DIRECTORIO FRANCISCANO
Documentos Eclesiásticos

PARA UNA PASTORAL DE LA CULTURA (23-V-99)
Consejo Pontificio para la Cultura

 

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Parte I
FE Y CULTURA: LÍNEAS DE ORIENTACIÓN

2. La Iglesia, mensajera de Cristo, Redentor del hombre, ha adquirido en nuestro tiempo una nueva conciencia de la dimensión cultural de la persona y de las comunidades humanas. El concilio Vaticano II, en particular la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo y el Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, los Sínodos de los obispos sobre la evangelización en el mundo moderno y sobre la catequesis en nuestro tiempo, recapitulados por las exhortaciones apostólicas Evangelii nuntiandi de Pablo VI y Catechesi tradendae de Juan Pablo II, proponen a este respecto un rico magisterio, concretado por las sucesivas asambleas especiales del Sínodo de los obispos por continentes y las exhortaciones apostólicas post-sinodales del Santo Padre. La inculturación de la fe ha sido objeto de una reflexión en profundidad por parte de la Comisión bíblica pontificia (4) y de la Comisión teológica internacional (5). El Sínodo extraordinario de 1985, con ocasión del vigésimo aniversario de la conclusión del concilio Vaticano II, citado por Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris missio, la presenta como «una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas» (n. 52). El papa Juan Pablo II, en numerosas intervenciones en el curso de sus viajes apostólicos, así como las Conferencias generales del Episcopado latinoamericano en Puebla y Santo Domingo (6), han actualizado y desarrollado esta dimensión nueva de la pastoral de la Iglesia en nuestro tiempo, para llegar a los hombres en su cultura.

El examen atento de los diferentes campos culturales propuestos en este documento muestra la extensión de lo que representa la cultura, ese modo particular que tienen los hombres y los pueblos de cultivar su relación con la naturaleza y con sus hermanos, consigo mismos y con Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana (cf. Gaudium et spes, n. 53). No hay cultura si no es del hombre, por el hombre y para el hombre. Abarca toda la actividad del hombre, su inteligencia y su afectividad, su búsqueda de sentido, sus costumbres y sus recursos éticos. La cultura es tan connatural al hombre, que la naturaleza de éste no alcanza su expresión plena sino mediante la cultura. El cometido esencial de una pastoral de la cultura consiste en devolver al hombre su plenitud de criatura «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26), alejándolo de la tentación antropocéntrica de considerarse independiente del Creador. Así pues -y esta observación es de suma importancia para una pastoral de la cultura-, «no se puede negar que el hombre existe siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar que el hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra parte, el progreso mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las transciende. Este algo es precisamente la naturaleza del hombre. Esta naturaleza es la medida de la cultura y es la condición para que el hombre no sea prisionero de ninguna de sus culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de acuerdo con la verdad profunda de su ser» (Veritatis splendor n. 53).

La cultura, en su relación esencial con la verdad y el bien, no puede brotar únicamente de la experiencia de necesidades, de centros de interés o de exigencias elementales. «La dimensión primera y fundamental de la cultura -subrayaba Juan Pablo II en un discurso a la Unesco-, es la sana moralidad: la cultura moral» (7). «Las culturas, cuando están profundamente enraizadas en lo humano, llevan consigo el testimonio de la apertura típica del hombre a lo universal y a la trascendencia» (Fides et ratio, n. 70). Marcadas por el dinamismo de los hombres y de la historia, en tensión hacia su plenitud (cf. ib., n. 71), las culturas participan también del pecado de aquéllos y, por eso, exigen el necesario discernimiento por parte de los cristianos. Cuando el Verbo de Dios, en la Encarnación, asume la naturaleza humana en su dimensión histórica y concreta, excepto el pecado (Heb 4,15), la purifica y la lleva a su plenitud en el Espíritu Santo. Al revelarse, Dios abre su corazón a los hombres «con hechos y palabras intrínsecamente relacionados entre sí» y les hace descubrir en su lenguaje de hombres los misterios de su amor «para invitarlos a entrar en comunión con Él» (Dei Verbum, n. 2).

La buena noticia del Evangelio para las culturas

3. Para revelarse, entrar en diálogo con los hombres e invitarlos a la salvación, Dios se escogió, de entre el amplio abanico de las culturas milenarias nacidas del genio humano, un pueblo, cuya cultura originaria Él penetró, purificó y fecundó. La historia de la Alianza marca el inicio de una cultura que Dios mismo inspiró a su pueblo. La sagrada Escritura es el medio que Dios quiso utilizar para revelarse, lo cual la eleva a un plano supracultural. «En la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que usaban de todas sus facultades y talentos» (Dei Verbum, n. 11). En la sagrada Escritura, palabra de Dios, que constituye la inculturación originaria de la fe en el Dios de Abraham, Dios de Jesucristo, «la palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano» (ib., n. 13). El mensaje de la revelación, inscrito en la historia sagrada, se presenta siempre revestido de un ropaje cultural del cual es inseparable, pues constituye parte integrante de aquélla. La Biblia, palabra de Dios expresada en el lenguaje de los hombres, representa el arquetipo del encuentro fecundo entre la palabra de Dios y la cultura.

A este respecto, la vocación de Abraham es ilustradora: «Sal de tu tierra y de tu patria, y de la casa de tu padre» (Gn 12,1). «Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la Tierra prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas (...), pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Heb 11,8-10). La historia del pueblo de Dios comienza con una adhesión de fe, que es también una ruptura cultural, para culminar en la Cruz de Cristo, ruptura por excelencia, elevación de la tierra, pero también centro de atracción que orienta la historia del mundo hacia Cristo y convoca en la unidad a los hijos de Dios dispersos: «Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,31).

La ruptura cultural con la cual se inicia la vocación de Abraham, «padre de los creyentes», traduce lo que acontece en lo profundo del corazón del hombre cuando Dios irrumpe en su existencia para revelarse y suscitar el compromiso de todo su ser. Abraham es arrancado de raíz de su humus cultural y espiritual, para ser trasplantado por Dios, mediante la fe, a la Tierra prometida. Más aún, esta ruptura subraya la diferencia fundamental de naturaleza entre la fe y la cultura. Al contrario de los ídolos, que son producto de una cultura, el Dios de Abraham es el totalmente otro. Mediante la revelación entra en la vida de Abraham. El tiempo cíclico de las religiones antiguas ha caducado: con Abraham y el pueblo judío comienza un nuevo tiempo, que convierte la historia de los hombres en camino hacia Dios. No es un pueblo que se fabrica un dios; es Dios que da nacimiento a su pueblo como pueblo de Dios.

Por ello, la cultura bíblica ocupa un puesto único. Es la cultura del pueblo de Dios, en cuyo corazón Él se ha encarnado. La promesa hecha a Abraham culmina en la glorificación de Cristo crucificado. El padre de los creyentes, en tensión hacia el cumplimiento de la promesa, anuncia el sacrificio del Hijo de Dios sobre el leño de la cruz. En Cristo, que vino a recapitular toda la creación, el amor de Dios convoca a todos los hombres a compartir la condición de hijos. El Dios totalmente otro se manifiesta en Jesucristo, totalmente nuestro: «El Verbo del Padre eterno, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (Dei Verbum, n. 13). Así, la fe tiene la capacidad de llegar hasta el corazón de toda cultura para purificarlo, fecundarlo, enriquecerlo y darle la posibilidad de desplegarse según la medida inconmensurable del amor de Cristo. Así, la recepción del mensaje de Cristo suscita una cultura cuyos dos componentes fundamentales son, por una razón totalmente nueva, la persona y el amor. El amor redentor de Cristo revela, más allá de los límites naturales de las personas, su valor profundo, que se manifiesta por la acción de la gracia, don de Dios. Cristo es la fuente de esta civilización del amor, anhelada con nostalgia por los hombres tras la caída en el pecado original, en el jardín del Edén, y que Juan Pablo II, siguiendo de Pablo VI, no cesa de invitarnos a realizar concretamente junto con todos los hombres de buena voluntad. El vínculo fundamental del Evangelio, es decir, de Cristo y de la Iglesia, con el hombre en su humanidad, es creador de cultura en su fundamento mismo. Al vivir el Evangelio, como lo atestiguan dos mil años de historia, la Iglesia esclarece el sentido y el valor de la vida, amplía los horizontes de la razón y afianza los fundamentos de la moral humana. La fe cristiana auténticamente vivida revela en toda su profundidad la dignidad de la persona y la sublimidad de su vocación (cf. Redemptor hominis, n. 10). Desde sus orígenes, el cristianismo se distingue por la inteligencia de la fe y la audacia de la razón. Son testigos de ello pioneros como san Justino o san Clemente de Alejandría, Orígenes y los Padres capadocios. Este encuentro fecundo del Evangelio con las filosofías hasta nuestros días ha sido evocado por Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio (cf. n. 36-48). «El encuentro de la fe con las diversas culturas de hecho ha dado vida a una realidad nueva» (ib., n. 70): crea así una cultura original en los contextos más diversos.

La evangelización y la inculturación

4. La evangelización propiamente dicha consiste en el anuncio explícito del misterio de salvación de Cristo y de su mensaje, pues «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2,4). «Por tanto, es necesario que todos se conviertan a Él, conocido por la predicación de la Iglesia, y por el bautismo sean incorporados a Él y a la Iglesia, que es su Cuerpo» (Ad gentes, n. 7). La novedad que brota incesantemente de la revelación de Dios «con hechos y palabras intrínsecamente relacionados entre sí» (Dei Verbum, n. 2), comunicada por el Espíritu de Cristo que actúa en la Iglesia, expresa la verdad acerca de Dios y la salvación del hombre. El anuncio de Jesucristo, «que es a la vez Mediador y plenitud de toda la revelación» (ibid.), pone de manifiesto los semina Verbi escondidos y a veces como enterrados en el corazón de las culturas, y los abre a la medida misma de la capacidad de infinito que Él ha creado y que viene a colmar en la admirable condescendencia de su Sabiduría eterna (cf. Dei Verbum, n. 13), transformando su proyecto de sentido en aspiración a la trascendencia, y las expectativas en puntos de apoyo para la acogida del Evangelio. Mediante el testimonio explícito de su fe, los discípulos de Jesús impregnan de Evangelio la pluralidad de las culturas.

«Evangelizar significa para la Iglesia llevar la buena nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad (...). Se trata también de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación.

»Lo que importa es evangelizar, no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces, la cultura y las culturas del hombre, en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.

»Ciertamente, el Evangelio, y por consiguiente la evangelización, no se identifican con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Evangelio y evangelización, independientes con respecto a las culturas, no son necesariamente incompatibles con ellas, sino que son capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.

»La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo. (...) De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la buena nueva» (Evangelii nuntiandi, nn. 18-20). Para hacerlo, es necesario anunciar el Evangelio con el lenguaje y la cultura de los hombres.

Esta buena nueva se dirige a la persona humana en su compleja totalidad, espiritual y moral, económica y política, cultural y social. La Iglesia, por ello, no duda en hablar de evangelización de las culturas, es decir, de las mentalidades, de las costumbres, de los comportamientos. «La nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y ordenado para evangelizar la cultura» (Ecclesia in América, n. 70).

Si las culturas, cuya totalidad está constituida por elementos heterogéneos, son cambiantes y caducas, el primado de Cristo y la universalidad de su mensaje son fuente inagotable de vida (cf. Col 1,8-12; Ef 1,8) y de comunión. Los misioneros del Evangelio, portadores de esta novedad absoluta de Cristo al corazón de las culturas, no cesan de rebasar los límites propios de cada cultura, sin dejarse encerrar en las perspectivas terrestres de un mundo mejor. «El reino de Cristo no es de este mundo (cf. Jn 18,36). Por eso, la Iglesia o pueblo de Dios, al hacer presente este reino, no quita ningún bien temporal a ningún pueblo. Al contrario, favorece y asume las cualidades, las riquezas y las costumbres de los pueblos en la medida en que son buenas, y, al asumirlas, las purifica, las desarrolla y las enaltece» (Lumen gentium, n. 13). El evangelizador, cuya fe está ligada a una cultura, ha de dar abierto testimonio del puesto único de Cristo, de la sacramentalidad de su Iglesia, del amor de sus discípulos a todo hombre y a «todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio» (Flp 4,8), lo que implica el rechazo de todo lo que sea fuente o fruto del pecado en el corazón de las culturas.

5. «Un problema ulterior nace de la exigencia, hoy intensamente sentida, de la evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe» (Pastores dabo vobis, n. 55). Una y otra van unidas, en un proceso de mutuo intercambio, que exige el ejercicio permanente de un discernimiento riguroso a la luz del Evangelio, a fin de identificar valores y contravalores presentes en las culturas, construir sobre los primeros y luchar enérgicamente contra los segundos. «Por medio de la inculturación, la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión» (Redemptoris missio, n. 52). La inculturación, «necesaria y esencial» (Pastores dabo vobis, n. 55), alejada tanto del arqueologismo como del mimetismo intramundano, «está llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas». «En este encuentro, las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que, por el contrario, son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica, recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos» (Fides et ratio n. 71).

En sintonía con las exigencias objetivas de la fe y la misión de evangelizar, la Iglesia tiene en cuenta este dato esencial: el encuentro entre la fe y las culturas se realiza entre dos realidades que no son del mismo orden. Por tanto, la inculturación de la fe y la evangelización de las culturas constituyen un binomio que excluye toda forma de sincretismo (8). Ése es «el sentido auténtico de la inculturación. Ésta, ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que proviene de Cristo» (Pastores dabo vobis, n. 55). Los sucesivos Sínodos de los obispos han subrayado la particular importancia que tiene para la evangelización esta inculturación a la luz de los grandes misterios de la salvación: la encarnación de Cristo, su nacimiento, su pasión y Pascua redentora, y Pentecostés, que, por la fuerza del Espíritu, concede a cada uno escuchar en su propia lengua las maravillas de Dios (9). Las naciones convocadas en torno al cenáculo el día de Pentecostés no escuchan en sus respectivas lenguas un discurso sobre sus propias culturas humanas, sino que se sorprenden al oír, cada uno en su lengua, a los Apóstoles anunciar las maravillas de Dios. Si bien es cierto que el mensaje evangélico no se puede aislar pura y simplemente de la cultura en la que está inserto desde el principio, ni tampoco, de las culturas en las que ya se ha expresado, sin embargo, su fuerza es en todas partes transformadora y regeneradora (cf. Catechesi tradendae, n. 53). «El anuncio del Evangelio en las diversas culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les impide conservar una identidad cultural propia (...), favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito hacia su plena explicitación en la verdad» (Fides et ratio, n. 71).

«Teniendo presente la relación estrecha y orgánica entre Jesucristo y la palabra que anuncia la Iglesia, la inculturación del mensaje revelado tendrá que seguir la "lógica" propia del misterio de la Redención (...). Esta kénosis necesaria para la exaltación, itinerario de Jesús y de cada uno de sus discípulos (cf. Flp 2,6-9), es iluminadora para el encuentro de las culturas con Cristo y su Evangelio. Cada cultura tiene necesidad de ser transformada por los valores del Evangelio a la luz del misterio pascual» (Ecclesia in Africa n. 61). La ola dominante de secularismo que se extiende a través de las culturas, a menudo idealiza, con la fuerza de sugestión de los medios de comunicación social, modelos de vida que son la antítesis de la cultura de las Bienaventuranzas y de la imitación de Cristo pobre, casto, obediente y manso de corazón. De hecho, hay grandes obras culturales que se inspiran en el pecado y pueden incitar a él. «La Iglesia, al proponer la buena nueva, denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas; purifica y exorciza los desvalores. Establece, por consiguiente, una crítica de las culturas..., crítica de las idolatrías, es decir, de los valores erigidos en ídolos, de aquellos valores que una cultura asume como absolutos, sin serlo» (10).

Una pastoral de la cultura

6. La pastoral de la cultura, al servicio del anuncio de la buena nueva y, por tanto, del destino del hombre en el designio de Dios, deriva de la misión misma de la Iglesia en el mundo contemporáneo, con una percepción renovada de sus exigencias, expresada por el concilio Vaticano II y los Sínodos de los obispos. La toma de conciencia de la dimensión cultural de la existencia humana entraña una atención particular hacia este nuevo campo de la pastoral. Esta pastoral, anclada en la antropología y la ética cristiana, anima un proyecto cultural cristiano que permite a Cristo, Redentor del hombre, centro del cosmos y de la historia (cf. Redemptor hominis, n. 1), renovar toda la vida de los hombres, abriendo «a su potestad salvadora (...) los extensos campos de la cultura» (11). En este campo, las vías son prácticamente infinitas, pues la pastoral de la cultura se aplica a las situaciones concretas a fin de abrirlas al mensaje universal del Evangelio.

Al servicio de la evangelización, que constituye la misión esencial de la Iglesia, su gracia y su vocación propia, así como su identidad más profunda (cf. Evangelii nuntiandi, n. 14), la pastoral, en busca de «las formas más adecuadas y eficaces de comunicar el mensaje evangélico a los hombres de nuestro tiempo» (ib., n. 40), conjuga medios complementarios: «La evangelización, hemos dicho, es un paso complejo, con elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado. Estos elementos pueden parecer contrastantes, incluso exclusivos. En realidad son complementarios y mutuamente enriquecedores. Hay que ver siempre cada uno de ellos integrado con los otros» (ib., n. 24).

Una evangelización inculturada, gracias a una pastoral concertada, permite a la comunidad cristiana recibir, celebrar, vivir, traducir su fe en su propia cultura, en «la compatibilidad con el Evangelio y la comunión con la Iglesia universal» (Redemptoris missio, n. 54). Y, al mismo tiempo, traduce el carácter absolutamente nuevo de la revelación en Jesucristo y la exigencia de conversión que brota del encuentro con el único Salvador: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5).

De ahí la importancia de la tarea propia de los teólogos y los pastores para la fiel inteligencia de la fe y el discernimiento pastoral. La apertura con la que tienen que abordar las culturas, «sirviéndose de conceptos y lenguas de los diversos pueblos» (Gaudium et spes, n. 44) para expresar el mensaje de Cristo, no puede renunciar a un discernimiento exigente frente a los grandes y graves problemas que surgen de un análisis objetivo de los fenómenos culturales contemporáneos, cuyo peso no puede ser ignorado por los pastores, pues está en juego la conversión de las personas y, a través de ellas, de las culturas, la cristianización del ethos de los pueblos (cf. Evangelii nuntiandi, n. 20).


(4) Comisión Bíblica Pontificia, Fe y cultura a la luz de la Biblia, Editrice Elle Di Ci, Leumann, 1981.

(5) Comisión Teológica Internacional, La fe y la inculturación. Documento 1987, n. 11.

(6) Puebla, La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina, 1979, nn. 385-436; Santo Domingo: Nueva evangelización, promoción humana, cultura cristiana, 1992, nn. 228-286.

(7) Juan Pablo II, Discurso a la Unesco, 2 de junio de 1980, n. 12; L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de junio de 1980, p. 12; Enseñanzas al Pueblo de Dios, 1980 Ib. Madrid-Ciudad del Vaticano 1982, p. 848.

(8) Cf. Indiferentismo y sincretismo. Desafíos y propuestas pastorales para la nueva evangelización de América Latina. Simposio, San José de Costa Rica, 19-23 de enero 1992. Celam, Bogotá, 1992.

(9) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo, o. c., n. 230.

(10) Cf. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla, o.c., n. 405.

(11) Juan Pablo II, Homilía de la misa de la solemne inauguración del pontificado, 22 de octubre de 1978, n.5; L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de octubre de 1978, p. 4; Insegnamenti I (1978) 35-41.

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