DIRECTORIO FRANCISCANO
Fuentes biográficas franciscanas

Leyenda de los Tres Compañeros, 1-35


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Son éstas unas páginas escritas por tres compañeros del bienaventurado Francisco. En ellas se cuenta su vida y comportamiento mientras vestía de seglar, su admirable y perfecta conversión, así como la perfección de los orígenes y fundamentos de la Orden tanto en él como en sus primeros hermanos.

Carta

1. El hermano León, el hermano Rufino y el hermano Ángel, compañeros en otro tiempo, aunque indignos, del beatísimo padre Francisco, le presentan al reverendo padre en Cristo, hermano Crescencio, ministro general por la gracia de Dios, la debida y devota reverencia en el Señor.

Puesto que, en virtud del mandato del recién celebrado capítulo general (1) y por disposición vuestra, están los hermanos obligados a presentar a vuestra paternidad los portentos y prodigios del bienaventurado Francisco que ellos puedan saber o recoger, nosotros, que, aunque indignos, convivimos con él largo tiempo, hemos pensado comunicar a vuestra santidad, teniendo la verdad por norte, algunas de sus muchas gestas que nosotros mismos vimos o que pudimos conocer mediante otros santos hermanos, especialmente por el hermano Felipe, visitador de las damas pobres; por el hermano Iluminado de Arce, por el hermano Maseo de Marignano, por el hermano Juan, compañero del hermano Gil, y que conoció muchas de estas cosas a través del mismo hermano Gil, y del hermano Bernardo, de santa memoria y primer compañero del bienaventurado Francisco.

No nos contentaremos con sólo narrar milagros, que no constituyen la santidad, aunque la demuestran; queremos también poner de manifiesto lo más destacado de su santa vida y los ideales de su piadosa voluntad, para alabanza y gloria del sumo Dios, del dicho Padre santísimo y para edificación de los que desean seguir sus pasos. Y no escribimos estas cosas a modo de leyenda, pues acerca de su vida y de los milagros que por él ha obrado el Señor, ya se han confeccionado leyendas; más bien, como si de un ameno jardín se tratase, escogemos algunas flores que nos parecen más hermosas, sin seguir el hilo de la historia y dejando muy de propósito muchas cosas que ya están escritas en las mencionadas leyendas en lenguaje tan veraz como elegante.

Si vuestra discreción lo considera razonable, podéis incluir en ellas lo poco que os escribimos. Pues pensamos que, si los venerables varones que escribieron las mencionadas leyendas hubieran conocido estos hechos, no los hubieran pasado por alto (cf. 2 Cel 2), sino que, arropándolos en pulcro lenguaje, los hubieran dejado, al menos en parte, para memoria de la posteridad.

Que vuestra paternidad se conserve bien en el Señor Jesucristo. En Él nos encomendamos humildemente a vuestra paternidad, atentos y devotos hijos.

En Greccio, a 11 de agosto de 1246.

Capítulo I
Nacimiento de San Francisco.
Su vanidad, elegancia y prodigalidad
y cómo pasó a ser espléndido y caritativo con los pobres

2. Francisco nació en la ciudad de Asís, sita en los confines del valle de Espoleto. Como hubiese nacido en ausencia de su padre, su madre le puso el nombre de Juan (2); pero su padre, de regreso de Francia, le llamó luego Francisco. Siendo ya adulto y dotado de sutil ingenio, ejerció el oficio de su padre, o sea, el comercio, pero de forma muy diferente: fue mucho más alegre y generoso que él, dado a juegos y cantares, de ronda noche y día por las calles de Asís con un grupo de compañeros; era tan pródigo en gastar, que cuanto podía tener y ganar lo empleaba en comilonas y otras cosas.

Por eso, sus padres le reprendían muchas veces por los despilfarros que hacía con su persona y con sus compañeros, pues más que hijo suyo, parecía el de un gran príncipe. Mas como sus padres eran muy ricos y le tenían mucho cariño, no querían disgustarlo y le consentían tales demasías. Cuando las vecinas comentaban la prodigalidad de Francisco, su madre replicaba: «¿Qué pensáis de mi hijo? Aún será un hijo de Dios por su gracia».

Francisco, más que generoso, era en todo esto derrochador; se excedía también de formas diversas en lo tocante a vestidos, escogiendo telas mucho más caras de lo que convenían a su condición. Y en punto a elegancia era tan dado a la vanidad, que en ocasiones mandaba coser retazos de telas preciosas en vestidos de paño vilísimo.

3. Era como naturalmente cortés en modales y palabras; según el propósito de su corazón, nunca dijo a nadie palabras injuriosas o torpes; es más, joven juguetón y divertido, se comprometió a no responder a quienes le hablasen de cosas torpes. Por todo esto corrió su fama por toda la provincia, y muchos que le conocían decían que llegaría a ser algo grande.

De este nivel de virtudes naturales fue elevado al de la gracia, pudiendo decirse a sí mismo: «Pues eres generoso y afable con los hombres, de los cuales nada recibes, sino favores transitorios y vanos, justo es que por amor de Dios, que es generosísimo en dar la recompensa, seas también generoso y afable con los pobres». Y desde entonces veía con satisfacción a los pobres y les daba limosna abundantemente. Y, a pesar de ser comerciante, era despilfarrador facilísimo de la opulencia mundana.

Un día en que, embebido en el negocio, estaba al mostrador en que vendía telas, se le presentó un pobre que le pedía limosna por amor de Dios; mas, cautivado como estaba por el ansia de riquezas y por las preocupaciones del comercio, le negó la limosna. Iluminado luego por la gracia divina, se reconvino a sí mismo de censurable rusticidad, diciéndose: «Si el pobre te hubiera pedido algo en nombre de algún gran conde o barón, de seguro que se lo hubieras dado; pues ¡con cuánta más razón debiste hacerlo por el Rey de reyes y Señor de todo!»

Como consecuencia, propuso en su corazón no negar nada en adelante a quien le pidiera algo por amor de tan gran Señor.

Capítulo II
Cómo cayó prisionero en Perusa
y dos visiones que tuvo al querer hacerse caballero

4. Cuando la guerra entre las ciudades de Perusa y Asís (3), fueron apresados Francisco y otros muchos conciudadanos suyos. Pero como era noble por sus costumbres, lo tuvieron junto con los caballeros.

Un día en que sus compañeros de cautiverio estaban tristes, él, que de su natural era alegre y jovial, lejos de aparecer ceñudo, se mostraba, más bien, dicharachero y gozoso. Uno de ellos le afeó su proceder, cual propio de insensatos, pues se alegraba estando encarcelado. A esto respondió Francisco con voz firme: «¿Qué os figuráis de mí? Todavía he de ser honrado en el mundo entero». Como uno de los caballeros de su grupo hubiera injuriado a otro cautivo, todos los demás se propusieron hacerle el vacío; sólo Francisco no le negó su compañía y exhortó a los otros a que obraran como él.

Pasado un año y firmada la paz entre las dos ciudades, Francisco volvió a Asís con sus compañeros de prisión.

5. Pocos años después, un noble de Asís se preparó con armas militares para marchar a la Pulla a conquistar dinero y honor. Cuando lo supo Francisco, quiso irse con él; aspiraba a ser armado caballero por un conde de nombre Gentil (cf. LM 1,3 nota); para ello se vistió de las ropas más preciosas que pudo, de suerte que, aun siendo más corto en riquezas que su conciudadano, le aventajaba en que era más largo en prodigalidad.

Cierta noche en que cavilaba, completamente embebido en sus pensamientos, acerca del cumplimiento de sus propósitos y ardía en deseos de emprender el viaje, fue visitado por el Señor, que, viéndolo tan ansioso de gloria, lo atrae en visión hacia ella y lo ensalza hasta su cumbre más alta. Durante el sueño de aquella noche se le apareció un personaje que lo llamó por su nombre y lo condujo a un palacio, de una hermosa esposa, amplio y magnífico, lleno de armas militares, tales como relucientes escudos y otras piezas, que pendían de los muros, trofeos todos de glorias militares. Y, admirando gozosamente en silencio qué podría ser eso, preguntó de quién eran armas tan relucientes y palacio tan hermoso. Y tuvo por respuesta que todo aquello más el palacio era suyo y de sus soldados.

Al despertarse por la mañana, se levantó con especial alegría, pensando a lo mundano -como quien no había gustado todavía plenamente del espíritu de Dios- que con todo esto debería ser honrado como un príncipe magnífico. Y, juzgando la visión como presagio de bienandanza, se determinó a hacer el viaje a la Pulla para ser nombrado caballero por el referido conde. Tan inusitado era el gozo que le invadió, que producía admiración en muchos. A los que, extrañados de ello, le preguntaban por los motivos, les respondía: «Sé que he de llegar a ser gran príncipe».

6. Ya el día inmediatamente anterior a la visión mencionada hubo en él un rasgo de gran cortesía y nobleza que se cree pudo acaso ser ocasión de la misma. Todos los vestidos elegantes y costosos que recientemente se había hecho los había regalado aquel mismo día a un caballero pobre.

Luego de emprender el viaje y de haber llegado a Espoleto para continuar hasta la Pulla, se sintió enfermo. Empeñado, con todo, en llegar hasta la Pulla, se echó a descansar, y, semidormido, oyó a alguien que le preguntaba a dónde se proponía caminar. Y como Francisco le detallara todo lo que intentaba, aquél añadió: «¿Quién te puede ayudar más, el señor o el siervo?» Y como respondiera que el señor, de nuevo le dijo: «¿Por qué, pues, dejas al señor por el siervo, y al príncipe por el criado?» Y Francisco contestó: «Señor, ¿qué quieres que haga?» «Vuélvete -le dijo- a tu tierra, y allí se te dirá lo que has de hacer, porque la visión que has visto es preciso entenderla de otra manera».

Cuando se despertó empezó a pensar con suma diligencia en la visión. Y así como en la primera visión había quedado como fuera de sí por la gran alegría y soñando en prosperidad temporal, en ésta, en cambio, se recogió todo él interiormente, maravillado de la fuerza de la visión; y con tal viveza la meditó, que aquella noche no pudo reconciliar el sueño.

Luego que amaneció, alegre y sumamente gozoso se volvió a Asís a toda prisa, esperando se le declarara la voluntad del Señor, que le había mostrado estas cosas, y aguardando a que el mismo Señor le descubriera sus designios acerca de su salvación. Y, cambiando por completo de parecer, desistió de ir a la Pulla, deseoso de conformarse a la voluntad divina.

Capítulo III
Cómo el Señor visitó primero su corazón con admirable dulcedumbre,
y en virtud de ella empezó a progresar
por medio del desprecio de sí mismo y de todas las vanidades
y por medio de la práctica de la oración,
de las limosnas y del amor a la pobreza

7. Al cabo de no muchos días de su regreso a Asís, una tarde fue elegido por sus compañeros jefe de cuadrilla para que a su gusto hiciera los gastos (4). Mandó entonces preparar una opípara merienda, como tantas veces lo había hecho.

Cuando después de merendar salieron de la casa, los amigos se formaron delante de él e iban cantando por las calles; y él, con el bastón en la mano como jefe, iba un poco detrás de ellos sin cantar y meditando reflexivamente. Y sucedió que súbitamente lo visitara el Señor, y su corazón quedó tan lleno de dulzura, que ni podía hablar, ni moverse, ni era capaz de sentir ni de percibir nada, fuera de aquella dulcedumbre. Y quedó de tal suerte enajenado de los sentidos, que, como él dijo más tarde, aunque lo hubieran partido en pedazos, no se hubiera podido mover del lugar.

Como los amigos miraran atrás y le vieran bastante alejado de ellos, se volvieron hasta él; atemorizados, lo contemplaban como hombre cambiado en otro. Uno de ellos le preguntó, diciéndole: «¿En qué pensabas, que no venías con nosotros? ¿Es que piensan, acaso, casarte?» A lo cual respondió vivazmente: «Decís verdad, porque estoy pensando en tomar una esposa tan noble, rica y hermosa como nunca habéis visto otra». Pero ellos lo tomaron a chacota. Él, sin embargo, no lo dijo por sí, sino inspirado por Dios; porque la dicha esposa fue la verdadera religión que abrazó, entre todas la más noble, la más rica y la más hermosa en su pobreza.

8. Desde este momento empezó a mirarse como vil y a despreciar todo aquello en que antes había tenido puesto su corazón; todavía no de una manera plena, pues aún no había logrado librarse del todo de las vanidades mundanas. Mas, apartándose poco a poco del bullicio del siglo, se afanaba por ocultar a Jesucristo en su interior, y, queriendo ocultar a los ojos de los burlones aquella margarita que deseaba comprar a cambio de vender todas las cosas, se retiraba frecuentemente y casi a diario a orar en secreto. A ello le instaba, en cierta manera, aquella dulzura que había pregustado; visitábalo con frecuencia, y, estando en plazas u otros lugares, lo arrastraba a la oración.

Aunque ya de tiempo atrás era dadivoso con los pobres, sin embargo, desde entonces se propuso en su corazón no negar la limosna a ningún pobre que se la pidiese por amor de Dios, sino dársela con mayor liberalidad y abundancia de lo que acostumbraba. Así, siempre que algún pobre le pedía limosna hallándose fuera de casa, le socorría con dinero, si podía; si no llevaba dinero, le daba siquiera la gorra o el cinto, para que no marchara con las manos vacías. Mas, si no tenía nada de eso, se apartaba a un lugar oculto, se desnudaba de la camisa, y hacía ir con disimulo al pobre a ese lugar para que por Dios la recogiera. También compraba objetos propios para el decoro de las iglesias y secretamente los enviaba a los sacerdotes pobres.

9. Cuando, en ausencia de su padre, se quedaba en casa, aunque comiese él solo con su madre, partía para la mesa tanto pan como si la preparara para toda la familia. Si la madre le preguntaba por qué ponía tanto pan en la mesa, respondía que lo hacía así para poder dar limosna a los pobres, porque había hecho propósito de dar limosna a todo el que se la pidiera por amor de Dios. Su madre, que le amaba más que a los demás hijos, le permitía obrar así, no sin observar lo que hacía y admirándolo detenidamente en su corazón.

Pues así como antes le gustaba salir con los amigos cuando lo llamaban y tanto le atraía su compañía que muchas veces se levantaba de la mesa a medio comer, causando gran pena a sus padres por estas intempestivas salidas, así ahora tenía todo su corazón pendiente de ver u oír a algún pobre para darle limosna.

10. Trocado así por la gracia divina, aunque vestía todavía de seglar, deseaba estar en alguna ciudad donde, pasando por desconocido, pudiera despojarse de sus ropas para vestirse de préstamo con las de algún pobre y probar lo que era pedir limosna por amor de Dios.

Y sucedió que por entonces fuera como peregrino a Roma. Y, entrando en la iglesia de San Pedro, se paró a observar que los donativos de algunos eran exiguos, y se dijo para sí: «Mereciendo el príncipe de los apóstoles ser honrado con magnificencia, ¿cómo es que éstos ofrecen limosnas tan escasas en la iglesia donde reposa su cuerpo?» Y así, con gran fervor, metiendo la mano en su bolsa, la sacó con cuantas monedas pudo arramblar, y, echándolas por la ventanilla del altar, produjeron tanto ruido, que todos los presentes se quedaron admirados de la espléndida limosna.

Saliendo fuera de las puertas de la iglesia, donde había muchos pobres pidiendo limosna, recibió de prestado y secretamente los andrajos de un hombre pobrecillo, y, quitándose sus vestidos, se vistió los de aquél; y se quedó en la escalinata de la iglesia con otros pobres, pidiendo limosna en francés, pues le gustaba hablar esta lengua aunque no la hablaba correctamente.

Después, despojándose de estos vestidos del pobre, se vistió los suyos y retornó a Asís; y empezó a pedir al Señor que se dignara dirigir sus pasos. A nadie manifestaba su secreto, ni se valía en todo esto de otro consejo que el de sólo Dios, que había comenzado a dirigir sus pasos, y, a veces, del que pudiera darle el obispo de Asís. Es que entonces no veía en ninguno la verdadera pobreza, que buscaba por encima de todas las cosas de este mundo y en la cual deseaba vivir y morir.





Capítulo IV
Cómo empezó a vencerse a sí mismo con los leprosos
y a sentir dulzura en lo mismo que antes le causaba amargura

11. Como cierto día rogara al Señor con mucho fervor, oyó esta respuesta: «Francisco, es necesario que todo lo que, como hombre carnal, has amado y has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas, si quieres conocer mi voluntad. Y después que empieces a probarlo, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirá para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa».

Alegre y confortado con estas palabras del Señor, yendo un día a caballo por las afueras de Asís, se cruzó en el camino con un leproso. Como el profundo horror por los leprosos era habitual en él, haciéndose una gran violencia, bajó del caballo, le dio una moneda y le besó la mano. Y, habiendo recibido del leproso el ósculo de paz, montó de nuevo a caballo y prosiguió su camino. Desde entonces empezó a despreciarse más y más, hasta conseguir, con la gracia de Dios, la victoria total sobre sí mismo.

A los pocos días, tomando una gran cantidad de dinero, fue al hospital de los leprosos, y, una vez que hubo reunido a todos, les fue dando a cada uno su limosna, al tiempo que les besaba la mano. Al salir del hospital, lo que antes era para él repugnante, es decir, ver y palpar a los leprosos, se le convirtió en dulzura. De tal manera le echaba atrás el ver los leprosos, que, como él dijo, no sólo no quería verlos, sino que evitaba hasta el acercarse al lazareto. Y si alguna vez le tocaba pasar cerca de sus casas o verlos, aunque la compasión le indujese a darles limosna por medio de otra persona, siempre lo hacía volviendo el rostro y tapándose las narices con las manos. Mas por la gracia de Dios llegó a ser tan familiar y amigo de los leprosos, que, como dice en su testamento, entre ellos moraba y a ellos humildemente servía.

12. Transformado hacia el bien después de su visita a los leprosos, decía a un compañero suyo, al que amaba con predilección y a quien llevaba consigo a lugares apartados, que había encontrado un tesoro grande y precioso. Lleno de alegría este buen hombre, iba de buen grado con Francisco cuantas veces éste lo llamaba. Francisco lo llevaba muchas veces a una cueva cerca de Asís, y, dejando afuera al compañero que tanto anhelaba poseer el tesoro, entraba él solo; y, penetrado de nuevo y especial espíritu, suplicaba en secreto al Padre, deseando que nadie supiera lo que hacía allí dentro, sino sólo Dios, a quien consultaba asiduamente sobre el tesoro celestial que había de poseer.

Advirtiendo esto el enemigo del género humano, se esforzó en apartar a Francisco del bien emprendido haciéndole presa de temores y miedos. Había en Asís una mujer con una joroba muy deforme, y el demonio, apareciéndose al varón de Dios, le representaba la contrahecha mujer y le amenazaba con la maldición de semejante joroba si no desistía de su propósito. Pero el valerosísimo caballero de Cristo, con menosprecio de las amenazas del diablo, oraba con fervor dentro de la cueva para que Dios se dignara encaminar sus pasos.

Sufría grandes padecimientos y perplejidad de alma, y no podría descansar hasta que viera realizado el ideal concebido; era sacudido por diversos pensamientos que se iban sucediendo y perturbado duramente por su impertinencia. Ardía, con todo, en su interior el fuego divino, y no podía ocultar exteriormente el ardor de su alma; se dolía de haber pecado tan gravemente; ya no le deleitaban los males pasados ni presentes, pero todavía no había recibido la seguridad de preservarse de los futuros. Por eso, cuando salía de la cueva e iba donde su compañero, parecía transformado en otro hombre.

Capítulo V
Cómo le habló por primera vez el crucifijo y cómo desde entonces
llevó en su corazón la pasión de Cristo hasta su muerte

13. Un día en que invocaba con más fervor la misericordia de Dios, le manifestó el Señor que en breve se le diría lo que había de hacer. Con esto se llenó de tal gozo, que, no pudiendo contener la alegría, aun sin querer decía al oído de los hombres algo de estos secretos. Pero hablaba con cautela y enigmáticamente, diciendo que no quería ir a la Pulla y que en su patria llevaría a cabo cosas grandes y nobles.

Sus compañeros, que lo veían tan cambiado y tan alejado de ellos en sus pensamientos, aunque a veces los acompañara corporalmente, de nuevo le preguntaron, como chanceándose: «Pero ¿es que piensas en casarte, Francisco?» A lo que contestó con palabras enigmáticas, como arriba queda dicho.

A los pocos días, cuando se paseaba junto a la iglesia de San Damián, percibió en espíritu que le decían que entrara a orar en ella. Luego que entró se puso a orar fervorosamente ante una imagen del Crucificado, que piadosa y benignamente le habló así: «Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala». Y él, con gran temblor y estupor, contestó: «De muy buena gana lo haré, Señor». Entendió que se le hablaba de aquella iglesia de San Damián, que, por su vetusta antigüedad, amenazaba inminente ruina. Con estas palabras fue lleno de tan gran gozo e iluminado de tanta claridad, que sintió realmente en su alma que había sido Cristo crucificado el que le había hablado.

Saliendo de la iglesia, encontró a un sacerdote sentado junto a ella, y, metiendo la mano en su bolsa, le ofreció cierta cantidad de dinero, diciéndole: «Te ruego, señor, que compres aceite y cuides de que luzca continuamente una lámpara ante este crucifijo. Y, cuando se acabe este dinero, yo te daré de nuevo lo que fuere necesario para lo mismo».

14. Desde aquel momento quedó su corazón llagado y derretido de amor ante el recuerdo de la pasión del Señor Jesús, de modo que mientras vivió llevó en su corazón las llagas del Señor Jesús, como después apareció con toda claridad en la renovación de las mismas llagas admirablemente impresas en su cuerpo y comprobadas con absoluta certeza.

Después fueron tantas las mortificaciones con que maceró su cuerpo, que, así sano como enfermo, fue austerísimo y apenas o nunca condescendió en darse gusto. Por esto, estando ya para morir, confesó que había pecado mucho contra el hermano cuerpo.

Un día iba solo cerca de la iglesia de Santa María de la Porciúncula llorando y sollozando en alta voz. Un hombre espiritual que lo oyó, pensó que sufriría alguna enfermedad o dolor. Y, movido de compasión, le preguntó por qué lloraba. Y él le contestó: «Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo». Y el buen hombre comenzó, asimismo, a llorar, juntamente con él, también en alta voz.

Muchas veces, cuando se levantaba de orar, aparecían sus ojos recargados de sangre, porque había llorado amargas lágrimas. Y no sólo se afligía llorando, sino que se privaba de comida y de bebida en memoria de la pasión del Señor.

15. Así, cuando se sentaba a la mesa de seglares y le presentaban viandas gustosas al paladar, apenas las probaba, alegando alguna excusa para que no pareciese que las dejaba por mortificación. Y, cuando comía con los hermanos, muchas veces echaba ceniza en la comida, diciéndoles, como tapadera de su mortificación, que la hermana ceniza es casta.

Una vez que se sentó a comer le dijo un hermano que la Santísima Virgen era tan pobrecilla, que a la hora de comer no tenía nada que dar a su Hijo. Oyendo esto el varón de Dios, suspiró con gran angustia, y, apartándose de la mesa, comió el pan sobre la desnuda tierra.

Muchas veces, cuando se sentaba a comer, al poco de empezar se paraba y ni comía ni bebía, suspendido en la consideración de cosas celestiales; entonces no quería que le importunaran con palabras, y exhalaba profundos suspiros del corazón. Avisaba a sus hermanos que siempre que le oyeran dar tales suspiros, alabaran a Dios y rogaran por él con fidelidad.

Hemos dicho incidentalmente estas cosas acerca de sus llantos y abstinencias para demostrar que, desde la visión y alocución de la imagen del crucifijo, fue hasta su muerte imitador de la pasión de Cristo.

Capítulo VI
Cómo primeramente huyó de la persecución
de su padre y de sus parientes
cuando vivía con el sacerdote de San Damián,
en cuya ventana había arrojado cierta cantidad de dinero

16. Con gran alegría se levantó de la sobredicha visión y alocución del crucifijo, protegiéndose con la señal de la cruz; montó en el caballo con telas de diversos colores y llegó a la ciudad que se llama Foligno. Aquí vendió el caballo y todo cuanto había llevado, y regresó a continuación a la iglesia de San Damián.

Habiendo encontrado allí al pobrecillo sacerdote, le besó las manos con fe y reverencia, y le ofreció el dinero que llevaba, y le fue contando ordenadamente el propósito que acariciaba. Atónito el sacerdote y asombrado de su repentina conversión, no le quiso creer; y, pensando que se trataba de una burla, tampoco quiso aceptarle el dinero. Mas él se esforzaba con viva insistencia en convencer al sacerdote de lo que le decía y le rogaba con gran interés que le permitiera morar con él.

Accedió, por fin, el sacerdote a que se quedara con él, pero no se dignó recibir el dinero por miedo a sus padres. Por lo cual aquel verdadero despreciador del dinero lo arrojó a una ventana, como si fuera vil polvo.

Como se iba prolongando su permanencia en este lugar, su padre indagaba solícito y preguntaba por el paradero de su hijo; y, como oyese que había cambiado por completo de porte y que vivía de esa manera en aquel lugar, herido súbitamente en lo más íntimo de su corazón y contrariado por los inesperados acontecimientos, llamó a sus amigos y vecinos y marchó a toda prisa a buscarlo.

Mas Francisco, caballero novel de Cristo, tan pronto como se enteró de las amenazas de los que le perseguían y tuvo noticia de la llegada de los mismos, quiso sustraerse a la ira de su padre y se refugio en una cueva oculta que para esto se había preparado, y allí permaneció escondido durante todo un mes. Tan sólo uno de la casa paterna conocía la cueva, en la que ocultamente comía lo que de tanto en tanto se le traía. Allí oraba sin cesar bañado en copiosas lágrimas y pedía al Señor que le librara de esa persecución dañosa e hiciese cumplir con benigno favor sus piadosos deseos.

17. Orando así, continua y ardorosamente con ayunos y lágrimas, y desconfiando de su virtud y fuerza, puso totalmente su confianza en el Señor, que, a pesar de las tinieblas en que estaba envuelto, le había hecho rebosar de inefable alegría y le había inundado de maravillosa claridad.

Enardecido todo él interiormente, salió de la cueva y, animoso, ligero y alegre, emprendió el camino de Asís. Defendido con las armas de la confianza en Cristo y caldeado por el amor divino, recriminándose a sí mismo de desidia y de vano temor, se ofreció a pecho abierto a las manos y acometidas de sus perseguidores.

Y al verlo los que anteriormente le habían conocido, lo afrentaban villanamente, llamándolo loco y demente, y le arrojaban lodo y cantos de las plazas. Contemplándolo tan cambiado de su primitivo porte y consumido por la penitencia corporal, achacaban todo cuanto hacía a desnutrición y locura. Mas el caballero de Cristo, haciéndose el sordo a todo esto, sin claudicar ni titubear por ninguna clase de injurias, daba gracias a Dios.

El rumor de estos sucesos corría por plazas y barrios de la ciudad, y no tardó en llegar a oídos de su padre. Enterado de que tales vilipendios le hacían sus conciudadanos, marchó precipitadamente a buscarlo, no para librarlo de las afrentas, sino para perderlo. Y, sin guardar la menor moderación, se arrojó sobre él como lobo contra la oveja, y, mirándolo con ojos fieros y rostro amenazador, puso con impiedad las manos sobre él. Y, conduciéndolo a su casa, lo encerró durante muchos días en una cárcel tenebrosa, y puso todo su empeño en convencerlo con argumentos y azotes a que volviera a las vanidades del mundo.

18. Mas él, ni conmovido por las palabras ni cansado de la prisión ni de los azotes, todo lo soportaba con admirable paciencia y se mostraba más decidido y valiente para llevar a efecto su santa determinación.

Apremiado su padre por urgente necesidad, tuvo que ausentarse de casa. Entonces su madre, que no aprobaba la conducta de su marido, se quedó sola con el hijo y le habló dulcemente. Mas, como palpara que era imposible hacerle mudar de propósito, se le conmovieron las entrañas y lo soltó de la prisión, dejándolo salir libremente. Francisco, dando gracias a Dios omnipotente, volvió al mismo retiro donde había estado antes; y en uso de mayor libertad, como bien probado en las tentaciones del demonio y aleccionado con las enseñanzas de las mismas, y conseguida una mayor seguridad gracias a las injurias sufridas, caminaba con más independencia y magnanimidad.

Mientras tanto volvió el padre, y, no encontrando allí a su hijo, ensartó pecados a pecados, desatándose en improperios contra su esposa.

19. Después se presentó en el palacio del común y formuló querella ante los cónsules contra su hijo, reclamando que le fuera devuelto el dinero que le había sido sustraído de su casa. Los cónsules, viéndolo tan enojado, citan o mandan llamar por pregón a Francisco para que comparezca ante ellos. Como respuesta al pregón, dijo éste que por la gracia de Dios era ya libre y no estaba bajo la jurisdicción de los cónsules, porque era siervo del solo altísimo Dios. Los cónsules no quisieron hacerle violencia y dieron al padre esta contestación: «Desde que se ha puesto al servicio de Dios ha quedado emancipado de nuestra potestad».

Viendo el padre que nada conseguía de los cónsules, presentó la misma querella ante el obispo de la ciudad. El obispo, empero, discreto y sabio, lo citó en la debida forma para que compareciera y respondiera a la demanda del padre. Francisco contestó así a quien le llevó la citación: «Compareceré ante el señor obispo, que es padre y señor de las almas».

Se presentó, pues, ante el señor obispo, y éste lo recibió con gran alegría. Luego le dijo: «Tu padre está enojado contra ti y muy escandalizado. Si, pues, deseas servir a Dios, devuélvele el dinero que tienes; y como quiera que, tal vez, esté adquirido injustamente, no es agradable a Dios que lo entregues como limosna para obras de la Iglesia, debido a los pecados de tu padre, cuyo furor se mitigará si recibe ese dinero. Hijo, ten confianza en el Señor y obra con hombría y no temas, porque él será tu mejor ayuda y te proporcionará con abundancia todo lo que necesites para las obras de su Iglesia».

20. El varón de Dios se levantó rebosando de alegría y confortado con las palabras del obispo; y, llevando ante él el dinero, le dijo: «Señor, no sólo quiero devolverle con gozo de mi alma el dinero adquirido al vender sus cosas, sino hasta mis propios vestidos». Y, entrando en la recámara del obispo, se desnudó de todos sus vestidos y, colocando el dinero encima de ellos, salió fuera desnudo en presencia del obispo y de su padre y demás presentes y dijo: «Oídme todos y entendedme: hasta ahora he llamado padre mío a Pedro Bernardone; pero como tengo propósito de consagrarme al servicio de Dios, le devuelvo el dinero por el que está tan enojado y todos los vestidos que de sus haberes tengo; y quiero desde ahora decir: Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre Pedro Bernardone». Y entonces se vio que el siervo de Dios llevaba bajo sus vestidos de colores un cilicio a raíz de la carne.

Levantándose su padre, enfurecido de íntimo dolor y de ira, cogió el dinero y todos los vestidos y se los llevó a su casa. Pero aquellos mismos que habían presenciado la escena, se indignaron contra él por no haber dejado ni una mínima prenda a su hijo. Y, movidos a compasión por Francisco, empezaron a llorar abundantemente.

Mas el obispo, considerando atentamente el coraje del varón de Dios y admirando con asombro su fervor y constancia, lo acogió entre sus brazos y lo cubrió con su capa. Comprendía claramente que lo había hecho por inspiración divina y reconocía que en lo que acababa de ver se encerraba no pequeño misterio. Y desde este momento se constituyó en su protector, exhortándolo, animándolo, dirigiéndolo y estrechándolo con entrañas de caridad.

Capítulo VII
Su gran fatiga y pena en la reparación de la iglesia de San Damián
y cómo empezó a vencerse a sí mismo yendo a pedir limosna

21. Despojado el siervo de Dios Francisco de todo lo que es propio del mundo, se consagra a la justicia divina, y, menospreciando su propia vida, se entrega al servicio divino por todos los medios que están a su alcance. De vuelta a la iglesia de San Damián, gozoso y ferviente, se hizo un hábito a manera de ermitaño, y reconfortó al sacerdote de esta iglesia con las mismas palabras con que él había sido confortado por el obispo.

Luego, entrando en la ciudad, como ebrio de espíritu, empieza a cantar alabanzas al Señor por plazas y barrios. Terminadas estas alabanzas, se pone a pedir piedras para reparar la dicha iglesia, diciendo: «Quien me diere una piedra, recibirá una merced; quien me diere dos, dos mercedes tendrá; quien me diere tres, recibirá otras tantas».

Y así, por este estilo, decía otras muchas palabras sencillas con fervor de espíritu; pues, elegido por Dios siendo idiota y simple, se conducía en todo no con palabras elocuentes de humana sabiduría, sino con absoluta sencillez. Muchos se burlaban de él, teniéndolo por loco; otros, movidos a piedad, no podían dejar de llorar al ver que en tan poco tiempo había llegado de tanta liviandad y vanidad mundanas a tanta hartura de amor de Dios. Pero él, menospreciando las burlas, daba gracias a Dios con gran fervor de espíritu.

Cuánto hubo de trabajar en la reparación de la iglesia, sería largo y difícil de contar. Porque él, que había vivido en casa de su padre rodeado de delicadezas, transportaba sobre sus hombros las piedras, soportando mil suertes de penalidades en el servicio de Dios.

22. El referido sacerdote, viendo aquel trabajo, es decir, con qué ánimo tan fervoroso trabajaba sobre sus fuerzas en el divino servicio, procuraba, aunque pobrecillo, prepararle algo especial en las comidas, pues sabía que en el siglo había vivido entre delicadezas. Porque, como más tarde manifestó el mismo siervo de Dios, comía frecuentemente cosas escogidas y bien condimentadas y se abstenía de comidas que no fueran así.

Como quiera que un día se detuviese a reflexionar sobre lo que el sacerdote hacía por él, hablándose a sí mismo, se dijo: «¿Encontrarás en cualquier lugar a que vayas un sacerdote como éste, que te trate con tan obsequiosa atención? No es ésta la vida de hombre pobre que has resuelto elegir; sino que como el pobre, que, yendo de puerta en puerta, lleva en su mano el plato y, obligado por la necesidad, mezcla en él diversos alimentos, así es preciso que voluntariamente vivas por amor de Aquel que nació pobre, vivió pobrísimamente en el mundo y quedó desnudo y pobre en el patíbulo y fue sepultado en sepulcro ajeno».

Y, decidido, tomó un plato, marchó a la ciudad y fue pidiendo limosna de puerta en puerta. Luego que mezcló en la escudilla los diversos alimentos, muchos que conocían la delicadeza con que había vivido quedaron maravillados al ver el admirable cambio que había hecho, hasta menospreciarse de aquella manera. Mas, cuando se puso a comer aquella bazofia, su primer impulso fue de asco, porque no sólo no tenía costumbre de comer aquellos comistrajos, pero ni los podía ver. Pero, haciéndose violencia, empezó a comer, y le pareció que ni en las comidas más exquisitas había experimentado jamás tanto placer.

Con esto se regocijó de tal manera en el Señor, que su cuerpo, débil y extenuado, sintió fortaleza para sobrellevar por el Señor con alegría todo lo más áspero y amargo.

Y dio gracias a Dios por haberle cambiado lo amargo en dulce y por haberle confortado de múltiples maneras. Y pudo decir al presbítero aquel que en adelante no preparara ni hiciera preparar para él manjar alguno.

23. Su padre, en cambio, viéndolo en tan abyecta condición, se requemaba de sentimiento; y, por lo mismo que le había amado mucho, se avergonzaba tanto y tanto sufría al contemplar la carne de su hijo extenuada por la excesiva penitencia y por el frío, que dondequiera que lo encontraba lo maldecía.

Dándose cuenta el varón de Dios de las maldiciones de su padre, se buscó un hombre pobrecillo y humilde que hiciera de padre, y le dijo: «Ven conmigo y repartiré contigo las limosnas que me den. Y cuando vieres que mi padre me maldice y yo te dijere a ti: "Padre, bendíceme", tú harás sobre mí la señal de la cruz y me bendecirás en vez de él». Así, cuando aquel pobre hombre le daba la bendición, el varón de Dios decía a su padre: «¿No piensas que Dios puede darme un padre que me bendiga contra tus maldiciones?»

Por otra parte, muchos que primero se burlaban de él, viendo que sobrellevaba con tanta paciencia los insultos y escarnios, quedaban profundamente admirados. Y sucedió que un día de invierno, como estuviera a la mañana haciendo oración cubierto con escasa ropa y muy pobre, acertó a pasar cerca de él su hermano carnal, y, dirigiéndose a un vecino, le dijo con ironía: «Ve y di a Francisco que te venda un céntimo siquiera de sudor». Al oírlo el varón de Dios, inundado del gozo de la salvación, le dijo en francés con fervor de espíritu: «Yo venderé muy caro este sudor a mi Señor».

24. Mientras trabajaba asiduamente en reparar la iglesia antes mencionada, deseando que luciera de continuo en ella una lámpara, salía a la ciudad a pedir aceite. Al acercarse a una casa y ver que estaba reunido un grupo de hombres jugando, sintió vergüenza de pedir limosna ante ellos y retrocedió. Reflexionando al pronto, se censuró de pecado y volvió corriendo al lugar donde se desarrollaba el juego y confesó delante de todos su culpa por haberse avergonzado de pedir limosna por respeto humano. Y, llegándose a aquella casa con ánimo ferviente y hablando en francés, pidió, por amor de Dios, aceite para alumbrar la lámpara de la dicha iglesia.

Continuando con otros trabajadores la obra a que nos hemos referido, lleno de gozo espiritual y con voz bien puesta, clamaba dirigiéndose a los que vivían y pasaban cerca de la iglesia, y les decía en francés: «Venid y prestadme ayuda en la obra de la iglesia de San Damián, que ha de ser monasterio de señoras, con cuya fama y vida será glorificado en la Iglesia universal nuestro Padre que está en el cielo». ¡Es de admirar cómo, lleno de espíritu profético, predijo verdaderamente el futuro! Porque éste es el lugar sagrado donde la gloriosa Religión y preclarísima Orden de las señoras pobres y vírgenes santas tuvo su feliz comienzo por mediación del bienaventurado Francisco, a los seis años apenas de su conversión. La vida admirable de estas señoras y su glorioso instituto quedaron plenamente confirmados con la autoridad de la Sede Apostólica por el señor papa Gregorio IX, de santa memoria, que a la sazón era obispo de Ostia (5).

Capítulo VIII
Cómo, luego de haber escuchado y entendido
los consejos de Cristo en el Evangelio, cambió su estado externo,
e interior y exteriormente se vistió de nuevo hábito de perfección

25. Cuando el bienaventurado Francisco acabó la obra de la iglesia de San Damián, vestía hábito de ermitaño, llevaba bastón y calzado y se ceñía con una correa. Habiendo escuchado un día en la celebración de la misa lo que dice Cristo a sus discípulos cuando los envía a predicar, es a saber, que no lleven para el camino ni oro ni plata, ni alforja o zurrón, ni pan ni bastón, y que no usen calzado ni dos túnicas; y como comprendiera esto más claro por la explicación del sacerdote, dijo transportado de indecible júbilo: «Esto es lo que ansío cumplir con todas mis fuerzas».

Y, grabadas en la memoria cuantas cosas había escuchado, se esforzó en cumplirlas con alegría: se despojó al momento de los objetos duplicados y no usó en adelante de bastón, calzado, zurrón o alforja; y, haciéndose él una túnica muy basta y rústica, abandonó la correa y se ciñó con una cuerda. Adhiriéndose de todo corazón a las palabras de nueva gracia y pensando en cómo llevarlas a la practica, empezó, por impulso divino, a anunciar la perfección del Evangelio y a predicar en público con sencillez la penitencia. Sus palabras no eran vanas ni de risa, sino llenas de la virtud del Espíritu Santo, que penetraban hasta lo más hondo del corazón y con vehemencia sumían a los oyentes en estupor.

26. Como más tarde él mismo atestiguó (Test 23), había aprendido, por revelación divina, este saludo: «El Señor te dé la paz». Por eso, en toda predicación suya iniciaba sus palabras con el saludo que anuncia de la paz.

Y es de admirar -y no se puede admitir sin reconocer en ello un milagro- que antes de su conversión había tenido un precursor, que para anunciar la paz solía ir con frecuencia por Asís saludando de esta forma: «Paz y bien, paz y bien». Se creyó firmemente que así como Juan, que anuncio a Cristo, desapareció al empezar Cristo a predicar, de igual manera este precursor, cual otro Juan, precedió al bienaventurado Francisco en el anuncio de la paz y no volvió a comparecer cuando éste estuvo ya presente.

Dotado de improviso el varón de Dios del espíritu de los profetas, en cuanto desapareció su heraldo, comenzó a anunciar la paz, a predicar la salvación; y muchos que habían permanecido enemistados con Cristo y alejados del camino de la salvación, se unían en verdadera alianza de paz por sus exhortaciones.

27. Cuando fueron conociendo ya muchos la verdad tanto de la doctrina sencilla cuanto de la vida del bienaventurado Francisco, hubo algunos que, al cabo de dos años de su conversión, comenzaron a animarse a seguir su ejemplo de penitencia, y, despojados de todos sus bienes, se adhirieron a él con el mismo hábito y en el mismo género de vida. El primero de todos fue el hermano Bernardo, de santo recuerdo.

Reflexionando en la constancia y fervor con que el bienaventurado Francisco servía a Dios, a saber, cómo restauraba con tanto trabajo iglesias derruidas y llevaba una vida tan rigurosa, en contraposición a las delicadezas con que había vivido en el mundo, resolvió en su corazón repartir todo lo que tenía a los pobres y seguirle con firmeza en su vida y modo de vestir.

Cierto día se acercó al varón de Dios secretamente y le reveló su propósito; los dos convinieron en que fuera Francisco una tarde determinada a su casa. Éste dio gracias a Dios y se alegró profundamente, pues no tenía todavía ningún compañero, y, sobre todo, porque el señor Bernardo era de vida muy edificante.

28. Fue, pues, el bienaventurado Francisco a su casa la tarde convenida, todo rebosante de gozo, y quedó con él toda la noche. El señor Bernardo le propuso esto, entre otras cosas: «Si alguno tuviere de su señor muchas o pocas cosas y las hubiese poseído durante muchos años y no las quisiere retener por más tiempo, ¿cuál sería el mejor modo de disponer de ellas?» El bienaventurado Francisco le respondió que debería devolverlas al dueño, del cual las había recibido. El señor Bernardo añadió: «Yo quisiera, hermano, distribuir todos mis bienes temporales, por amor de mi Señor que me los ha dado, como mejor a ti te parezca». A lo cual replicó el Santo: «Mañana muy temprano iremos a la iglesia y conoceremos por el libro de los evangelios lo que el Señor enseñó a sus discípulos».

Se levantaron, pues, muy de mañana y con otro señor llamado Pedro, que también quería hacerse hermano, fueron a la iglesia de San Nicolás, junto a la plaza de la ciudad de Asís. Entraron en ella para hacer oración; y como eran simples y no sabían encontrar el lugar donde habla el Evangelio de la renuncia del siglo, suplicaron al Señor devotamente que, a la primera vez que abrieran el libro, se dignara manifestarles su voluntad.

29. Terminada la oración, el bienaventurado Francisco tomó el libro cerrado y, puesto de rodillas delante del altar, lo abrió, y a la primera vez le salió este consejo del Señor: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo (Mt 19,21).

Descubierto esto, el bienaventurado Francisco se alegró íntimamente y dio gracias a Dios. Pero, como era muy devoto de la Santísima Trinidad, se quiso confirmar con un triple testimonio, abriendo el libro segunda y tercera vez. La segunda vez le salió esto: Nada llevéis en el camino, etc. (Lc 9,3). Y en la tercera: Aquel que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, etc. (Lc 9,23).

El bienaventurado Francisco, tras haber dado gracias a Dios en cada una de las veces que había abierto el libro por la confirmación de su propósito y deseo concebido de hacía tiempo, ahora tres veces manifestada y comprobada divinamente, dijo a los mencionados por varones, Bernardo y Pedro: «Hermanos, ésta es nuestra vida y regla y la de todos los que quisieran unirse a nuestra compañía. Id, pues, y obrad como habéis escuchado».

Marchó el señor Bernardo, que era muy rico, y, una vez que hubo vendido todo lo que tenía y hubo reunido de ello gran cantidad de dinero, lo repartió todo a los pobres de la ciudad. Pedro cumplió también el consejo evangélico según sus posibilidades.

Abandonadas todas las cosas, se vistieron los dos el mismo hábito que hacía poco había vestido el Santo después de dejar el hábito de ermitaño; y desde entonces vivieron unidos según la forma del santo Evangelio que el Señor les había manifestado. Por eso, el bienaventurado Francisco escribió en su testamento: «El mismo Señor me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio».

Capítulo IX
Cómo nació la vocación del hermano Silvestre
y visión que tuvo antes de entrar en la Orden

30. Cuando el señor Bernardo distribuía sus bienes a los pobres -como queda dicho-, estaba presente el bienaventurado Francisco, que, viendo la poderosa obra del Señor, glorificaba y alababa de todo corazón al mismo Señor. Vino entonces un sacerdote llamado Silvestre, a quien el bienaventurado Francisco había comprado unas piedras para la reparación de la iglesia de San Damián. Y, observando que todo el dinero se repartía según el consejo del varón de Dios, enardecido por el fuego de la codicia, le dijo: «Francisco, date cuenta de que no me pagaste bien las piedras que me compraste». Oyendo el despreciador de la avaricia la injusta murmuración del sacerdote, se acercó al señor Bernardo y, metiendo la mano en su capa, donde estaba el dinero, con gran fervor de espíritu la sacó llena de monedas y se las dio al sacerdote quejumbroso. Y, sacando por segunda vez la mano repleta de dinero, le dijo: «¿Estáis bien pagado, señor sacerdote?» Y él respondió: «Lo estoy plenamente, hermano». Y, rebosando de alegría, se fue a casa con el dinero.

31. A los pocos días, el mismo sacerdote, tocado de la gracia de Dios, empezó a reflexionar sobre lo que había hecho el bienaventurado Francisco, y se dijo para sí: «¡Qué hombre tan miserable soy, que, siendo ya anciano, ambiciono y busco las cosas temporales; y él, joven aún, las desprecia y aborrece por amor de Dios! »

A la noche siguiente vio en sueños una gran cruz, cuya cima tocaba los cielos, y cuyo pie se apoyaba en la boca de Francisco, y cuyos brazos se extendían de una a otra parte del mundo.

Cuando se despertó el sacerdote, conoció y firmemente se convenció de que Francisco era un verdadero amigo y siervo de Cristo y que la Religión que empezaba a nacer se había de propagar prontamente por el mundo entero. Así comenzó a sentir el temor de Dios y a hacer penitencia en su casa. Por fin, poco tiempo después, ingresó en la naciente Orden, en la que vivió de manera irreprochable, y su muerte fue gloriosa.

32. El varón de Dios Francisco, que -como hemos dicho (n. 29)- vivía en compañía de estos dos hermanos, no tenía lugar donde morar con ellos, y se trasladaron juntos a una iglesia pobre y abandonada que se llamaba Santa María de la Porciúncula, e hicieron allí una casuca donde poder vivir en común algunas veces.

A los pocos días vino a ellos un varón de Asís, llamado Gil, y, puesto de rodillas, pedía al varón de Dios, con gran reverencia y devoción, que lo recibiera en su compañía. Viendo el varón de Dios que Gil era fidelísimo y devoto y que podía alcanzar muchas mercedes de Dios, como se vio después por los efectos, lo admitió con el mayor agrado. Unidos los cuatro con indecible alegría y gozo del Espíritu Santo, se dispersaron, para su mayor provecho, de la manera siguiente:

33. El bienaventurado Francisco tomó consigo al hermano Gil y se encaminaron a la Marca de Ancona. Los otros dos se dirigieron a otra región. Yendo para la Marca, se regocijaban vehementemente en el Señor, y el santo varón, cantando en francés en voz alta y clara las alabanzas del Señor, bendecía y glorificaba la bondad del Altísimo. Tan íntima era su alegría, que parecía como que hubieran encontrado un gran tesoro en el campo evangélico de la dama Pobreza, por cuyo amor habían dejado libre y gozosamente todas las cosas temporales como si fueran basura.

Dijo el Santo al hermano Gil: «Nuestra Religión será semejante a un pescador que echa sus redes al mar y atrapa gran cantidad de peces, y, dejando los pequeños en el agua, selecciona los grandes para sus banastas». De esta manera profetizó la prodigiosa propagación de la Orden.

Aunque todavía el siervo de Dios no predicaba propiamente al pueblo, sin embargo, cuando pasaba por ciudades y castillos, exhortaba a todos a que amaran y temieran a Dios e hicieran penitencia por sus pecados. Y el hermano Gil amonestaba luego a que dieran fe a lo que Francisco decía, porque les aconsejaba de forma inmejorable.

34. Cuantos los oían decían: «¿Quiénes son éstos y qué es lo que hablan?» Por entonces, el temor y amor de Dios estaban por todas partes como apagados y se desconocía por completo el camino de la penitencia; es más, era considerado como necedad. Porque a tal grado habían llegado los placeres de la carne, la avaricia del mundo y el orgullo de la vida, que todos parecían enredados en las mallas de la triple concupiscencia.

Y por eso se opinaba muy diversamente sobre estos varones evangélicos. Así, unos los tenían por necios y borrachos, otros decían que tales palabras no podían proceder de necedad. Uno de los que los escuchaban dijo: «O se han unido al Señor con deseo de la suma perfección, o en verdad son unos locos, pues su vida parece propia de quien carece de esperanza, cuando apenas se sirven de comida, andan a pie descalzo y se cubren de vilísimos vestidos».

Mientras tanto, aunque algunos se sentían sobrecogidos de temor en vista de la vida que llevaban, ninguno les seguía; las jóvenes, en viéndolos a lo lejos, huían despavoridas, no fuera que se contagiaran de aquella necedad y locura. Y después de haber recorrido aquella provincia, volvieron al lugar de Santa María.

35. Pasados unos días, se llegaron a ellos otros tres varones de Asís, a saber: Sabbatino, Morico y Juan de Capella, pidiendo al bienaventurado Francisco los recibiera entre los hermanos. Él los recibió con humildad y benignamente.

Cuando salían a pedir limosna por la ciudad, apenas ninguno les daba nada; por el contrario, se mofaban de ellos, echándoles en cara que habían dado sus bienes propios para consumir los ajenos; y tenían que pasar mucha penuria. Sus mismos parientes y consanguíneos los hacían blanco de su persecución. Otros ciudadanos hacían burla de ellos, como de memos y locos, porque en aquellos tiempos a nadie se le ocurría dejar sus propios bienes para luego pedir limosna de puerta en puerta.

El obispo de la ciudad de Asís, a quien el varón de Dios acudía con frecuencia para aconsejarse de él, acogiéndole amablemente, le dijo: «Vuestra vida me parece muy rigurosa y áspera al no disponer de nada en el mundo». A lo cual respondió el Santo: «Señor, si tuviéramos algunas posesiones, necesitaríamos armas para defendernos. Y de ahí nacen las disputas y los pleitos, que suelen impedir de múltiples formas el amor de Dios y del prójimo; por eso no queremos tener cosa alguna temporal en este mundo». Al obispo agradó sobremanera la respuesta del varón de Dios, que despreció todo lo caduco de este mundo, y en especial el dinero. En tal grado, que en todas las reglas recomendó principalmente la pobreza y que fueran muy diligentes sus hermanos en rechazar la pecunia.

Escribió, en efecto, varias reglas, que estuvieron como de prueba antes de que escribiera la que, por fin, dejó a sus hermanos; y en una de ellas escribía como execración del dinero: «Guardémonos los que lo hemos dejado todo de perder por tan poquita cosa el reino de los cielos. Y, si en algún lugar encontráramos dinero, no le demos más importancia que al polvo que pisamos» (1 R 8,5-6).

* * * * *

Notas:

1) El capítulo de Génova, en 1244.

2) El manuscrito Vat. 7739, que data del siglo XVI, inserta en este lugar el episodio siguiente:

«El mismo día en que San Francisco, recién nacido, recibió el nombre de Juan, llegó un peregrino a pedir limosna a la puerta de la casa. El peregrino dijo a la criada que le dio la limosna: "Yo quisiera ver al niño que ha nacido hoy, y le ruego que lo traiga para verlo". La criada se excusó; pero él insistía diciendo que, si no, no se marcharía. Ella, enfadada, lo echó fuera y se metió en casa. La señora Pica, considerando el suceso, quedo admirada y mandó a la criada que mostrara el niño al peregrino. Así lo hizo. Y como Simeón en otro tiempo hizo con el Niño Jesús, ahora el peregrino, tomando con alegría y devoción al pequeño Francisco, dijo: "En esta calle han nacido hoy dos niños. El primero, es decir, éste, será de los mejores del mundo, y el otro, de los peores". Por lo que hace a Francisco, la cosa es evidente; por lo que hace al otro, es por lo menos un aviso para muchos».

¿A qué época se remonta la redacción de este episodio? Se encuentra en Bartolomé de Pisa (AF 4 p. 109), en De cognatione sancti Francisci de Arnaldo de Sarrant (MF 42 [1942] p. 125), en un manuscrito de fines del siglo XIII (AF 4 p. 108 n. 2 y en Antonianum 2 [1927] 116 p. 262).

De todas maneras, se trata de una interpolación manifiesta, que resulta todavía más sospechosa por las tentativas que se han hecho por identificar al segundo niño.

3) La guerra entre Perusa y Asís duró de 1202 a 1209, interrumpida por varias treguas. Cf. 2 Cel 4 nota.

4) Todos los detalles recogidos al principio de este capítulo por los Tres Compañeros son exactos. Arnaldo Fortini ha encontrado en los archivos municipales de Asís documentos que demuestran la existencia en Asís, hasta los siglos XV-XVI, de una cuadrilla de jóvenes que se reunían para comer, beber y cantar.

El jefe -o podestà- de esta cuadrilla era elegido y llevaba un bastón como insignia de su mando; debido a este detalle, la cuadrilla era llamada también la «Cuadrilla del bastón». El jefe tenía la potestad de obligar a pagar a uno de los comensales todos los gastos del banquete; mas para que este derecho no llegara a ser origen de excesos, los estatutos municipales habían ordenado que los gastos no debían pasar de 10 sueldos, bajo pena de una multa de 25 libras.

Parece claro que, eligiendo a Francisco como podestà de la cuadrilla, sus compañeros sabían que él, como gran caballero, pagaría la cuenta y que, antes de ordenar arbitrariamente el pago, trataría de pulsar la disposición de los amigos (cf. A. Fortini, Nova Vita di San Francesco II [Asís 1959] p. 115-29).

5) Como la aprobación definitiva no se otorgó sino en 1253 y por Inocencio IV, el P. Van Ortroy ve en esta frase un anacronismo. Ya Paul Sabatier (De l'authenticité..., p. 21) ha refutado este reparo. Entre otros argumentos, él aduce que Inocencio IV en su encíclica Solet annuere, de 13 de noviembre de 1245, dirigida a las clarisas, emplea exactamente la misma frase de los Tres compañeros.

Introducción Leyenda02

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