DIRECTORIO FRANCISCANO
Año Cristiano Franciscano

DÍA 23 DE MARZO

 

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SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO. Nació en Mayorga, en las montañas de León (España), hacia 1538, de familia hidalga. Estudió derecho en Salamanca y, durante seis años estuvo trabajando como inquisidor en Granada con gran sentido de la moderación y la justicia. Fue nombrado obispo de Lima el año 1578, cuando aún no tenía órdenes sagradas. Recibida la consagración episcopal en Sevilla, marchó a América. Su diócesis era muy extensa, pues llegaba más allá de la frontera de Perú. Puso gran empeño en aplicar el Concilio de Trento en todos los terrenos de la pastoral e impulsó la evangelización de los indios. Lleno de celo apostólico, reunió numerosos sínodos y concilios que dictaron normas sabias y promovieron la formación del clero y la elevación moral del pueblo. Fue un infatigable misionero en tierras de los Incas y ardiente defensor de sus derechos. Defendió también con valentía los derechos de la Iglesia. Murió en Seña, durante una visita pastoral, el 23 de marzo de 1606, y su cuerpo fue trasladado a Lima.- Oración: Señor, tú que has querido acrecentar la Iglesia mediante los trabajos apostólicos y el celo por la verdad de tu obispo santo Toribio, concede al pueblo a ti consagrado crecer constantemente en fe y en santidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SANTA REBECA (RAFKA) AR-RAYÈS. Nació en 1832 cerca de Beirut. Sus padres le enseñaron a amar a Dios y a rezar diariamente. A los 21 años entró en un convento de Mariamat (Hijas de María), en el que pronunció sus votos en 1856. Estudió magisterio y luego comenzó su misión de catequista y maestra por los pueblos de la montaña. En 1871 fue disuelto su Instituto; entonces entró en el monasterio de San Simeón, de la Orden Libanesa Maronita, en el que hizo la profesión solemne al año siguiente. En él vivió 26 años, siendo un ejemplo vivo de obediencia, oración, abnegación y trabajo silencioso para las monjas. En 1885 se ofreció para soportar las enfermedades que Dios le enviara, y su salud se fue deteriorando hasta quedar ciega y paralítica. Todo lo aceptó con la seguridad de estar participando en la pasión del Señor. Murió el 23 de marzo de 1914 en Ad Dahr (Líbano) como altar y holocausto a la vez. Fue canonizada el 2001 por Juan Pablo II.

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San Fingar (o Guigner). Fue martirizado en Cornualles (Inglaterra) hacia el año 460.

San Gualterio (o Walter). Nació en Pontoise, cerca de París (Francia) hacia el año 1030. Acabados los estudios, ejerció la enseñanza, pero pronto decidió abrazar la vida monástica e ingresó en el monasterio de Rebais. Después, el monasterio de Pontoise lo eligió su abad. Salió un tiempo para estar en Cluny, y otro para llevar vida eremítica en Tours, pero siempre regresó a su monasterio, que gobernó santamente. Combatió con firmeza las costumbres simoníacas difundidas en el clero. Murió el año 1095.

San José Oriol. Nació el año 1650 en Barcelona (España), donde murió en 1702. Con la ayuda que le prestaron pudo cursar la carrera eclesiástica; recibió la ordenación sacerdotal en 1676. Estuvo primero de preceptor de la familia Garnién. En 1687 obtuvo del papa Inocencio XI un beneficio en Santa María del Pino en Barcelona. A partir de entonces vivió en comunidad con los demás sacerdotes, dando ejemplo de celo apostólico, de oración y de austeridad. Fue un gran confesor y director de almas, pero se le acusó de rigorista, por lo que se le apartó temporalmente del confesonario. Fue también un predicador fervoroso, y se volcó en la atención a los pobres y enfermos.

San Otón Frangipane. Nació en Roma hacia el año 1040 de la noble familia de los Frangipane. Después de muchos años de peregrinar, se retiró a la vida eremítica en las cercanías de Ariano Irpino (Campania, Italia), donde murió hacia el año 1127.

San Victoriano y compañeros mártires. Conmemoración de cinco mártires: Victoriano, que era procónsul de Cartago (en la actual Túnez), dos hermanos procedentes de Aquae Regiae, la actual Henchir-Baboucha, y dos mercaderes llamados ambos Frumencio. Todos ellos fueron martirizados el año 484, durante la invasión de los vándalos, bajo el rey Hunerico, que era arriano, por mantenerse firmes en la confesión de su fe cristiana y en especial de la divinidad de Jesucristo.

Beata Anunciata Cocchetti. Nació en Rovato (Brescia, Italia) en 1800. En su vida nada hubo de aparentemente extraordinario, se santificó en la fidelidad a las cosas pequeñas, mediante su entrega a Dios y a la obra educativa. A los ocho años quedó huérfana de padre y madre. A los 17 abrió en su casa una escuela para niñas pobres. A los 22 sacó el título de maestra. Dos años después marchó a Milán donde pasó seis años. Fue luego a Cemmo y se unió a Erminia Panzerini en la Obra de Santa Dorotea. En 1842 ingresó en las Doroteas. Durante 40 años dirigió con fortaleza y humildad el Instituto de las Hermanas de Santa Dorotea. Vivía feliz el apostolado en el ambiente humilde y sencillo de Valcamónica (Alpes). Murió en Cemmo (Lombardía) el año 1882.

Beato Edmundo Sykes. Decidido a seguir su vocación sacerdotal, marchó al colegio inglés de Reims a estudiar y, ordenado de sacerdote en 1581, volvió a Inglaterra, donde, con mucha cautela, ejerció tres años el ministerio. Fue delatado y encarcelado; bajo los efectos de la enfermedad contraída en la cárcel, aceptó participar en el culto protestante. Se arrepintió, y lo condenaron a la pena de destierro perpetuo. Peregrinó a Roma como penitencia y pidió perdón al Papa. Regresó a su tierra, y fue su hermano quien lo delató esta vez. Ante el tribunal confesó y reafirmó su fe católica. Fue ahorcado y descuartizado en York el año 1587.

Beato Metodio Domingo Trcka. Nació en Chequia el año 1886. En 1902 ingresó en los Redentoristas de Praga. Ordenado de sacerdote, se dedicó a las misiones populares. Durante la Guerra Europea atendió a muchos prófugos. En 1919 lo enviaron a trabajar entre los católicos de rito oriental en Eslovaquia. Su Orden le confirió cargos de gran responsabilidad. En 1950 el gobierno comunista de Checoslovaquia suprimió las comunidades religiosas y los religiosos fueron llevados a campos de concentración. El P. Metodio, acusado de traición y espionaje, fue condenado a doce años de cárcel. Murió el año 1959 en la cárcel de Leopoldov a consecuencia de una pulmonía que cogió en una celda de castigo.

Beato Pedro de Gubbio. Nació en Gubbio (Umbría, Italia) de familia noble. Se doctoró en derecho en Perusa y París. De vuelta en su patria chica ingresó en una congregación de ermitaños que luego se integró en la Orden de Ermitaños de San Agustín, en la que fue Provincial. Murió en su pueblo natal el año 1306.

Beato Pedro Higgins. Nació en Dublín (Irlanda) el año 1601. Ingresó en la Orden de Predicadores. Completó sus estudios y recibió la ordenación sacerdotal en España. En 1630 regresó a su patria. Ocupó distintos cargos en su Orden y se distinguió por sus virtudes y saber. En la rebelión de 1641 contra los ingleses, se prodigó para hospedar a los sin techo y para frenar la ola de violencias, salvando a muchas personas, incluso protestantes, de los tumultos. Al año siguiente fue arrestado. Le ofrecieron la libertad si se pasaba al anglicanismo. No aceptó. Lo ahorcaron sin proceso en Naas, cerca de Dublín, el año 1642.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

San Pablo a los Corintios: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios! Porque lo mismo que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo» (2 Cor 1,3-5).

Pensamiento franciscano:

Antífona que reiteraba san Francisco: «Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ti entre las mujeres, hija y esclava del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: ruega por nosotros... ante tu santísimo amado Hijo, Señor y maestro» (OfP Ant).

Orar con la Iglesia:

En comunión de fe y de esperanza con la Virgen María, dirijamos al Padre nuestra oración, diciéndole y repitiéndole: Hágase en nosotros tu voluntad, Señor.

-Para que toda la Iglesia acoja dócilmente el anuncio del Ángel a María, con toda su carga de novedad y de gracia.

-Para que, a ejemplo de Cristo y de María, sepamos adherirnos con amor a la voluntad del Padre y ponerla en el centro de nuestras opciones de vida.

-Para que en Cristo, nuevo Adán, y en María, nueva Eva, sea reconocida la imagen y dignidad de la persona humana, salida de las manos del Creador.

-Para que la sabiduría del Evangelio inspire siempre a la humanidad y la oriente en el camino que lleva a la implantación del reino de Dios.

Oración: Dios Padre que, por el anuncio del ángel, nos revelaste la encarnación de tu Hijo, guíanos, por su pasión y cruz y con la intercesión de la Virgen María, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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«PAZ A LOS HOMBRES...»
De la homilía de S. S. Benedicto XVI
en la misa de Nochebuena (24-XII-2010)

El Evangelio de Navidad nos relata, al final, que una multitud de ángeles del ejército celestial alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2,14). La Iglesia ha amplificado en el Gloria esta alabanza que los ángeles entonaron ante el acontecimiento de la Noche Santa, convirtiéndola en un himno de alegría sobre la gloria de Dios. «Por tu inmensa gloria, te damos gracias». Te damos gracias por tu belleza, por tu grandeza, por tu bondad, que en esta noche se nos manifiestan. La aparición de la belleza, de lo hermoso, nos llena de alegría sin tener que preguntarnos por su utilidad. La gloria de Dios, de la que proviene toda belleza, suscita en nosotros el asombro y la alegría. Quien vislumbra a Dios siente alegría, y en esta noche vemos algo de su luz.

Pero el mensaje de los ángeles en la Noche Santa habla también de los hombres: «Paz a los hombres que Dios ama». La traducción latina de estas palabras, que usamos en la liturgia y que se remonta a san Jerónimo, suena de otra manera: «Paz a los hombres de buena voluntad». La expresión «hombres de buena voluntad» ha entrado en el vocabulario de la Iglesia de un modo particular precisamente en los últimos decenios. Pero, ¿cuál es la traducción correcta?

Debemos leer ambos textos juntos; sólo así entenderemos correctamente las palabras de los ángeles. Sería equivocada una interpretación que reconociera solamente la acción exclusiva de Dios, como si él no hubiera llamado al hombre a una respuesta libre de amor. Pero también sería errónea una interpretación moralizadora, según la cual, por decirlo así, el hombre podría redimirse a sí mismo con su buena voluntad. Ambas cosas van juntas: gracia y libertad; el amor de Dios, que nos precede y sin el cual no podríamos amarlo, y nuestra respuesta, que él espera y que incluso nos ruega en el nacimiento de su Hijo. El entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta, no lo podemos dividir en partes separadas una de otra. Las dos están indisolublemente entretejidas. Así, esta palabra es a la vez promesa y llamada. Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada. No deja de buscarnos, de levantarnos cada vez que lo necesitamos. No abandona a la oveja extraviada en el desierto donde se ha perdido. Dios no se deja confundir por nuestro pecado. Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos juntamente con él. Él nos ama para que nosotros nos convirtamos en personas que aman juntamente con él y así haya paz en la tierra.

San Lucas no dice que los ángeles cantaran. Escribe muy sobriamente: el ejército celestial alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo...» (Lc 2,13 s). Pero los hombres siempre han sabido que el hablar de los ángeles es diferente del de los hombres; que precisamente esta noche del mensaje gozoso fue un canto en el que brilló la gloria sublime de Dios. Por eso, este canto de los ángeles ha sido percibido desde el principio como música que proviene de Dios, más aún, como invitación a unirse al canto, a la alegría del corazón por ser amados por Dios. Cantare amantis est, dice san Agustín: cantar es propio de quien ama. Así, a lo largo de los siglos, el canto de los ángeles se ha convertido siempre de nuevo en un canto de amor y alegría, un canto de los que aman.

En esta hora nosotros nos asociamos llenos de gratitud a este cantar de todos los siglos, que une cielo y tierra, ángeles y hombres. Sí, te damos gracias por tu inmensa gloria. Te damos gracias por tu amor. Haz que seamos cada vez más personas que aman juntamente contigo y, por tanto, personas de paz. Amén.

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DISPONIBLES PARA TODA OBRA BUENA
Del Decreto «Christus Dominus»
del Concilio Vaticano II (Núms. 12-13.16)

Los obispos, en el ejercicio de su función de enseñar, que sobresale entre las principales funciones del obispo, han de anunciar el Evangelio de Cristo a los hombres, invitándoles a creer por la fuerza del Espíritu o confirmándolos en la fe viva. Deben proponerles el misterio de Cristo en su integridad, es decir, aquellas verdades cuya ignorancia supone no conocer a Cristo, y también el camino revelado por Dios para gloria suya y, por lo mismo, para conseguir la felicidad eterna.

Enséñenles, además, que las cosas mismas de este mundo y las instituciones humanas, según el designio de Dios Creador, se ordenan a la salvación de los hombres y, por eso, pueden contribuir no poco a la construcción del Cuerpo de Cristo.

Han de enseñar, por tanto, cuánto hay que estimar, según la enseñanza de la Iglesia, la persona humana con su libertad y con la vida corporal misma; la familia, su unidad y estabilidad, la procreación y educación de los hijos; la sociedad civil con sus leyes y profesiones; el trabajo y el descanso; las artes y los inventos de la técnica; la pobreza y la riqueza. Deben exponer, finalmente, los modos de resolver los gravísimos problemas de la propiedad, el crecimiento y la justa distribución de los bienes materiales, de la paz y la guerra, y de la fraterna convivencia entre todos los pueblos.

Han de exponer las enseñanzas cristianas con un método adaptado a las necesidades de nuestro tiempo, que dé una respuesta a las dificultades y problemas que más oprimen y angustian a los hombres. Además, tienen que defender estas enseñanzas y enseñar a los fieles a defenderlas y propagarlas. Al transmitirlas, han de mostrar que la Iglesia se preocupa como una madre por todos los hombres, creyentes o no creyentes. Con amor especial deben estar al lado de los pobres y los más débiles, a los que el Señor les envió a anunciar la Buena Noticia.

Es propio de la Iglesia entablar diálogo con la sociedad humana en la que vive. Por eso, es tarea, sobre todo, de los obispos acercarse a los hombres y buscar e impulsar el diálogo con ellos. En estos diálogos acerca de la salvación han de ir siempre unidas la verdad con la caridad, la inteligencia con el amor. Para ello es necesario que se caractericen por decir las cosas claras y al mismo tiempo con humildad y delicadeza, y por la debida prudencia, unida, sin embargo, a la confianza. Esta, en efecto, por su naturaleza, une los espíritus, pues favorece la amistad.

Deben procurar emplear todos los medios existentes hoy día para proclamar las enseñanzas cristianas, sobre todo la predicación y la catequesis, que ocupan siempre el primer lugar; pero también la enseñanza en las escuelas, universidades, conferencias y reuniones de todo tipo; y además su difusión en las declaraciones públicas con ocasión de algún acontecimiento, en la prensa y en los diversos medios de comunicación social, que es muy necesario usar para anunciar el Evangelio de Cristo.

En el ejercicio de su función de padre y pastor, los obispos han de ser servidores en medio de los suyos: buenos pastores, que conocen a sus ovejas y a quienes estas los conocen también; verdaderos padres, que se distinguen por el espíritu de amor y de solicitud por todos, a cuya autoridad, concedida por Dios, se someten todos de buen grado. Deben reunir y formar a toda la familia de su grey, de tal manera que todos, conscientes de sus deberes, vivan y actúen en comunión de amor.

Para poder hacer esto con eficacia es necesario que los obispos, preparados para toda obra buena (2 Tim 2,21), y, soportándolo todo por los elegidos (2 Tim 2,10), organicen su vida de manera que esté adaptada a las necesidades de los tiempos.

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EL TEMA MARIANO
EN LOS ESCRITOS DE FRANCISCO DE ASÍS (I)

por Sebastián López, OFM

Cuando Francisco quiere expresar su opción fundamental cristiana, dice así: «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin» (UltVol 1). Con esto dice y proclama dos cosas: la centralidad del seguimiento de Jesucristo en su experiencia cristiana, referida además y enteramente, como veremos, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, protagonistas decisivos y principales de la salvación, y la inevitable y forzosa implicación de la Virgen en la persona, vida y destino de Jesús.

En contraste con el siglo XII, tan abundante y fervoroso en su contemplación mariana, la referencia a la Virgen en los escritos de Francisco, exceptuadas las oraciones, es rápida, de pasada casi y como de quien recita el Credo que sólo quiere decir su fe y lo esencial de la misma. Ateniéndonos por tanto a lo que dicen los escritos que poseemos de Francisco, éstas serían las dos notas más principales que caracterizan su contemplación mariana:

Contemplación desde la fe. Francisco nombra, celebra y contempla a la Virgen en cuanto tiene que ver con Dios y su salvación, en cuanto relacionada con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en su comunicación, por nosotros y por nuestra salvación, en Jesucristo, quien tomó la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad en el seno de María (2CtaF 4). Las demás posibles contemplaciones de la Virgen (como personaje histórico, como mujer o como ideal de perfección, etc.), aun afirmándolas y proclamándolas, están vistas y contempladas desde el santo amor del Padre, que quiso que su Hijo naciera, para nuestra salvación, de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María (1 R 23,3), resumen de toda la fe y de todo el Credo cristiano. Lo mismo hay que decir de la relación de Francisco con la Virgen que los escritos recogen y señalan. Cuando Francisco alaba, confía y se encomienda a María, lo hace también desde la fe que sabe que ella está presente y cercana en lo que llamamos la comunión de los santos: en la comunión de todos con Cristo, por la fe y el Espíritu Santo, de la que ella fue la primera y principal beneficiaria por su vinculación a su Hijo en el Espíritu Santo y en el sí de su fe y de su entrega.

Para Francisco, que tanto en el tema mariano como en los demás de su confesión cristiana «remite indefectiblemente a la fe», ésta es el espacio en el que la Virgen tiene interés y sentido, está presente e interviene a nuestro favor.

Y la fe es también la que le permitió ver y contemplar lo esencial del misterio mariano, segundo punto que queríamos destacar como característica general de su visión de María. Desde la fe, Francisco ha acertado a contemplar a la Virgen en su relación y vinculación, única e insuperable, con Jesucristo, la Palabra del Padre que recibió en su seno la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad; y, desde ella, en su relación con la Trinidad, y en su relación con los hombres. Y aunque no se entretenga en su desarrollo, como sucede con otros temas de la confesión cristiana que contienen sus escritos y como además es lógico en quien no intenta exponer un capítulo de teología sino sólo expresar, junto con sus hermanos, la fe que vivían y que respaldaba su vida de seguimiento de Jesús, la verdad es que el tema mariano está vinculado en sus escritos con los temas raíces y fundamentales de su vida al estilo y forma de Jesús: el seguimiento, la vida en desapropiación y desinstalación de los pobres, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en su acción y comunicación salvadora en Jesucristo, y la obligada respuesta de la criatura en acción de gracias y operación.

Por supuesto que no es todo lo que, desde la fe, cabe decir de la Virgen; pero es lo fundamental y lo más principal del misterio de la que, con el ángel, Francisco saluda: «Salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo».

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 47, 1987, 171-186]

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