dios y de la misma verdad, en panegiristas y predicadores fidelísimos.

Capítulo XVIII
Su canonización

71. Como ya en todas las partes del mundo brillaba el varón de Dios por la nueva luz de sus milagros y eran muchos los que de todos los lugares concurrían a su sepulcro por haber alcanzado grandes y singulares beneficios, el mencionado papa Gregorio, de consejo de los cardenales y de otros muchos prelados, una vez estudiados y aprobados los milagros que el Señor había obrado por su medio, lo inscribió en el catálogo de los santos y mandó que se celebrara solemnemente su fiesta en el día en que aconteció su muerte.

Sucedió todo esto en la ciudad de Asís, en presencia de muchos prelados, de gran multitud de príncipes y de barones y de innumerables fieles llegados de diversas partes del mundo, a los cuales el mismo señor papa había invitado a concurrir a la solemnidad, el año del Señor de 1228, segundo de su pontificado.

72. Sobre esto, el mismo sumo pontífice, que en vida había amado tan cordialmente al Santo, no solamente lo honró celebrando la canonización de manera tan suntuosa, sino que también enriqueció con presentes y preciosísimos ornamentos la iglesia construida en su honor, y en cuyos fundamentos el mismo papa había colocado la primera piedra; pasados dos años de la canonización, su sacrosanto cuerpo fue trasladado a ella con todo honor desde el lugar donde primero había sido sepultado.

Regaló a la misma iglesia una cruz de oro adornada con piedras preciosas, que contenía un trozo del lignum crucis del Señor; también regaló manteles y vasos sagrados y muchos otros utensilios para servicio del altar, y abundantes ornamentos preciosos y solemnes.

Eximió a la iglesia de cualquier otra jurisdicción inferior y la constituyó, con su autoridad apostólica, en cabeza y madre de toda la Orden de los Hermanos Menores, como aparece en privilegio público y bulado, en el que signaron también todos los cardenales.

73. Pero sería poco que el santo de Dios recibiera honores materiales si el Señor no se valiera de él, muerto ya corporalmente, pero espiritualmente vivo en la gloria, para convertir y salvar a muchos; por eso, después de su muerte y por sus méritos, no sólo se convirtieron al Señor personas de uno u otro sexo, sino que muchos magnates y nobles recibieron con sus hijos el hábito de la Orden, mientras sus mujeres e hijas se encerraban en los monasterios de las damas pobres.

Asimismo, muchos varones sabios y letrados, tanto seglares como clérigos prebendados, despreciando los atractivos de la carne y renunciando a la impiedad y deseos del siglo, ingresaron en la Orden de los menores, siguiendo en todo la pobreza y las huellas de Cristo y de su siervo el bienaventurado Francisco, según la medida de la gracia divina.

Por eso, no sin razón, se puede decir del Santo lo que se escribe de Sansón: quien en verdad vive para siempre con la vida de la gloria, mató muchos más al morir que cuando estaba en vida. Que por los méritos de nuestro santísimo padre Francisco nos lleve a esa misma gloria el que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

* * * * *

Notas:

1) Tomás de Celano añade estas palabas: «Se pensaba aquel hombre que los hermanos querían afincarse allí y añadir nuevas chozas a la existente» (1 Cel 44).

2) Se trata de la Orden de las Señoras Pobres, que más tarde se llamó de las Clarisas, del nombre de Santa Clara.

3) Se trata de la tercera Orden franciscana.

4) Los Tres compañeros, que no han hablado más que de la restauración de la iglesia de San Damián, hacen también alusión, sin duda, a una iglesia dedicada a San Pedro y a la iglesia de Santa María de la Porciúncula.

5) Murió pocos meses antes del concilio Lateranense IV, que se inició el 11 de noviembre de 1215.

6) Cf. Jordán de Giano, Crónica 5-61.

7) Inocencio III murió en Perusa el 16 de julio de 1216, y Honorio III fue elegido papa dos días después.

8) Si se tiene en cuenta que esta bula es la Solet annuere, de 29 de noviembre 1223, y esta «otra Regla» es la que de ordinario se designa con el nombre de segunda Regla o Regla bulada, este párrafo contiene un anacronismo, porque en 1223 la provincia de Alemania había alcanzado ya un importante desarrollo (cf. Jordán de Giano, Crónica 19-30).

Esta es la opinión del P. Van Ortroy; pero Paul Sabatier (De l'authenticité... p. 22-30) ha demostrado que esta opinión contiene un error de perspectiva. Para quienes habían vivido estos primeros sucesos, la bula Quum dilecti, de 11 de junio de 1219, había tenido mucha más importancia que la bula Solet annuere, a pesar de que ésta era más solemne, pues estaba dirigida a los obispos de todo el mundo. De ella se trata aquí, y, por consiguiente, no hay en ello anacronismo alguno. Véase también S. Clasen, en Miscellanea Melchor de Pobladora 1 p. 64).

9) Fue elegido papa el 19 de marzo de 1227, cinco meses y medio después de la muerte de San Francisco. Reinó más de catorce años, muriendo el 22 de agosto de 1241.

10) Los sucesos evocados en el capítulo precedente tuvieron lugar en 1221; de aquí se salta directamente a la muerte de San Francisco en 1226, con un breve relato de las llagas. El silencio de la Leyenda de los tres compañeros sobre los acontecimientos intermedios plantea un problema, que no ha encontrado todavía una explicación satisfactoria.

Introducción Leyenda02

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