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| DÍA 9 DE DICIEMBRE
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* * * San Cipriano de Genouillac. Abad del monasterio de Genouillac, cerca de Périgueux (Aquitania, Francia), en el siglo VI. San Gregorio de Tours refiere que obró muchos milagros. Santa Gorgonia. Nació en Nacianzo, hija de san Gregorio y de santa Nona, y hermana de san Gregorio Nacianceno y de san Cesáreo. Contrajo matrimonio y fue madre de familia. Se bautizó ya mayor junto con toda su familia, pero de siempre había vivido como cristiana, excelente madre y esposa, austera y devota, caritativa con los pobres, los disminuidos y los huérfanos. Murió en Nacianzo de Capadocia (Turquía) el año 370. Santa Leocadia de Toledo. Tenemos pocos datos históricos sobre su vida. Virgen y mártir, fue inmolada a causa de su fe en Toledo (España) el año 303 ó 304 durante la persecución del emperador Diocleciano. Sobre su tumba se edificó en el siglo VII una basílica en la que se celebraron algunos de los concilios de Toledo, y en la que se enterraron sus metropolitanos. A raíz de la invasión de los árabes, sus restos fueron llevados a Oviedo. San Pedro Fourier. Nació en Mirecourt (Lorena, Francia) el año 1565. A los veinte años ingresó en la abadía de Chaumousey, de Canónigos Regulares del Salvador, y se ordenó de sacerdote en Tréveris (Alemania) en 1589. Amplió sus estudios universitarios y volvió a su abadía en 1595. De 1596 a 1632 regentó la pobrísima parroquia de Mattaincourt, pueblo castigado por la usura, contra la que luchó; creó un fondo para dar préstamos a los obreros y abrió escuelas. Con la beata Teresa de Jesús Leclerc fundó la congregación de Canonesas Regulares de Nuestra Señora para la educación gratuita de las niñas. Además reformó los Canónigos. En la Guerra de los Treinta Años fue amenazado de muerte y tuvo que huir. Se refugió en Gray (Borgoña), donde murió en 1640. San Siro. Primer obispo de Pavía (Lombardía, Italia), en el siglo IV. Beato Agapio José Carrera Comas. Nació en Santa Coloma de Farnés (Gerona) en 1881. Tomó el hábito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en 1897. Ejerció el ministerio en varios centros de La Salle. En 1935 lo nombraron director del colegio de San Hipólito de Voltregá (Barcelona), y allí le sorprendió la persecución religiosa. Los hermanos buscaron alojo en casas del pueblo; ante las amenazas, huyeron al monte; volvieron al pueblo y un grupo se alojó en una casa; los milicianos detuvieron a tres y los fusilaron. El H. Agapio se alojó luego en una pensión de Barcelona. El 9 de diciembre de 1936 los milicianos se lo llevaron. Cuando pidieron información, dijeron que lo habían fusilado. Beato Bernardo María de Jesús Silvestrelli. Nació en Roma el año 1831. Estudió en el Colegio Romano, a los 23 años entró en la Congregación de la Pasión del Señor y en 1855 se ordenó de sacerdote. En el noviciado fue compañero de san Gabriel de la Dolorosa. Su congregación le encomendó diversos cargos y en 1878 lo eligió superior general. Se centró en la consolidación y expansión de los Pasionistas y consiguió la fundación de seis nuevas provincias. Fue exigente a la vez que amable al pedir la observancia religiosa. Muy apreciado por los papas. En 1907, libre de oficios, se retiró al eremitorio de Moricone, provincia de Roma, donde murió en 1911. Beato José Ferrer Esteve. Nació en Algemesí (Valencia, España) el año 1904. En 1917 ingresó en los Escolapios y, cursada la carrera eclesiástica, recibió la ordenación sacerdotal en Albacete el año 1928. Ejerció el ministerio escolapio en varios de sus colegios. Tenía un carácter jovial y un talento especial para la música. Al estallar la persecución religiosa, se refugió en su pueblo natal y allí lo detuvieron los milicianos el 9 de diciembre de 1936. Aquel mismo día, por la noche, lo llevaron al término municipal de Llombay (Valencia) y lo asesinaron a quemarropa al borde de la carretera. Beatas Josefa Laborra y 5 compañeras mártires. Cuando estalló en España la persecución religiosa de 1936, las Hijas de la Caridad de Bétera (Valencia) fueron expulsadas de su comunidad. Cinco de ellas se refugiaron en una pensión de Valencia. Dolores Broseta, laica, que había colaborado y convivido con ellas, les llevaba lo más necesario a su refugio. Siguiéndola, los milicianos localizaron a las hermanas y las detuvieron, junto con Dolores. Después de unos días de prisión, las fusilaron en el Picadero, término de Paterna. Josefa Laborra nació en Sangüesa (Navarra) en 1864. Estuvo 19 años en Cuenca y 35 en el colegio-asilo de Bétera. Destacó por sus atenciones a los ancianos, pobres y enfermos. Eran características suyas la comprensión, la ternura y la prudencia. Carmen Rodríguez nació en Cea (Orense) en 1877. Trabajó en hospitales y en escuelas. Visitaba y cuidaba a los enfermos y ancianos inválidos, y a los niños desatendidos. María del Pilar Nalda nació en Algodonales (Cádiz) en 1871. De joven estudio magisterio y música, corte y confección. Trabajó primero en hospitales y después en la educación; desde 1906 estuvo en Bétera. Era muy amante de los pobres. Estefanía Irisarri nació en Peralta (Navarra) en 1878. Su primer y único destino fue la escuela-asilo de Bétera como maestra de párvulos. Fue una verdadera Hija de la Caridad, abnegada, devota y amante de los pobres. Isidora Izquierdo nació en Páramo del Arroyo (Burgos) en 1885. Hecha la primera profesión, la destinaron a Bétera. Fue excelente pedagoga y buena catequista, creativa e ingeniosa, para los pequeños. Dolores Broseta nació en Bétera en 1892. Ya de joven colaboraba con las Hijas de la Caridad en cuya Compañía intentó profesar; problemas de salud se lo impidieron. Siguió colaborando con las hermanas y, cuando murió su madre en 1925, pasó a vivir interna en el asilo.- Beatificadas el 13-X-2013. Beato Liborio Wagner. Nació en Mülhausen (Turingia, Alemania) el año 1593 en el seno de uno familia luterana. Estudió magisterio y lo ejerció. En Würzburgo conoció a los jesuitas el año 1621, y por influencia de los mismos se convirtió al catolicismo. Optó por el sacerdocio y se ordenó en 1625. Ejerció su ministerio en parroquias en las que predominaban los protestantes, y practicó la caridad tanto con éstos como con los católicos. En la Guerra de los Treinta Años tuvo que pasar a la clandestinidad. Lo arrestaron y lo sometieron a crueles torturas para que apostatara. No lo consiguieron y entonces lo mataron a espada y armas de fuego, cerca de Schonungen, a orillas del río Main (Baviera), el año 1631.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico : «Si el Señor no me hubiera auxiliado, ya estaría yo habitando en el silencio del Seol. Cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene; cuando se multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia» (Sal 93,17-19). Pensamiento franciscano : Escribe Celano sobre las devociones de san Francisco: -Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana (2 Cel 198). Orar con la Iglesia: Dirijamos nuestras voces suplicantes al Señor confiados en la intercesión de María Inmaculada, a la que Él eligió como madre de su Hijo. -Por la Iglesia universal: para que viva sin mancha ni arruga ni nada semejante que enturbie el rostro de Cristo. -Por los jóvenes y adolescentes: para que siguiendo a María, la madre del amor hermoso, se adhieran a los verdaderos valores humanos y cristianos. -Por los enfermos y cuantos sufren: para que encuentren siempre en María el consuelo y la gracia que necesitan. -Por cuantos celebramos el triunfo de Cristo en María: para que, como ella, acojamos la Palabra de Dios y la hagamos fructificar en nuestra vida. Oración: Te pedimos, Señor, que, así como preservaste a María de todo pecado, a nosotros no nos dejes caer en la tentación y nos libres de todo mal. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * MARÍA, MADRE DEL
AMOR HERMOSO Queridos hermanos y hermanas: En el camino del Adviento brilla la estrella de María Inmaculada, «señal de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen gentium, 68). Para llegar a Jesús, luz verdadera, sol que disipó todas las tinieblas de la historia, necesitamos luces cercanas a nosotros, personas humanas que reflejen la luz de Cristo e iluminen así el camino por recorrer. ¿Y qué persona es más luminosa que María? ¿Quién mejor que ella, aurora que anunció el día de la salvación (cf. Spe salvi, 49), puede ser para nosotros estrella de esperanza? Por eso la liturgia nos hace celebrar, cerca de la Navidad, la fiesta solemne de la Inmaculada Concepción de María: el misterio de la gracia de Dios que envolvió desde el primer instante de su existencia a la criatura destinada a convertirse en la Madre del Redentor, preservándola del contagio del pecado original. Al contemplarla, reconocemos la altura y la belleza del proyecto de Dios para todo hombre: ser santos e inmaculados en el amor (cf. Ef 1,4), a imagen de nuestro Creador. ¡Qué gran don tener por madre a María Inmaculada! Una madre resplandeciente de belleza, transparente al amor de Dios. Pienso en los jóvenes de hoy, que han crecido en un ambiente saturado de mensajes que proponen falsos modelos de felicidad. Estos muchachos y muchachas corren el peligro de perder la esperanza, porque a menudo parecen huérfanos del verdadero amor, que colma de significado y alegría la vida. Este era uno de los temas preferidos de mi venerado predecesor Juan Pablo II, el cual propuso en repetidas ocasiones a la juventud de nuestro tiempo a María como «Madre del amor hermoso». Por desgracia, muchas experiencias nos demuestran que los adolescentes, los jóvenes e incluso los niños son víctimas fáciles de la corrupción del amor, engañados por adultos sin escrúpulos que, mintiéndose a sí mismos y a ellos, los atraen a los callejones sin salida del consumismo. Incluso las realidades más sagradas, como el cuerpo humano, templo del Dios del amor y de la vida, se convierten así en objetos de consumo; y esto cada vez más pronto, ya en la pre-adolescencia. ¡Qué tristeza cuando los muchachos pierden el asombro, el encanto de los sentimientos más hermosos, el valor del respeto del cuerpo, manifestación de la persona y de su misterio insondable! A todo esto nos exhorta María, la Inmaculada, a la que contemplamos en toda su hermosura y santidad. Desde la cruz, Jesús la encomendó a Juan y a todos los discípulos (cf. Jn 19,27), y desde entonces se ha convertido para toda la humanidad en Madre, Madre de la esperanza. A ella le dirigimos con fe nuestra oración. Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana. Que santa María, la Virgen, en esta solemnidad de su Purísima Concepción, tan arraigada en España y Latinoamérica, fortalezca vuestra fe, interceda por vosotros y os indique el camino hacia el reino de su Hijo Jesucristo. * * * LA VIRGEN MARÍA
CONSOLÓ A JUAN DIEGO Exaltó a los humildes (Lc 1,52): Dios Padre puso su mirada en un humilde indígena mexicano, Juan Diego, al que enriqueció con el don de renacer en Cristo, de contemplar el rostro de la bienaventurada Virgen María y de unirlo a la evangelización del continente americano. De esta manera se muestra la verdad que encierran las palabras del Apóstol Pablo cuando enseña el método por el que se lleva a cabo la salvación. Lo plebeyo y despreciable del mundo, lo que no es, Dios lo eligió para vencer lo que es, para que ninguna carne se gloríe en presencia de Dios (1 Co 1,28-29). Este beato que, según la tradición, se llamaba Cuauhtlatoatzin, nombre que significa «águila habladora», nació alrededor del año 1474 en Cuauhtitlan, en el reino conocido comúnmente como Texcoco. Ya adulto y habiendo contraído matrimonio, abrazó el Evangelio y fue bautizado junto con su esposa, dispuesto a vivir a la luz de la fe y de manera coherente con las obligaciones asumidas ante Dios y la Iglesia. En el mes de diciembre del año 1531, cuando caminaba hacia Tlatelolco, en el monte llamado Tepeyac se le apareció la Madre de Dios, que le ordenó que pidiese al obispo mexicano [el franciscano Juan de Zumárraga] que se edificase un templo en el lugar de la aparición. Ante las peticiones insistentes del indígena, el obispo exigió una prueba evidente del extraordinario suceso. El día 12 de diciembre, la bienaventurada Virgen María se volvió a aparecer a Juan Diego, lo consoló y le ordenó que se dirigiese a la cumbre del monte Tepeyac, donde habría de recoger unas flores y regresar con ellas. A pesar del frío invernal y de la aridez del lugar, el bienaventurado encontró unas flores bellísimas, las puso en su capa y las llevó a la Virgen. Ésta le ordenó que las entregase al obispo como señal de la verdad. En presencia del prelado, Juan Diego extendió la capa y dejó caer las flores; en ese momento apareció en el tejido de la capa, milagrosamente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde entonces se convirtió en el centro espiritual de la nación. Cuando se construyó el templo en honor de «la Señora del cielo», el beato, movido de gran piedad, dejó todo y consagró toda su vida a guardar aquel pequeño santuario y a recibir a los peregrinos. Recorrió el camino de la santidad en oración y caridad, sacando las fuerzas del banquete eucarístico de nuestro Redentor, del culto a la Madre del Redentor, de la comunión con la santa Iglesia y de la obediencia a los sagrados Pastores. Cuantos lo pudieron conocer, admiraron el esplendor de sus virtudes, sobre todo la fe, la esperanza, la caridad, la humildad y desprecio de las realidades terrenas. Juan Diego, con la sencillez de su vida cotidiana, guardó fielmente el Evangelio, que no había despreciado su condición indígena, consciente de que Dios no hace distinciones de linaje o de cultura e invita a todos para que sean sus hijos. De esta manera, el beato facilitó el camino para que los indígenas de México y del Nuevo Mundo se encontrasen con Cristo y la Iglesia. Hasta el último día de su vida caminó con Dios, que lo llamó a sí el año 1548. Su recuerdo, que siempre va unido a la aparición de nuestra Señora de Guadalupe, ha trascendido los siglos y ha alcanzado las diversas regiones de la tierra. * * * MARÍA
INMACULADA, 1. La doctrina de la santidad perfecta de María desde el primer instante de su concepción encontró cierta resistencia en Occidente, y eso se debió a la consideración de las afirmaciones de san Pablo sobre el pecado original y sobre la universalidad del pecado, recogidas y expuestas con especial vigor por san Agustín. El gran doctor de la Iglesia se daba cuenta, sin duda, de que la condición de María, madre de un Hijo completamente santo, exigía una pureza total y una santidad extraordinaria. Por esto, en la controversia con Pelagio, declaraba que la santidad de María constituye un don excepcional de gracia, y afirmaba a este respecto: «Exceptuando a la santa Virgen María, acerca de la cual, por el honor debido a nuestro Señor, cuando se trata de pecados, no quiero mover absolutamente ninguna cuestión, porque sabemos que a ella le fue conferida más gracia para vencer por todos sus flancos al pecado, pues mereció concebir y dar a luz al que nos consta que no tuvo pecado alguno» (De natura et gratia, 42). San Agustín reafirmó la santidad perfecta de María y la ausencia en ella de todo pecado personal a causa de la excelsa dignidad de Madre del Señor. Con todo, no logró entender cómo la afirmación de una ausencia total de pecado en el momento de la concepción podía conciliarse con la doctrina de la universalidad del pecado original y de la necesidad de la redención para todos los descendientes de Adán. A esa consecuencia llegó, más tarde, la inteligencia cada vez más penetrante de la fe de la Iglesia, aclarando cómo se benefició María de la gracia redentora de Cristo ya desde su concepción. 2. En el siglo IX se introdujo también en Occidente la fiesta de la Concepción de María, primero en el sur de Italia, en Nápoles, y luego en Inglaterra. Hacia el año 1128, un monje de Cantorbery, Eadmero, escribiendo el primer tratado sobre la Inmaculada Concepción, lamentaba que la relativa celebración litúrgica, grata sobre todo a aquellos «en los que se encontraba una pura sencillez y una devoción más humilde a Dios», había sido olvidada o suprimida. Deseando promover la restauración de la fiesta, el piadoso monje rechaza la objeción de san Agustín contra el privilegio de la Inmaculada Concepción, fundada en la doctrina de la transmisión del pecado original en la generación humana. Recurre oportunamente a la imagen de la castaña, «que es concebida, alimentada y formada bajo las espinas, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos». Incluso bajo las espinas de una generación que de por sí debería transmitir el pecado original -argumenta Eadmero-, María permaneció libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo». A pesar de Eadmero, los grandes teólogos del siglo XIII hicieron suyas las dificultades de san Agustín, argumentando así: la redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. Y si María no hubiera contraído la culpa original, no hubiera podido ser rescatada. En efecto, la redención consiste en librar a quien se encuentra en estado de pecado. 3. Duns Escoto, siguiendo a algunos teólogos del siglo XII, brindó la clave para superar estas objeciones contra la doctrina de la Inmaculada Concepción de María. Sostuvo que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en María el acto de mediación más excelso, preservándola del pecado original. De ese modo, introdujo en la teología el concepto de redención preservadora, según la cual María fue redimida de modo aún más admirable: no por liberación del pecado, sino por preservación del pecado. La intuición del beato Juan Duns Escoto, llamado a continuación el «doctor de la Inmaculada», obtuvo, ya desde el inicio del siglo XIV, una buena acogida por parte de los teólogos, sobre todo franciscanos. Después de que el Papa Sixto IV aprobara, en 1477, la misa de la Concepción, esa doctrina fue cada vez más aceptada en las escuelas teológicas. Ese providencial desarrollo de la liturgia y de la doctrina preparó la definición del privilegio mariano por parte del Magisterio supremo. Ésta tuvo lugar sólo después de muchos siglos, bajo el impulso de una intuición de fe fundamental: la Madre de Cristo debía ser perfectamente santa desde el origen de su vida. 4. La afirmación del excepcional privilegio concedido a María pone claramente de manifiesto que la acción redentora de Cristo no sólo libera, sino también preserva del pecado. Esa dimensión de preservación, que es total en María, se halla presente en la intervención redentora a través de la cual Cristo, liberando del pecado, da al hombre también la gracia y la fuerza para vencer su influjo en su existencia. De ese modo, el dogma de la Inmaculada Concepción de María no ofusca, sino que más bien contribuye admirablemente a poner mejor de relieve los efectos de la gracia redentora de Cristo en la naturaleza humana. A María, primera redimida por Cristo, que tuvo el privilegio de no quedar sometida ni siquiera por un instante al poder del mal y del pecado, miran los cristianos como al modelo perfecto y a la imagen de la santidad (cf. Lumen gentium, 65) que están llamados a alcanzar, con la ayuda de la gracia del Señor, en su vida.
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