DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 2 DE SEPTIEMBRE

 

.

BEATOS MÁRTIRES DE PARÍS ( 1792). En 1926, Pío XI beatificó a 191 mártires de la Revolución Francesa, víctimas en París de las masacres de los días 2 y 3 de septiembre de 1792, por no jurar la Constitución civil del clero que ellos consideraban contraria a la fe y había sido condenada por el Papa. Tres de esos mártires son de la familia franciscana. Juan Francisco Burté nació en Rambervillers (Lorena, Francia) en 1740; a los 16 años entró en los Franciscanos Conventuales de Nancy. Ordenado sacerdote, se dedicó al ministerio, fue nombrado profesor de teología y guardián del convento de Nancy. El año 1778 lo enviaron a París como representante de su Provincia; por su piedad, saber y elocuencia fue nombrado predicador real; además, lo nombraron bibliotecario del «Gran Convento» de París, del que fue elegido guardián en junio de 1792. Y aquel mismo año, el 12 de agosto fue encerrado en el convento de los Carmelitas, y el 2 de septiembre asesinado. Apolinar Morel de Posat nació en 1739 cerca de Friburgo de Suiza. A los 23 años entró en los Capuchinos. Ordenado sacerdote, ejerció el apostolado popular en su tierra, y lo nombraron maestro y profesor de sus estudiantes de teología. Tuvo que sufrir injustas acusaciones de herejía e inmoralidad. Destinado a Siria como misionero, fue a París en 1788 para prepararse. Allí ejerció, además, el apostolado entre los alemanes. Encerrado en el convento de los Carmelitas el 14 de agosto de 1792, fue asesinado el 2 de septiembre del mismo año. Severino (Jorge) Girault nació en Ruán (Normandía, Francia) el año 1728. Tomó el hábito de la Tercera Orden Regular de San Francisco en el convento de su ciudad. Ordenado sacerdote en París el año 1754, ejerció varios cargos de su Orden en Normandía. A partir de 1773 residió en París desempeñando diversos oficios dentro y fuera del convento: secretario general, bibliotecario, asistente del Vicario general, confesor de las Hermanas Franciscanas de Santa Isabel, etc. No sabemos dónde lo apresaron, pero el 2 de septiembre de 1792 estaba en el convento de los Carmelitas, y al parecer fue el primero que recibió allí la palma del martirio.

* * *

San Agrícola de Aviñón. Nació en Aviñón (Francia) hacia el año 630. Era hijo de san Magno, senador que luego se hizo monje y más tarde fue elegido obispo de Aviñón. Estudió en el monasterio de Lérins, donde recibió la ordenación sacerdotal. Su padre lo llamó para que le ayudara en el gobierno de la diócesis y en el 670 le sucedió como obispo de la ciudad. Fue un pastor celoso, predicador constante de la Palabra de Dios, y cuidó de los pobres y de los enfermos. Murió el 2 de septiembre del año 700.

Santos Alberto y Vito. Fueron monjes en el monasterio benedictino de Pontida, provincia de Bérgamo en Italia. Alberto había sido soldado y, a raíz de las heridas sufridas, dejó las armas, peregrinó a Santiago de Compostela, fundó el monasterio de Santiago en su ciudad natal y lo puso bajo la dependencia de Cluny. Después de un tiempo de noviciado en Cluny, sucedió a su compañero Vito o Guido como superior de Pontida, y allí murió hacia el año 1096. Se desconoce cuándo murió san Vito.

San Antonino de Apamea. Este mártir era cantero de oficio en Apamea de Siria. Llevado de su celo religioso, destruyó los ídolos de los paganos, y éstos lo mataron, cuando tenía veinte años. Sucedió en el siglo IV.

San Elpidio. Este santo vivió en el siglo XI en el Piceno (Italia), y dio nombre al pueblo que conserva su venerado cuerpo.

San Habib. Era diácono y fue martirizado en Edesa u Osroene (en la actual Turquía) el año 322. En tiempo del emperador Licinio, el prefecto Lisanias lo condenó a ser arrojado vivo a la hoguera.

San Justo de Lyon. Fue elegido obispo de Lyon (Francia) a mediados del siglo IV. Un asesino, acogiéndose al derecho de asilo, se refugió en la iglesia. Las autoridades aseguraron al obispo que podía entregarlo sin peligro para la vida del delincuente. Pero éste fue ejecutado, lo que llenó de tristeza y remordimientos al obispo. Asistió al concilio de Aquileya del 381 en Italia; después, sin volver a su tierra, renunció a su diócesis y marchó a Egipto para vivir con los monjes del desierto de Estete. Lo acompañó un clérigo de su Iglesia, el lector san Viator. Murió años después y sus restos mortales, junto con los san Viator, fueron sepultados más tarde en Lyon.

San Nonnoso. Abad del monasterio de San Silvestre, que se encuentra en el Monte Soratte, en la provincia de Roma, a la altura de 691 m. Murió hacia el año 570 y san Gregorio Magno narra sus milagros.

San Próspero de Tarragona. Según una tradición, era obispo de Tarragona en España y, cuando el año 711 se produjo la invasión musulmana, huyó con algunos clérigos de su diócesis; pasaron por Cagliari (Cerdeña) y se establecieron en la región de Liguria. El obispo de Génova les permitió erigir una iglesia en honor de san Fructuoso. Murió en Camogli (Liguria, Italia), con fama de santidad, en fecha desconocida.

San Siagrio de Autún. Nació en Autún (Borgoña, Francia), se ordenó de sacerdote y hacia el año 560 fue elegido obispo de su ciudad natal. Tenía fama de santidad y brilló por su ciencia y celo en los concilios en que tomó parte. Luchó contra la simonía y el nicolaísmo, favoreció el vigor de la disciplina eclesiástica, promovió los estudios teológicos, influyó positivamente en el campo de la política y la vida social. Murió el 2 de septiembre del 599 ó 600.

Santa Teodota y sus hijos Evodio, Hermógenes y Calixto. Teodota educó cristianamente a sus hijos. Acusados los cuatro santos mártires por ello y conducidos ante el gobernador romano, confesaron su fe en Cristo, por lo que fueron quemados vivos en Nicea de Bitinia (en la actual Turquía), a comienzos del siglo IV.

San Zenón. Sufrió el martirio en Nicomedia de Bitinia (en la actual Turquía) en el siglo III.

Beato Antonio Franco. Nació de familia noble en Nápoles (Italia) el año 1585. Después de años de estudio, a petición de su padre entró a servir en la corte de Felipe III en Madrid. Recibió la ordenación sacerdotal en 1610. El Rey lo nombró Capellán Real en 1611, y en 1616 lo designó Prelado Ordinario de Santa Lucía del Mela (Mesina, Sicilia), “prelatura nullius” sujeta directamente a la S. Sede. Desde el principio dio muestras de ser un pastor lleno de celo. Cuidó la formación de los sacerdotes. Visitó periódicamente aun las zonas más remotas de la prelatura. Fue humilde y penitente, caritativo con los pobres y enfermos. Murió en Santa Lucía del Mela el 2-IX-1626. Beatificado el 2-IX-2013.

Beato Brocardo. Es uno de los primeros hombres santos del Carmelo. Fue prior de los ermitaños que vivían en Palestina, en el Monte Carmelo, junto a la fuente de Elías, a quienes san Alberto, obispo de Jerusalén, dio en 1210 una Regla y forma de vida para que meditaran día y noche la ley del Señor y permanecieran vigilantes en oración. Murió el año 1231.

Beato Esiquio José (Baldomero) Margenat Puigmitjá. Nació en Salt (Gerona, España) el año 1897. Ingresó en el noviciado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle) en 1911. Estuvo trabajando en diferentes destinos y la persecución religiosa de 1936 lo sorprendió en Fortianell. Todo el personal de esta casa de formación pudo marchar a Francia, y se quedó él solo para cuidar la casa. Cuando los milicianos la saquearon pudo escaparse, pero después de muchas peripecias lo detuvieron los milicianos de la FAI el 2 de septiembre de 1936 y lo asesinaron en el término municipal de Orriols (Gerona). Fue beatificado el año 2007.

Beato Gonzalo Barrón. Nació en Ollauri (La Rioja, España) en 1899. Profesó en la Congregación de los Sagrados Corazones en 1917, y fue ordenado sacerdote en 1923. Era un predicador infatigable y su gran empeño fue extender el reinado del Sagrado Corazón, del que promovió la entronización en el Cerro de los Ángeles, así como la Adoración Nocturna en el Hogar. Cuando lo detuvieron declaró que era sacerdote y que había ido en peregrinación al Cerro de los Ángeles. Lo fusilaron a las afueras de Madrid el 2 de septiembre de 1936. Beatificado el 13-X-2013.

Beata Ingrid Elofsdotter. Nació en Suecia a principios del siglo XIII. Contrajo matrimonio y, cuando quedó viuda, consagró todos sus bienes a la gloria de Dios. Peregrinó a Tierra Santa con su hermana Cristina y otras mujeres piadosas. Al regreso quiso unirse a las monjas dominicas, pero éstas no tenían conventos en Suecia. Siguió viviendo en el mundo, vestida de dominica como si fuera monja. Con sus bienes y en relación con el dominico Pedro de Dacia, pudo inaugurar el año 1281 en Skänninge (Suecia) el monasterio dominicano de San Martín, en el que profesó y en el que murió el 2 de septiembre de 1282.

Beato Juan Franquesa Costa. Nació en Santa Fe de la Segarra (Lérida) en 1867. Profesó en la congregación Hijos de la Sagrada Familia en 1893. Fue ordenado sacerdote en 1896. Trabajó como profesor y educador en varios colegios de su Instituto. Fue un prolífico escritor, poeta, apóstol de la devoción a la Sagrada Familia, confesor, predicador y director de ejercicios espirituales. Cuando estalló la guerra civil se encontraba en Barcelona, y recorrió un verdadero calvario para escapar de la persecución, hasta que lo detuvieron y lo asesinaron en Cervera (Lérida) el 2 de septiembre de 1936. Beatificado el 13-X-2013.

Beatos Juan María de Lau d'Allemans, Francisco José y Pedro Luis de la Rochefoucauld, y 93 compañeros mártires. Estos 96 beatos mártires, que habían sido encerrados en el convento de los Carmelitas de París, fueron asesinados el 2 de septiembre de 1792, porque se negaron a prestar el juramento impío que había impuesto la Revolución Francesa al clero y que el papa Pío VI había condenado solemnemente en 1790. Juan María era arzobispo de Arlés; Francisco José era obispo de Beauvais y su hermano Pedro Luis lo era de Saintes. A este grupo de mártires pertenecían los tres miembros de la Familia Franciscana que hemos recordado más arriba. Todos estos mártires, llamados «de los Carmelitas», eran clérigos o religiosos, y pertenecían a diferentes diócesis o institutos religiosos.

Beato Lorenzo Insa, Operario Diocesano. Nació en Calaceite (Teruel) en 1874. Fue ordenado sacerdote en 1901. Ejerció su ministerio en los seminarios de Zaragoza y de Córdoba como prefecto o como rector. Con su piedad amable y sencilla, sólida y abnegada, logró ser para los seminaristas padre, maestro y modelo de espiritualidad sacerdotal. Cuando estalló la persecución religiosa, estaba de vacaciones en su pueblo. Huyendo fue a parar a Tortosa, a un huerto. Ante el grave peligro para la familia que lo albergaba, se presentó a los milicianos. Lo detuvieron, y en la cárcel fue un apóstol. El 2 de septiembre de 1936 lo fusilaron en el término de Tortosa. Beatificado el 13-X-2013.

Beatos Pedro Jaime María Vitalis y 20 compañeros mártires. También estos 21 mártires franceses, uno diácono y todos los demás sacerdotes en su mayoría seculares, pertenecientes a distintas diócesis y congregaciones, fueron asesinados el 2 de septiembre de 1792, en la abadía de Saint-Germain-des-Prés de París, porque se negaron a prestar el juramento impío que había impuesto la Revolución Francesa, por considerarlo contrario a la fe y a la disciplina de la Iglesia. Fueron beatificados, junto con otros mártires de la Revolución Francesa, por Pío IX el 17 de octubre de 1926.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

De la Carta a los Efesios: «A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo... Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud» (Ef 4,7.11-13).

Pensamiento franciscano:

De las admoniciones de san Francisco: «Consideremos al buen Pastor que, por salvar a sus ovejas, sufrió la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en la vergüenza y el hambre, en la enfermedad y la tentación, y en las demás cosas; y por esto recibieron del Señor la vida sempiterna. De donde es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor» (Adm 6).

Orar con la Iglesia:

Presentemos a Dios nuestras súplicas en el nombre de Jesús, que intercede siempre en nuestro favor.

-Por la Iglesia, en la diversidad de comunidades e instituciones, para que manifieste a los ojos del mundo las riquezas del misterio de Cristo.

-Por las religiosas de vida contemplativa, para que, con su oración constante en la austeridad y el silencio, fecunden la actividad de la Iglesia.

-Por los religiosos y religiosas consagrados a los diversos ministerios eclesiales, para que sean testigos de la belleza y fecundidad del Evangelio.

-Por cuantos entregan su vida y sus bienes al servicio de los más necesitados, para que no desfallezcan y hagan patente la bondad del Padre.

-Por cuantos quieren seguir la llamada de Cristo, para que el Espíritu Santo los ilumine e impulse con la diversidad de sus dones.

Oración: Señor, Padre santo, concédenos desprendernos de cuanto nos impida seguir a tu Hijo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

* * *

ALGUNAS IDEAS SOBRE LO QUE ES LA SANTIDAD (y II)
De la catequesis de S. S. Benedicto XVI
en la audiencia general del miércoles 13-IV-2011

Queridos hermanos y hermanas:

¿Cuál es el alma de la santidad? De nuevo el concilio Vaticano II precisa; nos dice que la santidad no es sino la caridad plenamente vivida. «"Dios es amor y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él". Dios derramó su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. Por tanto, el don principal y más necesario es el amor con el que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo a causa de él. Ahora bien, para que el amor pueda crecer y dar fruto en el alma como una semilla buena, cada cristiano debe escuchar de buena gana la Palabra de Dios y cumplir su voluntad con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en la sagrada liturgia, y dedicarse constantemente a la oración, a la renuncia de sí mismo, a servir activamente a los hermanos y a la práctica de todas las virtudes. El amor, en efecto, como lazo de perfección y plenitud de la ley, dirige todos los medios de santificación, los informa y los lleva a su fin» (LG 42).

Quizás este lenguaje del concilio Vaticano II nos resulte un poco solemne; quizás debamos decir las cosas de un modo aún más sencillo. ¿Qué es lo esencial? Lo esencial es no dejar pasar ningún domingo sin un encuentro con Cristo resucitado en la Eucaristía. No comenzar ni terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios. Y, en el camino de nuestra vida, seguir las «señales de tráfico» que Dios nos ha comunicado en el Decálogo leído con Cristo, que simplemente explicita qué es la caridad en determinadas situaciones. Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo; el contacto con Dios al inicio y al final de la jornada; seguir, en las decisiones, las «señales de tráfico» que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de caridad. «Por eso, el amor a Dios y al prójimo es el sello del verdadero discípulo de Cristo» (LG 42). Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos.

Esta es la razón por la cual san Agustín puede hacer una afirmación atrevida: «Ama y haz lo que quieras». Y continúa: «Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien». Quien se deja guiar por el amor, quien vive plenamente la caridad, es guiado por Dios, porque Dios es amor. Así, tienen gran valor estas palabras: «Ama y haz lo que quieras».

Quizás podríamos preguntarnos: nosotros, con nuestras limitaciones, con nuestra debilidad, ¿podemos llegar tan alto? La Iglesia, durante el Año litúrgico, nos invita a recordar a multitud de santos, es decir, a quienes han vivido plenamente la caridad, han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana. Los santos nos dicen que todos podemos recorrer este camino. En todas las épocas de la historia de la Iglesia, en todas las latitudes de la geografía del mundo, hay santos de todas las edades y de todos los estados de vida; son rostros concretos de todo pueblo, lengua y nación. Y son muy distintos entre sí. Quiero añadir que para mí no sólo algunos grandes santos, a los que amo y conozco bien, son «señales de tráfico», sino también los santos sencillos, es decir, las personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizadas. Son personas normales, por decirlo de alguna manera, sin un heroísmo visible, pero en su bondad de todos los días veo la verdad de la fe. Esta bondad, que han madurado en la fe de la Iglesia, es para mí la apología más segura del cristianismo y el signo que indica dónde está la verdad.

Queridos amigos, ¡qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista a esta luz! Todos estamos llamados a la santidad. Quiero invitaros a todos a abriros a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para ser también nosotros como teselas del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia, a fin de que el rostro de Cristo brille en la plenitud de su esplendor. No tengamos miedo de tender hacia lo alto, hacia las alturas de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado; dejémonos guiar en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será él quien nos transforme según su amor.

* * *

LAS FIESTAS DE LOS MÁRTIRES
SON INVITACIONES AL MARTIRIO

Del Sermón 47 de los santos, de san Agustín

La celebración de las fiestas de los santos mártires nos da motivo para esperar conseguir, por su intercesión, los bienes temporales que nos ayudan a conseguir los eternos, como fruto de la imitación de los mismos mártires. Celebran con gozo verdadero las festividades de los mártires los que siguen los ejemplos dados por los mismos. Las fiestas de los mártires son invitaciones al martirio, a fin de que no nos asuste imitar a aquellos cuya celebración nos alegra.

Pero nosotros queremos alegrarnos con los santos y, no obstante, no queremos sufrir con ellos las tribulaciones del mundo. No puede alcanzar la felicidad de los santos mártires aquel que no quiere imitarles en cuanto esté de su parte. Es el apóstol san Pablo quien nos lo enseña: Si sois solidarios en los sufrimientos, también lo seréis en la consolación. Y el Señor en el Evangelio: Si el mundo os odia, sabed que primero me ha odiado a mí. Rehúsa pertenecer al cuerpo del Señor quien no quiere sufrir el odio con la cabeza, Cristo.

Pero dirá alguno: «Y ¿quién es capaz de seguir los ejemplos de los bienaventurados mártires?». A éste le respondo que no sólo a los mártires, sino al mismo Señor, con su gracia, si queremos, lo podemos imitar. Escuchad, no a mí, sino al Señor que anuncia: Aprended de mí; que soy manso y humilde de corazón. Oye también la admonición de san Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo, para que sigamos sus huellas.

* * *

EL ESPÍRITU DEL SEÑOR
Y SU SANTA OPERACIÓN

por Lázaro Iriarte, OFMCap

Santa Clara, mujer del Espíritu

Como sucede con algunos textos de san Pablo, no siempre es fácil saber cuándo en la expresión espíritu de Dios el término «espíritu» se ha de escribir con minúscula y cuándo con mayúscula, es decir, cuándo denota la acción de Dios con su luz, con sus impulsos, con su gracia, y cuándo por el contrario designa a la tercera Persona de la Trinidad. Desde el punto de vista de la teología bíblica no parece que exista diferencia: se trata de una misma realidad, la del Espíritu que mora en nosotros, que obra en nosotros, que nos transforma en hombres «espirituales», poseídos y guiados por el mismo Espíritu.

Es verdaderamente significativa la imagen que quedó de santa Clara en la literatura simbólica del primer siglo franciscano. En la compilación Actus beati Francisci se dice que Gregorio IX gustaba de visitarla «para escuchar de ella coloquios celestiales y divinos, ya que la consideraba sagrario del Espíritu Santo». Efectivamente, la plantita de san Francisco se sintió siempre «unida nupcialmente con el Espíritu Santo», como el mismo fundador se había expresado en la Forma de vida: «Ya que por divina inspiración os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, quiero y prometo tener siempre, por mí mismo y por mis hermanos, un cuidado amoroso y una solicitud especial de vosotras como de ellos» (FVCl).

Tomás de Celano, al relatar el origen de las «damas pobres», hace resaltar, como lo hace la misma Clara en su Testamento, en qué modo obraba Francisco «bajo la guía del Espíritu Santo» cuando restauraba la iglesia de San Damián, al profetizar la futura fundación de una «Orden de santas vírgenes»; y afirma que, mientras el santo, por motivos que el biógrafo insinúa, «sustraía poco a poco su presencia física» en San Damián, «intensificaba su solicitud amándolas (a Clara y a las hermanas) todavía más en el Espíritu Santo». Antes de morir encargó con insistencia a los hermanos que tuvieran siempre muy en cuenta las promesas hechas por él a las damas pobres, y añadía que «un mismo Espíritu había sacado de este siglo a los hermanos y a las damas pobres» (2 Cel 204; TestCl 9-14).

En la escuela del mismo Francisco, Clara vivía el don y la presencia del Espíritu en toda su vida. Al dar gracias, como hemos visto, por el beneficio de la existencia, próxima a la muerte, las daba también por la infusión del Espíritu Santo en el bautismo: «Vete segura en paz, porque tendrás buena escolta: el que te creó, antes te santificó, y después que te creó puso en ti el Espíritu Santo, y siempre te ha mirado como la madre al hijo a quien ama» (Proc 3,20). Los testimonios de las hermanas en el Proceso reflejan la íntima convicción de la santa de la parte del Espíritu Santo en su itinerario evangélico: «Era opinión común que desde el principio había sido inspirada por el Espíritu Santo» (Proc 20,5).

El autor de la Leyenda de santa Clara escribe: «De labios de su madre recibió con dócil corazón los primeros conocimientos de la fe e, inspirándole y a la vez moldeándole en su interior el Espíritu, aquel vaso, en verdad purísimo, se reveló como vaso de gracias... Y cuando empezó a sentir los primeros estímulos del amor, comprendió, ilustrada por la unción del Espíritu, que debía desdeñar la apariencia caduca de los adornos mundanos, tasando en su vil precio las cosas viles» (LCl 3-4). El mismo biógrafo escribe, al hablar de la fuga de Inés, la hermana de Clara: «Movida por el Espíritu divino, se apresura a juntarse a su hermana» (LCl 24). Clara misma escribirá más tarde a Inés de Praga: «No creas ni consientas a nadie que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el camino para que no cumplas tus votos al Altísimo en aquella perfección a la que te ha llamado el Espíritu del Señor» (2CtaCl 14).

Se sabía, como Francisco, puro instrumento del mismo Espíritu en la dirección de las hermanas; era Él quien las disponía a la docilidad espiritual. Estando para morir, una de las hermanas logró percibir que decía con un hilo de voz: «En tanto conservaréis en la mente lo que ahora os digo en cuanto os lo conceda Aquel que me lo hace decir» (Proc 3,2).

[Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/temas/iriarte07.htm]

.